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domingo, 27 de noviembre de 2016

Artículo

Ese destello entre naturaleza y muerte

Adelantamos algunas pistas sobre El destello, cuento con el que Claudia Peña Claros acaba de ganar el Franz Tamayo, uno de los premios literarios más prestigiosos del país.

 
La escritora cruceña Claudia Peña. (Foto: Vero Mendizábal)
Martín Zelaya Sánchez

La muerte como realidad y como rutina inevitable, pero también como desgarrador adiós. El proceso, el camino, el lento avanzar hacia ella; su inminencia, duración y consecuencias. Todo en un cuento más bien breve, pero inmenso en su abarcar y en su milimétrico diseño. Así es El destello, con el que Claudia Peña ganó el Premio Nacional de Cuento “Franz Tamayo” 2016.
“…un cuerpo se asoma al abismo pierde tierra y empieza a caer, inútiles los poderosos músculos, los pies en el aire, el minúsculo rozar de la tierra ahí abajo…”. Una reflexión, desde un ángulo pocas veces explorado, el del protagonista del fin, sobre la fugacidad y la insignificancia de una vida en la totalidad del tiempo; y, claro, por el contrario, sobre su inconmensurable valía en el punto y ámbito precisos. “Una experiencia casi física respecto a cómo alguien a quien amas empieza a diluirse, a resbalarse de entre tus dedos hasta desaparecer”, explica Peña.
Pero también es, El destello, un canto a lo natural, bucólico; a la pureza y libertad propios hoy de solo muy pocos espacios. Es, por tanto, una evocación un retorno pendiente (o definitivo).
“…los árboles, que todo lo ven, parecían suspendidos en el aire ¿sienten apego los árboles? cuántos años habrán tenido. ya estaban ahí antes de la casa, antes de las vacas y sus mugidos, antes de las cadenas y los desbrozadores. por sobre esos árboles habían pasado muchas lluvias y muchos vientos lunas, y cuando había el bosque, animales salvajes también los ritos las jaurías los meses de criar de cazar la violencia de buscar la vida…”.
En “Leer y dejar decir”, un ensayo que preparó para las III Jornadas de Literatura Boliviana de septiembre pasado -y que se reproduce en este número de LetraSiete-, Claudia escribe, como adelantando su destello:
“Escaparte, expandirse, corromperse, amar. Leer es también resistir, como resisten contra el frío o contra la muerte, o contra el tiempo, los personajes de Jack London, tan llenos de fuerzas primigenias y básicas. No como nosotros, que queremos ser dioses que no sudan y prendemos el aire; dioses que no envejecen, y nos encremamos y ejercitamos; dioses que no esperan, que no sienten dolor, que nunca están tristes. Aquellos hombres, en cambio, tienen sed de vida, hambre de persistir, y eso los hace míticos, aunque siempre pierdan, porque al final y al cabo siempre somos lo que somos nomás”.
Y es que además de muerte y naturaleza, este cuento, que en los siguientes meses será publicado por Editorial 3600, en un libro que además reunirá los relatos finalistas del concurso, es también un canto al sueño, lo onírico; a la memoria, lo trascendental y a los sentidos, nuestra herramienta para disfrutar y sufrir este tránsito breve entre la inexistencia inicial y la definitiva.
Que Claudia Peña hable ahora.

- ¿Cuánto calan en Claudia persona las historias que concibe y plasma Claudia escritora? Seguro que en un momento “ambas Claudias” son indisolubles, pero quisiera que hables un poco de cómo asumes la labor de escribir ficción, crear tramas, personajes y escenarios (tienes publicados cuentos y novela) y por otro lado para escribir poesía, imagino, hay que lograr otro estado interior…
- Yo siento que ahora no puedo escribir poesía, por dos razones. La primera, porque he aprendido a leer poesía y he tenido acceso a algunos textos que me dejaron sin habla. Entonces veo lo que hice antes en poesía y me parece muy pequeño (lo digo con amor pero también porque es necesario reconocerlo). La segunda, porque siento cosas gigantes y complejas y dolorosas dentro de mí, y no encuentro las palabras para decir todo eso, no me alcanza. Y en la poesía, o lo dices o mejor te callas.
Lo que me sucede con la Claudia que escribe es que está muy adentro y es muy íntima, entonces todo el tiempo se esconde. Hay que protegerla siempre. Pero sabe cosas que yo ignoro, y escribe para que yo pueda entender, y porque le gusta. Pero la que escribe no arma tramas ni personajes, sino que se deja llevar. Es instinto, irresponsabilidad, capricho.

­­- Me llama la atención en El destello la reflexión sobre la muerte, que no es a la manera clásica del misticismo saenzeano, por mencionar algo, sino en este caso del momento previo, el último suspiro de vida; la certeza e inminencia, e incluso la especulación de lo que vendrá cuando uno (el personaje, en este caso) ya no esté.
- Yo creo que eso se debe a que el cuento nace desde una profunda necesidad personal de procesar experiencias personales recientes; una experiencia casi física respecto a cómo alguien a quien amas empieza a diluirse, a resbalarse de entre tus dedos hasta desaparecer. Entonces no me interesa la muerte como trascendencia o como nacimiento, sino que la abordo desde la experiencia concreta, real, corporal, y por eso total y totalizante.
Cuando una persona muere, muere un mundo. Ese es el tamaño de la angustia y de la pérdida que me interesa decir. Pero también, es apenas un hombre; ¿qué es un hombre en la inmensidad del universo? Y eso también debía ser dicho.

- Indudablemente también está muy presente en tu cuento la naturaleza, el medio ambiente salvaje, puro, genuino que, claro, remite más al oriente del país, de donde vienes, que a la gris urbe donde vives hace ya varios años, y donde, eventualmente, tuviste que alejarte de la literatura. La literatura es experiencia vicaria, la literatura nos permite volver, o acaso, no marcharnos nunca…
- No sabes cuántas veces, siendo ministra, deseé, rogué a los dioses, a la palabra, para que me permita volver. Tenía mucho miedo por haber faltado a mi compromiso con la palabra, y que por eso ella me oculte su rostro para siempre.
No sé cómo funciona con otras artes, pero en el caso de la escritura se trata de empezar de cero en cada texto. Porque siempre, al abordar un nuevo trabajo, nada de lo que hayas hecho antes sirve, no te garantiza nada. Yo escribo. En tanto escribo, soy. Entonces solo cuando logro cerrar un texto puedo respirar. Lo demás es anhelo, espera, paciencia, culpa.
Y tal vez eso explique un poco lo del ambiente rural del oriente. Mi infancia ocurrió en ese ambiente, por lo que es lógico que en ese mundo me sienta segura y contenida. Si escribir es crear un mundo de la nada, a partir de un espacio en blanco, tal vez una cábala contra la angustia que eso produce sea el retorno constante a los lugares de la infancia.

