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sábado, 30 de enero de 2016

Crónica

Rulfo, Bolivia y los militares de los
“cañonazos de millones de dólares”

Crónica de la poco conocida y cercana relación del autor de Pedro Páramo –de cuya muerte este mes se cumplieron 30 años- y Marcelo Quiroga Santa Cruz.


Juan Carlos Salazar 

Juan Rulfo era un hombre tímido, reacio a los homenajes, propios y ajenos, y a las entrevistas periodísticas, con mayor razón si estas implicaban el riesgo de emitir una opinión política. En tal caso, además de tímido, se mostraba timorato.
No era común verlo en actos públicos ni en las páginas de la prensa. Tal vez por eso concitó tanta atención su presencia como orador en el homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz realizado por el Partido Socialista 1 (PS-1) en el auditorio Justo Sierra de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el 17 de noviembre de 1980, cuatro meses después del asesinato del político boliviano. 
Lo conocí en la casa de Quiroga Santa Cruz, en la Colonia del Valle de la capital mexicana, a mediados de los 70. Amigo de Marcelo, a quien había conocido en el Encuentro de Escritores Latinoamericanos realizado en Chile en agosto de 1969,  se interesaba por Bolivia y se sentía subyugado, según decía, por la porfía libertaria de su pueblo.
Durante la cena se empeñó en encontrar paralelos entre la historia y el destino de México y Bolivia, como países de hondas raíces indígenas, protagonistas de sendas revoluciones armadas en la primera mitad del siglo XX y de lo que él mismo definía como “frustraciones compartidas” a propósito de la reforma agraria y la nacionalización del petróleo que habían llevado adelante ambos países, coincidencia que, a su juicio, ponían a Bolivia frente a México como en un espejo. ¿Acaso el Movimiento Nacionalista Revolucionario no era un gemelo del Partido Revolucionario Institucional?, se preguntó.
Rulfo era un hombre que se parecía a sí mismo o -si se quiere- a la imagen que sus lectores se habían forjado de él. Taciturno, como algunos de sus personajes, y sinceramente modesto y humilde, como otros, inspiraba una profunda ternura, sobre todo cuando pedía perdón por opinar sobre temas de política e historia que, según decía, desconocía por completo, aunque cuando lo hacía hablaba con la propiedad y la sabiduría del sentido común. En todo caso, prefería preguntar a opinar. Hombre de pocas palabras, tampoco eran notorios sus silencios.
Cuando Marcelo se interesó por la segunda novela que se suponía estaba escribiendo y que jamás vio la luz, se limitó a responder: “Ahí vamos, Marcelo”. Según la mitología, la escribió y reescribió varias veces y terminó quemándola porque, a su juicio, no estaba a la altura de Pedro Páramo ni de lo que sus lectores esperaban de él. Rulfo era un escritor acomplejado y abrumado por la grandeza de su propia obra.
Al despedirse esa noche, le dijo a Marcelo: “Cuídate, los militares no son de fiar”. Marcelo había anticipado durante la cena su propósito de retornar a Bolivia clandestinamente para sumarse a la lucha contra la dictadura del general Hugo Banzer, algo que hizo poco tiempo después.
Años después, Rulfo no dudó en aceptar la invitación que le formuló la viuda de Marcelo, Cristina, para hablar en el homenaje al líder socialista asesinado, sin imaginar el problema que le ocasionaría con el gobierno mexicano. Llegó tarde al acto, nervioso por el atraso y porque no encontraba sus lentes para leer el breve texto que había escrito para la ocasión. Finalmente, ante un auditorio repleto y expectante, empezó a leer su discurso con el mismo tono cansino de sus charlas de café. “Pensé que iba a decir: ‘Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo’”, comentó el periodista Humberto Vacaflor, presente en el acto, en alusión a la célebre frase con que Rulfo inicia su novela.    
El autor de El llano en llamas rememoró sus conversaciones con Marcelo en el Encuentro de Escritores de Chile, donde el boliviano se había presentado como un “escritor y parlamentario anónimo, nacido en un país de vida casi confidencial”, en una cita que congregó a los más reconocidos exponentes de las letras latinoamericanas, como Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, Pablo Neruda, José María Arguedas, Jorge Edwards, Heberto Padilla, Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, Augusto Roa Bastos, Mario Monteforte, Fernando Alegría y Leopoldo Marechal, entre otros.
Tras elogiar la solidez y consistencia de sus intervenciones en el encuentro, Rulfo concluyó: “Nos hemos quedado sin Quiroga Santa Cruz como también sin San Martín, sin Sucre y sin tantos otros que murieron sacrificándose por esta pobre América”.
Pero no fue el homenaje a Marcelo lo que irritó al presidente mexicano José López Portillo, sino las alusiones al Ejército, cuando recordó la  famosa frase del presidente Álvaro Obregón (1920-1924): “No hay general que resista un cañonazo de 50 mil pesos”. Y agregó su propio comentario: “Claro que ahora se los dan por millones; pero los tienen quietos mediante la corrupción”. Para desagraviar a los militares, López Portillo tronó “contra quienes calumnian y difaman a las fuerzas armadas” y afirmó que “ningún soldado es corrupto”.
El discurso ocupó la primera plana de la prensa mexicana. En Bolivia pasó desapercibido por la censura impuesta por la dictadura. Atemorizado por la bravata de López Portillo, el escritor, a la sazón funcionario del estatal Instituto Indigenista, dio marcha atrás y dijo que sus palabras habían sido “desvirtuadas”. La revista Proceso, el único medio independiente en el México de la “dictadura perfecta”, como la definió Vargas Llosa, publicó la aclaración de Rulfo junto al texto íntegro del discurso. 
Uno de sus amigos íntimos, el novelista, dramaturgo y periodista Vicente Leñero, reveló años después que Rulfo estaba aterrado. “Estoy angustiado, Vicente, angustiadísimo. No puedo dormir. Me están amenazando”, le había dicho en una llamada telefónica. “Me están amenazando. Tú no sabes cómo son los militares, capaces de todo. Lo único que quisiera es borrar lo que dije”, agregó, según el testimonio de su colega.
Días después del acto, en pleno vendaval, Cristina Quiroga lo llamó para decirle que lamentaba que su participación en el homenaje le hubiese ocasionado tantos problemas. “Nos han  traicionado”, le replicó el escritor, al quejarse de que el texto del discurso hubiese sido difundido por los propios organizadores del acto. “Pero, don Juan -le contestó Cristina-, era un acto público, la prensa estaba presente y era obvio que el homenaje iba a tener difusión”.

Alentado por sus conversaciones con Quiroga Santa Cruz y el pintor Enrique Arnal, quien fue su inquilino en la Colonia Guadalupe Inn de la ciudad de México, Rulfo dijo más de una vez que le gustaría conocer Bolivia. Su muerte, el 7 de enero de 1986, truncó ese deseo.     

Discurso

Nos quedamos sin Marcelo, como
también sin San Martín y sin Sucre

Discurso leído por el escritor Juan Rulfo en el acto de homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz, organizado por el Partido Socialista 1 (PS1), en el Auditorio Justo Sierra de la UNAM, el 17 de noviembre de 1980.


