jueves, 9 de noviembre de 2017

Edmundo de voz propia

Edmundo Paz Soldán: “La escritura
nace a partir del extrañamiento”

 
Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano. (Foto: Liliana Colanzi)

En esta parte, la central, la más sustanciosa de este informe especial sobre el escritor cochabambino, la idea era hablar de Edmundo persona, antes que Edmundo escritor… una ingenuidad nuestra, pues es imposible dividir de esta manera al autor de Norte, quien, como se verá, en sus 50 años prácticamente hizo del vivir-leer-escribir, una experiencia intrínsecamente común y paralela.



Willy Camacho

Igual que muchos escritores consagrados, Edmundo Paz Soldán comenzó su carrera en el colegio, y lo hizo con buen pie, ya que logró la aprobación de críticos tan sinceros como crueles: sus compañeros de curso. Tenía 11 años cuando empezó a escribir relatos policiales en sus cuadernos, copiando historias de Agatha Christie, cuyos libros fueron fundamentales para su educación sentimental...
Los recuerdos de infancia se interrumpen abruptamente; nada fuera de lo normal, suele suceder con las llamadas vía WhatsApp (si lo barato cuesta caro, ¿qué se puede esperar de lo gratuito?). Habíamos acordado la entrevista un par de semanas antes, cuando Edmundo estaba de visita en Bolivia, pero, por diversos motivos, entonces no fue posible realizarla. Así que, finalmente, un viernes por la noche logramos el contacto virtual, yo en la zona más alta de la hoyada, Chasquipampa, y él en un pueblito a una hora de Oaxaca, a cuya Feria del Libro había sido invitado para presentar su última novela, Los días de la peste.
“Estoy en una casa muy antigua, quizá por eso la conexión no es muy buena”, dice Edmundo cuando vuelve a llamar para retomar la entrevista. Lo dice como si se sintiera culpable por las fallas de WhatsApp, algo que, como comprendería más adelante, es un rasgo de su personalidad: procurar entender los errores ajenos, incluso atribuyéndolos a cierta responsabilidad de su parte.
Y aquí es preciso mencionar otro rasgo que lo distingue: la amabilidad. Edmundo recién había llegado a Oaxaca el día anterior, llevaba varias horas de viaje por tierra, además del cansancio que implica conferencias, firma de libros y todo lo que gira alrededor de su presencia en eventos literarios, pues es un autor que concita mucha expectativa. Aun así, sencillo y amable como pocos, descarta que esta entrevista sea un deber profesional, sino más bien “un diálogo con amigos”, y se banca una hora y cuarenta minutos de charla, con no menos de 30 interrupciones por la pésima conexión, siempre manteniendo un tono cordial y afectuoso.
“Me he movido a otro lugar, ¿me escuchas bien?”, repetirá varias veces, y me lo imaginaré recorriendo de ida y vuelta el corredor colonial de una casona antiquísima que, quizá, es el orgullo de ese pueblito mexicano, donde otras figuras de la cultura latinoamericana se habrán alojado durante sus giras. En fin, no hay tiempo para divagaciones, de modo que volvemos a su infancia y su precoz éxito como escritor de relatos policiales.
“Tengo todavía esos cuadernos, donde hay como 40 cuentos que escribí entre mis 11 y 14 años. Todos eran cuentos policiales, porque mi educación sentimental estuvo marcada por la novela policial, que era, creo yo, lo que más tenía mi papá en su biblioteca, y yo las leí todas. Claro que lo que en ese entonces hacía era robarme historias, porque no se me ocurrían historias propias, y recuerdo que me inventé un detective boliviano, que se llamaba Mario Martínez, en honor a un tenista nacional que por esos años llegó a estar rankeado en el puesto 33”. Para conocer la opinión de sus primeros lectores y críticos, Edmundo añadía al final de cada relato una tabla en la que sus compañeros debían poner una puntuación. “Varios obtuvieron puntaje muy alto”, afirma con orgullo nostálgico, pero sin marcar paralelismos con el éxito que tiene hoy en día, ya que, si bien en ese entonces escribía bastante, asegura que lo hacía porque le apasionaba, no porque estuviese consciente de su vocación literaria. 
Además, confiesa que los periódicos que elaboraba para su colegio tuvieron más lectores y circulación: “Creo que tuve más éxito como periodista que como escritor en ciernes”. Supongo que los docentes y sacerdotes del Don Bosco alentaban las inquietudes del pequeño Edmundo, previendo que su futuro estaría ligado a las letras, aunque, años después, terminarían sometiéndolo a una interpelación, tras la publicación de Río Fugitivo (1998), una de sus novelas más aclamadas.
“Se molestaron porque en la novela los estudiantes les faltaban el respeto a los sacerdotes del colegio. Entonces, me convocaron a una reunión para que hiciera una especie de rendición de cuentas, y fue una reunión pública con los curas y los docentes, porque algunos profesores también se habían ofendido. Y, claro, yo les expliqué: ‘estos personajes no son ustedes, esto es una novela; no obstante, debo reconocer que, en mi época de estudiante, no éramos precisamente respetuosos con los docentes y los sacerdotes del colegio’. En todo caso, quizá en la novela me quedé un poco corto respecto a la falta de respeto”, cuenta entre risas, pese a que no toma a burla la reacción de sus exprofesores. “Si estás tratando de crear una ficción verosímil, tampoco puedes hacerte al inocente si esa ficción llega a ser tan verosímil para un lector que viene a acusarte de no haber sido fiel a la verdad o de que lo estás ofendiendo”, dice con seriedad, pero no niega que, en cierta medida, resulta un elogio que la gente confunda su Don Bosco ficcional con el Don Bosco verdadero.
Edmundo Paz Soldán Ávila, segundo hijo del matrimonio de Raúl y Lucy, tuvo una niñez feliz, marcada por su obsesiva dedicación a la lectura. “Mi papá me llevaba a la revistería SEA, cuyo encargado, me acuerdo bien, era don Gregorio; yo cargaba unos cinco o seis libros en un cajoncito de cartón para canjearlos por otros, porque en ese tiempo no solo era difícil conseguir libros, sino que eran muy caros. Entonces, yo entregaba mis libros y, de la pila de novelas policiales que tenía don Gregorio, escogía las que no había leído, y él cobraba un peso, digamos, por cada canje. Así yo tenía para un par de semanas de lectura. También canjeaba revistas de cómic argentino, El Tony, Fantasía y D’artagnan, que igual fueron fundamentales para mi educación sentimental”.
Ya en su adolescencia, cuando logró reunir algo de dinero para comprar libros, los primeros que adquirió fueron best sellers: “Encuentros cercanos del tercer tipo y la novela Tiburón, que no eran de gran calidad literaria, pero me llamaban la atención porque se sabía que las películas ya se iban a estrenar”. Nada raro para un chico de 14 años en la década de los 80, que se caracterizó por la explosión de la cultura pop, cuya punta de lanza fueron el cine y la música. Lo que sí no concuerda con el perfil del típico adolescente ochentero es que Edmundo se deslumbrara con los cuentos de Jorge Luis Borges, tan breves cuanto complejos, incluso para estudiantes de esta época. “Estábamos leyendo Ficciones en colegio, y lo podíamos sacar de la biblioteca, pero me gustó tanto que les pedí a mis papás que me lo regalaran. Recuerdo que era una edición de Alianza y que lo compramos en Los Amigos del Libro, la librería de don Werner Guttentag”.

