jueves, 14 de septiembre de 2017

Yuri Herrera en Bolivia

El correr de los ríos subterráneos



Sobre Señales que precederán el fin del mundo, la estupenda novela de Yuri herrera reditada ahora para Bolivia en un no menos estupendo trabajo de La Perra Gráfica y Oscar Zalles.


Mauricio Murillo

Uno de los desafíos de la literatura contemporánea tiene que ver con la manera en que se narra o se ficcionaliza algo que se ha contado muchas veces. Es difícil escapar al cliché. Son pocos los libros que reelaboran el pasado y el presente de manera no solo nueva, si no también hermosa. Esto es más difícil sobre todo si la ficción que se escribe gira en torno a un tema del que se ha dicho mucho y, además, se supone que existen las maneras correctas y acabadas de entender un suceso social. Entre muchos de sus méritos, Yuri Herrera elabora con Señales que precederán al fin del mundo una novela que no cae en la mirada trillada de la violencia del norte mexicano y, además, tampoco simplifica un conflicto tan complejo y duro como es el de la frontera entre México y Estados Unidos.
Señales que precederán al fin del mundo relata el viaje de Makina, quien parte de su pueblo en Hidalgo para recalar en EEUU, pasando por el DF y, algo ineludible, por la frontera. El término “viaje” en la novela de Herrera implica distintas maneras de entender el desplazamiento de Makina. Entonces, en la novela va a ser importante el dilema del movimiento y del estarse. La personaje va en busca de su hermano, quien emigró años antes. Una búsqueda. Como ella, muchas otras personas tienen la pulsión del movimiento hacia el norte.
En dos momentos de la novela le preguntan que cómo está Cora, su madre. “Está, nomás”, ella responde. El estarse de la madre se opone violentamente al desplazamiento de Makina que es un buscar pero también un alejarse. Así como le inquieren sobre la madre, le preguntan a ella varias veces si va a cruzar: “¿Vas a cruzar?”. Pregunta que luego se convierte en una afirmación. Cora se está y Makina cruza. Un conflicto del movimiento y de la quietud. “No podía detenerse, debía seguir caminando aunque no supiera cómo iba a regresar. Era el ritmo, era su cuerpo sin lastre, era el leve sonido de su resuello lo que la impulsaba”, dice el narrador. Es la ilusión de estar de paso, de moverse un rato para volver a la quietud, al pueblo propio. Pero es una ilusión. Un personaje, ya del lado gringo, le dice a Cora: “Yo aquí nomás estoy de paso”. Luego le cuenta que ya son 50 años. En el movimiento, el tiempo es relativo. O distinto.
El desplazamiento es esencial para cruzar la frontera. Se cruza la frontera al cruzar un río. El río que es, justo, una metáfora clásica de lo que no vuelve, de lo que no se queda quieto. Ahí esta eso que amenaza a Makina y la hace “viajar”, “el correr de los ríos subterráneos”, como se lee en el libro. Al final el movimiento ya no será horizontal, sino vertical. Un movimiento descendente, que lleva a Makina hacia lo subterráneo, hacia lo oscuro.
Yuri Herrera consigue con Señales que precederán al fin del mundo producir una escritura sobre un tema tan arduo como frecuentado. Al hacerlo, podemos entender que sobre ciertas cosas es mejor escribir ficción, que eso nos dice mucho más sobre la violencia, la desigualdad, la pena que miradas cerradas en busca de respuestas. Así, otro de los grandes picos de la novela (además de lo ya mencionado y del simbolismo y del ritmo) es el lenguaje. Como ya lo demostró con su primer libro, Trabajos del reino, Herrera es un artesano de la palabra. Su cadencia, su sintaxis, sus oraciones, sus diálogos son irrepetibles. Pocos escritores en castellano esculpen el lenguaje como él. Así se puede relatar el horror desde la belleza, sin simplificar dicho horror.

Esta escritura depurada está acompañada por las espléndidas ilustraciones de Oscar Zalles en una edición para Bolivia preparada por La Perra Gráfica. Si los lectores bolivianos no han leído a Yuri Herrera, esta es una oportunidad que deberían aprovechar. Una novela sobresaliente que ahora aparece en una edición imperdible.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Homenaje a Nilo Soruco

Alza tu copla, Nilo Soruco


El Espacio Simón I. Patiño de La Paz y Zemlya Soruco organizaron una exposición documental en homenaje al músico, profesor y líder sindical tarijeño Nilo Soruco Arancibia.
La muestra rescata del archivo familiar fotos de las diversas etapas de vida de Nilo, material audiovisual y sonoro, su discografía como solista y como miembro del emblemático grupo Los Montoneros de Méndez, recortes de periódicos, objetos personales y una rica variedad de manuscritos, muchos de ellos con canciones inéditas de Nilo. Además durante el tiempo que dure la actividad, habrá visitas guiadas a estudiantes y un conversatorio sobre la vida y obra de Nilo Soruco.
A modo de trazar una semblanza completa, de primera mano y muy emotiva del entrañable maestro, Luis Rico, cantautor tupiceño, nos ofrece una crónica que pinta de cuerpo entero al autor de La vida es linda.