Juan Rulfo 

De los asistentes al último Encuentro de Escritores Latinoamericanos efectuado en Viña del Mar, y en la Universidad de Valparaíso, Chile, en 1970, me impresionó gratamente la persona de Marcelo Quiroga Santa Cruz, tanto por la solidez de sus intervenciones en dicho coloquio, así como la seriedad y certeza con que participaba en los Foros de Valparaíso, no solo frente a estudiantes, sino ante los obreros y los campesinos más pobres de Chile.
Era quizá también entre los participantes, uno de los más ecuánimes. Por eso no me extrañó que poco después, al subir al poder el general Torres, lo nombrara ministro de Hidrocarburos y fuera quien expropiara el petróleo de Bolivia.
Yo lo sabía político, además de escritor; pues tuve la oportunidad de conversar con él en numerosas ocasiones; ya a la hora del almuerzo, o simplemente charlando mientras tomábamos un café en la terraza del Hotel O´Higgins y posteriormente en Santiago.
Del grupo boliviano, como antes decía, me pareció el más consistente. Además el conocimiento geográfico e histórico que tenía de su país era asombroso, y sus conversaciones casi siempre iban orientadas no a cuestiones literarias, las cuales aparentaba eludirlas; en cambio, su interés era completo cuando se trataba de asuntos sociales, sobre todo en los referente a las Reforma Agraria que al igual que la de México y quizá por seguir los mismos patrones, había fracasado.
En fin, fueron muchos los momentos y las oportunidades que tuve para llegar a tener una relación bastante cercana. Desde entonces no dejé de enterarme de su ascenso en el gobierno del general Torres; de su posterior destierro en la Argentina y, más tarde, de su llegada a México.
Por cierto, solo como anécdota, en cierta ocasión quiso inquirir cuál sería la solución para evitar tantos golpes de Estado en su patria, y qué medidas había tomado México para, desde hace más de medio siglo, hubiera logrado ya una estabilidad política. A esta pregunta le di una respuesta lógica: la única medida, le dije, es matar a todos los generales, y a quienes sobrevivan enriqueciéndolos o corrompiéndolos.
Desde la época del general Obregón, cuando se inició el descabezadero, él formuló una frase famosa: “No hay general que se resista a un cañonazo de 50 mil pesos”. Claro que ahora se los dan por millones; pero los tienen quietos mediante la corrupción. De otros modo, en este país, proliferarían los generales, ya que después de la Revolución llegó a haber más generales que soldados. Así, se les dio a escoger: el poder o la riqueza. Quien quería ambas cosas lo asesinaban, hasta convencerlos de que era mejor vivir tranquilos y ricos a enfrentar los difíciles problemas de un gobernante.
A eso hemos llegado. A eso debió llegar Bolivia desde hace tiempo o Chile o Paraguay, Argentina, Uruguay y tantos otros países de nuestra América. Actualmente con la protección imperialista será menos que imposible solucionar o destruir el poder de los oligarcas.
Pero creo que no he venido aquí a hablar de la triste situación que vive América Latina. Mi presencia se debe a la honrosa invitación de Cristina y a la cual concurro con toda mi congoja y mi tristeza, para decir unas cuantas palabras de homenaje en honor de ese gran compañero y hermano que fue para mí Marcelo Quiroga Santa Cruz, martirizado y muerto por la oscura camarilla que asaltó el poder en Bolivia en julio de este año, otra fecha aniquiladora de las ya tan siniestras etapas que vive aquel martirizado país.
Él fue desde el exilio político, al menos seguro, a Bolivia en busca de una esperanza, por el gran cariño que le tenía a su patria, por encontrarle un mejor y más permanente porvenir; pero los bastardos lo exterminaron. Y lo exterminaron porque su vitalidad y su rectitud intelectual eran peligrosas para los que veían en él al certero líder de un sistema progresista.
Tenía que ser él, el joven entusiasta de una causa justa la víctima de la injusticia que se ha apoderado, esperamos que momentáneamente, de esta esa tierra a quien Bolívar dio su nombre.
Nos hemos quedado sin Santa Cruz como también sin San Martín, sin Sucre y sin tantos otros que murieron sacrificándose por esta pobre América.
Solo me resta dar mi más sentido péame a doña Cristina Quiroga y a todos los buenos bolivianos que como yo sienten hondamente su muerte.


Letra sincrónica

Matices de Alasitas

¿Cuál es su primer recuerdo de las Alasitas? ¿Cuál el mejor? Una invitación a reflexionar, desde la experiencia personal, sobre la tradicional festividad paceña.



 Alan Castro Riveros 

Iniciación alasítica
Cada habitante de La Paz ha sido iniciado alguna vez en el misterio de las Alasitas. Tal iniciación puede haberse celebrado el primer día en el que uno ha visitado la fiesta de las illas, el instante de fascinación ante un sombrerito diminuto, o la noche en que se percibió el extravagante resabio de las confituras alasíticas.
Sin embargo, las primeras veces rara vez son la iniciación alasítica como tal. En cambio, cada habitante guarda una historia de Alasitas que se le ha grabado en la testera: la adquisición de una miniatura clave en cierto momento de la vida, una charla inolvidable en pleno api-video, la miniatura que se hizo realidad a perfecto detalle; en fin, la proyección milagrosa del presente: el instante del vaivén entre la materialización de la ficción y la fabulación de la “realidad”.

Alasita personal
La primera anécdota personal que viene a la cabeza cuando cada quien piensa en Alasitas guarda la clave de una particular y única iniciación alasítica. En ella cada uno sabrá descubrir su vínculo con el enigma de esta fiesta.
En mi caso -voy a permitirme, con su permiso, este viaje íntimo-, tal historia sucedió a mis 12 años cuando, junto a mi amigo Andrés Kuljis, se nos metió a la cabeza que debíamos abrir un puesto de ch´alla en Alasitas. Yo me encargué de conseguir el brasero, la botellita de alcohol y un par de lluchus; mientras que el Andrés se prestó un aguayo de la Rosita e hizo comprar carbón a su mamá.
Ese año la feria estaba instalada en el mismo lugar de ahora, en el campo ferial del Parque de los Monos. Con todas las cosas listas para ch´allar a las diez de la mañana, partimos a pie desde del monumento a Busch rumbo a Alasitas. Cuando llegamos al estadio, la ciudad era un escándalo y el olor de Alasitas inconfundible. Mientras más avanzábamos, más gente había. Ya en el Parque de los Monos, nos vimos en medio de una espesa multitud hormigueante.
Estábamos preocupados. Teníamos que abrir nuestro puesto antes de las doce, pero avanzábamos lentamente y no había dónde instalar el puesto. Volver atrás nos resultaba más difícil que seguir adelante, pues ya estábamos en un laberinto enmarañado; no sabíamos exactamente dónde andábamos ni cómo regresar.
Como no podía ser de otra manera, y después de haber buscado lugar infructuosamente, terminamos en la Avenida del Ejército, 15 minutos antes de las doce. Avistamos un pequeño lugar en plena vía, junto a un par de yatiris, y tendimos el aguayo allí rápidamente; sacamos el brasero, nos pusimos los lluchus, pero no sabíamos encender carbón. Gastamos mucho alcohol intentándolo y estábamos preocupados porque el alcohol se estaba acabando y luego cómo íbamos a ch´allar.
El yatiri de al lado -entendiendo nuestra situación- tuvo la amabilidad de sonreír y regalarnos carbones encendidos, amén de un puñado de pétalos de flor y algo de mirra. Estábamos listos para ch´allar un minuto antes de las doce.
Cuando llegó la hora, un montón de gente pasaba y repasaba frente a nuestro puesto, con casitas, camioncitos, canastitas, maletitas, ekekos y un sinfín de cosillas. Nosotros ofrecíamos: “¡Se lo ch´allamos con harta suerte! ¡Toda cosa que ch´allamos es milagro!”.
La gente veía nuestro puesto feliz de la vida, pero seguramente preferían ch´alladores experimentados. Nosotros no entendíamos eso y pensábamos que era por el precio, que costaba un boliviano. Le bajamos a 50 centavos y al final decidimos que íbamos a ch´allar gratis. Pero ni así.
Nos quedamos pensativos y cuando comenzábamos a resignarnos apareció un señor diciendo: “A ustedes les tengo confianza, quiero ch´allar esta casita”. Ni cortos ni perezosos iniciamos la ch´alla: “Gracias señor... Le va a ir bien. Ésta va a ser la mejor casa del mundo... Va a tener harta suerte, va a ser feliz. Harta, harta, harta felicidad...”. Nos dio las gracias y pagó con una moneda de un boliviano que hasta hoy permanece atesorada en el lugar que corresponde, dando constancia de que fuimos los ch´alladores más chiquitos de aquel año; es decir, ch´alladores de Alasitas en Alasitas.

