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jueves, 31 de julio de 2014

Ofertas para la FIL La Paz 2014

Ocho libros: ocho propuestas y sugerencias para la Feria del Libro

Sí tiene ganas de comprarse algunos libros pero aún no sabe cuáles, le presentamos a continuación una selección de fragmentos de ocho de las más representativas novedades literarias nacionales para este versión de la FIL La Paz.

Martín Zelaya Sánchez

¿Cuál es la mejor manera de elegir un libro entre cientos o miles en una librería o, en este caso, en una feria del libro? Más allá del boca a boca, la recomendación de amigos o gente con conocimiento probado, se suele recurrir a reseñas o críticas literarias, o simplemente a la trayectoria y solvencia del autor en cuestión.
No obstante, a decir de muchos, no hay modo más infalible de convencimiento que probar un poco de la prosa, el estilo, la impronta del escritor, y para ello lo mejor es hojear al azar un párrafo a o dos antes de decidirse.
Acaba de arrancar la XIX Feria Internacional del Libro de La Paz, y a modo de invitación-incitación, se nos ocurre acercarle al lector fragmentos, trozos, pequeñas dosis de una decena de las más interesantes novedades de la literatura nacional, antes incluso de que pueda hojear los libros en los estantes del Campo Ferial Chuquiago Marka.
Novela, cuento y ensayo, destacan en la propuesta de cuatro casas editoras. Esta es sólo una muestra, una propuesta o sugerencia. La decisión es suya.

About, el encanto de las golondrinas
Lourdes Reynaga
Novela
(Editorial 3600)

El niño no pasaba de los ocho años y tenía ya grabada en la mente una sensación incómoda que nunca olvidaría. No la misma sensación, aunque sí originada por el mismo evento, que la madre tampoco podría olvidar.
Primero, el grito en la cocina, el niño corriendo desde el jardín para encontrar a la madre encaramada en la mesa, con las piernas recogidas y la mirada de horror persiguiendo un movimiento diminuto. “Una araña”, conjeturó el niño, acostumbrado a los temores de la mujer, pero la cosita, muy gris, tan peluda, le mostró de inmediato el error. Después, un nuevo grito de la madre, esta vez ahogado por la mano, en ese vano intento de contención que parece estar destinado a no alarmar al otro pero que en realidad es egoísta y se ocupa sólo de buscar regresar la calma al cuerpo, casi siempre con escasos resultados.
En este caso, sin embargo, el niño apenas percibe el sonido con los sentidos, como están concentrados en la figurita que de pronto apenas se mueve, que permanece muy quieta con los ojos negrísimos clavados en los suyos. Ninguno intenta movimiento alguno y por un instante el cuadro parece terminado, destinado a la eternidad estática, a la permanencia, al silencio, pero un ruido, externo al hogar, rompe el momento provocando el movimiento, la veloz huida hacia la sala del pequeño ratón.
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La madame (Opera rococó. Cuentos reunidos)
Adolfo Cárdenas
Cuento
(Editorial 3600)

A J. Manuel Serrate, alias el Elvis-pelvis, le bastó nada más que una mirada soslayada para darse cuenta que tenía a la madame en el bolsillo. Sonrió con suficiencia al cruzar junto a la susodicha -enamorada hasta los fondillos- ensayando el gesto que según sus compadres de jarana tenía la virtud de sancochar los meados de todas aquellas a quienes iba dirigida.
Claro que de lo que J. Manuel Serrate alias el Elvis-pelvis no se daba cuenta era de las artes de las que la madame se valdría para conquistarlo; porque la madame era adivina, prestidigitadora, hechicera, pitonisa, taumaturga, encantadora y heredera de todas esas anacrónicas habilidades que ella insistía en practicar para proporcionarse el triste sustento, ya leyendo las manos mugrientas de las viejas, para quienes el futuro era tan obvio que no necesitaba ser predicho, ya combinando un mazo de cartas españolas de los modos más perplejos posibles, a fin de suscitar la medrosa curiosidad del cliente y obligarlo a meter la mano en el bolsillo en busca de otra moneda que le permitiera conocer el epílogo de su propia historia.
El caso es que, si bien la madame tenía mucho de farsante, era porque su descreído medio le obligaba a ello; pero que sabía bastante sobre ciencias ocultas, el vecindario en general y el conventillo donde tenía su consultorio en particular, así podían atestiguarlo, es decir todos, excepto el Elvis y su grupo de pachangueros que por invertir la noche en bolereadas tardías o guitarreadas tempranas, se privaban de presenciar las trasnoches de toda la senectud de la casona frente a la puerta de la hechicera lanzando desdentadas y opacas exclamaciones ante las oleadas de humo legendario, las encubiertas salmodias demoniacas y los conjuros de antigüedad prehistórica que emergían de esas cuevas clausurada a medias, a la curiosidad de los fisgones de oficio.
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Alcides Arguedas y la narrativa de la nación enferma
Edmundo Paz Soldán
Ensayo
(Plural Editores)