- Finalmente, para hablar del estilo, ¿qué buscas con recursos poco comunes como no usar mayúsculas o enfatizar algunas imágenes o conceptos dejando palabras o frases breves sueltas, a modo de verso?
- La intención es que el cuerpo del texto también refleje esos momentos, donde todo agoniza y se resquebraja, donde no hay fuerza para puntuar, para enlazar las palabras. El agotamiento, la respiración entrecortada, el entumecimiento, la creciente levedad, todo eso también debe estar en la corporalidad del texto.


Ensayo

Leer y dejar decir


Claudia Peña. (Fotografía: Vero Mendizábal)


Texto que la autora leyó en las III Jornadas de Literatura Boliviana, y que fue incluido en el libro
Flujo continuo (3600), junto a las ponencias de otros 11 invitados. Primero leo, luego escribo, fue el tema de reflexión propuesto a los escritores y literatos bolivianos.


Claudia Peña Claros 

Leer es escaparse, como cuando una bate la taza de leche y batiendo se deja ir, absorta entre medio del sueño y la vigilia, mirando que los otros se apuran, se mueven y hacen lo que debe ser hecho, lo que no haces vos. ¡Claudia! espetaba mi madre, porque ya debíamos salir al colegio.
Así, también leer es ausentarse, pedir un comper y perderse en algún delirio de un alguien que jamás hemos visto. Entonces, páginas después, vuelves y habías estado en tu cama, o en el mini y ya te toca bajar, o ya es tu turno en el médico, y debes arreglarte el cuerpo para que vuelva aquí, a este mundo de distancias y envejecimientos. No había estado en la nieve. No había estado en el río, ni en la guerra, no había estado el boxeador con su hambre de carne. No eras tú ese gato solo en el departamento, sino que apenas habías ido a que te midan los lentes. No estabas descubriendo aquella balanza que por decenas de años había servido para robar a los campesinos, sino que apenas era la noche de un domingo que ya se acaba. Mañana otra vez al trabajo.
Leer es escaparte, y expandirte. Recuerdo cuando leí Redoble por Rancas, recuerdo dónde lo leí, y el olor de la habitación, que contenía una pequeña biblioteca, en un centro de formación de adultos, en un pequeño pueblo del altiplano, medio abandonado y solo.
Tenía el corazón enclaustrado en esos cerros, y no podía ver nada del otro lado. Entonces fui abrazada por Manuel Scorza, por las palabras de Manuel Scorza. Había allí una ternura que me inundaba, y fue la primera vez que sentí no solo que me hundía, sino que era empapada, era dulcemente atravesada por un canto que se ejecutaba en perfecta sintonía con el vacío que tanto me angustiaba…. Rancas. Y yo veía las hierbas, las piedras, las palabras de los indios.
A veces, para salvar la vida necesitamos escapar de la vida, y en ese tiempo leer era abrir los ojos y contener campos inmensos, días y noches, vientos, las voces de los hombres y de las mujeres.
Leer es escaparte, y expandirte. Pero leer es también corromperte. A mí me corrompió Gioconda Belli, con sus cabellos largos y sus historias de revoluciones y de amantes que se dejan, sus historias de mujeres andantes y respondonas. Ella me enseñó lo que el recato me había negado, y después me separé y pude dormir feliz y sola en mi cama de dos plazas, la luna lamiendo mis piernas, los árboles de mango espiándome por la ventana.
Leer es escaparte, expandirte, corromperte. Leer también es amar hasta lo imposible, como ama García Lorca, con su amor que brota de la tierra, de los cuchillos, de la sangre. Un amor que pasa al galope, desbocado, y te arranca y te lleva en sus ancas. Con García Lorca aprendes la fuerza de las palabras, que son caballos de belfos impacientes, de crines briosas, caballos malditos hechos de deseo, de músculo, de instinto.
Escaparte, expandirse, corromperse, amar. Leer es también resistir, como resisten contra el frío o contra la muerte, o contra el tiempo, los personajes de Jack London, tan llenos de fuerzas primigenias y básicas. No como nosotros, que queremos ser dioses que no sudan y prendemos el aire; dioses que no envejecen, y nos encremamos y ejercitamos; dioses que no esperan, que no sienten dolor, que nunca están tristes. Aquellos hombres, en cambio, tienen sed de vida, hambre de persistir, y eso los hace míticos, aunque siempre pierdan, porque al final y al cabo siempre somos lo que somos nomás.
Y también está John Steinbeck, esencial. De él sólo diré que leerlo es llegar a casa: la más cobijo y cuna, la más vital. Steinbeck es un instinto, para mí.
Entonces escapar, expandirse, corromperse, amar, resistir. Tal vez antes de todo eso, y también después, leer es escribir, no como quien se dice, sino como quien deja decir, como quien se entrega, en medio de la vida, a la intensidad del tiempo que le toca, porque solamente copia quien permanece estático, quien deja de tener algo para decir. Solamente quien vive más, escribe mejor.


Patio interior

Épicas del conocimiento


Una apología de la traducción con algunos de los más bellos y valiosos ejemplos: las historias de enormes franceses que rescataron tesoros de las letras chinas.




Juan Cristóbal Mac Lean E. 

