jueves, 25 de septiembre de 2014

Ensayo

Territorios

Texto preparado por el autor a propósito de Arí, la fiesta de las letras, un encuentro que reúne por estos días en Sucre a parte de los mejores escritores literatos del país.


Rodrigo Urquiola Flores

De las tantas maneras de entender la palabra cultura siempre me ha atraído más ese concepto que se refiere al pensamiento individual -¿y qué es el individuo si no parte de un todo?- del ser humano; al pensamiento, si bien no como un ente generalizador y totalizante, por lo menos como una esfera que se habita, es decir, el pensamiento como una luz en medio de la oscuridad, el pensamiento como una manera de encarar esta existencia humana que nos ha tocado, quizás azarosamente, personificar.
La cultura, pienso, es como el pensamiento, un territorio hecho, a estas alturas de nuestra historia, de muchos otros territorios que, de seguro, ni siquiera somos capaces de imaginar.
Asimismo, entiendo que la literatura es un territorio donde sucede el pensamiento desde varias perspectivas. El escritor no es otra cosa que un lector de lo que le rodea y la escritura es el resultado de esa lectura, de esas imágenes y voces y vivencias y testimonios que han pasado el filtro del ojo. Entonces, el lector de un texto escrito es también un escritor, uno que escribe -o que reescribe, al final es casi lo mismo- en su mente, en el pensamiento, lo que ha leído el pensamiento de otro.
Ahora hablamos de interculturalidad -¿cómo no hacerlo?, es inevitable- y pienso en territorios hechos de otros territorios, territorios superpuestos, atravesados entre sí, tierra donde crece la semilla de diversas plantas, lecturas que se hacen a partir de otras lecturas, escrituras que nacen a partir de otras escrituras, mundos que nacen en algún lugar que quizás nunca sabremos dónde es.
En mi caso, como escritor, me he enfrentado a esta cuestión prácticamente desde que empecé a escribir. Y uno está escribiendo desde que aprende a leer, sea uno, después en el tiempo, lo que normalmente se llama lector o escritor.
Durante mi adolescencia leí libros bolivianos de manera casi frenética, cualquier novela o libro de cuentos escrito por un compatriota que cayera en mis manos, necesitaba conocer este territorio material en el que me había tocado nacer, Bolivia, desde lo más íntimo.
Luego, me alejé de ello. Con el mismo frenesí –un frenesí que todavía ahora no se va, a decir verdad– he estado leyendo libros de autores de diversas regiones del mundo; ya no en afán de alejarme para ver mejor, si no llegando a comprender que cualquier territorio bien puede ser nuestro territorio. Y, por supuesto, no he dejado de leer literatura boliviana, siempre es bueno echar un vistazo hacia adentro, hacia la tierra, hacia las entrañas.
Siento que estos dos períodos de lecturas se manifiestan en mis dos primeros libros. Eva y los espejos, un libro de cuentos que salió publicado en 2008 en la editorial Gente Común y cuya primera edición está agotada, es un testimonio de mis exploraciones extranjeras, cuando quería alejarme un tanto de Bolivia para poder ver mejor el mundo, para poder conocer con la escritura lo que se desconoce con la vista.
En cambio, Lluvia de piedra, una novela que salió publicada en 2011 en la editorial Alfaguara y que, desde que Random House compró esa editorial no he vuelto a ver en ninguna librería, es un acercamiento, a partir desde ese mismo alejamiento, a Bolivia.
Incluso, ahora que lo pienso bien, esto se manifiesta desde el primer momento del libro, cuando Esteban, el protagonista, vuelve a Bolivia luego de un exilio voluntario de varias décadas.
Al final de cuentas, pienso que la interculturalidad no es más que un viaje -sé que todo el tiempo estamos viajando, desde el nacimiento a la muerte, por ejemplo-, un viaje de un territorio a otro, un retorno continuo y un exilio eterno, desde la raíz hasta la nada, un viaje rumbo al todo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario