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jueves, 26 de enero de 2017

Artes plásticas

Alfredo Domínguez en la plástica

A pocos días de conmemorarse el 37 aniversario de su muerte, el Espacio Patiño acogerá una muestra con 60 grabados y pinturas del tupiceño. También se expondrán cartas suyas, dibujos e ilustraciones.


Martín Zelaya Sánchez

La palabra que mejor puede describir a Alfredo Domínguez -se me ocurre-, es narrador. Nadie como él para contar, testimoniar, descubrir historias, realidades, sentimientos; con sus composiciones y su canto, con su guitarra, con su pincel y su cincel. Narrador, entonces, contador… y, por tanto, retratista.
Basta Vida pasión y muerte de Juan Cutipa, su obra cumbre, para entender su real vocación de transmisor; su ética de vida y arte asentada en el compromiso, es decir, en hacer lo mínimo que pueden hacer los sin voz, lo sin poder: denunciar, alertar, visualizar.
Así, el talento de Alfredo halló más de una expresión en el arte. Además de dominar la guitarra como pocos -escuelas de música en EEUU y Europa lo estudian como ejemplo de técnica e impronta autodidacta-, además de componer un puñado de temas tan contundentes como sencillos en los que cuenta su vida, es decir, la vida del boliviano común, incursionó en las artes plásticas con la misma fuerza y originalidad.
Cuenta Luis Rico: “una noche de tertulia en 1965, en la peña Naira, Alfredo nos dijo: ‘No estoy contento con lo que toco, no estoy contento con lo que canto… a partir de hoy comienzo a pintar mis canciones’”[1]. Ahí se simboliza, quizás, su despertar definitivo.
A pocos días de la conmemoración de su fallecimiento -28 de enero de 1980- este miércoles 25 en el Espacio Simón I. Patiño de La Paz se inaugurará la exposición “Homenaje a Alfredo Domínguez” que además de mostrar 60 grabados, dibujos y óleos del “genio salvaje” tupiceño, pondrá a disposición del público material pocas veces expuesto: fotografías, cartas de su puño y letra, además de afiches y tapas que, en buena parte, él mismo diseñó e ilustró para sus conciertos y discos. Inmejorable manera para conocer la faceta de artista plástico del célebre guitarrero y cantor.
En su libro Alfredo Domínguez Romero. Arte que perdura en el tiempo (La Paz, 2007), José María Pantoja recuerda que muy joven, en su Tupiza natal, Alfredo fue profesor de dibujo y que su gran hobby, antes incluso que la guitarra, era la caricatura: “Se ponía a dibujar caricaturas de sus amigos cercanos, de personajes célebres de Tupiza… Cada 6 de agosto exponía estos sus trabajos en la plaza Independencia”.
Ya que hablamos de un narrador per se, sigamos contando historias. Cuenta Fernando Zelada que Alfredo Domínguez le contó a Roberto Laserna -perdonen el entrevero- su experiencia crucial e iniciática en las artes plásticas. “En el registro magnetofónico -escribe Zelada- Alfredo relata sus anécdotas en el Centro Ginebrino del Grabado Contemporáneo: ‘Luego de seis o siete arduos meses de trabajo, por fin obtuve mi primer grabado en alto relieve, en el que los personajes salen del papel. El director del centro lo consideró una obra de arte y pronto la vendió a un coleccionista. Después de unos 15 días recibí la invitación de este coleccionista para festejar la colocación del grabado… llego a la casa y me recibe el señor y me dice: ‘Mire dónde he puesto su cuadro, señor Domínguez’. Y vi mi grabadito al lado de un Picasso… mi primera obrita de golpe ha entrado ahí’”[2].
El cantautor, el guitarrero que como nadie supo sacarle voces y sonidos a la guitarra, halló así una manera más de decir lo suyo. Y Juan Cutipa, su gran proyecto de vida y arte que resume todas sus búsquedas e inquietudes, aunó sus dos pasiones. Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa, una serie de 12 cuadros y un disco con letra y música suyas, se presentó en 1969 en el Museo Nacional de Arte. Pantoja recoge el texto que Alfredo escribió para la ocasión: “Este recital de guitarra, canto e ilustraciones en pintura, tiende a evocar al hombre anónimo, al ignorado por muchos de nosotros. Juan Cutipa representa al indio sureño con su picardía, sufrimiento, alegrías, ternura, dolor, amor… así en desorden. Cutipa son los que viven en chozas, en las minas, en las faldas de los cerros, en quebradas, en pampas y hasta en otros países… en fin, Juan Cutipa es un pedazo de Bolivia”.
Esto piensan algunos críticos sobre las dotes de Domínguez para la plástica:
Erica Deuber-Ziegler: “Combina figuras entre arte bruto y caricatura -hombres, mujeres, parejas, niños, trabajadores, campesinos, mineros- espacios y paisajes líricos abstractos -compuestos entre cielo y tierra como pequeñas escenas, cubiles, grutas- colores saturados, frecuentemente oscuros, magia cósmica, sortilegio, humor cáustico; lo que hallaba venturosamente en Europa, un momento de apogeo del arte abstracto (…). Sus grabados se parecen a sus canciones: marcadas por el amor a los niños, la generosidad, amistad, el humor, con cimas satíricas, efectos voluntariamente naifs, que tienen poesía, movimiento, armonías sutiles, como su música en la guitarra”.

Jean Gisler: “Sus composiciones dejan advertir una abstracción de mucha fuerza y de poesía seductora… ha realizado con sus grabados una serie de unidad y temáticas asombrosas”.
Serge Bimpage: “Como una estela cósmica, las aguafuertes del boliviano nos fuerzan a elevar los ojos, nos quedamos deslumbrados delante de sus obras en relieve, síntesis modesta e impactante de lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande”.
Nunca es demasiado cuando se trata de recordar y rendir tributo a los grandes, y vaya que Alfredo Domínguez es uno de los mayores creadores que ha dado Bolivia.





[1] Rico, Luis. “Vida, pasión y muerte de Alfredo Domínguez”, en “Fondo Negro (6-7-2008), La Prensa. La Paz, Bolivia.
[2] Zelada, Fernando. “Pasajero fugaz y genio salvaje”, en “Fondo Negro” (6-7-2008), La Prensa. La Paz, Bolivia. 

Parhelio

[Algunas consideraciones sobre
la Obra reunida de Hilda Mundy]



Mundy, qué duda cabe, es uno de los grandes re-descubrimientos de la literatura boliviana de los últimos años; dos libros recopilatorios presentados hace poco así lo reafirman. En estas páginas ya se publicaron al menos tres notas al respecto y, abierto un interesante debate, presentamos ahora una lectura a profundidad de uno de los títulos, a cargo del responsable y editor del otro.


