sábado, 28 de noviembre de 2015

Artículo

Literatura y crónica, un singular matrimonio

Cómo influye la crónica, el periodismo narrativo en la literatura? ¿Qué herramientas literarias sirven más y mejor a la hora de escribir no ficción? ¿Cuán preponderante es la crónica en las tendencias de la narrativa literaria actual? Estas y otras interrogantes se debatieron en un Encuentro de literatura, crónica y periodismo efectuado en días pasados en Sucre.


Martín Zelaya Sánchez

Toca hacer la crónica de un encuentro sobre la crónica. Para partir y aterrizar al mismo tiempo, copio un fragmento del trabajo “Crónica, entre la literatura y el periodismo” leído por Santiago Espinoza, periodista cochabambino, director del suplemento La Ramona del diario Opinión:
“El interés y el debate sobre el periodismo narrativo, al que también se refieren otros autores con los apelativos de crónica, nuevo periodismo o, más genéricamente, literatura de no ficción, ha cobrado un protagonismo mediático y académico inusitado en los últimos años en América Latina”.
“Se trata como suele pasar con los booms, de una explosión sobre todo editorial, algo parecida a la del boom latinoamericano de literatura que, desde luego, está asociada a la consolidación de una pléyade de notables escritores que están haciendo la que para muchos es la mejor literatura latinoamericana del momento, pero desde el terreno de la no ficción”.
Punto de partida, porque indudablemente este presunto boom es uno de los detonantes que llevaron a Alex Aillón a organizar, en el marco del Festival Internacional de la Cultura, el Encuentro de literatura, crónica y periodismo que se llevó a cabo mediante dos coloquios efectuados el pasado jueves 19 de noviembre en Sucre.
Y punto de llegada, porque se enfatiza un par de veces en un concepto clave: literatura de no ficción, que fue transversal en las exposiciones de los seis invitados al evento: el propio Espinoza, el poeta Benjamín Chávez y el periodista Martín Zelaya, quienes en la mesa 1, moderada por Aillón leyeron ponencias enfocadas en la intrínseca y compleja relación entre la narrativa de ficción y la periodística
Después, Alex Ayala, Liliana Carrillo y Pablo Ortiz, experimentados periodistas, ya en la mesa 2, coordinada por Oscar Díaz Arnau, compartieron con el auditorio las claves del oficio de la crónica y debatieron sobre la situación actual del rubro en el país, ya no desde la mirada positivista del boom.

De ida y vuelta
Luego de contar cómo incursionó inesperadamente en el mundo del periodismo narrativo, en la crónica de viaje, Benjamín Chávez, reconocido poeta y editor de revistas y suplementos literarios a quien en 2011 le tocó viajar por varias semanas por el oriente boliviano -travesía que se vio reflejada en una serie de crónicas publicada, junto a otros autores, bajo el título de “Viaje al corazón de Bolivia”- leyó un texto que tenía partes como esta:

“Circunscribiéndonos a la relación entre crónica y literatura, pienso que en un medio tan pequeño como el nuestro, esa relación es hasta cierto punto inevitable. Escritores de ficción que escriben crónica y periodistas que publican libros de ficción es algo que ocurre aquí y ahora y por ello, más nos vale no solo soportarnos, como se hacía antes, sino convivir y tratar de ayudarnos ya que en la historia del periodismo boliviano ha habido escritores notables que también fungieron de periodistas”.
“El poeta y ensayista colombiano Darío Jaramillo, [en referencia a los fallidos intentos de crear o más bien forzar un nuevo boom de narrativa latinoamericana], sostuvo: ‘Tal cosa parece estar ocurriendo con la crónica en nuestro continente. Los cronistas latinoamericanos de hoy encontraron la manera de hacer arte sin necesidad de inventar nada, simplemente contando en primera persona las realidades en las que se sumergen sin la urgencia de producir noticias’”.
“A todo esto el narrador y cronista mexicano Juan Villoro aporta: ‘La vida está hecha de malentendidos: los solteros y los casados se envidian por razones tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre con escritores y periodistas. El fabulador ‘puro’ suele envidiar las energías que el reportero absorbe de la realidad, la forma en que es reconocido por meseros y azafatas, incluso su chaleco de corresponsal de guerra (lleno de bolsillos para rollos fotográficos y papeles de emergencia). Por su parte, el curtido periodista suele admirar el lento calvario de los narradores, entre otras cosas porque nunca se sometería a él’”.

Acá es importante detenerse en las infinitas posibilidades de asociación, interpretación y procesamiento de las palabras literatura y crónica, por separado, combinadas, entrelazadas. Cuando Alex Aillón, poeta y periodista también, convocó a los participantes a estas jornadas de reflexión, simplemente lanzó como anzuelo para desarrollar el tema, un escueto enunciado: “Vamos a hablar sobre literatura y crónica, crónica y literatura: relaciones, influencias, cercanías, distancias…”.
El resto corrió por cuenta de cada uno, vale decir, cada uno de los invitados enfocó y profundizó el tema de acuerdo a su propio bagaje, y he ahí la riqueza y valía de este encuentro.

Miradas
Espinoza y Chávez no solo hicieron hincapié en el momento actual de la crónica en Latinoamérica y Bolivia. El primero efectuó, también, una interesante reflexión del decurso del género a partir de un texto referencial: Crónicas heroicas de una guerra estúpida, de Augusto Céspedes, y tras mencionar otros “hitos ineludibles”, como “Matanzas de Yáñez, de Gabriel René Moreno; Imágenes paceñas de Jaime Saenz; Ni todos ni tan santos de Ana María Romero; Testigo de la crisis de Ted Córdova-Claure o, más recientemente, los relatos de Víctor Hugo Viscarra”, se enfocó en una interesante hipótesis propia: la crónica como mirada subjetiva, sobre la cual podemos leer un extracto en la siguiente página.
Benjamín Chávez, por su parte, citó a otro referente del tema, Alberto Salcedo Ramos: “Es más frecuente hablar de los aportes de la literatura al periodismo que de los aportes del periodismo a la literatura. Cuando se trata del primer caso, que es lo predominante, se mencionan las técnicas narrativas, el empleo del punto de vista, la construcción de imágenes, el uso de las escenas y la creación de las atmósferas. Todos esos recursos, ciertamente, proceden de la literatura y contribuyen a embellecer el periodismo en lo formal y a dotarlo de un poder mayor de penetración. Pero veo que se habla muchísimo menos de los aportes del periodismo a la literatura, lo cual se me antoja injusto. (…). Yo creo que el periodismo adiestra al escritor en el descubrimiento de los temas esenciales para el hombre. Me parece que en esta profesión uno tiene acceso a un laboratorio excepcional en el que siempre se está en contacto con lo más revelador de la condición humana”.
La temática y pertinencia de este encuentro fue un desafío que los invitados respondieron gustosos –cada quien a su estilo- conformando por separado una recapitulación general de la interacción entre la literatura, en sus diferentes etapas, fases y tendencias, y el periodismo, entendiendo a este último como canalizador de técnicas, trucos, y mañas no solo para narrar, sino sobre todo para aproximarse a la realidad. Comparto un pedazo de la mirada particular que compartí aquel día, en un recuadro en la siguiente página.

Desde el oficio
Si en la primera tanda primaron las lecturas -valga mejor que nunca el término- desde lo narrativo literario, desde las posibilidades de ficción en la no-ficción (y viceversa) en el segundo coloquio -efectuado, como el otro, en el auditorio de la Casa de la Cultura Universitaria de la capital- el turno fue de los reporteros de cepa, de los especialistas en el manejo, producción y difusión de la información, caracterizados todos ellos por su original tratamiento del lenguaje.
Alex Ayala es el cronista per se; acaso el único “cronista profesional” y a tiempo completo que hay hoy en día en el país, tomando en cuenta que los muchos otros periodistas que se dedican a este género trabajan en redacciones o revistas en las cuales tienen otras obligaciones. Ayala, decíamos, regaló a los casi 40 espectadores un sucinto pero esencial taller relámpago de cómo pensar, encarar y escribir una buena crónica.
“Las mejores novelas son crónicas por su impecable técnica, y las mejores crónicas son casi como textos de ficción: están tan bien logradas que parecen irreales en su tema, resolución y lenguaje”, empezó, y luego, poniendo en tapete a los grandes maestros del nuevo periodismo estadounidense -a quienes, por cierto, casi ninguno de los participantes dejó de referirse-, se despachó con una serie de consejos-planteamientos:

- Antes de comenzar la cobertura pura y dura, es vital conocer el territorio, el entorno de los personajes. Para ello hay que hacer un trabajo de campo sin límites de tiempo, esfuerzos y alcance.
- En el desarrollo mismo de la reportería, es vital mimetizarse en el ambiente de los personajes, a tal punto que éstos los vean casi como un objeto y empiecen a actuar con naturalidad.
- Las grabadoras, filmadoras, smarphones, computadoras ayudan, pero las mejores herramientas siempre serán una buena libreta y un par de buenos zapatos.
- La observación es un atributo fundamental, porque todo parte de ella y en ella se asienta un buen trabajo.
- No menos importantes son la capacidad de selección y concisión, pues uno puede reunir montañas de apuntes o decenas de horas de grabación, por lo que dependerá de su intuición el saber utilizar lo mejor, lo más relevante.
- Un buen cronista debe ser una persona obsesiva, para no fracasar en el intento, y para encontrar en cada historia o fuente ese enfoque o perspectiva específico que le apasiona.
- Un punto esencial es la mirada que elija el periodista, no solo para abordar un tema, sino también para contarlo desde uno u otro punto de vista.

A continuación Carrillo, editora del diario Página Siete, se propuso transmitir su experiencia como cronista y reportera a través de “cinco perlas” o claves, o sugerencias o advertencias a tomar en cuenta a la hora de encarar un proyecto de periodismo narrativo.

- Tiempo: para el cronista, es un enemigo y ante todo un reto… un impedimento para poder desarrollar a gusto un trabajo. El ritmo y las condiciones de las redacciones en Bolivia, en específico, generalmente no dan cabida a proyectos de largo aliento.
- Lugares comunes: no hay que recurrir a la poesía fácil, a los juegos de palabras que parecen embellecer un texto pero causan el efecto contrario. Hay que leer mucho, pensar bien y rápido y emplear el lenguaje con rigurosidad.
- “Los terremotos también existen”: hay que tener olfato para tocar un tema de manera oportuna y adecuada. La subjetividad, la mirada propia del cronista es importante, pero no debe llevar a que éste tome el protagonismo de la historia.
- La otra mirada: no hay que perder de vista el equilibrio, la ecuanimidad, la inclusión, en diferentes niveles. Las mujeres -por ejemplo- tienen una particular sensibilidad para contar ciertas historias.
- Estética: no hay que perder de vista que un cronista ante todo es un contador de historias y por ello debe priorizar el manejo de la palabra.

El lado más realista, crudo, pesimista, y no por ello menos cierto y oportuno, vino de la mano de Pablo Ortiz, experimentado reportero de El Deber de Santa Cruz. Su postura crítica pero constructiva, se cimentó en algunos de los siguientes puntos:

- Negocio de egos: el periodismo actual en Bolivia no da cabida a lo creativo; todo lo rige la competencia, todos miran el trabajo de los demás pero no con interés de aprender, sino todo lo contrario.
- Negocio de miradas: nadie nace con una voz propia, se aprende imitando, la clave es envidiar e imitar a muchos, muchísimos referentes para hacerse con una impronta propia sin caer en el plagio.
- Negocio de lectores: antes de ser periodista profesional o cronista profesional, hay que ser lector profesional, y esto lastimosamente no ocurre en el país.
- Negocio de aprendices: nunca se deja de aprender. El periodista debe ser consciente de que la mejor manera de superarse es no dejar nunca de asistir a talleres y cursos de actualización y especialización, amén de la autoformación y las lecturas.

Este es, creemos, un panorama actual de la literatura de no ficción, del periodismo narrativo boliviano, desde la experiencia y perspectiva de algunos de los más destacados cronistas, de avezados periodistas y escritores.
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La crónica como mirada subjetiva

Santiago Espinoza A. / Editor de La Ramona

Quisiera compartir algunas cuestiones que me parecen pueden darle sentido a la necesidad de pensar la relación entre literatura, periodismo y crónica. Porque es cierto que, con frecuencia, se suele reducir esta relación a la vocación compartida entre literatura y periodismo por contar historias; a que una de otra solo se distinguen por su materia prima: hechos imaginados y hechos reales; a que uno se presta los recursos de la otra para hacer crónica. Y sin dejar de ser cierto, me interesaría reivindicar que si algo ha aportado la literatura al periodismo, por intermedio de la crónica, es la certeza de, si no acabar, al menos neutralizar la concepción objetivista y cosificadora del periodismo.
Porque un fantasma recorre al periodismo: el fantasma de la objetividad. Aunque no desde siempre, este fantasma viene espantando a reporteros, editores, propietarios de medios e, incluso, lectores desde hace ya buen tiempo, al menos desde cuando el periodismo comenzó a profesionalizarse (en el siglo pasado) y se impuso un modelo que se sustenta en la manida máxima de ser “el reflejo fiel de la realidad” (…).
El nuevo periodismo, que explotó en EEUU de los 60, contribuyó a romper con esta concepción positivista de la realidad y del ejercicio periodístico. El nuevo periodismo, que en el último tiempo se ha ido asociando con el periodismo narrativo, el periodismo literario o la crónica, ha dinamitado la separación taxativa entre géneros periodísticos: entre información e interpretación, pero también entre información y opinión.
En principio, este modelo asienta la idea de que el periodista puede no estar en condiciones de juzgar (aunque a veces también lo hace), pero sí de observar, valorar, calificar a las personas y las cosas que registra y narra. Este cambio permite no solo adoptar y/o retomar herramientas propias de la literatura -como la narración, la descripción, la construcción de escenas y personajes- para la confección de relatos periodísticos, sino que da lugar a la (re) aparición de gestos antes impensables para el periodismo objetivo: la anécdota, el humor, la incorrección política y un largo etcétera. (…)
Así pues, nuestra tesis sostiene que la contribución de la literatura al periodismo no se reduce al uso de determinados recursos de escritura (narración, descripción, diálogos, construcción de personajes…), puestos al servicio de hechos reales, sino a la reivindicación del papel del periodista-sujeto y de su mirada particular. En este sentido, cuando hablamos de un periodismo de vuelo literario, como el que encarna la crónica, reaparece el periodista como sujeto y con él, una mirada capaz de descubrir-crear una “versión insospechada de la realidad” y de sus actores.

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La crónica como tal

Martín Zelaya Sánchez

Hablamos de cronistas que se prestaron estrategias de la ficción, y de novelistas que incorporaron métodos periodísticos. Para cerrar y cumplir con la propuesta de reflexión que nos hizo Alex al invitarnos a este encuentro, volvamos a lo postulado al inicio, y veamos cómo fungen como cronistas de estos tiempos algunos de los narradores destacados de la Bolivia de este inicio del tercer milenio.
En el prólogo del libro Conductas erráticas. Primera antología boliviana de no ficción (2009) Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi señalan: “Se escriben crónicas sobre grandes acontecimientos pero también sobre los pequeños. Este libro, en su mayor parte, recopila la música de lugares desapercibidos: calles desiertas, bares oscuros con rockolas funcionando a todo volumen…”.
Partiendo por el hecho de que buena parte de los autores de esta antología de no ficción son escritores de novelas y cuentos, bien parecerían estos dos destacados narradores, estar describiendo el sino, o más bien la tendencia, el recién emprendido rumbo de la narrativa boliviana de los últimos años.
“Es sintomático de los tiempos que corren –continúa aquél prólogo- la fuerte demanda por lo real. Ahora, más que antes, la gente tiene hambre por lo verídico, por la reconstrucción del acontecimiento, por la confesión. La necesidad de relatos que rearmen la experiencia, que indaguen en ella”.
“Los cronistas, ahora más que en décadas pasadas, adquieren rango de autores… La experiencia se volvió una obsesión. En el aire está latente la urgencia de explorarla. De transformarla. De deconstruirla”.
Casi como si estuviera describiendo en buena medida las tendencias, digamos mejor los rumbos comunes que empiezan a tomar algunos de los más destacados narradores bolivianos actuales, en lugar de simplemente presentar una colección de crónicas, el mexicano Juan Villoro escribió en el prefacio de este mismo libro: “En estos textos la pregunta decisiva es ‘¿por qué diablos escribimos?’. Los narradores se exploran a sí mismos con la intrépida franqueza de quien encara su vida como una tierra novedosa… y que para curarse de peores hábitos, adquieren el irrenunciable vicio de escribir”.
Los narradores bolivianos hoy, se narran a sí mismos sobre todo… ante todo. Recién a partir de ello, subordinadamente, narran su país, su sociedad, su tiempo… como lógica consecuencia; antes, bien lo recordamos, pasaba todo lo contrario.
Ahora más que nunca la literatura es crónica… crónica de personas, de vidas, de situaciones, ficticias claro, pero palpables, reconocibles… naturales; no determinadas o subordinadas a injerencias de lo colectivo: (léase intereses políticos, sociológicos).
Comenta Fernando Barrientos en la introducción del libro Hora boliviana (2015): “¿Será que el paisaje se ha modificado o lo que ha cambiado es el modo en que miramos o habitamos nuestro espacio común? En esta renovada Bolivia -con significantes como Estado o nación visiblemente alterados, entre otras mutaciones semánticas- han permanecido, no obstante, los traumas, carencias, mitos, males y paradojas que nos constituyen como comunidad, y que no siempre nos unifican. Y acá estamos: un paisaje antiguo donde ahora el tiempo transcurre distinto”.
 

Letra sincrónica

La impronta editorial

Apuntes en torno al mundillo del editor y las editoriales. No se trata de recolectar libros al azar y meterlos en una bolsa.



Alan Castro Riveros 

Resonancias
Aunque últimamente se han hecho apologías a “grandes editores” y se celebran encuentros editoriales de todo calibre, la imagen del editor suele ser fría, recóndita y nebulosa para el lector de la calle.
Una aproximación al trabajo editorial no es cosa de atragantarse en el ensarrado gozne que articula el mercado y la producción libresca (como piensan los editores entrampados), sino que -en primer lugar- es crucial ahondar en las minuciosas diferencias que hay entre distintas sensibilidades editoriales, entre sus preferencias, reparos, producciones y fidelidades. Es allí -en el discernimiento de ciertas marcas únicas que una edición otorga al libro- donde se revela (o no) una impronta (o solo una imprenta) editorial.
Este discernimiento, por otro lado, cambiaría la visión de muchos recolectores que decidieron meter todos los libros en la misma bolsa de mercado, después de haber sido sonados con la teoría de la relatividad en conjunción con el estudio iluso de la industria cultural.
En cambio, basta la observación de una pequeña impronta editorial en un libro o colección de libros, para enfocar la relación íntima entre un lector activo y un texto que resuena en él por razones a veces evasivas o, incluso, inocentemente ignoradas, pero en todo caso humanas.
Un libro se pone a resonar cuando aparece -junto a otros títulos- en la lista de imprescindibles de un lector activo (un editor en estado natural). Se diría que el editor es un coleccionista público de resonancias, alguien que las comparte y adquiere la confianza (o no) de otros lectores, a quienes también les resuena o solo suena ese algo indefinible que ha hecho sonar o resonar al editor.

La colección
La diferencia entre una editorial que resuena y otra que suena nomás, estriba en la coherencia (o no) de la colección de textos que propone. Esta coherencia resuena y se manifiesta en la marca casi siempre inefable de una sensibilidad que impregna sus ediciones, o, a veces y en menor grado, sencillamente se manifiesta en una posición ética que apuesta por un foco literario más o menos especializado.
El italiano Roberto Calasso -fundador de la editorial Adelphi y escritor de minuciosidad sibarita- rescata las palabras de un anónimo marxista que inopinadamente publicó algo sesudo en la revista oficial de las Brigadas Rojas en junio de 1979. El anónimo dice así: “En la cadena de producción de Adelphi, cada autor es un eslabón, un elemento, un segmento”.
Y es que el concepto de la edición se amplifica en el de editorial, pues esta última implica una colección de libros editados. En la visión general de un sistema editorial aparece una especie de titánico libro fantasmal hecho de libros y autores que resuenan en coro. Y esta imagen coral, única y paradójica, de pronto sobrevuela o subyace en cada libro de una colección editorial.
En ese sentido, y volviendo al ejemplo de Adelphi, es difícil decir qué cosa específica une a Jakob von Gunten de Robert Walser, la biografía del mago tibetano Milarepa, el informe minucioso de la relación entre un padre y un hijo en la época victoriana y El manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki. Solo cabría decir que todos son títulos publicados por Adelphi, y ninguno de ellos desentona la propuesta.
De tal manera, cuando un proyecto editorial parte más de una sensibilidad transparente que de otro tipo de intereses -a veces inconscientes e incluso azarosos-, su marca va más allá del diseño gráfico; en cuanto la impronta que resuena es indefinible incluso para el editor que intenta montarla pieza por pieza, o unirla eslabón por eslabón en un único obraje -como diría el marxista avispado.

“El Universo” y La Paz
El único escritor boliviano que ha trabajado magistralmente el problema editorial en su obra es Arturo Borda. En El Loco nos metemos de entrada en el drama burocrático de la editorial “Las Américas” que, con permiso de la editorial “El Universo” -amén de un depósito de Bs. 11,000, en cheque No. 1.311,700 del Banco Nacional de Bolivia- permite que Arturo Borda firme la nueva edición de El Loco, mientras se termina el juicio que Adam O´ Landhiöm presentó en tribunales ordinarios, reclamando la propiedad de El Loco, en vista de que el Inca Yahuar Kjuno murió.
Continuando con la cadena de producción editorial, Borda tenía claro que la edición y sus tejemanejes tienen un sentido que deja una huella profunda en el producto final. Es por eso que, cuando leemos Nonato Lyra (un libro compacto y no monumental como El Loco), el autor nos presenta de entrada a la editorial La Paz, una editorial con traza de independiente que no ha tenido que hacer ningún trámite para publicar los papeles que un pobre beodo ha dejado para propiedad de todos. De tal manera, Borda hace evidente que el sentido de una obra se transfigura según su impronta editorial.

El libro en manos del analfabeto
En un breve y conciso ensayo en torno a la suerte del libro, Jesús Urzagasti, además de dar la bienvenida a la apuesta de las ediciones locales, a despecho de las grandes editoriales que quieren venir a consagrar cacatúas y a disputar las plazas del mercado con el sello del prestigio, propone devolver la jerarquía que merece el libro. Un fragmento del ensayo El libro en manos del analfabeto dice así:
“Semejante paradoja es intolerable para los editores que creen en la ley y creen también en las ganancias que las normas establecidas permiten. Con todo, quizás una de las causas del desaliento casi generalizado estriba en el hecho de que el lector ha sido llevado a un escenario en donde la utopía no cuenta. O es de uso restringido y va encapsulada en una módica locura. El libro de pronto es mera mercancía: viene con el prestigio del antiguo hechizo de la lectura pero pierde el aliento y se desmorona entre tantos intermediarios, fríos y desconocidos. Eso es grave si aceptamos que la literatura es, ante todo, utopía: a cada instante está inoculando más realidad al mundo por la vía de la ficción[...] El cedazo editorial, proclive a la moda, prefiere aquello que garantiza éxito. Y a estas alturas la auténtica curiosidad intelectual ha sido suplantada por el mero incentivo de la novelería”.

Por otro lado, una aproximación a la labor de edición no puede concentrarse en un ranking de empresas editoriales, sino en el examen del trabajo de los editores -cuya particular sensibilidad de lectores consumados hace posible que un texto desgajado se reintegre de pronto en una constelación de resonancias. Tal constelación suele traspasar tiempos, edades, géneros y formatos, o -en el caso de una cedazo meramente discursivo- parcelarse en un mundo opuscular claramente limitado.

Crítica

Habrá ojos y habrá trazos



Una aproximación de la crítica y poeta Mónica Velásquez a Cámara de niebla de Gabriel Chávez Casazola, antología recientemente publicada por Plural Editores.