Arguedas había leído a pensadores de la degeneración como Gustave LeBon antes de su primer viaje a Europa en 1903. Sin embargo, fue este viaje el que solidificó su visión del problema nacional. Su paso por España y su contacto con los regeneracionistas españoles (Altamira, Ganivet, Maeztu, Costa), dedicados a explorar las causas profundas de la crisis de España, lo convencieron de su misión. En el lenguaje médico-biológico de la época, que concebía a las naciones como organismos, Arguedas, como tantos otros intelectuales hispanoamericanos del período, sería el doctor encargado de diagnosticar los males del “pueblo enfermo” y proponer una “terapeútica”. Esta misión intelectual era ambiciosa, pues Arguedas consideraba su análisis del “pueblo enfermo” como una contribución no sólo al análisis del continente hispanoamericano sino también al de países que, “libres de mescolanzas europeas”, tenían problemas debidos al “clima, la educación, la herencia”: cumplo con el ineludible deber de declarar que no he andado muy corto de vista al analizar, desde Europa, los males que gangrenan el organismo de mi país, y los cuales –y esto es preciso no olvidarlo para ser más equitativos– no son exclusivos de él y sí muy generalizados no sólo en nuestros países hispano-indígenas. (Pueblo enfermo 7).
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El preparado de yeso. Blanca Wiethüchter, una crítica afición
Marcelo Villena Alvarado
Ensayo
(Plural Editores)

Para Blanca Wiethüchter valdría también eso que alguien decía de un común amigo: que le debemos tanto que todavía no sabemos cuánto le debemos. Entre lo impreso y publicado está su obra poética, por supuesto, que desde Asistir al tiempo (1975) despliega en once estancias el acto de decir / la inmensa roca porosa. Está El jardín de Nora (1998), nouvelle que narra de la irrupción de un hueco allí donde hubo rojo rosal: de un hueco negro, despejado por aquella decena de bocas desbocadas y diseñadas con seguridad para otra cosa. Está también una amplia y valiosa labor en el terreno de la crítica literaria que, desde el trabajo para la maîtrise en Vincennes (“Estructuras de lo imaginario en la obra poética de Saenz”, 1975) hasta Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (2002), ha venido incidiendo en las maneras que tenemos de representarnos y en los modos de leer e imaginar nuestra literatura. Pero entre lo impreso y publicado también están dos libros siempre menos leídos, menos considerados; menos nombrados incluso, seguramente y entre otras porque de entrada alteran las consabidas distinciones de género e incluso de especie con las que se entienden, ofrecen y consumen los objetos literarios: poesía, narrativa, ensayo, crítica. Se trata, por una parte, de Pérez Alcalá, o los melancólicos senderos del tiempo (1997), libro dedicado al pintor potosino y sabrosamente iluminado con reproducciones de sus cuadros y fotografías varias. Se trata, por la otra, de Memoria Solicitada, libro que se consagra en triple entrega (1989, 1993, 2004) al singular personaje que fuera Jaime Saenz.
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El orden del mundo
Ramiro Sanchiz
Novela
(Editorial El Cuervo)

La muerte de Agustina coincidió con el proceso de escritura de la última monografía que debía entregar para obtener mi título, y la demoró apenas unos meses. Repuesto, o fingiendo que estaba repuesto, habiendo enterrado o simulado que enterraba lo más hondo posible el dolor, asombrando a mi entorno inmediato por el aparente estoicismo con el que había logrado tomar la muerte de mi novia, la terminé y entregué en noviembre. Para marzo ya había sido corregida y aprobada, de modo que pude solicitar el título, que también me fue entregado con relativa rapidez. Un amigo académico me había propuesto meses atrás la posibilidad de cursar un doctorado en una universidad de Estados Unidos en la que él se encargaba del departamento de letras latinoamericanas; yo trabajaría para él y daría clases de español en el campus, con lo que financiaría mis estudios. Partí a principios de agosto y ya no regresé a Uruguay. Casi todos mis amigos y familiares pensaron que huía de la muerte de Agustina; lo cierto es que ya nunca más escribí una línea de ficción.
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Lo simple (Libro de rastros)
Oscar García
Ensayo
(Editorial 3600)