Luis Rico

Conocí a Nilo Soruco el año 1967 cuando la dictadura militar de René Barrientos teñía con sangre los campamentos mineros de Bolivia. En las noches de guitarra compartida, disfrutábamos de los nuevos grupos musicales del folklore; grandes noticias llegaban de Tarija en las voces de Los Montonero de Méndez, grupo musical formado por el maestro Hugo Monzón en franca coincidencia poética, musical y política con Nilo Soruco. Y con ellos, el poeta Luis Aldana, el maestro de guitarra Ciscar Gálvez, Vicente “Sapo” Mealla y las bellas Norma Gálvez y Florinda Aparicio para darle al grupo el aire y el sabor del valle que acaricia el río Guadalquivir. Era agradable escucharlos cantando las cuecas más bellas a partir de la emblemática Moto Méndez:

Soy de aquel
pueblo de las flores
del valle andaluz
bañado de luz
ebrio de colores.

Viva mi valle florido
que es jardín de amor
de rosas en flor
es un verde nido.

Por el Moto Méndez
que nació en mi pueblo
canto con el alma
la cueca chapaca
viva San Lorenzo.

Por aquellos días también, Nilo Soruco compuso la canción dedicada al dirigente minero Rosendo García, emblemático trabajador de la mina de Siglo XX.

Han matao a mi padre
por qué será
han matao a mi padre
en la noche de San Juan.
Cuatro balas asesinas
lo mataron a papá.
Mi madre lo esperaba
con su tasita de té
un poquito de singani
pero él ya no volvió.
Rosendo García,
minero y dirigente
te mataron, te mataron
en la noche de San Juan.
Con ruido de gorras,
de botas y fusiles,
vinieron y mataron,
en la noche de San Juan.


Esta canción, sin lugar a dudas, cimentó la línea temática de aquel grupo musical: la canción política de protesta, todo bajo el liderazgo e influjo de Soruro cuyo talento artístico era tan genuino y poderoso como su sensibilidad y compromiso político y social. Con el abundante repertorio, intercalado con picarescos cuentos chapacos a cargo del “Sapo” Mealla y la poesía costumbrista a cargo del violinista Lucho Aldana, viajaban a las provincias donde era fácil conquistar al público ansioso de ver traducidas en canciones, las costumbres heredadas.
Una noche de preparación navideña, recuerdo muy bien, cantaban en el Teatro Municipal Suipacha de Tupiza, las bellas voces de la Norma y la Florinda:

Tantas idas y venidas
tanto pasar por aquí,
se han de acabar tus zapatos
y no has de gozar de mí.  

El público batía palmas en cada picaresco bailecito, en cada cueca de polleras al viento, se desbordaban las carcajadas en cada chiste chapaco y en cada poesía costumbrista.

Ya reconocido en todo el país, Nilo tomó conciencia de que era tiempo de luchar, desde su oficio de poeta y guitarrero, por la recuperación de la democracia y la justicia social. Así fue que musicalizó muchos versos del poeta de los niños, Oscar Alfaro, equilibrando inteligentemente su militancia política en los momentos más difíciles de los gobiernos dictatoriales, hecho que, no obstante,  le costó prisión, tortura y exilio.

Bolivia, corazón de América
1978. Después de tanto escenario, después de tantas asambleas, después de tanta clandestinidad, después de tanta prisión y tanto exilio, Nilo Soruco el maestro, el cantor popular, el eterno enamorado de la tierra chapaca, había vuelto de Venezuela.
Una noche visitó la Peña Naira para proponernos compartir escenarios en una gira por todo el país. Aceptamos el desafío y empezamos a viajar coreando la frase: “Bolivia, corazón de América”.
Ahí estaban los tres estilos diferentes, Ernesto Cavour con su charango, Nilo Soruco con su compromiso militante y el que hoy les cuenta, cantando esta historia de compromiso con la democracia. Visitamos los centros mineros, La Paz, Oruro, Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, Potosí, Tupiza y terminamos en Tarija.
Esa noche final, en la capital chapaca, cantamos como nunca: “lindu…”. Con el sonido perfecto, el público disfrutaba de tres estilos que movían los sentimientos llevándolos a los lugares más lindos del folklore, pero también, instándoles a reflexionar sobre las páginas más oscuras de la historia: las dictaduras, y motivando su esperanza de lucha por la utopía de la unidad latinoamericana.
Después de cantar en el Patio Prefectural pleno de chapacos cantores, fuimos a tomar vino y planificar el futuro. Luego de varias botellas, Nilo Soruco se despidió recordándonos: “No se olviden que mañana estamos invitados a un “asao”.
A la mañana siguiente, Nilo llegó al hotel y nos contó que, cuando volvía a su casa, encontró a un “chapaquito  curao” que cantaba:


Qué lejos estoy,
qué lejos estoy
de mi ansiedad
mi río, mi sol, mi cielo
llorando estarán.

Nunca el mal duró cien años
ni hubo cuerpo que resista
ya la pagarán, no llores prenda
pronto volveré.

“Incentivado por el éxito del concierto –contaba Nilo-, me acerqué al paisano curao, lo abracé por el hombro y le pregunté: Cumpa, ¿usted sabe de quién es esa canción?  El chapaquito se dio la vuelta y respondió: ‘A mí qué mierda me importa el autor, ¡déjeme con mis sentimientos!’”.
Fueron muchos los sentimientos con que se cantó esta canción durante tantos años. Un militar vestido de civil, cantaba en una fiesta:

Ya la pagarás
“rojo” de mierda
pronto volveré.


Mucho después, recordando todos estos episodios, valorando a distancia su enorme legado, decidí componer una canción en honor de nuestro compañero y fui a Tarija para estrenarla. Pregunté por Nilo… Todos me daban la referencia del mediodía y la esquina de la plaza donde todos los días pasaba “putiando para el gobierno”.

