miércoles, 16 de agosto de 2017

Obra poética de Ávila Echazú

Prólogo y apuntes de edición


Este es es el texto introductorio al libro Poesía (3600), que reúne la obra poética completa de Edgar Ávila Echazú. Una versión más corta aparece en nuestra edición impresa de 88 grados.


Marco Montellano

A lo largo de 50 años, Edgar Ávila Echazú (Tarija, 1930), publicó 12 libros de poesía en tres etapas, susceptibles de dividirse tanto por la periodicidad de su publicación cuanto por la cercanía formal que en cada una de ellas experimenta y ensaya la voz poética de este prolífico autor, que ejercitó también la narrativa, el ensayo literario y publicó una magna obra sobre la historia de Tarija. El libro que tiene en sus manos reúne la poesía completa de Ávila más unos pocos poemas inéditos que completan su último volumen publicado, además –en anexo– de una cronología bio bibliográfica sobre el autor. Nos complace y honra ser parte de la celebración de las bodas de oro de una obra poética vasta, sólida y bruñida, dispuesta a completarse en las manos de los lectores de nuestro tiempo y –como suele suceder con la literatura de sofisticada urdimbre–, de los tiempos venideros. El listado bibliográfico de la obra poética de Ávila es el que sigue:

             1.      Habitante fugitivo (1965), Editorial Universitaria, Tarija.
             2.      Memoria de la tierra (1967), Editorial Burillo, La Paz.
             3.      En cautivos sueños encarcelada (1968), Editorial Universitaria, Tarija.
             4.      Elegía (1979), Editorial Universitaria, Tarija.
             5.      Elegía para Jaime Saenz (1990), Editorial El Horcón, Santa Cruz.
             6.  y 7.- en el mismo volumen: Prohibido barrer los parques en otoño y La Nao (1998), Talleres                Gráficos M.C., Cochabamba.
       8. y 9.- en el mismo volumen: Canciones para Maritza y La Noche (2015), Impresora Polygraf,                 Cochabamba.
      10, 11 y 12.- en el mismo volumen: Canciones de Don Quijote a Dulcinea; Poemas nocturnos y Poemas para mis bisnietos (2016), Impresora Polygraf, Cochabamba.

Además, en el año 1991 la imprenta de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho publicó una Antología poética, con los cuatro primeros títulos del autor. Pese a su más bien precaria edición, el libro interesa por un valioso añadido: firma el prólogo un célebre y cercano amigo del autor, a quien Ávila dedica su quinto libro: Jaime Saenz. El texto, que además de comentar la obra de Ávila evoca las décadas de su intensa amistad, está firmado en La Paz en enero de 1979.
Es oportuno añadir que la Antología poética nos sirvió como fuente de transcripción del primer y tercer libros de Ávila, de los que no pudimos conseguir ejemplares originales. En el proceso tuvimos la suerte de reunirnos en reiteradas ocasiones con el autor, quien dio su visto bueno final al libro que de esta manera presentamos.

***

                        Para honrar las imágenes las desnudo
                        y trato de rasgar sus envolturas y retorno
                        entonces a mis primigenias riberas
                        y en la larga jornada los caminos se aclaran;
                        y he aquí que reconozco los reflujos obsesivos
                        resonando en los linderos de las tardes
                        ensombrecidas por las urgencias despiadadas
                        que el hecho de ser hombre
                        engendró en el turbio lujo de las horas suspendidas.
                                              
                                                               (II, en Memoria de la tierra, 1967)

El poema es lenguaje erguido, dice Octavio Paz en su famoso ensayo El arco y la lira. Inasible y contradictoria por naturaleza, hay un gesto, una facultad esencial que soporta a la poesía: el trascender. Esta idea, repetida por el nobel mexicano, está presente en las reflexiones de autores tan distantes entre sí como Poe, Bachelard o Eagleton. La poesía trasciende moviéndose hacia la originalidad de la palabra, buceando en la ambigüedad primigenia que enflaquecen prosa y habla cotidiana. El trascender de la poesía como una afectación que altera, subvierte, conmociona, descompone y plantea novedosas maneras de organizar el sistema común y acordado del lenguaje. La poesía también como sublimación: estadio superior de la unidad esencial de las artes.
Lo primero a destacar en la poesía de Ávila es la atmósfera inconfundible en la que se inscribe su  obra. Esta unidad es a la vez determinante y distintiva en ella. “El aura en los poemas de Ávila Echazú es uno sólo; siempre el mismo”, comienza Saenz en el prólogo que le dedica a la obra antológica parcial del autor. La voz poética ondula en un tránsito entre búsqueda y descubrimiento. La mayoría de los hallazgos se obtienen del mismo baúl de las pistas: la memoria. “Ávila Echazú, a lo largo de los caminos recorridos, descubre a nuestros ojos aquellos hitos por los cuales se define el auténtico poeta alumbrando su búsqueda con un destello vital y dejando a su paso una huella en que se cifran los hallazgos, a lo largo de los años, a lo largo de la vida que se consume, haciendo resplandecer en la altura el mensaje trascendental”, continúa Saenz.

                        Cercado por la melancolía excitante
                        del joven otoño cazando pájaros en trance,
                        con la voz adquirida en los juegos míticos
                        perdidos ya,
                        así recuerdo al amor
                        cuando descubrí que en el hombre se dan
                        los adioses y los reconocimientos;
                        y, asimismo, que puede escuchar los sonidos
                        del diario conversar con la piel
                        y también las consecuencias de la traición
                        y la ansiedad y la medida de los días

                                               (Agoniza la tarde, en Habitante fugitivo, 1965)