Queriendo nada más que acercarnos a la poesía china, hubimos de leer, con gran admiración, muchos libros y capítulos de grandes sinólogos. Pero esta admiración no solo era provocada por el contenido de esos libros, sino que la deslumbraba la propia existencia de los mismos, el portentoso nivel de conocimientos de sus autores y de cuanto habían hecho por conseguirlo.
Vidas, lenguas y textos, cifras y traducciones, la exhumación de libros e inscripciones, la lectura de rasgados trozos de seda escrita, el aire de densas bibliotecas o el de remotos paisajes recorridos a caballo… Como si se filtraran los rasgos de una verdadera épica del conocimiento en el modo en que esos grandes eruditos cayeron sobre cuanto se ponía a su alcance y tradujeron entonces los grandes textos, escribieron muy hermosos libros del Oriente antiguo, sus religiones y guerras, su pensamiento desde su literatura hasta sus elucubraciones más esotéricas o científicas.
El Journal Asiatique data desde 1822 y aún existe… Y, a diferencia de la gran tacañería propia del ámbito francés en cuanto a libros bajables de internet se refiere, en este caso ocurre lo contrario: todos esos viejos tesoros se pueden bajar (solo los viejos, claro). A medida que uno aprende mínimamente a moverse por esas selvas bibliográficas, le da la fuerte impresión de que hubiera ocurrido como una edad de oro de la sinología francesa, o más directamente de sus estudios asiáticos. De fines del siglo XIX a mediados del XX, en efecto, hay una constelación de grandes libros, descubrimientos y traducciones como para dejarnos boquiabiertos por decenios.
Si bien no tenemos la menor competencia en estos asuntos, solo guiados por el sentido común, la frecuentación de los temas y apreciaciones posiblemente antojadizas, recordemos que Édouard Chavanne era recibido en el Collège de France en 1892 con una disertación sobre “El rol social de la literatura en China”.
Como la de todos estos grandes savants, entre sus traducciones y sus libros ya llenan varios volúmenes. Los tomos y traducciones de otros grandes eruditos alrededor, o más jóvenes, van cubriendo todos los campos imaginables en historia, lenguas comparadas y demás. Leer libros como La China antigua o Ensayos sobre el taoísmo de Henrí Maspero equivale a irse de viaje. A Maspero, que había hecho también grandes viajes expedicionario-arqueológicos, lo aniquilaron los nazis en Buchenwald en 1945.
Y está Marcel Granet, cuyos libros El pensamiento chino o Algunas particularidades de la lengua y el pensamiento chinos son otras tantas aventuras. Granet, tras una carrera deslumbrante y sin grandes viajes murió muy joven, a los 56 años, en 1940. Cuando se lee a cualquiera de ellos deslumbran tanto las historias o particularidades que cuentan como su dominio absoluto de los temas, su conocimiento en las lenguas originarias de todos los textos que citan y traducen, su capacidad de leer y comprender escrituras antiquísimas en lenguajes olvidados, su gran inteligencia sociológica, su perfecta sensibilidad y fino oído. Contemporáneos de Marcel Proust, no sería raro que se hayan topado con él en algún salón.
Y está el caso de Paul Pelliot. A su lado, Indiana Jones parece poca cosa. O, más que en Indiana Jones, habrá que pensar en Marco Polo, pues no en vano Pelliot se interesó tanto por sus viajes, sobre los cuales hizo extensas traducciones desde el mogol. Gracias a sus extensos y legendarios viajes y al estudio, Pelliot llegó a dominar trece lenguas, entre ellas el mogol, el turco, el árabe, el persa, el tibetano y el sánscrito. Ni qué decir del chino mandarín, que hablaba a la perfección.
A sus poco más de 20 años ya domina el chino y en Pekín sorprendió resolviendo situaciones muy difíciles. Se lo vio después en París ocupando cátedras, pero no tardó en volver a partir. Desde 1906 y por varios años, realizó sus grandes expediciones, desde Pekín hasta el Turquestán chino, aprendiendo idiomas, recopilando textos, partiendo en trenes o viajando a caballo, visitando cortes (la “famosa” reina musulmana de Altai) e inclusive involucrándose tangencialmente con hechos de espionaje entre Rusia y China.
Los mapas de sus viajes (pueden verlos en Wikipedia), en una época en que estos eran larguísimos y trabajosos, trazan grandes líneas por el Asia. Descubrimientos de textos, distancias y errancias se suceden. Conoce las estepas tibetanas y mogoles, las tiendas de fieltro en los altos campamentos, entre los caballos, mientras aprende los idiomas, recopila libros, inscripciones, lo anota todo. Cuando escucha hablar de las Cuevas de Mogao en Dunghuan, a tan remoto sitio va volando. ¡Pero se le ha adelantado un inglés, un tal Aurel Stein!
Sin embargo el excéntrico abate taoísta Wang, que a su propia cuenta y riesgo cuida el complejo de las 780 cuevas, conserva los contenidos de la Cueva 17, que tiene la mayor biblioteca imaginable. Es en ella que vemos a Paul Pelliot, (en esta ilustración) después de que ha logrado entrar, venciendo accidentalmente el secreto de apertura. Con su gran conocimiento de todas las lenguas necesarias, se quedó revisando y seleccionando documentos, solo en esa cueva, por tres semanas. No pudo dedicarles mucha más atención al resto de 780 cuevas que contienen cientos de años de historia, reliquias, textos y pinturas y que fueron quedando durante los cientos de años en que se había  practicado el Camino de la Seda.
Demás está decir que se llevó a Francia todo un tesoro de textos. Y el resto de su vida en París, hasta que lo agarró la Segunda Guerra y murió luchando en ella, se dedicó, en gran parte, a traducir esas maravillas. El tratado de la luz, de un texto maniqueo en song, la Historia secreta de los Mogoles (dos tomos disponibles en internet, tan difíciles de leer como todas las narraciones que van mito tras mito tras mito), los tres volúmenes de Notas a Marco Polo, el Sutra de la causa y el efecto y muchísimos más, dan cuenta del vastísimo alcance de sus conocimientos e investigaciones.
Seguramente que hoy esos libros y esos autores se consideran anticuados. Apenas los he visto citados en los igualmente buenísimos libros actuales de François Julien, Simon  Leys o François o Anne Cheng.
Y finalmente queda mucho que decir sobre el tema mismo de la traducción. Si bien hay quienes fundamentan una casi imposibilidad de la buena traducción, sobre todo tratándose de lenguas tan alejadas, el hecho es que solo los esfuerzos de esos hombres, que dedicaron sus vidas, sus fuerzas y sus viajes a entender más, a comprender más lo humano en cualquiera de sus manifestaciones, hacen que se renueve la fe en el mismo hecho de la traducción.
¿Y cuáles son el fondo los argumentos contra el hecho mismo de la traducción? ¿Y cómo así estos se refutan y la práctica de la traducción literaria nunca desfallece?


Poesía

Yo no sabía que El olvido de las piedras
se sentía en el vientre



Texto leído hace algunos días en la presentación del libro de Katterina López (3600).