Rodolfo Ortiz 

Una puerta se abre llamando solamente desde su interior. Me sirvo de esta paradoja topológica para ofrecer no una reseña sobre el libro Obra reunida de Hilda Mundy, quizás algo menos pretensioso, aunque sí necesario, un apunte o mejor un punteo, diría, sobre una edición que considero (lamentablemente) imprecisa e insuficiente. Intentaré desplegar esta afirmación utilizando algunos ejemplos concretos, pues se trata, para decirlo en breve, de un trabajo de compilación que al operar en la mayoría de los casos con fotocopias, y fotocopias de fotocopias, pierde las señales de ruta del complejo “interior” de un archivo; a saber, se atribuyen a la escritora textos que no figuran en las fuentes originales mencionadas, o se prefiguran otros que sin duda corresponden a otros autores, o bien, se infieren conjeturas a partir de fechas que se desconocen, pero que existen y es posible rectificarlas con solo visitar los archivos apropiados. Sostengo que la obra de Laura Villanueva Rocabado exige, quizás más que muchas otras, la atención a ese llamado interior, que en su caso es un llamado disperso en muchos exteriores (sobre todo hemerográficos) y que a la manera de su libro Pirotecnia debemos también aprender a remendar y confeccionar, a ser vertiginosos y rigurosos como ella misma, jugadora de abalorios.
También aclaro que estas líneas se escriben en directa referencia y complemento a aquello que escribí en la Addenda al texto “Liminar” de la segunda edición de Bambolla Bambolla [cartas fotografías escritos] de Hilda Mundy (de pronta publicación) y también como respuesta a los comentarios vertidos por Rocío Zavala (compiladora de la obra que me ocupa) en el número 144 de Letra Siete (20 nov 2016). Deduzco que Zavala escribió esta especie de credencial académica a raíz de un texto comparativo bastante atinado que Virginia Ayllón publicó también en estas páginas, en el número 142 (6 nov 2016), plus ultra. Una respuesta, entonces, que trae consigo precisiones, acaso enmiendas en tono de aporte al actual entusiasta lector de Hilda Mundy y, claro, pasando por alto el autobombo de las palabras de Zavala a la hora de justificar los derroteros de su trabajo.

1. Un rápido cotejo (y recontracotejo, acotaría Ismael Sotomayor) hubiera bastado para subsanar muchísimas lagunas y errores en la edición de la BBB, tomando en cuenta que Zavala tenía en sus manos Bambolla Bambolla en agosto, momento en el que aún no se había impreso la Obra reunida y cuando todavía se discutía el tema de la inclusión de las diez fotos y algunos dibujos cedidos gentilmente por los familiares de Laura Villanueva. Pero, se entiende, no debo entrometerme en tales vericuetos, pero sí me permito mencionar, como lector, algunas consecuencias producidas debido a esta dinámica esquiva e incomprensible, donde primó la clausura o una especie de espíritu autonómico para nada favorable en este tipo de trabajos mancomunados y solitarios al mismo tiempo.

2. Y bien, me propongo hincar en un ejemplo concreto. En su “Estudio introductorio”, Zavala refiere la siguiente afirmación: “…las crónicas Vitaminas, que bien pudieron aparecer hasta fines de los años 40…”, y en nota a pie de página se desvía hacia esta frase: “En una de las crónicas Vitaminas, se menciona el cha-cha-cha, baile que nace a fines de los años 40”. Como era de suponer, por el acento vacilante de la primera frase, la columna se presenta en la página 261 como un documento casi sin datos de referencia: “[sin fecha; núm. 6]”, se lee, de donde comprendo que la consulta en las fuentes primarias de los escritos de Hilda Mundy, en este caso Madame Adrienne, brilla por su ausencia. La crónica a la que alude la nota a pie de página se publicó el 21 de marzo de 1936, en el número 16 del diario de la tarde El Fuego, donde Laura Villanueva desplegó sin más ocho voces únicas (Jeanette, Pimpette, Merluza, Adrienne, Touchet, Kolonday, Michelin, Mundy). Sin embargo, tales precisiones, enmiendas o como quiera llamárselas, demandan una “referencialidad” editorial y archivística, antes bien que cualquier “heurística” posible. En primer lugar, si leemos en las páginas directas de El Fuego, en esta columna Madame Adrienne no escribe al final “cha-cha-cha”, sino “A-Cha-Cha”. Por lo mismo, la fecha ya nos pone en figurillas; y no solo por lacrar al tango como un viejo molde argentino, o situarlo como un “descansillo de escalera”, sino porque esa danza favorable y cubana de nombre “cha-cha-cha” se forjó, según nos dicen otras fuentes, más de diez años después. Revisando otras publicaciones de Hilda Mundy, esta vez las del periódico longevo La Patria, nos encontramos con un bellísimo texto del 6 de marzo del mismo 1936 (texto de hallazgo reciente no incluido en la BBB, ni en la 1ra edición de BB), es decir, un texto casi sincrónico que aparece en la columna “Corto circuito”, en la cual Hilda Mundy, además de proliferar en temas políticos y urbanos (lo cual también contradice otras elucubraciones de Zavala), escribe sobre la danza Carioca, un baile de “dislocaduras” y “aterrizajes” y “pasitos de cinco octavos”, que acababa de adherirse a Oruro a través de la película Flying down to Rio (1933), que llegó con el nombre  italiano Carioca y se proyectó en el “Palais Concert” de la plaza principal ese mismo mes. Bueno, ya es posible ir despejando la cosa: el Carioca y lo que llamó Adrienne “A-Cha-Cha”, se atesoran en un ya cosmopolita y adelantado contorsionismo, más del 1-2/1-2-3 que del cinco x ocho, ritmo que desde ya hace antesala al cincuentón (“novecincuentista”, dice la visionaria) “cha-cha-cha”. Entonces, concluimos que no es muy aconsejable conjeturar a partir de fechas que se desconocen, mucho más si el derrotero de esta columna “Vitaminas” nace y muere junto a El Fuego el año 1936.

3. Imprecisiones en fechas hay, y muchas. Al azar cito cinco o seis casos: en la columna “Brandy Cocktail” se fecha un texto el 7-12-1934 (cf. 155), no hay tal texto con esa fecha en el ejemplar de La Mañana; en la página siguiente se ignora el día de un texto fechado en diciembre de 1934, ese día es el martes 11; lo propio en los textos fechados el 7-6-1935 (cf. 176) y el 10-8-1935 (cf. 188), que corresponderían al 9 de junio y 10 de agosto, respectivamente; La Retaguardia se publicó desde el 20 de febrero hasta fines de septiembre de 1934 (28 números), no así entre julio y agosto (cf. 143); y en El Fuego el barullo es mayor: el primer texto fechado el 10-3-1936 (cf. 257), y que correspondería al número 10, no existe en tal número, como el también inexistente que dice [sin fecha; núm. 2]; y más aún, la numeración de referencia que se va atribuyendo a cada texto de este vespertino es arbitraria y por lo mismo incorrecta: donde dice [sin fecha; núm. 1] (cf. 158) es en realidad el número 9, del 12 de marzo de 1936; o donde dice [sin fecha; núm. 3] (cf. 259) corresponde en realidad al número 15, del 19 de marzo de 1936, etc., etc., etc.
Escuché que la doctora Zavala está preparando un nuevo artículo en el que dará cuenta de su investigación hemerográfica. Le estaremos muy agradecidos si incorpora en él las fuentes específicas que utilizó para tales intervenciones. Agradezco que el lector chille de alegría en la dedicación de cotejar, porque así Hilda Mundy se le revelará transparente y, por qué no oscura, como siempre fue. (Me permito el paréntesis pues habrá que reconocer que a raíz de estos apuntes vengo colgado y oyendo cha-cha-chaes de toda índole, amarrado a un gritito misterioso que irrumpe siempre, vaya a saber cómo y de maravilla; pues uno habrá de sostenerse en el hecho mismo de pertenecer a ese gritito bailón para sopesar estas notas ya amargas, por supuesto).