Lo simple consiste en la tenencia de algunas cosas imprescindibles. Esas cosas que con los años se niegan a separarse de la vida. Esas cosas que envejecen con las personas y de la misma forma entristecen, agotando el brillo y cayendo de a poco en el sueño más largo de la cuadra. En la simpleza se designa a los instantes, fragmentos que se organizan en la memoria para reconstruir imagen y sonido, olor y textura. Una taza de té en la mañana bailando una habanera es uno de los eventos más simples del planeta y por lo mismo, difícil de olvidar. Un gato destripado sobre un techo es un anuncio de la simpleza de los ciclos. Como el sombrero de los magos y su conejo. Ahora estás, ahora no estás. Para eso se cumplen los rituales durante años, se cubren los pasos impostergables sin mayor discusión ni trámite. Lo establecido no se discute, con frecuencia se festeja. Se festeja con simpleza, a lo sumo una copa de vino, un vaso de chicha, un fardo de cerveza, quince whiskies, varios lechones al horno, una vaca dispuesta en trozos listos para el asador, chorizo de pollo, un kilo de queso fino, discontinuado en el mercado, picante surtido de Potosí. Si uno de los ingredientes faltase, la vida pierde color, la imagen se distorsiona, las mariposas al volar ya no desencadenan nada, se dejan atrapar, se dejan clavar un alfiler y lloran a un nivel impresionantemente bajo. Nadie sabe cómo suena cuando una mariposa está llorando, ni la mariposa mundial.
El asunto es que lo simple no tiene nombre, no figura en el diccionario, es un concepto complicado. No es fácil nombrarlo. No se deja así nomás. Es una imposible combinación de materiales y de ideas, un conglomerado en fiesta. Un preste es simple, visto desde arriba. Cuando el mozo resbala en los cientos de litros de cerveza y otros líquidos desparramados en el salón, en el piso de cemento del salón, se ve un acto simple, de tal simpleza que cuesta entender cómo, en ese hecho radica la simpleza de vivir. De caerse y de levantarse, de ese ciclo que repetimos todos los días de dios, desde que nacemos hasta que nos complicamos la existencia.
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Tanta agua tan lejos de casa (Cuatro)
Rodrigo Hasbún
Cuento
(Editorial El Cuervo)

Necesito contarte algo, le dice el Roque al Jordi esa noche. Ya van por la segunda botella de vino y la pasta que han preparado empieza a oler increíble y el Jordi se pone serio y le dice que no lo asuste. Es algo sobre mi familia, añade el Roque y ve el alivio en su carita y esa camisa a cuadros le queda divina y descubre una vez más que está súper enganchado, más que nunca antes en su vida. Llena las dos copas y las chocan mirándose a los ojos, porque si no siete años de mal sexo, es decir el infierno mismo, y el Jordi le dice que lo está poniendo nervioso, que le cuente de una vez.
Llevan once meses juntos. Se conocieron en una fiesta y esnifaron no sé cuánta coca, nada raro que traída de Bolivia, y el Jordi se la chupó al Roque en la calle y todavía daba la impresión de que iba a ser cosa de una sola vez, de dos o tres veces máximo, lo que demuestra que siempre da mejores resultados no esperar nada. Es cajero en un banco de la Caixa y sabe poco de arte pero lo apoya muchísimo y casi todas las noches en las que le toca trabajar al Roque, el Jordi está ahí a un costado, no por celos sino simplemente para acompañarlo. Solo una hora más tarde, echados en la cama, le dice que no es cierto que sea hijo único o que quizá lo es pero que no siempre lo fue, en algún momento tuvo dos hermanos. --

Lo que se come en Bolivia
Luis Téllez Herrero
Crónica
(Ministerio de Culturas)

La gastronomía es como la música. Así como hay partituras que convienen a ciertos estados de ánimo, así como hay trozos musicales que se adaptan a los días alegres de la vida y otros a los tristes, del mismo modo la gastronomía, que es también un arte en sus variadísimas manifestaciones, se recomienda según los momentos y hasta según el temperamento de las personas. Todos los estados del espíritu tienen su remedio en el vasto campo de la cocina. En líneas generales, la gastronomía no debería apartarse de las normas clásicas, pero sí puede variarse. Éste es, justamente, uno de los aspectos más interesantes de la ciencia culinaria.
A despecho de las ideas modernas, a despecho del progreso que es enemigo de las tradiciones, la mesa guarda y guardará siempre su importancia en todos los actos de nuestra vida. Nada ha cambiado desde la época en que Monselet, el célebre literato y gastrónomo francés, autor del Almanaque de los glotones decía: “Toda pasión dirigida y razonada se convierte en un arte, entonces, más que otra cualquiera, la gastronomía es susceptible de razonamiento y dirección”.
Si reflexionamos bien, las horas deliciosas de nuestra vida están unidas todas, por un lazo más o menos sensible, a algún recuerdo de la mesa.

Letra sincrónica

Leer la ciudad

Qué mejor manera de asumir y entender una ciudad que caminarla y pensarla.