- Hola Nilo -le saludo.
- Hola Rico, ¿qué estás haciendo aquí?
- He venido a cantar en La cabaña de don Pepe, y vengo a invitarlo para que venga a escuchar una canción que he hecho en su homenaje.
- ¿Acaso ya mey muerto…? -me reclama.
- Porque no se ha muerto he venido a invitarlo pues, porque si se hubieras muerto, ya pa’ qué…


Cueca para Nilo Soruco

Cuando la luna de plata
regalaba su fulgor
salió el jilguero chapaco
cantando coplas de amor,
regalando serenatas
a la flor de su balcón.

Era racimo en la viña,
agua del Guadalquivir,
era amador de amancayas
e incentivaba el vivir.
Eso era el Nilo Soruco
Pa’ quien va todo el sentir.

Cuando la patria sangraba,
herida del corazón,
se alzó su copla cantada,
en el verso y la canción,
se escuchaba su consigna
en todita la nación.

Y cuando afuera lo echaron,
lejos del Guadalquivir,
cantando La caraqueña,
lograba sobrevivir.



sábado, 26 de agosto de 2017

Lo nuevo de Saúl Montaño

Saúl Montaño, autorreferencial

Una lectura de Autorretrato (Nuevo Milenio, 2017), la reciente “no ficción” del escritor camireño.



Martín Zelaya Sánchez

¿Honestidad brutal? ¿Ego… exhibicionismo? No importa, está muy bien escrito y es de esos pocos textos breves que, como dice el lugar común, se pueden leer de un tirón. Ahora bien, si queda claro lo que se devela al final: que este no es un todo, apenas una parte de algo mayor, habrá que ver si ese algo mayor -novela, crónica autobiográfica, texto híbrido…- mantiene el mismo gancho.
“Me parece extraño que me feliciten por alguna publicación literaria que realizo. Me planteo escribir historias que retraten las contradicciones del ser humano, sin embargo, siempre concluyo historias donde lo que prima es alcanzar un efecto poético, tal vez por eso hasta ahora considero que he fallado como narrador”.
En este párrafo de la página 27 de Autorretrato (Nuevo Milenio, 2017), Saúl Montaño se explica y se contradice. ¿O no? ¿Vale el “efecto poético” en una “no ficción (así subtitula el libro), al menos en apariencia, autobiográfica? ¿Por qué no?
De todas maneras, no porque te adviertan de entrada que no es ficción hay que tomarlo como tal; pero claro, no por eso -también- hay que dejar de tomarlo como tal.
Este pequeño libro de 54 páginas que la editorial cochabambina puso a la venta para la Feria Internacional del Libro de La Paz es, como bien lo dice Maximiliano Barrientos en la contratapa, “un potente artefacto narrativo”, pero -lo enfatizo- deja abierta la interrogante en torno al proyecto mayor.
Ya Montaño dio muestras de que es capaz de alcanzar momentos muy bien logrados de prosa fluida, en muchos de los relatos de Desvelos (La Perra Gráfica, 2016), libro en el que, sin embargo, quedó en entredicho algo que ahora está fuera de discusión: la verosimilitud. Verdad, mentira… ambas, ninguna, una más que la otra… no importa, el lenguaje lo hace todo creíble y genuino. Y esto es lo que sí importa.
Autorretrato es una suma de retazos autodescriptivos sin más aparente orden o sentido que el que dicta el momento en el que el autor se sienta a escribir. Así, las confesiones de hazañas e inseguridades sexuales se juntan con listas de autores, películas, series y libros favoritos; las técnicas exitosas y fracasadas de conquista, alternan con tomas de postura como “no soy de izquierda”, o debilidades, como emocionarse hasta las lágrimas en una ceremonia religiosa.
Casi al azar, un párrafo (párrafo es un decir, no hay puntos aparte en todo el libro) que resume la heterogeneidad total:

“Detesto los zapatos Crocs. Este libro está pensado y escrito para lectores desconocidos, pero también para algunos amigos. He defecado en vía pública. Mi madre me dio de tomar cal en vez de leche en polvo cuando yo era un bebé; no lo hizo a propósito. Una prima dice que vio sangrar los pies de una estatua de la Virgen María. De niño fui testarudo con las cosas que no podía realizar, cuando las conseguía rompía en llanto. Pocas veces tengo lapsus etílicos, usualmente recuerdo todo…”. Pág. 38.

Entre lo variopinto, original y recurrente a la vez, este ejercicio literario es no solo válido, sino ejemplificador -considero- de cómo para hallar la voz literaria (allende su calidad) solo hacen falta dos cosas, las más obvias, pero para tantos, al parecer, las menos practicadas: leer, leer, leer, leer, leer… y solo después, y entre lectura y lectura, corregir y desechar la mayoría de lo que se escribe.


