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Sale cada domingo con Página Siete

viernes, 23 de junio de 2017

Despedida

“Este adiós no maquilla un hasta luego”


Las opciones eran Siete Letras, Letra7 y alguna más, pero finalmente a fines de enero de 2014, se decidió que el nuevo suplemento literario se llamaría LetraSiete, para hacer juego con el nombre del diario que nos acogía, Página Siete, cuyo entonces recién nominado director, Juan Carlos Salazar, respaldó nuestra idea de apostar por la literatura y las artes desde un espacio semanal. Ya la iniciativa había sido avalada por el director anterior, meses atrás.

Desde un inicio -y eso debo agradecer a las jefaturas y directivos del periódico- se dio plena confianza e independencia al proyecto que en los tres años y medio de vida, ¡175 números!, no varió un ápice el concepto con el que fue diseñado: resaltar y anteponer el aporte de los colaboradores, los ensayos, reseñas, artículos y reflexiones de prestigiosos escritores, literatos y pensadores bolivianos y, unos pocos, de otros países; y dejar en segundo plano el trabajo periodístico, crítico del editor.
Es decir, la arriesgada propuesta alejada de lo convencional de un suplemento dominical de periódico y más propia de una revista, tuvo el visto bueno y, creemos, fue aceptada por los lectores.

No es necesario ya hablar de la crisis -las crisis-, las posturas e intereses de los dueños de los medios de comunicación, las búsquedas y necesidades de los lectores que determinan a las primeras, etc. Las decisiones, cuando son legítimas -un diario es una empresa privada y sus propietarios y altos cargos tienen derecho a llevar adelante lo que les convenga- no pueden más que acatarse.

LetraSiete circulará este domingo por última vez… un minuto de silencio por ella… y a seguir adelante. Quedan 175 números que, sabemos, no pocos coleccionan y guardan… queda un archivo digital que seguirá disponible y activo, recordando, reactualizando los cientos de textos aparecidos en este tiempo, la mayoría sin fecha de caducidad.... pero también generando material nuevo…

De LetraSiete, pasaremos entonces, estimados seguidores a Letra88, en este blog, en miras a un nuevo proyecto -un rescate más bien- que pronto saldrá a la luz.


Muchas gracias

domingo, 18 de junio de 2017

Entrevista

Paz Soldán: “El crecimiento espiritual
se refleja en lo que escribes”

“Soy un católico renegado, pero católico al fin”, dice el autor cochabambino en una conversación sobre Los días de la peste, su nueva novela en la que plantea una honda reflexión crítica sobre religión en un contexto de corrupción y degradación del poder.

 
Fotografía de Edmundo tomada por Liliana Colanzi.
Martín Zelaya Sánchez

No es muy frecuente que un escritor se anime a explicar y describir tan abierta y detalladamente algunos aspectos conceptuales y estructurales de una de sus obras… y menos si esta acaba de ser editada. Gracias, Edmundo.

- ¿Eres creyente? ¿Practicante de alguna religión…? ¿Cuál es tu idea, tu relación con lo espiritual?
- Soy católico cultural más que practicante. El catolicismo impregna casi todos mis actos desde la infancia (la cosa culposa, la parábola de los talentos, etc.). Soy un católico renegado, pero católico al fin; hay ciertas versiones populares y sincréticas del catolicismo que me interesan más que el oficial. Trato de vivir en armonía con mi entorno y creo que la práctica de la escritura tiene un lado espiritual muy fuerte que he tratado de desarrollar: dedicarme de lleno a la vocación que me ha tocado en suerte y saber que al hacerlo soy parte de una comunidad que me completa y trasciende. La escritura antes que nada es una mirada, y si no creces espiritualmente eso se refleja en lo que escribes.
Por cierto, crecer espiritualmente, no significa escribir cosas más amables. Puede, más bien, que sea al revés, que la escritura te haga llegar a zonas muy oscuras de la condición humana.

- Es indudable que la religión trasciende esta novela, al igual que ocurre con Iris y l Las visiones, tus anteriores libros, pero una concepción de lo religioso directamente ligada -creo- a lo social y político, un marcado interés tuyo desde Los vivos y los muertos y Norte. No se puede evitar un paralelismo de lo que sucede en Los Confines y La Casona con lo que ocurre hoy en día con el Estado Islámico… ¿O qué dices tú?
- Para decirlo en tono de metafísica popular, nuestras religiones bien seculares son. La religión nunca ha estado divorciada del mundo. Sus búsquedas espirituales están ancladas en la tierra. Me interesa explorar la relación de la religión con la violencia y el poder; las guerras de religión han marcado la historia del mundo, lo del Estado Islámico es solo el capítulo reciente de una larga historia. También quería explorar el lado no institucional de la religión, el lado pagano, el fervor popular conectado con deseos opuestos a los del altruismo y la caridad cristianos. Para crear a mi Innombrable pensé en la Santa Muerte o Malverde en México, en La virgen de los sicarios de Vallejo, figuras populares conectadas con el odio, la venganza, la muerte. La religión es una construcción de los hombres y termina mostrando todas nuestras virtudes y carencias, todo el abanico de nuestros deseos de luz y la atracción por el mal. 

- ¿Y en cuanto a un paralelismo de la crisis política-social de Los Confines y su Estado ausente, con la Bolivia de los últimos años antes del actual proceso?
- Pensaba más bien en novelar algo permanente desde nuestra fundación -incluso desde antes-, la relación de la capital con las provincias, nuestro centralismo a pesar de tantos proyectos y esbozos de autonomía regional.
Los Confines es una provincia alejada de la capital -el nombre lo dice todo-, ha desarrollado tradiciones culturales y políticas propias, pero a la vez depende de la capital, de un Estado que está pero al que se siente lejano. La crisis nace del intento de reconciliar lo que parece irreconciliable: cómo atender los deseos de una comunidad local y regional sin ir en contra de un proyecto nacional (o a la inversa). Prohibir un culto religioso, como ocurre en la novela, revela un montón de deseos y aspiraciones políticas.     

- Hablando del “universo” de tu escritura que se abrió con Iris, ¿se podría decir que la realidad de Los Confines y de la trama de esta nueva la novela es, digamos, una etapa previa a lo que viene luego en Iris? ¿Una realidad futura mediata, la de Los días de la peste, que marca el camino a lo que será el futuro lejano que vemos en Iris…?
- No lo había pensado así… pero ahora que lo dices, comencé Los días de la peste como una precuela de Iris. Después de escribir 70 páginas me di cuenta de que la novela no funcionaba porque me estaba repitiendo y decidí cambiar a un registro más realista, más contemporáneo. Puede que en ese su nacimiento como precuela hayan quedado en la versión final de la novela ciertos andamios que remiten a ese mundo anterior.

- Aunque en esta novela vuelves al realismo, como bien dices, hay ciertas semejanzas, ciertas estructuras narrativas y de lenguaje que –creo- sí pertenecen al universo Iris: lenguaje, modismos, neologismos, idiosincrasia de los personajes…
- No creo que quede el lenguaje de la novela anterior, pero sí una forma de acercarse al lenguaje y a los personajes. Con cada personaje que creaba me iba preguntando cuál era su lenguaje, cuál su particular forma de narrar el mundo a partir de ciertas palabras. Ese lenguaje influye mucho en la idiosincrasia del personaje. Es imposible diferenciarlos a todos, pero sí hubo un intento de preguntarme por el lado inestable del lenguaje. Para mí la novela es eso: no un intento de buscar un estilo homogéneo sino una exploración de diversos registros de escritura. 

- Hablemos un poco de la estructura y proceso de creación. Es una novela de 30 personajes, dividida en segmentos en los que cada uno toma protagonismo, alternadamente. ¿Condiciona el personaje, su imagen y personalidad a la trama? ¿Escribiste la novela a partir de las características o identidad de Rigo, la doctora, Lya… etc., o más bien adaptaste sus historias a lo que querías contar?
- Quería representar el hacinamiento de una cárcel a través de la aparición de múltiples voces. La novela no es solo lo que cuenta sino cómo lo cuenta. Quería que esas voces no dejaran de proliferar. En mi idea inicial, el punto de vista era como una cámara en travelling, en constante movimiento: una escena comenzaba a ser narrada a partir de la mirada de un personaje, continuaba tomando el punto de vista de otro personaje, y terminaba con otra perspectiva. Luego me di cuenta de que esa proliferación debía ser controlada: necesitaba un hilo central conductor (Rigo), ciertos personajes secundarios y otros más lejanos. Uno propone, y luego la misma novela te obliga a ajustar ciertas cosas.