Alan Castro Riveros

Narrativa y ciudad
Como lector, rara vez he intentado leer la ciudad en un libro. Y si lo he hecho, ha sido sin querer. Por ejemplo, recuerdo el tiempo en que leía El Loco de Arturo Borda en el Jardín Botánico de Miraflores, bajo el único árbol que había ingeniado una amplísima sombra.
No sé si realmente habré leído la ciudad en las Divagaciones I del primer tomo. Sin embargo, cuando volvía del jardín a mi casa, veía piedras, encuadres y buñuelos que yo estaba seguro de haber leído en El Loco. Pero eso era leer El loco en la ciudad, no la ciudad en El loco. ¿O la lectura también es un vaivén?
Por eso, para no complicar el asunto, cuando quiero leer la ciudad, mejor voy y paseo por sus calles. Sólo que igual me sale el tiro por la culata; porque la ciudad no se acaba de leer ni así. Lo que uno lee es el encuentro de la ciudad con el matiz preciso de otra cosa; el encuentro de esa otra cosa en un rincón físico de la ciudad. La lectura no es un hilo que une ambas cosas, sino el vaivén que las pone en movimiento, el engranaje.
Hay innumerables detalles en la ciudad, pero sólo me fijo en unos cuantos: las antiguas ventanas de una extraña cuadra cerca de la calle Sucre, la charla con un chocolatero millonario que no quiere decirle a sus hijos que es millonario si antes ellos no lo valoran como chocolatero, un perro joven que agacha la cabeza ante un perro anciano después de que el joven casi se hace pisar con un auto, etc.
Realmente dan ganas de internarse en estos detalles, hacerlos historia, lectura, unidad significativa. Y por eso nos quedamos amasando y moldeando algún detalle (alargándolo en las vías de nuestra memoria). Mientras lo hacemos muchos otros detalles quedan rezagados: se quedan en la ciudad, son la ciudad que me rodea.
El detalle tallado es de la ciudad y del tallador. El detalle obviado se queda en la ciudad. Esto quiere decir que si me dedico a ver la ciudad en vez del detalle, me quedo ciego. Nada de la ciudad haría vaivén y sólo “vería” la ciudad como un sonido absurdo. Si de verdad quiero ver la ciudad, tendría que hacerlo desde muy lejos, en un microscopio -cuando la ciudad misma sea un detalle.

Se pintan casas a domicilio
¿Por qué todos recuerdan el letrero de “se pinta casas a domicilio”? ¿Sólo por el gusto de imaginar una manera imposible de pintar casas: el comercio de paredes y techos pre-pintados en tiendas especializadas, el inconmensurable taller donde esperan su turno una tropa de casas desportilladas, la desproporcionada maquinaria humana que lleva casas grisáceas a un taller y trae flamantes mansiones a domicilio?
Algo nos lleva a encariñarnos con este letrero, a apenarnos cuando creemos que se ha convertido en un chiste patético de final de velada. En realidad, cualquier detalle corre el riesgo de convertirse en un emblema. “Se pinta casas a domicilio” como emblema de la chispa criolla o del nuevo marketing latinoamericano, por ejemplo.
Cuando un detalle se convierte en emblema, su imagen viene acompañada de una leyenda. La leyenda reduce la imagen a un referente definitivo y olvida el mundo que ampliaba el vaivén de la lectura: allí donde una casa puede o no pintarse a domicilio, allí donde el letrero no es un pensamiento ni un letrero, sino una presencia increíble.
Si debajo de la foto del famoso letrero del pintor escribimos: “La chispa paceña” o “Dichos de la ciudad”, lo folklorizamos. Si titulamos “El misterio barrial” a una foto de ventanas antiguas, las cerramos. Si inscribimos la leyenda “Feliz día del padre” debajo de la imagen de un chocolatero ambulante, lo titulamos de mártir.
En cualquier caso, la leyenda de un emblema mete tanta bulla en la imagen, que puede hacer desaparecer el silencio que ha alumbrado su primera revelación. En vez de navegar en el misterio brillante de la imagen sin leyenda, es posible terminar chapoteando en un pantano de cosas obvias.

