domingo, 26 de julio de 2015

Entrevista

Wilmer Urrelo: un nuevo panorama

El escritor paceño presentará pronto su primer libro de cuentos, Todo el mundo cumple sus sueños menos yo (El Cuervo, 2015). Ofrecemos uno de los relatos de adelanto.

Fotografía de Alex Ayala.

María José Ferrel

Wilmer Urrelo es un escritor conocido no solo porque todas sus novelas publicadas fueron premiadas -Mundo negro (2000), Premio Nacional de Primera Novela; Fantasmas asesinos (2006), IX Premio Nacional de Novela, y Hablar con los perros (2012), Premio de Literatura Anna Seghers-, sino también por su estilo complejo y exhaustivo que  hace que sus obras sean bastante extensas. Es por esto que sorprende su incursión en la narrativa breve.
Así es. Su primer libro de cuentos Todo el mundo cumple sus sueños menos yo se presentará en las siguientes semanas en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Paz. Se trata de una selección de 20 cuentos, la mayoría publicados en revistas y suplementos literarios en los últimos años, que el autor recopiló y seleccionó junto a Fernando Barrientos, director de editorial El Cuervo.
En el último par de años, Urrelo ha estado trabajando en la escritura de una novela sobre un crimen ocurrido en los años veinte del siglo pasado en la ciudad de La Paz. Se trata, cómo no, de un proyecto de largo aliento en el que tras una agotadora etapa de investigación, se metió de lleno en la redacción que aún demandará algunos meses. Mientras tanto, por qué no regalar a sus seguidores una recopilación de sus prosas hasta ahora dispersas.
Fue una idea de Fernando. La propuesta consistía en reunir esos cuentos en un solo volumen, ya que la mayor parte se encontraba bastante disperso”, explica sobre Todo el mundo cumple sus sueños menos yo que, a propósito, es también el título de un extenso relato, este sí, inédito.

- Algunos escritores piensan que es más difícil escribir cuentos que novelas, ¿qué dices al respecto?
- Sí, definitivamente escribir cuentos es una tarea mucho más complicada, eso de lejos.

- ¿Has pensando explorar alguna vez poesía?
- No, no me veo escribiendo poesía.

- ¿Desde dónde escribe Wilmer Urrelo y qué historias le interesa contar?
- Desde la necesidad de entretener, sobre todo; de dejarle un buen momento al lector. Al fin y al cabo, el fondo de la literatura es eso, abrirte un panorama distinto al que te presenta la realidad. 

- ¿Se ha realizado un proceso de selección de los cuentos o entraron todos los que hiciste?

- Sí, hubo una elección y una reescritura, también. Sobre todo de aquellos que fueron escritos a finales de los 90 del siglo pasado y a principios de la década del 2000.

- ¿Puedes adelantar algunas temáticas de las que hablan tus cuentos?
- Son muy diversas: está la violencia, el humor negro, la soledad. Creo que en este libro hay una suerte de panorama de varias cosas, de varias etapas, sobre todo.

- Sé que eres un ávido lector. En lo que respecta a cuentos ¿cuáles son tus favoritos, o los grandes autores que lees y relees?
- Prefiero -siempre ha sido así- las novelas y en los últimos años los libros de historia. Te puedo mencionar más a cuentistas que a cuentos en sí: Liliana Colanzi, Edgardo Rivera Martínez, Edmundo Paz Soldán, Aldo Medinaceli, Luis Loayza, Felisberto Hernández, Hemingway…
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Pequeño manual para hallar la felicidad

Wilmer Urrelo

Salga temprano de casa. Después vea con tristeza la calle desierta. Los árboles maltrechos, las calzadas destrozadas, picadas por el tiempo. Mire con atención las fachadas de las otras casas pintadas con esos colores horribles que tanto lo irritan. Camine sin pensar en nada, mejor si hunde las manos en los bolsillos del pantalón. En lo posible, aléjese de la tienda donde debe ya tres meses de consumo, baje por la pendiente, evite a ese perro que cada vez que lo encuentra por esos rumbos lo ataca sin misericordia.
Llegue a la parada de buses y espere uno vacío: rehúya los llenos, pues ahí podría encontrar gente desagradable. Una vez que halle uno de su preferencia pague con sencillo, no intercambie palabra alguna con el chofer o algún otro pasajero que suba en el camino. Una vez que esté a punto de llegar a su destino párese con anticipación. Diga “esquina” y no “bajo”: tenga en cuenta que el conductor podría tomarlo a mal. Camine luego con calma, silbe (si sabe) alguna tonada de su ya perdida e insípida juventud, cualquier cosa que solía cantar a sus amigos, esos amigos que están mejor que usted desde cualquier punto de vista. Luego entre al edificio donde trabaja, le sugiero no saludar al portero, pues esta estirpe suele ser muy mañosa y tomarse cualquier expresión de amabilidad demasiado al pie de la letra: tarde o temprano, sin el menor miramiento, le pedirá dinero prestado, se lo aseguro. Entre al ascensor y contenga la respiración, piense en la cantidad de pulmones que pasaron por ahí: vaya uno a saber qué calidad de aire hay ahí adentro. Ingrese saludando a todos con un general “buenas” y no “buenos días” (las razones son inexplicables y complicadas, solo le sugiero seguir estas instrucciones). No trabaje mucho, nada más lo necesario, de lo contrario podrían sospechar de usted. Sea amable, piense a cada momento en que la hora del almuerzo ya está cerca. No mire, eso sí, el reloj de pulsera a cada momento, y si está desesperado por abandonar la oficina hágalo de manera disimulada (haga caer un lápiz debajo del escritorio, gire el reloj de pulsera al revés de la muñeca y luego rásquese la frente para poder verlo o vaya al baño con cualquier excusa). Cuando al fin llegue la hora del almuerzo despídase de los colegas, dígales que hoy (hoy) comerá en casa. Aguante, no pierda la paciencia ante las bromas que vayan a hacerle. Solo sonría y encoja los hombros. Después de eso ya puede salir.
Una vez en casa, salude a su esposa como siempre, pregúntele a los niños cómo les fue en el colegio (finja atención) y siéntese ante la mesa. No diga nada si sus hijos se ponen a pelear por algo o si su esposa se queja de esa hermana que no deja de exigirle el dinero que le deben (préstamo que en realidad usted debió tramitar humillándose varias veces, riéndose de las bromas de ella, de esas bromas que hacían referencia a su baja estatura).
Entonces es recomendable que justo en ese momento se ponga en pie. Para no hacerlo de forma sospechosa diga, por ejemplo, que va al baño (el viejo truco del baño) o que necesita hacer una llamada urgente a la oficina. No espere a que su esposa le diga algo. Solo salga, vaya al dormitorio matrimonial, diríjase al ropero, abra la puerta, busque la escopeta para cazar vizcachas, herencia de su abuelo y que por suerte hasta ahora se negó a vender, aludiendo siempre cuestiones sentimentales. Cárguela con tres cartuchos y retorne a la cocina. Antes de entrar, mójese los labios con la lengua y solo entonces ingrese escondiendo la escopeta detrás de la espalda, cierre la puerta con calma, empuñe el arma, apunte a la cabeza de su esposa y dispare. Es importante que sus niños no huyan, así que no dubite y haga lo mismo (los niños, pese a la época de sedentarismo en la que vivimos, suelen ser muy ágiles en este tipo de casos). Si tiene radio y está encendida, apáguela. No escuche lo que los periodistas dicen (esta despreciable gente ya se encargará de usted por un par de semanas, se lo apuesto).

Cuando esté más calmado salga de la cocina. Deténgase ante la imagen de la virgen a quien su esposa ya difunta solía ponerle flores (usted ahora es viudo, actúe como tal). Saque una del florero (el color no importa, podría ser blanca, amarilla o roja), salga a la calle con calma y si halla a una mujer (no importa si es fea) entréguesela y dígale sin vacilaciones: “a usted la perdono”.

Reseña

Rizoma o el consuelo de lo absoluto

Una lectura del libro del peruano Carlos Yushimito que la editorial paceña La Perra Gráfica presentará en la Feria Internacional del Libro de La Paz.


Ilustración: Daniela Rico.

