miércoles, 16 de agosto de 2017

Obra poética de Ávila Echazú

Prólogo y apuntes de edición


Este es es el texto introductorio al libro Poesía (3600), que reúne la obra poética completa de Edgar Ávila Echazú. Una versión más corta aparece en nuestra edición impresa de 88 grados.


Marco Montellano

A lo largo de 50 años, Edgar Ávila Echazú (Tarija, 1930), publicó 12 libros de poesía en tres etapas, susceptibles de dividirse tanto por la periodicidad de su publicación cuanto por la cercanía formal que en cada una de ellas experimenta y ensaya la voz poética de este prolífico autor, que ejercitó también la narrativa, el ensayo literario y publicó una magna obra sobre la historia de Tarija. El libro que tiene en sus manos reúne la poesía completa de Ávila más unos pocos poemas inéditos que completan su último volumen publicado, además –en anexo– de una cronología bio bibliográfica sobre el autor. Nos complace y honra ser parte de la celebración de las bodas de oro de una obra poética vasta, sólida y bruñida, dispuesta a completarse en las manos de los lectores de nuestro tiempo y –como suele suceder con la literatura de sofisticada urdimbre–, de los tiempos venideros. El listado bibliográfico de la obra poética de Ávila es el que sigue:

             1.      Habitante fugitivo (1965), Editorial Universitaria, Tarija.
             2.      Memoria de la tierra (1967), Editorial Burillo, La Paz.
             3.      En cautivos sueños encarcelada (1968), Editorial Universitaria, Tarija.
             4.      Elegía (1979), Editorial Universitaria, Tarija.
             5.      Elegía para Jaime Saenz (1990), Editorial El Horcón, Santa Cruz.
             6.  y 7.- en el mismo volumen: Prohibido barrer los parques en otoño y La Nao (1998), Talleres                Gráficos M.C., Cochabamba.
       8. y 9.- en el mismo volumen: Canciones para Maritza y La Noche (2015), Impresora Polygraf,                 Cochabamba.
      10, 11 y 12.- en el mismo volumen: Canciones de Don Quijote a Dulcinea; Poemas nocturnos y Poemas para mis bisnietos (2016), Impresora Polygraf, Cochabamba.

Además, en el año 1991 la imprenta de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho publicó una Antología poética, con los cuatro primeros títulos del autor. Pese a su más bien precaria edición, el libro interesa por un valioso añadido: firma el prólogo un célebre y cercano amigo del autor, a quien Ávila dedica su quinto libro: Jaime Saenz. El texto, que además de comentar la obra de Ávila evoca las décadas de su intensa amistad, está firmado en La Paz en enero de 1979.
Es oportuno añadir que la Antología poética nos sirvió como fuente de transcripción del primer y tercer libros de Ávila, de los que no pudimos conseguir ejemplares originales. En el proceso tuvimos la suerte de reunirnos en reiteradas ocasiones con el autor, quien dio su visto bueno final al libro que de esta manera presentamos.

***

                        Para honrar las imágenes las desnudo
                        y trato de rasgar sus envolturas y retorno
                        entonces a mis primigenias riberas
                        y en la larga jornada los caminos se aclaran;
                        y he aquí que reconozco los reflujos obsesivos
                        resonando en los linderos de las tardes
                        ensombrecidas por las urgencias despiadadas
                        que el hecho de ser hombre
                        engendró en el turbio lujo de las horas suspendidas.
                                              
                                                               (II, en Memoria de la tierra, 1967)