Toda la poesía de Zamudio

Poesía de Adela Zamudio


Vicky Ayllón, que junto a Mónica Velásquez trabajó en el estudio introductorio de la obra poética de la “Alondra del Tunari”, resume los elementos y rasgos centrales de esta crucial recuperación para nuestra literatura



Virginia Ayllón

La colección Letras Fundacionales de Plural editores, dirigida por Leonardo García Pabón, ha dedicado parte de sus esfuerzos a la recuperación y estudio de la obra de Adela Zamudio.
Este recorrido se inició en 1999 con la publicación de su novela Íntimas y continuó en 2011 con sus Cuentos completos. Ahora publica su Poesía, completando con ello lo principal de la obra de la “Alondra del Tunari”. De este modo, en la obra de esta autora solo restan los ensayos, algunas obras de teatro y otras didácticas.
El volumen de Poesía de Adela Zamudio fue trabajado conjuntamente con la poeta y crítica literaria Mónica Velásquez, lo que redundó en la calidad del trabajo, cuyo criterio fundamental fue centrarnos en los tres libros de poesía publicados en vida de la autora, considerando que ella seleccionó sus poemas a ser publicados:

·                    El Misionero (poema religioso). Cochabamba: Imprenta de El Heraldo, 1879.
·                    Ensayos poéticos: de Adela Zamudio (boliviana). Buenos Aires: Jabobo Peuser, 1887.
·                    Ráfagas (poesías). Paris: Ollendorf, 1914.

En total, 39 poemas aparecieron en estos tres libros, los que conforman el núcleo de la poesía de Zamudio. En las siguientes y póstumas antologías se incluyeron diez poemas más atribuidos a la autora:

·                    Peregrinando: (poesías). Editorial La Paz, 1942.
·                    Poetisa, educadora, polemista. Cochabamba: Honorable Alcaldía Municipal; Editorial Canelas, 1977. Este libro, además, fue la base para la edición venezolana de la poesía de Zamudio en 2006.

Hemos prestado especial atención a estos diez poemas atribuidos a la autora debido a dudas sobre al menos alguno de ellos. En ese sentido, la búsqueda de originales nos llevó al Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia y al archivo de José Torrico Laserna, descendiente de Adela Zamudio. Ambos archivos guardan originales manuscritos de poemas o partes de poemas publicados y, además, de seis poemas inéditos. De cualquier modo, el volumen mantiene un apartado de “poemas atribuidos” que consigna aquellos de los que no hemos encontrado los originales. El volumen también incluye algunos poemas encontrados en revistas.
En este mismo orden, un aporte central del volumen es la publicación íntegra del poema religioso El Misionero, publicado en 1879, pero firmado por Soledad con fecha de enero de 1878. El poema consta de cinco cantos, de los cuales los cantos primero, segundo y quinto fueron publicados en Ensayos poéticos (1887) y luego en 1977 en Poetisa, educadora, polemista. Ello quiere decir que los cantos tercero y cuarto ya no se difundieron y este poema llegó fragmentado a los lectores hasta hoy ya que, además, no hay noticia de la reedición del poemario.
El estudio introductorio de la obra poética de Zamudio se divide en dos partes; la primera aborda la contradictoria recepción de esta obra que vacila entre el persistente homenaje a la autora a la vez que la escasa lectura de su obra. Asimismo, analiza los acercamientos de la crítica literaria a su escritura. La segunda incide en algunos sentidos de su poesía: naturaleza y paisaje, anhelo de muerte, poesía religiosa, poemas narrativos, feminismo, etc.
El análisis detallado de este conjunto poético indica que algunos sentidos comunes se asientan en la lectura de fragmentos de la obra lo que parece corresponder a la fruición de buscar una veta social en la poesía zamudiana. Así, por ejemplo, el anticlericalismo de Zamudio, expresado en su poema Quo Vadis, oculta el profundo enfrentamiento de la autora, más que con la institución religiosa, con el cristianismo mismo, expresado en varios poemas religiosos, sin duda poco leídos. Lo mismo, los poemas específicamente feministas son solo cuatro, y aunque han producido mucha letra, buena y mala, a favor y en contra, es bueno indicar que la poesía de Zamudio que bien se puede calificar de feminista porque alude a ese pensamiento, es más compleja que la sola denuncia de vulneración de los derechos de la mujer y se extiende, por ejemplo, a la imputación a la ideología del amor romántico.

Finalmente, Adela Zamudio es sin duda uno de nuestros iconos culturales más importantes y es una poeta referente en la historia de la poesía boliviana. Su legado en cuanto actitud es importante: el poeta como lucidez de su tiempo, como crítica de su sociedad y como lector de sus circunstancias. Su poesía inaugura lo que será luego la poesía social; su manera de configurar el mundo femenino, en relación con el masculino, abrió puertas para que escritoras como Yolanda Bedregal, María Virginia Estenssoro o Hilda Mundy transgredieran luego ciertos arquetipos, hasta heredarnos otro sitio para lo femenino en nuestro imaginario. Si por sus temas esta poética deja oír una época y una sensibilidad; por su manejo de lo lírico y lo narrativo permite explorar variadas formas poéticas. Alejarla de los homenajes para leerla y situarla en nuestro mapa literario es el deseo de esta re-edición de su obra poética, quede en los ojos lectores recibir la posta.

martes, 22 de agosto de 2017

Antología de cuentos de Oruro

Descubriendo y redescubriendo

Prólogo de Memoria y mañana, la antología de cuentos de Oruro publicada y presentada por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia en la pasada FIL La Paz.



Martín Zelaya Sánchez


Este libro es, a la vez, un redescubrimiento y un descubrimiento. De la inmensa altiplanicie de cultivos y socavones, al Oruro urbano, distópico de un futuro probable. De lo rural-costumbrista, a lo urbano-individualista y disperso. De la pampa al cemento. De la memoria al mañana.
No sé si se puede decir que la cuentística orureña es incipiente. No es prolija ni alcanzó cimas como la poética, claro está, pero tampoco brilló por su ausencia en diferentes etapas históricas y literarias. Prueba de ello es que en esta compilación están representados casi a cabalidad los diferentes niveles y categorías inherentes a la literatura boliviana, léase tendencias y preferencias estilísticas y temáticas; está, además, el hecho de que la cronología de las fechas de nacimiento de los autores –que da orden y estructura a este libro- abarca prácticamente todas las décadas del siglo pasado y la última del siglo XIX
Veamos en detalle estos y otros tópicos, a modo de justificar la selección de estas 17 piezas de 17 narradores, cuentistas que nacieron en Oruro o, en algunos casos, vivieron y produjeron gran parte o la totalidad de su obra en esta ciudad.

