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domingo, 26 de marzo de 2017

Informe

Jorge Suárez, el esteta.
Noticia, reflexión y memoria


La conmemoración del día de su nacimiento nos sirve de pretexto para recordar al poeta, narrador, periodista y maestro. La próxima aparición de sus Obras completas, además de un par de libros inéditos, de los que su hija comparte detalles, sirven de contexto para una reflexión sobre sus aportes, aún no del todo dimensionados, a la literatura boliviana.




Martín Zelaya Sánchez

Algunos lo recuerdan por su trayectoria periodística: después de décadas de escribir en diarios de Bolivia y otros países, fue director de Correo del Sur de Sucre en sus últimos años, y en los 80, pionero de un formato entonces incipiente en la televisión nacional, el periodismo de investigación con el programa “Más allá de los hechos”. Otros, quizás los menos -los que disfrutan consecuentemente de la literatura, los que están pendientes de autores y libros en Bolivia y en casi todo el mundo son los menos- lo conocen como un virtuoso narrador y poeta (pocos sonetistas a su altura), y aunque quizás no menos conocida, sí menos asumida y aprovechada es su faceta de lúcido lector, crítico y erudito en la literatura nacional.
Hay que decirlo, entonces, de entrada: Jorge Suárez es para las letras bolivianas una figura más importante de lo que aún se sospecha y reconoce, muy a pesar de la creciente curiosidad y recurrencia a su narrativa. Sus dos cimas, y por ende sus logros más difundidos, la nouvelle El otro gallo, parte de las 15 novelas fundamentales de Bolivia, y su diseño y coordinación del Taller del Cuento Nuevo[1], deben ser solo la puerta de entrada a un escritor, maestro y pensador fundamental en el panorama literario del país durante la segunda mitad del siglo XX.
Valga este aniversario -Jorge Suárez estaría hoy festejando su 86 cumpleaños- para recordarlo, para contagiar -ojalá- el entusiasmo por recuperar, difundir y visualizar su obra, y para compartir gratas novedades en torno a su legado.

Para leerlo y conocerlo
No debieran ser necesarios más pretextos que su obra como tal para recordar a Suárez, pero además de la fecha de su nacimiento, hallamos otras razones gratas para cometer estos párrafos: hace poco Luis Antezana entregó a la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) la versión final de la Obra completa de Jorge Suárez, prologada, curada y revisada por quien fue su dilecto amigo y admirador. Pero antes ya de que “Cachín” Antezana emprendiera esta labor, Mirella Suárez Urquidi, hija del autor de Serenata estaba decidida a lograr que los lectores bolivianos accedan no solo a la producción que Jorge publicó en vida -salvo El otro gallo, casi inhallable-, sino además a un importante material inédito.
“La obra inédita de mi padre -comenta- es extensa, diversa y excepcionalmente valiosa, y por eso estoy convencida de que tiene que ser publicada y difundida con la calidad de edición que merece. Está la poesía que fue escrita en diferentes etapas de su vida y será distribuida en varios tomos como él mismo dispuso y, en algunos casos, publicó; también tiene innumerables crónicas, ensayos, conferencias y su gran obra periodística. He estado recopilando sus escritos, sus datos biográficos, sus cartas personales y fotografías durante los últimos 20 años y ahora llega el momento de sacar todo a la luz”.

Vale decir que más allá del volumen de la BBB, que seguramente saldrá en los siguientes meses, Mirella gestiona la publicación de la Poesía completa de Jorge Suárez y dos libros más, solo como primera etapa de un proyecto ambicioso. “Hay otro par de libros que ya están listos para ser editados: una versión propia (adaptada al español usual) de Paquito de las Salves, poema provincial [“pícara épica popular”, Antezana dixit] de Marceliano Montero Villa, que rescata el lenguaje camba y mi padre transforma en un hermoso poema clásico, muy fácil de leer, y que creo que se volverá un tesoro de la literatura cruceña. También está listo el libro Te cuento cómo era Chile, una colección de crónicas sobre la vida diaria en ese país durante los años del gobierno de Salvador Allende en los que mi papá estuvo allá exiliado”.
A futuro, el proyecto de rescate y difusión prevé una plataforma digital base: página web oficial y redes sociales con biografía, bibliografía, imágenes, referencias y trabajos académicos de y en torno a Jorge Suárez; y más publicaciones, claro: “algo que también me interesa mucho es obtener el apoyo de los medios en los que mi padre trabajó para publicar una recopilación de su obra periodística para que las nuevas generaciones puedan acercarse a su mirada crítica general, y como un testimonio de la época”, acota Suárez Urquidi.

Consumado esteta
“¿Desde qué lejanos tiempos los tajibos están ahí, cuajados de flor, alumbrando la selva?”, este es el inicio de El otro gallo, acaso en su brevedad, esta frase baste para dar cuenta de la aguda y depurada pluma de Suárez. Y es que si algo hay que destacar como eje transversal a toda su obra -periodística, crítica, poética y narrativa- es su apuesta por la estética, su defensa intransigente del estilo, del cómo, sin por ello desmerecer el qué; y esto lo dejó sentado en la conferencia “El Taller del Cuento Nuevo” que leyó el 9 de julio de 1998, un par de semanas antes de su deceso: “… lo que yo quiero decirles es que la literatura, para ser tal, debe interpretar, debe hacerse a partir del lenguaje. Una literatura que se divorcia del lenguaje es una literatura que se divorcia de la vida…”[2].
Mirella Suárez, quien cedió gentilmente a LetraSiete dos conferencias inéditas, un manojo de valiosas fotografías y anécdotas de su padre para pergeñar estas líneas, cuenta en una cronología biobibliográfica: “fue precoz en su gusto por la lectura, sobre todo los clásicos españoles del Siglo de Oro le marcaron como una influencia perdurable”, ratificando así su innegociable vocación de esteta.
“Asumirás tu perfección primera, / libre de mi prisión, vencido el muro, / ala que partes de mi lodo impuro / hacia un destino de alta primavera. // Y serás dulcemente prisionera / de tu infinito Dios, pues yo procuro / devolverte, muriendo, al seno oscuro / de donde procediste, forastera…”. Qué mejor ejemplo que estos dos cuartetos de Del cuerpo al alma de su libro Sonetos con infinito.
De ninguna manera, decíamos, su apasionamiento por el arte de explorar y explotar al máximo las posibilidades de la lengua castellana, mermaron de sentido y profundidad a su meticulosa poesía y refrescante narrativa.
Si otra característica debemos hallar a su obra, y que también trasciende las más de cuatro décadas de producción, es el humor -fino pero cáustico-, la ironía llevada no pocas veces a extremos. Ya desde joven esto sale a flote con la publicación en 1960 de Melodramas auténticos de políticos idénticos, recopilación personal de su columna de actualidad política y social que publicaba diariamente en verso.
Una pequeña muestra: Crónica social petrolera: “Pepita Gulf fue vista / en un cinematógrafo / del brazo perforista / de un topógrafo. // La señorita Chaco Limitada / encuéntrase actualmente inexplorada. / La señorita Lily Madrejones / fue vista en un night club con un Chenesse, / al cual, según parece, / le otorga demasiadas concesiones…”. “Sin duda este tipo de sátiras -comenta Antezana en el referido prólogo para la BBB- motivó reacciones adversas entre algunas de sus ‘víctimas’ y, de ahí, dicho sea de paso, la fama de irónico, irreverente y hasta hostil que, aquí y allá, suele acompañar el aura de la personalidad de Suárez”.
No obstante, no se debe perder de vista que esta su lúdica impronta, no evitó que como pocos interpretara -en prosa y verso- la dura realidad social del país y ante todo, los dilemas ontológicos; pienso en muchos poemas de Serenata, y, claro, en su novela póstuma La realidad y los símbolos. Corrobora esto Mirella: “Mi padre, conocido por su gran veta humorística, era en el fondo un escritor oscuro y trágico que me llega profundamente, ya que esa tragedia es también parte de mi origen”.
Decíamos líneas arriba que dos legados de Jorge Suárez bastan para consagrarlo en la historia de la literatura boliviana del siglo XX: su obra cumbre, El otro gallo, eximio retrato de personajes, ambiente e idiosincrasia de la Santa Cruz de inicios del siglo XX, y su magisterio en el Taller del Cuento Nuevo; pero olvidamos un tercero que, aunque indirecto, no es menos meritorio: su redescubrimiento y puesta en escena de Edmundo Camargo, poeta boliviano de talla mundial. En un recuadro adjunto en estas páginas, como parte de una de las conferencias inéditas que Suárez preparó en sus últimas semanas de vida, cuenta al detalle las circunstancias en que el ya legendario poemario único de Camargo vio la luz.
¿Qué significa para ti involucrarte en la obra de tu papá con la reedición de sus libros y la promoción de su figura y legado?, le preguntamos a Mirella. “Para mí este trabajo significa mi vida, no solo estoy apoyando las ediciones, me estoy sumergiendo en el contenido de su obra, algo que antes comprendía intuitivamente, pero ahora que he madurado comprendo y valoro plenamente. Al ser depositaria de sus manuscritos tengo la obligación de difundir su obra con cuidado personal y por supuesto con la colaboración de expertos en el tema”.
Simplemente intentamos reflexionar un poco en torno al aporte de Suárez, ahora que se vislumbran proyectos concretos y auspiciosos para rescatar sus libros conocidos y publicar su producción inédita.
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La generación del 50


