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sábado, 26 de diciembre de 2015

Literatura

Spedding, Hasbún y Rivero, encabezan
lista de los mejores libros bolivianos del año

Catre de fierro y Los afectos novelas-, y el libro de cuentos Para comerte mejor, son los más votados y mejor valorados por una docena de destacados críticos, escritores y académicos. Conozca los otros libros del top literario boliviano de este año que termina.


Martín Zelaya Sánchez

Todos decimos que son irrelevantes y que nos tienen sin cuidado, pero al final (casi todos) leemos y consideramos, aunque sea parcialmente, los listados top o las clasificaciones de lo mejor del año. ¿O no?
Lejos de la mercadotecnia y de afanes por cuantificar (en lugar de cualificar) la literatura, si de lo que se trata es de llamar la atención hacia libros valiosos, recomendar lecturas placenteras y propiciar acercamientos a autores imprescindibles, bienvenidos estos cánones de fin de año. Así que va entonces este intento por encontrar el mejor o los mejores libros bolivianos de 2015.
Hay que partir por señalar que por buena mayoría entre los consultados -11 periodistas culturales, críticos, escritores, académicos y editores; 9 de ellos bolivianos y dos extranjeras- el título de mejor libro boliviano del año queda en triple empate: dos novelas -tan diferentes como soberbias cada una: Catre de fierro (Plural), de Alison Spedding y Los afectos (Random House-El Cuervo), de Rodrigo Hasbún-, y un libro de cuentos, Para comerte mejor (Sudaquia), de Giovanna Rivero.
La primera una extensa y compleja relación de la Bolivia de la segunda mitad del siglo XX, caracterizada por el paso de lo rural a lo urbano con todas las transformaciones sociales que ello conlleva, pero sobre todo, por la maestría con que la autora, británico-boliviana, maneja a sus personajes y tramas, lo que le permite redondear una magnífica obra de ficción, definitivamente lejos de la novela sociológica tan corriente en Bolivia en décadas pasadas y a la que no pocos tópicos de Catre de fierro podrían acercar peligrosamente.
Y la segunda, un notable despliegue de estilo -esa economía de palabras, esa gran capacidad de Hasbún para contar tanto y tan bien en tan pocas palabras- y técnica narrativa para hilar una trama sólida sobre una familia de alemanes que se encuentra y desencuentra en la Bolivia que los adopta, aquella de los álgidos años de la revolución y las dictaduras.

Más libros
Un apunte importante. Se pidió a los consultados que escogieran el que en su criterio es “el mejor libro boliviano del año” y que si deseaban consignen además hasta tres menciones de otras obras destacadas. La mayoría no se animó a consagrar un solo libro, y menos a clasificar o jerarquizar sus menciones -como se puede ver en los cuadros desplegados a continuación, en los que además los participantes argumentan su elección- pero haciendo una tabulación básica está claro que Los afectos, Catre de fierro y Para comerte mejor, se sobreponen al resto con claridad.
Después de las obras de Spedding, Hasbún y Rivero los especialistas consultados apoyaron en dos o más ocasiones como “libro del año” a una colección de cuentos: Una casa en llamas (Eterna Cadencia-El Cuervo), de Maximiliano Barrientos.

En orden de menciones, le siguen La desaparición del paisaje (Periférica), también de Barrientos y Asma (Nuevo Milenio), el libro debut de Aldo Medinaceli; y luego están Todo el mundo cumple sus sueños menos yo (El Cuervo), relatos de Wilmer Urrelo; Hora boliviana (El Cuervo), crónicas de autores nacionales compiladas por Fernando Barrientos y finalmente El sonido de la H (Santillana), con la que Magela Baudoin ganó el Premio Nacional de Novela 2014.
Con una mención aparecen Historia de los boleros de caballería (FC-BCB-Plural), de Jenny Cárdenas, El sonido de la muralla (Kipus), de Rodrigo Urquiola y Nonato Lyra (La Mariposa Mundial), de Arturo Borda.
En defensa de la valía -siempre relativa como toda clasificación- de este ejercicio, que no sondeo o encuesta, hay que destacar que todos los consultados son reconocidos lectores y reseñistas. En cuanto a géneros, aunque la iniciativa nunca se limitó solo a narrativa, las respuestas sí; no obstante, tuvimos el cuidado de pedir a un voraz lector de poesía, como lo es Gabriel Chávez, que plantee su propia visión sobre el 2015 poético en el país (ver siguientes páginas).
(Y un apunte más, entre paréntesis. No consigno en las tabulaciones mi voto, pero ello no me impide ceder a la tentación de emitir opinión: Catre de fierro y La desaparición del paisaje -creo yo- son no solo las mejores novelas bolivianas de 2015, sino acaso de los últimos años en Bolivia. Lástima que la última no haya llegado al país -y por lo tanto pocos hayan podido leerla- más que en unos cuantos ejemplares traídos por su autor. Casi lo mismo ocurre con Para comerte mejor, editada en EEUU, de la que por lo menos hay unos pocos ejemplares en una librería cruceña. Finalmente, no puedo dejar de mencionar a tres libros más, esenciales, que vieron la luz en los meses recientes: Escritos completos, de Juan Conitzer; Poesía completa, de Sergio Suárez Figueroa, ambos de La Mariposa Mundial, y
De Madrid a Cochabamba. Cartografía de un desastre (3600), de Claudio Ferrufino-Coqueugniot y Pablo Cerezal.
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Santiago Espinoza
Periodista, editor del suplemento cultural La Ramona
(Cochabamba)

Porque creo que son obras que merecen similar atención, me he decantado por elegir dos novelas:

Los afectos
Es una obra de una madurez estilística insoslayable, pero también de un riesgo discursivo que se agradece. Su uso quirúrgico del lenguaje, despojado de casi toda floritura, y su construcción polifónica de la narración, convierten a Los afectos en una novela mayor de la literatura boliviana, escrita por un autor con una voz inconfundible y en completo dominio de las herramientas formales que tiene a la mano.
En cuanto a su nivel temático, persiste la constante por sumergirse en la intimidad física y emocional de sus personajes, pero ahora con el aditamento de colocarlos en un contexto tan singular en la historia contemporánea de Bolivia, como fueron los años 60 y 70, marcados a fuego por la violencia de las guerrillas y los gobiernos autoritarios. Esto le otorga a Los afectos una dimensión distinta -acaso superior- a la de las obras anteriores de Hasbún, que sabe hurgar en la microhistoria local-boliviana, pero sin renunciar a una reflexión temática y sentimental de índole más universal.     