 - Otra idea que trasciende es la corrupción política, social e individual; la degradación ética, moral. El más reciente premio nacional de novela en Bolivia se vale del recurso de la enfermedad como metáfora de este tipo de crisis. ¿Concebiste de un modo cercano a esto el letal virus que devasta a la población de La Casona y Los Confines?
- La cárcel es un espacio en el que se puede ver bien nuestra relación con la ley y el poder: cómo buscamos darle la vuelta a la ley, cómo se distribuye el poder, etc. Somos, desde la Colonia, el territorio en el que funciona eso de que “la ley se acata pero no se cumple”. Quería mostrar eso en mi Casona: un microcosmos, una ciudad dentro de la ciudad, un mundo con sus propias leyes y un vocabulario particular. La intención era explorar cómo circulaba el poder en ese espacio; como se creaban relaciones que permitían la construcción de una comunidad; cómo la violencia podía ser una forma de lenguaje e inscripción de un deseo y una autoridad en los cuerpos de los demás; cómo funcionaban la fe y la religión más allá de las instituciones; y cómo, a partir de sus arbitrariedades y caprichos, trabaja la ley en nuestro inconsciente (preguntas que no nacieron con la novela, sino que fueron surgiendo a medida que escribía sus diferentes versiones). El virus es el que permite el estado de excepción dentro del estado de excepción, el que nos revela cuán modernos y tradicionales podemos ser a la vez.
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Los días de la peste
(Fragmento)

Edmundo Paz Soldán


[La Jovera]
(…) La Jovera se persignó delante de la efigie de la Innombrable. No había dejado de ser católica, de hecho había visitado por la mañana la capilla del cura Benítez, que quedaba cerca, pero Ma Estrella la atraía porque era una re-bel-de que prefería acostarse con muertos y con animales, ¡atrevida!, a acostarse con otros dioses, por eso el templo dedicado a ella en el pueblo solía estar lleno a todas horas. A veces pagaba a los pacos para que la dejaran salir por unas horas a visitar el templo. Uno la acompañaba, Krupa casi siempre porque buscaba cualquier excusa para salir, la última vez un jovencito bien dable. Krupa caminaba a un metro de ella, ni se te ocurra intentar escaparte, repetía bien noico, en vano porque la Jovera no quería escaparse. Lo único que ansiaba era agradecerle a Ma Estrella por ser tan buena con ella, por cuidarla. A la vuelta, Krupa la metía a empujones en un cuarto de trastos al lado de la sala de los pacos y la obligaba a chupársela. Un problema Krupa, pero qué podía hacerle, casi todos eran iguales.
Hincada, la Jovera aspiró el tonchi hasta agotarlo. Se le había ido la mano. No importaba. Vería cómo conseguir tela para comprarle más a Lya. Se vendería un par de noches, pero no estaba tan fácil. Todos querían metérsela gratis, su culpa por ser tan generosa. A partir de ahora pediría que se res-pe-ta-ra la tarifa. Hizo una mueca. Ni ella se lo creía.
Extrañaba a 43, que era su cafisho y la protegía, pero el imbécil había abusado de un niño y los pacos lo tuvieron que meter a una celda del confinamiento solitario. Hasta que se calmen las cosas, dijeron, pero la Jovera sabía que no se calmarían.
¿Qué diría la Casona? Era la pregunta que flotaba en la cabeza de todos antes de cada acto. Nada bueno. Los códigos de la prisión debían respetarse, y los abusamenores estaban en el último es-ca-la-fón. 43 no duraría mucho si lo devolvían al tercer patio, los presos lo matarían. Pero tampoco duraría mucho ahí donde estaba, los pacos le darían canela hasta reventarlo. Estaba bien jodido 43.
Pronunció los cincuenta y ocho nombres de Ma Estrella de corrido, como era costumbre, hasta perder la noción de lo que estaba diciendo y entrar en trance. Se fijó en el vestido rojo, en la falda larga que le llegaba a los pies, con rostros de carachupas bordados con hilo amarillo y serigrafías de personajes populares de telenovelas y de la vida real. En esas serigrafías no encontró la cara de Barbi, la asesina confesa. Sugeriría que la incluyeran, había hecho méritos suficientes.
Los ojos vidriosos cambiaban de colores y fosforecían en la penumbra. Ojos que se abrían más y más e intentaban tragarla y zas, se la tragaban. ¿Eres la estatua o eres la diosa?, preguntó, mientras daba vueltas por el espacio exterior, empujada por una corriente de viento danzarina. ¿Creaste al hombre que te hizo y al hacerlo le diste un conducto para crearte como diosa? ¿O eres una simple estatua y es mi fe la que te convierte en otra cosa?
Se deslumbró con las estrellas y los planetas que cruzaban a su lado y estuvo a punto de agarrarse de la cola de un cometa. La vida: agarrarse de la cola de un cometa.
Y ella, ¿lo había hecho? Y si sí, ¿estaba bien agarrada? (…)


Reseña

El virus de la religión

Apuntes en torno a Los días de la peste (Malpaso, 2017), la nueva novela de Edmundo Paz Soldán.


Martín Zelaya Sánchez

“¿Creaste al hombre que te hizo y al hacerlo le diste un conducto para crearte como diosa? ¿O eres una simpe estatua y es mi fe la que te convierte en otra cosa?” (Pág. 39). Esta interrogante de la Jovera -una prostituta decadente- uno de los treinta y pico personajes de Los días de la peste, muy bien puede sintetizar la esencia de la nueva novela de Edmundo Paz Soldán que acaba de salir en España con Malpaso y que pronto editará en el país Nuevo Milenio.
Una honda reflexión sobre la fe y la religión, sobre su rol capital en el desarrollo histórico de la humanidad (¿la involución en la evolución?), es el eje de esta obra en la que el autor trabajó los últimos tres años y en la que, por lógica interrelación, también se habla de corrupción, violencia y marginalidad.
Separado, ora por completo, ora no del todo, del universo plasmado en su anterior novela y en su reciente libro de cuentos (Iris y Las visiones, respectivamente), Paz Soldán recala en un realismo anclado en una ambientación incierta (Los Confines, provincia recóndita de un país latinoamericano indeterminado) y en un aparente futuro mediato lo que, de la mano de una devastadora epidemia que trasciende toda la trama, connota un cierto cariz apocalíptico.
Ambientación incierta, decíamos, aunque en los hechos, bien puede advertirse más bien todo lo contrario: las 325 páginas de la novela -salvo contadas referencias a una olvidada y decadente ciudad- se desarrollan en La Casona, una cárcel ciudadela, un microcosmos tan infinito que de no conocer los bolivianos el penal de San Pedro de La Paz, bien podríamos dar por disparatado o puramente ficticio. Aun así, es difícil no ligarlo con el Brincadero de La torre y el jardín de Alberto Chimal: un edificio imposible, multidimensional, eterno. Puestos a hablar de referencias, si bien una reseña del libro aparecida en España bien lo emparenta con Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, se me ocurren mejores vínculos con El señor Presidente, de Asturias: la capacidad de abstraer el estado límite mental y espiritual ante el horror de la prisión y la tortura-, y Ensayo sobre la ceguera, de Saramago: la extrema decadencia física y moral.
En una atmósfera casi aislada y hermética (otra relación con Iris) se filtran algunas referencias mundanas (un muñeco del Capitán América, por citar algo) y no pocos guiños a Bolivia: “…el Jefazo hace diez años que ya era Presidente” (65); “Los Confines era el lugar en que todos los noes se convertían en quizás, y las decisiones inflexibles tenían infinitas excepciones. Era la lógica del lugar y había que vivir con ella”. (232); varios bolivianismos como wawa y taparanku y una referencia cultural a las ñatitas, a través de las santitas: cráneos de animales o humanos utilizados para honrar a la Innombrable.
Resumamos: un letal virus con altísima mortalidad quiebra la rutina de La Casona, pero lejos de focalizarse allí el argumento, sirve de trasfondo al verdadero quid: la debacle real se desata cuando las autoridades regionales deciden prohibir el culto a la Innombrable o Ma Estrella, no ya solo por la amenaza de esta creciente religión para con la Iglesia Católica, sino por la afrenta que supone para los verdaderos poderes político y económico. Es así como el emergente líder opositor y religioso es “desaparecido” en el recóndito y clandestino quinto patio del panóptico.
Novela de personajes, destaca en Los días de la peste la velocidad y ritmo impuestos por la estructura narrativa: los nombres de los más de 30 personajes encabezan fragmentos, desde un par de párrafos hasta un par de páginas, que se reparten en varios capítulos divididos en tres partes.
Rigo, un nuevo reo esquizofrénico, disparatado pero lúcido cuando amerita; Lya, una adolescente rebelde y víctima por triple partida, que recorre sus últimos días en los pasillos de un presidio voluntario; Lillo, preso millonario que maneja la economía de la cárcel, y por lo tanto la corrupta y violenta cotidianidad; el Gobernador pusilánime, el Tullido líder; 43, el pederasta despreciado por los despreciables; el Tiralíneas, diler paranoico; la doctora incansable en su oficio ante su fracasada vida personal y una cuadrilla de criminales parias y guardias mediocres.
Aunque la gran mayoría de los protagonistas intervienen mediados por la voz del narrador, un par lo hacen en primera persona y Rigo -uno de los centrales- en una delirante primera persona en plural. Este diseño le permite al autor desarrollar un estilo fragmentario, suelto, ágil: frases breves, a veces palabras sueltas hilvanadas por puntos aparte, muy al modo saenzeano; es decir, logra simplificar su prosa (en el buen sentido), dotándola de claridad, fluidez y velocidad en momentos específicos como descripciones largas, escenas complejas y diálogos.
Por último, volvamos a lo primero. Edmundo Paz Soldán se confiesa “católico cultural” y ello debe tomarse en cuenta, pese a su descarnada crítica al dogmatismo religioso y a toda la corrupción, violencia, desarraigo y deslegitimación que este conlleva.
Así, los lógicos escepticismo y coherencia de la doctora -mujer de ciencia al fin-: “No había dioses ni diosas y estaba bien que fuera así. La única verdad consistía en que segundos después de su muerte ya no quedaría nada de ella. Sería cremada y no flotaría en el aire ningún espíritu que la representara”. (213), contrastan con el incomprensible (intolerable, insostenible) sinsentido del fanatismo religioso. Comenta Rigo de su particular secta, reñida incluso con Ma Estrella: “Nuestra religión nos impedía matar a ningún ser vivo y eso incluía a los virus. Todo, hasta lo más pequeño, decía la Exégesis, muestra un orden, un sentido y un significado, todo en el mundo biológico es armonía, todo melodía”. (219)
En su trance de fe promovido por la “sustancia violeta” (una suerte de ayahuasca que permite la trascendencia en un “éxtasis místico”), la Jovera llega a una epifanía simple pero crucial: “la vida es agarrarse a la cola de un cometa”. (39)
La vida… de eso trata, finalmente, Los días de la peste… de la vida desde todas sus posibilidades e imposibilidades. “El motor de la vida eran los virus. La enfermedad antes que el remedio” (111), dice la doctora. “Es nuestra culpa por desequilibrar el mundo. Vivir es desequilibrarlo” (235), sentencia Rigo.