Montserrat  Fernández 

En El olvido de las piedras, último poemario de Katterina López recientemente publicado por la Editorial 3600, asistimos a un tránsito altamente femenino; asistimos a una caminata que parte de la piedra, representante de la tierra, lo sólido y lo que tangiblemente nos sostiene desde hace mucho tiempo atrás, y por eso, en la primera parte o primer canto, denominado Piedras, se escucha decir inicialmente: “Soy antigua / nunca olvido” y esa voz comienza a recorrer un espacio mítico, comienza a pensar su existencia en otros cuerpos, en otras existencias, dice entonces; “Las antepasadas caminaron con nosotros /eran hongos o niñas santas / llenas de caídas habitadas durante siglos”. 
En este tiempo la caminante está sola pero extrayendo conocimiento de la soledad; la soledad le permite fusionarse con lo natural: las montañas están en su piel y el viento en su voz y en su vientre hay “extrañas criaturas mitad palomas, mitad niñas, habitadas por cuatro almas”. No es extraño entonces que la voz se declare anciana, pues ha recibido en su cuerpo el tiempo de los seres antiguos que la rodean. Se diría que vive la vejez de la piedra.
En el segunda parte o canto, denominado Jardines, la caminante se busca en el origen e invoca lo maternal y reconoce lo que transporta su piel y piensa y nos hace pensar: “¿Qué forma tenemos al llegar dentro de alguien?”. Y cuando la voz se sabe pedazo de todas las formas que le rodean, comienza a invocar a otro, a un tú, con el que intentará sostener un diálogo, como si ese tú comprendiera el tránsito que se hace desde la tierra hacia el cielo.
En el tercer canto, Diluvios, se habla directamente con ese tú, que habita en el memoria, más aun pesa en la memoria, se lee: “Estás en mi memoria / confundido en el hambre / intacto  / con los dedos rotos / con las manos rotas / me siento culpable frente a tu recuerdo”.  Esta culpa provoca la aparición del agua, que comienza a purificar el cuerpo, el recuerdo, la palabra misma, pero esta limpieza duele: “Ser agua / cuánto duele ser agua”, se lee.
En el cuarto canto, Insomnios, la voz transita la noche, tal vez el tiempo y el espacio provocado por el dolor, y hay un encuentro con el vacío o con lo que se vacía; la voz misma parece que se va dejando en el camino y desocupa un cuerpo. Se construye la imagen del abismo donde las cosas caen y se quiebran, pero al mismo tiempo parece que se liberan, se vacían, se aligeran de sí mismas. Entonces, se sabe que la noche es trayente: “Te temo / me abro a ti / me abro al temor. / Totalmente seducida por el miedo”. Ante el miedo, la caminante queda suspendida, acaso más cerca del cielo.
En el último canto, Vuelos, la voz ya no camina, habita el aire; otras leyes rigen en el aire, hay reposo de la memoria y se circula con flexibilidad. Se dice que hay “Movimiento continuo / movimiento perpetuo”. En el aire parece que la voz termina de abandonar su cuerpo y con ello todas las existencias que acumulaba y cargaba cual piedras; y se acerca más al trino y dice: “Dejaré las formas aprendidas / con nidales en las trenzas / confundiré mi reflejo hilado por sospechosos rumores / cerraré los ojos después del atardecer”. Al finalizar, se vuela y no hay retrocesos ni adelantos, nacimiento ni muerte, solo la fluidez natural de lo que flota y se deja llevar. Se ha transitado de la piedra al aire. Entonces se baila, se baila “¡con cuatro alas abiertas!”.


Crónica

Sandra bajo los cipreses



Entre crónica y ficción, como la primera, va una nueva colaboración del académico boliviano.



Hugo Rodas Morales 


Se nos regatea hasta la sombra
y a pesar de todo así seguimos
medio aturdidos por el maldecido sol (…)
Alguien tendrá que oírnos.

J. Rulfo. Ustedes dirán que es pura necedad la mía.

Despertar todas las mañanas en la humedad del nutrido follaje en Viveros. El ritual para llegar a su centro es simple y directo: estación del metro CU hasta estación Viveros / Derechos Humanos (el nombre en transición que no acaba). Luego, unos pasos después, atrapar primero -porque siempre existe un antes de lo que vendrá, de Sandra- las primeras flores que aparezcan para enviarlas por el celular a otros aires y, luego de bordear las primeras playas tenues de grava marrón, mirar la alameda en perspectiva, prometedora, algo fría.
Las voces se van ahuecando o se oyen atrapadas en los audífonos de los, y sobre todo las, marchistas. Otros peregrinos con tapetes de hule llegarán más tarde para las prácticas de yoga, en los espacios rectangulares que dividen los senderos con nombres de plantas. Allá cerca, pero más tarde que temprano, en la esquina derecha de Eucaliptos y Secuoyas, estará esperando mi pequeña leoncita de escasos años, que me desafiará a correr un trecho en el que ya casi puede ganarme, como puede con mi corazón absolutamente.
Pero a esta hora busco a Sandra con su otra plenitud de sentidos y que llega por su lado, siempre antes. Lo sé aun sin verla, cuando algunas ramas se conmueven como si volaran en meditación delatando que ella pasó por aquí, es su huella en el aire. Lo que no sé es por qué no llegamos a la par. Suelo adelantar mi hora acostumbrada para seguir su camino secreto hacia los cipreses, coníferas que suelen tenerse cerca de los templos en Asia.
Por alguna razón que no pregunto a Sandra, more discreción, ella ya está allí cuando me acerco y ya se divisan al pie de los troncos las primeras piñas; recojo alguna para mi atención posterior, aunque ahora me distraiga de mi objetivo, me place ver cómo se extienden imperceptiblemente en mi ventana, abriendo sus doce escamas de café oscuro, separándose mientras las sujeta una invisible nervadura interna. Cada día cambian, si se lo piensa bien, aunque verlo es arte que requiere paciencia y fe. La piña de los cipreses es como un fruto interminable, ya está maduro cuando está formado pero falta su despliegue para dar lugar a intersticios de los que saldrían semillas si fuera el caso, pero no lo es, creo; mi ignorancia sobre la botánica se compara a lo que conozco de Sandra bajo los cipreses, salvo más tarde.  
También ella, como estas piñas, madura una boca abierta en oración larga y contenida cuando el sol está más alto. Mis días están confundidos con estos conos ovales, rojizos o marrones como la grava de Viveros, cual vegetales desperezándose y llamando, con o sin luz, al duro suelo de los altos cipreses o a la cama por desordenar.
Ahora entonces encontrar a Sandra: con sus pantalones a cuadros que sabe me gustan, poco a poco más ceñidos hacia la cintura, con motivos florales como está de moda, aunque los cuadros son gusto adquirido, de los sesenta sin duda. Sus delicadas camisas, hoy de media manga en verde pastel, suelen entrar en el recuadro de las miradas que le dedico. Porque Sandra es, sobre todo en el saludo de llegada, una visión; la del eterno estar de un cuerpo que se extiende alrededor sin decirlo, que huele alrededor sin quererlo, que podría decir sin decirlo, que está allí para la mirada o no está.
Esta mañana sin embargo, quizá por ser octubre, quizá por mi insomnio que las flores empeoran, o porque duele amar a alguien de quien tenemos un número impreciso de días por venir, reparé en su sombra que se extendía movida desde sus brazos, convirtiendo en mancha contra el suelo el moño castaño de su cabello, raíz de mil fuentes. Sandra, ¿quién eres tú ahora, que entonas con acento argentino que no te pertenece, esta canción mexicana que Rulfo repitiera en El gallo de oro, como esos adolescentes punk de La Plata, que en 1992 decidieron llamarse Embajada Boliviana?