4. Otro caso notable, por ejemplo, en El Fuego, se refiere a la inclusión del texto “¡Excombatiente!” (cf. 252-54) y que sigue a una sección anónima de nombre “Chispazos” (dicho sea de paso, sección que sugeriría incorporar en otro tipo de publicaciones anónimas junto a una buena cantidad de textos que es también posible rastrear en Dum Dum (ver punto 5)). El caso aquí es que “¡Excombatiente!”, fechado el 10-3-1936, no figura en ninguna de las 6 páginas de El Fuego, que según fuentes originales correspondería al número 7. El texto inicia con el subtítulo “Cuento del martes”, evidentemente el 10 de marzo de 1936 fue martes, pero no hay tal texto en esa fecha, y algo más, en esa sección de cuentos, que también la hubo en viernes y jueves, publicaron casi siempre escritores extranjeros. En todo caso, “¡Excombatiente!” quedaría como un texto suelto que haciendo el análisis lexical respectivo dudaría en atribuírselo a Hilda Mundy.

5. El caso de Dum Dum es serio y con esto iré cerrando esta enumeración. En el cuadro comparativo que Virginia Ayllón elaboró se lee que la edición de la BBB rescata 29 textos de este semanario nocturno. No lo considero tan así: hasta la fecha se han encontrado los números 2, 3 y 4 (Zavala transcribió in extenso los dos últimos, encontrados en el Dossier de una de sus fuentes favoritas de fotocopias: el dossier del CDMAZ-CIDEM (cuyo archivo hoy se halla desparramado en una oficina de la UMSA, dicho sea)). Bueno, al transcribir e incorporar todo ese material, Zavala comete la injusticia de no discriminar las voces de Laura Villanueva de aquellas otras, notablemente otras, de sus irreverentes congéneres del periodismo orureño de los años 30, me refiero a Juan José Ruiz Flor y Geo. Bernard Chopp (pseudónimo de Ernesto Vaca Guzmán, quien dirigió El Fuego y escribió textos colectivos, ácidos, con Hilda Mundy (alias Mademoiselle Touchet en ese su vespertino)). Hay pruebas contundentes acerca de las matufias de ese trío, que operaba también en colectivo y prodigando pseudónimos, no solamente en Dum Dum o El Fuego, sino también en periódicos más timoratos como La Patria, donde se encuentra, por ejemplo, el célebre “Aguinaldo de Navidad y Año Nuevo a los niños malos…”, publicado a seis manos el 1 de enero de 1936 y firmado por Chopp, Mundy y Ruiz Flor.
En Dum Dum, qué duda cabe, participa esta “cooperativa de risas” en desopilante polifonía, donde sería desacertado atribuir los textos de Tito Livio, Eryx, Kamon, Lutino, Hospes Hostis, Pedro, Vicker o John a una autora, Hilda Mundy, quien con un estilo inconfundible escribía sus abalorios con los nombres de Retna Dumila, Ana Massina o Motia Daguileff. El asunto es delicado y no exento de ambigüedad, sin embargo, los riesgos al asumir un criterio y no otro en un proceso de edición están también abiertos a los nuevos derroteros otorgados por los lectores presentes y futuros. Ahí está, por ejemplo, el Libro del desasosiego, cuya historia editorial tiene muchas cosas que contarnos todavía. Pero ya finalizando, diría que de los 29 textos de Dum Dum que Virginia Ayllón contabiliza en la Obra reunida, 19 son anónimos (todos atribuidos por Zavala a Mundy, aunque varios, como sugerí, suenen a notables trabajos colectivos), 4 textos de otros colegas y 4 de la legión mundyana, y sí, 2 textos que habría que contabilizar como comunes a ambas ediciones...
El paciente lector habrá advertido que en la “Presentación” de todos los libros de la BBB se anhela finalmente algo: que los futuros “estudiantes e investigadores que sumergiéndose en el contenido de sus líneas y páginas (marcándolas, subrayándolas, tomando o haciendo notas en sus bordes), las puedan procesar, utilizar y transformar”. El libro Obra reunida de Hilda Mundy garantizaría de antemano muchas intervenciones de enmiendas y correcciones que prolongarían este impulso. Aspecto que no deja de ser alentador, si pensamos en un proyecto bibliográfico estatal, masivo y accesible, que si bien se ha trazado como meta el 2025, esperemos no vaya acorde a su visible derrumbamiento político.
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Fragmentos de la Addenda a la segunda edición de
Bambolla Bambolla [cartas fotografías escritos] de Hilda Mundy

Rodolfo Ortiz


Enmiendas y remiendos, habrá que reconocer, son pareja inseparable en este mundo de impredecibles fantasmagorías. De ahí que este libro no deje de proliferar en obscura maquinaria. Un libro multipunto, para decirlo de alguna manera, exuberante, polifónico.

[…]

Los escritos de Laura Villanueva Rocabado (alias Hilda Mundy, et al) incorporados en esta segunda edición se han transcrito de fuentes primarias consultadas in situ (La Mañana, Dum Dum, La Patria, El Fuego, Última Hora, La Nación), excepto cuatro textos de Dum Dum que fueron rescatados de impresiones de fotocopias (de fotocopias) de originales. Al respecto, vale la pena mencionar que no se incorporó material anónimo alguno presente tanto en El Fuego (la columna “Chispazos” quizás sea la más atribuible a esta escritora), como en las páginas de la “cooperativa de risas” Dum Dum. En el caso de esta última, encontramos textos escritos de manera colectiva (algunas veces), quizás también imitativa (existen casos desopilantes de mímesis en este y otros contextos periodísticos de Hilda Mundy) o simplemente escritos por sus anónimos y aliados cooperativistas, quienes a su vez firmaban textos con pseudónimos de aire “clásico” como Tito Livio, Kamon, Eryx, Hospes Hostis…, o sencillamente “pedestres” como Lutino, Vicker, Pedro o John. Dum Dum es una publicación admirable y fundamental que a todas luces merece una edición facsimilar. Esperemos que el insomnio de sus cinco números y el áspero rumor de sus dos meses de vida puedan ser recobrados en su totalidad algún día.

[…]

¿Qué ha pasado en esta segunda edición? Pues bien, numéricamente, 80 páginas en remiendo “expansionista”, que traen a su vez 76 textos y 5 nuevos nombres que se suman a la legión: Dina Merluza, Michelin, Dora Kolonday, María “Motia” Daguileff y Mademoiselle Touchet. En el nuevo “Mapa Mundy” por ende, el lector advertirá -además del hallazgo notable de 28 textos de la columna “Corto circuito” de La Patria (más uno)- que Dum Dum y El Fuego se constituyen en zonas polifónicas, heterogéneas, sin duda multiseriales, donde Laura Villanueva Rocabado despliega abiertamente una escritura proliferante. He intentado intervenir en tal pluralismo con una serie de notas que se rearticulan a las antiguas, a su vez reajustadas y enmendadas. Por su parte, la sección bibliográfica se vio también favorecida a plan de adjuntos que van hasta el último día del año 2016, así como un manojo de erratas y deslices fueron cuidadosamente enmendados, siempre sobre la mesa de disección, el paraguas y la maquinita de coser.