Otras iniciaciones
La iniciación alasítica define la manera de entender y celebrar la fiesta. Por ejemplo, una señora que conozco tuvo una muy peculiar iniciación alasítica; pues tal iniciación se dio no solo fuera de la feria, sino en una fecha ajena a las Alasitas: en una feria de fin de año del colegio Santa Ana.
Resulta que ella fue a pasear por la feria de su colegio y se maravilló de pronto frente a una aparición en el puesto de suerte sin blanca: un pesebre en miniatura compuesto por el niño Jesús, María, José, los tres reyes magos, una vaquita, un burrito, una ovejita y un pastorcito. El niño Jesús medía poco más de un centímetro de largo. La señora en ese entonces tenía diez años. Así que le fue a pedir un boliviano a su papá y tuvo la suerte de ganarse el premio mayor: el pesebre.
Desde entonces empezó a ver Alasitas como el lugar en el que podía comprar juguetitos y animalitos para su diminuto niño. En la actualidad ella tiene más de medio centenar de miniaturas exclusivas para su pesebre. Su iniciación alasítica, su manera de comprender esta enigmática fiesta, está precedida por la celebración de la natividad. Ni hace falta decir que tal concurrencia azarosa en su experiencia vital la ha llevado a entender ambas fiestas con una significación e intensidad difícilmente perceptibles para el resto de los mortales.
Por otro lado, recuerdo que una vez, paseando por la calle Panamá, vi a dos niños que jalaban con una pita el camión de Alasitas más precioso que he visto en mi vida. Era un camión dos veces más grande que aquellos que ahora vemos más frecuentemente en la feria. Su cabina era de un azul antiguo, su carrocería blanca desportillada. ¿De qué año de la cachaña sería semejante maravilla?
Los niños venían de lejos. Se notaba en su manera de vestir, en su aire campestre y en ese paso decidido de los que traen un ritmo largo tiempo incorporado. Era 24 de enero, once de la mañana. Ellos peregrinaban hacia la feria de Alasitas, seguramente para bendecir ese camión heredado quién sabe por cuántas generaciones.
¿Qué iniciación alasítica sería aquella? Era una estampa alucinante, lejana; tenía el aire de leyenda de las vidas nobles de carne y hueso, ajenas a la simulación heroica o a la ilusión del pedigüeño de premios. Era una ceremonia transparente instalada para siempre en la faz difusa de la ciudad.

Hay tantos lenguajes para comprender Alasitas como personas en el mundo. Sin embargo, Alasitas es una sola y cada quien sabrá incluir el matiz de su historia en el maravillante despliegue de esta fiesta.

Patio interior

Música, inteligible e inexplicable


Seguimos aquí con la prolongada reflexión, que empezó hace ya varios meses, sobre la poesía. Estábamos, valga recordar, siguiendo las derivaciones musicales del romanticismo literario alemán.



Juan Cristóbal Mac Lean E.

Casi sin querer, vinimos a parar a esta ya prolongada digresión musical, al redoble de excursus sumados a excursus y lo cierto es que tampoco se puede salir fácilmente de ellos, y de hecho no tiene caso rehuir la sucesión de senderos laterales.
Pero es inevitable esperar un desenlace provisorio, como en la música, que constantemente anima en nosotros el sentido de la anticipación, de manera que nos estiramos, nos desenvolvemos enteros, a la espera de la resolución de un drama en notas. En un sentido no del todo diferente, el haber expuesto mínimamente o puesto al frente el hecho musical del romanticismo alemán y haber citado a sus grandes compositores, es algo que a su vez, al haber sido puesta esa música sobre el tapete, llama de una forma casi perentoria, a una consideración sobre la música misma, la música en sí, el milagro y el misterio de su mundo, que tanto es y no es nuestro.
Las páginas que Schopenhauer dedicó a la música se encuentran entre las más bellas jamás escritas sobre ella, y eso que no son pocas (están las de Nietzsche, Proust, Lévy-Strauss, Jankelevitch, Adorno…). Y, si ya queremos de muestra un botón, tengamos por ejemplo éste, en el que la música es algo que “pasa a nuestro lado como un paraíso familiar, aunque eternamente lejano, a la vez perfectamente inteligible y del todo inexplicable, ya que nos revela todos los movimientos más íntimos de nuestro ser, aunque despojados de la realidad que los deforma”. [1]
La tersa belleza de estas palabras ya informa del gran estilo, en general claro, con frecuencia apasionado, con que escribió este filósofo artista o filósofo de artistas que a tantos estremeció y encendió, a quien no olvidaría Borges en su Otro poema de los dones, donde agradece “por Schopenhauer, / que acaso descifró el universo”.
Antes de tareas como las aludidas por Borges, Schopenhauer, de familia económicamente pudiente, hizo estudios, viajes, aprendió varias lenguas, tradujo del español a Baltasar Gracián, se hizo un cosmopolita y conoció de arte, o música, en una medida en que nunca lo hicieron Kant, o Hegel, esas apoteósicas figuras entre las que resultó malamente ensartado y tapado, de tal modo que la fama, el reconocimiento, le llegaron muy tarde, mucho después de que hubiera publicado en 1818, apenas a sus 30 años, ese gran libro, de “trabazón cósmica” (Mann) El mundo como voluntad y representación.
Se cuenta que era tímido e intolerante, encerrado, descreído, famosamente pesimista. Detestaba el ruido excesivo. Es famoso uno de sus dictums más despectivos y según el cual la inteligencia, en un hombre, es inversamente proporcional a su capacidad de tolerar el ruido y el volumen del ruido. ¡Y lo dijo antes de los parlantes, de la electricidad, las radios, los altavoces! Apenas se refería a la bulla de vecinos perros molestosos y cuyos dueños no los hacían callar. ¿Qué diría ahora de nuestras ciudades y sus habitantes?
Otra cosa que actualmente puede seducirnos de la figura de Schopenhauer, es que fue uno de los primeros grandes filósofos en inquietarse por la suerte de los animales. En renegar, explícitamente, por la suerte que les reservan las religiones semíticas al privilegiar el dominio del hombre sobre todos los seres -a diferencia de las religiones hindúes, de las que llegó a enterarse mucho, leyendo los Vedas en traducciones al latín.
¿Y hasta qué punto es una mera coincidencia que se haya interesado tanto por la música y por los animales? Es quizá porque, en el sistema schopenhaueriano y como lo dice Mann, “lo más hondo que hay en nosotros ha de formar parte del fondo del mundo y tener en él sus raíces”.
En todo caso, trátese de animales o de música, estos se definen o despliegan de todas formas en relación con lo que Schopenhauer habría de llamar voluntad.
Del mismo término, de hecho, debemos cuidarnos en cuanto lo lastra lo que solemos entender por voluntad -demasiado humana y personal. La de Schopenhauer es general, absoluta, abarca toda la realidad, es impulso, esencial ventolera primigenia, apetito, vector, deseo o fuerza ciega, que abarca y envuelve, produce “el universo” para emplear la expresión borgeana.
De hecho, el título de su gran libro, ya de por sí, lo dice todo, en tres palabras exponiendo el único y grandioso tema que Schopenhauer, como un joyero, se dedicaría a pulir el resto de su vida, tallando y precisando sus facetas.
El mundo como voluntad y representación fue casi un fracaso editorial y se compraron, según el estándar de la época, muy pocos ejemplares (solo 500 en muchos años). Volviendo a la voluntad, dice Mann de ella que “era el fondo primordial último e irreductible del ser, era la fuente de todos los fenómenos, era el engedrador y productor de todo el mundo visible y toda vida (…) pues era la voluntad de vivir”.
La representación, en cambio, es todo lo que tenemos en la cabeza, son los fenómenos en tanto los vemos, tal como los percibimos. La voluntad, por su parte, es heredera de las ideas platónicas y la cosa-en-sí kantiana. Y apurando las cosas, Mann sostiene que entre sus metamorfosis apareció como el inconsciente o el ello freudiano. Y las cosas tampoco son fáciles, pues, dice en El mundo… que “el hombre necesita a los animales para mantenerse, estos a su vez se necesitan gradualmente unos a otros y a las plantas, las cuales a su vez necesitan la tierra, el agua, los elementos químicos y sus mezclas, el planeta, el sol, la rotación y traslación en torno a este, la oblicuidad de la eclíptica, etc. En el fondo, todo esto se debe a que la voluntad tiene que devorarse a sí misma porque fuera de ella nada existe y es una voluntad hambrienta. De ahí la caza, el miedo y el sufrimiento”.
Es en este contexto, entonces, que hay que acercarse a la música, donde “el compositor revela la esencia íntima del mundo y expresa la más honda sabiduría en un lenguaje que su razón no comprende”. La música tiene una relación única con la voluntad, absolutamente particular, por encima de cualquier otro arte. Aún si el universo desapareciera, para Schopenhauer, la música no lo haría. Hay que reconocer en ella “un significado más serio y más profundo en relación con la esencia del mundo y nuestra propia esencia”, pues la música “no expresa el fenómeno sino la esencia íntima, el en sí de todo fenómeno, la voluntad misma”, y mientras las demás artes “no expresan más que sombras, la música habla de la realidad”. ¿Se excede Schopenhauer? Ya veremos que no.