Sus imágenes materializan en momentos plásticos. La mirada contemplativa y cuestionadora de la soledad conoce la lucidez como signo de nuevas e inacabables lecturas de los recuerdos y sus significaciones. La voz poética de Ávila indaga en el interior y es dueña de una destreza: asir los momentos trascendentales del tiempo. Capturar del instante exacto del cambio es un logro original y personalísimo del autor, casi un sello. En sus cimas, la poesía de Ávila acciona el mecanismo de la contemplación movilizadora: pinta un escenario, su pluma funciona como un retroproyector que nos muestra la fotografía mental que el ritmo propio de su palabra anima en cortos y sutiles cameos, movimientos calculados: fotos que se convierten en GIF.
En el extremo opuesto de la musicalidad cantarina y localista de los poetas tarijeños anteriores, cuyo máximo exponente es Octavio Campero, en los versos de Ávila no sucede la rima. No está en primer plano la musicalidad sino el ritmo en el que se demoran o precipitan los versos. En el largo camino de sus 12 libros utiliza, no siempre con idéntica precisión, varios modelos de escritura métrica. Logra en todos ellos, no obstante, el cometido fundamental de la versificación: alterar el continuum de la sintaxis ordinaria mediante la disposición codificada de unidades sonoras: Allí está otra vez el signo de su poética: la atmósfera sacralizada, el paso trascendental del tiempo.
Las palabras llegan con menos profusión en los poemas de su vejez: concisas, certeras, afinadas. El recuerdo sigue siendo el mecanismo poético mediante el cual Ávila no narra sino escenifica ambientes, sensaciones, reflexiones en torno a los demás… todo bajo el personalísimo encuadre de su voz poética que escoge, precisas y taciturnas, a las palabras que nominan y describen al tiempo en el cual se inscriben en búsqueda de una intensa emoción, vigorosa en la distancia:

                      Vuelvo hacia las aguas taciturnas,
                      a las indefinidas orillas donde la cúpula
                      de un gran árbol esconde el color de los días
                      y el clamor de los insectos del verano:
                      ¿quién podría desoír sus llamados?
                                             
                                                 (II, en Memoria de la tierra, 1967)

En los poemas que impelidos de afición organizativa llamaremos la segunda etapa de la obra poética de Ávila (libros publicados entre los 70 y 90), irrumpe mientras se oculta, circunda las imágenes, un enigma cuya inteligibilidad reposa en los guiños y pistas que se descascaran de la pared verbal que las soporta cual la paja de un muro reventado desde sus adobes. Se cifra aún más en su aparente simpleza, condensa la poética de Ávila con el paso de los años.
La atmósfera persiste, hay en el poeta un empeño: Observar fotos, darles play a través de las palabras que resignifican, convierten en obra a los recuerdos. El encuadre de su mirada se mueve ahora, cámara en mano, hacia los detalles. El énfasis de las impresiones primeras plasma en una acuarela. El pintor y el poeta se encuentran en el verso.
El ejercicio de la memoria como afirmación de la victoria de amar la vida, como abrigo y posición ante el presente del nombrar. En este cometido, la infancia en Ávila es fuente inagotable de materia poética, al igual que la ausencia, otro de sus leitmotiv. La palabra tejida como una telaraña dispuesta ante la ausencia.
En los poemarios de su tercera etapa, publicados todos luego de que el autor superó los 80 años, aparecen nuevos signos del quehacer poético. La escritura se ha concentrado más sobre sí misma, la voz poética se refugia en la familia y en la literatura. Donde antes estaban los padres y los hijos están hoy los bisnietos y la esposa “como se oye el nombre / de la vida / en el agua”. Donde antes estuvieron la patria y la tierra están ahora Cervantes y Góngora.
Vuelven completos los signos de puntuación, que en la segunda etapa habían desaparecido, y cambia la forma: los versos se inscriben en el centro de la hoja. Es como si los briosos versos que movían las fotos hubieran otoñado benéficamente convertidos en el sepia bruñido de la imaginería del poeta.

No seas Memoria
mi torre de Babel
con sus imposibles lenguas
que no comprendo
aunque recupere sus imágenes.

Vuelve a ser Memoria
el canto de una acequia.
                       
                                                                       (8, en La noche, 2015)


“Para algunos el poema es la experiencia del abandono; para otros, del rigor”, reflexiona Octavio Paz en el ensayo que nombrábamos al principio. Es evidente que, en la tradición poética del país, Edgar Ávila se inscribe, y en primera fila, entre los que pertenecen al segundo grupo.
Edgar Ávila Echazú y Marco Montellano (La Paz, 2016)

viernes, 11 de agosto de 2017

Nuevo libro de Paz Soldán

Los futuros de Edmundo Paz Soldán



“Una oportunidad de adentrarse en toda la complejidad de la violencia y la miseria”… así entiende la escritora y académica chilena María José Navia a la nueva novela del cochabambino que acaba de salir con Nuevo Milenio en coedición con la española Malpaso. Así la recomienda.


María José Navia

Una cárcel y, en ella, una infección. Una mezcla, sin dudas, poderosa. Una historia para sacarle chispas al talento de Edmundo Paz Soldán, a su capacidad de descripción, de meterse en la cabeza de los personajes y en sus formas de habitar la vida y el lenguaje. Una oportunidad de adentrarse en toda la complejidad de la violencia y la miseria, tal como lo hiciera, magistralmente, en una de sus anteriores novelas: Norte.
Y, sin embargo, es tanto más que eso.
Leer Los días de la peste es una experiencia extraña. Incómoda. Se trata de una historia ambiciosa, de numerosos personajes, un coro inmenso y furioso de voces tratando de entender la vida. Más que el espacio de la cárcel, atestado y complejo, llamado La Casona, por todos, lo que más impacta en esta historia es la verdadera galaxia de afectos que construye. La forma de retratar la desesperación y la belleza.

Porque a una mujer se le muere su hija y el dolor es un aullido.
Porque los presos hacen apuestas para pasar el tiempo y sus apuestas son sobre el futuro. Los cambios por venir, los próximos en morir.
Porque hay una celda en la que estuvo atrapado un líder indígena y ya las manchas de sangre no salen más. Y, al dormir en ella, solo se escuchan susurros. Silbidos.
Porque una adolescente vive en la cárcel por opción, porque el mundo allá afuera puede ser aún peor, y filma los rincones mientras tararea una canción. O una doctora decide dormir en su oficina, mientras se acumulan los enfermos por culpa de una plaga misteriosa, porque en su casa no hay personas, ni animales ni plantas que la esperen.

Hay una soledad profunda que no se va. Y cultos religiosos que intentan darle un sentido a todo lo que pasa. Los ritos que rodean a la Innombrable, o Ma Estrella, a quien deben rendírsele sacrificios con calaveras humanas (lo que inicia un tráfico de cabezas cortadas de la prisión), o los principios que rigen a quienes siguen la Exégesis e intentan entender el mundo en una comunión con los animales, así como bacterias y virus.  Dicen ellos: “Las manos, la piel, la voz, eran parte del grupo, al igual que los bichos invisibles que anidaban en el cuerpo. Todos criaturas dentro de la criatura, un mundo de otro mundo dentro de otro mundo, así hasta el infinito. Bacterias no menos que supernovas. El desafío era la armonía, el equilibrio. Eso decía la exégesis y en eso estábamos”.
Y también: “vivir es desequilibrar el mundo”. Y de este mundo desequilibrado y desbordado se hace cargo esta novela. Saltamos de personaje en personaje, de mundo en mundo, entendiendo más o menos, y viendo ese virus que se esparce, inmisericorde. Leemos cada pequeño capítulo, al principio tranquilos y luego ya no tanto. Porque a ese personaje del que nos encariñamos de pronto le empiezan las náuseas y luego ya todo es convulsión y sangre. Porque, a medida que va avanzando la novela (y, con ella, la plaga) dan ganas de ir a buscar un termómetro para asegurarse de que todo sigue en orden, de que no nos haya llegado de golpe la fiebre.
Los días de la peste recuerda la novela de Albert Camus pero en un estado más desaforado. Si en Camus el doctor era la voz que le daba sentido (o, al menos, un orden) a ese desequilibrio de la vida, en Paz Soldán tenemos todos los ángulos de un horror sucio. Y, entre ellos, claro, la voz de la doctora es importante. Un narrador en tercera persona la sigue de cerca, la observa. Leemos: “La doctora no veía a Rigo por ninguna parte. Y comprendía que la necedad del virus no era nada ante el barullo desorbitado de los humanos. El virus era lo que era, no tenía opciones. Los humanos, en cambio, se esmeraban en el desmadre cuando asomaba el peligro, en la búsqueda de salidas que no tuvieran en cuenta a todos, en la piedad hueca, tanta religión no servía de mucho”. O, en otro momento: “Como dijo una vez su profesor en la universidad, y lo había memorizado, ¿qué son los virus sino seres fantasmales, fantasmas puros que flotan en el mundo esperando poseer una célula humana para corporizarse y hacerse vida? Ahí los ve y no los ve. Todos los días. Monstruos perfectos”.
Pero también están las voces de los condenados. Del Flaco, que pierde a su familia y trata de pensar en el dolor como una objeto: “A veces creía que el dolor era un objeto pesado en algún lugar del cuerpo, un cofre que podía dejarse en algún lugar, por ejemplo cerca de los palos borrachos en el primer patio o de los chicles en los pasillos entre el segundo y el tercer patio, y se dirigía rumbo a los palos borrachos y se sentaba junto a la fuente, esperando que esa piel anestesiada reaccionara, golpeando la fuente con el estetoscopio como si con ello pudiera obrar el milagro de trasladar de ese modo el cofre en que aguardaba su dolor a otro espacio que no era él”. O de otro, solo nombrado con un número, que también se afirma de las cosas materiales para contener la angustia de estar en una celda de aislamiento: “No quiere pensar en lo que podría ocurrirle. Debe concentrarse en el botón, como le enseñó ese maestro en las minas. Su vida es eso, enfocar todas las energías en una causa pequeña hasta lograr que esa causa estalle. No quiere que el botón estalle. Solo quiere que lo acompañe para vencer los próximos minutos”.
En el epígrafe de Los días de la peste se lee lo siguiente: “Todo, hasta lo más pequeño, muestra un orden, un sentido y un significado, todo en el mundo biológico es armonía, todo melodía”. Se trata de una frase de Jacob Von Uexküll quien, en uno de sus experimentos más famosos, descubrió que las garrapatas no beben la sangre de sus víctimas por tratarse de sangre, sino que por la temperatura a la que este líquido se encuentra.
Es difícil leer la armonía del mundo biológico, adivinar notas y acordes detrás del desequilibrio y la muerte; es difícil entender la realidad de la violencia, el sistema carcelario, la brutalidad del abuso y el aparente consuelo de la idolatría, pero, mientras hacemos el esfuerzo de sintonizar mejor la antena para distinguir esa canción, la ficción sigue avanzando como un virus capaz de hacer de la vida su huésped. O, como diría uno de los personajes de esta novela: “La vida: agarrarse de la cola de un cometa”.






sábado, 29 de julio de 2017

Novela de Mauricio Murillo

Pasado y presente, memoria y legado

Sombras de Hiroshima (3600) la nueva novela de Mauricio Murillo, una de las grandes novedades de la Feria Internacional del Libro de La Paz, es una provocadora reflexión existencialista, matizada en una trama fluida y simple -en el buen sentido de la palabra- con un sólido lenguaje y una inteligente estrategia narrativa.



Martín Zelaya Sánchez

Un escritor más bien mediocre -el narrador-protagonista- está ante la oportunidad de su vida: un canal de televisión aceptó su guion para una teleserie, y empieza a producirla. ¿Logrará este éxito laboral llenar sus vacíos, enterrar sus obsesiones y traumas?
Obsesiones y traumas, anotamos y así es, la nueva novela de Mauricio Murillo es una constante vista al pasado, o mejor aún, una muestra de la terrible convivencia de presente y pasado.

Presente 1. El protagonista, de quien nunca se sabe el nombre y a quien se intuye bordeando la treintena, encara la vida sin entusiasmo ni ambiciones, pero tampoco con desolación o culpas. Al margen de su ocasional rol de guionista, huye de la soledad con la mayor cantidad de tragos posible, y junto a Elena y David, una pareja de amigos anarquistas que coquetea con el terrorismo.
Pasado 1. Precisamente Elena y David empiezan a escarbar los fantasmas de su amigo cuando se obsesionan por la extraña manía del abuelo de éste, que coleccionaba fotos de las sombras de Hiroshima (cuando la bomba atómica cayó sobre la ciudad japonesa, se produjo una temperatura tan alta que siluetas de personas y objetos quedaron tatuadas en pisos y paredes), y de fenómenos naturales: siameses, malformaciones, etc.
Pasado 2. Y ni siquiera en el prometedor nuevo empleo puede escaparse. Uno de sus colegas -Mirko Maidana- resulta ser un conocido de su pueblo que lo atormenta con la historia de Alicia Villanueva, amiga inseparable del protagonista en la infancia, salvajemente asesinada años después.