Catre de fierro
La nueva obra de (Alison) Spedding es la tentativa más seria del último tiempo por escribir la “gran novela boliviana”. Su autora está a la altura de semejante ambición, al construir una monumental saga familiar que recrea, con precisión factual y amenidad narrativa, la historia de Bolivia desde los años pre-revolución del 52 hasta los 90.
Con un manejo del lenguaje que aprovecha la riqueza lingüística y sonora de los idiomas nativos y de sus derivaciones resultantes de la mezcla con el español, Spedding compone una novela que revisa y desmitifica algunos de los grandes temas de debate de la Bolivia del siglo XX y aun de la actual: las diferencias de clase a la formación de la oligarquía nacionalista; la ambivalente relación entre mundo urbano-mestizo y el mundo andino; el cuestionamiento de la idealización del indio; la migración interna y el narcotráfico como motores de movilidad social. Catre de fierro es, por un lado, el libro más disfrutable e irreverente sobre la historia boliviana del siglo XX; pero, por otro, es una de las novelas que más lejos ha llegado en el propósito de convertir la bolivianidad en un estilo narrativo.

Menciones: El sonido de la H, de Magela Baudoin y Todo el mundo cumple sus sueños menos yo, de Wilmer Urrelo

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Sergio de la Zerda
Periodista de Opinión. Especialista en cultura.
(Cochabamba)

Los dos libros bolivianos del año, desde mi perspectiva empatados en valor para merecer ese título aunque por diferentes motivos, son:

Catre de fierro
Spedding hizo lo que tal vez ningún otro autor nacional se animó a hacer en las últimas décadas: narrar la historia contemporánea del país, con maestría y entrelazando las perspectivas hegemónicas y populares, sin maniqueísmos, victimización o idealización. Todo en Catre de fierro es, al tiempo que muy social y político, deliciosamente literario y crudo.

Hora boliviana
Fernando Barrientos supo reunir a los más destacados exponentes bolivianos de la crónica -siendo él mismo uno de ellos-, quienes desde aristas muy diversas y mínimas -pero conceptualmente bien hiladas-, saben tocar las fibras profundas que hacen al ser nacional. La narrativa periodística de la obra tiene puntos destacadísimos en cuanto a reportería y escritura en trabajos como los de Santiago Espinoza, Rocío Lloret, Leonardo de la Torre y Fadrique Iglesias.
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Adhemar Manjón
Periodista del área cultural de El Deber
(Santa Cruz)

Los afectos
Rodrigo Hasbún reescribe la vida de los Erlt, una familia alemana que llegó en la primera mitad del siglo XX a Bolivia, para instalarse en La Paz. En apenas un centenar de páginas, Hasbún nos muestra la intimidad de estas personas, en una obra coral resuelta con mucha sobriedad y precisión.
Una novela donde las voces femeninas (las tres hijas de Hans Erlt: Mónica, Heidi y Trixi) tienen mucha fuerza, y son las que llevan adelante la narración. Hans Erlt, fotógrafo que trabajó para el régimen nazi, vive buscando aventuras en sitios como la Amazonia o las montañas bolivianas y contempla, con el pasar de los años, cómo sus hijas lo abandonan de a poco (y no solo en cuanto a distancia física). Y así, uno vive las idas y venidas de los personajes, sus desencuentros, sus pequeños triunfos, sus derrotas.
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Magdalena Gonzales
Literata miembro del Grupo de estudios bolivianos de la Universidad de Córdova
(Argentina)

Una casa en llamas

Creo que este volumen de cuentos de Maximiliano Barrientos, reúne lo mejor del autor cruceño tanto en un nivel netamente estético -sobre todo por el manejo de la lengua- cuanto por sus proyecciones hacia una literatura que, aunque no lo tenga como propósito principal, reflexiona sobre algunos aspectos de la vida en sociedad en los albores del siglo XXI.
Barrientos despliega el drama personal, individual, las cicatrices y las suturas emocionales, aquellas que quedan cartografiando las experiencias vitales de los diversos personajes. El buen manejo narrativo, personajes profundos y atormentados, una lengua escasa pero muy productiva y poética a la vez y las múltiples líneas de fuga -y fuga en más de un sentido- por las que transitan los personajes, se cuelan en toda la obra de Barrientos que alcanza, con este libro de cuentos, su punto máximo de lirismo. 

Para comerte mejor
Destaco también el libro de cuentos de Giovanna Rivero, en el que se privilegia un sentido de inestabilidad apoyado en las metáforas de lo fantástico, lo sobrenatural y los cruces posibles entre lo humano y lo inhumano. Este libro marca la impronta estética desde la que Rivero viene trabajando desde hace tiempo, combinando los géneros y las tradiciones y haciendo de esta autora una escritora dispuesta a tomar riesgos en pos de avanzar hacia una literatura perturbadora y cuestionadora.
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Edmundo Paz Soldán
Escritor
(Cochabamba)

Solo por enfocarme en la narrativa: como suele ocurrir, es más lo que no he leído que lo que he leído (me falta ponerme al día con, entre otros, Spedding, Urquiola, Averanga, Soria-Galvarro, Ruiz y Urrelo, aunque sí puedo decir que Wilmer tiene una genialidad en su nuevo libro: Habitando en el inadvertido mundo de los mifrosotgs).
De los que he leído, hay autores ya conocidos que se han consolidado con libros potentes: Giovanna Rivero, con Para comerte mejor; Maximiliano Barrientos, con La desaparición del paisaje; y Rodrigo Hasbún, con Los afectos.
Y está el que ha sido para mí una revelación, pues no había leído nada de él: Aldo Medinacelli, con Asma. Tomados todos esos libros juntos, y añadiendo a ello los premios internacionales ganados por nuestras escritoras, está claro que ha sido un gran año para la narrativa boliviana.
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Sebastián Antezana
Escritor
(La Paz)

Para comerte mejor
Considero que el mejor libro boliviano de ficción de este año es el conjunto de cuentos de Giovanna Rivero. Los relatos que lo componen son la muestra más alta de la escritura en el género que ha alcanzado su autora hasta hoy, y tienen una calidad que, creo, sobrepasa con distancia al resto de los libros de relatos y las novelas nacionales que leí en este 2015.
Pleno de metáforas cuidadas, de referencias literarias y extra literarias que funcionan como un tejido expansivo, compuesto con una atención extrema por el detalle y caracterizado por un estilo envolvente que emerge del entramado de voces narrativas, Para comerte mejor funciona como una orquesta sinfónica, brilla individualmente por partes y en conjunto resulta un código sobrecogedor, la ficción más interesante y provocadora del año (en especial, quizás, por los cuentos de corte abiertamente político que tiene, en los que se propone -a partir de una lectura desplazada del régimen actual e incluso de una versión distópica de Evo Morales- una Bolivia alternativa fascinante). Vale la pena que en 2016 alguna editorial boliviana publique este muy buen libro en el país.
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Claudia Daza
Periodista cultural de radio Francia
(La Paz)

Catre de fierro
Un regreso maravilloso de Alison Spedding para brillar nuevamente como novelista y lectora de nuestra realidad. Una  novela necesaria, bajo el sello Spedding.

Historia de los boleros de caballería

Un regalo que Jenny Cárdenas ofreció a Bolivia, porque se trata de un profundo estudio de este género musical con muchísima carga histórica desde épocas coloniales. Valioso por la investigación de años que realizó Jenny y por el rescate musical que hizo a través de la difusión de partituras e interpretaciones no solo de boleros de caballería, sino también de yarabíes.
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María José Navia
Escritora
(Chile)

Los afectos
Mi gran favorito del 2015 es la novela de Rodrigo Hasbún. Me parece un libro inmenso. Creo que no solo es el mejor libro boliviano que leí en 2015, sino también uno de los mejores libros publicados este año, en general. Se lo he regalado y recomendado a todo el mundo.
Concentra episodios y personajes fascinantes de la historia como Hans Ertl, camarógrafo de Leni Riefenstahl, y su hija Monika, a la vez que reflexiona sobre lo que es ser extranjero: en otro país, en la propia familia, en la asfixia de un matrimonio. Además, está escrito con una prosa fulminante. Hasbún dijo por ahí que quería que su libro fuera como un álbum familiar en el que el lector va armando las conexiones entre las fotos, pero a mí me parece que funciona más como un álbum musical, uno de esos discos en los que cada canción anticipa e impregna a la siguiente.

Menciones
Otra novela que me gustó muchísimo, también sobre personajes que no pertenecen del todo y la (im)posibilidad de volver, es La desaparición del paisaje de Maximiliano Barrientos. También destaco Pirotecnia, de Hilda Mundy, que reeditó este año – y bellísimamente - la editorial chilena Los Libros de la Mujer Rota (y con prólogo de Edmundo Paz Soldán). Mención aparte merece el libro de cuentos de Giovanna Rivero publicado en Estados Unidos: Para comerte mejor. Absolutamente feroz.
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Christian Vera
Escritor
(La Paz)

Una casa en llamas

Los afectos
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Marcelo Paz Soldán
Editor
(Cochabamba)

Asma

Va una pequeña lista, pero, si tendría que elegir entre todos ellos, y siempre mi selección será parcial ya que no lo he leído todo, me quedaré con Asma de Aldo Medinaceli, una ópera prima de un gran escritor que narra sus historias con la obsesión por la palabra que solo los grandes narradores  tienen. Muchos de estos cuentos pueden convertirse en clásicos de la literatura nacional como Reina de corazones, Casa museo o La pelea antes del fin.

Menciones
Todo el mundo cumple sus sueños menos yo, El sonido de la muralla, El sonido de la H y
La desaparición del paisaje.
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Omar Rocha Velasco
Literato
(La Paz)

Los listados y recuentos son injustos e incompletos, esa es su característica fundamental, a pesar eso me atrevo a hablar de dos libros que considero los más importantes de 2015

Catre de fierro
Spedding, da a conocer cómo era Bolivia después de la revolución del 52, narra la historia de la “decadencia” de la familia Veizaga en la provincia Inquisivi de La Paz. Esta narración es una ambiciosa saga familiar, recorre las delicias del poder de los patrones Veizaga como hacendados, los contactos de esta familia con el Nacionalismo Revolucionario a partir de una militancia que al principio les da muchos réditos y luego es parte de su debacle. Están los avatares de la familia en el periodo de dictaduras de los 70, “los narcóticos años 80”, la vuelta a la democracia, el periodo de la megacoalición. Los personajes son fascinantes, complejos, encarnan un mundo difícilmente abarcable por otros discursos que no sean los ficcionales. La narración es intensa, detallada, imponente.

Nonato Lyra

Ya el hecho de publicar una obra inédita de Arturo Borda sería suficiente justificativo para destacar este libro. Pero más allá de lo que se tiene entre manos (¿uno de los cuadernos que completa El Loco?) es fundamental el trabajo de edición realizado por Rodolfo Ortiz, un verdadero estudio genético (quizá el primero que se hace en Bolivia) que parte de un manuscrito, establece un texto y aclara la lectura a partir de sendas notas al pie. Aquí encontramos también una pesquisa, un personaje de los bordes, ciertos fragmentos narrativos y ciertos fragmentos “sentenciosos” o aforísticos imprescindibles.
Ya se ha destacado muchas veces la importancia de Arturo Borda para la literatura boliviana, este libro es un aporte fundamental para seguir descubriendo una obra y seguir estableciendo lazos que llegan hasta nuestros días.
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 Los mejores libros del año

Catre de fierro
Alison Spedding

Los afectos
Rodrigo Hasbún

Para comerte mejor
Giovanna Rivero

Una casa en llamas
Maximiliano Barrientos

La desaparición del paisaje
Maximiliano Barrientos

Todo el mundo cumple sus sueños menos yo
Wilmer Urrelo



Sombras nada más

Doce meses, algunos libros


Un exhaustivo recuento comentado y valorado del año editorial poético en Bolivia



Gabriel Chávez Casazola

LetraSiete me ha pedido, para esta columna que despide el año, esbozar un recuento -de ser posible, valorado- de los libros de poesía publicados durante 2015 en Bolivia.
Aunque la poesía se publica menos que otros géneros, aquí y en el resto del mundo pues sus lectores somos una “inmensa minoría”, tampoco hablamos de escasísimos títulos. Solo en nuestro país se publicaron 24 este año en editoriales establecidas de La Paz y Santa Cruz (aunque menos que en años precedentes, ya que la cantidad de publicaciones de poesía en la ciudad de los anillos mermó).
No tengo el dato de todos los que aparecieron en pequeñas editoriales independientes en estas ciudades y Cochabamba, salvo dos o tres que llegaron a mis manos, ni tampoco de poemarios publicados en otras capitales, pero estamos hablando de al menos dos libros de poesía publicados cada mes.
Hecha esta precisión, queda claro que mi recuento es parcial y, además, limitado en varios casos a la referencia de la publicación, ya que he leído varios de los aparecidos este año -algunos me los han obsequiado los autores o los he comprado- pero no he revisado todos. Aunque suene a reclamo, no puedo dejar de decir que las editoriales no han tenido el detalle de enviarme sus títulos de poesía lo que sería lógico considerando que tengo a mi cargo los dos únicos espacios permanentes de poesía en la prensa nacional.
En La Paz, entre dos editoriales publicaron 19 poemarios. Cuatro de ellos por Plural Editores y 15 por Editorial 3600, que fue la que más le apostó al género este año. Plural, en su colección Letras Fundacionales, reeditó el único e inencontrable libro del romántico suicida Manuel José Tovar (1831-1869): La creación y otros poemas (1855), con estudio introductorio y edición de Leonardo García Pabón.  
Esta misma editorial publicó los más recientes libros de dos de las voces más importantes de la poesía boliviana actual, ambas de una misma generación: A tu borde, de María Soledad Quiroga (1957), un hermoso poema extenso enhebrado por varios fragmentos, y La hierba es un niño, de Vilma Tapia Anaya (1960), aún no presentado, cuyo título trae un guiño a Walt Whitman.   
El cuarto libro de poesía de la editorial dirigida por José Antonio Quiroga corresponde a quien escribe estas líneas: se trata de una cuidada edición de mi antología personal Cámara de niebla, aparecida originalmente en Buenos Aires.   
La Mariposa Mundial publicó este año, amén del recuperado e inclasificable Nonato Lyra de Arturo Borda (1883-1953),  la Poesía completa de Sergio Suárez Figueroa (1924-1968), reuniendo sus cuatro libros publicados en vida además de textos dispersos, en una necesaria y rigurosa edición al cuidado de Rodolfo Ortiz y Alan Castro Riveros. 
Aunque no sean poemarios, merecen mención (y recomendación) aquí dos libros de ensayo sobre poesía, ambos de la colección “La crítica y el poeta” (Plural / UMSA) coordinada por Mónica Velásquez: los dedicados a abordar las obras de Raúl Otero Reiche y de Octavio Campero Echazú, que se suman a los siete volúmenes aparecidos antes sobre otros poetas.
Por su parte, como anoté antes, Editorial 3600, dirigida por Marcel Ramírez, entregó 15 títulos. El volumen I de la Obra poética de Matilde Casazola (1943), en una edición en tapa dura, que reúne, en su orden original (no necesariamente en el que fueron publicados), seis libros escritos entre 1965 y 1978, desde Los ojos abiertos hasta A veces un poco de sol, imposibles ya de conseguir en sus primeras ediciones; todos corresponden a la que su autora llama “serie autobiográfica”, a diferencia de la “serie temática” (que Gente Común compiló en 2011, con los que me parecen algunos de sus mejores libros).   
De Jessica Freudenthal Ovando (1978),  una voz distinta en nuestra poesía actual pues se caracteriza por su incisiva exploración en el lenguaje y por su propuesta visual, 3600 publicó El filo de las hojas, donde precisamente hurga en “las comisuras del lenguaje, sus resquicios, en las hendiduras entre la representación verbal y lo representado, los intersticios entre el nombre y lo que el nombre nombra, las imposibilidades del decir”.
En este sello aparecieron igualmente el segundo poemario del artista visual Luis Mérida Coímbra, Hojarasca d’la mía Vid’; el primero del ensayista y narrador Fernando Molina, Noticias de mí, que aún no he leído; el interesante Disección, de Luis Carlos Sanabria, quien es además parte activa del equipo de 3600; Jazzologías, de Miguel Carpio y Acudo universal, de Sergio Velasco; así como la antología Beni: poetas de huellas imborrables, con selección a cargo de Arnaldo Mejía Méndez, libro que forma parte de la colección de antologías regionales editada por la Fundación Cultural del Banco Central.