[1] Las citas de Schopenhauer provienen del Libro III §52 (La música en la jerarquía de las artes) de El mundo como voluntad y representación El Ateneo, Bs. As., 1950. Hay otra versión en PDF disponible en Internet. Otros libros empleados y que serán citados ya sin más referencias de página, son el ensayo Schopenhauer de Thomas Mann, recogido en Schopenhauer, Nietzsche, Freud de Alianza, Madrid 2000 y L’estetique de Shopenhauer de Clement Rosset, PUF, Paris 2002.

Comentario

Querido diario

Crónicas de viaje, reflexiones de un lector incansable. Diarios (1947-1954). Mundo soplado por el viento y La filosofía de la Generación Beat rescatan del olvido cardinales textos de Jack Kerouac.



Nicolás G. Recoaro 

No podían faltarle jamás un cuaderno de espiral, un manual de guardavías de tren o un anotador contable. Cualquiera servía. Por dondequiera que vagase, Jack Kerouac siempre tenía a mano algo de papel y una lapicera para tatuar una idea, componer un haiku o simplemente retratar su deriva existencial.
Este no era un rasgo anómalo en un escritor de estirpe vitalista como Kerouac. “La noche de ayer fue triste y lluviosa. Mi madre me planchó la ropa; comimos algo, charlamos; ocasionalmente nos miramos con furtiva tristeza.  Quizás escribo esto para prevenir a todos los viajeros -la noche antes del viaje es como la noche antes de la muerte. Así me sentía. ¿Adónde voy realmente, y para qué? ¿Por qué siempre debo viajar de aquí para allá, como si no me importara dónde uno está?”, se pregunta Kerouac en una entrada de su diario fechada el 30 de agosto de 1949.
Ir a la vida para volver y escribirla. Con su mochila al hombro, Kerouac salía a la ruta para encontrar una nueva forma de hacer literatura, una nueva manera de narrar la experiencia. Haciendo dedo en el camino.
Diarios (1947-1954). Mundo soplado por el viento (Editores Argentinos, traducción de Martín Abadía) es la flamante edición en castellano de los alucinantes diarios que escribió Kerouac entre junio de 1947 y febrero de 1954. El agitado período en el que creó sus dos primeras novelas El pueblo y la ciudad y En el camino.
En la portada del libro, una instantánea tomada por el poeta Allen Ginsberg en 1953, Kerouac fuma un cigarrillo frente a una escalera de emergencia del East Village neoyorquino. El escritor mira el océano de rascacielos que emergen en Manhattan y parece meditar con su facha a mitad de camino entre James Dean y Jack London. Una imagen posada que inmortalizó al Kerouac “icónico”: el escritor que cambiaría la literatura del siglo XX.
Pero a diferencia de esta fotografía, no hay nada que sea pose en los diarios. “Rebosante de inocencia juvenil y de tenacidad en su madurez para encontrarle sentido a un mundo pecaminoso, estas páginas revelan a un artista serio tratando de descubrir su voz verdadera. Llámenle ‘la educación de Jack Kerouac’ si así lo desean”, advierte en la Introducción del volumen el historiador Douglas Brinkley, hombre a cargo de la edición final de los diarios.
Mundo soplado por el viento contiene las reflexiones de un lector incansable y su educación sentimental, sus iluminaciones y meditaciones religiosas, y retratos de su agitada deriva urbana por Nueva York y San Francisco. Además de los mapas del gran país del norte dibujados a mano alzada, y aun las decenas de crónicas de viaje de ese correcaminos incansable que fue Kerouac, durante este período de su vida de “estilo idealista de Nueva Inglaterra, místico y nebuloso”.

Hit the road Jack
Los diarios pueden ser leídos como un libro, o mejor dos. Bien distintos en formas, tonos y estructura. Uno apegado a la escritura y el círculo familiar y social de los meses de creación de su opera prima El pueblo y la ciudad, su visión de Lowell, el lugar donde pasó su infancia y buena parte de su adolescencia. Y el otro, integrado por los cuadernos “Diarios 1949”, “Lluvias y ríos” y “Diarios durante las primeras etapas de En el camino”, que nos dejan asomarnos a la “cocina” de la escritura de la biblia beat, una obra que le cambió la vida a Kerouac y a toda una generación. 
Luego de la publicación de En el camino en 1957, Kerouac entra en un período de extremo reconocimiento y de fama súbita. “Cuya administración (la administración de su brillo y de su decadencia) lo ocuparía casi hasta su muerte”, explica Pablo Gianera, traductor de los artículos que integran La filosofía de la Generación Beat  y otros escritos (Caja Negra), el elegante libro que compila buena parte de la producción de ensayos, crónicas periodísticas y ficciones breves que Kerouac publicó en muy diversos medios estadounidenses como Esquire, Playboy y Escapade.
En los 28 artículos, con una sostenida entonación programática, Kerouac se sumerge en diversos tópicos: desde el nacimiento del bop hasta las obras de Céline y Shakespeare, pasando por las fotografías de Robert Frank y un ajuste de cuentas con la Generación Beat. Sin olvidar sus columnas deportivas sobre dos pasiones bien norteamericanas: el béisbol y el boxeo.

En el artículo “¿En qué pienso en estos días?”, publicado poco antes de su muerte en 1969, Kerouac se despide: “Yo abandono, me retiro - Me refiero a la Gran Tradición Americana - Dan’l Boone, U.S. Grant, Mark Twain - Quiero dormir y despertarme de pronto en la pesadilla más profunda y ver el mundo como un huérfano sin consuelo y llorar y gritar y tratar de vivir pero la vida está maculada y ensombrecida, pobre cuerpo y pobre alma, apenas un don fortuito y pura soledad”.

Reseña

En efecto, La vida es un cuento

Alejandro Jodorowsky ha ampliado, duplicándolo, su El tesoro de las sombras, desde la libertad, el atrevimiento y la fascinación.



Ricard Bellveser 

“Marpa, el cruel instructor del santo tibetano Milarepa, enseñaba el desprendimiento afirmando que todo era ilusión. Un día murió su hijo. Marpa comenzó a lanzar sollozos desgarradores. Sus discípulos, asombrados, le dijeron: ‘Pero, maestro, ¿por qué llora usted, si todo es una ilusión?’. El gurú respondió: ‘¡Es que mi hijo era la más bella de las ilusiones!’”.
Esta historia, a modo de cita, es lo primero que leemos al abrir La vida es un cuento (Serie Primeros Tiempos, editorial Siruela, Madrid, 2015) de Alejandro Jodorowsky (Chile, 1929), en un guiño autobiográfico, pues él mismo tuvo esa experiencia: su hijo murió de sobredosis a los 24 años, y esa sobrecogedora experiencia le hizo cambiar el modo de ver la vida, de entender el mundo, de estar en él.
Ya no quería, como prioridad, ser famoso, ser conocido, “fue un golpe, me desperté. Pensé: nunca más seré un artista ególatra, narcisista. Yo quiero dar para despertar la belleza en el otro, no que me admiren (...) La labor del arte es abrir nuevas fronteras y posibilidades”.
Este es un libro de cuentos, de relatos, de pequeñas grandes historias, que viene a ampliar, duplicándolo, aquel El tesoro de las sombras que publicó en 2005, y que le dejó la insatisfacción de sospechar que era un libro inconcluso, por lo que se hacía necesario volver sobre él y terminarlo, si es que un libro de cuentos, de fábulas, de meditaciones, de historias febriles, puede tener fin.
No sé bien si hablamos de cuentos o de epigramas, de relatos o de aforismos, de historietas o epítomes, es un volumen de cuentos de muy distinto tamaño, con predominio de los cortos o muy cortos, a veces solo estallidos. Tal vez un ejemplo aclare mejor lo que estoy diciendo:

Ilusión.- Un pedazo de vidrio en la basura, porque reflejó un rayo de sol, creyó ser el sol.

La fuerza de la historia, bebe de la brevedad, claro está. Otro ejemplo:

Castigo.- A cambio de la pobreza, le vendió su alma a un ángel. Fue condenado a la felicidad eterna.

