jueves, 25 de septiembre de 2014

Nota de apertura

La literatura boliviana, bajo la lupa

Agendas, expectativas y propuestas de los cinco narradores bolivianos, invitados de honor en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires que desde ayer y hasta la siguiente semana se lleva a cabo en tres ciudades sudamericanas.


Martín Zelaya Sánchez

En los blogs, páginas de Facebook y cuentas de Twitter dedicados a la literatura, Bolivia -como nunca- está en primer plano.
¿Un autor dio el batacazo y se ganó un prestigioso premio? No. ¿Un Nobel o autor de culto escribió una novela ambientada en este país? No. ¿Cómo por arte de magia los índices de consumo de libros y lectura se dispararon en el país? Nada de eso, pero por ahí va la mano...
Bolivia es el país invitado de honor del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA) que este año, además de la capital argentina, llegará también a Santiago de Chile y Montevideo, Uruguay.
¿Qué va a mostrar el país? Lo más importante, a cinco de sus mejores narradores jóvenes: Edmundo Paz Soldán, Wilmer Urrelo, Christian Vera, Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi. Pero también, algunos de los ejes ineludibles para abordar y comprender nuestra literatura: como la gran dualidad de la que habla Vera: “tenemos muy buenos escritores, pero una academia y un mercado precarios”.
O que aunque tenemos excelentes poemarios, novelas y libros de cuentos, “aún nos falta ampliar registros”, crecer, arriesgarnos y hallar un tono y rasgo de identidad propios, según sostiene Paz Soldán.
Los cinco autores hablan brevemente de sus agendas específicas, bajo la premisa de que, esta es una inmejorable ocasión para mostrar de arriba abajo, del derecho y del revés, las letras bolivianas que, bien lo dice Urrelo, “son todavía una atracción por ser un objeto raro y extraño, y por la coyuntura política del país”.
Que sea en buena hora.
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Edmundo Paz Soldán

El reconocido narrador cochabambino participará en la mesa de Imaginarios identitarios y dará un par de talleres de cuento.

- ¿Cuáles en tu criterio son los imaginarios identitarios con más presencia en la literatura boliviana, y cuáles quedan pendientes?
- Julio Ramón Ribeyro se quejaba de que la literatura peruana de su tiempo consistía de cuatro géneros básicos, novela, cuento, poesía y teatro. Ese fue el disparador que lo llevó a escribir su diario, sus textos marginales, sus aforismos, etc.
Creo que algo similar pasa con la literatura boliviana, y yo me cuento entre los pecadores. Necesitamos ampliar los registros de lo que se entiende por literatura boliviana, porque otros medios permiten decir, imaginar otras cosas. Necesitamos salirnos de los cuatro géneros básicos y escribir diarios, memorias, libros multigenéricos, aforismos, epigramas, textos multimedia, novelas gráficas, historietas, etc.

- Darás talleres de cuento. ¿Cómo los encaras, qué ideas básicas buscas transmitir?
- En general los talleres de cuentos que doy en Cornell son básicos, para chicos interesados en escribir pero que quizás no se animan del todo todavía. Por eso mi idea central en los talleres es hablar de las reglas principales del juego, y a la vez insistir en el desarrollo de la voz propia que permita trascender esas reglas.
Cortázar decía que tuvo que aprender a escribir muy bien para comenzar a desaprender e inventarse sus propias reglas. Decimos que un texto de ficción no debería apoyarse en fotos, y sin embargo ahí está el gran ejemplo de Sebald; decimos no a las notas al pie de página, y sin embargo ahí están Puig y Foster Wallace. Así que en un taller de cuento yo parto, digamos, con los inicios del cuento moderno, con Chejov y Horacio Quiroga, y luego de ver y discutir esas reglas, les pido a mis alumnos que traten de ir a contrapelo de ellas.
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Christian Vera

El paceño, autor de la novela Click, estará en la mesa Lectura año 2044, en la que los autores deberán imaginar su literatura dentro de 30 años

- ¿Cómo te imaginas tu literatura en 30 años: estilo, temáticas, preocupaciones?
- No lo sé, me cuesta pensar mi vida en el largo plazo, peor pensar en “mi literatura” que está sujeta a demasiados hechos circunstanciales y contingentes. Por ahí nunca más vuelvo a escribir. Por ahí deja de interesarme la literatura, no lo sé…
Mi lectura en la mesa que participo opta por una salida ficcional donde evado la pregunta que me haces. Desde la ficción presento un informe sobre una aplicación o programa informático que en 30 años “revolucionó” el mundo de las letras en español.    

- ¿Qué significa que Bolivia sea el país invitado de honor de este evento? ¿Es reflejo de un momento? ¿Crees que están nuestras letras en su mejor momento como dicen muchos?
- FILBA, sino es el más importante evento de literatura en español, está entre los más destacados. Por tanto, que se dedique el festival a Bolivia creo que dice mucho de lo que está pasando en la literatura boliviana.
No cabe duda de que hay escritores de mucha trascendencia como Humberto Quino, Adolfo Cárdenas, Juan Pablo Piñeiro, Edmundo Paz Soldán, Wilmer Urrelo, Liliana Colanzi, Maximiliano Barrientos, Antonio Vera entre muchos otros.
Sin embargo, en Bolivia, todo el circuito de la literatura, me refiero a la producción, edición, crítica, lectores, promoción, incidencia en la educación y medios, todavía es algo artesanal, por no decir precario.
La literatura opera en dos ámbitos por un lado la academia y por otro el mercado, en Bolivia la producción ficcional, en ninguno de esos dos ámbitos, tiene cierta relevancia. La literatura todavía es demasiado invisible.
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Liliana Colanzi

La cruceña estará en Buenos Aires y Santiago, en las mesas Bolivia por bolivianos e Imaginarios identitarios.

- ¿Cuáles son para vos los nombres ineludibles de la literatura boliviana y por qué?
- Como dice mi madre, no hay nadie indispensable en esta vida. No me gustan los juicios dogmáticos y trato de evitar palabras como “indispensable”, “ineludible”, “insoslayable”. Entre otras cosas porque, como soy contreras, apenas un libro o un autor se vuelven demasiado centrales, yo empiezo a buscar en otros lados. Por eso siento una afinidad con proyectos excéntricos, periféricos, extraños en el contexto de su tiempo: Pirotecnia, de Hilda Mundy, es un libro lúdico, adelantado a su tiempo; El occiso, de María Virginia Estenssoro, es otro proyecto raro, deslumbrante. Le tengo un cariño especial a La cruel Martina, un cuento de Augusto Guzmán que prefigura la literatura de horror en Bolivia.

- En el programa del FILBA hacen mucho énfasis en “país andino”, “literatura andina”. En alguna de tus intervenciones, tal vez en “imaginarios identitarios”, ¿valdrá la pena aclarar que Bolivia no es solo Andes? ¿Qué piensas al respecto… te interesa aclararlo?
- Vale la pena aclararlo porque hay muy buenos escritores bolivianos que no son andinos: Julio Barriga, Fabiola Morales y Saúl Montaño, por mencionar algunos. Pero la literatura no está solo en los libros sino en la capacidad de articular una red simbólica poderosa, y para eso, aparte de escritores, se necesitan críticos, se necesita una carrera de literatura. Todo eso le ha faltado y le falta a Santa Cruz y al resto del país y hace que sea más fácil para La Paz consolidar los nombres que quiere consolidar.
Ahora, mantengo una relación tensa con las políticas de identidad en la literatura: yo no me olvido que la identidad es siempre performance, simulacro. O sea, la identidad es literatura. Y con la literatura una debería poder hacer lo que le da la gana. Lo que no implica que no se escriba desde un lugar, pero para mí el mejor lugar es el de la paradoja. No me interesa combatir un cliché con otro. No existe una esencia que determine qué es la literatura andina, qué es la amazónica, o qué es la chapaca.
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Maximiliano Barrientos:

El autor participará en la mesa Cinefilia y en el Mercado de Libros, ambas en Montevideo

- ¿Hasta dónde influye el lenguaje cinematográfico en tu escritura?
- El cine influyó en algún momento en que estaba muy receptivo a ese formato y en el que buscaba, al contar una historia, escapar de algunos lugares en los que caía una literatura que no me interesaba. Una literatura perdida en el lenguaje, una literatura abstracta, que apostaba más por el artificio que por la reconstrucción de una experiencia vital. Entonces el cine me ayudó a ser más concreto a la hora de narrar, a pensar en escenas, me ayudó a la hora de editar. La idea del montaje es muy importante cuando edito un texto, y eso, creo, viene del cine.