Esta novela habla sobre el legado y la memoria, sobre las marcas indelebles: las sombras son el reflejo de una presencia, pero las sombras de Hiroshima son el reflejo eterno de una ausencia. A partir de este concepto el autor arma una historia pesimista, pero absolutamente a tono con la crisis existencial acaso más aguda –aunque desapercibida- de las generaciones del milenio.

“Lo más difícil es despertarse. Saber que no hay nada por lo que uno quiera salir de la cama. Ahí está todo ese peso inmaterial que a veces es impuesto nomás”. (Pág. 27)

Presente 2. El argumento de la teleserie: un detective llega a un pueblo en las riberas del Titicaca a investigar la muerte de un hombre. En medio de una fiesta devocional, en el pequeño poblado se identifica a un hombre que acaba de despertar amnésico (¿Memoria? ¿Olvido?), y al asesino que se niega empecinadamente a hablar.
Pasado y presente: como las de Hiroshima, medio siglo atrás, el protagonista da con su propia imagen devastadora: una foto de la escena del crimen de Alicia, en la que se podía notar la silueta de la joven grabada en un charco de sangre).
Legado y memoria, también… pero fiel a su intento –muy remarcable, por cierto- por reflejar algunos de los rasgos de estos días ya no tan de inicio de milenio, Murillo da cuenta del ineludible signo de la contradicción en que vivimos; y lo hace, bellamente, desde un personaje marginal: Norma, la esposa paralítica de su abuelo quien desolada por su postración, decidió no volver a hablar nunca más.

“Norma había elegido el silencio. No podía mover nada aparte de sus ojos, pero todos sabíamos que podía hablar. No pude comprender. Podía haber entendido que quisiera matarse (…) Lo que no pude comprender jamás es que alguien quisiera dejar de hablar para siempre”. (Pág. 60)

Inmediatamente después de este párrafo, Murillo, en la voz de su narrador-protagonista, escribe: “Habitamos el mundo, que no es un lugar lindo, a partir de lo que podemos nombrar”. Es decir, renunciar al lenguaje es despojarse de uno mismo, sacrificar, por consiguiente, cualquier legado; negarse a sí mismo la posibilidad de la memoria. A no perder de vista que el silencio no necesariamente es igual en todo o para todos. Norma lo busca y asume, el asesino de la teleserie, se ve obligado a él.
Pasado y presente. Memoria y legado. Contradicción y obsesiones. Una frase que el guionista recuerda en boca de su abuelo confirma esta cadena de ideas-temas-inquietudes y, de paso, sirve como muestra de algunos de los picos encomiables en el trabajo del lenguaje del autor:

“Cuando se acabe todo, o sea, la vida de una persona, o sea, la mía, que es la única vida, se van a parar los relojes a la misma hora. [¿Cómo en Hiroshima?] La edad del mundo, de lo que existe, es la edad de uno mismo y es en ese momento en que llega el fin. (Pág. 79)

El cuerpo es una grabadora de nuestra vida. La muerte, es el apagarse del cuerpo. El dolor, los traumas y obsesiones -no pocas veces el legado más tangible del pasado- son una cicatriz que se graba para siempre y que solo se libera con la muerte.


PD. No quiero olvidarme de la portada. No siempre se le da la importancia que tienen a las tapas de los libros: la cara, la imagen primera. Y Sombras de Hiroshima tiene una portada extraordinaria. Punto alto para el diseño de Camila Jaimes… y para la editorial 3600, por supuesto.



lunes, 26 de junio de 2017

Comentario

Eduardo Mitre tras la poética
del retorno y la nostalgia

Una lectura de Las puertas del regreso. Nostalgia y reconciliación en la poesía hispanoamericana (Plural, 2017) el nuevo libro de Eduardo Mitre, un lúcido ensayo seguido de una antología de 26 poetas cuyas obras se vieron atravesadas por la ausencia y el regreso.



Martín Zelaya Sánchez

En su libro Viajes y otros viajes, Antonio Tabucchi escribe: “posar los pies en el mismo suelo durante toda la vida puede provocar un peligroso equívoco, el de hacernos creer que esa tierra nos pertenece”.
La ausencia -voluntaria, eventual; obligada, definitiva-, el regreso y, por consiguiente, la permanencia (arraigo o fugacidad) son temas trascendentales a la poesía de todos los tiempos -junto con muy pocos otros; amor/desamor, vida/muerte, etc.- y Eduardo Mitre, versado como pocos en la reflexión en torno a la poética -más allá de su innegable valía como vate- nos presenta un precioso libro dedicado a esto: Las puertas del regreso. Nostalgia y reconciliación en la poesía hispanoamericana (Plural, 2017).
“Este libro -explica el orureño en el prólogo- es un viaje por la experiencia del retorno en las obras de poetas hispanoamericanos contemporáneos. Va de Ramón López Velarde hasta autores como Pedro Shimose, Raúl Zurita y Jorge Galán, pasando por Huidobro, Neruda, Paz y otros clásicos de la poesía hispanoamericana de vanguardia”.
Pero además del estudio riguroso de estas búsquedas e intereses (ausencia-retorno) en poemas de 26 autores, Mitre, como bien nos tiene acostumbrados en libros como Pasos y voces, ofrece además una segunda parte con una antología en la que recoge las creaciones que lo inspiraron. Por ejemplo, No vive ya nadie, del enorme César Vallejo:

“-No vive ya nadie en la casa -me dices-; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo...”.