El poema es lenguaje erguido, dice Octavio Paz en su famoso ensayo El arco y la lira. Inasible y contradictoria por naturaleza, hay un gesto, una facultad esencial que soporta a la poesía: el trascender. Esta idea, repetida por el nobel mexicano, está presente en las reflexiones de autores tan distantes entre sí como Poe, Bachelard o Eagleton. La poesía trasciende moviéndose hacia la originalidad de la palabra, buceando en la ambigüedad primigenia que enflaquecen prosa y habla cotidiana. El trascender de la poesía como una afectación que altera, subvierte, conmociona, descompone y plantea novedosas maneras de organizar el sistema común y acordado del lenguaje. La poesía también como sublimación: estadio superior de la unidad esencial de las artes.
Lo primero a destacar en la poesía de Ávila es la atmósfera inconfundible en la que se inscribe su  obra. Esta unidad es a la vez determinante y distintiva en ella. “El aura en los poemas de Ávila Echazú es uno sólo; siempre el mismo”, comienza Saenz en el prólogo que le dedica a la obra antológica parcial del autor. La voz poética ondula en un tránsito entre búsqueda y descubrimiento. La mayoría de los hallazgos se obtienen del mismo baúl de las pistas: la memoria. “Ávila Echazú, a lo largo de los caminos recorridos, descubre a nuestros ojos aquellos hitos por los cuales se define el auténtico poeta alumbrando su búsqueda con un destello vital y dejando a su paso una huella en que se cifran los hallazgos, a lo largo de los años, a lo largo de la vida que se consume, haciendo resplandecer en la altura el mensaje trascendental”, continúa Saenz.

                        Cercado por la melancolía excitante
                        del joven otoño cazando pájaros en trance,
                        con la voz adquirida en los juegos míticos
                        perdidos ya,
                        así recuerdo al amor
                        cuando descubrí que en el hombre se dan
                        los adioses y los reconocimientos;
                        y, asimismo, que puede escuchar los sonidos
                        del diario conversar con la piel
                        y también las consecuencias de la traición
                        y la ansiedad y la medida de los días

                                               (Agoniza la tarde, en Habitante fugitivo, 1965)

Sus imágenes materializan en momentos plásticos. La mirada contemplativa y cuestionadora de la soledad conoce la lucidez como signo de nuevas e inacabables lecturas de los recuerdos y sus significaciones. La voz poética de Ávila indaga en el interior y es dueña de una destreza: asir los momentos trascendentales del tiempo. Capturar del instante exacto del cambio es un logro original y personalísimo del autor, casi un sello. En sus cimas, la poesía de Ávila acciona el mecanismo de la contemplación movilizadora: pinta un escenario, su pluma funciona como un retroproyector que nos muestra la fotografía mental que el ritmo propio de su palabra anima en cortos y sutiles cameos, movimientos calculados: fotos que se convierten en GIF.
En el extremo opuesto de la musicalidad cantarina y localista de los poetas tarijeños anteriores, cuyo máximo exponente es Octavio Campero, en los versos de Ávila no sucede la rima. No está en primer plano la musicalidad sino el ritmo en el que se demoran o precipitan los versos. En el largo camino de sus 12 libros utiliza, no siempre con idéntica precisión, varios modelos de escritura métrica. Logra en todos ellos, no obstante, el cometido fundamental de la versificación: alterar el continuum de la sintaxis ordinaria mediante la disposición codificada de unidades sonoras: Allí está otra vez el signo de su poética: la atmósfera sacralizada, el paso trascendental del tiempo.
Las palabras llegan con menos profusión en los poemas de su vejez: concisas, certeras, afinadas. El recuerdo sigue siendo el mecanismo poético mediante el cual Ávila no narra sino escenifica ambientes, sensaciones, reflexiones en torno a los demás… todo bajo el personalísimo encuadre de su voz poética que escoge, precisas y taciturnas, a las palabras que nominan y describen al tiempo en el cual se inscriben en búsqueda de una intensa emoción, vigorosa en la distancia:

                      Vuelvo hacia las aguas taciturnas,
                      a las indefinidas orillas donde la cúpula
                      de un gran árbol esconde el color de los días
                      y el clamor de los insectos del verano:
                      ¿quién podría desoír sus llamados?
                                             
                                                 (II, en Memoria de la tierra, 1967)