Estamos ante un ejercicio de los que tanto gustaba practicar al escritor francés-español-mexicano Max Aub, o al hondureño Augusto Monterroso.
Jodorowsky aclara sus intenciones en una nota liminar que titula “Modo de empleo” y en la que expone una teoría que luego ha repetido en numerosas ocasiones y en actos públicos hasta convertirlo en un tópico referido a él, y es que el impuso de escribir este libro de relatos se lo dio la observación de un bonsái que le regalaron y al que “de vez en cuando –escribe- tenía que cortarle ciertos brotes para que no creciera y guardara su forma enana. Lo vi tan lleno de energía que decidí liberarlo: lo dejé expandirse. Fue un estallido de ramas y hojas, estirándose con avidez hacia la luz, hasta acariciar el techo de mi salón. Verlo así tan frondoso me llena de alegría”.
Jodorowsky quiso trasladar eso mismo a su trabajo, no limitarlo, no podarlo, quería escribir y publicar cuentos que tendieran a la anarquía, de ahí que este libro, hijo de esta libertad, sea al mismo tiempo literatura y un catálogo de géneros, de asuntos, de intenciones, de propósitos, de energías, es un libro el que hay cuentos policíacos, eróticos, autobiográficos, pornográficos, mágicos, históricos, amorosos, surrealistas, metafísicos, escritos con estilos muy diferentes, como si cada uno de ellos perteneciera no solo a un genero distinto sino a una estética, cada rama del bonsái crece hacia donde quiere formalizando de este modo una manera de entender la existencia, pues en la vida todo es cuento, desde la mitología a la ciencia, de la religión a la épica, no somos más que ilusión, esto es, somos fábula.
En esta misma nota, el autor se compara a un teléfono celular que no sirve solo para hacer y recibir llamadas telefónicas, sino también para hacer fotos, para enviar mensajes, para guiarnos en el plano, para consultar un periódico… proponiéndonos con esta metáfora, que seamos plurales como lo es él, que es un escritor, director de cine y de teatro, filósofo, narrador, psicomago, escultor, pintor, actor, cómico, terapeuta y cuantas más cosas queramos añadirle, todo ello con el propósito de ayudar a los demás con su propia búsqueda. 
“– Maestro, -escribe en otro de estos cuentos- usted que ayuda a todos ¿por qué tiene el cuerpo lleno de cicatrices? 
– Porque los que sufren, muerden”. 
Con todo esto, probablemente la parte más atractiva del libro sea lo que paradójicamente llamamos el “prólogo final” en el que se transcribe una entrevista mantenida con el periodistas francés Marc de Swedt y en la que podemos encontrar a un Jodorowsky menos cínico, más directo, más abierto, más pedagógico, más persona corriente como el resto de los seres terrenales, y en la que se explica con mayor llaneza. Tras leerla me pregunto por qué todos los libros no se cierran con una entrevista de este tipo que nos acerque al autor que acabamos de leer.

Caballero solitario.- Durante años se creyó solo, para al fin darse cuenta de que por huir tan rápido nadie lo había alcanzado.

Es este un espléndido libro, como lo fue Cuentos mágicos y de intramundo, la obra de un lector de cuentos, la obra de un ilusionista.


Libros

La fascinación de lo extraño


Reseña de Una felicidad repulsiva, libro de cuentos con el que argentino Guillermo Martínez ganó en 2014 el mismo galardón logrado el año pasado por la boliviana Magela Baudoin


Guillemo Ruiz 

Como ya todos hemos celebrado, La composición de la sal de Magela Baudoin obtuvo el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Habiendo leído y releído, con placer y asombro, el libro galardonado en la primera versión del premio, Una felicidad repulsiva de Guillermo Martínez-, me alegré doblemente con la noticia.
Por razones que no vienen a cuento, no he leído aún a Baudoin. A la espera impaciente de su libro, creo que la ocasión es propicia para reseñar Una felicidad repulsiva, libro que me encantó por diversos motivos y especialmente por la maestría en el manejo del cuento extraño.
De Guillermo Martínez (1962) había leído dos novelas -Acerca de Roderer (1993) y Crímenes imperceptibles (2003)- así como un libro de cuentos: Infierno grande (1989). Ya conocía, pues, la calidad literaria del escritor y matemático argentino y, con todo, Una felicidad repulsiva es ahora mi libro preferido suyo. También es uno de los mejores volúmenes de relatos que he tenido la suerte de leer en los últimos años.
Se inscribe en la línea de la mejor tradición argentina: la del cuento extraño, en la estela de Bioy y Cortázar, asimilando esas influencias de modo fértil. Además, Martínez es matemático y, tanto en sus cuentos como en sus novelas, suele explotar las teorías matemáticas de forma sorprendente, lo cual le da un toque original a casi todo lo que escribe. Estamos ante un narrador diestro, con una prosa fluyente, desprovista de adornos o de hallazgos innecesarios, pues todo está puesto al servicio de la historia.          
Compuesto por 11 relatos, Una felicidad repulsiva no tiene desperdicio. El primer párrafo ya es una muestra de síntesis y tensión narrativa: “Leo a Flaubert. Tres condiciones se requieren para ser feliz: ser imbécil, ser egoísta y gozar de buena salud. De acuerdo; pero aun así, y como cada vez que alguien afirma, como un axioma, ‘la dicha perfecta no existe’, no puedo evitar recordar la felicidad serena, extendida, imperturbable, verdaderamente repulsiva, de la familia M.”.
La familia M. tiene tanto éxito social como deportivo y encarnan el inconfesable ideal de toda tribu. Una pregunta trabaja al narrador, para cuya familia la vida es mucho menos fácil y glamorosa: ¿son realmente tan felices como aparentan? Conforme pasan los años y en su familia van llegando los problemas y enfermedades, se da cuenta de que los M. no solo parecen dichosos sino inmunes al tiempo. Los M. desaparecen y con ellos, al menos temporalmente, el enigma. Pero el final nos reserva un último encuentro vertiginoso. Es un cuento fantástico descendiente directo de Borges y Bioy.
El I Ching y el hombre de los papeles escenifica a una pareja en vilo por la salud incierta de su hijo. Ya han perdido a una hija, así que la posibilidad de su fallecimiento es tabú y esperan una recuperación improbable. Él es catedrático de matemáticas y ella aficionada al I Ching. Tener fe en el libro oracular chino o dejarse llevar por la razón hacia la desesperanza, he ahí el dilema.
Este cuento conmovedor se centra en el padre cuya soberbia racional se ve progresivamente minada desde el interior. El final es de una elegancia ejemplar.
Lo que toda niña debe ver se inscribe en la línea de lo extraño: no hay ningún elemento sobrenatural ni siquiera por alusión y, sin embargo, logra descolocar al lector. La escena humorística y erótica con la que empieza se va tiñendo de una extrañeza cada vez más inquietante.
A altas horas de la noche, después de una farra, el narrador se adentra en un callejón para orinar y entonces se abre una puerta. Aparece una mujer treintañera y atractiva, sonriente “como si hubiera tenido un golpe imprevisto de suerte (…) antes de que pudiera responderle nada, extendió una mano para desabrocharme el pantalón, la rodeó con tres dedos para extraerla por completo del calzoncillo y la contempló complacida por un momento bajo la luz (…) –Es muy bonita –me dijo alzando los ojos–. Es… representativa. Es absolutamente perfecta”.
Ruptura de expectativas: no es lo que está pensando usted, malicioso lector, es algo mucho más inteligente y desconcertante: ella invita al hombre para mostrarle “el pito en reposo” a su hija de casi dos años. Según un manual de educación de la cual la mujer parece fanática, a esa edad la niña “debe ver un pito”. La mujer no parece estable ni confiable, pero el narrador está medio borracho: como el lector, solo tiene una cosa en mente pero, a diferencia del lector -y he aquí donde surge la tensión-, no huele el peligro que va emergiendo entre líneas.
Doy un salto hasta otro cuento extraño: Help me! es una de esas historias que se te quedan dando vueltas en la cabeza varios días después de leídas. Podría resumirse en dos o tres escenas que chocan e intrigan a la vez, creando la necesidad de resolver la historia a posteriori. Sin embargo, es imposible resolver lo que, para el narrador y el lector, adquiere con el tiempo los visos de una pesadilla.
En Bratislava, nada más salir de su hotel, al narrador turista se le aparece una mujer que parece muy desgastada por quién sabe qué experiencias. Esta comienza a decirle con un tono cada vez más lastimero y ansioso: “Help me!, Help me!” Poco a poco, esas dos palabras inglesas van llenándose de un sentido insospechado; “ese balido atroz” lleva al narrador a la habitación de la misteriosa mujer y a entrever, de forma erótica y perturbadora, una realidad fascinante, es decir, repulsiva e hipnótica a un tiempo.
Fascinantes, tal vez ése sea el adjetivo que mejor defina a los relatos extraños de este libro. Asentados en un realismo cotidiano, corroen lo normal hasta rozar situaciones límite. Salvo el primero, ninguno juega con lo sobrenatural; las historias parecen escarbar en una realidad minimalista y descarnada en busca de situaciones asombrosas que revelen con fuerza la naturaleza humana: nuestras inconfesables tendencias y el sustrato irracional de nuestros actos.
Así es el último cuento, para mí el más logrado -Una madre protectora-, en el que por una vez el narrador argentino se toma su tiempo. Dividido en diez capítulos y un epílogo, es un cuento tan extenso como intenso. A mi ver, un buen ejemplo de por qué el cuento extraño es el futuro del relato fantástico.
El objetivo de lo fantástico es inquietar y en el mejor de los casos descolocar al lector para dejarle entrever el fulgor de lo real debajo de las telarañas de la costumbre. Esto puede lograrse sin acudir a lo sobrenatural: el juego con las fronteras de lo cotidiano y lo normal, cuanto más realista y sutil, no puede sino resultar más potente. Lo sobrenatural ya no causa la repulsa ni el efecto hipnótico de antes; en general, pasa por un juego literario.