Vamos a trazar una breve lectura de las lecturas -valga la redundancia- de Mitre sobre los cuatro poetas bolivianos incluidos en el libro: Octavio Campero Echazú, Jaime Saenz, Pedro Shimose y Jesús Urzagasti, pero antes se hace necesario identificar rastros de ausencia y retorno en la vida y obra de este orureño de nacimiento, cochabambino de crianza y residente hace ya varias décadas en el exterior. En su artículo “La suma poética de Eduardo Mitre”, en el que Adolfo Cáceres Romero hace un sucinto recorrido por la trayectoria de su amigo, escribe:

“…Cochabamba era el vacío, la ausencia sin esperanza; pronto emprendió su primer exilio voluntario, en parte siguiendo el recorrido de [Edmundo] Camargo, sobre todo en Francia. Estuvo en Niza, hasta 1968, año en el que estalló la rebelión estudiantil; entonces, el Gobierno hostigó a los estudiantes hispanoamericanos. Mitre tuvo que abandonar ese país. Feliz retorno para nosotros. Puso en escena, en el teatro Adela Zamudio de Cochabamba, su poema escénico Pastor de una ausencia, que nunca fue publicado”.
Morada abre sus páginas con una cita de Octavio Paz: “es el centro del mundo cada cuarto”, verso muy significativo, por cierto, por cuanto el “cuarto” es la “morada” con la que Mitre anima recurrentemente varios de sus poemas, pues de algún modo le hace dueño de un espacio recobrado, a fuerza de vivir de sus añoradas experiencias, entre las cuales están: su hogar, sus libros y autores favoritos (…)”.

Los bolivianos
Después de repasar las “idas y venidas” en la vida y poesía de López Velarde, Mistral, Vallejo, Huidobro y Borges, Mitres recala en Octavio Campero Echazú. Se detiene en el poema Porque van diez años, un relato del desarraigo del migrante que parte en busca de un mejor destino (laboral, económico) y al volver a Tarija se hace patente su triple pérdida: de identidad (no se reconoce más), de reconocimiento (no lo aceptan más) y de amor (no lo esperan más).

“Porque van diez años / que dejé mi tierra, / ya nadie me quiere / conocer siquiera”.

Luego viene Jaime Saenz con su La piedra imán, “una experiencia de regreso o de varios regresos” a la eterna y única (para él) La Paz. Centrándose en especial en el capítulo XXV de esta prosa poética, Mitre identifica la imagen e idea predominante de “reincorporación”, palabra que aunque aparentemente daría cuenta de una contraposición al retorno fallido de Campero Echazú, en el fondo no. El pasado permanece, pero no existe; solo es memoria, solo es rememoración, un espectro, una irrealidad para el que vuelve, para el que intenta volver a él. A fin de cuentas, reflexiona Mitre, “el regreso al pasado es imposible, pero el pasado es decible, evocable, representable. El deseo apela a la escritura como a una piedra imán que lo atraiga al presente, y eso es lo que hace Jaime Saenz en su gran obra poética y narrativa: escribir (revivir) la ciudad y los habitantes de su infancia y juventud…”.

“Vuelvo de años. / Ya todo lo había olvidado, ya nada recordaba. / Y he aquí que ahora las cosas vuelven a ser las de antes, / y ya todo…”.

El tercer boliviano incluido en Las puertas del regreso es Pedro Shimose, a quien no duda en calificar de “poeta del exilio”. Se vale Mitre de varios poemas del beniano para destacar dos signos que marcan sendas etapas en su ars poetica: el dolor por la expulsión y la añoranza de su patria, y experiencia agridulce del retorno (momentáneo). Al contrario de Campero Echazú y Saenz, más pendientes de lo territorial-espacial, Shimose escribe siempre con el trasfondo del amor y un evidente “sentimiento de ajenidad” debido a la apropiación que en largos años hizo ya de su nuevo hogar, de su nueva patria de acogida, a la que, desde luego, también extraña-deja-retorna. “Nostalgia doble -escribe Mitre-: espacial por Madrid y temporal por la juventud, ligadas ambas a una presencia: la esposa”.

“A 10.000 kms. de ti, descubro / a un hombre / acostumbrado a otro país, / a otra ciudad, / a otras amistades. / Mi país: / humo de nostalgia, / casi un sueño…”.

Finalmente está Jesús Urzagasti. “Poeta del viaje -escribe el autor-,  Urzagasti también lo es de la permanencia, del viaje interior, de las raíces”. Como todo buen lector tanto de los versos como de la prosa del chaqueño, a Mitre le es fácil identificar una constante: el verbo “volver” como señal no ya solo del retorno, sino en esencia del desprendimiento. De Campo Pajoso al monte chaqueño, del monte chaqueño a La Paz, y de La Paz al mundo. Un periplo crucial, permanente, repetido… pero siempre con pasaje de retorno.
El trasfondo, el eje tangencial -a no olvidar- es siempre la muerte, viaje final y definitivo. El único sin retorno.

“No caminaron en vano los que un día partieron / aquí están de vuelta con todas sus palabras / y con un silencio muy antiguo en la mirada. / Pensé que nos íbamos a extraviar en el gran mundo / creí que todo se extraviaría en el gran ruido de los días / y que la noche nos esperaría con otra fachada / de modo que sufrí sin anticiparme / al milagro de las pérdidas…”.
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Epílogo
(Fragmentos)

Eduardo Mitre

(…) La figura arquetípica de Ulises propicia varios poemas de la selección, de manera más directa y recurrente en Borges y en Montejo, y va implícita en Raúl Zurita al enfrentarse al mar de desaparecidos de su patria. En los tres poetas, Ulises constituye un modelo afirmativo de la condición humana. Contrapuesta a la exultación del héroe, Olga Orozco asume una perspectiva crítica que proyecta sombras sobre el héroe, asimilándolo a la codicia, a la conquista del poder. Ulises ejemplificaría la hibris o desmesura tan reprobada por la filosofía y los trágicos griegos. (…)
En la mayoría de las experiencias del regreso predomina la decepción, el chasco derivado del choque entre la realidad añorada y la reencontrada, de tal manera que en casi todas se cumple el aserto que inspiró este libro: el mal del exilio es la nostalgia; el mal del retorno, la decepción”. La llegada comporta casi siempre un trauma por el carácter fantasmal que reviste el espacio del retorno y el consecuente desconcierto que se apodera del sujeto ante una realidad cambiada al punto de serle irreconocible. El regresado pisa un territorio minado de interrogaciones referentes tanto a su identidad como a su entorno transformado o trastornado: ¿Dónde estoy?, ¿a qué he venido?, ¿quién soy?, son preguntas recurrentes tanto en los poemas de Huidobro y Neruda como de Paz y Eugenio Montejo.