En los poemas que impelidos de afición organizativa llamaremos la segunda etapa de la obra poética de Ávila (libros publicados entre los 70 y 90), irrumpe mientras se oculta, circunda las imágenes, un enigma cuya inteligibilidad reposa en los guiños y pistas que se descascaran de la pared verbal que las soporta cual la paja de un muro reventado desde sus adobes. Se cifra aún más en su aparente simpleza, condensa la poética de Ávila con el paso de los años.
La atmósfera persiste, hay en el poeta un empeño: Observar fotos, darles play a través de las palabras que resignifican, convierten en obra a los recuerdos. El encuadre de su mirada se mueve ahora, cámara en mano, hacia los detalles. El énfasis de las impresiones primeras plasma en una acuarela. El pintor y el poeta se encuentran en el verso.
El ejercicio de la memoria como afirmación de la victoria de amar la vida, como abrigo y posición ante el presente del nombrar. En este cometido, la infancia en Ávila es fuente inagotable de materia poética, al igual que la ausencia, otro de sus leitmotiv. La palabra tejida como una telaraña dispuesta ante la ausencia.
En los poemarios de su tercera etapa, publicados todos luego de que el autor superó los 80 años, aparecen nuevos signos del quehacer poético. La escritura se ha concentrado más sobre sí misma, la voz poética se refugia en la familia y en la literatura. Donde antes estaban los padres y los hijos están hoy los bisnietos y la esposa “como se oye el nombre / de la vida / en el agua”. Donde antes estuvieron la patria y la tierra están ahora Cervantes y Góngora.
Vuelven completos los signos de puntuación, que en la segunda etapa habían desaparecido, y cambia la forma: los versos se inscriben en el centro de la hoja. Es como si los briosos versos que movían las fotos hubieran otoñado benéficamente convertidos en el sepia bruñido de la imaginería del poeta.

No seas Memoria
mi torre de Babel
con sus imposibles lenguas
que no comprendo
aunque recupere sus imágenes.

Vuelve a ser Memoria
el canto de una acequia.
                       
                                                                       (8, en La noche, 2015)


“Para algunos el poema es la experiencia del abandono; para otros, del rigor”, reflexiona Octavio Paz en el ensayo que nombrábamos al principio. Es evidente que, en la tradición poética del país, Edgar Ávila se inscribe, y en primera fila, entre los que pertenecen al segundo grupo.
Edgar Ávila Echazú y Marco Montellano (La Paz, 2016)

viernes, 11 de agosto de 2017

Nuevo libro de Paz Soldán

Los futuros de Edmundo Paz Soldán



“Una oportunidad de adentrarse en toda la complejidad de la violencia y la miseria”… así entiende la escritora y académica chilena María José Navia a la nueva novela del cochabambino que acaba de salir con Nuevo Milenio en coedición con la española Malpaso. Así la recomienda.


María José Navia

Una cárcel y, en ella, una infección. Una mezcla, sin dudas, poderosa. Una historia para sacarle chispas al talento de Edmundo Paz Soldán, a su capacidad de descripción, de meterse en la cabeza de los personajes y en sus formas de habitar la vida y el lenguaje. Una oportunidad de adentrarse en toda la complejidad de la violencia y la miseria, tal como lo hiciera, magistralmente, en una de sus anteriores novelas: Norte.
Y, sin embargo, es tanto más que eso.
Leer Los días de la peste es una experiencia extraña. Incómoda. Se trata de una historia ambiciosa, de numerosos personajes, un coro inmenso y furioso de voces tratando de entender la vida. Más que el espacio de la cárcel, atestado y complejo, llamado La Casona, por todos, lo que más impacta en esta historia es la verdadera galaxia de afectos que construye. La forma de retratar la desesperación y la belleza.

Porque a una mujer se le muere su hija y el dolor es un aullido.
Porque los presos hacen apuestas para pasar el tiempo y sus apuestas son sobre el futuro. Los cambios por venir, los próximos en morir.
Porque hay una celda en la que estuvo atrapado un líder indígena y ya las manchas de sangre no salen más. Y, al dormir en ella, solo se escuchan susurros. Silbidos.
Porque una adolescente vive en la cárcel por opción, porque el mundo allá afuera puede ser aún peor, y filma los rincones mientras tararea una canción. O una doctora decide dormir en su oficina, mientras se acumulan los enfermos por culpa de una plaga misteriosa, porque en su casa no hay personas, ni animales ni plantas que la esperen.