ALTIplaneando

De te fabula narratur



La vida como sucesión total e irrefrenable de narrativa e historia.


Edwin Guzmán Ortiz 

Contar, dar cuenta de. Relatar una historia acontecida o imaginada. Hacer imperecedero un acontecimiento digno de la memoria. Testimoniar. Fabular. Inventariar. Enunciar bajo un orden y técnica precisos el desarrollo de hechos reales o inventados. Literaturizar. Ergo: la anécdota, la epopeya, la novela, el mito, la historiografía, la historia clínica, el rumor y el informe burocrático caben en su vientre generoso.
En todos ellos subyace, a manera de sujeto inmemorial, el primer narrador de la comunidad que en torno al fuego y junto a sus pares desplegaba una hilera de palabras que referían una historia, sostenida por el brillo colectivo de miradas que ardían a contrapunto de la hoguera. Las cosas y los acontecimientos no habían desaparecido ni habían sido olvidados, eran prolongados en el tiempo, almacenados por una memoria colectiva y repartidos por la aspersión de voces plurales.
Fueron aludidos dioses, hombres, animales y los mismísimos muertos. Montañas, combates, fiestas y casas solariegas. Personajes que tenían la facultad de amar, odiar, copular, destruir, bailar, soñar y matar. Elevándose o despeñándose, trascendiendo o fundiéndose en su más portentosa nimiedad. O, acaso, no ser siendo, como los entes espectrales de Beckett. 
La vida está sembrada de relatos circunstanciales o con apetencia de totalidad. Historias del mundo, historias sobre el mundo. Una tupida red de narraciones rodea la existencia.  Todas las bocas cuentan, todo el género humano escucha. El hombre es un archivador de acontecimientos que revelan y dan sentido a la existencia. Carne verbal que arrastra seres, actos, nudos, desenlaces, olvido. Animal cultural que no segrega solamente lágrimas, sudor o esperma, sino historias que dejan huella y hablan en el tiempo.
Biografías, oralidades, reportes burocráticos, alegatos jurídicos, informes especializados, confesiones religiosas, testimonios, anecdotarios, cuentos, rumores, llevan la marca indisoluble del relato. Tan cotidiano, doméstico y gratificante como pulsional, subversivo y revelatorio. Ser psicoanalista -decía Julia Kristeva- es saber que todas las historias acaban hablando de amor.
La palabra revelada de la religión es palabra narrada. El personaje central: un dios leído y no visto o, más bien, “visto” a través de una historia: la Biblia. Todas las religiones tienen historias que contar. La palabra y la creación forman un solo acto divino. Un dios narrado, es más, literaturizado, deviene comprensible, traducible y exportable. Ya no la efigie, o un bloque petrificado, palabra abierta a la ventura. La evangelización es el relato que convoca a la congregación, el culto y la salvación. El tetragrámaton sostiene al superhéroe trinitario; su antípoda, satanás, al antihéroe, entre ambos brota la chispa dialéctica que lleva y trae a la humanidad en la escena de la creación. Del Génesis al Apocalipsis, se despliega una suma de historias que consagran una teología portátil,  dueña de adscripciones mil.
La Historia -magistra vitae- no se propone inventar relatos, sino recuperar hechos pasados. Entre personas, acontecimientos e ideas dispares se mueve, y hace del tiempo un juego de acordes y correspondencias. Escarba y descubre lo insólito, revela lo escondido y ratifica lo conocido. La Historia nos da la medida y el retrato de nuestro paso por el tiempo. Estar fuera de la historia es otra historia. Sus múltiples versiones la acercan a la literatura. ¿Qué es lo real?, ¿qué  lo verdadero? Los anglosajones hacen el distingo a través de la diferencia entre “history” y “story”, nosotros no. De ahí es que, con frecuencia, el mito y la historia hallen una filiación común, empatando lo imaginario con lo real, el materialismo histórico con la teología. En todo caso es una narración que nos sobredetermina y de manera similar a la religión pretende trazarnos las coordenadas de este mundo donde, entre héroes portentosos y grandes acontecimientos, caminamos milimétricos y gaseosos.
Contemporáneamente, el cine, la cibercultura, y los medios de comunicación son los grandes generadores de historias que se reproducen ad nauseam. Desde la chatura insufrible de telenovelas o series rosa, hasta obras de estatura reconocida: Tarkovski, Jorge Sanjinés y el comic de Thomas Ott, por ejemplo. La publicidad y la propaganda política han internalizado con éxito recursos narrativos que mueven la sensibilidad perceptiva, es más, utilizan nuestra arraigada condición de especie narratófila para inocular el adminículo promocional con resultados favorables.
La información es una batería interminable de relatos que arrancan del acontecer cotidiano; reales, imaginarios e híbridos, viven su perentoriedad. Entre la construcción de la realidad y la ficción camina la certidumbre ciudadana; brújula cotidiana, sus historias terminan siendo más creíbles que las del líder espiritual y el dirigente político. La mediación es dueña de los aparatos de credibilidad social, y así como es capaz de inflar novelones, fabricar personajes, encumbrar sucesos, hacer de bastón de ciego, iluminar, consubstanciarse con la Historia y el arte, tiene el poder de viralizar el rumor, inventar verdades a fuer de repetirlas, y condescender al género de la narrativa escatológica, a través del más popular de los relatos: la chismografía. El resultado: un receptor que se agita y duerme con estos productos, cual puntiagudas mascotas.
La literatura, al cabo de tantos años y lugares, es una de las actividades humanas de mayor experiencia y riqueza en la fabricación de historias. Es la que ha explorado, desde la palabra, con más solvencia el mundo, habiendo desarrollado formas y mecanismos para contar sus relatos de las más sugerentes maneras. Decía Barthes “son innumerables los relatos del mundo”.
La verdadera literatura, hoy, enfrenta dos épicas amarradas por un nudo invisible. Rebasando el discurso de la templanza y la zona del confort narrativo, se lanza a explorar las fronteras de lo verosímil, dueña de itinerarios impredecibles tiende a remontar el muro de la prohibición. Así, volteado el iceberg, el inconsciente verbaliza discurriendo por territorios de lo onírico, el lapsus, lo mágico, lo entrañablemente irracional. Antes, la realidad, el sueño y la fantasía estaban mucho menos separados entre sí de lo que están en nuestros días, decía Doblin. El racionalismo se apoderó de lo humano pero gracias al subterfugio del arte y su poder exploratorio, la literatura tiene el poder de rescatar estos territorios y los integra al lenguaje de la vigilia. De Dante a Kafka, de Rulfo a Cerruto, las palabras también caminan sobre cuatro patas. Somos también esas regiones recónditas que el poder y el miedo han soterrado. 
Pero tal aventura solo es posible a través de un lenguaje capaz de tratar esa materia elusiva. De ahí es que el actual narrador de la tribu -de saya, casaca, casimir o jean- teja las historias a través de palabras que se aventuren a tocar los límites del lenguaje, incidiendo en las fronteras de lo decible, recurriendo a combinatorias inéditas, al contrabando lingüístico, al reciclaje semántico, a la reinvención de las formas. Orlando las resonancias, resucitando el murmullo, calibrando la presión del silencio, provocando asociaciones inéditas, midiendo la distancia entre la palabra y la cosa. Inmersión y transubstanciación, la fórmula que lía esa otra de forma de verdad con que trabaja la narración literaria.
Shakespeare, escéptico y dramático, proclamaba: “La vida es un cuento contado por un idiota, llena de ruido y de furia, que no significa nada”. Entre la vida y el cuento, nosotros, suma de ambos.