- En el Mercado de Libros te pedirán leer algo de tu obra inédita. Me imagino que adelantarás La desaparición del paisaje, ¿qué puedes decirnos brevemente de esta novela?
-Es una novela que en un principio cuenta la historia de un regreso.  Si bien en Hoteles conté la historia de una desaparición, en La desaparición del paisaje intenté contar la contraparte de ese deseo de perderse… en una primera parte, porque la novela abarca muchos años en la vida del personaje, y luego de las primeras cien páginas, el foco del conflicto muta a otros lugares.
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Wilmer Urrelo

El novelista, autor de Fantasmas asesinos y Hablar con los perros, estará en Bolivia por  bolivianos.

- ¿Cuáles son para vos los nombres ineludibles de la literatura boliviana y por qué?
- Muchos, ¿no? Me animo a lanzar algunos así porque los tengo cerca: Urzagasti, Quiroga Santa Cruz… y de los más nuevos, por llamarlos de alguna manera, Rodrigo Hasbún, Liliana Colanzi, Giovanna Rivero, Maxi Barrientos, etc.
¿Las razones? Porque presentan dos visiones de generaciones completamente distintas, pero que a su vez tienen puntos muy en común (Los deshabitados (de Quiroga Santa Cruz) tiene mucho que ver con El lugar del cuerpo (de Hasbún), no como una influencia directa, sino como una preocupación de los autores sobre el mundo intimista, tan utilizado ahora).

- ¿Qué te interesa que la gente que asista a las sesiones sepan sobre la literatura en/de Bolivia? ¿Por qué será que deberían interesarse en ella?
- Creo que tenemos la oportunidad de mostrar que la literatura boliviana, la contemporánea, pasa por un momento interesante. Esta curiosidad por leernos, por la que seguramente nos invitaron, sin duda también se debe al momento político que vive el país y también a que las otras vetas (México, Chile, Colombia, etc.) aparentemente ya dieron de sí, es decir, ya no presentarían (lo digo en condicional) una propuesta nueva.

Bueno, tampoco la literatura boliviana presenta cosas nuevas, pero es una atracción, ¿no?, un objeto raro, extraño por el momento. Y como todo momento hay que aprovecharlo.

Letra sincrónica

Fantasmas y fracasos amorosos

Segunda de tres entregas en las que el autor reflexiona sobre nuestra visión de “los otros”. Primero fueron los diablos, ahora los fantasmas y finalmente vendrán los extraterrestres.



Alan Castro Riveros

La herida fantasma
Los fantasmas alborotan lo cotidiano porque es difícil explicar qué hacen ahí. Su matiz pálido es una laguna que aparece en medio de la realidad. Sus historias son demasiado humanas y creíbles. Sin embargo, su aparición en el mundo habitual es un misterio que se oculta a la conciencia, como un tic nervioso se esconde en las sombras del complejo sistema de las relaciones humanas.
Cada fantasma tiene su personalidad, sus hábitos y alguna vez formó parte de la sociedad. Por ello, conocer las razones que llevan a un fantasma a manifestarse es parte de una ciencia que colinda con la psicología: la parapsicología. En ella habría que ver los deseos y miedos del fantasma, su intento persistente de relacionarse con la vitalidad del mundo.
Es sugerente que el inicio moderno de la parapsicología haya tenido su origen en las propuestas de sanación de Anton Mesmer, quien afirmaba que se podía curar heridas sin tocarlas a partir de inducciones magnéticas. Esto permite imaginar al fantasma como una antigua herida del tejido social, una cuenta pendiente con un familiar o amigo, un agravio que no descansará hasta ser subsanado.

El contrato social fantasma
Uno de los fantasmas más famosos de la literatura boliviana es Elvira Evangelio. Ella hace su aparición en El círculo, cuento de terror que abre Cerco de penumbras (Oscar Cerruto, 1958). Como suele suceder con los fantasmas -quienes no sólo vienen a saldar cuentas sino a cobrarlas-, Elvira tiene un asunto pendiente con Vicente, el novio que la deja sin despedirse y regresa después de dos años.
En el mundo de los vivos, salir de un lugar sin despedirse es insolente. En el mundo de los fantasmas es razón suficiente para perseguir a los que se hacen a los vivos.
El protagonista de El círculo, por ejemplo, incapaz de terminar la relación con Elvira, se fuga sin enfrentar la despedida, por temor a las injurias, dice. Sin embargo, su intento de liberación se convierte en dos atroces años de litigio torturado. El vocabulario judicial de Cerruto deja adivinar que el nacimiento de un fantasma implica la exigencia de un juicio por la vulneración de cierto código social.
No haberse despedido de Elvira es un agravio social que crece en Vicente como un conflicto irresuelto. Él siente la necesidad magnética de despedirse. Sin embargo, cuando regresa, se acobarda de nuevo y, en vez de decir adiós, pretende volver con Elvira. El círculo empieza de nuevo, con las mismas condiciones.
En este sentido, la parte más temible y enigmática del cuento de Cerruto es el pacto que Vicente (sin saberlo) sella con el fantasma de Elvira: el beso que ella exige. Desde entonces, Vicente no necesitará prometer nada, porque el pacto está sellado. Ese beso prueba que Vicente está imposibilitado de curar su lacerante lástima. El círculo es la condena a repetir esa cobardía, el aplazamiento continuo de la conciliación que implica una despedida.

El conventillo fantasma
La palabra “fantasma” tiene su raíz en el verbo griego phanein (brillar, hacerse visible). Phanein es la verbalización de phos (luz), de donde salen fósforo y fotón. El sufijo “ma”, por otro lado, se refiere al resultado de una acción. De tal manera que podríamos entender a un fantasma como la plasmación de una luz, la iluminación específica de determinada zona.
Nada mejor que la obra de René Bascopé para entender la relación entre lo fantasmal, la luz y el crimen social. Imagino al autor de Niebla y retorno apuntando con su linterna en las cavernas más oscuras de la memoria colectiva, justo allí donde ciertas soledades insisten en comunicarse. La iluminación indecisa que ondula en el conventillo de Bascopé crea la atmósfera espectral por la cual lo reconocemos.
Una luz débil (cuando mucho) y apenas un poco de niebla en la negrura (cuando menos) ilumina la vida de sus personajes, quienes parecen no verse entre sí y entrar en relación sólo para mantener oculto un crimen.
En el cuento Ángela desde su propia oscuridad (1983), un niño descubre que la habitación del segundo patio (que él creía deshabitada) está habitada. Un día, la puerta siempre cerrada de aquel lugar se abre; y lo hace en un momento muy preciso: cuando el hijo del portero se retuerce en el patio después de envenenarse por Yolanda.
El atroz espectáculo congrega a todos los habitantes del conventillo, incluyendo a las dos viejas de la habitación que se ha abierto por primera vez. El niño, que tenía miedo de ese recinto, aprovecha la abertura de la puerta para ver el interior. Es la primera vez que ve a Ángela.
Desde aquel día, el niño está atento a la puerta -que sólo se abre cuando Ángela y dos viejas (su madre y su tía) se encaminan rumbo al templo de San Francisco, cada noche. Es así que él crea su rutina alrededor del propósito de ver a Ángela, cuya tristeza y abatimiento atribuye a la compañía de aquellas viejas, porque Ángela tenía una palidez que la diferenciaba totalmente de ellas.
El niño encuentra en Ángela a la única persona del conventillo que le produce entera compasión. En ella se refleja mucho de su propia soledad: él también vive con dos viejas (su abuela y su madre), él también es un poco invisible.
Sin embargo, la rutina que el niño crea para ver a Ángela se rompe cuando, por ocultarse, termina siendo el incidental testigo de un encuentro sexual apresurado entre el papá de Carlos y doña Juana. El papá de Carlos descubre al mirón y el niño escapa hacia la puerta de Ángela -quien lo mira a los ojos por primera vez. (Nuevamente, el escándalo es el único marco de encuentro para los habitantes del conventillo.)
El cruce de miradas de Ángela y el niño opera, por fin, el único vínculo social sincero de aquel lugar. Lo malo es que el niño no la encontrará nunca más en el patio, porque es castigado en su habitación, aislado por haber sido testigo de lo que no debía.
No sabemos cuánto tiempo se mantiene el niño en su encierro, pero sabemos que sólo volverá a ver a Ángela como uno de los espíritus que lo visitan en Todos Santos, un espíritu que se coloca lentamente en una mancha en el tumbado, desde donde mira fijamente y susurra con voz suave. Al igual que en el cuento Ventana (donde la amada se revela como un maniquí), en Ángela desde su propia oscuridad la potencia de una relación amorosa termina en el siniestro gemido de una sombra inerte.

De cualquier forma, al final del cuento, el amor persiste como compasión que se resiste a ser vencida por la inercia. Ángela, a diferencia de los otros espíritus que el niño ve gracias a las lagañas de perro, ha recibido su nombre de quien la ha visto a los ojos, pues Ángela no se llamaba así sino Elvira.