Jorge Suárez

…Y tenemos a uno de los más grandes surrealistas de todas las épocas, de cualquiera de las lenguas, Edmundo Camargo, que murió dejando la totalidad de su obra inédita. No habla publicado sino en revistas uno que otro poema. Una semana antes de morir me encuentro con Edmundo en Cochabamba, me entrega la totalidad de sus originales, y me pide publicarlos; yo le digo: “Por qué. Tú mismo puedes publicarlos”. “No, dice, la próxima semana me voy a morir y esta obra se va a quedar inédita; si tú crees que vale algo, publícala, si no rómpela”. Y se muere…, se muere de soledad, se muere de falta de trabajo, se muere de falta de aliento, de solidaridad, de amistad. El rencor, la envidia predominaban en Cochabamba en esa época. Y aun los mismos poetas, a quienes exalto hoy, le hicieron a Camargo víctima de su desprecio. Y Camargo muere en la más tremenda y terrible soledad y angustia. Recuerdo el día de su entierro que fue un Sábado de Gloria (murió un Viernes Santo); hay un poema que habla de su muerte y dice: “Siento sonar los claros de mi crucifixión”, y que está anunciando el día de la muerte en Viernes Santo, incluso la hora; es un poema tremendamente riesgoso, incluso el leerlo, porque asombra cómo el poeta puede anticipar con tanta precisión el escenario, la hora, el momento de su muerte, y es un poema que escribe a los catorce años. Entonces Camargo muere, deja su obra inédita, yo no hago otra cosa que cumplir su mensaje, su misión, publicar el libro El tiempo de la muerte. Este libro tiene un mal prólogo, porque lo publicamos en la imprenta del Partido Comunista, imprenta que habla sido detectada por los aparatos de espionaje del Gobierno, y quedaban horas para terminar de hacer la edición, cuando Pepe Ballón vino a buscarme y me dijo: “Tienes que darme el prólogo ¡ya!”: el prólogo lo hice en dos horas y salió como salió, pero lo hice y se publicó el libro. Recogimos de la editorial dos mil ejemplares, habíamos editado tres mil, estábamos completamente seguros de que este libro iba a ser un éxito literario, como que lo fue: la edición se agotó en meses. Ahora circulan miles y miles de fotocopias, tanto dentro como fuera de Bolivia, de Camargo, uno de los grandes surrealistas de la literatura mundial.
¿Quién lo dice? Otra vez les pregunto: ¿Quién hace esta afirmación? -Nadie, nadie dice, estamos absolutamente huérfanos de un análisis imparcial en nuestra literatura, en la literatura contemporánea.
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El Taller del Cuento Nuevo


Jorge Suárez

…Trabajábamos dos, tres horas diarias, durante dos años, todos los días, de lunes a sábado, para ir logrando y resolviendo, buscando y asumiendo las respuestas del caso al objetivo de lograr una literatura que generara un cambio respecto del viejo costumbrismo cruceño.
El Taller de Cuento viene a romper una tradición costumbrista para entrar en una literatura que asuma otros problemas de Santa Cruz, desde otros lenguajes y desde otras perspectivas. En aquella oportunidad cuando se fundó el taller que auspició la Casa de la Cultura Raúl Otero Reich, de la cual yo era funcionario, teníamos un problema que se repetía continuamente: jóvenes que venían con sus cuentos, con sus textos, con sus poemas, a pedir asistencia, a pedir información, a pedir ayuda respecto del valor o de la calidad de sus textos, recoger juicios sobre si lo estaban haciendo bien o mal; de pronto me di cuenta un día que pasaba gran parte de mi tiempo recibiendo a estos muchachos en mi oficina y conversando con ellos. “A ver qué has escrito, muéstrame”, etc. Y claro, les daba consejos de amigo, pero eso no era suficiente. Entonces se me ocurrió la idea de crear un taller de literatura que fue, entre otras cosas, uno de los primeros talleres de literatura surgidos en América Latina, e incluso España. Este debe ser el segundo o tercer taller que surgió en la literatura de aquellos años, ahora existen miles, pero esta fue una primera experiencia que afortunadamente tuvo un final exitoso, después de ese trabajo de dos años que consistió básicamente en lo siguiente: los muchachos llegaban, producían sus cuentos, y los entregaban al taller y cada cuento era rigurosamente analizado por todos los miembros del taller, discusiones muy tensas, muy difíciles.
A veces el amor propio se convertía en un obstáculo duro para resolver sobre si este cuento estaba bien o mal escrito, merecía un nuevo tratamiento estético y cuestiones por el estilo, el amor propio primaba tremendamente en los jóvenes, pero poco a poco se fueron dando cuenta que el trabajo colectivo contribuía a una mejor calidad de las obras y perdieron miedo a la crítica de conjunto, se hicieron muy amigos, surgió la solidaridad como un ingrediente muy poderoso del trabajo cotidiano. Entonces sí, comenzaron a mejorar los cuentos que circulaban de mano en mano, tenían propuestas, tenían sugerencias, venían ideas (…).