Iba para ingeniero, pero…
Ecléctico en sus gustos literarios, el incansable escritor de relatos policiales y “periodista” oficial del Don Bosco salió bachiller sin tener la mínima intención de seguir una carrera literaria. “En el colegio me hicieron un test vocacional y terminé estudiando ingeniería; ni siquiera cruzó por mi mente dedicarme a la literatura”. Dada la convulsión social y los constantes paros de las universidades públicas durante el gobierno de Hernán Siles, los padres de Edmundo decidieron enviarlo a Argentina. “Estuve en Mendoza un año, estudiando ingeniería; luego me cambié a relaciones internacionales; después pasé a ciencias políticas y acabé esa carrera, pero me di cuenta de que no era lo que yo quería. O sea que tardé seis años y medio, luego de salir bachiller, en asumir que yo quería dedicarme a la literatura”.
No fue una epifanía, un momento de iluminación en el que su verdadera vocación brillara señalándole el camino. Más bien fue una suma de factores lo que lo llevó a tomar ese paso decisivo en su vida. Gracias a una beca deportiva, Edmundo terminó ciencias políticas en la Universidad de Alabama (su talento con el balón era tan grande como su talento con la pluma; quienes lo conocen desde chico dicen que, por culpa de la literatura, Bolivia perdió un excelente futbolista). “En Estados Unidos, mientras terminaba ciencias políticas, tomé unas materias de literatura, y un profesor cubano, Manuel Cachán, que había leído mi primer libro de cuentos, Las máscaras de la nada -publicado en Bolivia en 1990, con Los Amigos del Libro-, fue quien me alentó y me dijo que con ese libro podía conseguir una beca para un doctorado. Entonces postulé a un doctorado de literatura latinoamericana en la Universidad de Berkeley, California”.
Antes de terminar su doctorado, Paz Soldán ya tenía dos novelas y dos libros de cuento publicados en Bolivia. No había marcha atrás, su vida estaba ligada a las letras para siempre. Lejos había quedado el año de ingeniería en Mendoza, donde la lectura de Abaddón el exterminador, de Ernesto Sabato, le hizo cambiar de rumbo profesional. “El personaje de esa novela es un alter ego de Sabato que es, como él, un científico que ama el arte, y cuando está haciendo un experimento comete un error casi fatal, luego del cual decide dejar la ciencia y dedicarse al arte. Y bueno, me hizo reflexionar sobre mi propia vida, porque yo estaba estudiando ingeniería y no me gustaba. No aprendía mucho, debido a que le dedicaba tiempo a leer y escribir cuentos. Entonces pensé: ‘Pucha, algún día puedo cometer un error que quizá cause una desgracia fatal’. Así fue que decidí dejar esa carrera”.
Debido, precisamente, a la exploración de la notable tradición literaria argentina, su paso por las universidades de dicho país no fue una pérdida de tiempo. “Yo estudié allí a finales de los 80, y en esa época para mí fueron clave tres autores. Borges y Cortázar me gustaban mucho, por la cuestión fantástica y, sobre todo, por esa vuelta de tuerca que tenían siempre sus cuentos; ese golpe de efecto sorpresivo me encantaba y yo lo quería replicar en mis primeros relatos. Y el tercer autor es Sabato, de quien me he distanciado últimamente; ya no lo leo, no ha sido influyente en mis lecturas, pero sí ha sido influyente en mi vida personal”.

Un difícil inicio
Las máscaras de la nada fue bien recibido por la crítica de Bolivia, elogiaban la factura de los cuentos, destacando la juventud del autor. Sin embargo, cuando Edmundo ganó el premio Erich Guttentag con su novela Días de papel (1992), un debate por la prensa provocó que gran parte del mundo académico local le bajara el pulgar, no solo a ese libro, sino a toda su obra posterior. “Rafael Archondo me invitó a escribir un artículo sobre la importancia de los premios literarios; yo acepté y escribí que en un país como Bolivia, donde los escritores jóvenes tenían escasas oportunidades de publicar, los concursos literarios eran fundamentales, en el sentido de que eran uno de los pocos caminos para acceder a la publicación”. A partir de ahí comenzó el lío; a la semana siguiente salió un artículo en el que lo atacaban por ser el “defensor de los premios”. “Yo cometí el error de contestar. Juan Cristóbal MacLean me advirtió que al contestar lo único que yo conseguía era hacerme de más enemigos, y tuvo razón, porque días después se publicaron dos o tres artículos atacándome. Creo que desde ahí la cosa se torció y se generó una especie de animadversión hacia mí, pues suele ocurrir que la gente se forma imágenes a partir de las cosas que se dicen por la prensa, y tú no estás ahí para tomarte un café y explicarles algo. Me parece que se creó una imagen equivocada, y la relación con algunos críticos y periodistas, lamentablemente, nunca se recondujo. Pese a que ha habido momentos tranquilos y que ya han pasado 25 años de aquel incidente, siento que algunos anticuerpos permanecen”.
Con morbosa curiosidad, intento sacarle algunos nombres, pero Edmundo prefiere dejar el asunto en el pasado. No asume la pose pedante de quien, hallándose en la cima, ningunea las rencillas añejas; en todo caso, da la impresión de que no quiere revivir un conflicto que lo afectó profundamente. “Reconozco que al principio ese tipo de ataques sí me afectaban, me dolían mucho, me desestabilizaban, me hacían sentir culpable de algo, aunque no sabía de qué, y llegó un punto en que simplemente me adapté, supongo”. La sensación de culpa, como dije antes, es un elemento que configura su personalidad; Edmundo es de aquellas personas que, ante cualquier problema, opta primero por analizar qué ha hecho mal, aunque sea evidente la responsabilidad de terceros. Pienso esto mientras espero que vuelva a sonar el celular; la llamada se ha caído por enésima vez. Treinta segundos después, ingresa una llamada normal, no de WhatsApp. “Mil disculpas. Qué pena que tengamos que hablar con tantas interrupciones. Te estoy llamando directo de mi celu, así se escucha mejor, ¿no?”, me dice Edmundo, y yo, avergonzado, no sé cómo agradecer su paciencia y generosidad. Literalmente no sé cómo, y solo atino a seguir preguntando. Luego de casi diez minutos, el crédito de Edmundo se agota (las llamadas internacionales son caras); volvemos al WhatsApp y él dice: “Pucha, lo siento, se acabó mi crédito...”.
Haberse ganado un conflicto gratuito por manifestar una opinión favorable respecto a los concursos literarios no fue óbice para que, un lustro después, Edmundo decidiera enviar su cuento “Dochera” al prestigioso certamen Juan Rulfo. Si ganar el Erich Guttentag le había abierto las puertas del mercado editorial boliviano, ganar el Juan Rulfo (1997) fue clave para que sus libros comenzaran a circular en otros países. En 1998, Alfaguara Bolivia publicó Río Fugitivo y Amores imperfectos (este último incluía “Dochera”). Ese mismo año, un editor de Alfaguara Perú leyó el libro de cuentos y decidió llevar 400 ejemplares a su país; “así fue que por primera vez mis libros comenzaron a circular en el exterior”.