No es anodino que Borges haya titulado “artefactos” y “ficciones” a sus cuentos fantásticos. Lo extraño, en cambio, tiene a un tiempo la fuerza de lo verosímil y la frescura de lo inaudito. No hay necesidad de ir a buscar elementos exteriores a lo natural: es desde el interior mismo de los personajes, de su naturaleza profunda y sus actos, que surgen los elementos capaces de corroer nuestra visión normalizada del mundo. Este es, en todo caso, el camino que parecen seguir con fortuna ciertos narradores de nuestra lengua y en el cual se inscribiría Una felicidad repulsiva junto a otros volúmenes de cuentos recomendables como Pájaros en la boca (2009) de Samanta Schweblin, El final del amor (2011) de Marcos Giralt Torrent o El matrimonio de los peces rojos (2013) de Guadalupe Nettel. 

martes, 26 de enero de 2016

Artículo

La senda (poética) abierta de Jesús Urzagasti

A casi tres años de la muerte del escritor chaqueño, sale a la luz Senderos, poemario compuesto por  30 piezas concebidas en un frenético mes de trabajo (y trance). Van dos poemas de muestra, y un intento de explicación de la génesis de esta obra.


Martín Zelaya Sánchez

A propósito de su quehacer poético, escribió Jesús Urzagasti: “en términos afectivos, los poemas que escribí en el curso de mi vida, casi siempre con el aire de anotaciones hechas al borde del abismo, están muy entrelazados”.
“Los que se quedaron inéditos -agrega- no necesitaban ninguna confirmación; en cambio los otros echaron a andar sin declarar sus antecedentes, confiados en esa casual y benévola luz que los árboles transmiten hacia mundos de cuya hermosura nada sabemos. Sé que hacer del árbol un sinónimo de la poesía es una arbitrariedad, en mi caso inevitable”.
No quedarán inéditos, pero tampoco echaron a andar del todo -al menos no en vida del autor chaqueño- los versos de Senderos, poemario acabado y bendecido por Urzagasti, pero que no alcanzó a ver la luz antes de abril de 2013, cuando falleció a los 71 años.
Felizmente este breve e intenso poemario llegará pronto a los lectores. Se presentará en edición de La Mariposa Mundial el próximo miércoles 27 de enero a las19:30, en el anexo del Espacio Simón I. Patiño de La Paz.
“Senderos se escribió durante un súbito de 26 días de indefinible intensidad. Aunque los segundos estén contados para todos, este detalle, quizás circunstancial, no lo es en absoluto, pues mirando con destello, 26 días para escribir 30 poemas dan cuenta, por demás, del mundo de un escritor marcado por los peligros que no se nombran cuando se es llamado a atravesar un camino”, escribe Rodolfo Ortiz, director de la editorial paceña, en “Senderos para Jesús Urzagasti”, texto que precede a los poemas.
En estos mismos apuntes introductorios, cita un testimonio Sulma Montero, también poeta y viuda de Urzagasti; palabras clave para entender el momento en que el libro fue creado, y por ende, para aprehenderlo de mejor manera:
“En esa temporada Jesús estaba muy triste y se había recluido en sí mismo, en su soledad, esa maga que siempre lo acompañó y que para él era benéfica. Los poemas fueron escritos de un solo saque, y luego se decantó en los detalles de su expresión. Su tristeza era por el hombre y su alejamiento de la naturaleza y de su igual, por el Chaco que ya no era el mismo que conoció, por la pequeñez de su familia frente a los grandes acontecimientos de la vida misma y por la mezquindad humana frente a los más desamparados, a los que amaba. Recuerdo que casi no dormía ni comía en la aventura de Senderos. Coqueaba todo el día y para los detalles bebimos unos warisñaquis de singani Casa Real etiqueta negra, claro yo lo acompañé con unos cuantos y Jesús quedó como corresponde. Durante la concepción de Senderos escuchamos a Gustav Mahler a todo volumen y nos sumergimos en un gran follaje nocturno. […] Jesús siempre me contaba sobre los libros que escribía. Era parte de nuestra vida estar involucrados con fantasmas, palabras, sonidos y silencios. Los personajes aparecían y las imágenes se quedaban en nuestra casa onírica y les dábamos vida entre charla y charla, entre mate y mate. Luego él se recluía a hacer cierto el milagro”.

Estro poético
En una entrevista que me concedió en 2007 o 2008, Jesús me confesó que para escribir novelas debía prepararse larga y concienzudamente para trabajar, trabajar y trabajar… mientras que en las temporadas en que le llamaba la poesía, debía -no sin menor esfuerzo- “encontrar un trance, un estado intermedio, casi de levitación”… un viento propio que solo los verdaderos poetas tienen-encuentran (a veces, coca y warisñaquis de por medio, como cuenta Sulma, o simplemente mediante un aislamiento temporal lindante con el ascetismo).
Sigamos intentando comprender la esencia poética del creador de El árbol de la tribu. Vamos, entonces, a su ensayo Los devotos del viento. “Cada uno es llevado por un viento único, sea en calidad de brisa matutina o de huracán nocturno (...) A lo mejor el poeta conoce de estas cosas tanto como el austromante y seguro que tiene un anemómetro invisible para averiguar la velocidad y la dirección de ese otro viento, que también es caprichoso y nadie sabe con precisión de dónde viene y a dónde va, al igual que los que soplan por el planeta entero”.
“Claro está –continúa Jesús en el mismo texto- no todos oyen silbar el mismo viento y no todos los vientos, ni siquiera los alisios, ululan de idéntica manera en la ancha geografía de la memoria. Y aquí no hay tu tía: o vas con el viento a favor o te lanzas con el viento en contra. No queda otra. Por eso algunos dicen: a nosotros nos separan hasta los vientos que nos soplan” (…).
“El viento habla con los árboles moviendo sus hojas, y habla también con los poetas, que lo asocian con voces que de pronto se convierten en frondas henchidas de insólitos significados, gracias a su energía solar”.
Viento y árboles; muertos y otros mundos. Sin duda estas palabras, estos estados-fenómenos conforman solas y entre sí gran parte del universo urzagastiano; no solo de su lírica, pues su narrativa no es ajena a esta impronta, reconocible ya entre los más sólidos y originales imaginarios e identidades de la literatura boliviana de fines del siglo XX.
Claudio Cinti, entrañable amigo de Urzagasti, traductor y gestor de la publicación de parte de su obra en italiano, define a su poética como “una reelaboración continua que expresa la variedad de la geografía física, como la variedad cultural de Bolivia, donde el poeta realiza un andar que no es definitivo, nunca se para, recorre con la memoria la zona natal del Chaco y la zona en la que decidió vivir, el altiplano”, y acierta así, creemos, a ubicar la otra gran veta y trasfondo del legado urzagastiano: la esencia de la Bolivia rural trocada en urbana.
Para cerrar, rescato parte de una entrevista que le hicieron en el número 3 (de mayo de 1977) de la legendaria revista Hipótesis dirigida por Luis “Cachín” Antezana y Gustavo Soto.
“Según las circunstancias escribo poesía o me dejo llevar por la prosa –responde Jesús-. En mi difuso panorama hay, sin embargo, un lunar que siempre he tomado como símbolo de lo perdurable, un secreto que rige mi quehacer: ocurrió en 1958, en Salta, tuve un sueño extraño; de esas confusas imágenes logré rescatar para el mundo diurno las tres cuartas partes de un poema que alguien me dictaba haciéndose apreciar solo por la voz”.
“Nunca tuve a través de sueños referencias a novelas o trabajos en prosa. Este fenómeno no es frecuente en la literatura, pero tampoco es desconocido. Los fragmentos de ese poema y otros trabajos en prosa -como se dice en Tirinea- fueron introducidos en una botella, la que tiempo después tuve que enterrar en una quebrada, dominado por un curioso sentimiento de culpa”.
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Trayectoria y legado
Jesús Urzagasti nació el 15 de octubre de 1941 en la provincia Gran Chaco de Tarija y cursó primaria y secundaria en colegios de El Palmar y Villamontes antes de trasladarse a La Paz donde, tras un breve periodo en Argentina, se asentó definitivamente.
Además de una vasta obra narrativa y poética, fue un destacado periodista. Entre 1972 y 1998 trabajó en el diario Presencia, en el que además de corrector y jefe de redacción fue durante muchos años jefe de la sección cultural y director del suplemento Presencia Literaria.
Aunque su debut literario fue temprano -publicó Tirinea, para muchos su mejor novela, cuando tenía 28 años- creó y editó buena parte de su obra ya en la madurez, entre los años 90 e inicios de la década pasada. Esta obra, que en 1969 fue publicada por editorial Sudamericana de Argentina, está considerada una de las 15 novelas fundamentales de Bolivia.
A ella su suman, en prosa, En el país del silencio (1987), De la ventana al parque (1992), Los tejedores de la noche (1996), Un verano con Marina Sangabriel (2001), El último domingo de un caminante (2003) y Un hazmerreír en aprietos (2005).
Su obra poética abarca Cuaderno de Lilino (1972), Yerubia (1978), La colina que da al mar azul (1993) y Frondas nocturnas (2008). También se publicó su poesía reunida bajo el título El árbol de la tribu.
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Un hombre en la oscuridad