Mónica Velásquez Guzmán

Las palabras de Gabriel son hilos que, invisiblemente, iluminan la cotidianidad por medio de la ternura lúcida, la mirada, la memoria. El mundo de las cosas a la mano, de los enseres inmediatos, se abre a la comprensión cuando un idioma olvidado, “arcano” se deja entrever entre los objetos (marraquetas inexpresables, lápices, patios mojados de lluvia, etc.). Esa lengua, esa tenue “piel de las cosas simples” es acariciada por un nominar que, renunciando a sus escaños, sabe que el sentido se hace de a pasos, de a fragmentos, de a instantáneas.
Si “la memoria es el tenue envejecer de la verdad”, esta poesía es el sitio de las apariciones donde los viejos fantasmas adquieren forma. Y aparecen en la mirada fascinada ante las pantallas (la del cine, la de las fotografías, las virtuales que nos asedian). Y aparecen cuando los hijos veneran a los muertos. Y aparecen cuando las casas (de mesas siempre grandes, de abuelos siempre vivos) se apalabran, se cierran “a su amor o a su tedio”. Lo vital es, en esta poética, la tenue persistencia de una luz.
Habrá ojos para el cielo y ojos para lo terreno; palabras que se cifran en la oración y la ofrenda o palabras que se balbucean en canto, en conversación. Nuestros poetas van y vienen entre ambas posibilidades y, a veces, como en el caso de Gabriel Chávez, nos dejan ver cómo el cielo está en la sopa que ya nadie comparte o en el patio siendo para la lluvia… nos advierten que los dioses bajaron a terreno pero también que en todo objeto hay un dios esperando realizar su grandeza. Una poesía que nos recuerda a Girondo, o más cercanamente a Mitre, en su manera de posar la mirada en lo cotidiano hasta sacarle brillo y significación.
Frecuentemente, esos nimios objetos o esas irrelevantes situaciones adquieren un sentido vital fuerte y celebratorio aunque a la vez melancólico y prematuramente avejentado. Una poética que, cifrada en lo cercano, apuesta a hallar el sentido no haciéndonos extrañas las costumbres o los objetos, ni siquiera las situaciones, sino que poniéndonos lo familiar bajo la lupa del tiempo, nos deja pensar y experimentar otra vida en esta vida, por decirlo de algún modo. Mirar así el día a día instaura una actitud atenta al mundo del aquí y del ahora, atención que nos marca como seres encarnados, sujetos a la mortalidad y al asombro del mientras duremos.
Alguien, el que mira, echa de menos en la forma que alcanza otra anterior, otra dada por la edad y la memoria. Nutrida por el cine, la música, los libros y los amigos, el mirante recorre el diario vivir con cierto aire de inocencia, de natural asombro ante las cosas siendo. Pero en ese mirar niño late un mirar adulto que (se) extraña, tal vez el que no sabe cómo caber, cómo testimoniar su tiempo. Una ternura o una inocencia que “aterida, expulsada, despierta” mira la realidad con un guiño de sospecha y mucha compasión. Es decir que es en los poemas escritos, mientras se mira, donde aparece el mirante. Éste nuevo voyeur no pre-existe a la escena, más bien al mirarla aparece él mismo situado, digamos, frente al objeto. Además, mirar es en esta poética, hacer nacer la belleza:
La belleza está en los ojos del que mira, / en el preciso y precioso jaspeado del iris de sus ojos, / en el corazón de su pupila, / en las líneas nerviosas diminutas que conectan el ojo
con la mente. //  La belleza no está en el mundo por sí misma y para sí./ La belleza del mundo está en los ojos de los habitantes del mundo, / en la mente de los habitantes del mundo, en todos los sentidos de los habitantes del mundo / pues no hay olor sabor textura ni trinos de gorrión ni cálices de nieve /sino aquél que puede maravillarse en ellos.
Si mirar atentamente es una demanda para sostener lo vital, recordar lo visto parece un reclamo dado desde la certeza de muerte. Es decir, la vida se sostiene de un hilo, literal, y habrá que vivir atentos a esa sutileza para poder nombrarla, guardarla y reírla. Si lo bello no está de antemano instalado aguardando su registro, el mirante tampoco antecede al encuentro con lo mirado, es su asombro, su capacidad de maravillarse lo que lo trae al existir, lo que le deja mirar-se y con ello lo deja vivir. Pero los muertos, llenos de inventos, también son y están entre nosotros cuando justamente los retenemos en una imagen. Si bien el trazo es traicionero cuando lo dicta la memoria, / esa desmemoriada, esa acomodaticia; no queda más que seguir trazando, como si la mano -extensión del ojo- debiera testimoniar lo que ve para que esto siga existiendo.
Así, la voz poética afirma que cuando muera, cuando muramos todos, y se entre a la muerte con irreverente gesto y con ternura para los amados, “hacia el todo o la nada/ (…) nada ni nadie registra(rá) en las imágenes/ ese momento / triunfal”. El lamento no radica en el dejar de vivir, sino en que no habrá un ojo testigo, uno que, trazando versos tramposos o no, deje constancia de un único triunfo, haber muerto de muerte propia. Si en la muerte ya no somos experimentadores de nuestro morir es, entre otras razones, añade Chávez, porque ninguna mirada puede devolvernos nuestro paso, nuestro gesto que, triunfal o no, entra a lo desconocido y lo hace sin imágenes.
De ahí que sea una urgencia llenar páginas de signos / que más aprisa que la carcoma / que más aprisa que el tumor puedan acusar / recibo / de que existió el verano y existieron las cucharas y los guisos / y la cama de lino feliz y el agua en la regadera / y los libros en la mesa de noche / y este que escribe / y este que escribe.
Finalmente y tal vez lo que explica cierta convivencia de la melancolía y la celebración en esta poesía es que se aspira a la comunidad de los que miran y trazan. Se forma alianza no solo con los nacidos en su año y en su era; también con los poetas de todas las edades que acuden a sus versos como los jardineros a las ramas podadas, para renacer, para seguir significando. Grupo al que nada reúne, ni la asiduidad de los cumpleaños ni la conversa dominguera, ni las confesiones ni los intereses; esta otra comunidad imposible se sostiene de puntas en la cuerda equilibrista de no cejar en el trazo, de no renunciar a ver en el nombre más que el nominar, a ver en las piedras el mármol y a darse cabida uno mismo entre las palabras que escribe.

Poeta que recibe su tradición y la celebra; poeta que asiste a su tiempo y a sus semejantes, poeta que, a tiempo, lanza la cima y vuelve a la calle para mirar atento cualquier cosilla que alimentará el poema y los días y la memoria de sus seres queridos cuando, en su ausencia, lo lean y recuerden a alguien que una vez anhelaba los cines de antes, y recogía piedritas y cantaba. Ni cámara ni niebla -intriga el título para esta antología personal- más bien poesía de patios y de claridad. 

Etc

Literatura burócrata china,
un género en peligro



Como se caracterizan por contar los entresijos de la corrupción estatal, estas novelas se venden por millones, por lo que son objeto de un exhaustivo control.


Carlos Decker-Molina

Hagamos de cuenta que un empleado o burócrata de alguna repartición del Estado se decide a escribir una novela. La obra es muy sencilla, su estructura literaria es lineal con solo un tiempo y un espacio. Su trama también es sencilla con un final previsible.
Digamos que cuenta la historia de Alberto, un jefe de sección que recibe regalos de gente del lugar que quiere apurar trámites sencillos; y de otros -arquitectos por ejemplo- que pagan mucho dinero para obtener permisos de edificaciones ilegales o para lograr encargos públicos como la construcción de alcantarillados o estadios deportivos.
Alberto, el personaje principal, es un llunku con los de arriba y un déspota con los de abajo. Además, usa la movilidad de la repartición para ir de viaje a la provincia donde vive su amante y promueve la inseguridad entre sus empleados para evitar golpes bajos.
El autor de la novela es un funcionario que fue despedido, precisamente por haber hablado demás con un periodista del diario local. Lo que el denunciante no sabía es que el periodista recibía una paga mensual de Alberto para publicar solo noticias exitosas y positivas.
Este género literario de denuncia se ha vuelto una exitosa corriente creativa en China que alcanza tiradas editoriales de millones de ejemplares. Los lectores están divididos en dos vertientes, por un lado los lectores-burócratas que aprenden de la intriga del relato las tácticas, las confabulaciones y las mentiras más hábiles para poder “trepar” en el escalafón de la administración pública; en tanto que el otro tipo de lector, el ciudadano común, ratifica su apreciación sobre la corrupción del sistema político y se convierte en un escéptico de la política, o sencillamente en alguien que mira la realidad con cinismo. En alguien, en todo caso, consciente de que todo tiene un precio por encima de las reglas y leyes.
Mientras este género literario le servía al poder para detectar a funcionarios corruptos, lo permitió sin controles ni censura. Pero ese mismo poder se puso en estado de alerta cuando las tiradas alcanzaron números escandalosos. Una primera tirada implica entre 100.000 a 200.000 ejemplares que luego se reproducen por millones en pocos meses.
El autor más popular del género es Wang Xiaofang, él mismo un exburócrata, que ha vendido tres millones de ejemplares de su Apuntes de un empleado público (Gongwuyuan biji).
El presidente de China Xi Jinping, muy abierto a los negocios internacionales, ha lanzado una nueva ley, algo así como la “segunda revolución cultural” que ha tensando los nervios de todos los creadores culturales que, a pesar de no vivir en una democracia abierta, tenían un margen, no demasiado grande, pero, con normas establecidas, en el que se movían con cierta soltura.