Julia Peredo


“No obra de inmediato, como otras formas de virus,
esos fantasmas variables, pero estructurados,
sino de manera rizomática, lo que al parecer está evitando su aislamiento,
porque cada enfermo se convierte en el centro de una nueva infección”
(Carlos Yushimito)

La editorial La Perra Gráfica, sigue dándose (y dándonos) el lujo de sacar ediciones limitadas, libros que son a la vez objeto de colección (de diseño único a cargo de artistas plásticos) y de perplejidad ante la posibilidad del lenguaje de renovarse, contaminarse, multiplicarse, destrozarse para surgir de sí mismo una y otra vez.
Es esa, precisamente, la sensación que se tiene al leer el nuevo libro de esta casa editora paceña: Rizoma, de Carlos Yushimito, autor peruano catalogado en 2010 como uno de los mejores escritores hispanohablantes menores de 35 años por la revista británica Granta, junto a Alejandro Zambra y Samantha Schweblin, entre otros.
Es precisamente este lenguaje, que se reproduce y se trastorna constantemente, uno de los ejes centrales de la crítica hacia este escritor. Sus palabras parecen seguir el hilo de los pensamientos de sus personajes hasta el límite del desconcierto, donde los significados se quedan sin interpretar, el lugar donde el instinto, la percepción, terminan por abolir todo intento de lógica.
El hombre solo creó, de una oxidación semejante, el fuego, símbolo al mismo tiempo de la cultura y de la aniquilación. No se trata sin embargo de un horror vacui al estilo de nuestros entrañables escritores barrocos, acaso todo lo contrario: su escritura defiende la austeridad de decir lo estrictamente necesario, cuando lo necesario se encuentra en la palabra y la imagen gastadas ya de sí mismas, cargadas, pero a la vez libres de toda posibilidad de simbolización.
Y es que, en la filigrana de sus palabras, las correspondencias entre memoria y realidad, entre sueño y decisión, entre lo planificado y lo aleatorio, hacen que los personajes de Yushimito conserven esa sensación de indefensión, de inevitable deriva frente al signo que los sobrepasa.
Tal vez esa sea la razón por la que el autor decide armar esta antología con tres relatos que anuncian una destrucción absoluta. Acaso toda abyección, toda monstruosidad, sean en sí mismas “infecciones”: síntomas de un final que germina en el sentido de su propia existencia. Tenemos entonces tres historias compartiendo el espacio de un libro, puestas así en relación de unidad y de contraste.
La primera, que da título a la antología, cuenta la aparición de los cinocéfalos (hombres con cabeza de perro) a raíz de una alteración molecular gastronómica. El evitar la descomposición, el natural descenso hacia la nada, provoca este desvarío del hambre, la antropofagia donde todo se vuelve indiferenciado, dejando atrás para siempre los claros estratos y las imposturas inevitables, acaso solo otra manera de roerse el uno al otro, otra versión del mismo canibalismo donde el hambre es la única realidad en la que todo terminará por subsumirse.
Al mismo tiempo una mirada al evidente instinto caníbal con que inicia nuestro siglo insaciable y, si aún es posible, también una advertencia: hay algo definitivamente equivocado, antinatural y monstruoso en vadear el vacío. 
El segundo relato, Los bosques tienen sus propias puertas revela la aberración de otro tipo de realidad, acaso menos distópica, menos globalizada, pero no por ello menos monstruosa. Durante toda la narración existe una tensión constante, un peso indefinible en lo que sueña, lo que percibe y lo que calla Zoe, la protagonista de esta historia que parece estar siempre viviendo el preludio a un glorioso asesinato que nunca parece consumarse.
Como si estuviera a la entrada de un bosque, y esas vidas no fueran más que un grupo de niñas asustadizas que no quisieran abandonarla ni seguir avanzando con ella. Zoe es una muchacha de pueblo, que nunca ha descubierto su feminidad, encerrada en sus propias puertas, que vive con su abuelo recordando al hermano muerto, mirando con un horror quieto, untuoso, pasar la vida donde siempre es otro el protagonista. La mirada de Zoe en esta historia que prescinde de la ciencia ficción de las otras dos, nos revela lo inmensamente violenta que puede ser una vida apacible. Los sueños y las situaciones que bordean la irrealidad nos muestran esta incomodidad permanente, en escenas dignas de Lynch que, de cualquier forma, podrían ser auténticas anécdotas. Todo está, todo sucede y es monstruosamente real. La única redención posible queda allá, en el horizonte, donde el fuego lame el futuro haciendo al fin posible lo que nunca habrá existido en verdad.
Finalmente, Los que esperan, nos muestra a dos “cazadores de monstruos” que pretenden leer en lo más literal y crudo del cuerpo, en la deformidad encarnada en él, la fisura del mundo por la que se asoma su inevitable final.
O dígame usted, ¿qué cree que es el cáncer si no otro tipo de monstruosidad invisible que deforma la esencia del hombre? (…) Ahí los ve y no los ve. Todos los días. Monstruos perfectos. A través de sus artículos, que relacionan hecatombes naturales con malformaciones genéticas, le devuelven la esperanza a ese mundo quieto, estacionado en su verdadera imperfección.
La esperanza cifrada no, como podría esperarse, en una cura o una salvación -que en efecto parece asomarse en algún momento, quitándole toda alegría a los lectores- sino más bien en ese final que salve al universo del absurdo de tener que pelear contra el caos todos los días, ser responsables de una vida inmerecida, construir sobre las ruinas unas nuevas.
Tal vez ese sea entonces el delicado hilo que sutura estos tres relatos disímiles en una sola antología: esa ficción redentora donde se hace posible, finalmente, un aniquilamiento concluyente, donde algo puede ser, por una sola y definitiva vez, una totalidad.
Esto porque donde hay un absoluto, existe, al fin, una verdad. En lo definitivo, el sufrimiento puede tener un sentido, confluir en algún lugar donde ya no se intercambien ni se precisen las categorías de lo justo y lo injusto, de lo viejo y lo nuevo, de lo necesario y el excedente; en él se hace posible esa lección aprendida, ese estrago definitivo que aniquile las cosas para ponerlas en su sitio, devolverlas a su completa e impasible nada.


Comentario

La aventura de vivir

Una lectura de Los afectos, la nueva novela de Rodrigo Hasbún recién editada en España y que tendrá una edición boliviana -El Cuervo- en las siguientes semanas.


Martín Zelaya Sánchez

Lo que a todas luces puede parecer una novela de aventuras o al menos de predominio argumental, no lo es. Hans Ertl y su familia -su mujer Aurelia y sus tres hijas Monika, Heidi y Trixi- llegan a Bolivia “expulsados” por la decadente Alemania post Segunda Guerra Mundial. Es, entonces, una novela de personajes.

“El futuro sucederá aquí, lo había escuchado decir varias veces en los últimos días, Europa ha perdido la oportunidad, es el turno de países como este”. (19)

El fotógrafo y cineasta -soñador, tozudo, egocéntrico- mantiene a su familia a expensas de su utopía de turno, en este caso, hallar el gran Paitití, y poco a poco mientras envejece, se conforma con una vida mundana campestre, alejado de sus descendientes que enfrentan sus propias rutas, a cual más distante.
El pretexto que Hasbún agarra para contar esta historia -esta serie de historias, fuertemente ancladas en la intimidad mental y sentimental de sus personajes, como acostumbra-: el destino “boliviano” de un camarógrafo ligado al nazismo y de su hija que murió tras participar en las rebeliones post Che Guevara, cumple uno de los preceptos más atractivos para el mercado narrativo actual: novelar hechos reales de gente famosa o con vivencias controversiales, llamativas, vendedoras.
Ojo, esto no quiere decir, bajo ningún punto de vista, que el autor haya buscado un filón de oro para explotarlo en busca de réditos fáciles. Simplemente hay que apuntarlo, y remarcar de inmediato que si Los afectos tuvo tanto éxito apenas vio la luz -se editó en mayo en Random House, una de las más grandes editoriales del mundo y ya se traduce a nueve idiomas- es por la ductilidad del estilo, el asombroso poder de síntesis y el matiz tan apasionante y a la vez convincente con que Hasbún reviste a sus personajes.