[1] El Taller del Cuento Nuevo (del que salió la compilación de cuentos del mismo nombre), fue un memorable curso de escritura creativa que durante 1985 y 1986 Suárez coordinó y guio en Santa Cruz ante una docena de escritores como Homero Carvalho, Oscar Barbery, Juan Simoni, Blanca Elena Paz y Germán Araúz, entre otros. Por sus logros e impronta, se lo considera como eje y factor de renovación y visualización de un nuevo modo de concebir, encarar y plasmar la literatura a nivel nacional.
[2] Un extracto de esta conferencia, gentilmente cedida por Mirella Suárez, se publica en esta edición, junto con el fragmento de otra, titulada “La generación del 50”, leída el 7 de mayo de 1998, y en la que habla del gran quiebre estético que, en su criterio experimentó la literatura boliviana en la medianía del siglo XX, de la mano de la irrupción de autores (Segunda Gesta Bárbara, etc.) y obras capitales (Cerco de penumbras, Los deshabitados, etc.). El fragmento escogido destaca la irrupción de Edmundo Camargo. Ambas conferencias se efectuaron en Sucre en el marco del Curso abierto de literatura boliviana contemporánea. 

Sombras nada más

Rosas de polvo sobre la calzada



El autor, uno de los privilegiados colaboradores y amigos de Jorge Suárez en sus últimos años, propone dos hipótesis para destacar su valía y singularidad en las letras bolivianas.


Gabriel Chávez Casazola 

No es la primera vez que escribo acerca de Jorge Suárez -poeta, narrador y periodista a quien tanto le debe la literatura boliviana- y de seguro tampoco será la última.  Un día como hoy, 26 de marzo, aunque de 1931, nació en La Paz (su hija Mirella, custodia de su legado literario, así lo precisa, aclarando versiones de que nació en Los Yungas), y falleció en Sucre el 27 de julio de 1998, a la edad de 67, en circunstancias que bien podríamos calificar de negligencia hospitalaria. 
El próximo año se cumplirán, pues, 20 años de su muerte, pero Suárez -don Jorge, para sus amigos de menor edad- goza de una excelente salud. Al menos, su literatura y su recuerdo están más vivos que nunca. Su ya clásica nouvelle El otro gallo ha sido incluida y reeditada entre las 15 novelas fundamentales de Bolivia (canon ciertamente discutible, pero más por algunos libros excluidos que por los seleccionados); pronto una porción sustancial de su obra poética y narrativa verá la luz en la Biblioteca del Bicentenario, en una edición cuidada por Luis H. Antezana, que pondrá a disposición de las nuevas generaciones de lectores algunos títulos imprescindibles aunque hoy inencontrables, como Sonetos con infinito, Sinfonía del tiempo inmóvil, Oda al padre Yunga y Rapsodia del cuarto mundo; se anuncia la publicación de más prosa y poesía hasta ahora inéditas o aparecidas de manera dispersa; y los jóvenes autores, al menos en Santa Cruz, lo leen con fruición y creciente interés.
¿A qué atribuir este fenómeno, en un país tan propenso a la ingratitud para con sus creadores? A la calidad de la obra, desde luego, pero esa nunca es explicación suficiente. Hay autores que tienen una obra valiosa pero olvidada, poco o nada disponible para los lectores actuales, al haber sido o estar subvalorada por la academia y/o el mundo editorial y/o la crítica y/o la moda y/o los artífices circunstanciales de esas instancias de legitimación. ¿A qué más atribuir, entonces, la vitalidad de la literatura de Jorge Suárez?
Voy a arriesgar una hipótesis. Creo que además de cuidar celosamente la calidad de su escritura, Suárez escribió con plena conciencia de que el único certero antólogo de la literatura es el tiempo. Don Jorge jamás iba al compás de las modas. Solía proferir, con su habitual humor negro, frases lapidarias sobre autores y tendencias en boga, cuántos de ellos ya desvanecidos por el tiempo en estas últimas décadas, para luego pasar con deleite a recitar, de memoria las más de las veces, algunos inolvidables versos del Siglo de Oro.
Me lo dijo muchas veces: si bien era un hombre de manifiestas ideas políticas de izquierda, no cedió a la tentación de escribir poesía de coyuntura ni contra lo que fuera que preocupaba a su entorno: un determinado sistema social, una manera de gobernar. Sabía que esas eran –son- situaciones con fecha de vencimiento, mientras que la belleza permanece. En poesía, ese era su credo. Cifrar la humanidad en la belleza, y además, de ser posible, en la belleza de las formas clásicas, que manejaba con maestría. En el periodismo, eso sí, era otra cosa. Allí decía su verdad sin ambages. No en vano llegó a ser jefe de redacción de Puro Chile, diario del Partido Comunista del país vecino durante el gobierno de la Unidad Popular. Mientras, en narrativa, procuraba combinar elementos: su inconclusa novela La realidad y los símbolos (publicada con el título Las realidades y los símbolos) es un testimonio de los años de la dictadura de García Meza pero, sobre todo, de cómo la pez del narcotráfico puede impregnar toda una sociedad (lo que también denunció como periodista en sus documentales de televisión).
Pero además, Suárez tampoco cedió a la tentación de complacer a los periodistas literarios, a los críticos, a los académicos o a los canonizadores de turno; es más, era visceralmente antiacadémico. No escribía para gustar a sus contemporáneos y -según me temo- a veces incluso procuraba desagradarles, nadando a contracorriente. ¿O qué otra cosa representaba escribir sonetos u odas cuando el marginalismo malditista -al que detestaba- estaba en su auge y la frecuentación mayor o menor de las chinganas paceñas dictaba la medida de la poesía boliviana?  En esa época, no muy lejana, Suárez se atrevía a despreciar lo saenzeano y lo marginal sin que eso quisiera decir que no tuviera respeto a Saenz como poeta, que sí lo tenía y mucho, aunque de ninguna manera a sus (malos) epígonos.
Y aquí aventuro otra hipótesis, complementaria de la primera: Jorge Suárez no solo no escribió para sus contemporáneos -de hecho, varios de ellos lo detestaban, era un hombre sin duda provocador y polémico-, sino que, con sabiduría, escribió deliberadamente para el futuro, es decir, para hoy, mañana y pasado mañana. Por algo le interesaba mucho que lo leyeran los jóvenes y no en vano fundó talleres de narrativa en Santa Cruz y Sucre que, hoy lo sabemos, han transformado la literatura producida en ambas ciudades, con repercusiones en todo el país. Los nombres de Blanca Elena Paz, Juan Simoni, Homero Carvalho, Oscar Barbery, Germán Araúz, Mauricio Souza, Beatriz Kuramoto, Miguel Ángel Gálvez, Oscar Díaz, Amparo Silva, Marco Subieta o Milovan España dan fe de ello, todos ellos orgullosos discípulos de don Jorge, y esto sin olvidar a poetas como Luis Andrade, Amilkar Jaldín y este un poco rebelde amigo suyo, que también bebimos del venero de sus enseñanzas. 
Hoy que estaríamos celebrando su cumpleaños número 86 he querido pensar en él y escribir sobre él, acaso porque todavía me siento en deuda con su magisterio oral, su literatura y su amistad. Cuando nos conocimos, allá por 1996, se había convertido en un hombre solitario y se notaba que más de una herida y más de una memoria (o de un olvido) le laceraban el espíritu.  Sin embargo, dejó, como en su poema, El caminante, rosas de polvo que el tiempo no ha querido borrar sino que ha trocado en mármol vivo: “Fiel monólogo, lengua demorada / en la miel del recuerdo, pero en vano: /todo recuerdo es un licor lejano / y toda evocación es siempre nada. // Nada, la red febril de tu mirada / captura sólo el humo del verano / y la piel que acaricias en tu mano / es ya tacto sin luz. Acongojada // por tanta sombra, sus farolas verdes / prende la calle taciturna. Muerdes / tu soledad, tu soledad, tu grito, // mientras que va dejando tu pisada / rosas de polvo, sobre la calzada, / camino de la muerte, al infinito”.