En la casa de 3600, en coedición con Equis, nació este año también una nueva colección de poesía: Trama del Ojo, dirigida por el poeta chileno, radicado en La Paz, Fernando van den Wyngard. Ya han visto la luz sus cuatro primeros títulos: Hasta el túetano, de Claudia Daza; Desnubilar, de Leonardo Nicodemo; Terrarium, de Catherine Mattos y Fauces, de Felman Ruiz, todos poetas novísimos.
Quiero dedicar unas palabras a tres títulos de 3600, que comienzan a llenar -será largo hacerlo, pero es preciso- un gran vacío de nuestro pequeño mundo editorial: la ausencia de títulos publicados en Bolivia de autores de otras naciones (¿otra muestra de nuestro ensimismamiento?).  Con la complicidad de Marcel Ramírez pude editar y publicamos una antología de la poesía del gran poeta y ensayista argentino Hugo Mujica (1942), con el nombre de En el hueco de la mano, que será reeditada en Ecuador en 2016. Es un libro de esos que podemos llamar, sin temor, esenciales.
Luego se presentó un volumen -tipo cara y cruz- con dos libros de poetas entrañables: Coplas de arena, del español Sebastián Mondéjar (1956) y La voz esencial del chaqueño Aníbal Crespo (1948). Y hace poco presentó un nuevo libro el poeta chileno, larga e indisolublemente ligado a Bolivia, Andrés Ajens (1961): Cúmulo lúcumo.
De Cochabamba solo tengo noticia de los poemarios cartoneros publicados por Yerba Mala: Blanco de Cecilia de Marchi, con poemas en prosa que aún aguardan su lectura, Arrazados de Roberto Cuéllar, más una reedición de Luciérnaga sangrante de Julio Barriga; y de Sucre, Revolución, de Alex Aillón, en Editorial S.
Last but not least, en Santa Cruz las publicaciones de poesía no fueron pródigas este 2015, a diferencia de años precedentes. El polifacético Oscar Barbery Suárez (1954) volvió a la poesía después de muchos años con Luna Ático, bajo el sello de La Hoguera; un libro de (des)amor y (agudo) humor, esa virtud cardinal que tanto espanta a la telúrica solemnidad de algunos, aquí combinada con el socarrón escepticismo que otorgan los años.
Otro autor que trabaja en varios géneros, Emilio Martínez (1971), retornó también con el poemario Introducción al método de la noche (La Hoguera), de una lúcida poesía intelectual que conversa con sus influencias y despliega diversos registros.  
En El Duendecillo Verde, Víctor Paz Irusta publicó Prontuario de ausencias (1959); en la colección para jóvenes de La Hoguera, Gricel Gamarra propuso sus Recuerdos del olvido; y en edición independiente, Pablo Carbone (1980), una de las voces más sugerentes de su generación, nos trajo La balada de los muros con sus pájaros dichosos y hogueras apacibles, señales o signos de un nuevo tiempo en su escritura. 

Este 2015 partieron Rubén Vargas, Emma Villazón y, apenas ayer, Sebastián Molina. Me voy, y el año se va, dejando como al pasar un haiku suyo: ¿Cómo se expresa / lo que la música ilumina / cuando enmudece?

Fragmento

Sobre Cuaderno


Hace algunas semanas se presentó el libro Cuaderno (Plural, 2015) de Juan Cristóbal Mac Lean, columnista de LetraSiete. Para invitar a su lectura, presentamos un fragmento tomado de las páginas118-120.



Juan Cristóbal MacLean E.