No es nada del otro mundo
imaginar a un hombre perdido en la noche
la cosa es mirarlo en un cementerio a oscuras
con un tacho de agua en la mano izquierda
una pala en la mano derecha
y un machete en la cintura.
En cambio tú has visto reverberar
escenarios más bellos bajo las nubes errantes
un corredor lleno de flores por ejemplo
o sillas de mimbre y persianas oscilando
entre la brisa de enero
y la vida en paños menores.
Sabías que la bienvenida de tus amigos
te anticipaba la canción del adiós.
Mañana retornarás al reino de las obligaciones
—una muchacha se quedará en la provincia
y encontrarás fogosos amores
en ciudades que parecen barcos a la deriva.
Mientras averiguas por tu cuenta
en qué consiste el misterio de todo
las preguntas de doble filo no te conciernen
y en tus ojos de animal en celo
ondula la geografía del paraíso.
Más te vale llevar una valija ligera
te lo digo yo que me quité el sombrero
ante el hombre que desbroza una tumba
mira que de repente pone los brazos en jarras
la luna colorada iluminando el monte
lo ha dejado como un niño asombrado
eso no lo podrías adivinar ni siendo brujo
al igual que tantas cosas
que suceden sin hacer ruido.
Más temprano que tarde
volverás a buscar lo perdido
a descubrir un hombre en la oscuridad
con su atado de coca y su cigarrillo apagado.
Ojalá escupiera sobre los yuyos o aullara
en su idioma sin palabras. Nada de nada.
Le basta con que los sepulcros
sean el eco de un silencio primitivo
donde no entran las penas del mundo.
En el tuyo tampoco caben las desdichas ajenas
sin duda te ayuda la pinta de individuo feliz
que sube de un brinco al último tren nocturno
y desciende por escalinatas de acero.
No te conozco para decirte lo que te digo
del hombre metido en el cementerio en sombras
el suyo es un gesto que sale del fondo de la vida
y se diluye en la hondura de un mundo ausente.
Me hubiera gustado beber cerveza contigo
antes de mirar al hombre trabajando de noche.
Ahora deberás caminar mucho para encontrarme
pernoctar en hoteles como un auténtico solitario
y cruzar miradas cómplices
con mujeres que nunca van solas.
Te hace falta lo que a mí me sobra
por eso no le digo nada al hombre del cementerio
cuestión de tacto y olfato para orillar el abismo
prescindiendo de bagatelas que aún te incumben.
Cierta tristeza ocultas al hablar con tus amigos
porque ni siquiera sabes quién eres
salvo un viajero desenfadado
mejor no te salgas de la ruta convenida
mira que el hombre de las covachas
podría botar pala y machete y sentirse cohibido.

La Paz, noviembre 1 de 2011

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Mi habitación
Mi habitación es lluviosa como las tierras del sur
y en noches de luna
con sus altos y sombríos árboles
parece una estancia
salida de un sueño anterior al tiempo.
De sus paredes cuelgan bejucos fosforescentes
sombreros llicas espuelas bridas yesqueros
y en sus estanterías libros antiguos
y viejas herramientas
hablan de la precisión de un oficio
que levanta vuelo desde las manos
hacia un inefable idioma desconocido.
Cuando llega el verano
aquí la vida es tan clara
que las palabras reverberan
bajo un sol de fuego
y el mundo aceza como un perro cansado.
Todos han pasado
solos o acompañados
por esta lluviosa habitación
sin saber si quien la ocupa es un caracol
o un animal de estirpe no catalogada
habituado a peligros que no se nombran
y más denso que los ojos del misterio.

La Paz, diciembre 27 de 2011



lunes, 25 de enero de 2016

Cine

Lanzmann a los 90

Traducción que el cineasta boliviano, Diego Mondaca, hizo del artículo de Labaki sobre el legendario Claude Lanzmann, aparecido en “Coluna semanal no valor económico”, del Festival E Tudo Verdade.