Libros

El pasajero arriba a la última frontera


Fragmento del prólogo al libro Obra poética de Rubén Vargas (Plural) que se presentó el viernes en La Paz. Chávez traza un perfil biográfico, pero ante todo una memoria personal de su amistad con Rubén.




Benjamín Chávez 

Todos los caminos comienzan en la puerta de tu casa. Todas las fronteras, en algún lugar. Partir es ya haber llegado. Para Rubén Vargas Portugal (1959 - 2015), la poesía era lo más importante en la vida. Como Octavio Paz, estaba convencido de que ella exorciza el pasado y así vuelve habitable el presente. Fue lector, poeta, crítico y su altísima sensibilidad lo convirtió, sin haberse propuesto tal meta, en uno de los mayores especialistas del género. Lo hizo gozosamente, con gratitud y fe en los poderes magnéticos y transformadores de la poesía.
Nació en La Paz el 29 de marzo. Hijo de Juan Vargas y Teresa Portugal, era el segundo de cuatro hermanos (Eduardo, Rubén, Fernando y María Teresa). Pasó sus años escolares en Obrajes y se graduó bachiller del colegio Bancario. Luego estudió literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, donde llegó a ser docente del Taller de Poesía, cátedra que heredó de su amigo y maestro Jaime Saenz. Años más tarde, dictó la materia de Tesis creativa, modalidad en la que también él se había titulado con el libro El viaje a Lisboa, cuyo ensayo académico, requisito para tal titulación, redactó a ritmo febril en pocos días en Sorata en 2007.
En ese pueblo al pie del Illampu, Rubén rentaba una pequeña casa que durante varios años (desde 1996, pero asiduamente entre 2004 y 2011), visitó los fines de semana, las vacaciones y en cuanta oportunidad tuvo, porque había encontrado el reducto de paz que lo colmaba de dicha. Allí, en compañía de su esposa, la pedagoga María Luisa Talavera (con quien se había conocido en la militancia política hacia finales de la década de los 70) y el hijo de ambos, Julián (1986), pasó gratísimos momentos, hasta el accidente automovilístico ocurrido en 2011, en el que la pareja casi pierde la vida, mientras Julián estudiaba en Holanda. Luego de ese hecho, las visitas a Sorata disminuyeron drásticamente.
En 1989, merced de una beca de estudios obtenida por María Luisa, emigraron a México, donde Rubén realizó trabajos críticos para la revista Vuelta. Allí publicó textos sobre Octavio Paz, Nicanor Parra, José Emilio Pacheco, Oliverio Girondo, Martín Adán, Efraín y David, Huerta, Enrique Molina, Eduardo Mitre y otros. Tres años antes, había editado su primer poemario Señal del cuerpo en la editorial Cabildo de Santa Cruz de la Sierra. Un libro breve de tema erótico, que mostraba la fineza de su escritura, su familiaridad con las imágenes claras y reveladoras y un oído muy bien afinado (sólo / una línea / nos separa del mundo // tu piel). Sobre dicho libro, el poeta uruguayo Eduardo Milán expresó: “Vargas centra toda su atención en la raíz del acto de escribir, una raíz que no se ubica en la retórica formal del pasado sino en el presente incuestionable del poema”.
Tras retornar a Bolivia, formó el grupo Los jinetes del Apocalipsis junto a sus amigos los poetas Jorge Campero, Juan Carlos Ramiro Quiroga y Edmundo Mercado. Ellos organizaron el Primer Encuentro de Narrativa y Poesía que se realizó en Copacabana del 18 al 20 de diciembre de 1992. Poco más de un año después, publicaron El cielo de las serpientes (La Paz, enero de 1994). Allí, a manera de frontispicio, apareció el poema homónimo escrito por los cuatro en el Bar Boulevard el 3 de diciembre del 92. (…)
En 2003, Plural editores publica su segundo libro La torre abolida, obra central en la escritura de Rubén y uno de los mejores poemarios de la década, donde pueden leerse poemas magistrales que conforman el discurso medular de su poética. (…)
La lectura y los viajes fueron centrales en su vida y materia privilegiada de su poesía. Además de visitar en repetidas ocasiones varios países del continente, viajó a Europa por primera vez en 1994 de camino a Israel, donde había sido invitado en su calidad de periodista cultural. En aquella ocasión Barcelona fue la ciudad que lo cautivó. En el 98 visitó París, a donde volvió junto a su familia en 2001. En esa ocasión, juntos recorrieron también varias ciudades de España (Madrid, Sevilla, Granada, Málaga, Barcelona) e Italia (Turín, Florencia, Venecia y Roma).
Retornó a Europa a mediados de los 2000 (Madrid, Lisboa, París, Santiago de Compostela). De aquel viaje nacieron los poemas de El viaje a Lisboa y, de su recorrido por el camino de Santiago, el poema La Vita Nuova. Una consecuencia de aquella peregrinación fue su cambio de look (cabello largo, barba y bigote).
En 2013 retornó a Europa con motivo de la finalización de los estudios de maestría de su hijo, con quien visitó Eindhoven, Amsterdam, Istambul, Praga, Budapest y Madrid. Las Tres postales que nunca envié, provienen de ese viaje: (Praga, Budapest e Istambul). El último viaje que hizo fue a Nueva York en septiembre de 2014 donde, junto a Julián, visitó a Eduardo Mitre y asistió a una lectura de poemas de Mark Strand. Un planeado viaje a la feria del libro de Buenos Aires en 2015, junto a su amigo Luis H. Cachín Antezana, se truncó por el precario estado de salud de Rubén. (…)
Fue también un melómano y como periodista fue siempre atento e inteligente ante las propuestas musicales que se generaban. Sus notas críticas y entrevistas mostraban lo verdaderamente importante, y es sabido que los músicos y directores (además de los artistas escénicos), consideraban un honor que Rubén escriba sobre su trabajo. Se esforzaba por comprender propuestas atípicas, a veces difíciles, y disfrutaba con entusiasmo de lo que le gustaba. Solíamos pasar largas jornadas en su casa o en la mía escuchando música y sus sugerencias fueron siempre una guía. Entre muchas otras cosas, le gustaba Nick Cave, Patti Smith, Leonard Cohen, Luzmila Carpio y el Cuarteto Cronos. Ah y claro, Tom Waits (no en vano, en un festival de bandas en Oruro, fundamos, junto a Edwin Guzmán y Julián Vargas, la comparsa “Alegres Tom Waits”, así bautizada por Rubén).
La última vez que lo vi fue en un café de la plaza Abaroa. Nos habíamos juntado para celebrar que sendos artículos nuestros acababan de publicarse en España, en un volumen de homenaje a Álvaro Mutis. Allí conversamos largamente en torno al libro, sus clases en la universidad y lo que yo estaba escribiendo. Aproximadamente una semana después, lo llamé por teléfono en un mediodía caluroso. Me respondió con una voz extremadamente débil y me comunicó que estaba camino al hospital. Quedamos en hablar luego. Nunca más pudimos hacerlo. (…)


Patio interior

El loro de Humboldt



Sigue adentrándose el autor en las selvas más remotas del lenguaje; en sus arcanos, en sus casos extraordinarios… en sus riquezas e irreparables pérdidas.