El placer del texto
Lo peor que puede pasar cuando lo obvio nos atrapa, es que no queramos ver la ciudad ni en pintura, ni en libro, ni en la ciudad misma. Y, de paso, que ni siquiera nos demos cuenta de que estamos hartos. Esto es temible en cuanto puede llegar a convencernos incluso de que es obvio que estamos vivos.
“Y desde el momento en que una cosa está sobreentendida, la abandono: es el goce. ¿Provocación inútil? En la novela de Poe, Valdemar, el moribundo magnetizado, sobrevive catalépticamente gracias a la repetición de las preguntas que le son dirigidas (“¿Duerme señor Valdemar?”), pero esta supervivencia es insostenible: la falsa muerte, la muerte atroz, es aquella que no es un término, es lo interminable. (“Por amor de Dios! ¡Rápido, rápido, hacedme dormir o despertadme! Les digo que estoy muerto”.) El estereotipo es esta imposibilidad nauseabunda de morir”. (Roland Barthes, El placer del texto)

El misterio de lo obvio
El misterio le quita la calidad de obvio a cualquier cosa. Si lo obvio tuviese un mínimo de misterio, dejaría de serlo. Basta que no veamos un pedacito de lo obvio para que lo obvio desaparezca por entero. Pero esto no quiere decir que nuestra creencia en la existencia de lo obvio, de lo inapelable, sea ya el verdadero misterio.
Cabe aclarar que lo obvio no tiene relación con las pruebas de la ciencia o las decisiones morales. Lo obvio no es el desarrollo tecnológico o cultural, los cálculos matemáticos, las funciones informáticas, las observaciones minuciosas o las experiencias físicas. Cualquier camino de conocimiento se abre a partir de la seguridad de que incluso la piedra más dura no es obvia, ni el aire vacío, ni el camino una línea recta. Es decir, lo obvio no es una técnica, un vaivén o una función exponencial, ni siquiera, un estilo, mucho menos un hallazgo; es, más bien, un número entero, un escudo, una pieza de museo inerte y aislada: un concepto inaplicable, desarticulado o fenecido.
Obviamente la ciudad está ahí; se sobreentiende, pero no se entiende. Hace tiempo que la ciudad existe y, sin embargo, sabemos que no está terminada. Hay ciudades dentro de la ciudad y miles más fuera de ella, pero ¿puedo definir aunque sea una de ellas? Puedo hablar de la sociedad, de la economía, del turismo, de la filosofía tribal, de los centros hábitats, obvio. Diga lo que diga, el universo tiene una ciudad donde se pintan casas a domicilio, y eso no puede ser sobreentendido.

“Se pintan casas a domicilio”: El letrero es luminoso porque lo obvio que hay en ella se pierde en el misterio de la (in)existencia de lo obvio.

Cafetín con gramófono

La Aurora Literaria


Reseña de un álbum, folletín, revista publicado en Sucre a mediados del siglo XIX.


Omar Rocha Velasco 

Muchas revistas del siglo XIX eran producto de “sociedades literarias” que acogían las colaboraciones de sus socios. Estas sociedades u asociaciones tenían una compleja organización que les imponía elegir un presidente, secretarios de redacción y responsables de sección (teatro, poesía, prosa), tenían estatutos muy bien establecidos en los que se designaba las tareas y responsabilidades de cada una de las carteras.
Se reunían dos veces por semana a “confraternizar y discutir en común las producciones presentadas por cada uno de ellos”.
La Sociedad Literaria de Sucre se fundó en septiembre de 1863 y la Aurora Literaria fue el fruto de colaboraciones -“leyendas, artículos y poesías”- que circularon al interior. El segundo año (1864) la publicación alcanzó una sorprendente periodicidad mensual y fue trabajada con mucha responsabilidad. Aquí algunos aspectos resaltables de esa distante publicación:

·                    Manuel María Caballero era el presidente de la Sociedad Literaria de Sucre, fue el mayor impulsor de la Aurora Literaria y allí publicó la narración llamada La Isla en cinco entregas; varios historiadores de la literatura consideraron que este texto fue la primera “novela boliviana”.
La historia cuenta los avatares de una familia que vivía sin contacto alguno en la Isla de Panza en el lago Poopó. Ese año también se publicó en la Aurora Literaria el texto Crimen i espiación [sic.] de Sebastian Dalence, se trata de una narración que cuenta un enredo amoroso que tiene como consecuencia el asesinato de un estudiante por su mejor amigo. Ambas narraciones son el ejemplo cabal de lo que era el “folletín” por entregas, esta forma narrativa y las técnicas de impresión y distribución, generaban mucho interés en el público. Los textos seguían una estructura melodramática que los hacía, prácticamente, irresistibles.
·                    Hacia finales del siglo XIX las personas satisfacían sus “vanidades” a partir de álbumes que hacían circular por muchas manos. Así, las amistades -entre las que destacaban los portaliras- escribían versos, elogios y demás enaltecimientos que iban y venían alimentando egos. Actualmente esos álbumes son rarezas maravillosas que algunas familias, y pocas bibliotecas, conservan bajo llave.
En la Aurora Literaria se puede encontrar muchos textos aparecidos en esos álbumes literarios, destacan las dedicatorias que María Josefa Mujía y Carolina Freyre de Jaimes -que vivía en Cobija-, se hicieron efusivamente:

A la distinguida poestisa señorita María Josefa Mujía

Desde aquí escuché tu acento
Tierna inspirada cantora,
I tu voz encantadora
conmovió mi corazón,
I tu lenguaje sublime
Tu espresivo sentimiento
Despertó en mi pensamiento
Una grata admiración [sic.]
(…)

A la Sta. Carolina Freire de Jaimes
De tu lira dulce i fina,
Carolina,
Los acentos escuché
I su grata melodía
Su armonía
Con entusiasmo admiré [sic.]
(…)

Estos álbumes no eran exclusivamente femeninos, eso significaba que las posibilidades se multiplicaban: “En el álbum del Sr. Julio Garay” (escribe Federico Gonzales); “En el álbum de la Sta. J. L. de C” (escribe Luis Rosquellas); “A mi amigo el Sr. D. F. Gonzalez” (escribe Jorge Delgadillo); “En el álbum del Artista J. Mac’Kay” (escribe María Josefa Mujía)…
·                    Además de los folletines y los versos dedicados se publicó una serie variada de textos como “Las beatas” de Manuel José Cortés y “Los domingueros”, “Don Blasito”, “Don Zoilo Mazapán” y “Manía de imitación” de Belisario Loza. Estos eran artículos de tradiciones y costumbres, que luego se hicieron muy famosos y requeridos por el público, quizá una de las razones fue que no carecían de humor ni de ironía:
“Las viejas, habiendo pasado ya las tormentas de la vida, hallan en el beaterio un puerto, donde corren sus días, no sé si completamente serenos (…). No son ya del siglo, pero les gusta saber lo que pasa en el siglo, porque, como alguien ha dicho, se goza en la mesa, aunque ya nos e coma: las criadas son los ajentes diplomáticos que emplean en sus relaciones exteriores: por medio de ellas saben que Mariquita debia casarse; pero que Casilda, por envidia, le ha hecho un enredo, i ha alejado al novio…”  [sic.]
Las sociedades o asociaciones literarias dinamizaron la aparición de revistas, la periodicidad y duración dependían del entusiasmo e impulso de los socios y responsables de sección, aunque algunas de ellas fueron muy esporádicas, su carácter misceláneo y “motivador” promovió a muchos escritores que luego se consagraron como representativos de la época.



Etc.

Tres novelas por un premio


Una breve reseña de la obra ganadora y las dos finalistas de Premio Bienal de Novela Vargas Llosa.





Carlos Decker-Molina

Leí tres novelas, una detrás de la otra, para tener una idea clara sobre las razones de haberse impuesto a más de 300 que participaron de la selección que exigía la convocatoria al primer Premio Bienal de Novela Vargas Llosa.
“… tenía dieciocho años, dieciséis dientes podridos, dos hermanas y un solo lector”, así presenta a su personaje principal el escritor laureado.
La otra novela es una narración que comienza en tercera persona y sigue -a partir del segundo capítulo-  en primera y se mete en los recovecos psicológicos de su familia y sus amigos y nos hace vivir la crisis financiera y económica en un lejano pueblo imaginario de la costa española. Es una novela pesimista o meramente realista. (No sé si escribir como interrogación o dejar la frase como constatación).
La tercera obra es un cuento/novela, pues tiene ambos componentes en un equilibrio literario que raras veces se logra. El autor vuelve sobre su obsesión: el peso del pasado, la fragilidad de la memoria y cómo la vida de su(s) personaje(s) suele(n) cruzar la misma calle que la política.
En la primera es un poeta el personaje principal, en la tercera es un caricaturista político, la segunda se centra en las consecuencias del deslumbramiento del capitalismo con sus apresurados saldos a favor.
Antes de seguir con las tres novelas, un par de referencias al Premio Bienal de Novela Vargas Llosa: Surgió como iniciativa de la Fundación Biblioteca Virtual Cervantes y 10 universidades españolas. La primera cita se dio lugar en Lima donde, además, quedó establecida la sede de la Bienal.  
La cita literaria fue organizada por la Cátedra Vargas Llosa, Acción Cultural Española, la Universidad de Ingeniería y Tecnología de Perú y el Grupo Hochschild.
Las 324 novelas enviadas fueron publicadas entre 2012-13. Es decir sigue los parámetros del Premio Rómulo Gallegos o, para entrar en comparaciones es como el Booker Prize solo que el Vargas Llosa es bienal con un premio que llega a los 100.000 dólares (75 mil euros).