De los autores
¿Quiénes escribieron y escriben prosa en Oruro? En este punto toca decir que la invitación de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia para preparar esta compilación dio pie -investigación mediante: leer y releer decenas de libros, antologías, compilaciones; indagar en anaqueles y estantes de bibliotecas públicas y privadas, y, en algún caso, en trabajos mediados por procesadores digitales de texto, a falta de las fuentes originales de algunos relatos publicados en ya desaparecidas revistas artesanales, impresas y online- a varios descubrimientos y redescubrimientos.
Redescubrimos a consolidados narradores cuya obra, con el paso de los años, se fue perdiendo de vista: Antonio José de Sainz y Rafael Ulises Peláez, por citar dos ejemplos; y “descubrimos” a dos noveles autores cuya aún breve obra augura buenos tiempos: Lourdes Reynaga y Sergio Gareca (este último, reconocido ya como poeta).
En el medio, se encuentran escritores de trayectoria como Carlos Condarco Santillán y Cé Mendizábal, y otros multipremiados y de generación intermedia, tal el caso de Benjamín Chávez y Vadik Barrón.

Del estilo (y su “lugar” en la literatura nacional)
En El toro de Carlos Condarco Santillán y El cuadro, de Cé Mendizábal, se reconoce a dos maestros del estilo: tradicional, con una pluma que recoge lo mejor del romanticismo y el modernismo, uno; prolijo, fluido, destacado cultor de la prosa contemporánea, diríamos, el otro.
A partir de ello, cabe señalar que los cuatro o cinco primeros antologados cultivan lo que se vino a llamar lenguaje clásico “cultivado” o “académico” de la primera mitad del siglo pasado; mientras que por la mitad (Calizaya, Mendizábal) ya se empieza a notar la evolución estilística tendiente a una liberación de dogmas formales, lo que da como resultado naturalidad y verosimilitud de diálogos y descripciones.
Ya hacia el final, los autores nacidos en los 70 y 80 destacan por el humor y la simpleza –que no desprolijidad- de su prosa cada vez más mundana.

De los temas y escenarios
Ya hablamos del cómo, hablemos del qué. Un indígena de apariencia frágil y andrajosa, pero socarrón a toda prueba, que porfía hasta el final por ahorrarse unos centavos (Regateo); un despechado y resignado enamorado que escribe una conmovedora carta para exorcizar su amor no correspondido (Para Blanca Coaquira. Donde quiera esté su reino), y una niña artista destinada a vagabundear con su padre en un Oruro del futuro y casi apocalíptico (La casa Pettenkofer).
Bien pueden estos tres ejemplos marcar tres vertientes o sendas. Siguiendo lo cronológico, una vez más, valga reparar en que el costumbrismo: motivos rurales, mineros y de la Guerra del Chaco u otras lides, marca la primera parte. Poco a poco, gana la dispersión, los temas íntimos o de estricto dominio del narrador y/o protagonista, que generalmente se desenvuelve en la urbe; todo esto, tal cual como discurrió la historia literaria boliviana general.

De la procedencia
En cuanto al origen de los autores, la gran mayoría, claro está, son orureños de nacimiento, aunque más de uno emigró muy joven y desarrolló su obra en otras regiones (Mendizábal, Vargas); hay un par de casos de autores que, habiendo nacido en otras regiones, pasaron gran parte de sus días en Oruro (Sainz, Urquieta) y dos (Chávez, Vadik Barrón), que coincidentemente reconocen no ser de Oruro “por error”, pues llegaron a ésta a pocos meses de nacidos, se formaron y vivieron en esa ciudad y se identifican públicamente como orureños.
En cuanto a la procedencia de estos relatos (ver anexo al final) hay, lógicamente, cuentos publicados en libros de los autores, otros tomados de antologías premiadas, un par de compilaciones o anuarios y uno solo inédito aún, pero pronto a publicarse, y que fue incluido en razón a méritos estéticos, claro, pero además porque cierra -temática y estilísticamente- el círculo abierto por Sainz y su parábola El diamante. Nos referimos a La casa Pettenkoffer de Sergio Gareca.
Si en El diamante prima la impronta antigua de escribir con lenguaje exquisito y subordinar la trama a un mensaje o aporte moral (algo clásico hasta inicios de 1900), en la pieza de Gareca se abre un espacio aún pendiente de exploración: la literatura fantástica, premonitoria y en la que, sin menospreciar lo estético, se enfatiza en la propuesta como conjunto: historia, provocación, posicionamiento.

La arbitrariedad es inherente a cualquier antología, lo saben todos. Esperemos, dicho esto, que de esta propuesta pueda, sino descubrirse algo, al menos redescubrirse, rescatarse. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

Obra poética de Ávila Echazú

Prólogo y apuntes de edición


Este es es el texto introductorio al libro Poesía (3600), que reúne la obra poética completa de Edgar Ávila Echazú. Una versión más corta aparece en nuestra edición impresa de 88 grados.


Marco Montellano

A lo largo de 50 años, Edgar Ávila Echazú (Tarija, 1930), publicó 12 libros de poesía en tres etapas, susceptibles de dividirse tanto por la periodicidad de su publicación cuanto por la cercanía formal que en cada una de ellas experimenta y ensaya la voz poética de este prolífico autor, que ejercitó también la narrativa, el ensayo literario y publicó una magna obra sobre la historia de Tarija. El libro que tiene en sus manos reúne la poesía completa de Ávila más unos pocos poemas inéditos que completan su último volumen publicado, además –en anexo– de una cronología bio bibliográfica sobre el autor. Nos complace y honra ser parte de la celebración de las bodas de oro de una obra poética vasta, sólida y bruñida, dispuesta a completarse en las manos de los lectores de nuestro tiempo y –como suele suceder con la literatura de sofisticada urdimbre–, de los tiempos venideros. El listado bibliográfico de la obra poética de Ávila es el que sigue:

             1.      Habitante fugitivo (1965), Editorial Universitaria, Tarija.
             2.      Memoria de la tierra (1967), Editorial Burillo, La Paz.
             3.      En cautivos sueños encarcelada (1968), Editorial Universitaria, Tarija.
             4.      Elegía (1979), Editorial Universitaria, Tarija.
             5.      Elegía para Jaime Saenz (1990), Editorial El Horcón, Santa Cruz.
             6.  y 7.- en el mismo volumen: Prohibido barrer los parques en otoño y La Nao (1998), Talleres                Gráficos M.C., Cochabamba.
       8. y 9.- en el mismo volumen: Canciones para Maritza y La Noche (2015), Impresora Polygraf,                 Cochabamba.
      10, 11 y 12.- en el mismo volumen: Canciones de Don Quijote a Dulcinea; Poemas nocturnos y Poemas para mis bisnietos (2016), Impresora Polygraf, Cochabamba.

Además, en el año 1991 la imprenta de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho publicó una Antología poética, con los cuatro primeros títulos del autor. Pese a su más bien precaria edición, el libro interesa por un valioso añadido: firma el prólogo un célebre y cercano amigo del autor, a quien Ávila dedica su quinto libro: Jaime Saenz. El texto, que además de comentar la obra de Ávila evoca las décadas de su intensa amistad, está firmado en La Paz en enero de 1979.
Es oportuno añadir que la Antología poética nos sirvió como fuente de transcripción del primer y tercer libros de Ávila, de los que no pudimos conseguir ejemplares originales. En el proceso tuvimos la suerte de reunirnos en reiteradas ocasiones con el autor, quien dio su visto bueno final al libro que de esta manera presentamos.

***

                        Para honrar las imágenes las desnudo
                        y trato de rasgar sus envolturas y retorno
                        entonces a mis primigenias riberas
                        y en la larga jornada los caminos se aclaran;
                        y he aquí que reconozco los reflujos obsesivos
                        resonando en los linderos de las tardes
                        ensombrecidas por las urgencias despiadadas
                        que el hecho de ser hombre
                        engendró en el turbio lujo de las horas suspendidas.
                                              
                                                               (II, en Memoria de la tierra, 1967)

El poema es lenguaje erguido, dice Octavio Paz en su famoso ensayo El arco y la lira. Inasible y contradictoria por naturaleza, hay un gesto, una facultad esencial que soporta a la poesía: el trascender. Esta idea, repetida por el nobel mexicano, está presente en las reflexiones de autores tan distantes entre sí como Poe, Bachelard o Eagleton. La poesía trasciende moviéndose hacia la originalidad de la palabra, buceando en la ambigüedad primigenia que enflaquecen prosa y habla cotidiana. El trascender de la poesía como una afectación que altera, subvierte, conmociona, descompone y plantea novedosas maneras de organizar el sistema común y acordado del lenguaje. La poesía también como sublimación: estadio superior de la unidad esencial de las artes.
Lo primero a destacar en la poesía de Ávila es la atmósfera inconfundible en la que se inscribe su  obra. Esta unidad es a la vez determinante y distintiva en ella. “El aura en los poemas de Ávila Echazú es uno sólo; siempre el mismo”, comienza Saenz en el prólogo que le dedica a la obra antológica parcial del autor. La voz poética ondula en un tránsito entre búsqueda y descubrimiento. La mayoría de los hallazgos se obtienen del mismo baúl de las pistas: la memoria. “Ávila Echazú, a lo largo de los caminos recorridos, descubre a nuestros ojos aquellos hitos por los cuales se define el auténtico poeta alumbrando su búsqueda con un destello vital y dejando a su paso una huella en que se cifran los hallazgos, a lo largo de los años, a lo largo de la vida que se consume, haciendo resplandecer en la altura el mensaje trascendental”, continúa Saenz.

                        Cercado por la melancolía excitante
                        del joven otoño cazando pájaros en trance,
                        con la voz adquirida en los juegos míticos
                        perdidos ya,
                        así recuerdo al amor
                        cuando descubrí que en el hombre se dan
                        los adioses y los reconocimientos;
                        y, asimismo, que puede escuchar los sonidos
                        del diario conversar con la piel
                        y también las consecuencias de la traición
                        y la ansiedad y la medida de los días

                                               (Agoniza la tarde, en Habitante fugitivo, 1965)

Sus imágenes materializan en momentos plásticos. La mirada contemplativa y cuestionadora de la soledad conoce la lucidez como signo de nuevas e inacabables lecturas de los recuerdos y sus significaciones. La voz poética de Ávila indaga en el interior y es dueña de una destreza: asir los momentos trascendentales del tiempo. Capturar del instante exacto del cambio es un logro original y personalísimo del autor, casi un sello. En sus cimas, la poesía de Ávila acciona el mecanismo de la contemplación movilizadora: pinta un escenario, su pluma funciona como un retroproyector que nos muestra la fotografía mental que el ritmo propio de su palabra anima en cortos y sutiles cameos, movimientos calculados: fotos que se convierten en GIF.
En el extremo opuesto de la musicalidad cantarina y localista de los poetas tarijeños anteriores, cuyo máximo exponente es Octavio Campero, en los versos de Ávila no sucede la rima. No está en primer plano la musicalidad sino el ritmo en el que se demoran o precipitan los versos. En el largo camino de sus 12 libros utiliza, no siempre con idéntica precisión, varios modelos de escritura métrica. Logra en todos ellos, no obstante, el cometido fundamental de la versificación: alterar el continuum de la sintaxis ordinaria mediante la disposición codificada de unidades sonoras: Allí está otra vez el signo de su poética: la atmósfera sacralizada, el paso trascendental del tiempo.
Las palabras llegan con menos profusión en los poemas de su vejez: concisas, certeras, afinadas. El recuerdo sigue siendo el mecanismo poético mediante el cual Ávila no narra sino escenifica ambientes, sensaciones, reflexiones en torno a los demás… todo bajo el personalísimo encuadre de su voz poética que escoge, precisas y taciturnas, a las palabras que nominan y describen al tiempo en el cual se inscriben en búsqueda de una intensa emoción, vigorosa en la distancia:

                      Vuelvo hacia las aguas taciturnas,
                      a las indefinidas orillas donde la cúpula
                      de un gran árbol esconde el color de los días
                      y el clamor de los insectos del verano:
                      ¿quién podría desoír sus llamados?
                                             
                                                 (II, en Memoria de la tierra, 1967)

En los poemas que impelidos de afición organizativa llamaremos la segunda etapa de la obra poética de Ávila (libros publicados entre los 70 y 90), irrumpe mientras se oculta, circunda las imágenes, un enigma cuya inteligibilidad reposa en los guiños y pistas que se descascaran de la pared verbal que las soporta cual la paja de un muro reventado desde sus adobes. Se cifra aún más en su aparente simpleza, condensa la poética de Ávila con el paso de los años.
La atmósfera persiste, hay en el poeta un empeño: Observar fotos, darles play a través de las palabras que resignifican, convierten en obra a los recuerdos. El encuadre de su mirada se mueve ahora, cámara en mano, hacia los detalles. El énfasis de las impresiones primeras plasma en una acuarela. El pintor y el poeta se encuentran en el verso.
El ejercicio de la memoria como afirmación de la victoria de amar la vida, como abrigo y posición ante el presente del nombrar. En este cometido, la infancia en Ávila es fuente inagotable de materia poética, al igual que la ausencia, otro de sus leitmotiv. La palabra tejida como una telaraña dispuesta ante la ausencia.
En los poemarios de su tercera etapa, publicados todos luego de que el autor superó los 80 años, aparecen nuevos signos del quehacer poético. La escritura se ha concentrado más sobre sí misma, la voz poética se refugia en la familia y en la literatura. Donde antes estaban los padres y los hijos están hoy los bisnietos y la esposa “como se oye el nombre / de la vida / en el agua”. Donde antes estuvieron la patria y la tierra están ahora Cervantes y Góngora.
Vuelven completos los signos de puntuación, que en la segunda etapa habían desaparecido, y cambia la forma: los versos se inscriben en el centro de la hoja. Es como si los briosos versos que movían las fotos hubieran otoñado benéficamente convertidos en el sepia bruñido de la imaginería del poeta.

No seas Memoria
mi torre de Babel
con sus imposibles lenguas
que no comprendo
aunque recupere sus imágenes.

Vuelve a ser Memoria
el canto de una acequia.
                       
                                                                       (8, en La noche, 2015)


“Para algunos el poema es la experiencia del abandono; para otros, del rigor”, reflexiona Octavio Paz en el ensayo que nombrábamos al principio. Es evidente que, en la tradición poética del país, Edgar Ávila se inscribe, y en primera fila, entre los que pertenecen al segundo grupo.
Edgar Ávila Echazú y Marco Montellano (La Paz, 2016)

viernes, 11 de agosto de 2017

Nuevo libro de Paz Soldán

Los futuros de Edmundo Paz Soldán



“Una oportunidad de adentrarse en toda la complejidad de la violencia y la miseria”… así entiende la escritora y académica chilena María José Navia a la nueva novela del cochabambino que acaba de salir con Nuevo Milenio en coedición con la española Malpaso. Así la recomienda.


María José Navia

Una cárcel y, en ella, una infección. Una mezcla, sin dudas, poderosa. Una historia para sacarle chispas al talento de Edmundo Paz Soldán, a su capacidad de descripción, de meterse en la cabeza de los personajes y en sus formas de habitar la vida y el lenguaje. Una oportunidad de adentrarse en toda la complejidad de la violencia y la miseria, tal como lo hiciera, magistralmente, en una de sus anteriores novelas: Norte.
Y, sin embargo, es tanto más que eso.
Leer Los días de la peste es una experiencia extraña. Incómoda. Se trata de una historia ambiciosa, de numerosos personajes, un coro inmenso y furioso de voces tratando de entender la vida. Más que el espacio de la cárcel, atestado y complejo, llamado La Casona, por todos, lo que más impacta en esta historia es la verdadera galaxia de afectos que construye. La forma de retratar la desesperación y la belleza.