Leonardo es quizá el primero en hablar desembozadamente, según parece, de lo que hoy llamamos -¿o llamábamos?- cuadernos. Advierte del contenido que ellos pueden tener: “Esta pretende ser una recopilación sin orden, de cosas, tomadas de aquí y de allá, que he copiado aquí con la esperanza de que después pueda organizarlas según los temas de los que se ocupan; y me parece que tendré que repetir lo mismo muchas veces; por lo cual, querido lector, no he de ser recriminado”. (…)
Están, en otro extremo, los cuadernos de Kierkegaard. En ellos, cada página, con los ojos actuales, podría fácilmente competir como obra de arte, como el colmo de la finura en la escritura, el dibujo -la escritura misma como dibujo. Kierkegaard, cuentan, tenía varias mesas altas, como pupitres elevados y escribía de pie. Cada mesa, por llamarla así, estaba ocupada con un cuaderno distinto y él iba, a veces, pasando de una a otra. ¡He ahí una verdadera topo-grafía!
Otro caso, de los más asombrosos, es el de Kafka, con  sus cuadernos y esos “garabatos” como él mismo llamaba a las figurillas que con frecuencia se complacía en dibujar. En hojas sueltas, al margen de los cuadernos…
Y entre la maraña de cuadernos que desfila de pronto por nuestros ojos, inicialmente dos detienen nuestra mirada, dos casos tan absolutamente opuestos, ¡de tan distintas manos! Son los cuadernos de Víctor Hugo, son los cuadernos de Antonin Artaud. Ambos valoraban sus incursiones en el dibujo, el dibujo-pintura, el dibujo-escritura, como si en la pluma, en el dibujo, se descubriese como otra herramienta, reglamentara otro espacio al que entregarse y sean ellos, la pluma, el lápiz, otro nuevo recurso o dador de recursos, surgido entre la voluntad y la distracción, naufragando, iluminando o ensuciando, botados entre los márgenes, los escritos.
Hugo le escribe a Castel: “El azar ha hecho caer ante mis ojos algunas especies de ensayos de dibujos hechos por mí en horas de ensoñación casi inconsciente con lo que quedaba de tinta en mi pluma sobre márgenes o cubiertas de manuscritos…”. Líneas más abajo, sitúa el momento en que le suelen ocurrir esas “ensoñaciones”: “Eso me divierte entre dos estrofas”. Esas citas las recoge Gaetan Picon, en el hermoso libro Las líneas de la mano, donde llega a preguntarse, hablando justamente de Hugo, “¿La transmutación del lenguaje en visión es posible?”.
Y, por otra parte, ¿se basta a sí mismo el dibujo? Pues, cuando se miran los de Hugo (basta buscar en Google), a veces parece que la forma-dibujo, suponiendo que haya realmente una, también es rebalsada, así como todo rebalsa en Víctor Hugo, el que podía hacer hablar a la Vía Láctea en primera persona; el que encontraba en ella un “hormiguero de abismos”, un “precipicio de astros”, debía también desbordar  por/en el dibujo, y de ahí su empleo de materiales heteróclitos, el recurso a la mancha, la casi vecindad con el collage, que van develando, entre las hojas, sus materiales y sus formas, una íntima “tectónica secreta”, como la llama Gaetan Picon.
Es impresionante ver hasta qué punto, en muchos de sus dibujos-tintas, Hugo se aproxima a lo que posteriormente sería llamado arte abstracto. Ya son de pronto las manchas mismas, las formas arrasadas, las palpitaciones internas de un espacio, las que se imponen sobre la naturaleza o las ruinas, los vientos retratados. Como si, a través del dibujo, los asomos de pintura, Hugo se concediera una libertad mayor de la que es capaz de extraerle al lenguaje, que consideraba lo realmente suyo por excelencia, mientras se sentía tímido como pintor, aunque apreciase enormemente, tómese en cuenta, el que Baudelaire, nada menos, hubiese elogiado sus creaciones gráficas…
La aparición del dibujo, de dibujos o pinturas en las páginas de los numerosos cuadernos de Antonin Artaud, en cambio, pertenece a otro régimen muy alejado del de Hugo, cuando no su opuesto. En Artaud ciertos trazos, dibujos, garabatos, a veces parecieran tener la forma o función de encantamientos que se alternan o participan de la escritura, de la voz cantada, y juegan un papel que en absoluto es marginal, o meramente paralelo al de la escritura. Los dibujos, en sus cuadernos, más bien, pertenecen a los órdenes de la magia negra, del conjuro. Así como la escritura arrasa con las convenciones del sentido y aún de la sintaxis, el dibujo o las pinturas, el acto o voluntad del que parecen trasuntos, también rompen y se alejan, con mucho, de cualquier vecindad con las clásicas Bellas Artes.
Los títulos de muchos, escritos sobre el mismo papel, como formando parte del dibujo, dan cuenta del estado de máxima tensión y vibración en que se ejecutan: “La Proyección del cuerpo verdadero”, “La torpeza sexual de dios”, “La execración del Padre-Madre”, “La máquina del ser o dibujo para mirar con traviola”… El entrelazamiento de frases y dibujos habla de todo lo que Artaud, en una lucha contra fuerzas primitivas, cósmicas, depositaba de sí en los cuadernos, de lo que él mismo llamaba, en El Pesa-Nervios, los “deshechos de mí mismo, esos pellejos (raclures) del alma que el hombre normal no alberga”.

Los dibujos y las palabras, pues, brotan de una desgarradura desde la que pretenden afianzarse a punta de una escenificación de la propia palabra, del mismo trazo. En carta a Paul Thevenin, desde Rodez, Artaud aclara: “Las frases que anoté sobre el dibujo que le di, las busqué sílaba a sílaba y en voz alta al trabajar, para ver si las sonoridades verbales capaces de ayudar a la comprensión de quien mirase mi dibujo fueron encontradas”. Aquí es entonces la escritura la que está puesta al servicio del dibujo, las frases o sílabas que se ciernen alrededor suyo, desde el punto de vista de sus sonoridades y alteraciones, alternaciones, son las que podrán ayudar, podrán ritmar, la correcta comprensión del dibujo. La hoja, de pronto, es también una partitura.

Etc.

“El comunismo no ha muerto,
su cadáver está vivo”


El autor participó en una entrevista colectiva a la Nobel Svetlana Alexievich, y transmite acá algunas de sus principales impresiones.