El resto es historia
Y desde entonces, el largo camino recorrido tuvo muchas luces y acaso ninguna sombra. Tiene 11 novelas publicadas (con El delirio de Turing ganó el Premio Nacional de Novela en 2003), otras tantas colecciones de cuentos, ensayos, artículos, colaboraciones... en fin, una prolífica carrera que lo sitúa, según la crítica del exterior, entre los escritores latinoamericanos más destacados de su generación. Paz Soldán es una máquina creativa, nunca deja de escribir, jamás se da un periodo descanso. “Siempre he tenido una especie de miedo a la página en blanco, por eso siempre me ha gustado estar metido en algún proyecto, es como una compulsión. Sé que suena un poco raro... Tengo amigos que cuando acaban un proyecto pueden pasar seis meses o dos años sin escribir, porque están como convaleciendo de un largo viaje, y yo puedo acabar un proyecto de tres años, como Los días de la peste, y para enfrentar al vacío siento que la única forma es empezar otro proyecto, aunque sea breve, un cuento corto, por ejemplo”.
¿Sobre qué más puede escribir Paz Soldán? ¿Qué lo deslumbra a sus 50 años? Temas nunca faltarán, pero actualmente está deslumbrado con el lenguaje. O mejor dicho, el lenguaje le produce extrañamiento. “Escribo en español, pese a que vivo hace mucho en un país donde los hispanoparlantes son una minoría. Entonces este choque permanente de idiomas, este entrecruzamiento, como yo no estoy hace mucho en mi sopa natural que es el castellano, ha causado que el lenguaje me resulte extraño. Quiero decir que cuando digo ‘manzana’, por ejemplo, y repito ‘manzana’ varias veces, siento que es una palabra rara; de pronto, el lenguaje que he usado siempre, que debería ser natural para mí, me resulta extraño; una palabra tan simple y común como ‘manzana’ me llama mucho la atención. Y esto ha hecho que en los últimos años esté tratando de profundizar aún más en mi relación con el lenguaje, en ver cómo puedo construir personajes a través de su propia forma de hablar, comenzar a hallar palabras raras del español que me llaman la atención, o perderle un poco el respeto al español y jugar con el lenguaje, inventarme palabras... Estoy en una etapa como de redescubrimiento del lenguaje, y me parece fascinante. Siempre he dicho que la escritura nace a partir del extrañamiento, y eso me está ocurriendo con el lenguaje: las palabras que desde la infancia me parecían naturales, ahora me parecen extrañas”.
Las palabras, precisamente, son la obsesión de Benjamín Laredo, el hacedor de crucigramas protagonista de “Dochera”. Mediante breves descripciones, Laredo da las pistas para que los lectores descubran las palabras que van en las casillas vacías: “las casas de campo de los jerarcas rusos son dachas, Puskas es un gran futbolista húngaro, Veronica Lake es una famosa femme fatale, héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano Kane es Rosebud”. ¿Qué pistas daría Laredo para describir a Edmundo Paz Soldán?, le pregunto para finalizar la entrevista. “Exfanático de los crucigramas, wilstermanista pese a todo”, me responde.



Paz Soldán, escritor

Edmundo, de McOndo a Los Confines



De sus primeros libros, de sus cambios como lector y escritor, de su relación con la crítica y sus futuros proyectos… En estas páginas intentamos reconstruir la trayectoria de Paz Soldán, a partir de sus principales libros.


Martín Zelaya Sánchez

Los días de la peste, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán está ambientada en Los Confines, un lugar marginal de un país marginal. Un universo -su universo- entonces, particularmente subrogado a su ficción, a su literatura. Al imaginario y oficio que –como nos lo cuenta él mismo en las anteriores páginas- optó no solo como forma de vida, sino como razón.
Luego de repasar con Willy Camacho su trayecto vital, intentamos ahora rememorar y reflexionar sobre su bagaje como escritor: sus libros, sus experiencias ante el papel en blanco, su evolución en lenguaje, intereses y motivaciones; pero por supuesto, también sobre sus desencuentros con la crítica… aquella crítica de pronto injusta, con certeza sesgada, que nunca dejó de verlo como uno de los escritores McOndo.

- Tienes ya más de 25 años de trayectoria en la literatura, ¿cómo ves, a esta distancia, tus primeros libros, tus preocupaciones, temáticas y búsquedas? Reeditaste hace no muchos años algunas de tus obras iniciales, así que imagino que quedaste bien con ellos…
- No he reeditado mis dos primeras novelas, Días de papel y Alrededor de la torre. Al comenzar estaba obsesionado por escribir una novela, creía que eso me haría ser un escritor de verdad. En los ratos libres que me dejaba la novela escribía cuentos breves, textos de una página o dos que eran una suerte de diario personal: leía “El infierno tan temido”, digamos, y luego escribía un texto que era un homenaje y a la vez un apunte sobre lo que el libro me había dejado. Me gustaban las vueltas de tuerca borgianas, las alegorías morales kafkianas, el cinismo de Onetti. Eso está en esos textos que conformaron mis dos primeros libros de cuentos, Las máscaras de la nada y Desapariciones. Me esforcé mucho con las novelas pero la paradoja es que creo que los de cuentos son los que quedan de esos primeros cuatro libros.

- Y en cuando a tu mirada crítica literaria en general, ¿cuánto queda del Edmundo que suscribió las ideas del llamado movimiento Mcondo? ¿Reafirmarías todo o revisarías parte del prólogo de la compilación o de los artículos y “manifiestos” de entonces?
- McOndo no fue un manifiesto aunque se lo leyó como tal. Fue un prólogo a una antología, escrito por Alberto Fuguet y Sergio Gómez, que combatió un estereotipo -Latinoamérica, el continente de lo real maravilloso, donde lo extraordinario es cotidiano- creando otro estereotipo -Latinoamérica, el continente urbano-. Lo más curioso de todo, o quizás no, es que el prólogo era tan exaltado y visceral que la crítica se ocupó de él y no de lo que decía la obra de los autores incluidos en la antología (y que no sabían del prólogo hasta que lo leyeron en el libro).
Yo estaba de acuerdo con algunas cosas y con otras no, pero en el camino se perdieron los matices y todo quedó en una fácil simplificación (a la que, por cierto, ayudó el prólogo).

- Recuerdo una “polémica” que giró -creo- en torno a Alrededor de la torre. Primero te cuestionaban por no escribir sobre la “realidad boliviana” y una vez que lo hiciste, por escribir sobre los indígenas y la crisis social desde el desconocimiento… ¿Qué reflexionas ahora, a casi dos décadas de aquellos difíciles días con cierto sector de la crítica?
- La relación difícil con cierto sector de la crítica en Bolivia no ha cambiado, lo que pasa es que uno se acostumbra y hasta llega a esperar a esos críticos que irán corriendo a buscar mi novela, la leerán antes que nadie con una suerte de odio parecido al amor, y, predeciblemente, dirán que les ha decepcionado. En cuanto a la polémica, para mí fue liberadora, porque me hizo darme cuenta de que nunca contentaría del todo a la crítica, así que era mejor preocuparme por seguir mis obsesiones.     