Artículo

“El paso no, del Dios, sino la huella...”



Apuntes preparados por la autora, de cara al conversatorio sobre literatura homosexual en Bolivia que se desarrollará esta semana.


Virginia Ayllón 

Para Isabel

Tal vez lo primero que viene a la mente es que después de la infantil, la indígena, la regional, la femenina, ¿ahora le toca a la literatura homosexual? Es decir, ¿seguimos el sino social e histórico de la literatura?
La hipótesis del peso de la historia en la literatura, especialmente en la narrativa, es más grave si se la piensa como el crítico cubano-norteamericano Roberto Gonzales Echevarría, para quien la novela en general y la latinoamericana en particular, se ha construido persiguiendo “la verdad”; es decir se ha construido en una intención no literaria. Siendo esto verdad, en la mayoría de los casos, creo que menos mal “la literatura resiste”, especialmente la poesía. Si no creyera en eso, grave sería mi vida.
La guía biográfica y crítica de escritores latinoamericanos en temas gay y lesbianos, de 1994, consigna dos entradas para Bolivia. La primera es para la novela Erebo, de Pablo Gumiel, publicada en 1955, cuyo valor sería precisamente ser el primer texto contemporáneo que trata abiertamente la homosexualidad. La segunda corresponde a Los papeles de Narciso Lima Achá, de Jaime Saenz, publicada en 1991. Sobre esta última, el editor considera que Narciso vive su homosexualidad como camino de conocimiento y trascendencia metafísica; que Saenz sitúa el amor homosexual masculino como la primera experiencia de conocimiento, con peso específico en el desarrollo del sujeto poético. Dice, además, que Los papeles de Narciso Lima Achá es uno de los textos más iluminados de la poética de Saenz y quizá la clave para comprender su universo.
Ahora bien, en otro texto, David William Foster, editor de esa guía, afirma que mientras las novelas norteamericanas sobre temas gay se concentran en el conflicto interno de los personajes, las novelas latinoamericanas, en cambio, se construyen desde la marginalidad; es decir desde el (famoso) sino social e histórico. No creo estar muy de acuerdo con esta afirmación, sobre todo si pienso en Sor Juana Inés de la Cruz, Nestor Perlongher, Gloria Anzaldúa, Manuel Puig, pero especialmente en Severo Sarduy.
Cobra (1972), que forma parte de su trilogía junto a Colibrí (1984) y Cocuyo (1990), es, sin duda, una de las novelas más hermosas que he leído. En mi recorrido feminista he oído hablar con mucho facilismo de escritura y cuerpo, porque, así como es una clave, muy sencillo ha sido convertir esa dupla en vacío eslogan.
Para Sarduy, sin embargo, escritura y cuerpo ha sido el jeroglífico a descifrar en una escritura febrilmente transgresiva y hedónica. En una linda lectura del escritor chileno Bartolomé Leal, Cobra es entre otros, un objeto de culto, envenena las letras, es un himno al travestismo, el que perturba y el cultural… Cobra colapsa.
Pero ni Cobra ni Sarduy podrían explicarse al margen del trabajo del escritor, de sus traducciones al francés de la obra de Manuel Puig, Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Sergio Pitol, o Vázquez Montalbán. Pero sobre todo no podrían explicarse sin tener en cuenta su apego y estudio de la obra de Lezama Lima y su amistad intelectual con Roland Barthes.
Solo así se puede comprender al Sarduy creador del neobarroco americano -junto a Lezama Lima, Carpentier, Cabrera Infante y Virgilio Piñera- que viniendo de Cuba se ha remozado con la obra del argentino Juan José Saer, la uruguaya Marossa di Giorgio y la chilena Diamela Eltit. 
Claro que escritura y cuerpo es la obra de Sarduy (no el todo, la huella: El paso no, del Dios, sino la huella…, primer verso de uno de sus sonetos), pero como cuerpo él sabía que la letra con sangre entra:

La letra con sangre entra...

La letra con sangre entra
como el amor. Mas no dura
en el cuerpo la escritura,
ni con esa herida encuentra
paz el amante. Se adentra
en el cuerpo deseoso
y más aumenta su gozo
con su mal. Alegoría
de nuestra postrimería:
jeroglífico morboso.



Parhelio

[Respuesta al “Aclaratoriamente…” de
Rocío Zavala, a propósito de la edición
de la Obra reunida de Hilda Mundy]

 
Columna "Vitaminas" publicada en el número  17 de El Fuego.

Continúa el diálogo entre dos investigadores de la obra de la escritora orureña. El resto del intercambio de artículos, puede consultarse en este blog.


Rodolfo Ortiz

En el número 169 del 14 de mayo de 2017, el suplemento Letra Siete publica la respuesta de Rocío Zavala (en adelante Z.) al texto “[Algunas consideraciones sobre la Obra reunida de Hilda Mundy]”, que publiqué el domingo 22 de enero en el número 153. Intentaré responder a los desaciertos de esta “aclaración”, poniendo sobre la mesa nuevos datos y fuentes documentales que permitirán, eso espero, finiquitar esta falsa controversia.