Porque a una mujer se le muere su hija y el dolor es un aullido.
Porque los presos hacen apuestas para pasar el tiempo y sus apuestas son sobre el futuro. Los cambios por venir, los próximos en morir.
Porque hay una celda en la que estuvo atrapado un líder indígena y ya las manchas de sangre no salen más. Y, al dormir en ella, solo se escuchan susurros. Silbidos.
Porque una adolescente vive en la cárcel por opción, porque el mundo allá afuera puede ser aún peor, y filma los rincones mientras tararea una canción. O una doctora decide dormir en su oficina, mientras se acumulan los enfermos por culpa de una plaga misteriosa, porque en su casa no hay personas, ni animales ni plantas que la esperen.

Hay una soledad profunda que no se va. Y cultos religiosos que intentan darle un sentido a todo lo que pasa. Los ritos que rodean a la Innombrable, o Ma Estrella, a quien deben rendírsele sacrificios con calaveras humanas (lo que inicia un tráfico de cabezas cortadas de la prisión), o los principios que rigen a quienes siguen la Exégesis e intentan entender el mundo en una comunión con los animales, así como bacterias y virus.  Dicen ellos: “Las manos, la piel, la voz, eran parte del grupo, al igual que los bichos invisibles que anidaban en el cuerpo. Todos criaturas dentro de la criatura, un mundo de otro mundo dentro de otro mundo, así hasta el infinito. Bacterias no menos que supernovas. El desafío era la armonía, el equilibrio. Eso decía la exégesis y en eso estábamos”.
Y también: “vivir es desequilibrar el mundo”. Y de este mundo desequilibrado y desbordado se hace cargo esta novela. Saltamos de personaje en personaje, de mundo en mundo, entendiendo más o menos, y viendo ese virus que se esparce, inmisericorde. Leemos cada pequeño capítulo, al principio tranquilos y luego ya no tanto. Porque a ese personaje del que nos encariñamos de pronto le empiezan las náuseas y luego ya todo es convulsión y sangre. Porque, a medida que va avanzando la novela (y, con ella, la plaga) dan ganas de ir a buscar un termómetro para asegurarse de que todo sigue en orden, de que no nos haya llegado de golpe la fiebre.
Los días de la peste recuerda la novela de Albert Camus pero en un estado más desaforado. Si en Camus el doctor era la voz que le daba sentido (o, al menos, un orden) a ese desequilibrio de la vida, en Paz Soldán tenemos todos los ángulos de un horror sucio. Y, entre ellos, claro, la voz de la doctora es importante. Un narrador en tercera persona la sigue de cerca, la observa. Leemos: “La doctora no veía a Rigo por ninguna parte. Y comprendía que la necedad del virus no era nada ante el barullo desorbitado de los humanos. El virus era lo que era, no tenía opciones. Los humanos, en cambio, se esmeraban en el desmadre cuando asomaba el peligro, en la búsqueda de salidas que no tuvieran en cuenta a todos, en la piedad hueca, tanta religión no servía de mucho”. O, en otro momento: “Como dijo una vez su profesor en la universidad, y lo había memorizado, ¿qué son los virus sino seres fantasmales, fantasmas puros que flotan en el mundo esperando poseer una célula humana para corporizarse y hacerse vida? Ahí los ve y no los ve. Todos los días. Monstruos perfectos”.
Pero también están las voces de los condenados. Del Flaco, que pierde a su familia y trata de pensar en el dolor como una objeto: “A veces creía que el dolor era un objeto pesado en algún lugar del cuerpo, un cofre que podía dejarse en algún lugar, por ejemplo cerca de los palos borrachos en el primer patio o de los chicles en los pasillos entre el segundo y el tercer patio, y se dirigía rumbo a los palos borrachos y se sentaba junto a la fuente, esperando que esa piel anestesiada reaccionara, golpeando la fuente con el estetoscopio como si con ello pudiera obrar el milagro de trasladar de ese modo el cofre en que aguardaba su dolor a otro espacio que no era él”. O de otro, solo nombrado con un número, que también se afirma de las cosas materiales para contener la angustia de estar en una celda de aislamiento: “No quiere pensar en lo que podría ocurrirle. Debe concentrarse en el botón, como le enseñó ese maestro en las minas. Su vida es eso, enfocar todas las energías en una causa pequeña hasta lograr que esa causa estalle. No quiere que el botón estalle. Solo quiere que lo acompañe para vencer los próximos minutos”.
En el epígrafe de Los días de la peste se lee lo siguiente: “Todo, hasta lo más pequeño, muestra un orden, un sentido y un significado, todo en el mundo biológico es armonía, todo melodía”. Se trata de una frase de Jacob Von Uexküll quien, en uno de sus experimentos más famosos, descubrió que las garrapatas no beben la sangre de sus víctimas por tratarse de sangre, sino que por la temperatura a la que este líquido se encuentra.
Es difícil leer la armonía del mundo biológico, adivinar notas y acordes detrás del desequilibrio y la muerte; es difícil entender la realidad de la violencia, el sistema carcelario, la brutalidad del abuso y el aparente consuelo de la idolatría, pero, mientras hacemos el esfuerzo de sintonizar mejor la antena para distinguir esa canción, la ficción sigue avanzando como un virus capaz de hacer de la vida su huésped. O, como diría uno de los personajes de esta novela: “La vida: agarrarse de la cola de un cometa”.