- En un par de trabajos de la carrera de literatura te ponen como contraposición a Spedding como referentes de los que se hizo en la literatura boliviana en la transición de siglos: pero dicen algo curioso, que Alison va con los que siguen preocupados del indio, y Edmundo escribe sobre los blancos… Vuelvo a Alrededor de la torre, pues si mal no recuerdo, tú mismo aceptaste que la escribiste con muchas presiones y cuando aún no tenías la madurez de escritor.
- El personaje principal de Alrededor de la torre es un paramilitar que no tolera la idea de que un candidato indígena pueda llegar a la presidencia, y decide matarlo; por supuesto, se trata de un personaje racista, pero no hay que confundir lo que piensa él con lo que piensa el autor. Para mí los problemas de Alrededor de la torre son otros; la escribí mientras trabajaba en mi tesis doctoral, y se me coló un tufillo sociológico que está bien para preparar una novela pero no para que sea parte de ella. Pero eso no es excusa.

- Muchos años ya pasaron… y en el último lustro, sobre todo, cada vez más se quiere identificar y tipificar a una supuesta “nueva generación de la narrativa boliviana”, que empieza con, o incluso, que es ya posterior, a Edmundo Paz Soldán. Una de las pocas coincidencias unánimes que la crítica ve en estos nuevos escritores -por cierto, visualizados y elogiados fuera del país como pocos de sus antecesores- es su desprendimiento con la política y la realidad social como compromiso, como carga, y su entera preocupación por el lenguaje, la estética… ¿Qué no era precisamente lo que tú defendías a inicios de los 90?... como que el tiempo siempre da sus respuestas, ¿no? Te pido una reflexión de todo esto.
- Nuestra crítica es muy pavloviana: la Spedding puede ambientar una novela en Cambridge y la seguirán aplaudiendo por su compromiso con el país; Giovanna Rivero puede escribir cuentazos políticos y la seguirán tachando de frívola. Los nuevos escritores no le dan la espalda a la política y a la realidad social, aunque quizás no sean tan explícitos en su interés como en anteriores generaciones. Nunca defendí una entera preocupación por el lenguaje o la estética; mi lío era por otra cosa: publiqué Río Fugitivo y me dijeron que no podía escribir novelas sobre la clase media cochabambina porque esta no tenía la suficiente densidad; con Las máscaras de la nada me preguntaron por qué no había indígenas en mis cuentos. Esa cosa prescriptiva era muy asfixiante (“hay que escribir como Saenz, ser Saenz, y si puedes ser Urzagasti más, ya cuadraste el círculo”) y yo, simplemente, quería seguir mi propio camino y quería que hubiera libertad formal y temática para ello.  

- Y hablando ya del estilo, del trabajo con el lenguaje, ¿qué características consideras que se mantienen en tus libros actuales, y cuáles son tus principales aprendizajes y evoluciones?
- Al principio, quizás porque apenas comencé a escribir me fui a vivir a Estados Unidos, tuve una relación defensiva con el lenguaje: quería escribir en un español no contaminado por el inglés. Me di cuenta luego de que eso era absurdo, el lenguaje es contaminación pura y nuestra habla muestra todo el tiempo las cicatrices de las batallas  políticas y culturales. Eso creo que aparece a partir de Los vivos y los muertos y Norte. Dos de los personajes centrales de Norte son mexicanos y eso fue un desafío para mí; su español era diferente al mío. A partir de entonces he intentado ahondar en el lenguaje, explorar más la idea de que una forma de hablar es una forma de mirar el mundo. 

- En cuanto a estilo, es indudable que hay un parteaguas o una “momento aparte”, por llamarlo de algún modo, con Iris y Las visiones
- Quería escribir una novela sobre las nuevas formas que toma el imperio en este siglo, enfocada en Irak y Afganistán. Pensé que podría ser interesante desplazar su código realista a los tropos de la ciencia ficción, y ahí apareció Iris, la ficción antropológica, los traumas de la colonia, el deseo de mostrar en el mismo lenguaje la suciedad de las guerras. Fue un intento de hacer explotar ciertas búsquedas con el lenguaje y la forma; con la forma, porque siempre quise hacer más cosas con el fantástico y la ciencia ficción pero el peso del realismo me detenía en los bordes; de hecho, concebí originalmente Sueños digitales y El delirio de Turing como novelas de ciencia ficción, pero al final se impuso el realismo. Iris y Las visiones son más un momento aparte, aunque la idea del lenguaje como delirio continúa en Los días de la peste.

- Volviendo a aspectos generales, muchas de tus novelas y cuentos de los primeros años tenían una voz narrativa (en primera o tercera persona) identificada como escritor o aprendiz de escritor, periodista o incluso redactor de discursos… gente que trabajaba con la palabra. Se me viene a la mente ciertas corrientes de autores que hoy en día reniegan de esta tendencia bien representada por Vila-Matas (el Maxi Barrientos, por ejemplo). ¿Tú qué piensas? ¿Volverías a concebir un narrador y/o personajes escritor?
- Hay demasiados escritores como personajes de cuentos y novelas. Me encanta leer sobre ellos, pero ahora mismo no me interesa escribir de ellos.

- Acabas de publicar una novela e imagino que viene un periodo de viajes, promoción y difusión… pero imagino también que ya tienes uno o más proyectos germinando. Háblanos de tu próximo libro, o de los proyectos en los que trabajas.
- Quiero escribir un par de novelas cortas. Siempre he tenido como ideal la novela corta, un género con la intensidad de un cuento y la capacidad de crear un mundo como la novela. Las dos novelas estarán ambientadas en territorios fronterizos, una está conectada con Bolivia.

- Pregunta compleja y arbitraria: Rio Fugitivo, Norte, Iris o Los días de la peste ¿Cuál, o cuáles y por qué?

- Todavía sigo con los ecos de Los días de la peste. Supongo que es natural, he vivido tres años con ese mundo. Y siempre tendré un cariño especial por Río Fugitivo, porque fue un intento de capturar el fin de la adolescencia, el último año de colegio, el último año que viví en Cochabamba. 

Semblanza de Edmundo Paz Soldán

Edmundo Paz Soldán, desmontando la realidad



Hace varios años Edmundo y Sebastián son compañeros y casi vecinos -el segundo está por terminar su doctorado en la Universidad de Cornell, donde el primero da clases hace ya bastante. Tiempo atrás, ya eran buenos amigos, y mucho antes, los libros del Cochabambino estuvieron entre los que formaron el juicio literario del paceño. Tantas conversaciones casuales y formales, tantas lecturas mutuas y compartidas se traducen en una serie de apuntes con los que Antezana armó una breve semblanza para este dossier especial “pazsoldaniano”.