“¿No sentir nada es sentir algo? Llevas años preguntándotelo y ahora, mientras entregas tus documentos, vuelve a suceder. Ninguna emoción, ningún recuerdo: es la consigna ante cualquier instancia de control. Aferrarte a una sola idea, a unas cuantas palabras, a esa pregunta que ha vuelto a asomar…”. (116)

La narración se inicia en primera persona, en la voz de Heidi quien a modo de introducir la trama, -pretexto, cuando lo que en realidad importa son los diálogos y, más aún los pensamientos, deseos, intenciones de cada personaje- describe a la vez a una Bolivia provinciana y folklórica.

“Me costaba entenderlo porque tenía un bollo de coca en la boca, costumbre que compartía con sus compañeros. Chupaban las hojitas durante  horas, su jugo les daba fortaleza”. (22)

Luego los planos narrativos, así como las tramas y subtramas, se van intercalando. Trixi, la hermana menor y la que predomina como voz motora; un narrador omnisciente e incluso Reinhard, amante de Monika, quien interviene incidentalmente con una especie de recapitulación desde un futuro mediato.
No es una novela de aventuras,  dicho está, ni una reversión de la Guerrilla del Che, ni mucho menos un relato que busque mostrar los avatares sociales y políticos de la Bolivia de los años 50, 60 y 70; es ante todo el retrato de una familia, como tal, y de cada uno de sus integrantes: Hans que mal maneja una carrera prometedora y acaba como un viejo ermitaño; Monika la rebelde y audaz con destino fatal; Heidi, la convencional madre y ama de casa y Trixi, la solitaria inconforme.

“Me dije que era natural dejar de amar. Me dije que en realidad lo que era poco natural era seguir amando”. (37)

En medio de este esquema hábilmente diseñado y resuelto con picos muy altos (es admirable lo mucho que cuenta, lo bien que cuenta Hasbún en tan pocas páginas) llama la atención el capítulo en el que se relata las últimas horas de Inti Peredo y de un grupo de guerrilleros; si bien no desentona del todo, ¿cuán necesario era para el libro?
Los afectos es una novela de memoria e historia, de mentalidades y sentimientos, de personalidades y relacionamientos humanos; de afectos propios y filiales, de afectos de pareja y a la causa… a los ideales y al país.

“No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos”. (134)


Una novela muy bien concebida, redactada y plasmada… sin embargo, queda la sensación -por sus libros de cuentos y su estupenda El lugar del cuerpo- que Rodrigo Hasbún puede -y  dará- aún mucho más

Libros

Francisco Choquehuanca

Extracto del capítulo “Un final inesperado pero previsible” que aparece en la recién publicada tercera edición del libro Yo fui el orgullo (Plural).


Mariano Baptista Gumucio

(N. de E.) En 1979, Mariano Baptista Gumucio publicó en el diario Última Hora una entrevista que causó mucha polémica, y que no volvió a salir a la luz sino hasta ahora, en la reedición de “Yo fui el orgullo”, un libro ya clásico sobre la vida y pensamiento de Franz Tamayo. Max Escobari, hijo del mejor amigo y confidente de Isaac Tamayo (padre de Franz), hace una controversial revelación.

- Don Max, ¿de qué manera llegó usted a interesarse en el tema de Tamayo? ¿Cuál es su vinculación con Tamayo?
- Bueno el deseo de buscarlo a usted era felicitarlo por la obra que ha escrito sobre Tamayo, levantando hacia la inmortalidad a este hombre que bien merece toda consideración. Mi admiración por Tamayo proviene de mi padre, que era muy amigo, compañero de trabajo también, de don Isaac Tamayo.

- ¿A qué atribuye usted este apego tan grande de don Isaac a Franz?
- Don Isaac era un indianista, al igual que mi padre, que admiraba y tenía mucha esperanza en la superación del indígena. En cambio, los hombres de la época, y de su partido, del partido de don Isaac, eran anti indígenas. Ellos decían que el indio era la causa del retraso de Bolivia, y que había que exterminarlo. Esto nunca le gustó a don Isaac Tamayo. Hubo polémicas. Entonces posiblemente don Isaac Tamayo quería comprobar esto que si el indio no rendía era por la falta de educación, de higiene, la mala vivienda, etc. Pero un indio bien educado en fin, alimentado, con cultura, con ilustración, con buenos profesores, viajes, etc., podría dar grandes resultados. Como que en este momento yo creo, está fomentándose el bachillerato en las provincias con los indígenas. Yo creo que esto es lo justo. Una buena escuela para los indígenas, antes de pasar a la universidad. Eso sería lo ideal (…).

- Volviendo a la vida familiar de don Isaac, él se casó con una dama limeña
- Don Isaac Tamayo era casado con una señora limeña de la aristocracia de allá, gente bien, como que don Isaac también pertenecía a esa casta, gente rica.
(…) Y luego tuvo la desgracia, don Isaac Tamayo, de darse cuenta, o mejor dicho, que su primer descendiente fuera mujer, raquítica, enfermiza que a los 2 o 3 meses murió. La segunda hija igualmente, raquítica, enfermiza, murió también al poco tiempo.
Pensó, don Isaac Tamayo, que la culpa era de él, al haberse casado con una señora de la misma raza, de las mismas costumbres y afines en todo, para tener esa descendencia, que no respondía a sus expectativas. Entonces dijo: “Yo cometí un error, siendo un polo positivo, haberme casado con otro polo positivo, y el resultado fue éste, que no daba chispas”.
El entonces propuso a la señora la separación manifestándole esta impresión de haberse equivocado y no haber coincidido en el matrimonio, por la descendencia. Entonces este hombre, que era indigenista, pensaba que la raza aymara al despertarse con la cultura, con la civilización daría muy buenos resultados y puso en práctica el plan que ya tenía meditado. Resolvió arreglar con la señora, llevarla a Lima, darle comodidad, toda posibilidad de vida y volver aquí, ya con una intención para probar a sus amigos de la Sociedad Geográfica y también a sus enemigos, que eran anti indígenas.
El eligió. Dijo: “Yo debo unirme con una mujer de raza pura, joven, para tener hijos robustos, pero sin complejos de inferioridad de ninguna clase”. Entonces vio a una muchacha de unos 17, o 18 años, allá en una de sus fincas, una garrida muchacha aymara, de amplias caderas, opulentas mamas, de origen muy bueno, descendiente de hilacatas, y dijo “esta será la madre de mis hijos” y con esa intención la hizo llevar a la casa de hacienda. Debió demorar unos meses para la separación de su esposa. Le dijeron entonces que la muchacha antes de ser llevada a la casa de hacienda estaba en matrimonio de prueba, de novia, pero conviviendo con un joven colono, como hacen los indios aymaras, que viven un año y después se casan, con un muchacho casi de su edad, de los que venían a la ciudad como pongos a la casa de los patrones.

- ¿Los jóvenes estaban viviendo juntos?
- Sí, pero fueron obligados a separarse. Al poco tiempo advirtió don Isaac que la muchacha había llegado encinta a la casa de hacienda.

- Vayamos con orden don Max. ¿Qué pasó con el joven colono? ¿Qué se llamaba?
- Apellidaba Choquehuanca. El nombre no lo recuerdo, aunque mi padre lo sabía y me lo dijo. Fue enviado a Yungas, a otra propiedad de don Isaac (…).

- ¿Esto sería más o menos, en 1879, 1880…?
- Sí, cuando nació Franz. La muchacha se quedó entonces en la casa de hacienda con él, y don Isaac no ocultó a nadie su unión con ella. (…)
Al darse cuenta que la muchacha ya había sido embarazada por Choquehuanca, don Isaac, al principio se disgustó. Pero era una situación que él mismo había creado, al romper el matrimonio de prueba. Después no solo aceptó la situación, sino que se alegró mucho, como le relató a mi padre. Pensó: “Esta es la ocasión única que puedo poner a prueba mis ideas, criar un niño que sea 100% indio, con sangre de los constructores de Tiwanaku, pero con las mejores condiciones de educación, higiene, salud, libre de todo complejo. Así probaré a quienes desesperan de la sangre indígena, a qué alturas puede llegar un hijo de esta raza si se le da la oportunidad”.
Don Isaac peleó por la muchacha y la tomó como a su esposa, con todas las consideraciones. Para el nacimiento del chico le llevó médico, matronas, una sirvienta para que la ayudara con los baños. Y desde el nacimiento, llamó a la criatura como hijo suyo, le dio su apellido y el nombre de Francisco…

- Que en realidad sería Francisco Choquehuanca…
- Efectivamente, cosa que nunca se supo…

- ¿Y usted cree don Max, que don Franz tuvo conciencia de esta situación?
- Yo creo que sí, por lo que me contaba uno de los amigos más íntimos que tuvo, y que todavía vive en esta ciudad, don Claudio Zuazo, joven radical como yo, en nuestros tiempos.
En cierta oportunidad estaba Tamayo con (Daniel) Salamanca y Zuazo, y Tamayo, frente a un espejo dijo a Salamanca: “observe usted bien, yo soy un indio aymara puro, como usted es un indio quechua. Mire mis pómulos, mi tamaño, mi conformación. Usted es un quechua civilizado y educado, como yo”.