Anna Gustafsson Chen, doctora en idioma chino, traductora y bibliotecaria que tiene en su haber unas 20 traducciones -entre ellas una novela del Nobel de Literatura Mo Yan y Apuntes de un empleado público, de Xiaofang- contó en un seminario sobre literatura china, el desconcierto que ha causado “la nueva revolución cultural de Xi Jinping”, pero también fue optimista cuando dijo: “así como apareció el género de denuncia burócrata o la novela negra o la ciencia ficción, que también esconde sutiles críticas al sistema, los escritores establecidos tienen sus contactos internacionales y podrán burlar las nuevas cortapisas estatales. Pero los nuevos escritores, sobre todo las pocas mujeres autoras, como Can Xue, quedarán a la sombra en espera de mejores días”.

Desde la butaca

La decadencia del Museo Nacional de Arte


A partir de evocaciones, datos y evidencias, la autora hace una dura crítica a los administradores del repositorio paceño y de paso se lamenta por la imagen de Plaza Murillo.



Lupe Cajías

En medio de tantos desaciertos del directorio de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, podría pasar inadvertida la decadencia física y de contenidos del Museo Nacional de Arte, el principal repositorio de artes plásticas en La Paz y uno de los más importantes del país. Sin embargo, quienes hemos seguido a ese cultivado escenario no podemos quedar indiferentes y callar ante su maltrato.

Una casona colonial
La vivienda original de Francisco Tadeo Diez de Medina, barroco mestiza, fue desatendida hasta 1960, cuando fue recuperada por el Estado para guardar ahí colecciones de artistas nacionales, desde la Colonia hasta la época contemporánea. Queda en la esquina de la calle Comercio y Socabaya, frente a la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y sus bellas arquerías adornan esa encrucijada.
Hace varios años pasó a tuición de la FC-BCB, institución que tenía recursos y reunía a personas con experiencia para mejorar la administración de los museos bolivianos. La época dorada del trabajo interno y externo del MNA fue bajo el impulso de gestoras como Teresa Neiva y Norma Campos, además de una la larga lista de académicos y trabajadores que ayudaron a ponerlo en el primer sitial nacional y como referencia principal para entender el desarrollo de la pintura en Bolivia. 
Semanal o quincenalmente organizaban impecables muestras, ordenadas bajo un concepto y con folletos ilustrativos. Por ejemplo, el retrato en el siglo XIX, o el Illimani entre los pintores vanguardistas, o el paisaje del altiplano entre pintores post 52. También hubo retrospectivas extraordinarias de María Luisa Pacheco o de Cecilio Guzmán de Rojas, siempre con suficientes datos textuales para ubicar al espectador.
Por otro lado, el MNA cedía su espacio para conferencias para conciertos. Hace tres décadas daban conciertos matinales en domingo, exquisita experiencia que transportaba al siglo XVIII mientras tañían la hora nona en la catedral. Ahí escuché por primera vez a los niños de Urubichá y más tarde otros conciertos del recuperado pasado musical barroco. El patio de piedra y aljibe y los arcos alegrados con geranios florecidos y cuidados eran butacas melancólicas e inolvidables.
El museo cuenta con una amplia colección de pintores coloniales, aquellas firmas que fundaron las escuelas de Potosí y de La Paz. Anualmente iba a ver a Melchor Pérez Holguín o los lienzos anónimos de la escuela cuzqueña y pequeñas obras de arte. No hay excursión más simpática que ser turista en la propia ciudad pues así uno se detiene a mirarla mejor.
En varias ocasiones incluía en esos paseos a mis hijos, a mis sobrinas, a colegas visitantes, a compañeras deportistas, o a alumnos. Los paceños no visitan las exposiciones permanentes, ni siquiera en la época colegial o universitaria. En la segunda planta del MNA lucían con marcos dorados esas señales bellas de la herencia española.
Examinar la obra de Arturo Borda, por nombrar a uno de los importantes autores de la primera mitad del siglo XX, llena el espíritu; sus famosas obras sobre la victoria del arte o sobre el yatiri y el paisaje imponente paceño provocaban año tras año el goce que nos da lo estético y profundo.
En 1993 me tocó iniciar la negociación para intercambiar la sede histórica de la Asociación de Periodistas de La Paz con otras oficinas públicas con el objetivo de ampliar las salas de exposición ante la demanda del público. Los directivos de la FC-BCB de entonces emprendieron un gran reto con otras casonas y museos para completar los repositorios nacionales.
Los periodistas perdíamos el cariño acumulado en siete décadas de paso por la Comercio, a cambio de apoyar al Estado que quería dar más oportunidades a la cultura y también fortalecer una de las grandes fuentes de turismo como son los museos. Fue una buena razón y así lo comprendieron los socios que aceptaron el traslado.
La ampliación ayudó a fomentar más salas con exposiciones contemporáneas de artistas locales, nacionales y extranjeros y muchas muestras auspiciadas por las embajadas acreditadas en nuestro país, además de otras actividades culturales.
El MNA, como otros recintos similares, se modernizó con una tienda para ofrecer recuerdos de obras emblemáticas, en postales o camisetas, carteras o afiches. Los famosos Ángeles de Catamarca eran los más requeridos. Ésta es una fuente de ingresos propios en los museos del mundo.
Comenzó a funcionar una confitería con ofertas sencillas para calmar la sed del forastero o tentar a una merienda al transeúnte, y como lugar de encuentros entre gente vinculada al mundo de las ideas y de la creación.
Esta actividad, junto al empuje de los administradores del Hotel Torino que recuperaron esa otra casa colonial vecina para el arte y la convivencia con olor a personajes y decorados del ayer, permitió soñar en la recuperación de la Plaza Murillo y del centro histórico urbano para el goce cultural.

Una plaza más y más fea
En cambio ahora, la Plaza Murillo está cada vez más fea y hostil. Los habitantes de La Paz hemos dejado que avance una equivocada idea de populismo, además del ambiente conflictivo que no cesa en estos 10 años. Por lo menos cinco días al mes, la plaza está cerrada para impedir la llegada de alguna protesta social y regularmente es invadida por grupos de choque oficialistas para agitar cualquier actividad política.
Este ambiente influye para la ausencia de bonitos locales como sucede en otras partes. Panamá recuperó su centro histórico con ofertas gastronómicas y culturales al aire libre; Lima con la apertura de sucursales de los restaurantes de famosos chefs y paseos a conventos; Bogotá con librerías y cafeterías en los balcones; Cuzco, Quito, Río de Janeiro… ¿Quién va invertir en La Paz? Una modesta pizzería, salteñas al paso, galletas en un kiosco, eso es todo.
En medio de ese contexto desprolijo, la FC-BCB y Galo Coca, director del MNA decidieron cubrir las piedras barrocas de la fachada del Museo con un rosado chillón, pintura barata, ya agrietada y manchada con heces de palomas. Si quisieron ser “plurinacionales” podrían empezar por otra esquina. Actualmente albañiles trabajan en alguna remodelación que no se sabe dónde terminará, pero no hay buenos augurios.
Lo más decadente son las exposiciones, hechas al estilo masista, improvisadas, con papelitos sueltos, sin folletos ni explicaciones. Los bellos dibujos de Guzmán de Rojas se pierden en el ingreso mientras en la sala mejor iluminada cuelgan las de otros menos importantes. Hay una obra del famoso mexicano Cuevas u otra de Obregón, sin ninguna explicación o concepto. ¿Cuál es el orden, por qué se mixturan generaciones, procedencias, cómo se entera un turista de quién es Borda, bajo el título de “el dibujo en las colecciones del MNA?”.

Un desastre y no hay esperanza de mejora. Dar importancia a la cultura es muy neoliberal, salvo a los prestes. La politización y el favoritismo en la FC-BCB y por tanto del MNA son la principal causa del derrumbe de una institución que costó tantos esfuerzos económicos y humanos.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Lector al sol

Breves apuntes sobre la actual
condición narrativa nacional


Entre tantos índices negativos -escasa lectura, inexistente industria literaria, escasos centros de formación, cero apoyo estatal- una certeza positiva: el gran momento de no pocos narradores bolivianos.