Hay una soledad profunda que no se va. Y cultos religiosos que intentan darle un sentido a todo lo que pasa. Los ritos que rodean a la Innombrable, o Ma Estrella, a quien deben rendírsele sacrificios con calaveras humanas (lo que inicia un tráfico de cabezas cortadas de la prisión), o los principios que rigen a quienes siguen la Exégesis e intentan entender el mundo en una comunión con los animales, así como bacterias y virus.  Dicen ellos: “Las manos, la piel, la voz, eran parte del grupo, al igual que los bichos invisibles que anidaban en el cuerpo. Todos criaturas dentro de la criatura, un mundo de otro mundo dentro de otro mundo, así hasta el infinito. Bacterias no menos que supernovas. El desafío era la armonía, el equilibrio. Eso decía la exégesis y en eso estábamos”.
Y también: “vivir es desequilibrar el mundo”. Y de este mundo desequilibrado y desbordado se hace cargo esta novela. Saltamos de personaje en personaje, de mundo en mundo, entendiendo más o menos, y viendo ese virus que se esparce, inmisericorde. Leemos cada pequeño capítulo, al principio tranquilos y luego ya no tanto. Porque a ese personaje del que nos encariñamos de pronto le empiezan las náuseas y luego ya todo es convulsión y sangre. Porque, a medida que va avanzando la novela (y, con ella, la plaga) dan ganas de ir a buscar un termómetro para asegurarse de que todo sigue en orden, de que no nos haya llegado de golpe la fiebre.
Los días de la peste recuerda la novela de Albert Camus pero en un estado más desaforado. Si en Camus el doctor era la voz que le daba sentido (o, al menos, un orden) a ese desequilibrio de la vida, en Paz Soldán tenemos todos los ángulos de un horror sucio. Y, entre ellos, claro, la voz de la doctora es importante. Un narrador en tercera persona la sigue de cerca, la observa. Leemos: “La doctora no veía a Rigo por ninguna parte. Y comprendía que la necedad del virus no era nada ante el barullo desorbitado de los humanos. El virus era lo que era, no tenía opciones. Los humanos, en cambio, se esmeraban en el desmadre cuando asomaba el peligro, en la búsqueda de salidas que no tuvieran en cuenta a todos, en la piedad hueca, tanta religión no servía de mucho”. O, en otro momento: “Como dijo una vez su profesor en la universidad, y lo había memorizado, ¿qué son los virus sino seres fantasmales, fantasmas puros que flotan en el mundo esperando poseer una célula humana para corporizarse y hacerse vida? Ahí los ve y no los ve. Todos los días. Monstruos perfectos”.
Pero también están las voces de los condenados. Del Flaco, que pierde a su familia y trata de pensar en el dolor como una objeto: “A veces creía que el dolor era un objeto pesado en algún lugar del cuerpo, un cofre que podía dejarse en algún lugar, por ejemplo cerca de los palos borrachos en el primer patio o de los chicles en los pasillos entre el segundo y el tercer patio, y se dirigía rumbo a los palos borrachos y se sentaba junto a la fuente, esperando que esa piel anestesiada reaccionara, golpeando la fuente con el estetoscopio como si con ello pudiera obrar el milagro de trasladar de ese modo el cofre en que aguardaba su dolor a otro espacio que no era él”. O de otro, solo nombrado con un número, que también se afirma de las cosas materiales para contener la angustia de estar en una celda de aislamiento: “No quiere pensar en lo que podría ocurrirle. Debe concentrarse en el botón, como le enseñó ese maestro en las minas. Su vida es eso, enfocar todas las energías en una causa pequeña hasta lograr que esa causa estalle. No quiere que el botón estalle. Solo quiere que lo acompañe para vencer los próximos minutos”.
En el epígrafe de Los días de la peste se lee lo siguiente: “Todo, hasta lo más pequeño, muestra un orden, un sentido y un significado, todo en el mundo biológico es armonía, todo melodía”. Se trata de una frase de Jacob Von Uexküll quien, en uno de sus experimentos más famosos, descubrió que las garrapatas no beben la sangre de sus víctimas por tratarse de sangre, sino que por la temperatura a la que este líquido se encuentra.
Es difícil leer la armonía del mundo biológico, adivinar notas y acordes detrás del desequilibrio y la muerte; es difícil entender la realidad de la violencia, el sistema carcelario, la brutalidad del abuso y el aparente consuelo de la idolatría, pero, mientras hacemos el esfuerzo de sintonizar mejor la antena para distinguir esa canción, la ficción sigue avanzando como un virus capaz de hacer de la vida su huésped. O, como diría uno de los personajes de esta novela: “La vida: agarrarse de la cola de un cometa”.