Juan Cristóbal Mac Lean E. 

Hay anécdotas o episodios de la pequeña historia en que la ironía y las ruinas, lo improbable y la atención rigurosa, se aúnan y dan a luz a frutos a su vez inútiles, pero tanto como puedan serlo un arcoíris o unos pétalos.
Una historia semejante la protagonizó Alexander von Humboldt, ese prodigio del estudio de la naturaleza y de las lenguas. En sus viajes por Sudamérica (a los que dedicó varios tomos de sus obras), a principios de 1800 se encontraba, junto a su amigo Bonpland, por las selvas de la actual Venezuela, en zonas que ya habían conocido la fatalidad de las misiones cristianas y todo el desastre que también viene con ellas. Tratando como siempre  de identificar y dar cuenta de familias lingüísticas y datos etnográficos del área, Humboldt se interesó, de oídas, por los atures, tribu guerrera que tuvo sus asentamientos por el margen izquierdo del gran Orinoco. Y por ahí salió Humboldt a buscarlos. Pero, desgracia, ya no había atures ni nada atur que encontrar: los habían exterminado los terribles caribes, muy feroces por las selvas.
Ahorrando peripecias, el caso es que de pronto vemos a Humboldt en un caserío de los tales caribes, donde escucha que perora y perora un loro viejo, y lo que diga un loro es algo que no podía pasársele por alto al fino oído del gran lingüista. Se entera de que ese viejo loro perteneció a los exterminados atures, y que las palabras que perora, si tales son, palabras atures serán. Esta imagen, no es necesario decirlo, conjuga el colmo de la ironía, de la risa y de la ruina; de la tragedia y las apostillas del azar. No queda nada de los atures, que vivieron siglos por esas orillas, no queda absolutamente nada sino un puñado de palabras en atur, apenas graznadas por un loro viejo, ahora encaramado entre las chozas de los enemigos caribes, comiendo de su yuca.
Humboldt sabe inmediatamente lo que tiene que hacer y se pasa horas con loro, papel y pluma. Al cabo de haber ejercitado al máximo su entrenado oído, logra determinar, aunque sea algo azarosamente, unas cuarenta palabras atures. Y las registra. Aunque ni él mismo, ni nadie más, supiese qué significaban, intraducibles para siempre. Ese fue el homenaje y el duelo más hermoso que jamás hubieran podido recibir los atures.
Inevitablemente el gesto de esa transcripción, por llamarla así, nos interpela ceñudamente, hoy que vemos morir lenguas y lenguas por doquier. La de los caribes, de hecho, desapareció hacia 1920. Y hace poco nomás, se certificaba como extinta, en Bolivia, la lengua de los guarasug’we, de quienes sabíamos gracias al muy hermoso  libro que les dedicó Jurgen Riesler -otro alemán tenía que ser: Los guarasug’we. Crónica de sus últimos días. (Los Amigos del Libro, 1977).
¿Pero qué se pierde, qué se va con cada lengua que desaparece? Y los lenguajes de tribus o sociedades tan pequeñas, tan frágiles y efímeras en estos tiempos ¿tienen particularidades que las delatan como tales, expresan mundos totalmente diferentes de los que podamos imaginar? Las relaciones lenguaje-pensamiento-sociedad, ¿hasta qué punto pueden diferenciarse unas de otras? Para saber de ello, y de paso acabar con la idea de la supuesta gramática universal de Chomsky, nada mejor que acercarse a la lengua de los pirahã, otra pequeña tribu de la Amazonia.
De entrada, empecemos con las sorprendentes singularidades de los  pirahã: 1) No tienen números o numerales, ninguna forma de cuantificación o concepto de conteo. 2) No tienen términos para referirse a los colores. 3) No tienen subordinación ni recursividad en la gramática. 4) Tienen el inventario de pronombres más simple conocido. 5) No tienen tiempos relativos, solo conocen el presente. 6) Tienen el sistema de parentesco más simple conocido. 7) No tienen mitos de creación ni ningún tipo de ficción. 8) No tienen memoria colectiva de más de una o dos generaciones hacia atrás. 9) No tienen dibujos u otro tipo de arte. 10) Tienen una de las culturas materiales más simples documentadas. 11) Siguen siendo monolingües después de 200 años interrumpidos de contacto con brasileños y kawahiv (etnia tupí-guaraní). ¿Y cómo se llegaron a saber tan sorprendentes cosas? Bueno, pues esa es la historia de otra aventura, de otra gramática y otra felicidad.
En los años 90 Daniel Everett, lingüista y pastor cristiano se acercó a los pirahã, inicialmente queriendo convertirlos. Pero afortunadamente nunca logró convertir a nadie y le dijeron que no querían saber de nada de “arriba”, que con lo que había abajo, en la frondosa tierra y en el río, ya tenían bastante. A la postre es Everett quien, en un caso del todo inusual, acaba tirando, por así decirlo, los hábitos, y se queda a vivir con ellos por siete años, del todo “convertido” a su paganismo alegre y vacío. Y así llegó a aprender su dificilísima lengua verbal. Que hay otra (que también llegó a aprender) que consta puramente de silbidos. Quien lea el artículo de Wikipedia Pirahã language, se enterará de otras particularidades que la complejizan. Y, una pequeña maravilla: cuenta Everett que, desde chicos, todos los pirahã se saben los nombres, lugares y costumbres de miles de especies. Que no hay planta o bicho de la vasta selva que no se conozcan al dedillo. El caso y la aventura de Everett pueden seguirse en Youtube. El documental más completo se llama The grammar of happiness y también hay versiones en español. Se ve a gente que está perfectamente bien, suficientemente alimentada, a veces guapa, de excelente humor y muy eficaz en lo suyo. No conocen, simplemente, preocupaciones -ni quieren tenerlas.
Y lo peor para Chomsky y sus acólitos: la lengua pirahã carece totalmente de recursividad, eso que postulaban como una piedra angular y necesaria de cualquier lengua. Para explicarlo en simple, una frase recursiva, que mete a otras dentro sí, es por ejemplo “el hermano de Juan tiene una casa”. Los pirahã no pueden decir eso y entonces tienen que desdoblarlo así: “Juan tiene un hermano. El hermano tiene una casa”. Eso que nos parece tan simple resultó demoledor para la gramática universal de Chomsky, que resultó no ser nada universal.

Querría uno creer, por último que como otros (Weissman) lo han señalado, Humboldt confirmaba también al transcribir el parloteo del loro su creencia en “una zona originaria de indistinción que opera entre varias lenguas”. Tras ella seguiremos.

Etc.

Cuando el Otro es el que escribe


Una interesante contextualización y presentación de la “literatura sueca inmigrante”.