Sebastián Antezana

Un par de rápidas anotaciones sobre las condiciones de producción, y la producción, de la narrativa nacional contemporánea.
En Bolivia no hay instituciones estatales o extra estatales que apoyen la práctica literaria, autores particulares o proyectos de creación narrativa y edición. Todo lo que hay se reduce a unos cuantos premios -algunos muy cuestionables, como el Tamayo, que premia un cuento en lugar de un libro de cuentos- y poco más.
En Bolivia no existe, como en Argentina o  México o incluso Chile, una industria cultural. La cultura siempre ha sido un quehacer artesanal, individual, autogestionado y que casi no genera ganancias.
En Bolivia solo existe una carrera de literatura, en La Paz, aunque valiosa, capaz de producir importantes líneas críticas y de graduar profesionales de alto nivel.
En Bolivia solo existe una universidad que ofrece la especialidad de “escritura creativa”, en Santa Cruz, la ciudad más poblada del país y en la que solo hay tres o cuatro librerías.
En Bolivia nadie vive de la escritura de ficción y la apertura y continuidad de una editorial dedicada a la literatura es muchas veces una proeza.
En Bolivia hay menos de diez editoriales consolidadas que se dedican a publicar literatura -Plural, 3600, El Cuervo, Kipus, La Hoguera, El País, Correveidile, Nuevo Milenio-. Hay, fuera de ello, algunos emprendimiento nuevos y todavía menores -La Perra Gráfica, Género Aburrido-, y un par de editoriales cartoneras. 
A nivel material, la “industria” del libro en Bolivia es una criatura pequeña. Ninguna editorial produce libros de ficción de un tiraje mayor a los mil o mil quinientos ejemplares como mucho. Un best seller boliviano seguramente no pasa de los cinco o seis mil ejemplares vendidos, cuando uno de un país vecino -Colombia, Perú, Brasil, etc.- sobrepasa largamente los 30, 40 o 50 mil ejemplares.
Eso porque en Bolivia -lo muestran las cifras oficiales de la región- la gente no lee literatura y en realidad ni siquiera lee. En el informe El libro en cifras. Boletín estadístico del libro en Iberoamérica, realizado en 2012 por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y El Caribe (CERLAC) se ve que mientras el índice del promedio de libros leídos al año lo encabeza España, seguida de Chile, Argentina, Brasil y México, Bolivia ni siquiera aparece en la lista o aparece con un porcentaje de 0%.
Por otra parte, si pensamos en el papel de las nuevas tecnologías, podríamos decir que apenas afectan el panorama editorial y literario nacional. Su impacto es reducido y poco difundido pues Bolivia es un país en el que buena parte de la población carece de acceso a internet y solo un muy reducido número de personas lo utiliza como medio de lectura.
Lo que sí ha cambiado de forma más significativa nuestro consumo -en realidad, nuestra sensibilidad- literaria, es la cada vez más fuerte influencia de las redes sociales. Ellas nos permiten un conocimiento inmediato de lo que se publica tanto dentro como fuera del país y, por lo tanto, son una buena herramienta de información sobre novedades literarias, académicas, críticas, etc. Lastimosamente, por otra parte, ese desarrollo informativo solo en raras ocasiones se corresponde con un desarrollo del tráfico editorial continental que permita traer al país -y, por lo tanto, que permita al lector boliviano acercarse- a esos libros y autores.
Ahora bien, el hecho responde a un cambio de paradigma global y, por lo tanto, afecta las temáticas de una literatura nacional como la nuestra. En ese sentido, la fijación naturalista de buena parte de la literatura boliviana del siglo XX, que llegó a ser hegemónica pero no excluyente, ha dejado de tener vigencia mucho tiempo.
Es difícil decir si el desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha impactado de forma directa las maneras de construir y leer nuestras narrativas más allá de la anécdota, pero sí ha afectado las condiciones de producción de los narradores actuales y, por lo tanto, el tono y forma de sus historias. Por otra parte, lejos de ser algo nuevo, este fenómeno se viene dando por lo menos desde principios del siglo pasado.
El gesto, además, ha profundizado la compartimentalización de temáticas y estilos de la literatura boliviana. Hoy hay pocos grandes temas o líneas visitados con especial frecuencia. Sí hay, por otra parte, una interesante variedad de individualidades, un haz de proyectos que siguen cada uno caminos distintos y a veces coincidentes.
Lo único que podría considerarse denominador común de ciertos autores, en la actualidad destacados en el panorama nacional e internacional, es un abandono compartido de la óptica sociológica y la militancia política -grandes personajes de buena parte de la narrativa boliviana del siglo XX- y una especial atención, en su lugar, en un espacio todavía atravesado por la política pero no definido por ella, un centro neurálgico en el que intervienen por igual pulsiones afectivas e ideológicas: las relaciones sociales.
A grosso modo, podemos ver el cambio de milenio como una marca –arbitraria- de esta transición. En ese giro, se ha dejado de lado también cierta obsesión de literaturas anteriores por querer explicar el país desde la ficción, por pretender desentrañar mediante la narrativa una historia política y social que nos explicaría, por hacer de la literatura un laboratorio mediante el cual comprender nuestra coyuntura, nuestras glorias y miserias cotidianas. La preocupación política siempre está allí, lo que se ha dejado de lado es la idea que la política, y la negación de la política, son los únicos caminos para entendernos.
La narrativa contemporánea no obedece a una pulsión parricida ni considera ningún tema superado. Sí presenta aristas que -debido a los distintos climas políticos y económicos de nuestra historia reciente- interesan más y menos que en el pasado, líneas que se han vuelto centrales y otras que han dejado de ocupar un lugar de preponderancia. Pero esta es una cuestión cíclica y en la que a veces intervienen criterios distintos a los literarios -no hay nada puramente literario, por otra parte, sino solo el ejercicio narrativo de poner en tensión otros discursos como el político, el económico, el cultural el afectivo, etc.

De la misma forma en que la literatura boliviana no es solo una, los imaginarios que crea son también múltiples. Así -terminemos optimistas-, múltiple y actualmente saludable, pese a todos sus inconvenientes y a la situación del país, la narrativa boliviana actual es rica, variada y merecedora de atención dentro y fuera del país.

Ensayo

Literatura regional: María
Virginia Estenssoro y Lorgio Serrate


Una reflexión sobre las intenciones en la literatura, a partir de dos libros de escritores bolivianos.




Virginia Ayllón


Para William Rojas  

Con bastante soltura suele afirmarse que ciertos escritores o escritoras no “reflexionan” sobre su obra o sobre el mismo lenguaje y que su escritura es una especie de vómito vérbeo emitido a fuerza de inaguantables sentimientos o percepciones, dando como resultado un vano esfuerzo, o una mala escritura.
Claro que hay escrituras cuyo leit motiv es la escritura misma y ellas han dado las mejores páginas de la literatura en todo tiempo y lugar. Porque es cierto que la reflexión sobre el acto creativo y su materia prima, el lenguaje, conforman, en realidad, el núcleo de la literatura. Ese ejercicio produce el espacio mismo de la creación que tiene como base la palabra y la cerca, o más bien la aleja de otros espacios que también “dicen” la realidad. Y es que la realidad para la literatura es su propio espacio, hecho de palabra y reflexión sobre la palabra. Las historias, en este ámbito, resultan ser, casi, lo de menos.
Pero hay otras escrituras que no explicitan esa reflexión y cuando su lectura nos permite advertir los rasgos de esa preocupación, solemos estar ante grandes obras literarias en las que la cavilación creativa se muestra como delicado trabajo, casi oculto, que, sin embargo, organiza todo el producto.
Hay otras en las que ese atributo se encuentra en otros lugares de la obra del escritor, no necesariamente en su biografía. Tal el caso de la obra de María Virginia Estenssoro cuya poesía suele brindarnos algunos datos de sus cavilaciones creativas, lo mismo que su última novela, Criptograma del escándalo y la rosa, en la que, como dijimos alguna vez, la narración central se corta para dar paso a las disquisiciones de la narradora-autora, poniendo en peligro la unidad narrativa. Pero las meditaciones insertas en esta novela no alumbran a las que se hubiera entregado al momento de escribir Memorias de Villa Rosa, su mejor novela, y una de las mejores novelas bolivianas a decir de Eduardo Mitre.
De Memorias de Villa Rosa se han resaltado el humor, la ironía, la narradora infantil, etc., pero poco se ha dicho que esta novela, entre otros, pertenece a un género literario que antojadizamente puede calificarse como literatura regional o local. Aludo con este nombre a un conjunto de escrituras, literarias o no, que tienen como intención dar a conocer la geografía, los personaje, las leyendas y similares de una localidad, un lugar, un pueblo.
Se podrá decir, con acierto, que bajo ese concepto toda literatura es regional o local, sin embargo, me permito la distinción con base en la intención de los autores que escriben al modo regionalista y costumbrista,  con cierto aire de ofrenda y de loa, generalmente a su lugar de origen. Son de este talante, por ejemplo, Historias y leyendas de Uyuni de Víctor Chungara Castro, o Primeros destellos del historial de Pando, de Chelio Luna Pizarro.
Memorias de Villa Rosa de María Virginia Estenssoro también puede adscribirse a este tipo de literatura toda vez que dibuja la Tarija de inicios del siglo XX: sus personajes, sus historias, sus dichas y también sus miserias. Esta novela -junto a El occiso- destaca en la irregular producción de Estenssoro, por su evidente propuesta narrativa y el lenguaje con que ha sido trabajada, en la que la ironía es la marca fundamental.
Pero retornando al carácter “regional” de esta novela, un preludio escrito por María Virginia Estenssoro para el libro Tiempos viejos (parece cuento) del cruceño Lorgio Serrate Vaca Díez (1963), nos permite asegurar la reflexión creativa de esta autora. Este preludio al libro de Serrate, de corte regional, expone varios elementos que alumbran los registros de Memorias de Villa Rosa. Se encuentra, por ejemplo, el concepto de que no se trata de crear sino de observar:
“Objetos y sujetos no han sido creados sino observados por Serrate; como dijera antes, los ha analizado con una lupa y los ha clavado con un alfiler, como muestras raras que perduran de otros tiempos”.
Esta concepción del creador como observador es la norma narrativa de Memorias de Villa Rosa en la que la narradora niña observa a los habitantes de la Villa, a través de las puertas entreabiertas, y es precisamente el candor y la ingenuidad de esta mirada la que luego detona la ironía. La creación como observación se repite en su Criptograma del escándalo y la rosa en la que la biografía de una mujer se arma por  la mirada de otra.
A la vez, es interesante que Estenssoro responda a la cuestionante de qué observar, en esta cita de este Preludio que parece más bien corresponder a su novela:
“…las cosas chicas, a su gente provinciana, con sus pequeñas malicias, sus pasioncillas, su pacatería aldeana y su amaneramiento pueblerino”.
Más certera, “estampas un poco anacrónicas en la vida de vértigo del siglo XX”, ya que es precisamente  ese anacronismo el verdadero  programa de su novela.
Finalmente, sobre cómo observar esas “cosas chicas”, ella responde: con “un derroche de humor y de jovialidad [que aseguran] donaire en el movimiento”.  Dos elementos, entonces: el humor y el movimiento. Sobre el humor, repitamos que la ironía es la forma que el humor toma en esta novela, en la descripción de la vida pública de la Villa. Pero en un movimiento imperceptible esta ironía cambia su sentido y se desdibuja cuando la juguetona narradora descubre la vida de las mujeres. El movimiento es una cifra de la obra de Estenssoro; es decir, la reflexión sobre el movimiento, posiblemente por la fuerte presencia de la música en su vida y también en su creación. Ya dijimos alguna vez de la comparecencia de la música en El occiso y en Memorias de Villa Rosa, como tema y como ritmo del lenguaje. 
Como se observa, en otro registro, en este caso un preludio a una obra también regional, se pueden encontrar las posibles disquisiciones de Estenssoro a la hora de crear su Memorias de Villa Rosa, lo que dice de una escritura reflexiva.