Pregúntale a las estrellas
si por las noches me ven llorar,
pregúntales si no busco
para quererte, la soledad (…)

Si quieres jugamos a los misterios. Yo ficcionaré y tú los revelas; yo los invento para que preguntes mientras tú los desenvuelves para que yo los siga y me enrede. Si tu sombra también juega conmigo voy a decirte al menos de dónde es que viene, porque sabemos tú y yo -¿verdad?- que la sombra no tiene la misma medida que nosotros, sino que se enrolla y despliega, aunque Marx advirtiera que nos es tan íntima -lo leímos juntos anteayer- que nadie puede saltar sobre su propia sombra. Viene no solo del sol, sino de su indiscreta luminosidad que por algo aquietan los cipreses, donde estás tú ahora, exactamente. Donde no estarás, no estaremos, más tarde.
La sombra tuya -o la mía, pero la tuya es más interesante- viene de algún pasado, de años previos a estas citas que nos damos, para después en un hilo sin nudo, separarnos. Es aleccionador hacer la historia romántica de la sombra de los cipreses contigo, interpretando sin más instrumentos que la historia novelada un pedazo cualquiera de negro: “Aquí estuviste un día con tu hermana”, digo, y me corriges: -“No, eso fue más a un lado”, señalas, refiriéndote a la sombra de tus botines cafés; “además no era mi hermana, si quieres saberlo”, insinúas.

No quiero, te contesto, y ya hemos llegado donde querías, a fastidiarme con tu sombra y que no podamos salir del círculo de tu hermana que no lo era, o del zapato que no tenías puesto, o el anillo que tenía tortuga, según la sombra, cuando yo no elijo anillos así. Siempre la molestia de la sombra antes de comenzar a desear salir del círculo dibujado a dos bocas, para rehacernos en el lugar de siempre, de los pies a la cabeza, completamente. 

Etc.

Los escritores estadounidenses y Trump


Simplemente eso… qué piensan y escriben algunos autores y artistas sobre el futuro presidente de EEUU.



Carlos Decker-Molina 

Las últimas semanas de octubre y las primeras de noviembre, Estocolmo se llenó de escritores y cineastas. Unos llegaron antes de las elecciones estadounidenses y otros después, como es el caso de Francis Ford Coppola que habló con la prensa justo el 9 de noviembre.
Coppola llegó a recibir el premio a su “obra total” de cineasta y a inaugurar el Festival de Cine de Estocolmo. “Conozco un poco a Trump, fuimos a la misma escuela militar. Trump era solo un muchacho menor que yo. Fue envido a la escuela militar a los 13 años, venía de una familia rica, algo incorrecto debió haber hecho. Su elección me ha sorprendido tanto como a ustedes”.
Digamos que el cineasta fue más diplomático que Jamaica Kincaid con la que me crucé en el cóctel de inauguración del Festival de Literatura de Estocolmo y dijo a un grupo: “no voy a decir jamás su nombre. Felizmente no tengo arsénico en casa”.
En el mismo Festival estaba Don DeLillo, aunque menos visible en los pasillos, cafetería y salones de estar. En una entrevista con el diario más importante de Suecia confesó que el asesinato de John F. Kennedy lo impulsó a ser escritor. Americana, es su gran obra que, con Trump en la Casa Blanca, recupera actualidad. “No intentó justificar la violencia de la campaña electoral de Trump”, dijo y explicó que muchos estadounidenses tienen una herencia de violencia que nace en la conquista de oeste.
En mayo de este año más de un centenar de literatos, artistas e intelectuales estadounidenses suscribieron una carta abierta en la que no solo se oponían a la campaña electoral de Trump, sino que además pretendían alertar del peligro de elegir a un hombre con él. Releer el alegato hoy después que eligieron al “peligro”, es doblemente inquietante: “Porque, como escritores, somos particularmente conscientes de las muchas maneras en que el lenguaje puede ser objeto de abuso en nombre del poder”.
En otros párrafos el texto de la “inteligencia” estadounidense dice: “Porque la historia de América, a pesar de los periodos de nativismo y de intolerancia, desde el primer momento ha sido un gran experimento que busca la unidad de personas de orígenes diferentes, no enfrentados unos contra otros (…) Porque la historia de la dictadura es la historia de la manipulación y división, de la demagogia y la mentira”.
Junot Díaz (La maravillosa vida breve de Oscar Wao) escribió: “El fenómeno Trump tiene su explicación en la intersección de una serie de hechos: La crisis económica, es más fácil culpar a los inmigrantes, a los que caracterizó, además, como violadores, asesinos y cabrones. Es el reflejo de la creencia de la supremacía blanca que se siente cada vez más amenazada política y económicamente”.
Según Jonathan Franzen (Las correcciones, Libertad, Puridad), Trump representa y padece esa enajenación que genera el exceso de figuración. La enfermedad empeorará (de llegar a la Casa Blanca)”. Richard Ford (Canadá) que estuvo en la capital sueca en la Feria del Libro dijo que “(Trump)… es una encarnación monstruosa de la indiferencia de los americanos con respecto a la política”.
Una semana después del triunfo del multimillonario, Ford escribió en un diario sueco un “mea culpa”, dijo que él por su silencio y su falta de interés en descubrir quién es Trump es uno de los culpables de su elección.
Margaret Artwood lo describió como el típico alfa-macho en cuyo interior se esconde la flaqueza del cobarde. “Trump es el tipo de hombre que en la escuela se comporta como un matón, pero tan pronto como alguien lo empuja, empieza gimotear”. Algo de lo que dijo Artwood hubo en la campaña en la que arrojó insultos a mansalva como bravucón de barrio.
Nos faltaría espacio para citar a todos los escritores y artistas que se expresaron sobre Trump; termino con una cita de Stephen King: “Estoy muy decepcionado de mi país. Trump es popular debido a que a la gente le gusta tener un mundo en el que nadie ponga en duda que el americano blanco está en la parte superior de la jerarquía”.
Alguien dijo que la “ignorancia es atrevida”, pues ese atrevimiento ha llegado a la Casa Blanca.

Sin duda hay más razones para que lo hayan elegido, quizá algunas de ellas figuran en el libro de George Packer titulado El desmoronamiento. Treinta años de declive americano. Voy por la página 108 de cerca de 600. Packer, escribe para The New Yorker y ha obtenido varios premios, entre ellos el National Book Award justamente por El desmoronamiento. Les prometo una reseña. 