- Y esta revelación, ¿de dónde la obtuvo, don Max?

- De mi padre. Había una gran amistad íntima entre ellos, aunque mi padre era menor que don Isaac. 

Ensayo

De Rusia y con poco amor:
dos poetas rusas censuradas


Ana Ajmatova y Marina Tsevietaieva, dos destacadas autoras cuya obra debió esperar varias décadas para ser difundida y disfrutada.



Virginia Ayllón

De cómo la historia se relaciona con la poesía es tema difícil, pero mientras la tinta corre o se detiene sobre el tema, es impresionante descubrir espacios poéticos escondidos por la historia. Uno de ellos es la literatura que se produjo en Rusia durante el espacio de entreguerras y lo que se llamó la Guerra Fría.
Hay que recordar que la política oficial de los países socialistas elucubró el realismo socialista no como un posible género literario sino como el género literario por excelencia, el único. Con el beneficio precisamente de la historia, podemos ahora calificar, al menos como dislate, la fijación desdeñosa -casi despreciativa- de esta política cultural respecto a la obra de Joyce, Faulkner, Kafka, Proust o Virginia Woolf.
Creo que el realismo socialista es el epítome de lo que se llaman “políticas culturales” (o el ejercicio del poder en el ámbito de la cultura), ya que la preceptiva literaria del realismo socialista habilitó a que el Estado, más bien sus organismos policiales y de seguridad se conviertan en la crítica literaria oficial; el comisario político era el verdadero crítico literario en ese tipo de regímenes.
El ejercicio de esta política cultural, entregada a la Policía, incluía por supuesto, detallados y minuciosos mecanismos de control que abarcaban un amplio espectro, desde la prohibición de publicar hasta el exilio, la cárcel y la muerte. A la vez, a esta política cultural le correspondieron, múltiples formas de difusión de lo censurado. Por ejemplo, solo a través del samizdat, una especie de fanzine soviético, se difundieron El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov o El poder de los sin poder, de Václav Havel.
Los cambios políticos y sociales en el mundo y en sus países han debido impactar enérgicamente en los escritores y aunque algunos no estaban en ninguno de los bandos, igual sufrieron los avatares de tal política. Es ya sabido que la Stasi o policía política de la ex Alemania Democrática, “controló” a Lezama Lima a solicitud del Gobierno cubano.
Pues bien, así como de a poco nos hemos ido enterando de estas amargas noticias, también han empezado a salir a luz las voces escondidas y, mejor aún, traducidas al castellano. De este conjunto, resaltan las escritoras rusas, novelistas y poetas, cuya obra nos asombra. Por ejemplo, la de Irene Némirovsky (1903-1942), narradora nacida en Kiev y asesinada en el campo de concentración de Auschwitz, quien sufrió los embates tanto de la represión estalinista como del nazismo. Irene escribió novelas como El malentendido, 1926; David Golder, 1929; El baile, 1930; Nieve en otoño, 1931 y Suite francesa, 2004, por la que recibió el Premio Renaudot de Francia, a título póstumo, premio igual de importante que el Goncourt.
Junto a Némirovsky, se ha difundido la obra de dos importante poetas: Ana Ajmatova y Marina Tsevietaieva.
Ajmatova (1889-1966) fue una importante poeta de la época previa a la revolución de 1917 y se la suele recordar a través del boceto que Modigliani hiciera de ella. También se la recuerda por el enamorado retrato textual que emanó del ya mítico encuentro entre el intelectual y diplomático Isaiah Berlin y la poeta en 1946. En 1921 su primer marido fue fusilado, poco más tarde su único hijo deportado a Siberia y en 1938 su segundo esposo murió en un campo de concentración. Ella fue acusada de traición y en los años 80 se descubrieron voluminosos legajos bajo su nombre en los archivos de la KGB. Por efecto de esa acusación fue prohibida la publicación de su obra y condenada ella al ostracismo y la pobreza.
No muy diferente fue la vida que le tocó a Marina Tsvietáieva (1892-1941) quien se exilió luego de la revolución rusa pero regresó a su país para vivir con su esposo e hijas. En 1939, su esposo fue fusilado y una de sus hijas detenida por ocho años. Desaprobada por el régimen de Stalin, Marina inició un camino de acoso oficial y sobre todo de pobreza, la segunda de sus hijas murió de hambre en un orfanato del Estado. Con su hijo recorrieron varias ciudades de Rusia, buscando trabajo, peleando contra el hambre. En 1941 se suicidó y hay biógrafos que indican que se encontraron pruebas de que un grupo de agentes policiales la forzaron a ello.
Estas tres autoras produjeron una importante y profunda obra; en ese sentido son totalmente oportunos los apuntes de Laura Estrín -prologadora de Cazador de ratas de Tsvietaieva (para la edición argentina de Paradiso poesía)- de que la obra de esta poeta fue estudiada desde la teoría del texto, tanto por Emile Benveniste como por Roland Barthes.
Estas escritoras tenían una relación orgánica con la literatura; en ella reflexionaban, en ella vivían, en ella padecían y en ella murieron. Lo prueba que las tres estudiaran su tradición. En 1946, y de manera póstuma, salió a luz La dramática vida de Anton Chejov, hermoso acercamiento biográfico de Irene Némirovsky a su coterráneo maestro del cuento.
Por su parte, Ajmátova y Tsvietaieva estudiaron y escribieron sobre la obra de Pushkin; la primera dedicó 20 años de su vida a examinar la obra del fundador de la literatura rusa moderna y sus ensayos se reunieron en su La muerte de Pushkin. Tsvietaieva, por su parte, publicó lo que se llamó “el ciclo Pushkin” de su obra poética y, sobre todo, su Mi Pushkin, en 1937, que es un acercamiento biográfico, escrito desde la marca del encuentro de la autora con la poesía del gran poeta y dramaturgo ruso.

El poeta
Ana Ajmátova
(Versión de Rafael Alberti)

Piensas que esto trabajo, esta vida despreocupada
escuchar a la música algo y decirlo tuyo como si nada.
Y el ajeno scherzo juguetón meterlo en versos mañosos
jurar que el pobre corazón gime en campos luminosos.
Y escucharle al bosque alguna cosa y a los pinos taciturnos ver
mientras la cortina brumosa de niebla se alza por doquier.
Tomo lejos o a mi vera, sin sentir culpa a mi turno
un poco de la vida artera y el resto al silencio nocturno.


Bendigo la labor nuestra de cada día...
Marina Tsvietáieva
(Versión de Severo Sarduy)

Bendigo la labor nuestra de cada día,
bendigo el sueño nuestro de cada noche,
el divino juicio y la caridad divina,
la ley benévola y la ley de bronce,

mi empolvada púrpura, de harapos cubierta...,
mi empolvado bastón, de los rayos hogar,
y asimismo, Señor, bendigo el pan

en horno ajeno y la paz en casa ajena. 

Música

AntezanA: Ya no hay Miedos

Comentario sobre la reciente producción musical del grupo paceño.


Fotografía: Rodrigo Quiroga.