La pelusa que cae del ombligo

La verdad como ficción en Respiración artificial



La ficción y la historia atravesadas en la memoria. Una lectura de una de las grandes obras del recientemente desaparecido Ricardo Piglia.


Omar Rocha Velasco

La memoria no es un archivo al que se puede recurrir cada vez que se quiera, como pasa cada vez que buscamos algún documento en la computadora; es un constructo enriquecido por la imaginación. No existen, para ella, “hechos reales”, los recuerdos siempre están relacionados con la fantasía o la imaginación.
La verdad como ficción es algo que Ricardo Piglia trabaja en su novela Respiración artificial, allí, Maggi y Renzi, los personajes principales, retoman una pregunta fundamental para cualquier escritor: “¿Cómo narrar los hechos reales?” (18 y 145)[1]. Esta pregunta se convierte en una obsesión para estos personajes que asumen la problemática desde distintas perspectivas: La única novela que ha escrito Renzi se llama La prolijidad de lo real, novela familiar centrada en un hecho delictivo (oralidad y crónicas policiales) y Maggi ha dedicado parte de su vida a escribir la biografía de Enrique Ossorio con la intención de dar sentido a su suicidio.
Para Piglia es importante hacer relatos alternativos, en tensión, en discusión polémica con los discursos opresivos haciendo que la ficción sea portadora de verdad. Para Piglia el Estado dictatorial produce discursos (propaganda, relatos, noticias, etc.), inventa historias, trata de imponerse a nivel simbólico y la ficción debe oponerse a esos discursos. Respiración artificial, sigue esa perspectiva y está directamente vinculada al periodo dictatorial de los 70 en Argentina.
Cuando alguien recuerda pone en marcha un relato, una narración. Es imposible recordar o hacer memoria sin desplegar una cadena significante en la que alguien cuenta e historiza. Si nos ponemos a pensar en este hecho, podríamos decir que “la vida es una novela”, cada vida es una sucesión de recuerdos narrados, allí, alguien refiere, cuenta y dice haber vivido una historia. Por eso, la memoria está atravesada por olvidos y represiones, esto es algo muy distinto a una serie de acontecimientos sucesivos que advienen a la conciencia voluntariamente. Al contrario, la memoria tiene mucho de involuntario y, sobre todo, está hecha de remiendos: fantasías y olvidos constitutivos de cualquier recuerdo. La memoria se parece a un saco de aparapita, hecha de retazos de muchas telas (cuero, seda, tocuyo, aguayo, etc.) y unidos por todo tipo de material (sogas, hilos, cordones, alambres, etc.). Además experimenta innumerables mutaciones y no es la misma todo el tiempo. 
Ricardo Piglia es consciente de esta discontinuidad de la memoria, Maggi, al reconstruir la biografía de Enrique Ossorio, sabe que a pesar de la documentación que ha podido conseguir es presa del olvido:
Estaba escribiendo desde hacía tiempo ese libro y los problemas que se le presentaban empezaron a cruzar sus cartas. Estoy como perdido en su memoria, me escribía, perdido en una selva donde trato de abrirme paso para reconstruir los rastros de esa vida entre los restos y los testimonios y las notas que proliferan, máquinas del olvido (26).
La vida es una novela, algo de esa novela está escrito y algo se escribe o está por escribirse. Freud descubrió que no somos tan autónomos en nuestros actos ni en nuestros recuerdos, algo sobrepasa la voluntad y la conciencia, estamos atados a ciertas “repeticiones” -por ejemplo, los mismos errores con varias parejas-, estamos entregados a cierto automatismo. Borges explora algo parecido en sus cuentos Historia del guerrero y la cautiva y Tema del traidor y el héroe, la historia se repite. El guerrero Droctulft y la cautiva inglesa en la pampa argentina, son presas de algo sobre lo que no tienen control. En la novela de Piglia encontramos también repeticiones y paralelismos: Maggi y Ossorio son exiliados, Maggi quiere escribir la biografía de Ossorio, Ossorio quiso escribir su propia autobiografía. Maggi se escapa con la bailarina Coca, Ossorio vivió con una prostituta jamaiquina (la Emperatriz), etc.
Sin embargo, a pesar de las repeticiones y anclajes por los que se debe pasar inevitablemente, existen “azares” que pueden hacer que el destino cambie de dirección, en la Historia del guerrero y la cautiva, un click misterioso hace que Droctulft cambie de bando, no es la belleza de Ravena, la ciudad romana, es algo inexplicable, un azar, algo que hizo que la historia cambie de rumbo y el destino de ese guerrero se trastoque. Una de las principales preguntas por las que transita Respiración artificial es: ¿Existe una historia? ¿Hay una historia?
Todos nos inventamos historias diversas (que en el fondo son siempre la misma), para imaginar que nos ha pasado algo en la vida. Una historia o una serie de historias inventadas que al final son lo único que realmente hemos vivido. Historias que uno mismo se cuenta para imaginarse que tiene experiencias o que en la vida nos ha sucedido algo que tiene sentido. Pero ¿quién puede asegurar que el orden del relato es el orden de la vida? De esas ilusiones estamos hechos, querido maestro, como usted sabe mejor que yo (34-35).
No existe una sola historia, por eso Piglia puede contar una historia alternativa, la de estos personajes “menores”, “mínimos”, que se oponen a LA Historia oficial, ellos cuentan sus historias particulares que contrapuntean el relato único. En esta novela hay puntos de silencio, incomprensión que vamos suturando, zurciendo, pegando, cosiendo. Es un rompecabezas, las fichas de ese rompecabezas son una memoria en movimiento que puede adquirir distintas formas.
Así, hacer memoria, también tiene que ver con el futuro. La memoria no solo procede del pasado, ese pasado está condicionado por el futuro, no se puede olvidar el futuro desde el cual todo recuerdo toma sentido, por eso Enrique Ossorio dice en su autobiografía:
He pensado escribir una utopía: narraré allí lo que imagino será el porvenir de la nación. Estoy en una posición inmejorable: desligado de todo, fuera del tiempo, un extranjero, tejido por la trama del destierro. ¿Cómo será la patria dentro de 100 años? ¿Quién nos recordará? A nosotros ¿quién nos recordará? Sobre esos sueños escribo (70).
Recordar es también imaginar un porvenir, un anuncio que se da desde el pasado, esto lo supo también Jesús Urzagasti, al decirnos con su obra que “el pasado será siempre imprevisible”.




[1] Todas las citas de Respiración Artificial son de la edición de Sudamericana, Buenos Aires, 1988.

Etc.

Ida y vuelta: Un homenaje adelantado



En el año del centenario de Juan Rulfo, una ficción recuperada de una vieja libreta de casi medio siglo. Apuntes tras leer Pedro Páramo.