Desde la butaca

Rosángela gestiona cultura para La Paz

Un perfil de Rosángela Conitzer de Echazú, “Connie”.




Lupe Cajías 

Su mirada esmeralda se pierde detrás del ventanal que da a la ruidosa calle sureña. Seguramente en lo que menos piensa es en su belleza física, heredera de sólido tronco paceño y de forastero alemán judío. Algún comensal se acerca y la saluda entusiasmado de encontrar a quien el ambiente cultural citadino reconoce como figura estelar. Al despedirnos otro amigo la retiene: “Connie, qué alegría verte”.
Ella, sencilla como fue desde siempre, responde calurosa, sin prisas. Yo la miro alejarse agradecida con la vida que me permitió ser su alumna adolescente, su admiradora juvenil y más tarde amiga y seguidora de sus esfuerzos por sacar adelante emprendimientos estéticos para el goce de los paceños, de los bolivianos, de todos.

La estirpe familiar
Prefiere estar detrás del escenario y sonreír si simplemente la presentan como la hija mayor de Yolanda Bedregal, la Yolanda de Bolivia, o la hermana del extraordinario pintor Juan Conitzer. Rosángela del Carmen, Connie, no busca salir en la foto ni lucirse en el escaparate. Duda en responder a mi entrevista, pero soy consciente que es necesario dejar por escrito el trabajo que cumple para el entorno.
Alguna vez, visitando los sitios históricos del Cementerio General, encontré el epitafio de su abuelo, el modernista Juan Francisco Bedregal, que decía: “Murió como vivió, en silencio”.
Figura representativa del apogeo de la ciudad estrenándose como sede de gobierno y como principal generadora de literatura y de cultura en el país. “Juan Francisco Bedregal fue director de la Academia de la Lengua, presidente del PEN Club, rector de la UMSA… en fin, trabajó durísimo para mantener a seis hijos y a seis sobrinos huérfanos. Era además un hombre bueno. Toda La Paz se vació a su entierro cuando murió y se declaró duelo nacional”.
“El abuelo de mi madre era José Francisco Iturri, médico de los pobres con gran compromiso humanitario. Murió muy joven”. Yolanda y sus hermanos se criaron en un ambiente único que no volvería a repetirse en la sede de gobierno: tertulias literarias, conciertos caseros, debates políticos, y un sentimiento herido por la patria derrotada. Yolanda era música, literata, pedagoga y estudió estética en Nueva York.
El contexto internacional latinoamericano era también privilegiado con la pujanza del arte mexicano, la literatura argentina y colombiana,, en medio de duros conflictos y búsquedas de utopías. El mundo vivió las dos guerras devastadoras. Yolanda se enamoró de un refugiado del nazismo.
“Mi padre, egresado de derecho, pudo salir del Campo de Concentración en Sachsenhausen y emigró a Bolivia el 39. Se embarcó en Génova en el barco Virgilio con 20 dólares en el bolsillo pero con un bagaje de cuatro idiomas. Había ya antes aprendido español en Berlín. Los idiomas le dieron el sustento y le abrieron las puertas de la sociedad. Con su libro bajo el brazo iba de casa en casa enseñando alemán, inglés y francés. Entonces no había Goethe Institut, ni Centro Boliviano Americano; quizá sí Alianza Francesa. Fue secretario de Alcides Arguedas quien le confió la transcripción de su diario. Más tarde dirigió el Instituto Cultural Boliviano Alemán, hoy Instituto Goethe y trabajó como agregado cultural adjunto en la Embajada Alemana”.
Recuerdo que en el círculo de Gesta Bárbara, en mi hogar, siempre se nombraba con mucho respeto a Gerd Conitzer, a quien se lo conocía como el “Gringo Chukuta” por su personalidad germana tan integrada a Chuquiago. “Sí, era muy apreciado. Fue poeta y filósofo, pero además un hombre sereno y tengo la imagen de cómo terminaba el día laboral tocando piano, dando un ambiente musical al atardecer”. Intercambiaba cartas con el Nobel de La Paz Albert Schweizer y con Herman Hesse, Nobel de Literatura. Generoso, apoyó a Yolanda como la poetisa de la casa y ayudó a traducir su obra; ella tradujo poemas de él y juntos publicaron Ecos.
“Agradezco a Dios cada día su legado de hombre íntegro, culto y la vertiente judío-alemana que corre en mi sangre. El judaísmo es, además de religión, una actitud ante la vida y más allá de la cultura es una sabiduría que se impregna en el alma. A mi padre le debo el amor al idioma, a los filósofos y escritores alemanes, esa mentalidad organizada, previsora, la disciplina. Gracias al alemán he trabajado 30 años como profesora en el Goethe, el colegio y la universidad”.

Paceña universal
Le digo que me parece injusto que a veces la presentan como la hija de Yolanda, más que por ella misma. Sincera, aclara: “a mí no me molesta, somos lo que somos por ser hijos de nuestros padres”.
“Nací en La Paz el 25 de julio de 1945; soy licenciada en filosofía por la Universidad Católica del Ecuador. Me metí a mil cosas desde chica, iba a clases de idiomas y de piano; soy graduada de la Escuela de Guías y Cicerones de Turismo; fui Secretaria de don Roberto Prudencio, el primer ministro de Cultura del país. Fui dirigente activa en la UMSA. Estudié luego idiomas en Inglaterra y Alemania y en la Escuela de Intérpretes y en la Universidad de Zurich, en Suiza”.
Habla español y alemán perfectamente, muy bien el francés y el inglés y se maneja en portugués e italiano, además de conocer hebreo literario. En un homenaje por sus 70 años, su hija recordó cómo se quedaba hasta medianoche para gestionar proyectos culturales. “Dirigí por años la Comisión de Fomento a la Cultura de la Fundación Hermann que apoya a jóvenes talentosos con escasos recursos en el campo de la cultura. Publicamos libros, organizamos conciertos, otorgamos becas, auspiciamos eventos; un trabajo ad honorem que requirió mucho de mi tiempo pero que me dio mucha satisfacción. Edité un libro sobre la Guerra del Chaco, otro para niños, uno de historia del cine boliviano. He revisado y coordinado los libros sobre mi madre editados por El Aparapita, el Ministerio de Culturas y la Fundación del Banco Central”.
Casada con el diplomático Rafael Echazú, es madre de Alejandra y Natalia y abuela feliz, emparentada con la familia de Walter Montenegro, otros cultores de la música. “Consciente del valor literario de la obra de Yolanda Bedregal, más allá del amor, cuando ella murió, me propuse publicar su obra para que no sucediera lo que pasó con Juan Francisco Bedregal que, según mi madre, murió dos veces: una en Cochabamba el 1944 y la segunda cuando sus ensayos y su vasta obra quedó durmiendo el sueño de los justos. Diez años después de su muerte, el 2009 Plural Editores bajo la dirección de Leonardo García Pabón, publicó la Obra completa en cinco tomos, dos de poesía, uno de narrativa y dos de ensayo”.
“Mi hermano murió a los 60 años habiendo pintado y creado con colores y palabras toda su vida. Con parte de su enorme producción llenamos la Galería “Nota” con una bellísima exposición de sus cuadros y esculturas. Junto a Mabel y los hijos de Juan puse gran empeño en que se publiquen sus escritos. La Mariposa Mundial sacó un libro con su obra literaria”.
Antes de despedirnos suena el teléfono, su esposo le comenta sobre el almuerzo en la casa, ahora que escasea el agua. Es también ama de casa.