Sebastián Antezana

En una conversación reciente con Edmundo Paz Soldán, en la que le empezaba preguntando por sus inicios en la escritura, me contaba que sus primeros pasos se dieron un poco por casualidad. Mientras estudiaba relaciones internacionales en una universidad de Buenos Aires, y como respuesta al mayor ambiente cultural que en la capital argentina había respecto a Cochabamba, empezó a escribir una serie de cuentos que nacieron como reacción a diferentes lecturas. “Los cuentos -dice- eran poco más que breves reflexiones críticas de algunas lecturas que por entonces tenía”. Y luego continúa: “Digamos que, si leía Lolita, de Nabokov, después escribía un cuento que se llamaba Dolores en el que había un personaje parecido a Lolita y en el que trataba de darle un giro personal a lo que acababa de leer. Ese fue el inicio”.
Después de ese inicio vino un primer intento de sistematización: “Esos primeros años simplemente escribía, hasta que un día llegué a tener un buen número de textos que formaron un manuscrito que me decidí a mandar a la editorial Los amigos del libro. Entonces el manuscrito se llamaba Cristales en la noche y don Werner Guttentag, después de revisarlo me dijo que le faltaba un poco, que lo corrigiera, que siguiera intentando y que habláramos en un año”.
Pausado, risueño, Paz Soldán, que nació en Cochabamba en 1967, cuenta esto sin el menor dejo de lástima o culpa, como si el temprano fracaso -ante las tempranas ganas de publicar- fuera natural. Y luego sigue: “Volví a leer el manuscrito, me di cuenta de que don Werner tenía razón y me decidí a eliminar gran parte de los textos, darle buena forma al resto y utilizarlos como base de un libro más serio: Las máscaras de la nada (1990)”.
Las máscaras de la nada fue, justamente, uno de los primeros libros que leí de Paz Soldán, allá por un, para mí, lejano 1996 o 1997. Quizás debería aclarar, en este punto, que no he leído todos sus libros (más de 16 o 17, creo; esa es todavía una tarea pendiente), pero sí recuerdo con seguridad los tres primeros libros de cuentos, Las máscaras de la nada, Desapariciones y Dochera y otros cuentos, y luego de un salto temporal más o menos largo Amores imperfectos. Y, en cuanto a novelas, recuerdo con cariño Río fugitivo y luego la que, creo, es su etapa más madura, de consolidación, representada por Los vivos y los muertos, Norte, Iris, y los libros de cuentos Billie Ruth y Las visiones.
Por un lado, en conjunto, la obra de Paz Soldán constituye uno de los puntos importantes de la narrativa boliviana contemporánea. Por otro lado, independientemente, algunos de sus libros de cuento y de sus novelas son instancias en torno a las cuales se van formando olas que podrían ser corrientes importantes en nuestro panorama. Paz Soldán es uno de los escritores importantes de la actualidad nacional, no solo por el carácter internacionalista de su obra -hecho que en sí mismo no significaría mucho si no fuera por la poca resonancia que por lo general tiene nuestra narrativa- sino también por una característica que, año tras año, desde la primera aparición de Las máscaras de la nada hasta Las visiones, se ha ido consolidando: su compromiso literario, su manera particular de construir sentidos.
En esa línea, uno de sus principales intereses -me comenta Edmundo-, a través del cual se revela una especie de horizonte o vocación personal, un deseo antes contenido y ahora liberado sistemáticamente, libro tras libro, tiene que ver con desmontar a través de la ficción el mecanismo del mundo, el mecanismo de la realidad, el mecanismo de todo, puesto que todo es mecanismo, sumas de artificios y estrategias. Es decir que su vocación literaria está ligada a una necesidad de ver por dentro las operaciones que componen lo que conocemos, está ligada a una urgencia por comprendernos o empezar a vislumbrarnos.
Dice Cioran que el hombre se mide únicamente por su capacidad de desacuerdo, por el grado de lucidez que es capaz de alcanzar. Y la campaña literaria de Edmundo, el diseño conjunto de sus libros de cuento y sus novelas, su mapa literario, tiene que ver con eso, con profundizar su capacidad de desacuerdo, con el desmontaje de las estrategias que nos hacen, con tratar de alcanzar cada vez un mayor grado de lucidez y, al hacerlo, con transmitir a sus lectores esa vocación de compromiso con el desafío de desmontaje y construcción de la realidad que es, a fin de cuentas, el mismo de toda buena literatura.

Literatura al 100%
Escritor, profesor universitario, conferencista, bloguero, columnista de periódicos, pareja de una escritora… la vida de Edmundo parece girar exclusivamente en torno al núcleo demandante de la literatura y sus múltiples formas.
Así, su narrativa parece estar motivada igualmente por la esencia y por el accidente (como en Los vivos y los muertos), por lo intemporal y por lo cotidiano (Río Fugitivo), por la mística y la historia (Iris), el sinsentido y los desbalances psicológicos (Norte). El mundo que libro a libro crea es uno constituido por peripecias políticas que se muestran tanto abiertamente (Palacio quemado) como mediante discursos sugeridos (El delirio de Turing), por la fragilidad y madurez de la niñez como por la fragilidad e inmadurez de los adultos (Billie Ruth).
Los personajes de Paz Soldán están entre la adolescencia y la madurez, y pocas veces llegan a la vejez. La suya parece ser una narrativa consagrada a la experimentación, a la experiencia siempre ardua del crecimiento o a la complejidad de las vidas adultas, pero son raras las ocasiones en que la vejez asoma el rostro entre las páginas. Además, a diferencia de lo que pasa con otros escritores, que eligen estilos o estéticas como si se posicionaran en un campo de batalla, la narrativa de Edmundo tiende tanto al fragmento como al sistema, a la experimentación lingüística como a la llaneza verbal, a la construcción compleja -y, en algunos casos, a la densidad formal- como a la búsqueda de algo más pequeño, algo quizás inmaterial, un destello o un pixel, sin embargo, densos como un sol.
No solo eso. Como varios de los nombres importantes de la literatura latinoamericana, Paz Soldán ha construido una ciudad propia en la que transcurre buena parte de su ficción, Río Fugitivo, una especie de trasunto de Cochabamba. A propósito, podría decirse que, muy a grosso modo, su narrativa ha cubierto hasta hoy por lo menos dos etapas, una primera marcada por la nostalgia y los intentos de recuperación de su ciudad natal, o marcada por rasgos y momentos de su ciudad natal vistos desde la distancia (hace más de 20 años que vive en Estados Unidos), una etapa de novelas como Días de papel, Río Fugitivo, La materia del deseo e incluso El deliro de Turing, y otra posterior, más abierta hacia afuera, desapegada del referente inmediato o, por lo menos, de la nostalgia por un referente como Cochabamba, que resultó en Río Fugitivo.
Pese a ello, pese a lo marcado de esta primera etapa, pese a la fuerte impronta de Río Fugitivo en la obra de Paz Soldán, él no es un escritor “de” Cochabamba, a la manera en que, digamos, Jaime Saenz o Adolfo Cárdenas son escritores “de” La Paz. La cochabambinidad de Edmundo, por llamarla de alguna manera, por el momento parece resolverse en el territorio de la memoria, que nunca es el del referente realista puro y que permite, más bien, una apertura parecida a la que Onetti consigue con Santa María, su ciudad inventada.
Y eso, quizás, porque, gracias a su doble labor de escritor de ficción y profesor de literatura, está acostumbrado a cruzar fronteras no solo en sentido metafórico -entre sus dos, digamos, profesiones- sino porque también es una persona cosmopolita. Pese a su intensa vida cotidiana, Paz Soldán consigue leer e interesarse a partes iguales, aunque en diferentes épocas, por la problemática de la migración latina a Estados Unidos, la formación de un corpus de literatura andina, los pormenores de la actualidad de la crítica y la teoría literarias y, digamos, los avances y las problemáticas del desarrollo de géneros como la novela policial y la ciencia ficción no solo en Bolivia, no solo en América Latina y ni siquiera solo en Estados Unidos o Europa, sino en todos los anteriores juntos, en un vendaval de sistematicidad y memoria.