En sus “Divagaciones” Arturo Borda comparaba a los periodistas con el desafío de las verduleras. No voy a promover este arte del escándalo, baste con dejárselo a los críticos literarios o a los “lectores de ojito”, como diría Macedonio Fernández. Por lo mismo, no considero que se trate aquí de un afán “chillador” o de un debate, tal como se sugiere en el encabezado del texto de referencia o se insinuó en las famosas “redes” urdidas por ese dios laico llamado internet. Tampoco pretendo enmarcar estas notas en una discusión decimonónica al estilo León M. Loza y Beltrán Ávila (cf. “Datos para una historia del periodismo orureño” de Ocampo Moscoso). Se trata, pienso, de un esfuerzo editorial más modesto, ojalá común, por reestablecer la dispersión de una escritura de total relevancia para la literatura en Bolivia. Esto mismo no con el afán de “canonizar” a una escritora a todas luces rebelde e indomable, sino para ofrecer al lector, al “mohíno lector”, un legado lo más claro posible para ulteriores exégesis y placeres.

Voy a referirme en detalle solamente a la sección “Textos de dudosa autoría y enmiendas”, pues el lector podrá advertir que todo lo precedente despliega un palabreo que no repone a Hilda Mundy y que en todo caso deja mal parada a la propia compiladora y a la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (en adelante BBB). Por una parte, Z. vuelve una vez más a “re-posicionar su propia figura”, como estima oportunamente Francisco Bedregal en una carta, y por la otra, delega toda culpa a los editores de la BBB (¿no figura en tapa y créditos que Z. se hizo cargo de la edición de la Obra reunida?, ¿se trata de una nueva errata, entonces?). Considero oportuno que “los editores” (Z. dixit) del prestigioso proyecto de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia digan algo al respecto, pues acusaciones de este tipo mellan un trabajo cuidadoso e inteligente que notoriamente se observa, por ejemplo, en las ediciones sobre Emeterio Villamil de Rada, José Santos Vargas o la pionera sobre los documentos fundamentales de la historia de Bolivia.

Llama también la atención la actitud de colocar una tesis académica en un centro (¿o cetro?) rígido e intocable, que además se utiliza para la “reunión” de la obra de Hilda Mundy, cuando se trata de un trabajo que termina el año 2013, que tiene aportes, es cierto, pero que desafortunadamente se limita a lo que en ese entonces se conocía, pues no se habían rescatado la numerosa cantidad de textos de Laura Villanueva Rocabado a los cuales hoy ya se tiene acceso. Por lo mismo, creo que este trabajo académico, como cualquier otro, tendría que ser permanentemente repensado, ampliado, profundizado en muchos puntos, aspecto que alentaría hacerlo a su autora y al corpus de lectores de Hilda Mundy, que cada vez crece más. Y esto a pesar de la estrechez y el poco horizonte que demuestra la siguiente pregunta que Z. expresa en su artículo: “¿Y desde cuándo hay que preocuparse por publicaciones ajenas antes de publicar?”. Interrogante a la que me animo a responder: “desde el momento en que alguien se plantea el reto de realizar un trabajo serio sobre una escritora que en sí misma es diáspora y movimiento perpetuo”. Con estas consideraciones, paso a los cotejos y re-enmiendas del caso.

1. Dum Dum. Insisto en lo mencionado el 22 de enero: el criterio de esta compilación fue arbitrario y poco riguroso al seleccionar textos y atribuírselos a Hilda Mundy. Si se decide imputar 19 textos a esta escritora, anónimos en las fuentes originales, estos tendrían que estar debidamente explicitados. Se trata de un mínimo esfuerzo editorial para no extraviar al lector, aunque fuese, y como lo es en este libro, “bajo el signo de la hipótesis”. Lo propio con relación a la inclusión de los 4 textos que pertenecen a sus amigos-colegas, Tito Livio, Eryx, Kamon y Lutino. Pero si aceptamos esta voluntad por lo hipotético, también extraña que en una nota del “Estudio introductorio” (cf. 18 nota 5) se confiese, sin más explicación, que se excluyeron de Dum Dum varios textos “sin interés”. Me pregunto, ¿sin interés para quién? Aun a pesar de la arbitrariedad sobre la atribución autoral de textos dudosos, creo que aquí se olvida que el lector masivo, diverso y núbil al que apunta el proyecto de la BBB no tendría por qué estar sujetado a este tipo de capricho selectivo.

2. Vitaminas. Muy porfiada Z. insiste en que el texto sobre el “A-cha-cha” [sic] “[e]s un texto sin fecha”. Su “archivo de origen”, como nombra a su legado de fotocopias, revela nuevamente ser muy limitado. El texto sobre el A-Cha-Cha sí esta fechado: El Fuego No. 17, del 21 de marzo de 1936 (v. Fig. 1). La relevancia de este dato la expresé el 22 de enero, pues “no es muy aconsejable conjeturar a partir de fechas que se desconocen, mucho más si el derrotero de esta columna ‘Vitaminas’ nace y muere junto a El Fuego el año 1936”. El “archivo de origen”, en realidad, se encuentra en la ciudad de Oruro, señorita Z., en la misma Biblioteca a la que un día ingresó y donde seguramente se extravió con una “credencial (…) firmada por el Alcalde”.  

3. Brandy Cocktail. Es lamentable que una vez más los “malos recortes” de fotocopias del folder gris del CDMAZ-CIDEM traicionen el trabajo compilatorio de Z. Comento que una colección favorable y casi completa del periódico La Mañana, donde se publica la amplia serie de la columna “Brandy Cocktail”, se encuentra ­–oh sorpresa– en Oruro. Pero el desacierto en la fecha de referencia va más allá de un mal recorte que “le quitó aparentemente el numerito al día 7”. El dato de esta frase es valioso, pues ahora sí es posible restablecer parcialmente el lugar de este texto. Primero: se confirma, según lo mencionado en mi artículo del 22 de enero, que el texto del 7 de diciembre de 1934 no existe en el ejemplar de La Mañana de esa fecha.[1] Segundo: las fechas posibles del 17 o 27 de diciembre se tornan factibles. Sin embargo, según se pudo verificar durante el proceso de edición de Bambolla Bambolla, los ejemplares de estas fechas no están disponibles en las hemerotecas consultadas de Oruro (en La Paz la pesquisa fue más desafortunada). Por esta razón, el texto (todavía sin fecha exacta) se lo incluye luego de la secuencia de textos compilados que va del 5 al 25 de diciembre (cf. BB 173-80), aunque sí, en nota aclaratoria, señalando que fue publicado en 1989 en Cosas de fondo, también sin fecha, pero con el título “La inocencia de la mujer 1934…”, seguramente un rótulo sugerido por su editora Silvia Mercedes Ávila. 

4. “¡¡Ex-combatiente!!”. La confusión comienza, otra vez, en los errores de fecha en la edición de la Obra reunida. Z. responsabiliza de esta falta a “los editores” de la BBB, pues el texto esta fechado en el libro el 10 de marzo de 1936 (cf. 252) y la generosa fotografía (que estábamos esperando luego de arrojar el anzuelo) demuestra que el texto se publicó el 24 de marzo de 1936 y pertenece (devolvemos gentilezas) al ejemplar número 19 de El Fuego.

He consultado los originales de casi toda la colección de este magnífico diario de la tarde. Esto se puede ratificar cotejando los 70 textos incluidos en Bambolla Bambolla (cf. BB 30, 285-347), frente a los 4 textos que se publicaron en la Obra reunida. Sin embargo, para regocijo del lector, ahora contamos al menos con una fotografía de una fotocopia de un pedazo de una página del ejemplar 19 que no se hallaba en la colección referida anteriormente. En suma, las dudas quedan absueltas y la obra de Hilda Mundy se sigue enriqueciendo.

Hay que advertir, sin embargo, que la transcripción de este texto en la Obra reunida, salvando los “errores de composición tipográfica”, por supuesto, trae alteraciones que afectan su sentido y, por lo mismo, entorpecen cualquier análisis lexicográfico. Tres ejemplos rápidos: a) Se transcribe: “Un poco de agua, tengo sed. Sueño, resbalo en una planicie”; cuando en El Fuego ­–donde sí esta vez reconocemos la mano de Mundy– se lee: “Un poco de agua tengo sed sueño resbalo en una planicie”. b) Se transcribe: “No faltó el consuelo de jerarquía superior”; cuando en El Fuego se lee: “No faltó el consueta de jerarquía superior”. Consuetas, se sabe, eran los clásicos apuntadores de teatro instalados en el proscenio, aspecto que reluce en cómo Mundy resuelve irónicamente el párrafo: “El público, ebrio en la zarabanda de retaguardia, ni siquiera le aplaudió” y no refiriéndose a un impersonal “consuelo” al cual el público “ni siquiera lo aplaudió”. c) No se respetan las mayúsculas en las palabras “Guerra”, “Eterno” y “Crimen”, disipando la usual ironía de la autora.