Carlos Decker- Molina 

El próximo 16 de mayo habría cumplido 100 años. En mis años mozos, regodeado por las chasqañahuis, surumis, husipungos y los yawarfiestas, me encontré con Pedro en los caminos polvorientos de Comala. Me contó que su padre había nacido en Sayula, Jalisco un 16 de mayo, se llama Juan, me dijo… y seguí leyendo aquel fin de semana caliente.
Estaba en Santiago de Chile. No recuerdo si fueron Tota y Mario quienes me dejaron el libro, o si lo encontré de casualidad en el apartamento que ambos me prestaron, mientras se iban a Isla Negra a no sé a qué.
Llegué al final apoyado en “los brazos de Damiana Cisneros y él hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”. Cerré el libro tomé un lápiz y escribí a pulso en una de mis tantas libretas de apuntes:

Ida y vuelta
No es fácil ir a la ciudad, se dijo a sí mismo Genaro. Llenó, una vieja alforja con papas cocidas, charque, queso, una botella con agua y hojas de coca y se la puso al hombro. “Esperá no más mamita”, dijo.  Se cubrió la cabeza con el viejo sombrero alón de su padre. “Volveré con mi padre o con noticias, pero volveré”.
Cerró la puerta a sus espaldas. No se paró a mirar la casa de adobes, porque habría importado despedirse, empezó a caminar sin mirar atrás. Sería un largo viaje. La calle se lo fue tragando de a poco y Genaro, cuando dobló a la izquierda para tomar el camino de herradura, se convirtió en un puntito negro.
Siguió su viaje alumbrado por la luna y las estrellas. Se metió hojas de coca a la boca para combatir el cansancio. Escuchó ruidos, lo asustó por unos segundos, eran dos vizcachas que parecían dialogar entre ellas, cuando lo vieron huyeron veloces.
El horizonte era una mancha negra con millones de ojos que titilaban, igual a la garganta de un animal monstruoso, y allí iba a meterse.
Miró el cielo del altiplano, tan cerca de sus manos, intentó tocar a las estrellas, también puso una mano como queriendo tapar la luz de la media luna. Volvió a estirarse y retomó el andar pausado y seguro.
Tuvo miedo. Alguna vez había escuchado que, en noches de luna llena, aparecía en el camino de herradura una vieja loca que chupaba la sangre de los andantes. “Felizmente es medialuna”.
Recordó al “profe” que decía que no había que creer en aparecidos ni en cojudeces que cuentan los curas para asustar a la gente y Jacinto, su padre, asentía con la cabeza.
Una idea fugaz se apoderó de él por unos segundos, temía llegar tarde a Huayllamarca porque “mi padre debe estar impaciente, sabe que lo buscaré”. No lo pueden dejar tirado y olvidarse, se estaría diciendo Jacinto. ¿Estará vivo mi padre?
No era la primera vez que Genaro hacia este viaje. Había hecho el mismo camino precisamente con su padre. Sabía que a la madrugada llegaría al pueblo de Chuquichambi. Allí tomaría el camión a Huayllamarca, siempre que quieran llevarlo. Aquella primera vez no sintió ni miedos ni temores porque acompañó a su padre a comprar aperos y, si alcanzaba el dinero, algún regalito para Marica, su madre.
Escuchaba la voz del padre, casi suplicante, le decía que por nada del mundo deje de ir a la escuela. Con un poco de suerte, la próxima cosecha compraría una bicicleta para que pueda viajar a Chuquichambi a terminar la primaria.
El vientecillo de la noche dejó paso a una brisa un poco más tibia, venía del pueblo de Chuquichambi, una hondonada en medio del altiplano, un vallecito donde la laguna era cristalina e invitaba a bañarse.
Se sentó en una piedra, comió una papa fría y bebió un poco de agua. En esos minutos el cielo comenzó a abrirse como un telón de teatro. Ya se distinguía el horizonte, se convirtió en una línea ondulada alumbrada por millones de luciérnagas o ¿sería el sol que comenzaba a despertar?
Ello importaba caminar un poco más. Llegaría a la apacheta para tomar el sendero de la izquierda. Caminaría hasta que el sol queme su cabeza, lo que significaba comer porque sería el mediodía. 
Unos minutos más y se dará de narices con la carretera por donde pasan los camiones de las minas aledañas y los buses interprovinciales con dirección a Huayllamarca.
Volvió a recordar a Jacinto, su padre. Era el único que leía y escribía, aprendió en un pueblo lejano donde trabajó en la zafra de caña de azúcar, se lo enseñó el “profe”, expulsado de su patria, dizque porque leía demasiado.
El “profe” se ganaba la vida de zafrero igual que Jacinto y otros que necesitaban dinero para seguir tirando. Jacinto y el “profe” volvieron juntos para fundar una escuela en Carangas.
Su padre le contaba a Genaro el viaje a la zafra. “Cuando llegues a la apacheta, tomas el sendero de la izquierda hasta la cerreta y de allí al pueblo de Chuquichambi, en lo que puedas, camión, tractor o, si quieres gastar tu dinero, en bus hasta Huayllamarca y de allí a Oruro donde tomas el tren hasta la zafra”.
El niño ya no oía el rumor del viento, se perdió en esos sitios recónditos donde vive agazapada la angustia. Recordó el llanto quedo de su madre Marica. El niño se preguntaba, ahora y siempre, por qué lloraba tanto ¿tenía un puñal clavado en sus adentros? Pero no lloraba sangre… era agua salada, igual a sus lágrimas de niño.
Desde que llegó a la carreta donde hay un puesto militar, han pasado varios camiones, buses y carretas, pero nadie lo quiso llevar a Huayllamarca.
Un ruido de pisadas lo devolvió a la realidad. Se acercó un hombre con uniforme militar. Genaro, se puso de pie y esperó la pregunta.

- ¿A dónde te diriges?
- A Huayllamarca
- ¿A qué?
- Voy a buscar a mi padre
- ¿El compañero del “profe”?
- Sí, ¿lo conoce?
- A esos rojos de mierda los conozco y muy bien.

Esta vez el sol estaba a sus espaldas. Alumbró con nitidez la puerta de su casa de donde surgió la figura magra de Marica, su madre. Se paró frente a ella, se destocó y dijo con voz de niño:

- Me he venido no más, mamita. El milico de Chuquichambi me ha dicho que mi padre ha hecho un viaje al más allá. No sé cómo se va a ese lugar.

Luego de leer mi intento de imitar, callé y esperé que mi escucha hablase: “No lo publiques chinito, es una huevada”.
Después de 45 años, y con alguna que otra corrección, me animo a publicarlo con las mismas dudas de ayer; será que anoche soñé caminando por esos senderos polvorientos que entrecruzan las comarcas mexicanas y bolivianas donde hay Pedros no Páramos o páramos sin Pedros.
En mi sueño, Juan Rulfo, me dijo: “Casi, casi somos lo mismo. Yo tengo mi carga ancestral y tú tienes la tuya. El timbre del despertador provocó la desaparición de Pedro en las hojas del libro, Juan se lo puso bajo el brazo y volvió nube de un cielo azul. Yo entré en un duermevela, que me condujo a la tranca militar de Chuquichambi.