Territorialmente hablando, en varios poemas el retorno no traspasa el umbral de la casa, sino que se detiene a la puerta o en los alrededores, en el paisaje que la circunda. De ahí el suspenso o final abierto en que concluyen varios de ellos. Lo que sí hay, propiciadas por el retorno, son rememoraciones de la casa y de la infancia. En rigor, son reminiscencias: escenas y escenarios súbitamente alumbrados por la memoria en los cuales el sujeto vuelve a ser niño por un instante que se disipa ante la conciencia de la “blanca tempestad del arena”, que es el tiempo irrevocable e irreversible. Sin embargo, hay excepciones: la primera, la más clara, es la de Borges, en quien el regreso es un júbilo pausado. Otra es Regresó el caminante, de Neruda, cuyo vitalismo postula a una reconstrucción acorde con el progreso, y a una recuperación de su Temuco natal; finalmente: El estanque colmado, de José Galán, remata esa senda venturosa. La excepción más compleja y rica: la de Octavio Paz, por las múltiples perspectivas que abraza su escritura del retorno. Igualmente destacable la oscilación que distingue a los retornos en Benedetti y Pedro Shimose, en quienes al debate interior, incluso al rechazo que suscita el retorno, le sucede la reconciliación. (…)

Cartas

Carta de despedida


En su columna final, el autor despide a LetraSiete y recapitula la esencia de sus dos aportes periódicos: “Cafetín con gramófono” y “La pelusa que cae del ombligo”.



Omar Rocha Velasco 

Querido Martín,

Gracias por el espacio y por la tarea que emprendiste, participé del suplemento con dos columnas, “Cafetín con gramófono” y “La pelusa que cae del ombligo”, en la primera me dediqué a reseñar y comentar revistas literarias y culturales bolivianas, ya del siglo XIX, ya del siglo XX, ya del siglo XXI.
Como varios otros en Bolivia fui cautivado por esa inagotable tarea de trabajar con papeles amarillos y antiguos, un afán que cada vez tiene menos cabida en nuestro medio (y en otros, me imagino) donde la actualidad entra con paso de parada y la noticia de lo que está aconteciendo en el presente es lo que se prioriza. Siempre me acuerdo de algo que cuenta Carlos Medinaceli: sus peleas con las “ancuqueras” por los gangochos de papeles que vendían por arrobas, él quería ordenar esos papeles, reseñar revistas viejas, hacer una historia de la prensa en Bolivia y las ancuqueras querían hacer cucuruchos para vender sus golosinas, me imagino que la pelea era encarnizada, pienso que es una maravillosa escena cultural que explica muchas cosas que pasan en el país.
Hacer una historia de las revistas literarias en Bolivia es un anhelo extraño porque ya en sí mismo está presente el fracaso, la falta, la incompletitud, la impotencia. Cualquiera que se puso a buscar alguna revista antigua sabe que nuestro mal de archivo es no solamente el poder sobre el documento, su posesión, su retención o su interpretación, nuestro mal de archivo también tiene que ver con una precariedad exasperante. En todo caso está el afán, la tradición de una pretensión que suma y sigue y sigue.
Justo encontré una frase que la iba a poner en mi próxima columna, pertenece nada más y nada menos que a Ismael Sotomayor, otro de los grandes papelistas a quien debemos tener siempre debajo de la almohada: “Teniendo, como tengo, notas y materias suficientes inéditas, publicárase pronto la Historia del Periodismo y la Imprenta en La Paz, ensayo en el que trataré ampliamente de la evolución tipográfica de esta ciudad del Illimani”. [Sic.]
Ja, ja, ja, ¡qué maravilla! No dejo de festejar con aplausos y volteretas estas intenciones que, aunque no tuvieron concreción, entusiasman, hacen que las bodas de Camacho se lleven a cabo dentro de tu corazón. Por los textos que escribí pude sentirme parte de esa tradición, gracias por eso.
La otra columna fue más miscelánea, algunos apuntes, algunas reflexiones, algunos escozores. El nombre lo explica muy bien, quise ofrecer esas pelusas que algunas mañanas se han producido, sin saber cómo ni por qué, en tu ombligo. Más allá de la metáfora, esas pelusitas que puedes extraer haciendo una pinza con tu índice y tu pulgar, son una evidencia más de tu próxima muerte. Siempre he tenido la impresión de que es tu cuerpo que se va yendo cada día en forma de pelusita, así como cuando te despiertas y ves un cabello tuyo muy pegado a la sábana. Por eso puse como encabezado el siguiente texto:

Cada vez que dejo de estar solamente acostumbrado a estar vivo, veo caer una pelusa del ombligo, “muero y estoy” digo. Nada más hermoso que la sentencia de Anaximandro: “De allí mismo de donde las cosas brotan, allí encuentran también su destrucción, conforme a necesidad; pues ellas mismas se pagan mutuamente expiación y culpa por su injusticia, conforme al orden del tiempo”. Comparto y pergeño algunas palabras, entrego esas pelusas que caen de mi ombligo.

Gracias por dejarme compartir esos textos.
Quizá un afán más “periodístico” y más integrado al periódico sustituya a LetraSiete, no sabemos, aunque intuimos, en qué derivará el cambio anunciado, ojalá sea algo bueno. Lo que sí se puede decir es que LetraSiete fue agüita fresca en medio del desierto. Muchas gracias por eso.  
Los textos que se publican en los periódicos tienden a desaparecer rápidamente, ya lo decía Cortázar en su texto “diario a diario”: [un señor se encuentra en el banco de una plaza un diario, que en la mañana estuvo debajo de un brazo] luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de algunas excitantes metamorfosis. 
En nuestro medio quizá eso de las acelgas no sea tan cierto, lo que sí podemos imaginar es que los periódicos fácilmente se transforman en acolchonamiento para llauchas sabatinas o domingueras. Por eso me parece un gran acierto que los textos publicados en LetraSiete estén al alcance de cualquiera en la red, algo así como esas botellas perdidas que tienen un papelito que hará sentido en el futuro.

Un abrazo Martín.




Patio interior

Tres poemas chinos



La poesía china y la traducción, en general, fueron dos ejes capitales de esta columna. A modo de despedirse, y además de unos párrafos con una despedida explícita, el autor nos regala tres poemas por él traducidos.


Juan Cristóbal MacLean E.

Re traducidos de las versiones al inglés de Kenneth Rexroth, los dos primeros son de la poeta china Sun Yün-Feng (1764-1814) y el último de Du Fu (712-770).