Las tres grandes
Las tres novelas finalistas son excelentes, pero no se las puede comparar. La ganadora, Prohibido entrar sin pantalones, del español Juan Bonilla, podría ser una biografía, pero no lo es, tampoco es una historia con un principio, nudo y desenlace.
La historia que se cuenta es la de Vladimir Maiakoski, el poeta de la revolución bolchevique. Bonilla ha creado una mezcla de poesía y relato periodístico sobre todo cuando da contexto o ambienta la historia personal del ícono del futurismo ruso; figuran como personajes secundarios Trotski y Stalin entre otros.
Bonilla escribe un libro que no va a gustar a todos, es muy literario en el buen sentido y estoy seguro que resistirá el paso del tiempo porque es de esas obras que permanecen.
Alguna vez escribí sobre las tres muertes del poeta ruso: su suicidio a los 37 años, la del partido que eliminó parte de su historia y la tercera que se produce en 1989 cuando Maiakoski fue arrinconado con los bustos y estatuas soviéticas.
En el libro de Bonilla se confirma que “la palabra es el fin del escritor” tal como decía Maiakosvki. El ruso es el poeta de la palabra viva, de aquella que se arroja como una piedra, palabra que se subleva, que es rotunda y desprecia el silencio, por eso Stalin le tuvo miedo, en tanto que la hermosa del tren asustada al verlo tan grande y corpulento sonrió cuando escuchó que le decía: No te asustes niña, no soy nada más que una nube en pantalones.
La obra de Juan Bonilla deja la sensación de haber leído poesía novelada. Da pena terminar de leerla.
No me consta que En la orilla haya quedado en segundo lugar, pero personalmente a la novela de Rafael Chirbes, otro español, la ubicaría en ese puesto a pesar de que en literatura no debieran convalidarse las tablas de posiciones.
En la orilla es una novela profundamente intimista que a partir de un primer capítulo en tercera persona, sigue el resto de la obra con la voz de Esteban, un lobo solitario, heredero de una carpintería, al poner en descubierto sus debilidades, entre ellas su hipocresía y sus apetitos más bajos, nos ubica en medio de la desesperanza de la crisis española con sus personajes de pueblo chico que bien se parecen a los de pueblo grande.
Es una novela en la que no hay salida, sin lugar para la palabra “esperanza”; nos presenta una España heredera de republicanos y franquistas convertidos en vecinos y hasta en socios.
Finalmente Las reputaciones del colombiano Juan Gabriel Vázquez es una obra de cámara que embruja desde sus primeras líneas. Se trata de la vida del caricaturista político más influyente del país “un hombre capaz de causar la revocación de una ley con las únicas armas del papel y la tinta china”, hasta que aparece una mujer joven a la que había conocido cuando era una niña amiga de una hija de la misma edad.
Es una obra de un equilibrio brillante entre novela y cuento. Pues, son muchas las cosas que ocurren, pero son también muchas las cosas que se insinúan, hay un juego entre presencia y ausencia, entre plenitud y vacío.
En El ruido de la cosas al caer aparece ya la obsesión de Vázquez sobre el peso del pasado y en Las reputaciones se acentúa, porque su personaje se verá obligado a revaluar toda su vida y a poner en entredicho su posición de privilegiado caricaturista cuando se le presenta el pasado con formas de mujer.
Fueron 324 novelas enviadas a la Bienal Vargas Llosa, no conozco la lista completa, probablemente hay una que otra conocida por mí, pero quién tuviera el tiempo suficiente para leer y descubrir por qué eligieron a las tres sobre las que acabo de escribir, quizá para otro jurado habría otras tres diferentes. Personalmente, y esta es pura suposición, pienso que Javier Marías habría figurado de no haber escrito Los enamoramientos en 2011.
La Bienal de Novela Vargas Llosa es una excelente iniciativa que se puede convertir en un semillero de datos para los académicos del Nobel o del Cervantes, la pena es que será a costa del Rómulo Gallegos, premio que no tiene los apoyos financieros que necesita y que sobrevive en Venezuela entre la política y la literatura.

Prohibido entrar sin pantalones, En la orilla y Las reputaciones son tres novelas dignas de ser leídas al margen de premios y bienales. Son tres señas de que la literatura “hispana” de las dos orillas y de este siglo carece de escuelas, no tiene grandilocuencia, no tiene estéticas maestras. Se advierte un mestizaje, una polinización, mixtura, etc.

Desde la butaca

Los canosos también escriben

La autora reseña cuatro casos de autores tardíos, a propósito de la Feria del Libro.