Patio interior

Sin embargo, sin embargo…


El turno ahora es de Wittgenstein, en esta ya larga y apasionante serie de reflexiones sobre pensadores que desconfían, cuando menos, de las letras y las artes.



Juan Cristóbal Mac Lean E.

Habíamos estado preguntándonos, ya desde algunos artículos anteriores, sobre el lugar, el estatuto, y aún la legitimidad de la poesía, si no la del arte mismo.
Dentro de esta interrogación incesante, que nunca tendrá fin y que para el mismo Platón ya era muy antigua, habíamos mencionado, también, a los grandes valedores del mismo filósofo cuando éste expulsa a los poetas. Y estos no son sola o exclusivamente, tengámoslo muy en cuenta, los prácticos panaderos de la esquina. Ellos son, más bien, Tolstoi, Kant, Freud, Kierkegaard, Canetti, Wittgenstein… Esa punta de puritanos, como bonitamente los califica Iris Murdoch al pensar en estas cosas.
Pero si calificarlos así es algo que queda muy a mano, ello de ninguna manera significa des-calificarlos. ¿Puede acaso alguien (por ejemplo un artista) ser tan ligero como para no tomar muy seriamente en cuenta las desgarradas razones por las que Tolstoi, por ejemplo, desconfiaba enormemente del arte en general, ni qué decir ya de la poesía?
Es que hoy por hoy es otra vez muy urgente (como sin duda lo ha sido siempre), interrogarse sobre la suerte del arte o de la poesía.  En el caso específico, pongamos ahora, de un perdido lugar de los Andes como éste, por ejemplo, nos preguntamos: aparte del muy escueto y reducido grupo o mínimo grupúsculo de gentes que pintan o que escriben poesía y que están, como bien lo sabemos muy bien, en sociedades muy desgraciadas y muy desgarradas como por ejemplo la boliviana, todo eso del arte o la poesía aparentemente no le vienen ni le van a lo verdaderamente real, y los arriba mencionados son-somos el cero coma cero coma uno por ciento de la población general que es analfabeta, inculta está arruinada, es pobre desgraciada y el viento está arrancando sus calaminas. 
¿A qué le viene, en contextos semejantes, ponerse a hablar, por ejemplo de Shakespeare? Responder a esa pregunta que también tiene un aura fundamentalmente provinciana, requiere de mucho mayor espacio y no lo haremos ahora, ese será tema de otro artículo más tarde. De momento sigamos, pues, pasando a revista a quienes desconfían y abominan de poetas y poesía, o el mismo arte en general. Y un caso ejemplar lo tenemos en la gran reticencia con que Wittgenstein leía a Shakespeare. 
Es George Steiner quien expone este espinoso asunto en un hermoso capítulo titulado A reading against Shakespeare[i] (Una lectura contra Shakespeare) y que a nuestra manera seguiremos.
Antes: podría traducirse el título también como Un leer contra Shakespeare, lo cual haría más justicia al desarrollo de la meditación de Steiner. Esta se inscribe en ese señalado borde en que se tocan, atraen y repelen dos universos emparentados y distintos. “El estatus de lo ficticio dentro de los “valores de verdad” de la intelección analítica y sistemática, el estatus de lo ficticio dentro de los valores de veracidad de la moral, han sido un fructífero irritante para la epistemología y la ética. Las irresponsabilidades, o más exactamente las autonomías internalizadas de la invención literaria, son desconcertantes, y en ciertos casos repelentes para la filosofía”.
Más tarde, Steiner prepara el terreno para las incomodidades de Wittgenstein, que “era un ser humano de una inextricable honestidad sin concesiones. Estaba desnudamente en casa con la verdad como la veía y la vivía”. Steiner sigue todas las dispersas anotaciones de Wittgenstein a lo largo del tiempo y muestra sus dubitaciones, rechazos.
El capítulo concluye con estas palabras: “Platón se equivocó al expulsar a los poetas. Wittgenstein no leyó bien (misread a Shakespeare. Como era esperable. Y sin embargo… (And yet)”.
En ese and yet de Steiner que ya figura una vez antes, se escucha el dejo melancólico de una vieja herida. ¿Y si pese a todo tuvieran una parte de razón quienes abominan de la poesía? ¿Por qué alguien tan serio, temblando por el fugaz, tambaleante estatuto de la verdad como Wittgenstein, llegó a desconfiar tanto de Shakespeare, universalmente considerado como el poeta por excelencia, el más grande los poetas?
Hay en Shakespeare, para Wittgenstein algo de falso, de trivial y de engañón, algo envuelto en un puro hablar bonito y que es inconsecuente, se evade de lo real, se dota de maravillosas artimañas lingüísticas, de exhibicionismos calculados, es un maestro de ilusiones y no da cuenta de nada, es extraordinario pero también es profundamente falso…
Su “plenitud prepotente” carece de todo corazón, en una escena puede ocurrir tanto esto como lo otro, indiferentemente, ningún tipo de señal reordena o reconfigura todo, ni según el lenguaje ni según ninguna moral deducible. Se está ante un garabato. A Wittgenstein, ese hijo de la ordenada Austria protestante y que buscaba desesperadamente un orden con el que explicar el desorden, un camino fundamental que acoja o que trascienda (otra vez) el garabato, le parecía que Shakespeare, el mayor maestro en garabatos, era él mismo un garabato artificial. Un inventor de lenguajes o palabras más que un verdadero creador….
Así por ejemplo, para Wittgenstein Shakespeare “hace como si retratara bien los tipos humanos y fuera entonces verdadero con la vida. Más de verdad no es verdadero con la vida. Pero tiene una mano tan suelta en los trazos, su pincelada es tan particular que cada uno de sus personajes parece tan significativo, tan digno de ser visto….”.
Y, si Shakespeare muestra la danza de las pasiones humanas, lo hace como danzando,  como en una danza, una de versos nada más -que no es como ocurren las cosas. Si eso no fuera poco, “los símiles de Shakespeare son, en el sentido ordinario, malos. Y si de todas formas resultan buenos -y no sé si lo son- deben ser una ley para sí mismos. Tal vez su tono les da verosimilitud y belleza”.
Ese tono o sonido, que traemos del ring inglés hace que Steiner se detenga en el Klang alemán. Pero en castellano tenemos una muy preciosa palabra que, afín a la tonalidad del ring inglés o el Klang alemán, aunque perdiendo su bulla, su timbre, dice: cadencia. Podemos añadir: la cadencia es el estilo, el estilo es la cadencia -siempre que comprendamos, claro, que no hay cadencia sin ruptura, disonancia y hasta pérdida de la cadencia -que para eso también está ella: para perderla.
Wittgenstein preocupado, escéptico, vuelve a preguntarse sobre ese tono, esa cadencia, ese estilo en el caso shakesperiano: “eso querría decir que el estilo de todo su trabajo, quiero decir de todas sus obras juntas, es lo esencial y lo que lo justifica”.
La palabra fundamental y que aquí nos interesa es la de estilo. ¿Y cómo así, nada más que el estilo capaz de justificarlo todo? Ahora el estilo ha adquirido el tamaño de una enormidad. Y queda pendiente responder a esa pregunta…



[i] Recogida en No passion spent. Faber and Faber, 1996. Nos guiamos por esa edición, las traducciones son muestras. Hay una traducción al castellano en la que eligieron, con admirable acierto, el título de Pasiones intocadas.

Cafetín con gramófono

El Cosmopolita Ilustrado (II)

Segunda y última parte de la reseña y descripción de esta revista cruceña del siglo XIX.