Amir Labaki
Traducción: Diego Mondaca

Claude Lanzmann completa 90 años. “Se que voy a morir y eso no me agrada. Porque aún tengo mucha vitalidad”, dice en los momentos finales de Claude Lanzmann-Specters of the Shoah, película de Adam Benzine, exhibida fuera de competencia en el Festival Internacional de cine Documental IDFA y recientemente nominada al Oscar a Mejor Cortometraje Documental.
Benzine, en su película, se concentra en la elaboración del retrato de Lanzmann a partir de una minuciosa reconstrucción del proceso de producción de Shoah (1985), la saga fílmica de casi diez horas sobre la masacre de seis millones de judíos europeos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Shoah (disponible en DVD) es un filme único, una obra profunda y original, que registra imágenes y memorias en 14 países, sin una sola imagen de archivo, y cuyo impacto choca con todo lo que Lanzmann hizo antes -y después.
La primera y mejor guía para una visión panorámica de la vida y obra de Claude Lanzmann es su libro de memorias La libere de la Patagonia (editada en español por Seix Barral).
Lanzann entró en la resistencia antinazi a los 17 años y medio, fue figura central del grupo que, en torno a Jean-Paul Sartre (1908-1980), generó Les Temps Moderns (Los tiempos modernos, una de las principales revistas internacionales de los años 50 hasta los 70, y realizó Shoah, incluyendo siete documentales en torno a la experiencia judía en el siglo XX.
El mayor impacto lo logró con ¿Por qué Israel? (1973), uno de sus primeros trabajos, que llevó al entonces ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Alouph Hareven, a invitar a Lanzmann para que realice Shoah. “Un filme no ‘sobre’ la Shoah, pero que ‘sea’ la Shoah a partir de nuestros ojos judíos” -así fue como Lanzmann definió el encargo.
La producción, en principio, debió realizarse en dos años e iba a tener una duración aproximada de dos horas, pero fueron necesarios 12 años para producirla, 200 horas de material filmado y casi diez horas de película finalizada para que Lanzmann pueda alcanzar una obra a la altura del desafío.
“Shoah no es una película sobre sobrevivientes” explica su director a Benzine. “Shoah es un filme sobre la muerte”.
Specters of Shoah (2015) recapitula la lenta y tediosa realización del filme a partir de entrevistas con Lanzman, fragmentos de la película y de algunas imagines y sonidos captados durante la producción, hasta ahora inéditas.
En dos secuencias, Benzine resume la dimensión de la obra y compromiso de Claude Lanzmann. En la primera, el director recuerda las dificultades para conseguir la entrevista con Abraham Bomba, un barbero judío alemán que se exilió en Estados Unidos después de sobrevivir a los campos de concentración en Treblinka, donde fue forzado a cortar los cabellos de las mujeres que llegaban para la cámara de gas.
Todo lo que el cineasta tenía era una antigua dirección de Bomba en el Bronx neoyorkino. Pero ahí no encontrando nada, entonces decidió salir a preguntar en cada barbería y salón de belleza de la zona, uno a uno, hasta que una cliente que conocía a Abraham Bomba, lo encamino a él.
Solo dos años después del primer encuentro en Nueva York se pudo filmar con Bomba, cuando él ya se había mudado a Israel. “Tuve la idea de filmar la escena en una barbería”, cuenta Lanzmann. “Tenia que llevarlo a hacer los mismos gestos. Los gestos recuerdan los sentimientos”.
Cortando el cabello de un voluntario, Bomba responde, en principio estoicamente, a las preguntas sobre sus memorias en los campos. Al recordar la llegada de la esposa de un colega de trabajo a la cámara de gas en Treblinka, el llanto lo sacude. “No era un simple recuerdo, era una reencarnación”, dice Lanzmann.
El cineasta se resiste un poco a hablar sobre los detalles de otra secuencia del filme. Se trata de una de las entrevistas con nazis -pagadas, recuerda- filmadas con cámara escondida, con la excusa-disfraz de ser parte de una investigación científica sobre las acciones del Ejército alemán durante la guerra.
Desconfiando de aquel encuentro, la mujer del entrevistado, el oficial nazi Heinz Schulbert (1914-1979), llama a cuatro matones para que descascaren a Lanzmann, a su asistente Corinna y al equipo que recibía las imágenes en una furgoneta parqueada en una esquinas apartada de Hamburgo.
Lanzmann busca desesperadamente cambiar de tema, dice querer salir un momento para poder escapar con Corinna, pero son interrumpidos y golpeados. Lanzmann quedó un mes hospitalizado y fue procesado en Alemania por transmisión ilegal de imágenes. Benzine nos permite por primera vez ver y oír esas escenas del dramático encuentro con Heinz Schulbert.
“Me siento orgulloso de lo que conseguí, sin duda, pero sé que no conseguí ningún alivio”, dice Lanzmann. “Hice una película, y también la película me hizo a mí”.


Crítica

Cuando de la oposición de
conceptos surge una nueva idea



Algunas claves y sugerencias de lecturas de El sonido de la H, la primera novela de Magela Baudoin.


Magdalena González Almada

Antagonismo, enfrentamiento de opuestos, oxímoron, disensión. La obra ganadora del Premio Nacional de Novela 2014, El sonido de la H de Magela Baudoin ya anticipa, desde su título, el ingreso hacia el territorio de los contrarios.
En un estilo mesurado y preciso, la autora presenta una obra que atraviesa varios temas, abriéndose al juego de convocar diversas preocupaciones vinculadas a la vida en sociedad, sin inscribirse en una dinámica textual netamente social. Probablemente, la riqueza de esta escritura resida en establecer un corte con la tradición literaria boliviana al abordar desde un punto de vista crítico la vida en un pequeño pueblo, los personajes indígenas, las formas de vida urbana y rural, la asfixiante atmósfera de los colegios católicos, el machismo y el travestismo, los cuales son algunos de los componentes de El sonido de la H.
Como novela de formación, Baudoin narra el pasaje de la protagonista Mar de la adolescencia hacia una madurez que se vislumbra como conflictiva y compleja, al presentar matices pero también fuertes claroscuros.
Marcada por las relaciones parentales, Mar pasa una temporada en la casa de sus abuelos donde las decisiones sobre su vida futura empezarán a ser tomadas por ella misma. Este aprendizaje provocará que, hacia el final de la novela, la protagonista alcance la soberanía de su existencia, independientemente de los lineamientos en los cuales se inscribía en el trayecto de su formación académica en la escuela secundaria.
En este sentido, la obra dialoga con otras novelas de formación bolivianas como Aluvión de fuego (1935) de Oscar Cerruto o la más contemporánea De kenchas, perdularios y otros malvivientes (El Cuervo, 2013) de los hermanos Loayza. Se distingue de ellas en el tono y en las búsquedas. Si en un caso había un propósito político (la crítica a la sociedad en la que se contextualiza la Guerra del Chaco) o un objetivo de representar el costado más sensorial y profundo de La Paz con las peripecias de Hinocencio Pantoja, en el caso de De kenchas…, Baudoin pretende romper con los lugares comunes, con cierto “sentido común” instalado en una clase media que pendula entre el progresismo y el conservadurismo.
Atravesando toda la novela, el par mujer-hombre -narrado desde una doble perspectiva, el travestismo y el machismo- es una forma de manifestar un tópico que la autora plantea desde lo creativo. En la obra aparecen una serie de transgresiones, las que conducen y significan para la protagonista el paso hacia la adultez.
La independencia frente a los padres, la menstruación y el viaje son los componentes de una nueva subjetividad adquirida al calor de las charlas con la abuela Tita y que, con cierto sustrato literario-intelectual, permiten alcanzar en Mar un estado de superación respecto de las experiencias vividas en la adolescencia.
El desafío se plantea entre el (des)cubrimiento y el (re)conocimiento de la propia subjetividad. La metáfora que representa esa constitución subjetiva vincula a Mar, a su madre y a su hermana desde la construcción: ellas son arquitectas y Mar decide tomar una decisión profesional por fuera del mandato familiar. Esta metáfora de la construcción, del diseño -previo- de una construcción, adquiere su valor para comprender la crisis que atraviesa la protagonista. Se diseña sobre una fantasía de lo que podrá ser; se construye sobre una materialidad. Mar diseña su futuro, construye su subjetividad, en independencia de las expectativas ajenas.
Asimismo, esa subjetividad diseñada y construida desde lo femenino, tropieza con las experiencias de Rafaela y los maltratos que le infringen los hombres más cercanos (familiares y condiscípulos) y la violencia que sufre Esther, la lavandera. Se configura lo femenino desde la insatisfacción y desde una tenue rebeldía, un reconocimiento -al menos- ya que como lo expresa en un pasaje de la novela “en mi familia no había nada más natural para las mujeres que ponerse la cruz voluntariamente y cobrar eternamente por eso.” (39).  
En el contexto de la narrativa boliviana de este siglo, El sonido de la H sugiere algunos contrastes e ilumina diversos aspectos de una producción literaria cada vez más dinámica, la cual, muchas veces, se escribe alejada de la tradición. Tal como sucede con el libro anterior de Magela Baudoin  La composición de la sal (Plural, 2014), que recientemente ganó el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, la escritura de esta autora revisita e interpela algunos lugares de la tradición literaria boliviana.
Esta vez, la focalización es más explícita y el género novela de formación contribuye a escribir una historia que se puede pensar como una revisión de algunos tópicos que, con el tiempo, se instalaron en la literatura nacional. Ejemplos de ello se encuentran en su tratamiento del paisaje, en la caracterización de los personajes femeninos de las capas populares cruceñas en contraste con la configuración de personajes femeninos de los sectores medios, entre otros aspectos que deben ser analizados con mayor profundidad.
Desde la fractura del estereotipo vinculado a estos tópicos, desde una lectura crítica que la obra de Baudoin propone en torno a ellos, se habilita el espacio reflexivo para pensar una superación de los prejuicios que permita avanzar hacia un horizonte de mayor preocupación social y política que se ajuste a nuestra contemporaneidad.

Porque no todo está dicho en la narrativa del siglo XXI y porque mediante el oxímoron que representa esta novela en los diversos niveles que encara (el sexual, el familiar, el político), Mar es el personaje que puede ser mudo pero que estalla. La ausencia de sonido no implica la falta o la inexistencia. Mar se impone inscribiendo su propio sonido en el camino que se abrirá hacia su realización eximida de cualquier pulsión ajena. Rafaela, su reverso, maestra en la intención de vivir por fuera de los convencionalismos y artífice de sus propias decisiones, es la cara opuesta de las incertidumbres que se alojan en la vida de Mar. Una vez alcanzada la emancipación, el sonido de la H inunda la existencia para llenarla de un sonido-sentido.