Carlos Decker- Molina

Las obras de Svetlana Alexievich han sido, indudablemente, escritas por ella, lo que hace suponer que son sus palabras, pero no lo son. Las obras de la Alexievich han sido escritas por la mano de la autora, pero son las palabras de otros.
A los periodistas nos dijo que no tiene ninguna técnica para entrevistar. “No provoco a nadie, no lo he hecho nunca. Yo escucho. Para comenzar suelo decir, cuéntame sobre tu vida. Evito preguntar como ustedes, los periodistas, que les interesa más el hecho que el protagonista. Para mí la persona es más importante”.
La Nobel 2015 no habla otro idioma más que el ruso, y eso dificulta bastante. Los matices y los giros del idioma de Dostoievski, “son preciosos y precisos”, me cuchicheó Irina mi colega rusa.
Para dar un ejemplo del tipo de entrevista de Svetlana, nos relató su encuentro con las lavanderas de Chernóbil. Dijo que en la reunión estaban también científicos y periodistas de otros países. Las lavanderas habían cocinado para invitar a sus visitantes, una tradición muy rusa pero, cuando advirtieron que los extranjeros tenían su propia comida bien envasada en cajas de plástico, enmudecieron y se expresaron solo con monosílabos. Entonces la Nobel se sentó junto a las lavanderas en la mesa de la cocina y comió las viandas preparadas por esas manos quemadas por la radiación. Entonces -dice- pregunté por el color de las manos y las lavanderas respondieron: “Las máquinas de lavar ropa quedaron inutilizadas, tuvimos que lavar a mano”.
Un colega la preguntó cómo hizo para que alguno de sus entrevistados hablara como niño. Después de una pausa, dijo: “Recuerdo que era un profesor. En nuestra sociedad son personajes con autoridad, jerárquicos, no como en las democracias en las que los profesores son gente como cualquiera. El profesor fue muy formal, concreto y seco cuando recordó que las tropas de Hitler llegaron al lugar, ‘entonces nosotros nos escondimos’… Lo interrumpí y le pregunté por qué dispararon a las caras. El profesor calló unos instantes y volvió al recuerdo de su infancia y dijo… ‘es que mi madre era muy bella’ y continúo el relato con voz de niño”.
Y ¿cómo sabes que la gente dice la verdad? “Pienso que el recuerdo es un trabajo laborioso que se puede comparar con el del escultor que labra la roca, le da forma; es lo mismo con las palabras, las reúne, la piensa, las formula o reformula siempre alrededor del recuerdo. Por eso hago cientos de entrevistas que terminan siendo solo unas cuantas en el libro”.
La escritora bielorrusa aclaró que nunca ha utilizado la expresión “sovok” peyorativa de “Homo sovieticus”, en cambio habla ella del “hombre rojo” que, aclara, es una figura trágica que en otras circunstancias pudo haber vivido de otra manera, “la mayoría no tienen energía para oponerse” dijo y contó la historia de Vasili Petrovich de 87 años cuya mujer murió en el Gulag y él mismo fue torturado y sometido a tres simulacros de fusilamiento, pero que cuando le dieron libertad y, sobre todo, le devolvieron la libreta del partido, lloró de alegría.
En sus palabras de agradecimiento Svetlana Alexievich demostró una vez más poseer una visión particular sobre la cultura de su país y de ese homo sovieticus que domina su obra. Nos entregó un puñado de frases contundentes.
Alexiévich describió el momento actual como “un tiempo de segunda mano”. Un tiempo de esperanza que “ha sido sustituido por el momento del miedo”, donde “es difícil hablar de amor”.
“Anteriormente el mundo estaba dividido, había verdugos y víctimas: qué fue el gulag, hermanos y hermanas, qué era la guerra, el electorado… era parte de la tecnología y el mundo contemporáneo. Nuestro mundo también había sido dividido en quienes fueron encarcelados y quienes encarcelaron; hoy hay una división entre eslavófilos y occidentalistas, ‘fascistas-traidores’ y patriotas. Y entre los que pueden comprar las cosas y los que no pueden. Esto último era lo más cruel de las pruebas para seguir el socialismo, porque no hace tanto tiempo que todos habían sido iguales. El Homo sovieticus no fue capaz de entrar en el reino de la libertad que había soñado alrededor de su mesa de la cocina. El comunismo no ha muerto, su cadáver está vivo”.
Naturalmente, el poder político de Bielorrusia la detesta, pero no la censura, usan un método curioso. Los precios los pone el estado, el libro La guerra no tiene rostro de mujer, uno de los más vendidos en el mundo, está en las vitrinas de las librerías de Minsk, a 322.600 rublos que es la décima parte de un salario de un profesor de escuela, por la misma suma se pueden comprar 10 botellas de vodka.
En Minsk, nadie puede comprar el libro de la Nobel de Literatura 2015.

Entrevista

Laura Restrepo en Lo que el viento no se llevó

El periodista Mario Castro acaba de presentar  Lo que el viento no se llevó, volumen 2 (Zofro, 2015), una selección de entrevistas radiales con personalidades nacionales y del exterior del mundo de la cultura. Va el extracto de una de estas conversaciones.



Mario Castro

Desde Colombia llegó una distinguida escritora, considerada una de las más importantes de América Latina en la actualidad. Se ha dicho mucho de Laura Restrepo en su país y en el continente; nosotros también nos hemos ocupado de ella, es ampliamente conocida por lo que en esta introducción no abundaré  en el elogio: Bienvenida Laura.

- Encantada Mario de estar acá; la verdad que para mí si es un placer muy grande estar en Bolivia porque pese a que es un país al que no le he seguido los pasos siempre… Bolivia es un país muy intenso y eso irradia  en el resto de América Latina, se siente, este es un pueblo poderoso y sin embargo nunca he podido venir.

- Laura Restrepo es escritora, política y periodista; todos somos multifacéticos pero ahora voy a concentrarme en esas tres facetas en esta conversación.
- Mario, la verdad es que para el rol político me nombró el presidente Betancourt pero también la guerrilla, es decir necesitaban gente que pudiera jugar un papel neutral y que fuera aceptada de lado y lado,
Se trata del M-19, una guerrilla que tenía elementos democráticos y suscitaba fervor popular que es una cosa que no pasa hoy en día con la guerrilla en Colombia, pero en ese momento de alguna manera la guerrilla se había constituido en una especie de vanguardia de las esperanzas de un pueblo muy castigado por la guerra, Eso terminó en un baño de sangre; en su momento eso nos dio muy duro porque muchos de los guerrilleros que se amnistiaron y que entregaron las armas fueron asesinados posteriormente...
Bueno ya sabemos de sobra, no solo en Colombia sino en el mundo entero, que la paz tiene enemigos muy poderosos, porque las guerra suele ser un negocio multimillonario así que ahí estaremos siempre para decir la guerra nunca es un camino, la guerra no trae sino tristeza y soledad; la paz es el único camino para nuestros pueblos

- Qué aleccionador cuanto dice. Producto de aquella experiencia fue su primer libro: Historia de un entusiasmo por el que además tuvo que pagar un precio caro: el exilio.
- El libro lo escribí porque no tenía otra manera de denunciar lo que quería denunciar. Eso dio lugar a ese primer libro escrito desde el exilio. Yo no pude ir ni al lanzamiento, salió cuando yo estaba afuera… pero digamos que me dejó también un legado personal, aparte de todo lo que hablamos, que fue mi primer libro, y que ya después no volví a escribir “sino libros”, ya quedé instalada en ese territorio.

- Eso de volcarse a las letras de esa manera, ¿la ha alejado para siempre del periodismo y de la política?
- No Mario, para nada. Usted que combina todos esos oficios sabe que de alguna manera son la misma cosa, y en nuestro continente hay una tradición muy larga en que literatura, periodismo y política vienen siendo lo mismo. De pronto son simplemente una forma de estar vivo en este continente en que vivimos, donde la historia se hace todos los días, tiene uno que estar ahí para verla, para vivirla, para actuar sobre ella y también para dejar constancia porque queremos que las generaciones que vengan tengan por lo menos una señal de parte nuestra de qué fue lo que hicimos.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Teatro

Un año de teatro en La Paz

 Una muestra, nada más, pero muy representativa y fiable, de lo que significó en calidad, cantidad, propuesta, innovación y pendientes, la actividad dramatúrgica y teatral nacional, en general, y paceña en específico.