Omar Rocha Velasco

El mayor impulsor de El Cosmopolita Ilustrado fue Manuel Lascano Velasco, pintor y grabadista muy destacado en su época, por esta razón la revista cruceña incluye en cada uno de sus números un “grabado” hecho por este artista.
La técnica consistía en burilear la imagen en un trozo de madera -dando lugar a un dibujo muy sofisticado de trazo grueso- y luego traspasarla cuidadosamente al papel. Cada grabado iba acompañado de un texto descriptivo y proporcionaba información detallada, quién era la persona que aparecía, la historia del lugar, fechas, nombres, datos, etc. Estas imágenes fueron la huella de El Cosmopolita Ilustrado, una “originalidad” de la que muy pocas publicaciones bolivianas gozaron.
Los grabados y textos de Lascano constituyen una fuente primordial para reconstruir la historia de Santa Cruz del siglo XIX, allí se dieron a conocer costumbres, tradiciones y, sobre todo, datos acerca de cómo se fueron edificando algunos hitos de la ciudad como el caso de la Plaza de la Concordia:
“El jeneral Juan José Pérez, de gloriosa memoria, fué el primero que ordenó é hizo ejecutar el nivelamiento de la entonces irrisoria Plaza, así como la construcción del elegante enverjado de cal y ladrillo que la circunvala. Vino enseguida el igualmente finado Jeneral Juan Mariano Mujia, y procedió al ornato y embellecimiento de la obra de su antecesor: pusiéronse los bancos que hoi escisten, y él mismo, en persona, plantó y sembró los árboles y flores que la adornan”.  [sic.] 
Otro de los temas de estos grabados era el homenaje patrio, El Cosmopolita Ilustrado nació un 6 de agosto de 1887 en recuerdo del día de fundación de Bolivia, la imagen para ese primer número fue la de Simón Bolívar de pie, arriba de la cumbre del Cerro Rico de Potosí, el Libertador porta el estandarte de la libertad en una mano “y con la otra muestra al mundo su obra coronada por el más completo y feliz éxito. – Allí, á lo lejos, se vé á Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia y el Perú.− ¡Cinco naciones que él arrancara de las garras del León hispano para darles libertad!” [sic.]
Este gesto fue constante durante los 35 números de la revista, Lascano, un patriota empedernido, homenajeó a José Miguel de Velasco (ex Presidente de Bolivia y abuelo suyo), Ovidio Suárez (que obsequió el reloj que “adornaría nuestra futura Catedral”), Pedro Blanco (segundo presidente de Bolivia), Andrés de Santa Cruz, etc.
La revista también dio a conocer mediante sus grabados reuniones memorables de la época y costumbres de la región, uno de los casos más exquisitos es la descripción del juego del cabrito:
“Todos rodean al venturoso jinete que se llevaba el chivo y, tirón de aquí, tirón de allá, empujando á este, arrimando un soberbio riendazo á aquel, arrancando las barbas á ese otro, rasgando la camisa al de más allá, y todo abundantemente salpimentado con profusión de epigramas, alusiones, ajos y cebollas, cada cual auna sus esfuerzos á los de su partidito para conseguir quitar el chivo y llevárselo consigo…” [sic.]  
Las imágenes propuestas por Lascano no fueron solamente de Santa Cruz, esa era una de las formas de entender el cosmopolitismo expresado en el título de la revista. Así, la revista da a conocer también espacios destacados de otras partes de Bolivia: La plaza 25 de mayo y el manicomio Pacheco en Sucre, la Plaza 16 de Julio, la alameda y el Palacio de Gobierno en La Paz de Ayacucho, etc. 

Esta publicación y sus grabados fueron el inicio del concepto de “Publicación periódica Ilustrada” en Bolivia. Esto implica ir más allá de los motivos ornamentales como bandas, letras, o viñetas estandarizadas. En general las imprentas estaban equipadas con material tipográfico consistente en esas viñetas ornamentales o pequeñas ilustraciones que acompañaban a los textos; el lenguaje visual de El Cosmopolita Ilustrado abrió una nueva página en las revistas literarias y culturales bolivianas, pues no se piensa solamente en las funciones decorativas.

Etc.

Transparentes, depresivos e impotentes

Detalle y reflexión de los polémicos postulados del surcoreano Byung-Chul Han, un best seller en Europa.



Carlos Decker-Molina

La crisis económica y financiera tiene sus propias novelas, entre ellas hay unas dos o tres que, por lo menos a mí, me satisficieron por su calidad. La mano invisible y El país del miedo de Isaac Rosa y En la orilla de Rafael Chirbes, finalista de la bienal Vargas Llosa. 
Ambos autores novelan la crisis, ya sea desde el enfoque de Rosa sobre el nuevo concepto laboral de que se trabaja pero no se sabe por qué y para quien, hasta la historia del lobo solitario de Chirbes que hipoteca su carpintería por una historia de sueños rotos y vidas podridas en el pantano de la especulación.
No me consta que Chirbes o Rosa hayan leído los tres ensayos de Byung-Chul Han, de los que quiero ocuparme, como fuente de inspiración.
Byung-Chul Han, un filósofo surcoreano que radica en Alemania, formula una crítica feroz al neoliberalismo desde la filosofía. Son tres ensayos claros y brillantes, algunos de sus puntos de vista pueden ser discutibles, pero ofrecen un nuevo material de análisis.
Personalmente comencé por el texto que aborda la súper transparencia de la sociedad actual, luego seguí con la Sociedad del cansancio y, finalmente, con la Agonía del Eros, este último quizá el más discutible.

Gente de vidrio
Hay una diferencia entre demanda y transparencia, la primera sirve para descubrir a los políticos y desenmascararlos, en tanto que la transparencia implica un espectador escandalizado que comienza a descreer de la política, no se trata del ciudadano comprometido que demanda el cumplimiento de principios políticos y mejor aún ideológicos.
La transparencia deja de ser herramienta para ser un modo de vida. “La pérdida de la esfera pública genera un vacío que acaba siendo ocupado por la intimidad y los aspectos de la vida privada”, que no hacen a la política. 
De acuerdo al coreano la sociedad de la transparencia está poblada de espectadores y consumidores sin color político ni ideológico, sin esa “no participación”, la democracia del espectador, no funcionaría.
Byung-Chul Han dice que la confianza es posible solo en el paréntesis entre conocimiento y no conocimiento. Es decir, tener confianza implica no saber o no conocer una parte, solo así se puede construir una relación de confianza con el otro (muy aplicada en la diplomacia, por eso la vigencia del espionaje). Vuelvo al filósofo: “La confianza hace que la acción sea posible a pesar de no saber. Si hay una transparencia total, la confianza está demás.
La sociedad actual inflada de transparencia ha eliminado el “no saber” y de paso elimina la confianza y ha reducido la verdad a su mínima expresión porque lo que importa es la “apariencia” que produce el espejismo de ser “la verdad”.
Ayer la contradicción  era entre “ser o no ser”, el capitalismo nos propuso “el tener o no tener”, la democracia del espectáculo plantea: “si no te exhibes no existes”. Según Byung-Chul Han “ser ya no es importante si no eres capaz de exhibir lo que eres o lo que tienes”.

El cansancio
En su ensayo La sociedad del cansancio (inesperado best seller en Alemania donde se publicó la primera edición) analiza la interacción entre el discurso social y el discurso biológico a partir de la permeabilización de ambos relatos, para denunciar un cambio de paradigma que, según explica, está pasando inadvertido.
Byung-Chul Han denuncia que “el esclavo de hoy es el que ha optado por el sometimiento”, es una forma peculiar de transpolar la idea hegeliana de la dialéctica entre el amo y el esclavo. Para el coreano la voluntariedad por el sometimiento es por “la mera vida, frente a la vida buena” y a cambio de esa nada cede soberanía y libertad.
Para el marxismo la alienación es la síntesis del choque contradictorio entre el explotador y el explotado. Solo la coerción lleva a alienación en una relación de trabajo. En el neoliberalismo desaparece la coerción externa, no hay explotación ajena, porque se cambia el significado de trabajo por “realización personal u optimización personal”.
El sujeto se ve en libertad de elegir desde su horario de trabajo, hasta la residencia laboral a condición de su rendimiento, ello produce el sueño de ser libre, por eso no llega a la alienación sino al embotamiento. “Uno se explota a sí mismo hasta el colapso”, por eso las enfermedades de la sociedad actual no son virales sino neuronales. Es decir las virales se expresaban por la presencia del “otro” (virus) y en la sociedad ese encuentro con el otro producía una síntesis dialéctica que significaba al avance, la creación de un relato histórico.
La sociedad globalizada, carece de relato histórico debido a que su enfermedad es neuronal, el sujeto del cambio está agotado, deprimido y en el mejor de los casos hiperactivo, es un “animal laborans” lanzado al único horizonte: el fracaso.

Impotencia
Byung-Chul Han va más allá y señala que el cansancio y la transparencia han eliminado el Eros, su tercer ensayo. En una sociedad depresiva y cansada con sujetos aislados, “aunque libres”, no excitan la fantasía.
El filósofo señala que vivimos en una “sociedad horrible”. La depresión, el cansancio y la falta del Eros se pueden superar retornando al Yo íntimo. En la sombra se es más reflexivo y  con la distancia surge lo decoroso, tal vez más eficaz que la revolución, por lo menos en esta etapa de “éxitos”.
El sujeto en su aislamiento no “engendra al otro”. Si Eros es el que se dirige a ese “otro” en la sociedad cansada y transparente ese “otro” se convierte  en mercancía. El neoliberalismo elimina la alteridad para someter todo al consumo, a la exposición como mercancía y el Eros es remplazado por la pornografía o por los parámetros que “miden” para encontrar la pareja “ideal” sin haberla visto ni una sola vez.
Con toda seguridad no hay políticas del amor, pero las acciones políticas comunican con el Eros, pues suponen el deseo mancomunado de otra forma de vida y apuesta a la fidelidad de lo venidero. En la sociedad enferma de cansancio lo más probable es que el encuentro entre dos sea el resultado de una ecuación y no de la sublimidad de la diferencia.