Fruto de esa misma curiosidad, entonces, para terminar y retomar el punto anterior, hace ya bastante Paz Soldán parece haber dejado su Río Fugitivo y haber consolidado su ficción en otros terrenos, como por ejemplo Iris, una isla-planeta de ciencia ficción que sin embargo tiene raíces profundamente asentadas en esta Tierra y que es el escenario de su penúltima novela, del mismo nombre y su último libro de cuentos, Las visiones; y, un poco antes, Estados Unidos, lugar donde transcurren otras novelas y un libro de cuentos. 

Reseña

Graciela Speranza y el tiempo
en el arte de nuestro tiempo




Edmundo Paz Soldán

Alguna vez leía clásicos, ahora no tanto: me inundan las novedades cada vez que ingreso a internet. Alguna vez sentarme a escribir un cuento era precisamente eso, ahora no tanto: suficiente abrir la computadora para descubrir la cantidad de correos que me urge responder, las noticias con las que debo ponerme al día, las polémicas en las redes que me reclaman. Así pasan las horas, incapaz de proyectar el futuro o bucear en el pasado porque el presente me ha agarrado del cuello.
Lo que me ocurre no es la excepción sino la norma, como sugiere la intelectual argentina Graciela Speranza resumiendo un libro de Jonathan Crary: “son muy pocos ya los intervalos significativos de la experiencia humana, a excepción del sueño, que no han sido penetrados o arrebatados como tiempo laboral, tiempo del consumo, tiempo mercantilizado”. Los nuevos medios y las nuevas tecnologías, que venían a liberarnos, nos están ahogando con la urgencia de sus requerimientos.
La cita de Speranza está en su lúcido y potente libro Cronografías: Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo (Anagrama), que indaga en las formas en que el arte y la literatura contemporáneos se enfrentan al problema del tiempo a través de la revitalización de sus formas y lenguajes. Cronografías sugiere con convicción que el arte hoy no solo nos puede ayudar a entender nuestra experiencia enloquecida del presente, también es capaz de transformar esa experiencia: contemplar un cuadro, ver una videoinstalación, leer una novela nos desaceleran, nos dan pie para resistir al reloj y su dictadura. Pero esa resistencia debe apuntalar también el camino de la revolución que nos permita recuperar relaciones menos salvajes con el reloj.
Speranza es exhaustiva y recorre todas las artes, pero se detiene sobre todo en la videoinstalación, que en las páginas de su libro aparece como la más adecuada para enfrentarse al problema de la representación del tiempo. De todas las obras analizadas, la central es The Clock (2010), del suizo Christian Marclay (1955). En esta obra que dura 24 horas, Marclay y su equipo arman durante tres años un montaje de clips de películas en las que aparece un reloj marcando cada minuto del día; en The Clock, el tiempo real y el tiempo de la pantalla coinciden, creando una suerte de “ballet de la humanidad registrado en cien años de historia del cine… Las horas no son unidades matemáticas, sino casilleros semánticos… exclusas de la gestualidad”. Por supuesto, no es fácil ver The Clock: solo hay seis copias en diferentes museos del mundo, y no siempre se exhiben. Es una de las aporías del arte experimental: nos dice cosas sugerentes pero no todos pueden acceder a él (en la sección más literaria del libro, Speranza habla de un espectador -que puede ser ella- que hace un viaje especial a Los Ángeles con el único objetivo de ver The Clock en un museo).

Speranza también analiza, entre otros, a Anne Carson, Karl Ove Knausgard, Gabriel Orozco, Liliana Porter, Patricio Pron, W. G. Sebald y Lydia Davis. Todos están unidos por la búsqueda de nuevos registros simbólicos en torno al tiempo que nos permitan desnaturalizarlo y resistir así el culto contemporáneo de la hipervelocidad y la hiperconexión. La crítica recuerda, en su prosa a la vez compleja y transparente -incluso didáctica-, que Walter Benjamin afirmaba que hacia 1840 algunos parisinos salían a pasear tortugas con correa, para enfrentarse a su manera al progreso y “contrariar las urgencias del productivismo capitalista”. Los artistas más necesarios hoy son aquellos que están buscando esas tortugas que nos permitan “abrir el presente a otros tiempos”. El desafío consistirá en encontrar el tiempo para escucharlos. 

viernes, 20 de octubre de 2017

60 años en la literatura boliviana

Un libro marca el cambio de
ritmo de la literatura boliviana



Un río que crece. 60 años en la literatura boliviana, acaba de publicarse a propósito de los 60 años de la Asoban, entidad patrocinadora de este proyecto, en el que siete escritores trazan una descripción crítica y cronológica del acontecer en las letras nacionales entre 1957 y 2017.


Martín Zelaya Sánchez

La publicación casi providencial -por su enorme valor estético- de Cerco de penumbras (1958) y de Los deshabitados (1959), de Óscar Cerruto y Marcelo Quiroga Santa Cruz, respectivamente que, para nadie es desconocido, son dos de los principales hitos de las letras nacionales del siglo XX, se recapitula al inicio de Un río que crece. 60 años en la literatura boliviana, libro de reciente edición en conmemoración del 60 aniversario de la Asociación de Bancos Privados de Bolivia (Asoban), patrocinadora del proyecto.
“…las letras nos han fortalecido, alentado y esperanzado; nos han servido, en suma, para sobrevivir a las adversidades, levantarnos de las caídas y mantener la fe en un mundo mejor”, comenta Mariano Baptista Gumucio al inicio de “La irrupción de la subjetividad (1957-1967)” el capítulo que le corresponde en este trabajo que -acorde al aniversario de la entidad auspiciadora- se propone trazar un repaso exhaustivo, riguroso y crítico de la producción literaria nacional en las seis últimas décadas, sin que ello implique un lenguaje académico y especializado pues esa fue, precisamente, la única premisa que el editor, Gabriel Chávez Casazola, pidió respetar a los coautores.

“Se pidió expresamente a los autores -comenta Chávez en su introducción- que sus textos mantuvieran un tono coloquial y de crónica -sin por ello renunciar al rigor y a la valoración crítica imprescindibles-, ya que este libro tiene fines de divulgación e información para el lector no especializado; pero a la vez, ciertamente, busca despertar interés para que se realicen futuros estudios en profundidad con nuevas visiones, más amplias y menos enfocadas solo en una parte o visión del país y de su historia, como ocurría hasta hace poco; reduccionismo que los coautores de este libro -con los textos aquí recogidos, pero sobre todo, varios de ellos, con su propia obra- han demostrado que puede y debe terminar, ahora que nuestra literatura se torna multipolar y se expande geográfica y temáticamente como un río que crece…”.