 
Alejandro Leiva

Carlos Decker-Molina

No se puede sostener que Suecia sea el paraíso de la integración multicultural, entendiéndose como algo más que la suma de tradiciones culturales en un mismo espacio geográfico, sino como un lugar en el que prima la valoración positiva de la diversidad humana, lo que exige un gran grado de tolerancia y respeto hacia el Otro para una buena convivencia.
El resultado puede ser cuantificado, pero esa aritmética no mide la cultura de los árabes, turcos, griegos o la de los “latinos” per se en el espacio geográfico sueco sino que, al expresarse en sueco, deja el campo de la multiculturalidad para dibujar los primeros rasgos de una nueva fisonomía metacultural “sueca-universal” que hace pensar que así será el futuro.   
No debiera extrañarnos porque así ha sido siempre, baste recordar que las pesas y medidas vernáculas, integradas a las culturales local y de gran tradición tienen que ser vistas con respecto y simpatía, pero su lógica es inferior al sistema decimal. Así como es menos transparente y poco práctica la numeración romana que cedió paso a la arábiga que construye una aritmética que se convierte en álgebra y matemáticas superiores. No se trata de inferioridades y superioridades, pues la verdadera inferioridad no está en que otros hayan mejorado, sino en rechazarlo porque no surgió de nosotros o de nuestra comunidad. Lo mejor es lo mejor, no importa de dónde venga.
El ejemplo de los apaches es muy decidor, pues no importa que el enemigo haya introducido las monturas y las armas de fuego si a ellos les sirvió luego para combatirlo.
Athena Farrokhzad
En Suecia hay varios escritores destacados que habiendo nacido de padres inmigrantes llevan el sello de esas nacionalidades pero, al expresarse en sueco, producen una literatura no solo nueva en el sentido del idioma sino por el proceso creativo y por la dramaturgia.
Mi propia aproximación a la literatura sueca fue a través de los libros de un griego de origen que escribe en sueco, Theodor Kallifatides, bajo el supuesto de que el idioma sueco de un extranjero está al alcance del novato; qué desilusión porque Kallifatides escribe con el mismo rigor que Noren o P.O. Enquist a quienes, además, ha traducido al griego.
Puede que Kallifatides sea un precursor, pero es un “inmigrante de la primera generación”. La diferencia con la literatura de Jonas Hassen Khemiri o la poesía de Athena Farrokhzad o las creaciones literarias de Johannes Anyuru y Alejandro Leiva, es que estos últimos son hijos de inmigrantes que miran Suecia con otros ojos, incluido el idioma.
Khemiri, por ejemplo, en su primera novela (Ett öga rött) usa un idioma retorcido por la inmigración, pero sin alejarse de la sintaxis, “está escrito con una idiosincrasia lingüística deliciosamente anárquica”. Leiva -hijo de chileno-, es dramaturgo que incorpora la psicología del afuerino en sus obras. La desconfianza, el temor y el miedo aparecen en un extraordinario monólogo escrito para su hermano Pablo que actúa en el Teatro de la Provincia de Estocolmo.
Johannes Anyuru.
Quizá valga la pena decir que Johannes Anyuru es hijo de un piloto ugandés que huyó a Suecia de la tiranía de Idi Amin. Johannes es de religión musulmana, se dio a conocer primero como poeta con un libro que sigue la huella de La Ilíada de Homero para consagrarse con una novela dedicada a su padre. Hace unos días publicó su tercera novela De kommer att drunkna i sina mödrar tårar (Ellos se ahogarán en las lágrimas de sus madres), una distopía basada en la actualidad europea: violencia, fascismo, terrorismo, circulan en sus páginas. “Quise hacer lo contrario del francés Michel Houellebecq –sostiene-, porque el profeta Mohamed fue un ciudadano de segunda clase y no por ello fue a inmolarse con un cinturón de dinamita”. Anyuro es un auténtico crítico del extremismo y el terrorismo, pero también del fascismo “que de volver no será como en los 30”.
Jonas Hassen Khemiri.

Probablemente hay varios niveles de integración en una sociedad como la sueca, “tan diferente en color, sabor y olor a nosotros” como me dijo una amiga chilena. La literatura ha sido (el renacimiento) y será (la cultura libre) el hecho más importante de la nueva sociedad y en esa construcción, los nuevos escritores suecos (hijos de los Otros) con su trabajo literario, están poniendo la piedra fundamental de la nueva coexistencia.

lunes, 20 de marzo de 2017

Informe

Antologías: cómo, por qué y para qué

El mercado literario-editorial boliviano suele recurrir con bastante frecuencia a las compilaciones genéricas, temáticas, regionales, etc. En este texto intentamos reflexionar –con la ayuda de dos escritores y dos directores editoriales- sobre la pertinencia, necesidad y tendencia de las antologías, y las características y razones que las hacen válidas.



Martín Zelaya Sánchez

¿Quién más acreditado e indiscutible como antologador que Borges? En 1940 junto a Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, el maestro de la literatura en español publicó la Antología de la literatura fantástica, célebre colección de relatos que no solo tuvo el mérito de presentar a grandes autores anglosajones y de otras lenguas entonces casi desconocidos para el lector común sino, sobre todo, de consolidar para el panorama literario hispanoamericano a la ciencia ficción como género. Tres cuartos de siglo después, el libro sigue reeditándose y sigue siendo referencial.
De eso queremos hablar, de las antologías o compilaciones literarias, de su valía, pertinencia, aporte y necesidad, a propósito de la alta recurrencia por esta opción editorial en el ámbito literario nacional: en los últimos años se editaron antologías de literatura de terror, fantástica, sobre fútbol -incluso, sobre un equipo específico de la liga boliviana-; de autores paceños, orureños, benianos; de mujeres, de textos sobre la Guerra del Chaco, de superhéroes, de temática apocalíptica, de relatos pornográficos… y seguro se me escapa bastante.
¿Qué justifica y valida una antología?, ¿o qué debería hacerlo? Volviendo al ejemplo de Borges, ante todo el crédito del antólogo: ¿quién leyó más que el autor de Funes el memorioso? Y creo que también, y aquí ya entran los tipos o clases de antología, estos libros son un verdadero aporte cuando se trata de reunir en un volumen lo mejor de la producción -generalmente poética o cuentística- de un autor ya consagrado (qué mejor que las antologías personales, en específico), cuando el texto ayuda a visualizar ciertos rasgos de una literatura regional en el mercado internacional, cuando se recopila trabajos de una generación o grupo de autores ligados por algún fenómeno social o tendencia literaria (dixit Giovanna Rivero), y cuando la obra es fruto de un trabajo con metodología a prueba de cualquier cuestionamiento (dixit Willy Camacho), como por ejemplo las antologías incluidas en la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia -acaba de salir la de cuento, curada por Manuel Vargas- y que se elaboran mediante un proceso que incluye la selección –vía comité- del antologador y de tres asesores especialistas en el tema específico.
Pero y qué de la recurrente práctica de armar antologías por encargo: es decir, el curador escoge un tema y pide textos ya publicados y conocidos a ciertos autores o, y esto es lo más controversial, les encomienda la redacción de un relato para determinada fecha. Esta interrogante se la planteamos a Willy Camacho (WC), director de Narrativa de la editorial 3600; a Manuel Vargas (MV), reconocido cuentista y curador de no pocas antologías, y a Fernando Barrientos (FB), director de editorial El Cuervo.