Según el filósofo todo depende del grado de exposición en el mercado. La exposición en exceso convierte al hombre en mercancía. El que no se expone no existe y no tiene derecho al amor. Es un ser de vidrio, cansado, impotente, etc.

Ensayo

Territorios

Texto preparado por el autor a propósito de Arí, la fiesta de las letras, un encuentro que reúne por estos días en Sucre a parte de los mejores escritores literatos del país.


Rodrigo Urquiola Flores

De las tantas maneras de entender la palabra cultura siempre me ha atraído más ese concepto que se refiere al pensamiento individual -¿y qué es el individuo si no parte de un todo?- del ser humano; al pensamiento, si bien no como un ente generalizador y totalizante, por lo menos como una esfera que se habita, es decir, el pensamiento como una luz en medio de la oscuridad, el pensamiento como una manera de encarar esta existencia humana que nos ha tocado, quizás azarosamente, personificar.
La cultura, pienso, es como el pensamiento, un territorio hecho, a estas alturas de nuestra historia, de muchos otros territorios que, de seguro, ni siquiera somos capaces de imaginar.
Asimismo, entiendo que la literatura es un territorio donde sucede el pensamiento desde varias perspectivas. El escritor no es otra cosa que un lector de lo que le rodea y la escritura es el resultado de esa lectura, de esas imágenes y voces y vivencias y testimonios que han pasado el filtro del ojo. Entonces, el lector de un texto escrito es también un escritor, uno que escribe -o que reescribe, al final es casi lo mismo- en su mente, en el pensamiento, lo que ha leído el pensamiento de otro.
Ahora hablamos de interculturalidad -¿cómo no hacerlo?, es inevitable- y pienso en territorios hechos de otros territorios, territorios superpuestos, atravesados entre sí, tierra donde crece la semilla de diversas plantas, lecturas que se hacen a partir de otras lecturas, escrituras que nacen a partir de otras escrituras, mundos que nacen en algún lugar que quizás nunca sabremos dónde es.
En mi caso, como escritor, me he enfrentado a esta cuestión prácticamente desde que empecé a escribir. Y uno está escribiendo desde que aprende a leer, sea uno, después en el tiempo, lo que normalmente se llama lector o escritor.
Durante mi adolescencia leí libros bolivianos de manera casi frenética, cualquier novela o libro de cuentos escrito por un compatriota que cayera en mis manos, necesitaba conocer este territorio material en el que me había tocado nacer, Bolivia, desde lo más íntimo.
Luego, me alejé de ello. Con el mismo frenesí –un frenesí que todavía ahora no se va, a decir verdad– he estado leyendo libros de autores de diversas regiones del mundo; ya no en afán de alejarme para ver mejor, si no llegando a comprender que cualquier territorio bien puede ser nuestro territorio. Y, por supuesto, no he dejado de leer literatura boliviana, siempre es bueno echar un vistazo hacia adentro, hacia la tierra, hacia las entrañas.
Siento que estos dos períodos de lecturas se manifiestan en mis dos primeros libros. Eva y los espejos, un libro de cuentos que salió publicado en 2008 en la editorial Gente Común y cuya primera edición está agotada, es un testimonio de mis exploraciones extranjeras, cuando quería alejarme un tanto de Bolivia para poder ver mejor el mundo, para poder conocer con la escritura lo que se desconoce con la vista.
En cambio, Lluvia de piedra, una novela que salió publicada en 2011 en la editorial Alfaguara y que, desde que Random House compró esa editorial no he vuelto a ver en ninguna librería, es un acercamiento, a partir desde ese mismo alejamiento, a Bolivia.
Incluso, ahora que lo pienso bien, esto se manifiesta desde el primer momento del libro, cuando Esteban, el protagonista, vuelve a Bolivia luego de un exilio voluntario de varias décadas.
Al final de cuentas, pienso que la interculturalidad no es más que un viaje -sé que todo el tiempo estamos viajando, desde el nacimiento a la muerte, por ejemplo-, un viaje de un territorio a otro, un retorno continuo y un exilio eterno, desde la raíz hasta la nada, un viaje rumbo al todo.


Desde la butaca

Semillas de Ñacahuasú

Los cubanos Froilán González y Adys Cupull elaboraron documentales sobre los guerrilleros bolivianos que acompañaron al Che en su aventura en el oriente.


Lupe Cajías

¿Cuánto saben los bolivianos, sobre todo los jóvenes, de aquellos guerrilleros nacidos en esta patria que lucharon en 1967 junto a Ernesto “Che” Guevara en la gesta desarrollada en el sudeste boliviano, más conocida como “las guerrillas de Ñacahuasú”? Poco, muy poco, pese a los esfuerzos de especialistas en el tema, como Carlos Soria Galvarro.
Estos días, con el apoyo de la Escuela de Gestión Pública Plurinacional (EGPP), los cubanos Froilán González y Adys Cupull, de la productora AUCA, presentaron 21 documentales que nos permiten encontrar por primera vez las biografías de hombres, casi todos de extracción obrera y campesina, que entregaron su vida por sus ideales, militantes comunistas conscientes que su decisión era: “Patria o muerte, venceremos”.
González y Cupull dedicaron su trabajo a mantener la memoria de las luchas de Guevara y tienen en su propia casa de La Habana el mejor museo sobre el combatiente argentino cubano. Muchos de los documentos y objetos los consiguieron durante su actividad diplomática en Bolivia al inicio de los 80.
Son decenas los libros, folletos y artículos, además de conferencias que permiten conocer la vida del Che desde su infancia, sus viajes adolescentes por América Latina (incluida la Bolivia revoltosa del 52), su arribo a México y su compromiso con el Movimiento 26 de Julio, además de su presencia en Asia, África y en las tierras bajas cruceñas.
Esta vez, con el aporte técnico de sus hijos, rastrearon las historias personales de los bolivianos, casi todos treintañeros, que murieron entre marzo y octubre de 1967, inclusive los sobrevivientes acribillados posteriormente.
El singular aporte es que no son datos fríos de héroes y mártires sino testimonios de sus seres queridos que los muestran como personajes de carne y hueso que tuvieron que dejar a la madre, a la esposa, a los hijos pequeños, para cumplir su misión.
En Semillas del Ñacahuasú (esa es la forma correcta de escribir la famosa toponimia de la finca) entrevistan a sus descendientes, a los amigos, a los familiares y a testigos que de una u otra forma conocieron episodios de la vida de cada uno de ellos.
Muchas veces nos preguntamos qué pasó o qué pasa con los hijos de quienes mueren violentamente por una u otra causa, cómo fue afectada su niñez, cómo sobrevivieron, qué opinaron del padre que salió en busca de una gesta libertaria.
Se conoce que en más de una ocasión, el descendiente de un revolucionario, de un exiliado, vive con la amargura de ceder su espacio hogareño feliz por culpa de una “causa”, de un compromiso político, de un ansia de poder o de cambio.
González y Cupull grabaron testimonios tan duros que el espectador no puede esconder las lágrimas y la congoja en el corazón. Compartí esos sollozos con rudos hombres mientras mirábamos esos rostros que el 67 tenían dos o tres años y que vivieron para siempre con la marca de la guerrilla del Che.
El conjunto de 21 videos documentales, de entre 12 a 15 minutos cada uno, reúne las biografías contadas por padres ancianos, hermanos, cuñados, hijos, sobrinos, nietos, amigos de:

Aniceto: Aniceto Reynaga Gordillo, (1940) que tuvo doce hermanos, ocho de los cuales murieron niños, originario de Colquechaca, Chayanta, Potosí, maestro, que tuvo experiencias junto con su padre en la Revolución de 1952 y luego militó en la Juventud Comunista.
Apolinar: Apolinar Aquino Quispe, (1932) nacido en Viacha, La Paz, aymara, también con experiencia en las milicias obreras del 52 y militante comunista, difundió el socialismo en aymara, y fue entrenado en cuadros sindicales en la Unión Soviética.
Benjamín: Benjamín Coronado Córdova, (1941), nacido en Potosí, quechua, maestro y minero, radialista en la mina Huanuni, entrenado en Cuba. Su madre y su hija también fueron militantes del Ejército de Liberación Nacional fundado por el Che.
Carlos: Lorgio Vaca Marchetti, (1934), nacido en Santa Cruz de la Sierra, dirigente sindical de los trabajadores de la seguridad social, con experiencia en las milicias obreras del 52, comunista internacionalista.
Coco: Roberto Peredo Leigue (1938), nacido en Cochabamba pero de familia beniana, comunista desde joven y trabajador en diferentes oficios; artista y guitarrero, entrenado en Cuba, fue uno de los principales contactos del Che.
Chapaco: Jaime Arana Campero (1937), tarijeño, profesor, con experiencia en las milicias del MNR, comunista entrenado en Cuba.
Darío: Savino Adriázola Veizaga (1942), nacido en Huanuni, quechua, minero, compañero del PC- Marxista Leninista, cuadro formado en historia del sindicalismo; sobreviviente, murió asesinado en 1969.
Ernesto: Freddy Maymura Hurtado (1941), beniano, descendiente de japonés, dirigente comunista estudiantil, médico formado en Cuba.
Inti: Guido Álvaro Peredo Leigue (1937), nació en Cochabamba pero vivió su juventud en Trinidad, de oficios varios, desde joven fue militante comunista y recibió entrenamiento teórico y militar, internacionalista; sobreviviente, fue asesinado en 1969.
Julio: Mario Gutiérrez Ardaya (1939), beniano, dirigente estudiantil y sindical, militante comunista, también con experiencia en las milicias cubanas.
Loro: Jorge Vázquez Viaña (1939), paceño, descendiente de una notable familia de intelectuales, estudió geología y arte en Alemania, formado en la Unión Soviética, recibió entrenamiento en Cuba.
Moisés: Moisés Guevara Rodríguez (1937), nacido en Huanuni, Oruro, minero con experiencia en las milicias del MNR; quechua, militante comunista y luego del PC ML.
Ñato: Julio Luis Méndez Korner (1937), beniano, descendiente de alemanes, con varios oficios de artesano; amante de la música clásica, formado en la Unión Soviética.
Pablito: Francisco Tangara Flores (1945), paceño, nacido en Laja y uno de los más jóvenes, hablaba aymara, campesino y minero, militante del PC y luego del PC-ML; murió pocos días después del asesinato del Che.
Pedro o Pan divino: Antonio Jiménez Tardío (1941), cochabambino de Tarata, quechua, artista y de formación religiosa, dirigente estudiantil y miembro de la JOTA, formado en la escuela de cuadros de la URSS.
Raúl: Silvestre Raúl Quispaya Choque (1939), orureño, quechua, dirigente estudiantil, normalista, alto dirigente de la JOTA y luego del PC ML y con formación en Cuba, la URSS y China.
Serapio: Serafín Aquino Tudela (1951), paceño de la provincia Ingavi, uno de los más jóvenes en la guerrilla, hijo de ferroviario.
Víctor: Casildo Condori Cochi (1941), paceño de Corocoro, aymara, campesino y minero, militante comunista y luego del PC ML.
Walter: Walter Arancibia Ayala (1941), potosino de Chayanta, trabajador minero, dirigente sindical famoso por sus discursos, estudió en la URSS.
Willy: Simón Cuba Sanabria (1935), cochabambino de Itapaya, campesino de origen muy pobre y luego minero en Huanuni, dirigente sindical, militante comunista y luego del PC ML, fundador del ELN, famoso por su defensa en las últimas horas de vida del Che.


Con estas biografías y los testimonios desgarradores, González y Cupull demuestran que los guerrilleros bolivianos eran de diferente origen étnico, social y geográfico, pero formados y entrenados con clara consciencia de lo que hacían.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Artículo

Para no agobiarte con flores, Leonard

Retazos y aproximaciones a Leonard Cohen, en su 80 cumpleaños y en vísperas del lanzamiento de un nuevo álbum.



Martín Zelaya Sánchez

Un depresivo, introvertido y despreocupado joven judío que vagaba con su guitarra por las frías calles de Montreal, que leía compulsivamente cuanto le llegara a las manos, y que se encaminaba a una prometedora carrera de poeta y novelista, pero que terminó -casi por accidente- convertido en un mito de la canción… un extraordinario como extraño y peculiar compositor que es tan poco conocido en el mundo globalizado, como venerado y respetado en no pocos círculos de iniciados, artistas, músicos y fans.
Leonard Cohen, el maestro canadiense, cumple el 21 de este mes 80 años y lejos de pensar en el retiro definitivo -salió de él hace poco más de un lustro y deslumbró con varias giras y un CD de estudio- lanzará además, dos días después, el 23, un nuevo disco, Popular Problems, para beneplácito de los amantes de su prosa exquisita y terrible, de su profundidad y precisión, de su voz tan áspera como apacible y cautivadora.
¿En qué reside la magia de Cohen? Muchos estetas y perfeccionistas de la canción armónica podrán decir que su carrasposa voz es más bien hostil a los oídos, por eso, la crítica y los melómanos están divididos diametralmente: o caen a sus pies de entrada, o lo rechazan tanto que ni se molestan en darle una segunda oportunidad.
¿Y sus textos? Dylaniano, dirán algunos, beatnik, seguidor de Burroughs y Ginsberg, hippie trasnochado, otros… nada de eso: es, más bien, un género en sí mismo, un erudito que en sus canciones y poemas -publicó en más de medio siglo de actividad casi tantos (¿o tan escasos?) libros como discos- halla preguntas fundamentales, más que respuestas; dudas y provocaciones, antes que certezas; inquietudes e incertidumbres antes que resignaciones, todo lo cual terminó por pertrecharlo en la espiritualidad y el hedonismo por partes iguales.
“He leído en algún lado que nosotros no producimos pensamientos, que los pensamientos llegan espontáneamente y entonces, fracciones de segundo después, tomamos posesión de ellos. En ese sentido nadie tiene un pensamiento original. Pero los pensamientos originales surgen, y nos lo atribuimos”, señala en los capítulos iniciales del libro Soy tu hombre. La vida de Leonard Cohen, de Sylvie Simmons (Lumen, 2012).
A modo de rendir tributo a este gigante, y no desesperar en espera de conseguir su CD en las siguientes semanas, repasemos algunos extractos de este grueso volumen, traducido al español por Francisco J. Ramos Mena.

- “Recuerdo que entré en un club llamado Max’s Kansas City, que había oído decir que era un lugar al que iba todo el mundo; yo no conocía a nadie en Nueva York, y recuerdo que me quedé en la barra, pues nunca se me ha dado muy bien ese duro trabajo que implica alternar, y que un joven se me acercó y me dijo: ‘¡tú eres Leonard Cohen; tú has escrito Beautiful Losers!’, que nadie había leído… Era Lou Reed. Me llevó a una mesa llena de personas: Andy Warhol, Nico…”. (Pág. 205-206, sobre su llegada en 1966, a la Gran Manzana donde terminó de decantarse por la canción y la música, sin por ello dejar de lado los libros)

- “Songs of love and hate, y los dos primeros álbumes, Songs of Leonard Cohen y Songs from a room, forman una especie de trilogía en la que desfilan asesinos junto a suicidas, mártires junto a soldados, y gurús junto a personajes del Antiguo Testamento, mientras que los hombres que anhelan el amor y sus amantes desfilan en direcciones opuestas. Como en los libros de Leonard, hay temas y motivos recurrentes, lecciones que se aprenden y otras que no, alegría que se convierte en dolor…”. (Pág. 322)

- “Corría el mes de diciembre de 1975 y Leonard se había ido a casa, a Montreal. Dio la casualidad de que Bob Dylan estaba también en Montreal, en su gira Rolling Thunder… Dylan deseaba añadir a Leonard al cartel. Ratso Sloman, que acompañaba a la troupe como reportero, recuerda: ‘Bob estaba increíblemente resuelto a convencer a Leonard a que viniera. Era evidente que era un gran admirador de su obra”. (pág. 374)

- “Leonard tardó cinco años en escribir Hallelujah. Cuando Sloman lo entrevistó en 1984, le mostró un montón de cuadernos, ‘libreta tras libreta llena de versos para la canción que por entonces llamaba The other hallelujah’. Leonard Guardó unos ochenta de ellos y descartó muchos más”. (Pág. 433)

- “I’m your man había superado en ventas a todos sus álbumes anteriores. ‘Por lo que se refiere a mi supuesta carrera -diría Leonard- ciertamente fue un renacimiento. Pero era difícil considerarlo un renacimiento desde el punto de vista personal, ya que se hizo en las habituales condiciones deprimentes y malsanas’. Suzanne lo había abandonado pidiéndole dinero. Su relación sentimental con Dominique se desbarataba. Era un baile cuyos complicados pasos Leonard conocía bien: la intimidad y la distancia, las separaciones y las reconciliaciones se sucedían sin cesar y cuando la música se detenía, ¡adiós!”. (Pág. 471)


- “Como solía decir mi anciano maestro: ‘Podemos visitar el paraíso, pero no podemos vivir en él porque en el paraíso no hay ni restaurantes ni lavabos’. Hay momentos, como digo en esta canción (Boogie Street) en que you Kiss my lips, and then it’s done, I’m back on Boogie Street; en medio de un abrazo con la persona a la que amas te fundes en el beso, te disuelves en la intimidad, es como si tomaras un trago de agua fría cuando tienes sed; sin ese refresco probablemente morirías de aburrimiento, pero no puedes vivir allí. De inmediato te vez sumergido de nuevo en el atasco del tráfico”. (Pág. 558)

La palabra teleférica

¿Gringos o extraterrestres?