La veo partir feliz, siempre está tranquila aún en medio de los sufrimientos. Le doy el beso con el agradecimiento por su esfuerzo para promover el amor al arte, la fraternidad entre las personas y, con ello, espacios de paz para el mundo.

Informe

El último diario del Chaco, un nuevo
rescate del “Mago” Baptista Gumucio

Un revelador dietario de la guerra, escrito en una prosa de alta calidad, verá la luz a más de 80 años del alto al fuego. Mariano Baptista Gumucio cuenta cómo dio con este valioso texto de René Ballivián Calderón, revela quién era este destacado intelectual y comparte algunos fragmentos.




Martín Zelaya Sánchez

Inquieto investigador y recuperador de arte y cultura como es Mariano Baptista Gumucio ya tiene en manos el borrador del que será su próximo proyecto literario. “Estamos gestionando la edición de un diario de guerra que se mantuvo inédito desde hace ya más de 80 años. Es de René Ballivián Calderón, un empresario y político paceño que publicó varios libros pero nunca se animó a sacar su diario. El libro, que se llamará Tarairí. Diario de campaña de un combatiente de la Guerra del Chaco, está escrito con una admirable prosa y cuenta episodios muy interesantes, como un encuentro del autor con Germán Busch, el drama de los heridos y un homenaje a otro escritor paceño, caído en batalla, Alberto de Villegas”, comenta el “Mago”.
Antes de que el propio Baptista Gumucio explique más detalles del proyecto, que lo haga el propio Ballivián. Copiamos un par de párrafos del prólogo del diario de campaña en el que, como se puede ver, se entrevé que el autor no pensaba revelar que el dietario era suyo:

Hace cosa de dos meses, recibí de cierto combatiente anónimo las pequeñas crónicas “sueltas, desarticuladas”, como las califica su propio autor, que se consignan a continuación. Ellas venían precedidas de una carta de remisión que, entre otras cosas, decía lo siguiente:
“Sinceridad es el mérito único que aspiran a tener estas páginas escritas con amor y precipitación. También reflejan, aunque pálidamente, algo de lo mucho que han sufrido, quienes han estado en las trincheras; aquellos modestos y oscuros héroes siempre olvidados... También quieren denunciar a quienes rehuyeron todo sacrificio en la hora de la prueba, haciendo saber cuán poco sufrieron los privilegiados...”.
“Estas crónicas sueltas, desarticuladas; escritas en desaliñado idioma, tienen un mérito más: son históricas, en ninguna de ellas entra algo de ficción; son como jirones arrancados a una inmensa y trágica realidad: la que vivieron por tres largos años de dolor un grupo de hombres de dos pueblos esforzados y heroicos”.
Esta especie de confesión no aspira a tener oyentes no necesita ser escuchada, constituye, ella, una simple necesidad del espíritu, un desahogo; escri­biéronse las páginas que siguen y fue como si el autor de ellas se quitara un peso de encima. Nada más. Él debía escribirlas, quería escribirlas, y eso fue todo. Las escribió con sinceridad, con amor, al compás de los acontecimientos, en un puesto de comando, en una trinchera, o en la soledad del monte, de exprofeso emplease en ellas el tiempo pasado.


¿Quién era René Ballivián Calderón?, se preguntarán todos, y como lógicamente es la primera interrogante de rigor, don Mariano se adelantó y redactó esta presentación:
“Era un soldado de 25 años cuando llegó al Chaco. Seguramente era el más culto de los que sirvieron al país en guerra, incluyendo por supuesto a los generales y al propio Presidente de la República, cuya cultura y mentalidad provenían del siglo XIX. Habiendo quedado huérfano de padre, René fue acogido por su tío materno, Ignacio Calderón, que fue durante dos décadas ministro de Bolivia en Washington”.
“René dominaba el inglés como si fuera su idioma materno y el francés lo estudió en el colegio, como para leer a Proust en su lengua original. De vuelta a Sudamérica se unió a su madre y hermanas en Santiago de Chile, donde trabajó como vicecónsul, pero se vio envuelto en la vida intelectual al punto de que se lo consideraba chileno, extremo que desmintió en una carta pública. Con sólidos estudios de economía en Estados Unidos y Chile, era al mismo tiempo un voraz lector y dejó un grueso álbum de recortes en el que figuran textos de los grandes autores de esa época, como Romain Rolland, Enrique Bergzon, Andre Maurois, o los españoles Baroja, Unamuno y Blasco Ibáñez.
Con esa preparación retornó al país y se incorporó al Ejército, combatiendo en varios sitios, pero sobre todo en Tarairí”.

- ¿Cómo se enteró de la existencia de este diario inédito, y cómo es que ahora gestiona su publicación?
- Fue una circunstancia afortunadísima. La señora Consuelo Ballivián quería donar a alguna institución documentos de su antepasado Manuel Vicente Ballivián, cuya personalidad sobresale en el campo de la geografía, la ciencia, el aprovechamiento de los recursos naturales, a fines del siglo XIX y principios del XX. Yo le sugerí el Archivo de la UMSA, criterio que aceptó.
En eso, en medio de los papeles, descubrió que había también documentos de su padre, René Ballivián Calderón. Llamó la atención una carpeta con el manuscrito de un diario escrito “por un excombatiente”, -así decía el prólogo del propio René- quien, por razones que explicaré en la introducción del libro, no quiso figurar como autor. Durante la lectura me quedó en claro que eran sus propias memorias que no publicó, pero tampoco destruyó. Por su calidad y dramatismo creo que es uno de los mejores testimonios de la campaña, y es increíble que a más de 80 años del cese de hostilidades, siga inédito.