Omar Rocha Velasco 

Quizá el título es muy pretensioso, lo que haré será hablar de unas cuantas obras que se presentaron en La Paz en este 2015, obras que analizamos en la Escuela de espectadores de teatro de la ciudad de La Paz.
Antes de pasar a los comentarios, unas cuantas palabras acerca de la Escuela de espectadores: se trata de un “grupo abierto” de personas interesadas en el teatro que se reúne, el último lunes de cada mes, para discutir sobre una obra escogida previamente. Es cierto que la palabra escuela evoca inmediatamente sentidos ligados al estudio, al instituto, al espacio cerrado donde se imparte educación, pero nosotros recuperamos el sentido inicial de “escuela”, más ligado al ocio al tiempo libre.
Escuela también es sinónimo de ocio, estamos hablando de la “capacidad del hombre para sustraerse al dominio de la necesidad y de lo útil y entregarse a actividades libres y desinteresadas…”, como diría Francisco Arenas. El modelo inicial y el nombre lo tomamos de la escuela que Jorge Dubatti dirige en Buenos Aires. Lo que está detrás, finalmente, es establecer un espacio de estudio, análisis y discusión de espectáculos teatrales que están en “cartelera” o que se presentaron recientemente. El público al que está dirigido no es la “gente de teatro”, es decir, directores, actores, críticos o promotores, los que participan de la escuela son personas interesadas del público en general y que quieren ir un poco más allá de lo que vieron en una presentación concreta. En definitiva, es un público que quiere, desde su lugar, formarse críticamente.
Así las cosas la Escuela de espectadores de teatro de La Paz se inició en marzo de 2012, al impulso de instituciones como el FITAZ, el Espacio Patiño, a través del CEDOAL, y la Carrera de Literatura de la UMSA. Ya llevamos tres años de trabajo, viendo teatro, hablando de teatro y escribiendo de teatro; es obvio, a medida que nos formamos colectivamente, tenemos más cosas que decir.
El 2015 vimos y discutimos ocho obras: De cómo moría y resucitaba Lázaro el Lazarillo, Los raros, Tamayo, Los diarios de Adán y Eva, Gula, Mar, El zaguán de aluminio y Arriba El Alto, comentaré algunas de estas obras como recuento del año, es cierto que frente a todo lo que se presentó en La Paz es solo una pequeña muestra, injusticia terrenal.

De cómo moría y resucitaba lázaro el lazarillo
Con esta obra fuimos muy críticos y nos hicimos varias preguntas:
La percepción general fue que el intento de hacer participar al público o interactuar con él resultó agresivo y amedrentador; un espectador de teatro no siempre acude a la sala con la intención de estar absolutamente cómodo y pasivo, sin embargo, verse forzado a intervenir o ver cómo fuerzan al que está al lado fue excesivo, el clima emocional fue tenso ¿Por qué no avisar al principio que en esta obra se pedirá la intervención del público? ¿Sería una superabundancia de consideración con el público?
Es una obra que se mueve en diferentes géneros y registros, eso la hace difícil de asimilar y seguir, nos perdemos entre el monólogo, la interacción con el público y la utilización de un programa de sonido que reproduce la voz del actor de forma recurrente.
¿Por qué la utilización de ese programa que reproduce la voz del actor?, el recurso es interesante, pero queda al margen, queda como algo “accidental” y desprendido. ¿Está en relación a la historia? ¿Tiene que ver con el énfasis en la voz de los distintos personajes? ¿Es la voluntad de insertar un elemento de las nuevas tecnologías a como dé lugar?

Tamayo
No es una obra fácil para el espectador. Quizá la primera intención es ir a enterarse “algo” acerca de Tamayo, ese incomprendido, ese personaje casi mítico de la literatura y la política en Bolivia. Finalmente, además de algunos estudiosos, ¿alguien ha leído a Tamayo? La sensación es que no se puede seguir la historia, eso es muy riesgoso, puede generar reacciones de asentimiento demasiado intelectualizado, o puede generar un “desenchufe” total (siempre del lado del público). ¿Cuál es la propuesta de Percy Jiménez para cerrar su trilogía?
Difícil pregunta. Quizá la respuesta sea evadirse de lo lingüístico y acudir a las sensaciones, quizá lo que le queda al público es la sonoridad, como afirma Lucía Mayorga, en un texto producido durante un taller que dictó Karmen Saavedra: “¿Cómo interpretar el discurso en Tamayo? Tal vez evadiendo su carácter lingüístico y preponderando la sonoridad construida.
Tamayo fue una realización escénica incrustada en una paradoja, pues en ella prevaleció el texto por encima de otros componentes (como la corporalidad) pero, al mismo tiempo, sustrajo al parlamento su carácter lingüístico y lo convirtió en pura sonoridad, despojada de significado. Si, en Tamayo, consideramos la sonoridad como criterio de análisis central entonces la voz de los personajes llegaría a ser lenguaje sin significado, la voz crearía espacialidad y construiría un ambiente hostil que desde la música del inicio prefiguraría el final fatal, el silenciamiento de Tamayo-poeta. En el caso de Adonais no importa que su texto comunique un sentido o no, porque el sonido del canto es el sentido, Adonais es la poesía, en este caso la voz se presenta en su pura materialidad”.
Lo que sí encontramos es un choque de tiempos, un personaje escindido, dividido que se encuentra con él mismo y con otros. Se imponen las imágenes más que las palabras, aunque todo está lleno de palabras. Se impone la estética del “espectro” (cara herencia shakespeareana) y todo lo que ello conlleva.


Arriba El Alto
Llegar a la “casa” del Teatro Trono en la Calle de las Culturas en Ciudad Satélite es ya una experiencia maravillosa (claro, para nosotros que vivimos en la hoyada mirándonos los zapatos).
La obra tiene un ritmo impresionante, el escenario es maravilloso, más a la inglesa que a la italiana o, en otras palabras, el público está abajo, al medio y los actores arriba (también abajo, pero solo para cambiar de lado). Los actores se desplazaban en dos niveles y corren por todo lado. Se trata de “representar” escenas de la vida cotidiana del El Alto: el minibús, la comidera, el albañil, el soldadito, la fiesta, la borrachera, etc. Todo dinámico, todo vertiginoso, no hay un segundo para distraerse, para aburrirse, para bajar la mirada.  
Sin duda estamos frente a una propuesta diferente, unas intenciones diferentes, un teatro que no estamos acostumbrados a ver. Es más político, social, con intenciones claras y no solamente sugeridas. Hay mucha gente en escena, ¿cuántos son 20, 30?, algo así. La obra no tiene un hilo conductor, aunque una historia de amor trata de enlazar algunas de las escenas (¿sketches?) allí presentadas. Todo conduce hacia la guerra del gas, hay una apelación al sentimiento a despertar esas sensaciones de enojo por lo que ha pasado, por las injusticias, por ese momento culminante en el que el soldadito se tiene que enfrentar a su enamorada.
Discutimos y elogiamos la obra, evocamos un comentario que escuchamos de un brasilero que vio una obra de Fredy Chipana, “es una obra honesta”. ¿Qué significa?, quizá se trata de una obra despojada de toda pretensión “estetizante”; a veces las obras, o los textos, que parten de una premisa (que generalmente suele ser el cuestionamiento a algún elemento fundamental del teatro) suelen resultar forzadas, poco honestas.