Una triste y siniestra crónica de la actualidad con el estilo y humor inconfundibles del escritor paceño.



Juan Pablo Piñeiro

Cuando desapareció el avión malayo a principios de este año surgieron muchas hipótesis que intentaron encontrar una explicación al desafortunado siniestro. Mi madre afirmaba que había leído ciertas informaciones que daban cuenta de que existía una alta probabilidad de que los extraterrestres fueron los responsables de dicha desaparición. Yo, casi automáticamente, le respondí que más parecía obra de los gringos. Los gringos me dan menos miedo que los extraterrestres, me dijo.
La respuesta me dejó totalmente confundido. Al principio pensé que se trataba de una opinión estrictamente personal, pero después, preguntando por ahí, me di cuenta de que mucha gente pensaba como mi madre. ¿Pero por qué? le pregunté un poco angustiado. Es que no se sabe cómo son, y por lo mismo no sabemos lo que nos pueden hacer, me respondió categóricamente. Me quedé pensando.
Pienso que este dilema hay que tomarlo con pinzas y debemos meditar con calma todo lo que implica. En primer lugar cuando digo gringos, no me refiero ni a los ciudadanos de Estados Unidos ni a los turistas que andan con sus chuspas andinas por la ciudad. Cuando digo gringos me refiero a los seres siniestros  de alma cochambrosa que manejan los hilos del mundo, refugiados en el anonimato que les confieren las multinacionales. Nadie sabe quiénes son, y por lo tanto, no sabemos cómo son.
Está claro que su desmedido poder está amparado por los mercados de armas, de medicinas, de drogas, de energía y de alimentos. Mercados cuyo monopolio es ostentado por ellos mismos. No importa quién ocupe la silla presidencial del monstruo del norte, porque siempre actuará de la misma manera, defendiendo intereses bajo la bandera de la ideología.
Si algún día, por alguna retorcida necesidad, eligen a Mickey Mouse como presidente, el ratón estaría igual de dibujado que el actual mandatario o que todos los anteriores. Aquí lo que importa es la plata y nada da más plata que el narcotráfico, la guerra y el terrorismo.
Por otro lado cuando digo extraterrestres me refiero a todos los seres que no viven en el planeta Tierra, sin discriminar la galaxia o el planeta de donde provienen. Revisando la historia de la humanidad, en general no existen quejas muy importantes sobre el comportamiento de nuestros compañeros de universo. Muchas culturas narran agradables encuentros y diversos intercambios de información a lo largo de los años.
El siglo XX fue quizás el siglo en el que más extraterrestres fueron denunciados por malos tratos, sobre todo en las llamadas abducciones. Se imprimió con fuerza, a lo largo y ancho del mundo, la idea de que los seres de otros planetas nos visitaban en platillos voladores y hacían gala de un cerebro voluminoso. Comenzó a cundir el temor de que muchos ciudadanos en especial norteamericanos eran secuestrados para ser sometidos a intervenciones quirúrgicas con fines experimentales. Una vez abducidos los ciudadanos eran devueltos a su vida cotidiana, advirtiendo a los demás sobre este peligro.
Si comparamos el proceder de los extraterrestres con el de los gringos, a primera vista resalta el hecho de que los extraterrestres cuando secuestran ilegalmente a algún ciudadano, después lo devuelven sano y salvo. Cuando los gringos secuestran a alguien, no vuelve, y si vuelve no está sano ni salvo. Por otro lado, es sospechoso que después de siglos de buena convivencia con los seres de otros mundos, casualmente se hayan empezado a tener denuncias sobre su proceder en la misma época en que los gringos habían tomado las riendas del mundo. Quién sabe si los platillos voladores en verdad están fabricados en algún lugar de Nebraska y piloteados por algún agente de la CIA maquillado y disfrazado. Yo creo que nadie se sorprendería.
En pocas palabras, creo que existen muchos argumentos para demostrar que más miedo dan los gringos que los extraterrestres. Quizás el principal es que con nuestros compañeros de universo seguramente sabríamos de entrada a qué atenernos en caso de que nos visiten inamistosamente, en cambio con los gringos no sabemos a qué atenernos y podemos esperar cualquier cosa.
Si un día vienen las naves espaciales a invadir nuestra atmósfera, al mero estilo de Hollywood, por lo menos conoceremos de entrada sus intenciones. Seguramente pelearemos, pero sabremos contra quien. En cambio con los gringos no sabemos nada. Simplemente sospechamos que  son especialistas en formar grupos armados alrededor del mundo, que son sus agentes los que radicalizan la ideología, y finalmente que su ejército es el que invade las tierras que albergan a los terroristas. Un negocio redondo. Para ellos la muerte de miles de ciudadanos en las torres gemelas es un costo asumible a comparación de los billones de dólares que ganaron gracias a ese “acto terrorista”.
Los gringos dan miedo porque controlan y manejan la información, y son capaces de todo. Como un cruel ejemplo, casualmente mientras escribo esto, estoy viendo a Carlos Sánchez Berzaín en CNN. Ha sido presentado como un analista político y especialmente como un exiliado político, para comentar la dictadura en la que está sumido supuestamente nuestro país. El presentador parece haber olvidado la sangre que tiene este cochambroso señor entre las manos.
A mí en Sorata, me contaron de primera mano cómo el exministro empuño una ametralladora y disparó contra el pueblo desarmado desde un helicóptero en septiembre de 2003. Pero allá, los gringos lo consideran un perseguido político. No me sorprende. Por eso les tengo miedo. Porque todavía no alcanza mi imaginación para calibrar el alcance que tienen los planes secretos de los gringos en caso de que se desate una catástrofe en el mundo.
Naturalmente que si les falta agua, por ejemplo, vendrán a matarnos sin pretextos para llevarse el agua. A ellos no les importa nada. Por eso no me sorprende que los extraterrestres no aparezcan en grande todavía. Deben estar temblando de terror en algún confín del universo. Yo los entiendo.


Parhelio

Ignacio Prudencio Bustillo, según E.M.


De la biblioteca en llamas de Gabriel René Moreno, la calidad de la poesía boliviana, el arte de visitar y revisitar archivos, y la fallida historia crítica de nuestra literatura.