- (WC) Sí, hay muchos de estos casos en el país. Y no se trata de antologías, sino de compilaciones, que es lo mismo pero no es igual: una antología es una compilación, pero una compilación no necesariamente es una antología. Una antología supone que el antologador ha leído suficiente sobre el género o tema y ha seleccionado lo mejor. Un compilador solo convoca autores para que escriban sobre el tema de rigor y/o selecciona algunos de sus textos ya publicados de modo que, en realidad, el conjunto no es una muestra representativa de un todo. Por cuestiones comerciales, muchos compiladores llaman antología a sus compilaciones y las editoriales las publicamos así.

- (FB) Me parece que es un prejuicio creer que los textos por encargo son menores que los textos “espontáneos”. Por ejemplo, Dostoievski escribía por encargo.

- (MV) Sí, esa es una tendencia actual. Gracias a los adelantos tecnológicos se cae en el facilísimo y pasa lo mismo con todas las artes y formas de expresión: todos somos fotógrafos o periodistas gracias al celular, todos hacemos cine en casa… ya no son prohibitivos los libros, los cuentos, los autores, pues están al alcance en internet. Resultado de todo esto, del mal uso de la tecnología, es la pérdida de calidad y la generalización del simplismo.

Referencias
Hablábamos de la selección de cuentos fantásticos de Borges et. al., y bien podíamos haber citado su Los mejores cuentos policiales, trabajada también con su amigo Bioy Casares. Giovanna Rivero menciona como otros grandes ejemplos a la compilación de textos de la generación McOndo -autores jóvenes en los 90 que rompieron abiertamente con el boom-, y El futuro no es nuestro, visionario trabajo de Diego Trelles sobre la joven narrativa latinoamericana. ¿Y en Bolivia?
Rivero (ver nota en recuadro) considera a Taller del cuento nuevo, recopilación de cuentos de autores bolivianos participantes en el curso del mismo nombre a cargo de Jorge Suárez, como el “verdadero punto de inflexión en la línea de cómo se venía leyendo, imaginando y analizando la narrativa boliviana”.
A falta de otros ejemplos concretos que den la talla, Camacho recoge el concepto de seleccionar lo mejor y de la mejor manera posible, y cita el proceso que se encaró a la hora de elegir las 15 novelas fundamentales de Bolivia, “una antología de la novelística nacional para cuya elección se consultó a muchas personas, se conformaron comisiones en varios departamentos, hubo reuniones en ferias del libro... vale decir que se llegó a considerar muy buena parte de lo escrito en el país y, por lo tanto, y con la opinión argumentada de literatos, escritores y críticos se llegó a un buen resultado que creo que sí puede considerarse ‘antología’”.

Las razones y el “culpable”
Escribe Jorge Suárez en la introducción de su referida compilación del Taller del cuento nuevo: “Si escribir es un oficio, las pautas finales de esta actividad están, de algún modo, inmersas en la práctica del oficio Y si este oficio se nutre de lenguaje, y el lenguaje es inseparable de la vida, la primera percepción crítica que surge es aquella que se desprende del mayor o menor valor de un texto, en tanto que ese texto alcance mayor o menor intensidad (…) Estos cuentos rescatan el castellano de estas tierras… tienen varios rasgos en común: un cierto desenfado que los aleja de la retórica tradicional y el humor, tan consustancial al espíritu de los habitantes de Santa Cruz”.
Realmente tiene que valer la pena el pretexto, motivo y afán para animarse a emprender y publicar una antología, parece decir el autor de El otro gallo. A no olvidar, a propósito, la otra acepción de la palabra que nos ocupa: “es una película de antología”, se dice cuando un filme deslumbra, o mejor aún: “Federer ofreció una antología de golpes maestros”, diría el buen David Foster Wallace, confeso admirador del maestro del tenis mundial, si lo hubiese visto en enero ganar su grand slam 18.
Abriendo su prólogo a El futuro no es nuestro, Trelles sostiene: “La novedad y el presente. El instante literario capturado como un encuadre fotográfico para dar cuenta de la violencia del cambio. La posible trascendencia, el posible porvenir, y al medio de esta maquinaria azarosa, el antólogo que actúa como demiurgo mientras, tomando prestada una frase del crítico uruguayo Ángel Rama, se pregunta en secreto: “quién de todos se quedará en la historia?”.
Bien lo dice Giovanna Rivero: la clave es el antologador, el curador. A fin de cuentas será la cara visible del emprendimiento y, generalmente, el blanco de los dardos de los excluidos e inconformes.
¿Serán las antologías más beneficiosas para los autores incluidos, para el género o tema de referencia, para las editoriales o, de pronto, para el o los antologadores?, le preguntamos a Manuel Vargas. “Bueno -respondió-, eso ya depende de la calidad del material seleccionado. No son beneficiosas de por sí. Los autores se harán conocer o no, los temas pueden ser irrelevantes o no, para las editoriales muy rara vez significan buen negocio; los antologadores generalmente recibimos críticas de toda laya, nos hacemos de enemigos”.
“Tendría que ser como cualquier libro, beneficioso sobre todo para el lector”, concluye, a su vez, Barrientos, y da en el clavo. Una antología o compilación es un arma de doble filo: o bien una muy útil herramienta para acercarse a un subtema o subgénero de especial interés, en especial para lectores noveles o en formación; o bien una opción miscelánea difícil de cautivar al lector-consumidor experimentado que ya sabe lo que quiere o puede gustar. Todo depende de la calidad y de la garantía que pueda ofrecer el antólogo.
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Funcionalidad, idoneidad y coyuntura


- ¿Qué opina de las antologías como opción, como oferta literaria-editorial?

- (WC) Las antologías son una buena opción, pues reúnen varios autores en un volumen único, además que, supuestamente, los textos reunidos son de calidad literaria o son muy representativos de una época o género; entonces, el lector tiene la posibilidad de disfrutar una muestra seleccionada que podría invitarlo a conocer más sobre uno u otro autor.

- (FB) Las antologías cumplen diversas funciones, dependiendo de la editorial, el antólogo, etc. En El Cuervo hemos querido tener en nuestro catálogo antologías de temas atractivos y originales; hay selecciones que han funcionado mucho mejor que otras en el sentido comercial y esto tiene que ver con el tema. También me parece que pueden servir para dar a conocer temas o géneros emergentes, como ha sido el caso del par de antologías de no-ficción que he compilado: sirven para conocer el estado del género en el país, los temas que predominan, las tendencias, etc.
Salvador Luis, que ha realizado cuatro antologías para nosotros (de cuentos de villanos, de relatos pornográficos, sobre superhéroes y de homenaje a Kafka) ha sido para mí un maestro en el arte de elegir el tema, los autores y prologar el resultado final. Salvador ha acertado siempre sobre qué autor podría escribir sobre tal tema, algo que es una mezcla de intuición y conocimiento. Hemos publicado nueve antologías, que es mucho para un catálogo pequeño como el nuestro, y por el momento no vamos a publicar más.