Este libro tiene fines de divulgación, comenta el poeta, también autor del concepto de esta obra, y es ahí donde a modo de valorar el aporte de Asoban, hay que pecar de ambiciosos y pedirles que además de la bella edición de lujo lanzada en días pasados en el acto de celebración de su aniversario (formato de 30 x 25 cm, papel couché, tapa dura) es imprescindible una pronta edición popular para que el trabajo esté al alcance de la mayoría.
Vamos al contenido. Dividida en seis partes, una por cada decenio entre 1957 y 2017, Un río que crece cuenta con las firmas de Baptista Gumucio, Edmundo Paz Soldán (que analizó el periodo 67-77), Mónica Velásquez (77-87), Magela Baudoin (87-97), Martín Zelaya (97-07) y Giovanna Rivero (07-17).
Más allá de cierto riesgo de extrema heterogeneidad, la total libertad que los coautores tuvieron para desarrollar sus ensayos, permite contar con un corpus diverso, ecuánime y desprovisto de cualquier sesgo académico o de otro tinte. La mayoría, dadas las claras condiciones, optó por una lógica recapitulación cronológica de títulos publicados, lo que además de indagar en la obra como tal, da pie a una referenciación valorativa del autor.
Después de Cerruto y Quiroga Santa Cruz, Baptista Gumucio hace especial hincapié en otras dos obras cruciales de su periodo: Historia de la Villa Imperial de Potosí, de Bartolomé Arzáns, cuya edición definitiva la propició Gunnar Mendoza en 1965; y El Loco, de Arturo Borda, monumental como complejo texto de 1.676 páginas en tres volúmenes.
Más adelante, al concluir “Turbulencia y escritura (1967-1977)” en la que pasa revista a obras emblemáticos como Matías, el apóstol suplente, de Julio de la Vega y Tirinea, de Jesús Urzagasti, Edmundo Paz Soldán escribe:

“La década produjo algunos textos que hoy son considerados clásicos. Desde una posición muy precaria, los escritores nacionales habían escrito sin simplificaciones sobre esos años, buscando una renovación formal que se dio tanto en la poesía como en la narrativa, y también habían logrado articular algunos de los temas que serían fundamentales en el debate acerca del tipo de sociedad que aspiraba a ser la boliviana (el lugar de la mujer, la proyección identitaria, la incorporación de culturas tradicionalmente excluidas, etc.). El fin del siglo XX vería los intentos de resolver los temas articulados durante esa década”.

A continuación viene “Sobresaltos entre el silencio  (1977-1987)”, un trabajo en el que haciendo uso de un admirable estilo en primer persona, Mónica Velásquez escribe:

“Corrió 1977. Cesaron: la risa de Chaplin, la guitarra de Hendrix; Nabokov, autor de Lolita. Un excéntrico John Travolta enseña a bailar los sábados por la noche. La dictadura sigue campeando por el continente y es cada vez más difícil respirar. Todavía duelen en los ojos las marchas que, según se dice, harán cada jueves las madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, buscando a sus desaparecidos, ¿los tenemos nosotros?
Este diciembre la huelga de mujeres mineras a la cabeza de Domitila Chungara no deja de exigirnos una palabra, un acto. Todavía andando con un aparatito que inventaron en el norte, llamado walkman, en el bolsillo, tratando de averiguar qué es eso de llevarse la música a otra parte. Todavía preguntando, la democracia qué será. Todavía con el Hijo de opa de Gaby Vallejo, el Guano maldito de Aguirre Lavayén, toda la colección que se mandaron Juan José Coy y Josep Barnadas, el Manchay Puyto de Taboada Terán, la poesía de Humberto Quino que, en su segundo libro, ya personal, arremete con todo el lenguaje de la calle y la protesta. Todavía en Navidad rezando por las causas Albó, Espinal, y las minas y las calles y el “nunca se sabe”, a diario. Todavía asombrados andan los de la academia con los ensayos de Roberto Prudencio y la incursión de un semiólogo que promete renovar nuestra crítica literaria, don Luis H. Antezana. Año nuevo que mientras retrocede en conteo de uvas, nos deja un sabor agridulce de la esperanza que esperamos y aún no llega. Y, a pesar de todo, retornan a su España: Alberti, Guillén y Aleixandre, ¿habrá patria para los que quieran volver?...”.

Y es que claro, otra característica fundamental del libro es la contextualización del quehacer de las letras bolivianas con la historia, la cotidianidad política y social, llena de sobresaltos y avatares, no pocas veces menos verosímiles que la mejor de las ficciones.
Completan Un río que crece: “Años de transformación (1987-1997)”, de Magela Baudoin; “Cambio de ritmo (1997-2007)”, de Martín Zelaya y “Descorriendo el tupido velo de la mediterraneidad (2007-2017)”, texto donde Giovanna Rivero concluye:

“…En definitiva, el compromiso con lo literario como la más cuidada prioridad es el cambio de paradigma que tanto nos hacía falta para seguir madurando. La personalidad literaria boliviana está tejida de heridas, complejos, sueños, insatisfacciones y una imaginación infinita que seguramente será la nave para surcar esos mares, aparentemente inalcanzables, que merecemos y que seguramente nos esperan”.





jueves, 19 de octubre de 2017

La nueva novela de Maximiliano Barrientos

La violencia total: primeros
apuntes de En el cuerpo una voz


El próximo número de la revista literaria 88 grados -ya a punto de entrar a imprenta- incluye un amplio dossier sobre Maximiliano Barrientos, a propósito de su nueva novela editada por El Cuervo y que mañana viernes 20 se presentará en La Paz. Va un brevísimo adelanto para animar a la gente a asistir al lanzamiento y comprar este excelente libro.



Martín Zelaya Sánchez

¿Santa Cruz apocalíptica? Algo pasó y ya no hay Estado ni civilización tal como los conocemos. Grupos armados -“brigadas” de forajidos-, controlan la ciudad y las provincias y la población está a merced de sus disputas, saqueos e inimaginables caprichos.
Dos hermanos -Rodolfo, quien lleva la voz narrativa, y Pancho, que está malherido- huyen de El General y su turba. Tras leer “Fuselaje”, la primera de seis partes de En el cuerpo una voz (El Cuervo, 2017), la nueva novela de Maximiliano Barrientos, me es imposible no remitirme a La Carretera de Cormac McCarthy: hambre, devastación, miseria humana, violencia total.
La atmósfera de desasosiego e incertidumbre se respira en cada párrafo, no solo por lo que el narrador protagonista cuenta; sino por el diseño mismo de la novela, por las acciones, por la habilidad del autor para relatarlas, por las palabras elegidas, su orden y engranaje en frases y oraciones tan necesarias e imprescindibles una como otra en el universo concebido no solo de “Fuselaje”, también de “Churrascos”, la segunda parte, relatada ya por un narrador externo.
Cuando la lucha diaria es, en verdad, por seguir vivos -en medio de escasez total, hambruna, masacres y canibalismo- muy pocos se resisten a la vorágine, muy pocos pueden mantenerse dentro de los códigos de la civilización.