Crónica

A los que vuelven


Un texto nostálgico y esperanzador, a tono con la renovación general que implica el nuevo año.

Alex Aillón Valverde

Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, dice la canción. Es interesante la paradoja, pues uno no puede darse cuenta de ello, muchas de las veces, si no es hasta cuando ya no está, cuando se ha ido, cuando hay distancia, cuando hay tiempo de por medio, entonces la memoria puede hacer su trabajo.
Entonces las historias pueden ser. Porque las historias las teje el recuerdo. En este caso, las historias solo pueden decirse y hacerse, cuando ya han sido, cuando el tiempo las ha trasminado con uno u otro color, con uno u otro olor. Entonces uno siente que las cosas que le pasaron alguna vez en algún lugar, su lugar, fueron felices, inclusive en su tristeza.
La memoria y la nostalgia hacen que pertenezcamos, que nos sintamos en deuda, en compromiso. Eso queremos dejar a los que vienen luego. Eso queremos mostrar a nuestros hijos que nacieron en otros lados, a nuestros amigos que nos escucharon hablar y contar y llorar nuestros lugares en noches de tragos y guitarras.
A nuestros amores, para que vean que venimos de un lugar cierto, de un lugar iluminado, de un lugar que nos ha dado un peso específico en el mapa de la pertenencia: de allí somos, de aquí soy, de aquí provengo, de este árbol, de esta calle, de este atardecer, de esta riqueza, de esta pobreza.
Los que vuelven, vuelven en busca de su pedazo de nostalgia, pues pese a estos tiempos interestelares en los que la distancia y el tiempo se acortan hasta casi desaparecer, lo humano busca su ubicación, busca su tierra, su cerro, su mar, su cielo. Eso no ha desaparecido, eso todavía es necesario.
Los que vuelven no son solo los que regresan físicamente, también somos nosotros, los que nos quedamos, los que vemos los rostros del pasado, de pronto, aparecer en nuestra esquina, en el café, en la plaza, allá de donde habían desaparecido alguna mañana, alguna tarde, alguna noche de la cual solo a ellos les queda el registro.
De pronto, encuentras la misma mirada, los mismos gestos, aunque ya transitados por el tiempo, reconoces una sonrisa, una belleza que fue tuya o que amaste en silencio, reconoces un tiempo compartido, un tiempo que habitualmente ya no opera en tus días, pero que vuelve con los que vuelven.
Muchas veces los que vuelven traen recuerdos que molestan, que incomodan, pero eso es lo que nos conforma también y debería agradecerse, porque te ayuda a evaluar el camino recorrido, los cambios, las mutaciones inevitables, con ese mutuo sacrificio que es el reencuentro.
En los que vuelven completamos, pues, de alguna manera, al otro que fuimos, el que se encuentra flotando en las arcas de la memoria a la espera de ser recuperado de golpe por esa máquina del tiempo, que es el diálogo, la charla, el abrazo.
Los que vuelven, como vuelven se van, a veces por otro año, a veces no vuelven más. Otros, como dice Sabina, simplemente comprendieron de manera temprana y resignada aquello de que al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver.


domingo, 15 de enero de 2017

Artículo

 Gonzalo Lema y Santiago
Blanco de gira por España



Con la novela Que te vaya como mereces -la más reciente de una saga de cinco libros de narrativa policial protagonizados por Santiago Blanco- el escritor cochabambino Gonzalo Lema acaba de ganar el Premio LH Confidencial, convocado en Barcelona, y, días antes, quedó finalista del prestigioso Premio Nadal. Aprovechamos, entonces, para indagar un poco en la vida de este peculiar personaje que lleva ya casi dos décadas en el imaginario del autor y sus lectores.


Martín Zelaya Sánchez

Gonzalo Lema nació en Tarija pero es de Cochabamba. Ejerció la abogacía, pero su destino lo arrastró pronto a los ámbitos del servicio público. Así, vivió y trabajó un tiempo en La Paz, en la despiadada burocracia de la que aprendió, seguramente, a esquivar y gambetear golpes y zancadillas del día a día… mejor aún que en sus infaltables sábados y domingos de avezado futbolista. Volvió pronto a su Cochabamba de adopción y crecimiento, persistió en las lides de la política -como buen tozudo futbolero que se niega a cambiar de esquema técnico táctico-, y sin dejar nunca de corretear tras un balón (aunque los años pesen), se refugia ahora en el sueño dorado del lector-escritor retirado: el encierro entre libros, teclados y cuadernos de apuntes; envidiable rutina sazonada por la reconfortante tertulia de café y las tardes de fútbol por tv cable.
Hace casi 10 años en una breve entrevista para una apurada página cultural, a raíz de la presentación de El mar, el sol y Marisol, nos filtró algunas de las claves con las que armamos el anterior párrafo, que terminamos de redondear -y esto no es coincidencia- en charlas de café con Cachín Antezana, inmejorable conversador, erudito en cualquier área de las letras y casi todas las artes, pero con una marcada debilidad por los libros (literatura policial, sobre todo), la música (jazz y Leonard Cohen) y el fútbol (la impagable estética que de tarde en tarde regala este deporte). Y claro, infaltable par de Gonzalo, hace ya varios años, de muchas tardes de lunes en una cafetería del centro cochabambino.
Pero, ¿y Santiago Blanco…? ¿De dónde sacamos las pautas para describirlo sin haber leído acaso la mitad de las ya casi 1.000 páginas de sus venturas y desventuras? Cómo no hablar de Gonzalo y Santiago “ahora que es entonces”, y que el experimentado narrador acaba de ganar el Premio LH Confidencial, convocado en Barcelona, con la misma novela, Que te vaya como mereces, con la que hace menos de dos semanas estuvo entre los 6 finalistas del Premio Nadal, el más antiguo de los convocados en España.
¿Y Santiago Blanco…?, decíamos. Este patético pero entrañable personaje de la saga de Lema, nació en Punata pero es de Cochabamba, de la Llajta, ciudad capital. Ejerció por mucho tiempo de investigador de la Policía, y también pasó más de alguna temporada indagando por los alrededores de Plaza Murillo, pero la tierra siempre lo llamó de vuelta. Viejo lobo de mar en los ires y venires del mundillo delictivo, cómo no ser más que especialista en no solo eludir una cachetada tras otra de la vida, sino, y esto es mejor aún, asumir y procesar dignamente más de un buen bofetón (en sentido literal y figurado).
No es muy de tertulia de café -eso sí- ni lo podemos imaginar viendo fútbol de la Champions League en tv cable; acaso tal vez jugando los minutos iniciales de una pichanga de barrio antes de botar medio pulmón y retirarse dignamente a adelantar la cerveza de festejo o consuelo. Más bien es de salteñería, pensión de medio pelo y cuanto bar, chichería y cantina se consideren dignos de tal.
Gonzalo lee, escribe y ve películas; Santiago chupa, sobrevive sus resacas y desamores, y saca tiempo de donde sea para cumplir sus obligaciones de uniformado -primero- y para resolver sus casos rebuscados por vicio y nostalgia -después- ,una vez ya semi-retirado.