Mario Eduardo Vargas

“Tengo miedo de no saber elegir / Tengo miedo de vivir…” son las últimas líneas de Miedos, canción originalmente compuesta por Sergio Antezana en 2002 para su álbum debut Tu sangre triste y oscura (grabación independiente), una incursión acústica en el terreno de la música folklórica latinoamericana.
El músico paceño, de entonces 25 años, no había establecido aún aspectos inherentes a su propuesta; tal es el caso del timbre de su voz, que recogía una indisimulable influencia de algunos de los padres de la trova.
Pero el contenido lírico de Miedos denunciaba una elogiable intención del cantautor: valor para asumir y transmitir la intimidad de sus estados de ánimo -miedos incluidos, claro-, a quienes se dignaran a escucharlo. No se trataba de  una propuesta comercial, en lo absoluto; pero esos temores tan humanos, además, que Sergio plasmaba en sus canciones, contrastaban de manera un tanto irónica con la valentía con la que había decidido trazar su camino musical: música que signifique. La osadía propia de los años de juventud está repleta de este tipo de ambivalencias en el orden existencial.
La segunda de las canciones en cuestión es Desde hace algún tiempo, grabada originalmente para Sencillo (Wayna Audio, Fundación Wayna Tambo, 2004), segundo álbum de la discografía solista de Sergio.
La naturaleza introspectiva del contenido de la canción eleva su tensión hacia alturas insospechadas hasta resolverse en una línea que conmueve: “Y es más, te quiero decir: que tomes en cuenta… que voy a estar ahí”.
Esta versión de Desde hace algún tiempo ha quedado registrada para la posteridad como una suerte de maqueta en la que Sergio lograría volcar todo lo que quería decir con una fluidez fantástica, y a la que regresaría una década después para grabar la versión definitiva. Creo que el objetivo de mi música es reflexionar sobre la realidad del ser humano contemporáneo, en un mundo en el que, pese a la sobrepoblación, vivimos en soledad, y es quizás este uno de los mayores males de nuestro tiempo”, explicaría alguna vez el músico.
Ambas canciones están incluidas en Miedos, la segunda propuesta de AntezanA, la banda que Sergio (guitarras y voces) ahora integra junto a Leonardo Miranda (bajo), Iván Guzmán (batería) y Marco Flores (teclados).
Miedos es uno de los discos que forman parte de la serie Vibra mi patria Bolivia, impulsada por el Ministerio de Culturas. Si bien es a partir del tercer trabajo discográfico de Sergio (Caligramas, Pro Audio, 2008) en el que se vislumbra que su música comenzaba a ser reenfocada; es en el cuarto (AntezanA, 2013) en el que esa transformación sónica, si se quiere, se perfilaría ya como definitiva.
La asociación de Sergio con Marco Flores se remonta a los días de Caligramas. Leonardo Miranda se incorporaría al cuarteto desde las sesiones de AntezanA e Iván Guzmán aportaría su vibrante estilo a partir de las presentaciones para difundir ese disco.
Miedos no alcanza los 23 minutos de duración, hecho que técnicamente lo incorpora más bien a la categoría maxi-single; pero ello no le resta trascendencia a todo lo que transmite. Las ya mencionadas Miedos y Desde hace algún tiempo reciben cada una su face lift hasta ser transformadas en una vibrante versión rockera y una incursión en el ámbito del power ballad en sutil simbiosis con tintes de rhythm and blues, respectivamente.
El resto del repertorio del disco no desentona. Fading, composición en inglés, es noventera. Sombra, por su parte, se ubica casi en la misma línea de tiempo y nos recuerda ligeramente a Soundgarden, aunque con el encantador añadido del dulce sonido de un charango en la coda.
Fuego confirma la habilidad poética de Sergio: “Soy una chispa en el viento / que ve su luz, que va a su luz / el fuego es mi firmamento / mi inhalación, mi exhalación / el humo es mi vestimenta / mi obstinación…”. Finalmente, Expansión es la despedida también nutrida de las oscilaciones métricas propias del grunge que marcaron una época. Miedos es breve, pero fluye con naturalidad.
La propuesta de AntezanA no va a llenar estadios ni vender discos en cantidades industriales porque el nuestro es un mercado en el que quienes consumen “música” carecen de cultura musical. “Son todos unos sordos”, la tajante descripción que alguna vez vertiera el gran Astor Piazzolla para referirse a quienes no entendían su propuesta en su país, se aplica a la perfección en el caso de Sergio Antezana. Las propuestas honestas jamás movieron multitudes.
Asistimos a la presentación oficial de Miedos en el Teatro Municipal 6 de Agosto, escenificada a principios de junio. Si bien la concurrencia no fue nutrida, se notó que quienes asistieron a esa velada artística disfrutaron de la música del cuarteto.  
AntezanA, además de las que ya hemos citado, también interpreta en concierto versiones remozadas del cancionero de Sergio que vale la pena destacar: Síntesis, You, Silencio, Cenizas y Piel, por ejemplo.
AntezanA ha logrado afianzar su propuesta. “Pensé que el reto que debía asumir -explica Sergio en el librillo que acompaña al CD- era grabar un disco en el que los músicos de la banda aporten decisivamente al desarrollo de los temas y no solamente como ejecutantes. (…) Creo que éste es el camino. Seguiremos andando”.

Miedos también incluye un DVD con un recital del cuarteto registrado en el patio del Ministerio de Culturas.

Etc.

Libreta de apuntes


Una nostálgica y romántica reivindicación de la vieja herramienta de periodistas y escritores que cada vez está en mayor peligro de extinción.



Carlos Decker-Molina

Como periodista de toda la vida tengo, sino guardadas, olvidadas varias libretas de apuntes. Algunas veces esa “libreta” era un papel que sacaba, con un poco de fuerza, de la máquina de escribir de mi colega Silvia Troyano justo cuando ella iba a iniciar la frase más importante de su crónica.
Silvia, como buena argentina, mentaba a mi madre, a la suya y a la de todos los colegas presentes y ausentes, mientras yo doblaba la hoja de papel en cuatro y hasta ocho veces y la hoja se convertía en una libreta de apuntes y dejaba la redacción camino a la calle donde se “cuecen las habas”.
En la radio se usa, pero, menos que en un diario. Sin embargo, mi pasión por las libretas de apuntes se reflejaba en la compra de una nueva, cada vez que se me encargaba una misión dentro o fuera de Suecia. Muchas de esas libretas están recicladas, pero algunas me quedan. En una de ellas hay un apunte que dice: “Buscar a Calígula”.
En los años 80 se comentaba en los círculos latinoamericanos que un eximió torturador de alguna policía secreta latinoamericana había logrado obtener refugio político en Suecia, y se decía que “vive en un  barrio de turcos”, no “es un barrio de asirios”. Me había propuesto entrevistarlo y la verdad que logré el objetivo, pero esa es otra historia.
Esta nota es sobre las libretas de apuntes y hay una o varias que me fascinan. Durante el renacimiento apareció un nuevo sistema de escritura que queda concretado cuándo Hamlet dice: “Yo soy el espíritu de mi padre. Condenado a una noche eterna …”. En una investigación sobre Hamlet que publicó el 2004  Shakespeare Quarterly, se concluye que Shakespeare fabricó su propia libreta de apuntes, cuyas hojas eran pergaminos cortados en dimensiones iguales a las del bolsillo, por eso tal vez el primer nombre de la libreta de apuntes fue libreta de bolsillo de donde se origina la palabra sueca plånbok que quiere decir billetera, pero esa es, también, otra historia.
Sigmund Freud, comparó la mente humana con el “wunderblock”. La mente es como una libreta de apuntes, parecida a la de Shakespeare que tenía hojas impregnadas de cera lo que permitía borrar y usar la hoja de nuevo, pero, al mismo tiempo se conservaba la vieja referencia. Freud decía que las sensaciones son recibidas por el consciente que luego las olvida, pero una sombra de esas sensaciones queda grabada en el subconsciente. Lo que queda escrito en una libreta de apuntes es la sombra del diálogo, es la palabra clave en la que se inicia el recuerdo.
Un “diario” escrito por un adolescente es una libreta de apuntes, en algunos casos, se convierte en “ayuda memoria” de donde nacen historias posibles de contar solo como literatura o poesía.
Pienso que el Nobel de Literatura, Patrik Modiano es uno de los más hábiles escritores en usar esos retazos escritos en alguna libreta vieja o abandonada. De hecho, en su última novela El horizonte, según sus editores, el personaje principal es una libreta de direcciones encontrada por casualidad.
En Suecia hay un dramaturgo, confieso que es mi preferido, Lars Noren que ha publicado dos volúmenes de más 1.700 páginas con apuntes sobre almuerzos de trabajo, reuniones de planificación teatral, chismes, enfermedades, recuerdos de noches apasionadas, divorcios, hijas y enamoramientos, pero también, criterios y análisis de la obra de sus colegas y de las suyas o de las actuaciones de sus artistas y de algunas “divas”. Cuando se publicaron sus apuntes diarios, que van desde el año 2000 al 2005 (el primer volumen y el de mayor éxito) dijo: “Y … ¿esto voy a publicar? ¿Cuántos amigos me quedarán?”.
Mis colegas de hoy no usan más las libretas de apuntes. Tienen el pad, las tabletas con libretas de apuntes cibernéticas, los teléfonos inteligentes, el Twitter que es como aquella nota que encontré casualmente: “Buscar a Calígula”.
Lo que me apena es que puede que la sombra de la que habla Freud desaparezca. Y esto se grafica muy bien en la última novela de Modiano cuando aparece una cita de las memorias de Stendhal, “La vida de Henri Brulard: no puedo devolver la realidad, lo que les ofrezco es solo una sombra”.
Esas sombras están en mis libretas de apuntes, por eso, me resisto a tirarlas.