5. La Retaguardia: reproducimos la imagen de la primera página del primer número (v. Fig. 2) y damos fe de la errata de marras (ABNB, PBOR 126).


Me parece afortunado el hecho de celebrar las variantes del mundo y, por supuesto, de los manuscritos legítimos e ilegítimos. A eso llamamos reconstrucción histórica, “fe de errancias”, escribir mirando por el retrovisor, para usar la feliz metáfora de Sartre refiriéndose a Baudelaire. Sin embargo, en el caso concreto de Hilda Mundy, no estamos confrontados a “manuscritos legítimos” (apenas se conservan o se conocen o se encontraron unas cuantas cuartillas dactiloescritas que parecen ser versiones preliminares de su libro Pirotecnia); estamos confrontados, enfatizo, a un caudal de textos hemerográficos publicados con fecha y lugar muy precisos, a partir de los cuales es posible visualizar los destierros y travesías de su escritura. Creo que el Mapa Mundy ampliado y el Cuadro de relación de la segunda edición de Bambolla Bambolla dan clara cuenta de ello (cf. 19, 30). Pienso, a su vez, que como nunca antes hoy dialogan muy íntimamente los procesos composicionales donde “cunde” la poesía y las ediciones genéticas que se esfuerzan en reconstruirlos. Abolir o no cruzar ese puente podría ser desventajoso en ciertos casos, pienso aquí, por ejemplo, en los aportes de Sally Bushell sobre la poesía de Emily Dickinson, donde gracias al estudio de las complejas versiones manuscritas y al sistema de anotaciones en sus poemas, reconstruye una poética que se sostiene no en textos definitivos (tal como quisieron fijar muchas ediciones durante el siglo XX), sino en escrituras flotantes que hacen del texto una zona simultánea de posibilidades semánticas. Considero que jugar al medio de ese puente posibilitaría, al menos, una apertura hacia los testimonios de un proceso creativo, hacia la distribución de bloques de escritura en movimiento, desde el singular y siempre único aparato de variantes que subyace en los archivos públicos o privados de un escritor.

Hay mucha tela que cortar todavía. Existen más de setenta textos escritos sobre Hilda Mundy que habría que comenzar a leer. El más antiguo hasta ahora es la crónica de Arsenio Minaya del 4 de diciembre de 1934, el más reciente, se deduce, el de hoy 18 de junio de 2017. A su vez, quedan pocos ejemplares aún perdidos, no disponibles en los archivos y hemerotecas consultados (cf. BB 26). Sin embargo, es posible ­–muy posible– que los dones hemerográficos nos sigan regalando nuevos textos de Hilda Mundy (y su legión). Así deseamos que sea, como así alentamos a paleógrafos, charquekaneras, coleccionistas, dumdumistas y demás anarco-reskataristas a que puedan aventurarse en tales pesquisas. Vale.







[1] Por la extensión en la cantidad de páginas, el respaldo documental de este ejemplar de La Mañana se lo puede consultar en la siguiente página digital sobre Hilda Mundy elaborada por La Mariposa Mundial: <https://www.facebook.com/Hilda-Mundy-243691966034891/>.

ALTIplaneando

Ese obscuro objeto del deseo


La cultura y el arte en la sociedad actual, o mejor, en el imaginario, en las preferencias y priorizaciones de quienes ostentan el poder (al menos cierto poder de decisión) en la sociedad actual.



Edwin Guzmán Ortiz 

Aun no se ha terminado de valorizar el rol que cumplen los espacios culturales en los procesos de desarrollo del país. Artistas, intelectuales, culturólogos, gestores culturales y algunas instituciones del rubro se han ocupado de este delicado tema, pero todavía no con el impacto necesario, y con limitada incidencia en el conjunto de la sociedad.
De este modo, todavía prevalece una concepción instrumental del arte y la cultura, como un negocio a secas, algo que en términos generales no pasa de ser un adorno, un “inteligente motivo” de distinción social, un hobby… en fin, incluso, algo finalmente prescindible. Claro, frente a las profesiones liberales y la avidez del aparato institucional, el arte es un agente superfluo y con frecuencia incómodo.
Una comprensión integral del desarrollo reconoce un lugar expectable al arte y la cultura en la historia de los pueblos. Es más, los asume como articuladores multidimensionales de la sociedad, como el rostro que otorga identidad y expresa los valores y fundamentos más profundos, traduciendo el ethos de la sociedad. Un arte y una cultura, en su más democrática comprensión, donde la manifestación de todas las identidades estéticas halle el espacio necesario para expresarse y reconocerse.
La comprensión del arte como un fenómeno autónomo tiende a crear la idea de un espacio cerrado en el que subsiste simplemente a través de prácticas solipsistas. En ese marco, sería un fenómeno elitesco, irreductible a una mayor población de receptores. La difusión del arte es una tarea que compromete a todo espíritu inteligente; de un arte que sea disfrutado por todos, sin diferencias ni jerarquías, hecho que por supuesto supone educación y fomento permanentes. 
Su amplitud y poder de irradiación atraviesa la ciencia, la religión, las humanidades, las instituciones y la vida social en su más compleja y gravitante existencia. Habrá de saberse, ¿cuánto ha iluminado la Comedia humana de Balzac en el pensamiento de Marx, abriéndole los ojos a la lectura de la realidad social del capitalismo bisoño de la época?
En el caso de Freud, no son ajenos los estudios que revelan la incidencia que tuvieron las tragedias griegas y la novela en sus investigaciones sobre las emociones y la teoría  del inconsciente. Ernesto Sabato ha fluctuado creativamente entre la física contemporánea y la novela psicológica. Foucault y Zizek no dejaron de navegar en su nave filosófica sobre las aguas generosas de una amplia textualidad literaria, enriqueciendo sus argumentos, abriendo nuevos hiatos, recreando los sentidos, incidiendo en la comprensión de otras dimensiones infrecuentes del análisis filosófico, y dotando a su discurso del don elucidatorio de la visión literaria.
Esta referencia es apenas una pincelada a lo que puede al arte, desde la literatura, en el desarrollo del pensamiento, y, ¡cuándo no!, como aparato crítico de briosos escalpelos.   
Ya Pierre Bordieu había rebasado la comprensión reduccionista del capital, en términos exclusivamente económicos. Otros capitales, como el simbólico, contribuyen además a la configuración de campos que hacen a la dinámica de relaciones de poder que estructuran la sociedad. En Bolivia, ¿qué incidencia tiene el campo intelectual, frente al campo político y económico, en la construcción de nuestra historia contemporánea?
Bolivia acusa los últimos años un crecimiento notable en el desarrollo de la actividad intelectual y literaria. La presencia de pensadores políticos y sociales de marca mundial es una constante en la escena pública, ergo: algo nuevo se agita en el imaginario y el pensamiento bolivianos. Asimismo, es un escenario permanente de eventos literarios, nacionales e internacionales. Encuentros de poetas, narradores, ferias de libro dan cabida a la presencia de prestigiosos poetas, escritores e intelectuales de diferente procedencia. Como nunca antes, lecturas, el diálogo y la interacción crítica han puesto en escena un cúmulo de temas que además de ponderar el hecho literario han sido y son cauces de elucidación temática y problemática a partir de un múltiples de obras.
Se suma a esta realidad el crecimiento editorial en el que tienen cabida nuevos poetas, narradores y géneros afines, como los cómics, rebasando las iniciativas tradicionales y la situación cultural del pasado. Una nueva pléyade de escritores y escritoras bolivianos emerge con reconocimiento internacional. Obras que, por supuesto, requieren opinión y crítica, que buscan ser difundidas y promocionadas; en fin, que demandan plataformas de lanzamiento y acercamiento con el público lector. Aquí cabe recordar aquella premisa de que la literatura halla su feliz consumación en el acto de la lectura; a propósito, metafóricamente, Borges señalaba “el sabor de la manzana no está en el fruto, sino en el contacto del fruto con el paladar”.  
No siempre ha sido optimista la opinión acerca del crecimiento de los lectores en nuestra sociedad, ahora incluso, con la francachela de las redes sociales. Sin embargo, precisamente las ferias y una apreciación general evidencia que si bien no es posible hablar de un crecimiento integral de este peligroso y excitante hábito, al menos se reconoce que hay grupos y colectivos -felizmente jóvenes- que gozan de esta práctica gratificante. No solo lectores monotemáticos -claro indicador de cambio cualitativo-, muchos redimensionando su pensamiento social y político a través de la lectura de poesía, novela y ensayo, lo que por supuesto contrasta con el expertiz tradicional de la política que pulula en los media, orondo, monocorde y unidimensional. Como si no tuviéramos una tradición de la más respetable con Franz Tamayo, Carlos Medinaceli, Augusto Céspedes,  Marcelo Quiroga San Cruz, René Zavaleta Mercado… que jamás dejaron de pensar al margen de ese background creativo que acompañó su vida y su obra.
Esa vieja y consumada pregunta de ¿para qué sirve la literatura?, podría tener su correlato en otra acaso impopular: ¿para qué sirve el fútbol?, o pretenciosa: ¿para qué sirven los gimnasios que trabajan cuerpos esculturales de personas que no tienen nada que decir?   