Cuenta Rodolfo:
“No sabía ninguna canción, ningún rezo, nada que decir o hacer en una ocasión como aquella. Bebí y callé. Permanecí allí, pensando en el sueño, tratando de darle voz a mi madre, pero su voz había desaparecido. Tras la muerte de mi hermano, ella se convirtió en una mujer que nunca fue madre de ningún hijo, se convirtió en un nombre que no me ligaba a nada que hubiera perdido, a ningún lugar al que añorara volver.
Me puse de pie y bebí otro trago más hasta sentí que la garganta se cerraba. Todo era monte alrededor, por donde fuera que mirara la vegetación era la misma.
Ruidos de aves, insectos, animales que a esas horas salían a cazar.
Entre todos esos ruidos, otros: pisadas, voces.
Me interné en el monte, ya sin miedo, con algo que no era solo mi hermano en la cabeza, pensando en el sabor de la salchicha derritiéndose en la boca. Recreaba el sabor porque sabía que si no me mataban en unas horas más volvería a sentirlo bajo la lengua y en el paladar, expandiéndose por la garganta, hasta extinguir la rabia, hasta extinguirla por unos minutos…”.

En una parte de un diálogo de largo aliento, Maxi habla de esta su obra:

- Se me ocurren algunas palabras y términos que se impregnan a lo largo de esta novela: transgresión, instinto-naturaleza humana, trauma, cicatrices, memoria…

--Tenía ganas de escribir una historia de venganza, tema que había aparecido en la primera parte de La desaparición del paisaje, y en el cuento “Sara”, de Una casa en llamas. Tenía esas ganas pero no tenía nada más y con esa idea no podía ponerme a escribir, hasta que una tarde, mientras iba en un micro por Los Pozos, vi a la gente amontonada en las calles y se me vino esta imagen: una tamborita tocando para unos soldados mientras hacen un churrasco, con la diferencia de que en vez de carne de vaca habían seres humanos descuartizados, echados sobre las parrillas. Pensé en una tarde calurosa y en ese ambienta de fiesta típico de los carnavales. Ese fue el detonante. Ahora sólo tenía que ver cómo podía unir la idea de la venganza con esa escena. Era poco pero al menos era un principio. El resto fue una cuestión de resolver la estructura y la novela se fue escribiendo sola. Me costó, ya que escribí la primera parte y luego me quedé corto. Pensé en dejarla como un cuento largo, pero cuando resolví ciertas cuestiones de estructuras que atañen a la temporalidad, lo otro fue surgiendo. Leonora, la editora de Eterna Cadencia -que sacará la novela en febrero-, me comentó tras leer el manuscrito lo siguiente: “la novela trabaja la naturalización de la violencia”. Creo que eso es acertado. La violencia no es el conflicto, es un escenario, es el medio donde sucede lo otro. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Yuri Herrera en Bolivia

El correr de los ríos subterráneos



Sobre Señales que precederán el fin del mundo, la estupenda novela de Yuri herrera reditada ahora para Bolivia en un no menos estupendo trabajo de La Perra Gráfica y Oscar Zalles.


Mauricio Murillo

Uno de los desafíos de la literatura contemporánea tiene que ver con la manera en que se narra o se ficcionaliza algo que se ha contado muchas veces. Es difícil escapar al cliché. Son pocos los libros que reelaboran el pasado y el presente de manera no solo nueva, si no también hermosa. Esto es más difícil sobre todo si la ficción que se escribe gira en torno a un tema del que se ha dicho mucho y, además, se supone que existen las maneras correctas y acabadas de entender un suceso social. Entre muchos de sus méritos, Yuri Herrera elabora con Señales que precederán al fin del mundo una novela que no cae en la mirada trillada de la violencia del norte mexicano y, además, tampoco simplifica un conflicto tan complejo y duro como es el de la frontera entre México y Estados Unidos.
Señales que precederán al fin del mundo relata el viaje de Makina, quien parte de su pueblo en Hidalgo para recalar en EEUU, pasando por el DF y, algo ineludible, por la frontera. El término “viaje” en la novela de Herrera implica distintas maneras de entender el desplazamiento de Makina. Entonces, en la novela va a ser importante el dilema del movimiento y del estarse. La personaje va en busca de su hermano, quien emigró años antes. Una búsqueda. Como ella, muchas otras personas tienen la pulsión del movimiento hacia el norte.
En dos momentos de la novela le preguntan que cómo está Cora, su madre. “Está, nomás”, ella responde. El estarse de la madre se opone violentamente al desplazamiento de Makina que es un buscar pero también un alejarse. Así como le inquieren sobre la madre, le preguntan a ella varias veces si va a cruzar: “¿Vas a cruzar?”. Pregunta que luego se convierte en una afirmación. Cora se está y Makina cruza. Un conflicto del movimiento y de la quietud. “No podía detenerse, debía seguir caminando aunque no supiera cómo iba a regresar. Era el ritmo, era su cuerpo sin lastre, era el leve sonido de su resuello lo que la impulsaba”, dice el narrador. Es la ilusión de estar de paso, de moverse un rato para volver a la quietud, al pueblo propio. Pero es una ilusión. Un personaje, ya del lado gringo, le dice a Cora: “Yo aquí nomás estoy de paso”. Luego le cuenta que ya son 50 años. En el movimiento, el tiempo es relativo. O distinto.
El desplazamiento es esencial para cruzar la frontera. Se cruza la frontera al cruzar un río. El río que es, justo, una metáfora clásica de lo que no vuelve, de lo que no se queda quieto. Ahí esta eso que amenaza a Makina y la hace “viajar”, “el correr de los ríos subterráneos”, como se lee en el libro. Al final el movimiento ya no será horizontal, sino vertical. Un movimiento descendente, que lleva a Makina hacia lo subterráneo, hacia lo oscuro.
Yuri Herrera consigue con Señales que precederán al fin del mundo producir una escritura sobre un tema tan arduo como frecuentado. Al hacerlo, podemos entender que sobre ciertas cosas es mejor escribir ficción, que eso nos dice mucho más sobre la violencia, la desigualdad, la pena que miradas cerradas en busca de respuestas. Así, otro de los grandes picos de la novela (además de lo ya mencionado y del simbolismo y del ritmo) es el lenguaje. Como ya lo demostró con su primer libro, Trabajos del reino, Herrera es un artesano de la palabra. Su cadencia, su sintaxis, sus oraciones, sus diálogos son irrepetibles. Pocos escritores en castellano esculpen el lenguaje como él. Así se puede relatar el horror desde la belleza, sin simplificar dicho horror.

Esta escritura depurada está acompañada por las espléndidas ilustraciones de Oscar Zalles en una edición para Bolivia preparada por La Perra Gráfica. Si los lectores bolivianos no han leído a Yuri Herrera, esta es una oportunidad que deberían aprovechar. Una novela sobresaliente que ahora aparece en una edición imperdible.