sábado, 18 de julio de 2015

Nota de apertura

(Re)conociendo a seis “hijos pródigos”
de la literatura boliviana

Los seis autores bolivianos “migrantes”, que serán los invitados de lujo de la FIL de agosto, comparten con los lectores su autodescripción como escritores y cómo el hecho de vivir fuera incide en su oficio.


Martín Zelaya Sánchez

En una decisión más que acertada, la Cámara Departamental del Libro de La Paz optó este año por dedicar la Feria Internacional del Libro -que en agosto celebrará su edición número 20- a los escritores bolivianos residentes en el exterior.
Es así que se optó por “repatriar” por unos días a seis de los más destacados autores –cinco narradores, un poeta- “migrantes”; la mayoría radicados en Estados Unidos, algunos por razones académicas, otros por “exilios voluntarios” y quizá alguno por seguir una estela de búsqueda y motivación que, por supuesto, traspasa y con mucho nuestras fronteras.
Además de presentaciones de libros, conversatorios, y coloquios académicos, cada uno de los seis -Liliana Colanzi, Emma Villazón, Giovanna Rivero, Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Rodrigo Hasbún y Sebastián Antezana- tendrá una mesa especial: “Conociendo al escritor”, en la que será interpelado, en el buen sentido de la palabra, para que los lectores se aproximen lo mejor posible a su itinerario de vida que, por supuesto, está indisolublemente ligado a su trayectoria en las letras.
Para adelantarnos un poco a este juego, contactamos a cinco de los seis invitados que amablemente aceptaron responder a dos preguntas que resumen -creemos- la intención de su llegada: su autoidentificación como escritores, y la incidencia de su residencia fuera del país en su producción

1
Te pido describirte como escritor/a: motivaciones, búsquedas, intereses, tendencias, influencias, etc.

2
¿En qué medida incidió tu itinerario personal fuera de Bolivia en tu literatura?

El sexto de los invitados, Rodrigo Hasbún, que por estos días viaja por varios países antes de volver a casa, no tuvo tiempo de responder así que rescatamos algunos conceptos suyos de un par de entrevistas que nos concedió en los últimos años.
Valga, antes de terminar, hacer notar que junto a tres o cuatro narradores más –como Wilmer Urrelo, Juan Pablo Piñeiro, Maximiliano Barrientos y, por supuesto Edmundo Paz Soldán-, estos seis “migrantes” que la Cámara del Libro trae a La Paz, están definitivamente entre los 10 o 12 mejores escritores bolivianos jóvenes o de la generación intermedia (o al menos son los que mayores réditos de crítica internacional obtuvieron).
Y valga, además, recordar que fuera de esta cartelera central, los organizadores de la Feria confirmaron la llegada de cuatro narradores extranjeros de reconocida trayectoria: Javier Moro (España), Alberto Chimal (México), Lina Meruane (Chile) y Carlos Yushimito (Perú). Así que para esta FIL 2015 se pinta una de las más prometedoras agendas culturales en muchos años.

Liliana Colanzi

1
Tengo familiares que aseguran poder comunicarse con seres de otros mundos. Uno de ellos cuenta que lo abdujeron los extraterrestres en su infancia cuando paseaba al lado del río, otro ha visto naves espaciales descender en la selva amazónica (esa escena inspiró Meteorito, el penúltimo cuento de La ola).
Yo nunca he tenido contacto con platos voladores, pero concibo la escritura como un portal hacia lo desconocido. Cuando una escribe convoca ciertas energías, y eso que está en el aire por lo general acude a tu llamado. Así que hay que tener coraje para recibir aquello que se conjura. Hay que ser paciente, porque descubrir su verdadera forma puede tomar meses o años.
Algunas personas dicen escribir cuentos en los descansos entre una novela y otra, o a manera de “soltar la mano”. A mí no me sucede. Cada uno de los cuentos de La ola me tomó varios meses de asimilar experiencias difíciles.
Algo que no he contado antes es que rezo antes de escribir. “Oh, Señor, ahora soy una manteca, hazme una mística, de inmediato. Dios lo puede conseguir -hacer místicos a partir de mantecas”, anotó Flannery O’Connor en su diario. Y a una amiga: “La ficción es la expresión concreta del misterio -un misterio vivido”. Atisbar ese misterio es a lo que aspiro. Así que rezo para olvidarme de mí, para dejar de ser una manteca y poder sintonizar, aunque sea por un segundo, la música de las altas esferas. 

2
No tuve conciencia plena de lo que significaba ser boliviana o latinoamericana hasta que dejé el país. Vivir fuera de Bolivia me ayudó a volcar la mirada sobre actitudes y creencias que estaban en el aire mientras yo crecía y que nadie cuestionaba (el racismo, el clasismo, el machismo) y mirarlas con extrañeza, pero también con gran curiosidad.
En cierta forma, Vacaciones permanentes es un ajuste de cuentas con esa Bolivia en la que me crié y de la que me alejé en más de un sentido, y no es casual que solo haya podido escribir esos cuentos desde la distancia, y en un estado de oscilación constante entre el odio y el amor.
En los últimos años me he visto regresando seguido a Bolivia, no solo físicamente sino a través de la ficción, tal vez intentando entender de dónde vengo. Por el lado paterno soy descendiente de inmigrantes campesinos italianos, por el lado materno provengo de una familia beniana numerosa.
Ahí, de fondo, estaba latiendo siempre lo rural: la voluntad de dejar el campo y la pobreza pero también la conciencia (y la amenaza) de llevarlos siempre a cuestas. Me interesa volver a esa tensión y ver qué es lo que se esconde ahí, llegar hasta aquello que reprimimos y dejar que hable.
--

Sebastián Antezana

1
Se me hace difícil hablar de mí. Diría que soy una persona preocupada y ocupada por la literatura, que lo he sido desde que aprendí a leer y que soy feliz viviendo de esta forma. Diría que soy una persona que, en términos literarios, es bastante más sensible a la ficción que a cualquier otra forma del discurso, aunque la crítica también ocupa una parte importante de mi vida.
Diría también que soy un autor de obra escasa -dos novelas- que escribí bastante joven, entre los 23 y los 27 años, y que durante los últimos cinco o seis años he dado una especie de viraje interior respecto a ella.
Podría mencionar también que me apasionan a partes iguales la literatura boliviana, la latinoamericana y la que se escribe por fuera del mapa del español. Que considero a la novela como el género literario por excelencia y que pocas cosas me han apasionado tanto, me han conmovido y puesto en crisis con tanta fuerza, como siete u ocho novelas que considero obras definitivas, territorios habitables y ejemplos a los que vuelvo siempre.
Indicaría también que pese a esto la poesía, para mí tan elusiva, es una parte central de mi experiencia lectora. Que no la escribo pero que la admiro profundamente y que la percibo como una de las formas más puras e intensas del conocimiento y la imaginación.
Y diría que estoy expectante, emocionado, feliz, porque hace un par de años me he embarcado en una etapa de escritura que considero más verdadera y desafiante que todo lo que hice antes, y que espero resulte en por lo menos un par de libros que puedan hablarle a alguien, que sean capaces de interpelar y conectarse con alguien, en el futuro medianamente cercano.