El personaje, si los hay
Si Felipe Delgado y las Claudinas son, por antonomasia, los personajes más conocidos y reconocibles, más estudiados y revisitados de la literatura boliviana, no se me ocurre otro que como Santiago Blanco protagonice mayor número de aventuras, páginas, ediciones y reediciones: Un hombre sentimental (cuentos, 1991); Dime contra quién disparo (novela, 2004); Fue por tu amor, María (cuentos, 2010); La reina del café y otros cuentos policiales (2014) y Que te vaya como mereces (¿2017?).

- ¿Cuánto del autor hay en el personaje, cuánto de alter ego o heterónimo? ¿Son amigos o antagonistas? ¿Tiene aún cuerda o le viene ya la hora de jubilarse?
- Santiago Blanco -responde Gonzalo vía correo electrónico- tiene mi misma edad: 57 años. Él se engordó muy pronto, yo sostengo la pelea contra la gordura, que es más difícil que contra la corrupción. Aún voy ganando. Me imagino que vamos a jubilarnos juntos un día antes de morir. Blanco es el ventrílocuo, yo soy su muñeco. Escribo sin censuras cuanto él piensa y siente. Nuestra relación es respetuosa: yo lo explícito y él me regala satisfacciones desde siempre. Yo voy a serle leal toda la vida.

- Y la otra interrogante obligada, dada su pasión e incondicionalidad con la narrativa policial. ¿Cómo concibe el género…acaso, como no pocos, como el paradigma mismo de la literatura, ya que todo buen escritor sería, a fin de cuentas, un buen investigador?
- Mi primera noticia concreta sobre narrativa policial me la dio Cachín Antezana [¿ven que no es coincidencia?] en la esquina de su casa en 1985: Los mares del sur, de Vásquez Montalbán. De inmediato me prestó una decena de libros con El largo adiós por delante y Un ciego con una pistola, de Chester Himes, por detrás. Solo me hizo una recomendación de maestro: “No me los vas a hacer dormir. Devolvémelos, por favor, cuando termines de leerlos”. Desde entonces me presta absolutamente todos los libros que deseo leer.
De inmediato advertí que la novela policial narra la sociedad desde el sótano, desde el calabozo, desde el mismo “abajo”. A diferencia de la novela tradicional, que narra desde una atalaya, un mirador encajado entre las nubes, la narración se ubica en los fondos pestilentes y descubre y desenmascara la hipocresía, el cadáver de la fortuna mal habida, los trapos sucios de las familias o donde guardan los bates los “niños bien” de la trifulca de 2008 en El Prado de Cochabamba.
Esa percepción nítida me motivó a escribir el cuento Un hombre sentimental, en 1991 y luego El hombre gordo de La Paz y dos más para el primer libro. Con los años llegarían los otros libros.
La narrativa policial se escribe desde el sótano y la narrativa tradicional desde las alturas. Son visiones bien diferentes, pero yo soy feliz mirando la sociedad, mirando nuestro tiempo, desde ambas posibilidades. Presumo de una mirada periférica. 

Gonzalo, acaso uno de nuestros autores más prolíficos: conté 20 libros de narrativa y dos de periodismo; acaso uno de los más galardonados: Premio Nacional de Novela (1998); finalista del Casa de las Américas (1993); Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz (2012) y Premio Nacional de Cultura (2013); ajeno a colectivos, tendencias y booms, se mantiene feliz en el sótano y en la terraza, abajo y arriba; en su proyecto personal, en su perspectiva propia de literatura y vida.
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Las andanzas de Santiago Blanco


¿Quién es Santiago Blanco?, se pregunta Fernando Mayorga en un artículo publicado hace poco. “Un detective punateño, cholo y glotón... -escribe. Un exinvestigador de la Policía, pero sabueso de vocación y con ética de futbolista (aquella de la que hablaba Albert Camus); quien, por suerte, a veces se olvida que es hincha de Wilstermann. Divorciado de Marilú, una falsa rubia con quien estuvo casado por una semana; y enamorado de Soledad, exprostituta que le da silpanchos al fiado y ahora se llama Gladis”.
“Él es el ventrílocuo, yo soy su muñeco”, dice Gonzalo, y admite que se parecen bastante, entre otras cosas, en que tienen la misma edad, en que luchan con suerte dispar contra la gordura, y en que -sin lugar a dudas- colgarán los cachos solo en puertas de colgar los tenis.
Solo en el primer libro de cuentos comparten voz. En el resto, Blanco va librado a los caprichos de un narrador omnisciente, pero qué duda cabe que sus caminos están ya irreparable e indefinidamente entrecruzados.
Veamos algunas escenas de la vida de Santiago. Posibles de imaginar, algunas, en el día a día de Gonzalo. Muchas, definitivamente no.

Borrachera y chaqui
“La cerveza cuajó en mi retina. Pechando a la gente salí a la calle y respiré profundo: el mareo bajó a mis pies y me los enredó. Seguramente la gente observó mis pasos chuecos dirigidos al edificio Quinteros. Subí las gradas y me abracé con amor a uno de los pilares, metí aire, mucho aire, y pude mantenerme en pie. Luego intenté subir las gradas. Era un gran trabajo porque había que hacerlo una por una, y a tientas, pues el edificio, a las diez y media de la noche, parecía la inmensa boca del lobo de los cuentos de los niños. De pronto, en medio camino, me vi frente a un macetero grande y bello que me invitaba a regarlo…
(No me dejes solo, de Un hombre sentimental)

Experimentado sabueso
Requetejuran que ellos nada, angelitos. La primera vez que los vi después del hecho me quedé boquiabierto, sorprendido. Todo indica que fueron ellos, y ellos de lo más tranquilos, sentados en el banco de la plaza como dos palomitas. Al principio pensé que esa tranquilidad era una coartada y que con dos palos se arrepentirían, pero nada: de lo más panchos dicen que no, que querían darse el gusto pero que un cuchillo volador se les adelantó…
(Dime contra quién disparo)

Cholo discriminado
“-No sea contestón, Blanco. Yo siempre he dicho que lo que a usted lo arruina son las ínfulas de su apellido azul: Blanco. Se cree la muerte porque es Blanco. Un apellido de sociedad, ni duda cabe. Tratar a un Blanco no es tratar a un Colque, por decir algo. Los pares de los Blanco son los Quiroga, a ver, vamos a ver. La única desgracia comparable a un Colque, sin embargo, es ser un Blanco pobre…”.
(Dime contra quién disparo)

Filósofo

“Tantos problemas sin resolver verdaderamente. Tanta cosa por uno y otro lado. Blanco se preguntaba si realmente valía la pena, en esta vida, preocuparse por algo. Si dejar de dormir, o de comer, o de darse a la bebida, se justificaba por alguna razón que no fuera el mero gusto de hacerlo o dejar de hacerlo…”.
(Dime contra quién disparo)

Desamorado
“¿Qué había hecho en su vida para llegar a su edad sin alguien que se jugara por él? Porque su relación con Gladis no terminaba de entenderse del todo. Una vieja atracción física de dos jóvenes de entonces, atrapados en la necesidad de sus oficios. Él, un policía asimilado y adjunto a la división de investigaciones. Ella, una muchacha de pueblo convocada por un aviso de periódico que la condujo a la prostitución en la ciudad. Ninguno de los dos había hecho plata. Los dos se habían curtido con la lima de los días…”.

(La luz del sol, de La reina del café)