Pasando por Chang-Te

El viaje del año pasado quise este lugar.
Hoy me gusta volver  aquí.
El mercado de pescado se sumerge
en azules sombras.
Veo elevarse el humo del té
desde el techo de paja
de una posada.

Las arenas del río y sus playas
se hunden en la blanca luna.
Los juncos de la orilla
aguardan verdes primaveras.

Pasa un poema dentro mío.
Hago parar un rato
el carruaje.
-



Yendo por los cerros

Viajo llena de añoranza
por culpa del Viento del Oeste
y con la polvareda de mi carro que se eleva
hacia las nubes del poniente
cuando ya zumban las últimas cigarras
entre las hojas amarillas.

Al ponerse el sol la sombra de un hombre
se agranda como un cerro.
Uno a uno los pájaros se esfuman.

Voy vagando sin dirección
Y nunca voy a casa.

Me detengo ante un arroyo y envidio al pescador
Sentado a sus anchas en su soledad
embebido en elegantes pensamientos.
-


El palacio de la flor de jade

Se enrosca el arroyo. Susurra el viento
entre los pinos. Escurridizas ratas
sobre los mosaicos. ¿Qué príncipe, hace mucho
construyó este palacio, ahora en ruinas
junto a los peñascos? En sus negros cuartos
fantasmas de hogueras. Los destrozados empedrados
ya sólo rastros. Diez mil instrumentos
silban y rugen. La tormenta dispersa
las enrojecidas hojas del otoño.
Las muchachas que danzaron
son polvo amarillento. Desvanecidas
sus mejillas maquilladas. Idos sus carruajes
de oro y también los cortesanos. De su gloria
sólo queda un caballo de piedra.

Me siento en el pasto y empiezo un poema
pero me sobrecoge la emoción. El futuro
imperceptible se desdibuja. ¿Quién
puede decir qué traerán los años?
--


Despedida. Hados y letras

Entre las definiciones de revistas, suplementos y afines, la de Gabriel Zaid es una de las más prácticas y que mejor cuadra con sus efectos: que sirven para elevar el nivel de la conversación ciudadana. Con la desaparición de LetraSiete, dicho nivel amenaza con bajar entre sus lectores, por mucho que lo haga en un grado mínimo y casi metafóricamente. Pero el problema no solo es de los lectores aficionados, para algunos de los cuales, iluso imagina uno,  disminuirá ahora el sabor de los domingos. El problema, quizá mayor, es más bien para todos los que escribíamos regularmente en el suplemento y que somos, no cabe duda, los primeros damnificados. ¿Qué haremos ahora? ¿Nos ofrecemos en masa y otra vez gratuitamente a seguir escribiendo/publicando en otra parte? ¿Cuál? ¿En otro país imaginario? ¿Dónde llevamos nuestra charla?
Eso es lo malo de los que crecimos a la sombra de periódicos, suplementos, columnas, etc. La maldita y dichosa suerte de quienes tuvimos que entregar la página hasta tal hora y punto. Y lo haces. No habiendo eso, quitado el compromiso y la pequeña obligación así (auto)impuesta, que inmediatamente ya se ponen a rondar las sombras de la pereza, la dispersión, la procrastinación. Habrá otros, seguramente, que dirán que escribir les arde tanto que no importa, que no pararán. En cuanto a mí concierne, debo confesar que ese no es mi caso. Lo cierto es que escribo solamente a la fuerza, solo tras haber sorteado todos los pequeños pretextos con que ir postergándolo, con una especie de furtiva indisposición. Eso sí, ya puesto uno a escribir y adentrado en las líneas, de pronto se halla cabalgando un potro veloz y arisco, al galope o a punto de caer, pero inventando otro horizonte, recorriendo senderos que uno mismo desconocía, sintiéndose vagabundamente cumplido al hacerlo.
En todo caso, ¡fue muy precioso, hasta ahora, sentarse en torno a la hoguera tipográfica! Con Rodolfo Ortiz, Omar Rocha, Gabriel Chávez, Alan Castro, Martín Zelaya y tantos más (horror: ¡puro hombres!)… 
Ahora, apagada esta hoguera, quizá  yo mismo resulto ser el que más corre el riesgo de enfriamiento y consiguiente bajón de temperatura, pues lo que vine haciendo en mi columna, Patio interior, en realidad y simplemente era escribir un libro por entregas. Hasta la anterior, todas ellas juntas y apretadas sumaban 97 páginas y media.  Normalmente, con la de hoy hubieran superado las 100 páginas. Pero la entrega de hoy no cuenta, pues ya no pertenece a la misma serie. El tema que hubiera tocado dentro de ella (ya escrito hasta la mitad, con el título de “Oralidad, escritura y paraíso”), hubiera sido más árido y urgentemente necesitado de continuación, así que no convenía ponerlo. Cabe solo despedirse.
Aparte de esa referida dubitación personal, y tomando muy en cuenta el desastre al que nos vemos enfrentados los antiguos escribientes de este ahora exsuplemento, no hay nada, como de costumbre en las horas malevas, que afrontarlas con unos latinajos. Por ejemplo este aforismo medieval:
Quod vitare nequis, audaci suspice mente, que es algo así como: ¡ya que jodida la cosa, con audacia piensa algo!
¿Y tendré yo mismo entonces la audacia necesaria para seguir por mi propia cuenta, parte a parte escribiendo ese libro, cuyo plan general y mapa estaban ya más o menos  claros?

Nada es seguro. Sin embargo nos queda, a todos los damnificados, confiar en las palabras de Virgilio: “Fata viam invenient”. Es decir: Los hados encontrarán el camino. ¡Salud!

Letra sincrónica

Twin Peaks y las continuidades

Si no es de la mano de David Lynch, ¿qué más esperamos para convencernos que lo mejor del mundo audiovisual estadounidense hoy, está en las teleseries?