2
En principio, siento que vivir afuera te ayuda sobre todo en cuestiones de perspectiva, te permite tomarle una real medida a cuestiones como la identidad -esa que construimos día a día y que para cada quien es su Yo boliviano- y la identificación con esa vasta colectividad que llamamos país y que se traduce en una serie de aficiones, afecciones y ritos que son nuestra herencia y modo de ser nacionales.
Ese proceso de vivir afuera, de tomar distancia y empezar a ver las cosas desde lejos, ese tire y afloje con el propio país y los deseos, a veces, de dejarlo atrás -y así dejar atrás al que uno fue o es en ese país- o de tomarse un descanso de él, afectan invariablemente la percepción y, por lo tanto, también el trabajo creativo.
Por otra parte, me es difícil decir con cabalidad cómo el vivir afuera ha impactado mi proceso literario, simplemente intuyo que el permanente roce con otras culturas, otros lenguajes, otra gente y otras formas de entender el mundo, ensanchan y angostan la experiencia personal de distintas formas, y modifican nuestra forma de entender la literatura como un ejercicio de apertura al exterior y ensimismamiento obstinado a partes iguales.
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Claudio Ferrufino-Coqueugniot

1
Todo viene por mi pasión por la lectura, y quizá una habilidad para convertir lo que leía en realidades cercanas. Ese es un gran paso a la imaginación. De allí a la escritura hay otro. Lo demás es escuela, práctica.
¿Influencias? Diversas. Me gusta lo caótico de mis lecturas, que no incluyen necesariamente ficción. En realidad creo que leo un 20% de ficción y lo demás es ciencia, historia, ensayo, sociología, viajes, etnografía… Se refleja en mi obra, en mi aventura novelística donde se nota esta mixtura. Leer me motiva a leer más. Lo mismo escribir.

2
Vivir fuera de Bolivia afecta, claro, en el contexto, el entorno de lo que escribo. Cuando viajé era (qué presunción) un escritor “formado”. Había hecho algo de narrativa, un poco de cuento, era articulista y columnista.
Estados Unidos aporta universos, en primer lugar por donde comencé a trabajar. De noche trabajaba en el ghetto negro y el fin de semana estaba en la National Gallery o escribiendo sobre Malevich. Una rica dualidad que supo enriquecer ambos vértices de mi literature. Siempre admiré la “acción” de los escritores anglosajones y Estados Unidos me daba la oportunidad. La aproveché.
Estados Unidos no era para mí, aunque también, el de Reagan y la política exterior. Era el de Miller, de Kerouac, de Anderson, Faulkner, Caldwell. Fascinante. Aparte que fue un lugar que me dio acceso ilimitado a los intereses culturales que tenía, por muy poco o por nada. Otra vez, lo aproveché al máximo. Conocí y aprendí mucho. Viví y leí y eso para mí explica mis páginas.
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Emma Villazón

1
Me pueden motivar muchas cosas, experiencias ajenas o personales, la literatura, fotografías, películas, el pasado. Eso sí la mayoría de las veces, aparece la poesía como un gran eco al que me siento llamada a responder.
Me fascinan los poemas que se salen de sí, como los chamanes o los ebrios; poemas donde hay un amor a la lengua que les permite jugar, o donde están desdiciéndose, o donde de algún modo resultan disruptivos con el lenguaje convencional que nos llega a todos, y nos ofrecen intersticios de otros sentidos y fuerzas.
Sigo los poemas que han renunciado a dar una verdad del mundo, a hablar de lo inefable y del alma; me inclino por los que dudan, tiemblan, hacen preguntas, y tienen ojos para lo bajo, lo cruel, lo que poco se atiende y poetiza. Leo, por eso, con pasión a Leónidas Lamborghini, Marosa di Giorgio, Héctor Viel Temperly, entre otros.

2
Pronto voy a cumplir cinco años en Santiago, y claro, desde luego que me he dejado permear o alimentar por las obras de algunos escritores nacidos en Chile, que han significado para mí grandes encuentros, como terremotos interiores, que me han hecho cuestionar mi propia escritura.
Escritores como Elvira Hernández, Guadalupe Santa Cruz, Andrés Ajens, Humberto Díaz Casanueva, Juan Luis Martínez, desarrollan escrituras donde la lengua está llevada hasta sus límites, donde en vez de mantener un dominio sobre la significación, se muestra la lengua en su desborde significativo y sonoro.
Este trabajo con el idioma me interesa mucho, no sé cuánto de eso habrá en lo que ahora escribo, pero le tengo una gran admiración. Por otro lado, vivir en Chile, cuya imagen a nivel internacional es de solvencia económica, pero a la vez donde se libran duras luchas por igualdad social, me ha llevado a tener siempre presente a Bolivia, y a tener nuevas lecturas sobre el país.
Y esto lo digo porque el desplazamiento geográfico creo que ha incidido en mi escritura, en el sentido de que también me parece importante lo que a nivel social se dice en la literatura (por más que se lo diga ambiguamente), y no me refiero a que el escritor deba repetir lo políticamente correcto, sino que el escritor está situado en un espacio que comparte con otros, y que este -al menos el buen escritor- tiene algo así como unas antenas para percibir situaciones que a nivel social todavía no tienen nombre.
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Giovanna Rivero

1
Escribo porque amo narrar. Si la escritura no hubiera sido posible, habría narrado igual de forma oral, o con gestos, o con sombras. Es mi forma de intervenir en el mundo y amasarlo a mi manera, desde mi sensibilidad, desde mis dolores y fantasmas.
¿Influencias? Precisamente los relatos orales que escuché de mis abuelos, las conversaciones de los adultos que en mi infancia yo interpretaba con un morbo ingenuo y salvaje; ese primer lenguaje, el murmullo de la vida misma, es mi principal influencia.
Luego vino la literatura en su forma y estructura, con sus distintos modelos, cruzada y cruzando otros lenguajes, con sus códigos menores y sus ambiciones más altas, y de ella nunca termino de aprender.
¿Qué busco al escribir? Que se haga el mundo otra vez. Un mundo, uno específico y diferente. Que a los personajes se les pueda sentir la respiración, el resuello, el mal aliento, los huesos. Que el lector sienta y admita que el conflicto que yo cuento podría perfectamente sucederle a él. Seguir indagando en lo humano es lo que pretendo. Rasgar, cada vez que escribo, el himen que divide la literatura de la “realidad” o de la vida, asumiéndolos como sinónimos injustos. O por lo menos intentarlo. Morir intentándolo. Esa es la ley del narrador.

2
A un nivel práctico, vivir en EEUU, en un ámbito académico, me ha habilitado una estructura más productiva que la que tenía en Santa Cruz. Mi manejo del tiempo, de la rutina y las obligaciones diarias me permitió en estos años dedicar un tiempo valioso, no residual, a la escritura y la lectura.
Pero creo que lo más importante tiene que ver con la inevitable desgarradura que implica el irse. Y si bien ahora la tecnología te da la ilusión de que estás cerca, de que hay un cotidiano que te incluye de a retazos, las distancias más peligrosas residen, justamente, en aquello que no se percibe en esa epidermis del contacto social. 
Es la acumulación de un tiempo que se va volviendo extrañeza y edad lo que impone su distancia. Entonces la imaginación ingresa a parchar las zonas ciegas. En mi caso, creo que mi literatura ha comenzado a chuparle la energía a los recuerdos. Y soy consciente de ello; por eso, cada vez que escribo desarrollo una pelea campal contra la nostalgia, pues si mi escritura cede a su influjo, que es irresistible como el mar de Ulises, puede anestesiarse, autocomplacerse en los mundos perdidos.
Prefiero, en este sentido, usar este sentirme siempre extranjera como una dinámica de vectores en contradicción, en tensión. Vivir afuera me da eso: un estado de alerta para intentar detectar las tensiones más sutiles, las que las culturas disfrazan con la mejor de sus inteligencias.
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Rodrigo Hasbún

“No siempre sucede igual. A veces es una imagen la que me dispara las ganas de escribir, otras veces la persistencia de algún sentimiento o un recuerdo que no quiere irse, una frase suelta y su música, algo que escuché por ahí. Cualquiera de esas vías desencadena un proceso invariablemente misterioso, donde nunca sé a dónde iré a parar. Escribo a tientas, yo mismo descubriendo en qué consisten las guerras de los personajes, cómo funcionan sus afectos. De a poco voy encontrando algunas pistas pero en general todo resulta muy incierto, al menos hasta que termino una primera versión. A partir de ese punto, con algo más de distancia, voy definiendo los contornos de la historia y de todo lo que está en juego en ella”.