- Seguramente al leer el libro ya nos enteraremos de todo lo que Ballivían vivió en la guerra, pero ¿qué se conoce de él en las décadas posteriores, porque entendemos que tuvo una activa vida social y cultural?
- Se incorporó al servicio público y a la cátedra, representó a Bolivia en Estados Unidos y en varias conferencias internacionales, como la de Bretton Woods que reorganizó las finanzas mundiales.
Fue gobernador del Banco Mundial y del FMI, presidente de YPFB, gerente de la Compañía Aramayo de Minas hasta 1952, cuando Paz Estenssoro lo invitó a que se fuera del país. Estuvo exiliado 12 años y a su retorno retomó sus cátedras, fue gerente de bancos y la muerte lo sorprendió en Santa Cruz durante el golpe de Natusch Busch. Su familia cuenta que cuando la dictadura era inminente, trató por todos los medios de volver a La Paz, pero los vuelos se habían suspendido y su corazón también dejó de latir.


Baptista Gumucio ya supervisó la transcripción del texto, tiene listos los detalles de edición y el texto introductorio, y casi asegurado el apoyo para la publicación, de parte de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia, de la que Ballivián fue presidente. Ojalá los detalles y gestiones finales se aceleren para tener pronto en circulación este valioso texto.
Ah, pero el prolífico escritor y excepcional rescatador de cultura e historia boliviana, no quiere olvidar sus apuntes personales, su propia memoria y experiencia con René:
“Le hice dos entrevistas en Ultima Hora. Lo recuerdo como un hombre de vastísima cultura; cáustico, pero respetuoso de las opiniones ajenas, con profundas ideas religiosas y en el campo económico, partidario del mercado y la libre empresa”.
“Publicó varios libros sobre economía y filosofía de la historia, que era el campo que lo apasionaba pero, en un país cuya clase política, civil y militar eran  de mentalidad estatizante, tengo la impresión de que Ballivián Calderón fue estigmatizado y no alcanzó los lugares a los que podía aspirar por su talento. Manejaba el idioma con excelencia y en cuanto a la especulación de las ideas, tenía el nivel de Roberto Prudencio y Guillermo Francovich, de quienes fue muy amigo”.
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Fragmentos de Tarairí

René Ballivián Calderón

Villamontes
Villamontes era la antesala de una inmensa tragedia. Era el preludio de una gran sinfonía heroica, cuyos acordes perdurarán por siempre en la memoria de los hombres que supieron vivirla de cerca. Por Villamontes pasaron tantos y tantos miles de pobres seres humanos y dentro de cada humano corazón, escondido había un drama misterioso y singular. Los que por allí regresaban al calor hogareño, traían el alma llena de ilusiones y de ensueños forjados en las largas tardes chaqueñas. Los que por allí entraban tenían oculto, en el fondo de su espíritu, el inevitable temor a lo desconocido. Y más ¡ay! cuántos no han regresado y no regresarán. En su memoria bendita hagámonos grandes.

El templo de Tarairí
Estaba vacía y sola la pobre iglesia de Tarairí. Su empinada torre parecía clamar a Dios perdón para aquellos pobres soldados y, para todos los hombres, porque no saben lo que hacen. En medio de las serranías cubiertas de verde ropaje, su abandono infundía en todos los espíritus una mezcla de compasión y de arrepentimiento.
Allí, en la lejanía, entre un vago murmullo de Ave Marías, quedaba el templo envuelto en las sombras del anochecer y, había en el ambiente un tan grande recogimiento, una calma tan inmensa, que Dios mismo puesto de rodillas, rezaba en aquellos instantes la oración suprema.
Unos días después llegaron los paraguayos a la aldea de Tarairí, y entraron al templo.... En su torre instalaron un observatorio. Era preciso, pues, destruir esa torre y los proyectiles de nuestros cañones estallaban a su lado por todas partes con presagios de muerte. Empero, era imposible lograr su destrucción, sacrilegio impuesto por las circunstancias. La mano de Dios parecía librar al templo de todo mal.

El trajín incesante
Pocas cosas son tan notables e interesantes como el movimiento que ocasiona una batalla; ese correr incesante de los camiones, a lo largo de los caminos de circulación a retaguardia, cargando unas veces tropa, otras munición, o aprovisionamiento. El ininterrumpido funcionar de los teléfonos. Las órdenes y contra-ordenes, los automóviles que llegan y luego salen presurosos. El trajín es incesante y afiebrado como en un banco minutos antes de cerrar sus puertas al público.
Y así era esa clara mañana del 16 de marzo. En el puesto de combate de la División, uno de los sitios a que convergían los hilos que manejaban la sangrienta batalla, habíanse reunido no pocos jefes. Sentado, junto al coronel Olmos, con esas sus maneras reposadas y austeras y los firmes rasgos de su faz mestiza, estaba el coronel Bilbao Rioja. En ningún instante, ni cediendo a los impulsos de la emoción movió uno solo de sus músculos faciales, que parecían tallados en bronce. Ni las buenas o malas noticias que del campo de batalla nos llegaban, producían la más leve alteración de su rostro siempre sereno e inmutable.


Egoísmos y envidias
Pero en el  Chaco había algo mucho más triste que todo esto. Me refiero a la interminable serie de egoísmos y de envidias. La envidia, he ahí un sentimiento ruin, mezquino, propio de espíritus débiles y de cerebros poco evolucionados y la envidia ha hecho estragos en el Chaco.
La envidia comenzaba entre los comandantes de batallón, seguía con los de Regimiento, continuaba con los de División y de Cuerpo, culminaba en el Comando Superior, donde adquiría caracteres realmente morbosos. Envidia, no el sano y noble afán de emulación, existía entre generales, entre coroneles, entre tenientes, hasta entre los suboficiales. Únicamente los soldados, como nada tenían que envidiarse, hallábanse exentos de este agudo mal espiritual.
Si hiciéramos un balance de los desastres, de las oportunidades perdidas de los males, en suma, que la envidia ha ocasionado en el curso de la guerra, llegaríamos a resultados realmente pavorosos. Si hubiéramos luchado contra el enemigo la mitad de lo que entre nosotros supimos luchar, seguramente que el Ejército boli­viano habría marchado victorioso por las calles de Asunción.

Ocasiones hubo en que al pedirse refuerzos para un regimiento que sostenía apenas el ataque impetuoso del adversario, el jefe encargado de suministrar el refuerzo contestara: “que se joda ese animal”, refiriéndose al Comandante del Regimiento en peligro, que era enemigo suyo, tal la mentalidad de no pocos acarreadores de sable.