Esta realidad insomne, esa lluvia saludable que fecunda lo cotidiano, esos pedazos de historia que nos aluden, esa enfermedad de la perfección tienen el mérito de arrastrar esas viejas palabras que nos desbaratan y nos construyen. De palabras que -como los viejos juglares y los bailes del carnaval- requieren de escenarios para lanzarse a la exploración de la verdad, como decía el inolvidable Kafka.

Desde la butaca

Tamayo pudo ser Choquehuanca, Choquehuanca no pudo ser Tamayo


Una reflexión en torno a la revelación de los orígenes de Franz Tamayo.

Lupe Cajías  

En el suplemento cultural “Semana” de Última Hora, en abril de 1979, Mariano Baptista publicó una entrevista que tuvo el efecto de una bomba silenciosa en los círculos literarios paceños: el gran Franz Tamayo -símbolo del apogeo poético en la sede de gobierno- era hijo de indígenas.
Era conocido que Franz (Francisco) era el vástago mimado del político y culto paceñísimo Isaac Tamayo y de una indígena del altiplano. La novedad era conocer que también el padre, anónimo, era otro indígena de las fincas de la familia Tamayo a orillas del Titicaca.
El “final inesperado” a los años de investigación del periodista, historiador y biógrafo sobre la vida y la obra de Tamayo provocó la protesta de la familia Tamayo. Hace poco, Baptista Gumucio reedito el libro Yo fui el orgullo (Plural, 2015) incluyendo la entrevista mentada.
Isaac Tamayo era terrateniente y miembro del Partido Conservador, el cual junto con el Partido Liberal, marcó el inicio de una época distanciada de las primeras décadas caudillistas y militaristas de Bolivia.
Al mismo tiempo, participó en grupos de intelectuales que debatían el futuro de ese país que no lograba ser nación y el llamado “asunto indígena” que despertaba pasiones y polémicas en un contexto positivista y a la vez de redescubrimiento de lo originario como base del orgullo nacional en México, Guatemala, Perú y Bolivia.
Tamayo era considerado un indianista. Había expresado en diferentes oportunidades su oposición a las corrientes europeístas que creían en la exterminación del indio para llegar al progreso, extremos que se avecinaban en el sur de la Argentina y en misiones “civilizatorias” hacia la Amazonia, en el norte y hacia el Chaco, en el este.
Opinaba que el indígena podía ser el mejor boliviano si el Estado le daba las condiciones de salubridad e higiene, educación y mucha lectura, saberes y sabidurías acumuladas por la humanidad a lo largo de su historia.
Isaac se casó inicialmente con una dama de la aristocracia limeña. Sus dos primeros hijos murieron al poco de nacidos y él culpó esa debilidad a la unión de la raza, de “dos polos positivos”, que no podían crear verdaderas chispas. Se prometió entonces buscar una mujer labriega, joven, fuerte, y probar a sus amigos (y enemigos) de la Sociedad Geográfica que una descendencia con sangre aymara, pero instruida, sería lo mejor para Bolivia.
Encontró en Felicidad Solares el ejemplo de esposa que buscaba y tuvo con ella a Franz, Max, Adriana, Herminia, Isaac, José y Elena. El primogénito nació el 28 de febrero de 1879; la guerra y la pérdida del Litoral habrían de marcar su vida desde esa cuna en la céntrica calle Mercado de La Paz.
Cuando Isaac se enamoró de Felicidad no sabía que ella ya había pasado una época de sirwiñacu con otro colono de apellido Choquehuanca. Ese dato, ignorado por un siglo, lo reveló Max Escobari a Baptista Gumucio, poco antes de morir. Escobari era hijo de Macario Escobari, correligionario e íntimo amigo de Isaac, con quien habían compartido luchas políticas y la defensa del indígena en diferentes escenarios.
El anciano llegó a la redacción de Ultima Hora para contar lo que sabía por su padre y revelar el valiosísimo dato de la biografía de Tamayo. Contó que Isaac aceptó cuando se enteró que la muchacha estaba encinta de otro, pero desterró al supuesto progenitor a otra de sus haciendas en los Yungas. Al parecer, le gustó la idea de dar la mejor educación posible al hijo de dos aymaras y probar con más fuerza su teoría. De hecho, su preferido fue siempre Francisco, al que llevó a sus viajes a Europa, alentó en sus lecturas y estudios y protegió para garantizarle un espíritu universal. Físicamente era más moreno que sus hermanos y poco parecido a los demás.
Me tocó, en uno de mis primeros reportajes de investigación, seguir a la rama Choquehuanca en Coripata. Mariano, director del periódico, me envió ahí para completar la entrevista a Max Escobari. Curiosamente descubrí que efectivamente la finca había sido de los Tamayo, aunque no figuraba como tal en otros registros, ni siquiera en los libros del más estudioso de la zona, Xavier Albó.
Quedaban dos ramas de Choquehuanca, una de analfabetos, otra sin domicilio conocido, pero nadie aseguraba dónde pudo quedar el antiguo colono traído a la fuerza desde el altiplano.

Tamayo y los Choquehuanca
Por su parte, Franz Tamayo, también probó primero suerte con una dama extranjera y la unión terminó pronto. Se casó con una chola, doña Luisa Galindo, quien le dio los hijos deseados y le ayudó tanto en su obra como en la administración de la famosa finca en Yaurichambi.
En diferentes oportunidades destacó la pureza racial de la “india soberbia que era mi madre”. Nada de mestizaje, decía, ni de híbridos, ni de mulas, sino la majestad de milenios que se acumulan en Palenque, en Tiahuanaco. “Y aquí una vez más y para siempre: en mis venas y gracias a mi madre, no hay una gota de birlochaje putrefacto”.
Desde muy joven alternó viajes por el país más profundo con visitas a París. Abandonó las aulas escolares para recibir instrucción personalizada y mucho más amplia y dominó varios idiomas. Fue periodista y militante del Partido Radical. Publicó en El Diario su famosa Creación de la pedagogía nacional. Defendió la causa marítima desde la poesía, el ensayo, el artículo de prensa y el debate diplomático. Demostró en cualquier escenario ser un hombre sabio, culto, político con propuestas, guía de juventudes.
Muy diferente a David Choquehuanca, formado con el apoyo de las ONG, y que reemplazó los libros por las piedras. Ni culto universal, ni sabio indígena. Representó la otra medalla: las personas sin formación no pueden cumplir con solvencia funciones para las cuales no fueron capacitadas ni quisieron capacitarse, mucho menos para puestos centrales como el Ministerio de Relaciones Exteriores. Ni poeta ni maestro.


lunes, 12 de junio de 2017

Ensayo

Digamos la verdad


Una verdadera declaración para con la literatura policial de uno de sus máximos cultores en el país. Este texto en una versión más larga, fue leído en un conversatorio sobre el tema en la FIL de Santa Cruz.