“Los libros (cuando están bien hechos) son artefactos peligrosos: derrumban certidumbres, atentan contra la velocidad de los tiempos, nos acercan a otras formas de mirar y sentir y nos ayudan a ahondar en nuestras propias maneras de mirar y sentir. Son maquinitas misteriosas que ofrecen la posibilidad de transformar nuestro entendimiento de los otros y nuestra percepción de las cosas, de multiplicar la realidad, de ordenarla o desordenarla, de volverla aún más compleja de lo que ya es.
Prefiero leer en papel y es lo que hago la mayor parte del tiempo, pero a veces también recurro a los libros electrónicos y últimamente he escuchado unos cuantos audiolibros. En contra de los prejuicios que la rodean, esta última me pareció una experiencia fascinante. Es un formato que me devolvió con toda su contundencia al acto primigenio de la narración, a la escena fundamental de alguien compartiendo una historia en voz alta”.



ALTIplaneando

Luis Ramiro Beltrán en Luis Ramiro Beltrán


In memoriam del reconocido comunicólogo orureño recientemente fallecido.



Edwin Guzmán Ortiz

El pasado sábado, por la mañana, supe del fallecimiento de Luis Ramiro Beltrán. De pronto sentí un escalofrío, y callé, tratando de abrazar ese sincero sentimiento que me había ligado en vida a quien tuve el privilegio de conocer más aquí y más allá de sus escritos y logros en la comunicación.
Precisamente, esa zona de certidumbre es la que me convoca a buscar en las palabras esa verdad sigilosa que uno se atreve a erigir frente a los seres que considera esenciales. Esa verdad que -como toda verdad verdadera- se destila en el tiempo y que además de haberse forjado de razones ha sido alimentada por actos, gestos y afectos, es decir por todo aquello que suele ser lo menos evidente pero que traduce las maneras más sutiles del espíritu.   
En Luis Ramiro, su vida y su obra tienen una coherencia atroz. Cuando se habla de su obra no se puede dejar de referir también a su vida,  juntas se entretejen y revelan mutuamente, juntas han confabulado para otorgarnos ese ser colmado de tantos valores. En él coexisten la ciencia y la vida cotidiana, la categoría y el testimonio, las ideas y seres de carne y hueso, la autobiografía y la historia del país, el rigor y la fanfarria, el arte y la política. De ahí es que una comprensión monocorde de su legado termine siendo un desacierto.
Acaso, porque él no asumió esa actitud frecuente en no pocos estudiosos, que anteponen la obra cual artefacto imponente e impertérrito, y suponen que la misma expresa autosuficientemente la totalidad del autor y su circunstancia.
Toda obra siempre trasunta una existencia. Por ello, junto a su enorme aporte a la comunicología, nos transmitió un cúmulo de historias y experiencias que confluyen hacia esa voluntad que impide que la vida se extravíe en la modorra y el olvido, empecinada a que el statu quo no se pasee orondo entre las sociedades signadas por la palabra cautiva y por el amordazamiento del espíritu colectivo.
Beltrán no solo fue considerado un adelantado en la lucha por la democratización de la comunicación en América Latina, y reconocido internacionalmente al merecer el Premio Mundial de Comunicación Marshall McLuhan Teleglobe de Canadá, sino que fue además apreciado por su solidaridad y sensibilidad frente a los dones y misterios del arte.
La literatura, la música y la pintura fueron realidades que habitaron su entorno y que lo habitaron de manera incesante. Son testimonio de su vocación literaria el poemario Pasos en la corteza (1987), un voluminoso tratado bajo el título de Panorama de la poesía boliviana, auspiciado por el Convenio Andrés Bello en Colombia, y la obra de teatro El cofre de Selenio, que mereció el premio único del Concurso de Obras Dramáticas de Ecuador.
La narrativa no le fue extraña. Tuve la oportunidad de escuchar de sus labios pasajes de una novela en trance de escritura: La rota Porota y la casa para quemar, en la que recuperaba con cierto tono autobiográfico aquel Oruro de los 40. Un revival de la ciudad, su gente, el ingente despliegue de una urbe privilegiada por la minería, el caldero en que se agitaba el preludio de la revolución del 52, la vida disoluta y la presencia de inmigrantes procedentes de diferentes puntos del orbe.
En medio, un curioso relato de aquellos desfiles cívicos en los que participaba el colegio Alemán de Oruro bajo la siguiente estructura: “adelante los hijos de papá y mamá alemán, al medio los hijos de papá alemán y mamá boliviana, y al final los hijos de papá y mamá bolivianos. Encabezando la columna cintilaba una cruz gamada seguida de un retrato del Führer, mientras las damas lanzaban margaritas desde los balcones”.
El amor por la pintura baña los muros de su departamento. Los  mestizos de Raúl Lara en medio de ese relampagueante azul de los oleos, vitrales habitados por los ángeles femeninos de Jaime Calizaya, esa niñez nostálgica colmada por una fiesta de color desde las pinturas de Graciela Rodo Boulanger, más una inacabable sucesión de íconos, artesanías, emblemas de exquisita factura y, por si fuera poco, una robusta biblioteca apoyada en las paredes de su morada.
Acaso muchos hayan disfrutado de la orquesta que armaba con címbalos, platillos  e instrumentos varios en aquellas reuniones con amigos. De pronto otro Luis Ramiro emergía desde esa alegría exuberante. La corbata atrás, las formalidades del protocolo académico a pique, una sonrisa eterna y traviesa atravesaba la noche y la plenitud tenía nombre propio.
Raúl Shaw Moreno le era definitivamente entrañable, no solo le dedicó un sentido artículo y escribió la letra de una de sus canciones, sino que compartió su amistad y ese olor a bohemia que procedía de aquel Oruro lejano e inolvidable.
Como periodista en su juventud accedió al despliegue cotidiano de los hechos,  rastreando el porqué de ese pulso que late en los meandros del devenir diario, llegando incluso a ser cronista de sí mismo y revelándonos en tono testimonial detalles de su existencia.
Doña Becha su madre, Norah su esposa, el fantasma de su padre Luis Humberto diluyéndose en la manigua del Chaco, sus amigos y compañeros en el copioso trance de los años configuran parte íntima de la historia de Luis Ramiro. Historia también nuestra,  ya que nos invitó a creer y crecer junto a valores como la fidelidad y la entrega.
No sería el único en afirmar que probablemente fue más grande su espíritu generoso y solidario que su obra intelectual, y que la riqueza de ésta no se explica sin esa condición que llevó hasta el final de sus días.    
Probablemente para muchos, los dispositivos con que cargó su discurso interpelante a la comunicación hegemónica: acceso, participación, diálogo, comunicación democrática, políticas para el cambio social son exclusivamente quintaesencias gestadas en la academia, producto de su paso por grandes universidades y venerables organismos internacionales.
Para no pocos, los logros que conquistó y su presencia entre lo más destacado del foro internacional de la comunicación crítica latinoamericana, deviene de su pertenencia a una tradición arraigada en la intelligentza comunicacional de la región.
Mas, los dispositivos también son portadores de un inconsciente vitalmente humano, que los prefigura y contribuye a definirlos. Es decir, la obra no nace exclusivamente de la endogamia discursiva, sino que a menudo brota de una realidad vívida, de una historia que nos toca, de una condición sensible frente al mundo.

Y así como el vuelo de una mariposa en el oriente puede provocar una tormenta en occidente, esa profunda calidad humana de Luis Ramiro Beltrán, esa sensibilidad exquisita frente al mundo, ese compromiso incondicional con nuestra patria, ese sentimiento generoso de justicia, aquellos actos de amor que sembró, en mi opinión, también fueron los percutores que permitieron desencadenar el huracán de la propuesta de una comunicación democrática, que hoy es una bandera que crece en pos de una convivencia más justa entre nosotros y frente a los otros.