Gula
Fue, sin duda, el proyecto más ambicioso del año. Una enorme producción que, bajo la dirección de Eduardo Calla (Escena 163), logró reunir a muchos actores importantes de nuestro medio: David Mondacca, Percy Jiménez, Bernardo Arancibia, Carlos Ureña, Patricia García, Paola Oña, etc.
Se trata de una versión de la Visita de la vieja dama, de Friederich Dürrenmatt, un clásico del teatro universal, una de las razones por las que es un clásico es que los temas están siempre vigentes: poner en duda la solidaridad humana, la justicia, la ética… en fin, explora los dilemas morales, las contradicciones humanas: ¿qué haríamos nosotros si fuéramos de Gula?, ¿defender a Elías? ¿Se puede comprar la justicia? La tesis de la obra es que “todo se puede comprar”.
El pueblo de Gula es muy buen ejemplo para despertar todos estos problemas, un pueblo industrial venido a menos que pide la muerte de uno de sus habitantes a cambio de bienestar.
El primer acierto, no seguir la obra al pie de la letra (por ejemplo el detalle de la llegada en helicóptero y no en tren) hay un trabajo que reconoce el público boliviano al que se está enfrentando. Por otro lado está la propuesta estética, no de la época, quizá un kitsch no en un sentido negativo (arte barato), sino en lo que tiene de cierta inadecuación de época, colores, formas, vestuario, etc. Combina muy bien con el humor, una estética que Calla está explorando con mucho éxito. ¿Es eso más digerible?
La dirección de los actores fue estupenda, ninguno desentona, ninguno deja la sensación de haber podido más, ese es un mérito que no se ve siempre, dejar que los actores desplieguen todas sus posibilidades sin que algo les moleste, los inhiba, pero no saliendo del conjunto.
Comentamos especialmente la actuación de Mondacca, al que le cuesta dejar de ser Saenz (su gran personaje). Así, en todos los casos. La escenografía merece un comentario aparte, en esta gran producción, ambiciosa y bien lograda, el trabajo de Gonzalo Callejas impone la huella del Teatro de los Andes, pero se acomoda muy bien a la obra. ¿Cuál es esa huella?, un elemento se va transformando y va cobrando varias funcionalidades en escena. Habría que comentar muchas cosas, pero una pregunta quedó flotando, ¿si las condiciones económicas estuvieran dadas (no olvidemos que esta producción fue auspiciada por la embajada de Suiza en Bolivia) el teatro boliviano mejoraría ostensiblemente?

Mar
Fue la que elegimos como la mejor obra del año. Destacamos el texto, la dirección, la escenografía, la relevancia temática, la actuación y el ritmo (elementos de los que generalmente hablamos en nuestras sesiones), la mayoría coincidió en que esta propuesta teatral se atreve a reflexionar críticamente sobre Bolivia y los bolivianos marcados por esa ausencia constitutiva que es el mar. Pero no se trata solo de lo temático, los elementos propiamente teatrales están muy bien logrados; solo por poner dos ejemplos, el manejo corporal de los actores es impecable y la escenografía creativa, espectacular, fiel a la “poética” del Teatro de los Andes, mencionada más arriba.
La propuesta es fascinante, evita la queja, la denuncia y la victimización, el “lamento boliviano”[1]. Explora la pérdida, se pregunta por los efectos de una “ausencia”. El mar para los bolivianos es un vacío constitutivo; una falta y una añoranza que quedan instaladas en la memoria.
La obra es compleja y construye varios planos; así, tres hermanos emprenden la búsqueda del mar para cumplir el último deseo de su madre. En otro plano, varias escenas de la vida cotidiana de los bolivianos se intercalan, entonces, los personajes empiezan a bailar morenada. El grupo baila al son de la música, que todo el público identifica como una expresión de algarabía; los bailarines tienen además de la máscara unos sombreros que son barcos de papel. De pronto una marcha militar interrumpe el baile, “recuperemos nuestro mar/recuperemos el litoral” se escucha y esos cuerpos que bailan empiezan a rigidizarse, a hacer movimientos bizarros a contorsionarse. Claramente la escena nos remite a la intervención de una presencia vigilante y desconfiada, es la irrupción de la angustia cívica y el patriotismo que renacen con fuerza. Es el arte teatral en todo su esplendor.

Cae telón
¿Alcanza para dar un panorama de lo que está pasando en el teatro boliviano? No creo, sin embargo se puede decir que lo que está pasando en el teatro boliviano es ambiguo y contradictorio: por un lado grandes dificultades debidas al poco apoyo estatal y privado; inexistencia de salas que posibiliten temporadas permanentes; falta de público que asista a las esporádicas puestas en escena; etc.
Por otro lado, consolidación de festivales como el FITAZ y el Festival de Teatro de Santa Cruz; formación seria y profesional de gente ligada al teatro (dramaturgia, dirección, escenografía, actuación, etc.); la consolidación de la Escuela de Formación de Teatro; varios libros y revistas que publican textos dramáticos producidos en talleres o como esfuerzo individual de dramaturgos contemporáneos; promotores culturales que apoyan al teatro, etc.
Dentro de este panorama destaca algo innegable: un trabajo sostenido por gente de teatro, gente que siente que tiene algo que decir, que reacciona frente a una carencia o una insatisfacción de no verse reflejados en lo que tienen al alcance de la mano.
¿Y el público? Quizá, como dice Ricardo Bajo, lo que prima es la foto en el Municipal para el suplemento del domingo, quizá la “Escuela sea un grupo de entusiastas que se ha estancado”. Yo soy más optimista, el público es indudablemente parte del espectáculo teatral, es uno de sus elementos constitutivos, hay público al que le interesa pasar solo un buen momento, reírse un rato y hacer hora para lo que realmente importa el fin de semana, pero también hay público interesado en ir más allá del “me gusta” o “no me gusta”, espectadores que quieren buen teatro y se ponen cada vez más exigentes.
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Fichas técnicas

De cómo moría y resucitaba Lázaro el lazarillo
Texto: Arístides Vargas
Creación y actuación: Daniel Aguirre Camacho
Dirección: Diego Aramburo

Tamayo
Dramaturgia y dirección: Percy Jiménez
Actores: Fredy Chipana, Miguel Angel Estellanos, Mauricio Toledo, Bernardo Rosado
Música: Jorge Zamora

Arriba El Alto
Elementos escenográficos y técnicos: Teatro Trono
Dirección: colectiva
Autoría: colecctiva

Gula
Adaptación de Visita de la vieja dama de Friederich Durrenmat
Dirección: Eduardo Calla
Actores: David Mondacca, Patricia García, Chirstian Mercado, Bernardo Arancibia, Carlos Ureña, Percy Jiménez, Claudia Andrade, Paola Oña, Daniela Lema, Natalia Joffré, Denisse Arancibia, y la voz de Luis Bredow.

Mar
Creación colectiva del Teatro de los Andes y Aristides Vargas
Actores: Lucas Achirico, Gonzalo Callejas, Alice Guimaraes
Música: Lucas Achirico
Escenografía: Gonzalo Callejas






[1] Este punto surgió luego de un comentario que Eloísa Paz Prada hiciera en una sesión de la Escuela de espectadores de La Paz, cuando analizábamos la obra Mar de Teatro de los Andes.