Gonzalo Lema

La gente debe saber que, en la oscuridad de la noche, algo se mueve además de Santa Claus. El crimen no descansa. Hemos generado increíbles multitudes aglomeradas en ciudades, y el resultado no podía ser otro que el peligroso anonimato. En estas sociedades hacinadas, donde todos terminan siendo nadie, caracterizadas por el desafecto, ya no debería sorprendernos la mano crispada en torno a un cuchillo de matarife, a un pesado revólver o a una elegante lapicera para estampar la firma en el desfalco.
El crimen convive con nosotros como nunca. Mientras dormimos, él se frota en las sombras y se alarga, se encoje, se ensancha de acuerdo a sus caprichos y en complicidad con los faroles y la luna. Se introduce, sin abrir la puerta, a las simples viviendas, a las casonas, y a las bóvedas gruesas de los bancos y negocios prósperos. O simplemente se mimetiza en la corteza áspera de los frondosos paraísos, de los coquetos jacarandás, del espinoso y barrigudo toboroche. Estira la garra para atrapar a la niña, a la joven o a la señora. Le fascina la violencia en el sexo. El desgarre y el llanto. Mucho, la sangre. Y se retira del cuerpo yacente junto con el alma arrebatada. Se va por donde vino a su caverna. A veces, refugiado en su propia oscuridad, se desespera y llora. Casi siempre, sin embargo, se solaza sin arrepentimiento y piensa en volver a atacar.
Durante el día, el crimen puede caminar de traje y corbata, montado en Hush Puppies y, por ahora, mariconamente sin calcetines. No solo así: a todos nos consta que puede estar trajeado con blusa de seda, con chaqueta y primorosa minifalda de cuero, medias de nilón transparentes conteniendo con eficacia la carne temblorosa y friolenta de las nalgas, altísimos tacones de punta de goma, muy capaces de prolongar la pierna insuficientemente larga e intimidar al valiente. Camuflado en la elegancia, perfumes y aires de suficiencia el crimen espera su oportunidad. Está el negociado, el tráfico de influencias, la estafa o la malversación. Está el cadáver, la momia que explica el origen de tanta fortuna. La fortuna que, a su vez, explica el buen nombre, el tradicional apellido, las ridículas ínfulas de abolengo en plena y tan luchada democracia.
Aún más: visibiliza a individuos del sector social emergente, porque el crimen también pasea sobre abarcas u ojotas, y se viste con sombrero, de saco sin corbata, de pollera, de preciosa blusa con escote cuadrado y encaje y sonríe con dientes forrados en oro. El crimen, ya no lo podremos olvidar nunca más, se acuesta con nosotros. (…)
Está, entonces, la literatura policial. Así como campea la erótica en la narrativa porque erotizada está nuestra sociedad, la literatura policial, negra o detectivesca, como también se la denomina, irrumpe en nuestro horizonte de novedades librescas porque nuestra sociedad está criminalizada. Es por esa razón que afirmo con total contundencia: “La gente debe saber que, en la oscuridad de la noche, algo se mueve además de Santa Claus”.
Tengo la impresión que a la literatura policial le conviene la atalaya invertida. Es decir: no aquella que busca el cielo para narrar mirándolo todo con vista panorámica, sino la profunda atalaya enterrada que pelea con los topos, con las ratas de las alcantarillas barrosas y desagües murcielagados, que husmea en depósitos de escombros viejos, de cachivaches inútiles, y se encuentra con fetos secos, porque en esa profundidad está la mugre que se esconde, la antigua vergüenza que hay que olvidar, la misma cobardía que acabó venciendo al verdadero honor. Por eso esta literatura comienza desde lo subterráneo y asciende, cuando puede, a la luz. Su camino, y su proceso, va de tumbo en tumbo, dando manotazos de ciego, volteando las estatuas y los grandes maceteros, los íconos y los pequeños tótems, los emblemas y la chapa, pisando los ornamentales crisantemos y los fantásticos nomeolvides: pateando todo. Porque quizás nada de lo que se ve es cierto. Aunque quizás esta premisa sea falsa. La literatura policial ha inventado al detective y su bisturí para encontrar la preciada e íntima verdad.
Cada detective o investigador maneja el bisturí a su modo. Hace muy poco he leído a Cristina Fallarás en su novela Las niñas perdidas. Quiero decirles que su investigador es una mujer con un embarazo de seis meses y llora de rabia ante el peligro acechante sobre las niñas del mundo. Varias veces. Y, también hace poco, he leído a Vladimir Hernández en Indómito y su investigador, con metodología criminal, es un delincuente sentenciado que corta brazos, piernas, y mete bala a todo lo que se mueve. Otro cubano, Leonardo Padura, desarrolla un detective que farrea, en La Habana actual, inclusive con aceite de camión a falta de ron, con nítida diferencia de estilo respecto a Phillipe Marlowe que se emborracha con gimmlets. Del elegante James Bond, en las tantas novelas de espías, que toma Martini batido pero nunca revuelto. A todos les duele el dolor, aunque a algunos no tanto como se quisiera. A todos los aplasta la ruindad posible y demostrable del ser humano, pero no todos sufren bíblicamente. Advierto, no obstante, que estos investigadores están cubiertos por una pátina de real cinismo. Nunca hubo un tiempo mejor para la humanidad, ellos lo saben. Ni siquiera en la opera prima de la Creación. (…)
El investigador de la literatura policial es un ser romántico. Pelea por nosotros a pesar de nosotros. Es un incomprendido por las instituciones del Estado. Su vida corre peligro de muerte y no parece importarle. Está en el anonimato. En su mayoría, no se casan. Apenas tienen amigos porque sería inevitable comprometerlos. Son seres sentimentales con fachas de duros y algunos lloran con las letras de los boleros. Yo conocí a un investigador que, en sus tiempos libres, era árbitro de fútbol. Le distraía la filigrana tejida por la pelota golpeada, o acariciada, por los botines. Alguna vez le sucedió que se le hizo la luz mientras la pelota viajaba por los cielos y salió corriendo a atrapar al criminal ante el total desconcierto del juego.
Los teóricos afirman que el cuento es el género exacto para narrar lo policial. Puede ser. Pero el cuento se vende menos que la novela, y nadie es capaz de explicar por qué. Lo más probable: porque el lector piensa en los niños cuando le hablan de cuentos. Algunas novelas ya brillan entre lo más selecto de la literatura. Quiero decir: se codean atrevidas con las clásicas. En Bolivia, y en América Latina, las novelas policiales no “aterrizan” en el género propio, sino en el género universal. Es decir: una novela policial boliviana tiene que competir con Juan de la Rosa, Raza de bronce o El run run de la calavera. No sucede lo mismo en Estados Unidos o Europa donde ya existe el género. Esta aparente incomodidad hace que nuestra novela se esmere en su calidad literaria.
Mucha gente aún piensa que la novela policial, como esa del viejo western, sirve, mientras se viaja en bus, para paliar tanta monotonía del paisaje, pero luego recomiendan dejar el libro abandonado en el asiento. Y no es así, ni mucho menos. A tantos seguidores nos consta que El largo adiós resiste veinte lecturas o más, como también Los mares del sur. Un ciego con una pistola nos exige dos lecturas para comprenderla bien. Pulp se puede releer, siempre y cuando haya un whisky a la mano con dos cubitos de hielo. Hay decenas de magníficos ejemplos.
La literatura policial nos recuerda que las espinas de esta rosa bella y emblemática que llamamos “vida” podrían estar envenenadas.


Sombras nada más

Una puerta mal cerrada


Fragmentos del prólogo de la antología Una melancolía optimista de Luis García Montero, publicada por la colección Agua Ardiente de Plural, que será presentada en La Paz este lunes 12 de junio.  