Para concluir y retornando a la literatura regional,  no habrá que olvidar que ésta puede devenir en universal como universales son Yoknapathawa o Macondo. Tal vez Tarija no es universal a causa de esta novela, pero lo cierto es que estas Memorias no son tan solo tarijeñas.

Parhelio

[Notas sobre (hacia) Roman
Ramón Ramún Katari]

Este artículo bien puede y debe leerse como una continuación del texto con el que –semanas atrás, en LetraSiete- Alan Castro rescató del olvido a Pablo Iturri Jurado.



Rodolfo Ortiz 

El estudio de la génesis de la biblioteca de un escritor suele ser una puerta favorable para atravesar su universo, no la única, sin embargo. Borges, en cierto sentido, se ha convertido en paradigma de una literatura que celebra la babel de las estanterías y su sistema de remisiones y rastros bajo el apotegma liber enim librum aperit, que algunos lacanianos se animan a traducir como “el libro que se abre a otros libros”. 
Este circuito abierto que va de los libros a los libros alcanzó un momento significativo con la publicación Borges, libros y lecturas (2010), libro que recomendaría y en el cual dos bibliotecarios del Tesoro y Archivo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires lograron reunir 496 libros de un total de 1.000 que Borges, tras su renuncia como director de aquella institución en 1973, había abandonado con innumerables anotaciones marginales y un sistema singular de referencias. Pero no solo lograron transcribir y articular este acervo de manuscritos despachados en cubiertas, portadillas, solapas y hojas diversas, sino que se esforzaron en reconocerlos en el piélago de la obra de este refinado escritor. Valga mencionar que este minucioso afán puso en cuestión una serie de textos redundantes que promueven el absurdo metalenguaje solo complaciente a los miembros de una cofradía crítica en torno a una obra. Una esperable lección de los grandes hacedores, dicho sea.
Sin embargo, la celebración de este mundo de referencias y “naderías” -la palabra es de Borges- no es lo que habrá de ocuparme en lo que sigue. En todo caso, en casa boliviana también existen historias inolvidables de bibliotecas perdidas. La biblioteca cercenada de Saenz, por ejemplo; o el oscuro destino de Ismael Sotomayor, cuyos huesos, cuerpo y todo, aparecieron un día junto a su biblioteca, que era su propia habitación; un día misterioso en que la puerta estaba cerrada con candado y por fuera.
Según testimonio de Anita Rivera Sotomayor, su sobrina, poeta ella misma y custodia última de su memoria, Ismael Sotomayor murió el año 1961 en la calle Madidi de San Pedro, dejando una -infiero a contrapelo- gigantesca cantidad de incunables, cunables, nables y demás maravillas, que rápidamente fueron saqueados en su totalidad por funcionarios del Ministerio de Educación, y donde obraban, dicho sea, Llanos Aparicio, Gastón Velasco y otros cómplices movimientistas que seguían órdenes del ministro de turno, José Fellman Velarde.
Ojalá el lector consienta el rodeo, pero tampoco habré de perderme en este bosque literario que va de los libros a los libros. Pienso, en todo caso, que si la génesis de una biblioteca llega a ser una puerta, la puerta cerrada de Sotomayor sugiere una zona quizás más aterradora, un real empujado de los libros que oscila entre la dicha de la calle y los huesos de un lector.
Estas cavilaciones no son del todo arbitrarias, eso espero, pues me conducen inevitablemente hacia la puerta de la calle Eduardo Caba, cuyas escuetas referencias geográficas (“tipo callejón cerca de los pescaditos”) me fueron referidas hace meses por un generoso amigo descubridor.
Empero, aquí me interesa resaltar que el autor de esta puerta-poema-mural-inconcluso, Pablo Iturri Jurado, fue antes bien él mismo una bisagra secreta que vinculó literaturas de vanguardia y retaguardia como nadie lo había hecho en Bolivia. Además de haber participado como director y grabadista en la revista Inti (1925-1926), Iturri colaboró en 1923 en la revista Argos de Oruro, donde firma como “Pablo Iturri Jurado (Roman Latino)”. La relevancia del nombre parentético que aparece en el frontis o puerta de Argos, destella cinco años después, cuando Roman Latino (a secas) forjó en 1928 un punto de articulación clave entre Arturo Borda y Gamaliel Churata, dicho sea, dos iluminados que se conocieron sin haberse conocido nunca.
Quizás por única vez Churata menciona a Borda como pintor en una columna que escribió en los años 50 bajo su habitual pseudónimo de “El Hombre de la calle”. Borda, por su parte, menciona a Churata por única vez en una carta de 1937 que escribe a Carlos Medinaceli, nombrándolo, quizás a guiño irónico, como “Gamanil” Churata. Pero el lazo temprano y redivivo entre ambos se lo debemos a Roman Latino, justamente, cuando editó en un periódico paceño la olvidada “Columna de ambos lados (Páginas de arte y letras)”, una publicación de indudable magma vanguardista que a principios de 1928 difundía textos de Borda, Borges, Cerruto, Churata, Alejandro Peralta, Magda Portal, Uriel García, Gómez de la Serna, Villaurrutia, Oliverio Girondo, Viscarra Fabre y varios otros que sistemáticamente se importaban del Boletin Titikaka desde Puno. Detrás de Roman Latino, entonces, se escondía la mirada de un editor que buscaba una confluencia cosmopolita, pero también la vitalidad de una retaguardia -quizás hoy ya no tan invisible- que urdía la creación de un arte “único e inapetecible”, para usar palabras de Borda. No es casual que el epíteto “de ambos lados” emerja como trasunto mismo de esta mirada -diría una constante en la obra de Iturri-, y no es casual que en casi todos los números de esta “Columna de ambos lados” se publique a Borda a manera de folletín, junto a eventuales poemas de Churata y los desconcertantes grabados del editor que variaban a una velocidad mayor que la de sus nombres.
Roman Latino murió junto a su valiosa publicación en medio de un millar de crepúsculos que algo tendrán que ver con los huesos de Ismael Sotomayor detrás de una puerta sin expediente. Sin embargo, tres años después se produjo una “mudanza de oficio” imprevisible, pues de esos restos emerge un día en pampapata ccollavina Ramón Katari autor de Hathawi (1931). Pampapata es el bellísimo nombre ancestral del altiplano y para el autor de Hathawi será también una gran mesa tendida para el banquete a venir. En esa mesa habrá intercambio y transmutación. La palabra “catari”, por ejemplo, se revela como “víbora”, al cabo, mutante en mudanza y perpetua en oleaje y memoria, cuando a la par su traductor sin amarras, Katari, comenzaba a mutar ahí mismo como Luratap Jari, un nombre que Iturri Jurado solo deja circular en Amawtta (1944), donde finalmente se reautobautiza como Ramún.
Ramón Ramún Katari es un ente poliformo y politesta, tenebroso y mutante, con aire de inabarcable raíz. La primera voz en Hathawi, que significa “génesis”, prevenía declarando un estilo, que es una clara manera de zanjar los lugares inimitables y auténticos en una mesa tan vasta como la pampapata misma: “Mi estilo es un ir y venir de nuevas formas, múltiples, vocálicas, geométricas, de un real subjetivismo que vale tanto más que un objeto de táctica”. Y en una línea que a pocos pasos le sigue, a pulmón de conjunta en lengua y saliva, otra voz advierte para fatal perdición del lector: uca qis, uca qis (ni es eso, ni es eso).
Roman Ramón Ramún Katari, más allá siendo será y habiendo sido en sacudón de los crepúsculos y de los libros, unas veces de huesos y otras veces de bisagra, grandemente, a la sazón de la puerta en la calle Eduardo Caba y de la imagen de una mujer “de ambos lados” fecundada en el umbral de la puerta del sol. De “ambos lados” también el grabado de aquella mujer y el poema “hathawi” que en fragmento dice así:

Un lado del vientre
mira el mundo y el otro lado el Ande.


ALTIplaneando

De cómo el poeta que nace, se hace


“El poeta se hace desde que nace…”. “El poeta que nace se hace contra el sentido común”. Una reflexión –desde dentro, imparcial- sobre la condición del poeta.



Edwin Guzmán Ortiz 

El poeta es la más imprevisible de las criaturas. Para muchos, una de las más prescindibles; para pocos, una de las más esenciales. En realidad es una aparición, un golpe de dados, una condición azarosa que revela lo insólito de lo gravitante, lo real de lo virtual y el espíritu de la materia.
Tangencial al pragmatismo, excentrado del mercado y del mundo lineal, el poeta habita los intersticios de una sociedad inducida a desoírse, y serializarse hasta el hartazgo. Discurre en la periferia y allí se funde en un caldo balbuciente donde chapalean otros marginales, por lo mismo Borges decía “Jesús se codeó con rameras y con poetas, …y hasta con gente peor”.
Entre la conciencia y la inconciencia se agita ese don profético que lo soporta, esa turbadora facultad de proferir palabras inauditas que, acaso mágicamente, trazan las coordenadas para múltiples juegos de verdad, con el poder de tocar enigmáticamente el corazón de los seres humanos a través del soplo ligero de un efluvio verbal.
El verdadero poder del poeta es el ver. Ser el puerto de revelaciones que abrazan a palabras en pugna por transmitir el cauce de esas visiones. En trance de fuga, tras esa frase, esa sentencia, esa imagen, ese tejido que atrapa formas de la certidumbre, ese más allá en que se extravía el instante, el poeta vaga y divaga.
En medio de la barahunda cotidiana, el poeta no es el ángel con una estrella en la frente que pretendía Sabines, ni aquel otro cuyas gigantescas alas le impiden caminar, como creía Baudelaire, ni siquiera ese mortal que se da el lujo de no estar en sus cabales como pregonaba Ricardo Palma. “El poeta es un hombre al que a veces agobian la incomprensión, el barro, el alquiler, la luna”, en la certeza de Raúl Gonzales.
El poeta que nace se hace contra el sentido común. Se hace a pesar de su condición inaudita de impenitente errabundo, desde esa turbadora facultad de hablar al centro de la torre de Babel, de reciclar los sentidos que abrazan las cosas del mundo. Se hace rehaciéndose entre las hablas cotidianas, obligando a las palabras a decir lo indecible, extenuándolas hasta su acabamiento y su resurrección.  
Forjar la iluminación, destilar la alucinación, revelar verdades trascendentes a través del artilugio de la mentira, faenas en las que el poeta se hace. Maquinar tras las palabras, satinar una materia ardua que diga a los hombres lo que los hombres desconocen de sí,  roer la ignominia, desnudar el mundo, trajines del poeta que se hace.
El poeta se hace desde que nace. En su afán cada palabra tiene una historia y una pulsión de verdad. El que nace jamás termina de hacerse, ciclos de nacimientos, muertes y resurrecciones lo acompañan, incluso más allá de sus días. La rueda del samsara en la lengua, el crótalo que expulsa y brota su piel en la penumbra. Las experiencias vividas lo alimentan más que los meros sentimientos, cada poema se escribe desde la materia del tiempo, cada poema entraña todos los días del poeta. Suma de nacimientos, ser poeta. Suma de muertes y renacimientos, ser poeta.
En medio del mundanal rugido, junto a los otros mortales vive los devaneos de su tiempo. Junto a ellos interpela, se agita, empuja el carro de la justicia contra la injusticia. El poeta se confunde en la historia y se descubre en batallas múltiples. Mas, a su vez, siente nostalgia de sí mismo como ser pasajero, inmerso en el tiempo.
El poeta se hace a través de sus máscaras, sus heterónimos, su inveterada negación.  Cara de científico, rictus de licenciado, perfil de dandy, traza de funcionario, polizón, profesor, pinche oficinista, vagabundo. Jugando a ser el otro y el mismo. Se hace, en medio de ese desprecio olímpico a la poesía, desde ese empleo raído, en medio de la inflación verbal de la algazara política y el cazabobos de la publicidad. Porque se nace, hacerse tiene un costo. “Cantamos para darnos valor en la oscuridad”, decía Cocteau.
Se hace con la música y la filosofía cotidianas. Ritmando el pensamiento, ordeñándole sus más conspicuos productos. No es casual que siempre y hoy, la filosofía haya estado teñida de poesía. Los escritos de Foucault, Lacan, Derrida y Deleuze están saturados de textos y referencias literarias. La filosofía también habla por boca de la poesía.
El trabajo de la creación requiere aislamiento, concentración y permanencia. De ahí es que a su vez el poeta habite esa soledad congénita, soledad plena de voces, sinfonías y silencios. Silencio y soledad, el templo interior del poeta.  
Pasión sigilosa, rigor ilímite. ¿Tramar?, ¿domesticar?, pulsar la cuerda íntima de los sentidos. Hacer que la fluorescencia terrible de las palabras consagre la ventura fina de lo preciso. Tallar el resplandor, hacer que el sinuoso cuerpo del morfema toque la luz. Tejer. Forjar lo imposible: provocar que las palabras se encuentren por primera vez y su cópula inaugure destellos inéditos. Urdir una suma de efectos, olas que golpean el acantilado de la página, agua que se disuelve y se sumerge en sí. Oblación y plegaria, naufragio y acabamiento.
Hacerse poeta supone haber penetrado el otro lado del lenguaje. Tocar sus vísceras, descubrir el hálito que lo sustenta, las fuerzas que lo impelen a decir y proferir. Es sentir cómo las palabras se desprenden del cuerpo, orladas de fe, esquivas, mojadas de saliva,  bautizadas con sangre, transmutadas en semen, con olor a oscuridad, atravesadas de historia, tocadas por la luz de alguna herida, relampagueantes, desolladas, vivisectas, exangües. O, de pronto altivas, irrebatibles, arrastrando a dioses y naciones en su entraña, inventando verdades y juegos de artificio, consagrando el amor, cifrando los signos de los tiempos
Se hace y renace leyendo a otros poetas, sorbiéndoles el tuétano, p´ijchando sus palabras en aquel rincón de la memoria, calcándoles el hálito, haciendo de sus versos el rinornello que limpie la escoria de lo efímero, sumando los acordes de la exultación, respirando ese hondo y cálido néctar de lo perdurable.

En fin, quien nace poeta está ahí, parapetado, fiel a la deriva, propiciando los alumbramientos. Escribiendo, escribiéndose, borroneándose, escribiendo y viviendo en medio de la comarca. Nacer y hacerse es un destino.