Alan C. Riveros 


a Patricia Riveros con cariño

Telesistema boliviano
Alrededor de los diez años me encantaba la televisión. La veía donde fuese y a cualquier hora del día. Sin embargo, en las noches debía decidir entre dos opciones: la tele de los abuelos o la de mi mamá. Generalmente me decidía por los programas de mis abuelos, usualmente series gringas y telenovelas brasileras que duraban meses. Mi mamá, en cambio, prefería las películas y las series le parecían pueriles.
Así era la cosa, hasta que una vez en 1991 mi mamá puso al canal dos y empezó a ver Twin Peaks. Ambos coincidimos que esa serie era una maravilla y la esperábamos todos los domingos.
Aquel año, el cineasta Paolo Agazzi (actual director de la serie Sigo siendo el rey) era jefe de programación de TSB, canal dos. Agazzi, quien tuvo la amabilidad de recibirme hace algunos meses en su oficina de Sopocachi, me contó cómo encontró la serie en uno de los mercados de la época y el interés que le generó la idea de una serie de televisión dirigida por un director de cine.
“Vi Twin Peaks, había escuchado hablar, pero me llamaba la atención David Lynch. Y luego voy, me intereso y me dicen: ¿solo para Bolivia? Querían algo más. Y después me dicen que hay un distribuidor, Mario Bayá, que había dado la primera opción... A Twin Peaks nadie le daba bola porque eran ocho capítulos, no era telenovela... Entonces tuve que rogarle al señor Bayá casi un año para que concrete, porque él tenía la primera opción. Pero yo tenía la primera opción con él y claro, así fue como llegó Twin Peaks... Twin Peaks es la serie que empezó a redirigir las series, marcando la diferencia entre la soap opera o la sitcom. Y ese su ambiente, esos personajes raros... Es decir, le ha metido un toque no realista”, me explicó Agazzi.
Por supuesto, hace 25 años no sabíamos que aquella serie encarnaba un trastoque en el mundo de la televisión y, por oleaje, en el cine.

La influencias recíprocas
Twin Peaks se canceló en 1991. Aquí en Bolivia -en 1992- sencillamente dejó de emitirse de un domingo al otro. Junto con mi mamá estábamos tristes y coléricos. La cosa no podía quedar así. La serie había dejado muchos cabos sueltos. El final de la segunda temporada abría un nuevo mundo que queríamos conocer, más allá del misterio del asesinato de Laura Palmer ya revelado a mitad de temporada.
Lynch sabía que había dejado colgando algo muy grave en el aire, y en 1992 hizo la película Twin Peaks: Fire walk with me. Esta película lleva la trama de la serie a un misterio mayor. No la vi sino hasta los primeros años del siglo XXI, cuando descubrí el nombre del director y me interesé de verdad en el cine.
En todo caso, las influencias recíprocas entre una serie de televisión y una película siempre estuvieron presentes en la obra de Lynch. Cabe recordar que el director grabó un final para el episodio piloto de Twin Peaks en 1990. Este hubiese sido pasado como largometraje en caso de no ser aceptado para la producción de una serie. Las escenas para este “final” son precisamente las que le dieron el toque “no real” a la serie y permitieron su vigencia.
Por otro lado, Mulholland Drive, la película de Lynch más aclamada por la crítica, estaba pensada como el piloto de otra serie -que no fue aceptada. Lynch tuvo que filmar escenas extras y cerrar la historia. El fracaso de Mulholland Drive como serie le dio una estética singular al largometraje, y Lynch renovó un sistema creativo que llegó hasta su última película Inland Empire (2006). Respecto a las posibilidades creativas de la estética serial, Lynch dijo: “Me gusta la idea de una historia continuada... y la televisión es mucho más interesante que el cine ahora. Parece que el cine de autor se ha ido al cable”.

La estética serial y la historia del cine
Si uno le da una chequeada a la filmografía de David Lynch, intuye que un viaje por ella lo puede llevar desde el expresionismo alemán a las series de televisión, pasando por el road movie, los westerns y con retrovisor a la pintura. A lo largo de esa historia, de paso, se podría ver la continuidad de una estética inconfundible. Esto es posible gracias a la última temporada de Twin Peaks, estrenada el 21 de mayo de 2017.
Hace dos años se anunció el regreso de Twin Peaks, 25 años después de su estreno, confirmando así la frase que Laura Palmer le dice al detective Cooper en el capítulo final de la segunda temporada: “Te veré de nuevo en veinticinco años”. De hecho, David Lynch se animó a retomar la serie gracias a este oráculo.
Lynch pensó la nueva temporada de Twin Peaks como una gran película de dieciocho horas. Las dos primeras horas fueron estrenadas este año en Cannes, en medio de algunos puristas que buscan restringir los estrenos de producciones hechas por la televisión por paga. La tirria de los críticos con respecto a las series de televisión está basada en la supuesta falta de independencia de estas, pues tendrían un control comercial de los empresarios y no tanto de los realizadores. Sin embargo, para que Lynch aceptase la producción de la tercera temporada de Twin Peaks, pidió el control creativo total de la serie y hasta de su estrategia de marketing, confianza que nunca le dieron ni los críticos ni los distribuidores ni los empresarios de cine después de Inland Empire.
En una entrevista, Lynch dice: “Yo creo que los largometrajes están en problemas y el cine de autor está muerto. Que la televisión por cable sea el lugar para una historia continua es una cosa hermosa”. A tal afirmación, el entrevistador pregunta por qué piensa que el cine de autor está muriendo. Y Lynch responde: “No muriendo. Muerto”.
Por su lado, Paolo Agazzi me comentó lo siguiente: “El cine de Hollywood está en crisis. Puede haber los dibujitos animados, pero además de los superhéroes y alguna de terror... no tiene nada... Para mí el talento en este momento de Norteamérica está en las series”.

Epílogo
Un día a finales de los 80 mi mamá llegó a casa con una sonrisa de oreja a oreja después de ver El último emperador (Bertolucci) y comentó la película con detalle. Las veces que vamos a almorzar al Eli´s del Monje Campero, ella se entusiasma con la foto de Malcolm McDowell y aclama su actuación en La naranja mecánica (Kubrick). Sin embargo, ahora el cine le parece pueril y prefiere ver nuevamente Twin Peaks para engancharse con la tercera temporada, 25 años después.

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La nueva televisión y la dirección que toma el cine no son las únicas cosas que han sido transformadas por la red y la accesibilidad informática. Muchos otros medios están en crisis mientras otros surgen o resurgen. En todo caso, hasta pronto a los lectores de esta columna.