Gabriel Chávez Casazola 

La poesía es inútil, sólo sirve / para cortarle la cabeza a un rey / o para seducir a una muchacha, apunta Luis García Montero (Granada, España, 1958) y reivindica así el carácter felizmente inservible de este oficio para propósitos utilitarios, esos que el mercado espera de las cosas y de las personas para asignarles un valor, pero a la vez aquellos que harían de la poesía una mera herramienta al servicio de otras causas. Sin embargo, como al pasar, el poeta deja dicho también que la poesía no levita en un nimbo irreal de pureza e imposibilidad: la propone eficaz para dos quehaceres humanos no menores: descabezar y seducir.  
Ese “descabezar” podría prestarse a interpretaciones asaz utilitarias, mas queda claro en la obra y pensamiento de García Montero que se refiere a la posibilidad de hacer prevalecer la propia conciencia sobre la verdad coronada; esto es, a descabezar en nosotros mismos la autoridad de que se envisten discursos y poderes que solemos aceptar de forma pasiva. En este sentido, la poesía -escribirla, leerla- sería una invitación a pensar, puesto que, como afirma en su ensayo “El oficio (Poesía y conciencia)”:
(…) el poeta representa a cualquier ser humano que pretende ser dueño de sus propias opiniones. Cuando alguien es capaz de pasar unas horas, un día entero, detrás de una palabra precisa, además de cumplir una tarea, asume un valor inseparable de su oficio: la necesidad de pensar lo que dice, de hacerse responsable de su voz (…)  El peligro de confundir la espontaneidad con la verdad es una de las primeras lecciones que enseña la poesía. Aclarémoslo una vez más: la poesía más sincera, frente a lo que se empeñan en demostrar los simples charlatanes, no es un discurso espontáneo, un desahogo biográfico, algo que sale del corazón como un vómito. El oficio implica artesanía, toma de decisiones sobre las palabras, voluntad de conciencia, disposición de tiempo para mirar y esperar”. 
Oficio y artesanía, dos “palabras trasnochadas” y “difíciles de reivindicar” -así las llama en ese mismo ensayo-, resultan recurrentes en sus textos y entrevistas: “son palabras que necesito para explicar la dedicación a la poesía, una dedicación que ha unido mi trabajo y mi tiempo de ocio, la butaca más solitaria de mi casa y las calles más concurridas. (…)
El oficio apunta a la artesanía como relato humano, como herencia: un saber aprendido a lo largo de los años y gracias a los antepasados. La vocación supone una apuesta clara de vínculo social a través del oficio, y no porque los compromisos externos invadan el ámbito propio, sino porque la inquietud personal necesita abrirse, desarrollarse, romper la frontera entre lo privado y lo público, salir de casa”.
Precisamente su poesía es un relato humano (ni ejercicio narcisista ni artificio críptico, como tanta otra) que apuesta por salir de casa a buscar un lector, una lectora en las calles de la urbe o las fronteras del mundo, pues el poeta es ciudadano en la multitud -una persona como cualquier otra: Mi nombre es Luis, / soy español, / vivo en Madrid, / en el número uno, calle Larra, / me dice usted la hora, por favor- aunque también un viajero solitario (y, por tanto, libre) -soledad, libertad, / dos palabras que suelen apoyarse / en los hombros heridos del viajero- cuyo equipaje es el poema: “La poesía nos ayuda a interpelar nuestra identidad y el orden de las cosas si la acompañamos hasta el otro lado de las cosas. Ese es el equipaje de un oficio que se encarna en la conciencia increpante del poeta: ‘Tal vez nos vamos de nosotros mismos, pero queda casi siempre una puerta mal cerrada’”.
Una puerta mal cerrada “por la que mirar hacia dentro” de la realidad; “dentro de ella y de nosotros mismos”, poeta y lectores. Pues, como anotaba antes, la poesía de García Montero va siempre en pos del otro, de los otros nosotros. Musita una confesión, abre un diálogo íntimo, instaura una complicidad. Por eso, después de leerla nos queda la impresión de haber terminado de conversar confiadamente con alguien cercano, de haberle entendido y de haber sido entendidos. Son los suyos poemas que relatan y que, a la vez, no sabemos del todo cómo, escuchan. Tal vez en esa capacidad de silencioso -y a la par elocuente- diálogo resida el secreto del alcance de su poética, que toca, que conmueve no solamente a ilustrados habitués del género sino a personas comunes y corrientes a las que tiene algo que decirles. Y además algo relevante, revelador en su cotidianeidad, en su aparente simpleza.
Escribo “aparente” ya que, en realidad, nada hay más complejo que alcanzar la simplicidad en poesía. El recurso encontrado por Luis García Montero y los otros autores de la poesía de la experiencia -nacida en España en los años 80 del siglo XX y cuya influencia, no exenta de polémica, irradia hasta hoy a sucesivas generaciones de poetas de habla hispana que la reinventan-, es el de tratar a la poesía como un género de ficción, no demasiado distante de la narrativa (que al fin y al cabo es hija de la poesía, como tantos otros géneros). 
(…) Esta manera, a la par tan clásica y tan contemporánea, de comprender la verdad poética -que además, de tal modo, se abre al conocimiento del tú desde el yo y al hacerlo redescubre el yo para sí mismo, pero también viceversa-, puede ser otra de las claves de la resonancia de la poesía de García Montero en España y, con sorprendente vigor, en Latinoamérica, donde muchos autores nos sentimos tributarios de su obra.
Hablamos de una poesía -volvamos aquí al principio- capaz de descabezar y seducir. No crea el lector que hemos extraviado en el camino de estas líneas ese último verbo. La seducción es indispensable para instalar aquella complicidad de la que hablábamos, ese puente al tú esencial del que hablaba Antonio Machado. Ese tú esencial, ese cómplice, suele ser, dentro de la verdad ficcional de su poesía, una mujer. De esta manera no solo reivindica y renueva la lírica amatoria, encarnándola en la vida urbana y cotidiana de fines del siglo XX y principios del siglo XXI, sino que nos recuerda que la poesía y sus lectores no podemos quedarnos en la solitaria libertad del viaje, con su melancolía, sin arribar a un puerto ajeno, a un futuro posible compartido (…)
Una melancolía optimista, ha querido titular Luis García Montero esta antología personal, el primer título suyo que se publica en Bolivia, en la colección Agua Ardiente de Plural Editores. Solo queda desear que este libro llame a muchas puertas, abra muchas conversaciones íntimas, conmueva, en su sentido más hondo, a muchos lectores, y que la poesía de García Montero siga trayéndonos, como hasta ahora, dignas noticias de la vida. 


Literatura

La microficción en Bolivia



Una muestra de los textos leídos en el encuentro de escritores especialistas en microficción, realizado el pasado fin de semana en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz


LetraSiete

El día viernes 2, en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz, se realizó el primer Encuentro de microficción en Bolivia, un género que aún se está desarrollando en el país pues, si bien varios narradores incluyen una que otra microficción en sus libros de cuentos, pocos son los que han publicado libros exclusivamente de este tipo de textos en los que se trata de contar una historia en pocas palabras.
Del encuentro participaron reconocidos cinco autores que cultivan este género: Teresa Constanza Rodríguez, Gonzalo Llanos, Sisinia Anze, Felipe Parejas y Homero Carvalho, quien fue el coordinador del evento. Textos de todos ellos fueron incluidos en antologías internacionales, publicados en revistas extranjeras y traducidos a otros idiomas.
“Con las redes sociales es cada vez mayor el número de narradores que se anima a publicar o postear un microcuento en el Facebook o en Twitter”, comentó Carvalho, a tiempo de ponderar las buenas perspectivas a futuro de este subgénero literario.
Después de la lectura de sus textos, los participantes dialogaron con el público asistente, en su mayoría estudiantes de colegio y escritores locales interesados en conocer los secretos del género. Del encuentro saldrá, en los próximos meses, una antología que incluirá microficciones de los cinco participantes, una muestra de las cuales proponemos a continuación.

Escondite
Teresa Constanza Rodríguez Roca

Eres perfecta, Emily. Eres mi Eva, mi Beatriz, mi Dulcinea. Qué haría yo sin ti, murmura Facundo a la hembra tendida junto a él.
Eres callada, sumisa, complaciente. Nunca me has fallado, añade el hombre y suspira profundo, antes de jalar el taponcito del ombligo femenino. La silenciosa mujer empieza a desinpffffhhh, para luego ser doblada y encerrada en un cajón de triple llave.


Trascendencia
Felipe Parejas

Roman Crawford, autor de gran número de cuentos de terror y misterio, murió de un ataque cardíaco a principios del siglo pasado. Hace un par de semanas publicó su más reciente novela.


Trazadora
Gonzalo Llanos Cárdenas

Cuando la madre se enteró que su hija se desviaba de los caminos derechos de la vida, no encontró otra que castigarla, pensando que así la salvaría. Pero la desviada, intuyendo el castigo, se escapó, se fue a recorrer el mundo. Caminando, desde tierras lejanas, le escribió una carta: “Mamá, tengo un oficio que me hace feliz: abrir caminos”.


Pachamama
Homero Carvalho Oliva

Doña Justina Cusicanqui, tierna y sabia anciana, cuenta que escuchó a su abuela relatar la historia de un aymara que, ante los porfiados sacerdotes católicos que pretendían obligarlo a bautizarse cristianamente, para que el pobre hombre redima su alma salvaje y pecadora, respondió muy sereno:
-Yo nada espero del Cielo, todo me lo dio la Tierra.