Rodolfo Ortiz 

Amunátegui era chileno. También era lector de versos y dicen que experto en trazar siluetas de los poetas y escritores que ocupaban “las primeras líneas” en las letras americanas. Un día pidió a Gabriel René Moreno datos bolivianos para alimentar su coligado de literatos. Luego de revisar aquel material comunicó a Moreno que lamentablemente no encontró ningún poeta digno de figurar en sus Estudios Biográficos, aunque le sorprendió la vida agitada y novelesca que llevaban. Publicó sólo a Néstor Galindo, pero la gaveta de Moreno -en Valparaíso po’- no paraba de recibir cartas, copias de composiciones en prosa y en verso, así como extensas autobiografías también en prosa y en verso. Con semejante papelería en la gaveta, Moreno se propuso continuar estas publicaciones escribiendo algunos ensayos sobre literatura boliviana…, pero el 28 de diciembre de 1881 su biblioteca ardía en llamas, pereciendo de esta manera los famosos manuscritos, pero salvándose aquellos pocos que figuran en sus Estudios de Literatura Boliviana y algunos otros que quedaron carcomidos por el fuego.
Ignacio Prudencio Bustillo fue a parar años después al Archivo Nacional de Sucre, allí donde se encontraba la Alejandría de Moreno. Prudencio Bustillo amaba la literatura boliviana de antaño y en sus ensayos sobre este su afán, aunque pocos, seguimos encontrando lecciones memorables. En una de sus páginas nos cuenta que en los pocos ejemplares que quedaron de la biblioteca de Moreno “puede notarse las huellas del fuego, haciendo indispensable que el lector supla con la imaginación o la lógica de la frase, las palabras perdidas”. Prudencio Bustillo sugiere que bastaría escribir “el recuerdo de algunas bellezas que he podido sorprender” para llegar con las palabras quemadas a la puerta de tu casa. Queda claro que el incendio de la biblioteca de Moreno hace de pasamanos hacia un fenómeno relacional que emerge de las ruinas; una lucidez para inventar emparentada a una lucidez para recordar. “…de lo inesperado”, dice una hilacha y nada más, en una de las estrofas de Safo.
Así según E.M., y prosigue:
Entonces sucede que al interior de esa deriva de papeles del año de la cachaña se hallan obras que mutatis mutandis pueden afinarse como se afina un Sirinu. Tal el caso de Prudencio Bustillo, joven y minucioso escritor que murió a los 33 años, justo cuando su obra ensayística y de crítica literaria iba dejando los primeros fragmentos de un proyecto que urdía una historia crítica de la literatura en Bolivia. “Él era llamado a escribir lo que hasta ahora no se ha podido hacer…”, decía Medinaceli en los años cuarenta. Pues cierto, la muerte anticipada de Prudencio Bustillo dejó trunco el deseo de “hacer lo que hasta ahora no se ha podido hacer”, vale decir, de promover un trabajo en retardo por los orígenes bibliográficos que René Moreno acumuló por puro fanatismo; una suerte de catalejos y espejuelos de papel que día a día poetas y versistas le hacían llegar hasta Valparaíso (po’). Prudencio Bustillo se alimentó directamente de esta papelería, que era lo que quedó luego del incendio de la biblioteca de Moreno (según dicen que he dicho), pero bebió extractando lo esencial, el rescoldo preciso de cada una de sus páginas, para así proyectar una imagen incompleta, subrayemos, y siempre. Finalmente, lo que quedó de este interruptus fueron un conjunto de estudios críticos reunidos póstumamente por Carlos Medinaceli en el libro Páginas dispersas, publicado por la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca en 1946. Estos estudios se recogen de revistas como Claridad, Páginas libres, Adelante, y algunas otras que Medinaceli deshiló. Resulta que Ignacio Prudencio Bustillo es un escritor insoslayable que nos impone la cucharita del pudín.
En vida dejó libros, es verdad, dejó La misión Bustillo: más antecedentes de la Guerra del Pacífico (1919), Ensayo de una filosofía jurídica (1923), La vida y la obra de Aniceto Arce (1928), todos ellos que aparentan la salvaguarda de milagros intelectuales, pero que más bien se constituyen en libaciones felices sobre un caudal de temas urgentes y no por eso menos importantes, que de pronto se emparentan o se utilizan como aderezos secretos para su obra en miras: la literatura boliviana. Pero para qué tanto afán, uno se pregunta, si el propio Prudencio Bustillo era la sombra encarnada de su visión crepuscular. Pues mi hilacha, aquella que llevo atada al zapato, es aquella que un día le dijo a su amigo Costa du Rels: “A los enfermos ya no nos queda sino el tiempo de soñar nuestras obras: es el modo que tiene el alma de escribirlas”.
Así ha dicho que dice que dijo, y le dije: al cabo, si nos jactamos de tener buena poesía en Bolivia, valga el caso, será porque el público no la lee, y por lo tanto, no la influye.


ALTIplaneando

Del artista, el mercado y otras yerbas


Una lúcida reflexión sobre la ausencia de industrias culturales e, incluso, de una cultura de consumo de arte en nuestro país.



Edwin Guzmán Ortiz

La distancia entre la creación auténtica y la producción con fines de mercado es por demás evidente, lastimosamente las sugestiones melifluas del marketing han escondido a la mirada pública esta diferencia esencial, sobre todo en el caso que ahora nos atañe: la cultura.
¿Cómo diferenciar el valor de una obra de arte cuya gravitación creativa se impone  frente al valor de obras simplemente regidas por una lógica utilitarista? El dilema se inicia con el creador, el artista que de pronto se percata que su búsqueda más sincera no coincide con la venta de su obra,  y que fatalmente su capacidad creativa se ve compelida al domesticamiento de producir maquinalmente en serie, cediendo a la subyugación del mercado.
Bajo esta misma lógica y a nivel del sistema, Walter Benjamin había hecho una prognosis en el universo de la cultura de masas respecto a la reproducción industrial de las obras de arte y su validez social, señalando que ese propósito además de multiplicarlas con fines de comercialización y beneficio capitalista provocaba uno de los efectos más virulentos a su naturaleza al despojarles de su aura, de esa condición que las hacía particulares, es decir de su singularidad en el tiempo y el espacio.   
Normalmente el mercado opera por dos vías para servirse de la creatividad. Por una parte, produce innovaciones, promociona productos estéticos elaborados bajo patrones de consumo dirigido, y los valida gracias al poder de la publicidad, diseminándolos en el circuito de la cultura de masas.
De ahí el consumo voraz de productos prefabricados cuyo signo es la repetición bajo la máscara de la distinción y la diferencia. Mas, cuando el rigor se impone desentrañarlos, el resultado suele ser su condición deleznable y su vacuidad, en suma una suerte de fast food cultural.
El otro caso es la apropiación de las obras de arte y su manejo interesado de los beneficios que proporcionan éstas. Se trata del marketing cultural que captura talentos, se apropia de lo más comercial de su discurso y lo inserta en circuitos de mercado donde el beneficio no es precisamente para el creador. Hendrix terminó ahogándose en su vómito después de extenuantes presentaciones cuyo rédito fue aprovechado por caballeros de corbata y maletín.
En todo caso, sin dejar de reconocer experiencias excepcionales, es difícil la coexistencia de la búsqueda de libertad del arte con los intereses del mercado cuya lógica es el rédito y la acumulación frente a cualquier otro valor.
No obstante la cultura es un complejo atiborrado de ramificaciones y anexiones diversas. Existen artistas que mantienen una actitud lúcida frente a su trabajo, poseen plena conciencia del significado de su obra y es más, tienen la claridad necesaria acerca del valor de su obra en cuanto capital simbólico, patrimonio estético y vector de transformación social.
Como lógica consecuencia su arte refleja la cultura, los valores, las contradicciones y los dilemas de su entorno. Su palabra, su música o su pintura dicen de cuerpo entero a la sociedad liberándola de aquel bobo barniz de la elusión, la distorsión y la condescendencia. Junto al ejercicio laborioso por renovar su lenguaje e incidir en las formas con el mayor rigor -condición primaria para que una obra sea reconocida como arte- buscan decir su pequeña gran verdad y su tiempo con mirada renovada, es más: con ese coraje indispensable que les permite mantener su independencia crítica y -¡cuándo no!- introducir las perturbaciones en el sistema de valores que sirve de fundamento a las formas de la dominación e injusticia.   
Por supuesto que no se pretende el reposicionamiento romántico del artista-rebelde, menos justificar al artista comprometido paridor de panfletos por encargo, mucho menos aun la del artista torremarfilesco cuyo ego borbotante inunda los salones del establishment; fórmulas  agotadas y agostadas creo para dar cuenta del rol del creador en este tiempo. Se trata de que el artista tenga su lugar y su voz en medio de las otras voces y que su mirada y sensibilidad coadyuven a enriquecer y transformar cualitativamente la sociedad.
El ojo crítico, la piel solidaria, el empecinamiento con las propias verdades que engendra el oficio, la insumisión, la reinvención obsesiva, la pasión lúcida, la vocación de escucharse y escuchar, la incursión por la otredad y las otredades de la otredad acaso sean vías que, por supuesto, merecen ser implosionadas o reconfiguradas si es que la vaina deriva en servilismo o algoritmo. 
Mas, junto a las apetencias del mercado, hoy hiperbolizado por la globalización y modelizado por la parafernalia digital, también se suma la miopía y modorra de cierta institucionalidad conservadora y carente de visiones de cambio. La educación de las artes y la formación de la sensibilidad social -en el marco de políticas democráticas de cultura- para enfrentarlas son tareas urgentes, esa carencia en parte explica el patrón dominante de la industria cultural de masas. Ergo, asignatura pendiente: el cambio cultural integral en el proceso de cambio.
Tampoco cabe soslayar en el cotidiano esa mentalidad harto generalizada de que un artista es simplemente un bohemio, un bufón, incapaz de asumir responsabilidades y que su oficio al lado de un doctor o un ingeniero lleva el signo de la infravaloración y la prescindencia.
“Charanguero nomás es”, “poetita había sido” musita el lego cuando no entiende el continente y el contenido de esa condición. Cuántos profesionales liberales pudieran acercarse al numen del poeta Franz Tamayo o del pintor Arturo Borda.
Es más,  cuánto ejemplar de la entusiasta comparsa política pudiera detentar una pisca del talento del maestro Alfredo Domínguez, de Luzmila Carpio o de Jesús Urzagasti, artistas devenidos del pueblo para el pueblo, y para ese vasto universo ancho y ajeno que nos rodea.
No se trata de renegar de la política cuando ésta rompe lanzas por mejorar la vida de la tribu y de avanzar en la búsqueda de la anhelada equidad, sí, cuando a toda costa busca reflejarse en el espejo del poder perdiendo de vista a sus semejantes y haciendo añicos principios elementales que hacen a la dignidad colectiva.

Todavía se halla ausente un debate abierto sobre el lugar del artista en la sociedad boliviana, reconociendo además que poco se ha hecho por valorar su enorme aporte al desarrollo y al fortalecimiento de las identidades que ostenta el país. Un debate en el que su participación sea real, y no sólo de aquellos que pugnan por hablar en su nombre.