- (MV) Si se prepara una antología con el fin de buscar lectores, de hacer conocer autores y, en fin, de contribuir a la costumbre lectora en un país donde el libro es escaso y los lectores pocos, se justifica… aunque no se busque la perfección, el canon y la “gran contribución” a las letras. Por ejemplo yo hice una antología del cuento femenino, muchos me criticaron por haber “aprovechado” una temática extra literaria, y argumentaron que la verdadera literatura “no tiene género”. Yo dije que, con tal de que por este motivo la gente lea más, se justifica.
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La clave está en la curaduría

Giovanna Rivero

Creo que cuando las antologías han sido curadas con criterios literarios que apuntan a un distinto corte de la producción de un determinado momento son muy reveladoras y sirven muchísimo para dinamizar no solo un campo cultural -provocando o sembrando la semilla de un posible canon o desafiando al que está en vigencia-, sino también para promover el acercamiento novedoso de los lectores especializados o no y, además, ofrecerles a los escritores una suerte de mapa que les permita reconocer a sus compañeros de camino, de producción, de época, y la intersección espacio-temporal cultural desde la que uno escribe.
Me interesan menos las antologías exclusivamente temáticas, pero incluso estas funcionan como ágoras o puentes para escritores con escasas oportunidades de publicación y visibilidad. Claro que una antología temática de alta pertinencia puede ser una joya si juega bien su timing. Ahora mismo nos hace falta una lectura coral de los populismos y otra, simultánea y paralela, de las babélicas tragedias en algunos puntos del planeta. Las Torres Gemelas activaron trabajos grupales en todas las artes, y ahora estamos en un momento que exigiría intervenciones colectivas similares.
Hay antologías que han servido como correlatos de un canon, o como su confirmación, o como su semilla, por eso insisto en que los criterios del trabajo de curaduría son los que definen la trascendencia en el tiempo y en la cultura de un trabajo así. Pienso, por ejemplo, en Taller del cuento nuevo y en cómo, en la segunda parte de los 80, esa publicación fue un verdadero punto de inflexión en la línea de cómo se venía leyendo, imaginando y analizando la narrativa boliviana. Escritores muy importantes del oriente boliviano establecieron un terreno sólido que los años y las modas no han podido erosionar.
A veces las antologías subvierten un modus cultural no tanto por el tipo de textos que reúnen, sino porque tienen clara la contraparte ideológica a la que se oponen o con la que intentan dialogar -y es entonces cuando los prólogos de las antologías se constituyen en el texto central del trabajo-, pasó con McOndo y en cierta medida con El futuro no es nuestro.


Crítica

Los cuentos de Alfonso Murillo


A partir de un relato que le fascina y conmueve, la autora hace un análisis global de la producción cuentística del autor paceño.




Virginia Ayllón

He releído los siete cuentos de El hombre que estudiaba los atlas (2006) a propósito de leer los ocho nuevos de  Carreteras silenciosas (2014) de Alfonso Murillo. Esta rápida declaración, sin embargo, tiene su razón en el recuerdo de la sensación que me dejó la lectura de Bella donna, como de turbación, como de fascinación.
Como parte del grupo de Correveydile, la revista de cuento, durante algunos años había repasado la cuentística boliviana con cierta profusión. Digamos que llegué a cierto criterio de las tendencias del cuento que se escribía a inicios del siglo XXI. Bella donna, escapaba a ese “criterio” y me retraía más bien a Cerruto, al de El círculo.
Con la lectura de los 15 cuentos publicados en los dos libros de Alfonso Murillo, Bella donna se ubica en las dos, tal vez tres, vertientes que este autor desarrolla en sus cuentos.
Una de ellas, es la obsesión. Los personajes de El hombre que estudiaba los atlas, Leyenda al pie, Carry samoyedo, Monarca, e incluso La mujer sin alma, se organizan a partir de ideas fijas que, insistentes, perturban la mente y dan lugar a sentimientos de ansiedad. La pregunta de ¿quién es ese otro? domina estas obsesiones en las que los personajes se pierden a la par que su conciencia. La metáfora es la del proceso de conocimiento como ruta de desquicio. Muy bien apunta Walter I. Vargas que estos cuentos parecen afirmar que “el hombre está solo, siempre”, porque el mundo de la obsesión está copado por rituales y cifras compulsivas solamente comprendidas por quien ansiosamente se pregunta ¿quién es ese otro? Y aunque la obsesión quiera asir al otro, el mundo construido está clausurado, reproduciendo la angustia al infinito. 
En la otra vertiente, en cambio, incluyo a Bella donna, El cazador de lo absoluto, Final de un oficio, Manuscrito encontrado en una chamarra y ¿Hay poca gente en su misa?. Claro que en casi todos, la obsesión también ronda a sus personajes (por ejemplo en El cazador de lo absoluto), pero la nota central está puesta en los elementos del cuento fantástico. Varios de ellos darían a pensar que se tratan de cuentos policiales por la presencia de crímenes y detectives, pero ya bien ha dicho Juan Carlos Ramiro Quiroga sobre estos cuentos: “¿cómo investigar un asesinato al cual no alcanza ninguna deducción?”. De ahí que estamos ante cuentos en que un acontecimiento extraño irrumpe en las historias e instala una ambigüedad que se mantiene hasta el final. Y ahora sé que esa ambigüedad, que con tanta destreza diseña Murillo fue la razón de mi turbación y fascinación ante Bella donna.
Ahora bien, lo dicho anteriormente es tremendamente seco para exponer lo que son los cuentos de Alfonso Murillo. Por una parte, y otra vez coincido con Walter I. Vargas quien asienta, con fuerza, que los de Murillo son cuentos “y no las desleídas anécdotas de página y media”. Es decir, son situaciones, ambientes, personajes y argumentos que conforman una historia… que se puede contar. Alguien dijo alguna vez que cualquier lector puede contar oralmente un cuento, que no una novela o una poesía, porque puede transmitir la emoción que le ha causado su lectura; que esta capacidad de “oralizar” el cuento proviene de la fuerza del relato. Y es poco probable que ello suceda con “desleídas anécdotas de página y media”.
Pero la lectura de los cuentos de Murillo, a la vez, repone la noción de que se trata de productos del lenguaje y creo que esa es su máxima virtud. Varios críticos han valorado su exquisito trabajo de limpieza en la estructura y la escritura de sus cuentos. Ese exquisito signo, en mi lectura, me ha recordado que contrariamente a lo que se piensa, la relación directa no es entre novela y cuento, sino entre cuento y poesía. Azorín decía que el cuento es a la prosa lo que el soneto al verso. La condensación, el golpe, lo súbito y otros elementos que hacen al cuento, son más cercanos a la creación poética que a la novelesca. Y es que cierta intuición poética recorre la creación pero sobre todo la lectura del cuento, género entonces semipoético y a la vez seminovelesco.
En conclusión, estos 15 cuentos muestran: un buen escritor de cuentos, sin duda. Cuentos bien logrados y exigentemente escritos. Golpes certeros, lúcidamente narrados. Hay un detective Katari (¿el de Arturo Borda?). Hay una casa que da ganas de conocer. Un perro que da miedo conocer. Un impresionante personaje que deviene en cuchillo. ¿La tercera vertiente?: El extraordinario viaje de De Quincey y La estrella del sur parecen ser dos partes de un solo cuento.

Todo eso y sin duda más hay en los cuentos de Alfonso Murillo y a medida que concluyo esto me doy cuenta de que el efecto deslumbrador y ardiente que me produjo Bella donna, se pareció mucho a la emoción que suele producirme la lectura de poesía. Cuánto agradezco encontrarme con buena escritura, como esta.