Lupe Cajías

Es la víspera de una nueva Feria del Libro de La Paz y, como suele ocurrir, las mayores expectativas se centran en los jóvenes escritores -mejor si son menores de 39 años- o en las flamantes obras de autores consagrados, firmas que ayudan a estabilizar las economías de editores y libreros.
Al parecer no despiertan tanto entusiasmo los textos de aquellos narradores que tienen el cabello poblado de canas, muchos ya con más de medio siglo encima del lomo, necesitan lentes para teclear; más aún cuando ellos se animan a publicar sus ideas por primera vez.
La mayoría no encuentra un editor interesado y casi todos deben acudir a sus propios bolsillos para financiar el gusto del libro en letras de imprenta, o acudir a préstamos o al apoyo familiar.
Los sellos de las más grandes editoriales piden dinero al autor que no siempre tiene ese efectivo y opta por una edición modesta pero a su modo. Por tanto, la circulación de esos ejemplares se da de forma artesanal, de mano en mano, por teléfono, por regalo o en la presentación que suele convertirse más en un compartir con familiares y amigos que en un acto cultural.
Sin embargo, en el último semestre llegaron a mis manos diversas obras de canosos que se atreven a escribir y a publicar y que nos dan una visión de quienes fueron jóvenes en los años 60 y 70, con una influencia notable de los cambios de la “revolución de abril”, sobre todo el cambio de tenencia de la tierra “de los señoritos a los pongos”, o la revuelta juvenil del 68, o la minifalda y la píldora, Los Beatles, los nuevos colegios mixtos y la aún muy grande presencia del mundo rural.

Héctor Revuelta Santa Cruz
Este cochabambino es ingeniero y catedrático desde hace 39 años, pionero en la apertura del camino a Apolo, el trazado de carreteras departamentales y provinciales y experto en tráfico y viabilidad.
Además es fotógrafo, tenista y deportista, campesino en los valles durante parte del año y cocinero aficionado, autor de recetas especiales para aprovechar las finas hierbas como el romero o el tomillo.
Hace tres lustros decidió dedicar horas libres a la escritura y amanecerse frente a la máquina. En 2004 publicó su primer libro Mi viejo zapato, el 2006: Para prueba no basta un botón, Amargo despertar el 2010 y una novela sobre un periodista este año.
Un cuento suyo Recuerdo de una clase inspirado en una frase de Isabel Allende relatada en su libro sobre Paula, cuando la autora chilena vivía en La Paz en 1954, es el origen de la simpática anécdota que mereció el comentario de la propia escritora de La casa de los espíritus.

Estela Mealla Díaz
Estela Mealla es paceña, aunque con una fuerte impronta de su familia paterna tarijeña y muchas de sus historias orales se relacionan con la vida en la campiña chapaca y en el modo de ser de sus habitantes.
Vivió muchos años al lado del mentado bar El Averno y más que a los parroquianos conocía a la dueña y relata en las famosas tertulias sabatinas en su casa campestre, la vida y pensamiento del otro lado de la cantina, no del que bebe sino de la que sirve, no del que visita sino del que vive en la calle Yungas.
Hace un mes se animó a presentar en los salones de la Casa de España su libro de Cuentos, editado por ella misma. Un grupo de historias sencillas que reflejan sus conocimientos de pintura, narrativa y cultura general y, sobre todo, su observación del “alma humana”. Admiradora de Agatha Christie siempre relaciona los hechos con esa “naturaleza humana” para explicarlos.

Pedro Von Vacano
Es más reconocido como profesor universitario. Paceño, nacido el 45, Von Vacano se inició tímidamente con algunos cuentos enviados a concursos o publicados en los años 90 y ganó una mención especial en el Concurso Nacional de Cuento “Franz Tamayo”. En 1994 publicó su primera novela El general y los espejos y tiene otra inédita Wistu vida.
El día que sembramos el mal es su tercera novela, impresa por Gente Común y aunque ya lleva dos años de publicada, recién ahora el autor me la regaló. Es el relato de una familia paceña muy típica de los años 40, generación que aparece más en libros de historia que en textos ficcionados.
Sin embargo, como demuestran las aventuras de Eduardo y su descendencia, es una etapa de muchos cambios.
El colgamiento de Villarroel, la llegada en tropel de las milicias obreras y campesinas, las rupturas entre padres e hijos, las nuevas licencias en el amor, la influencia de músicos y artistas, la última etapa de los señoritos, son detalles que quieren ser contados.

Roberto Böhrt
Roberto Böhrt es un médico famoso, con varios premios por su actividad profesional, cónsul honorario, tenista y nadador y no parecía sospechoso como autor de ensayos.
Este mes presentó su obra Teología-El Hijo, Punto de vista seglar con el subtítulo Huellas de nietos, huellas de Dios, publicada por su propia cuenta. El texto fue comentado por su colega Tito Márquez, quien marcó el derrotero de una obra que intenta indagar el sentido de la vida desde la fe y la razón.
Aunque Böhrt es católico militante, intenta en su obra abarcar la influencia de diferentes creencias y prácticas que confluyen y difieren en torno a esa pregunta que inquieta al ser humano desde su paso como ser inteligente: Dios, la divinidad.
La obra es polémica y debatible, pero muestra cómo existen personas que ya en la etapa de ser abuelos se animan a escribir y a publicar sus ideas.
          
Coda

Seguramente estos textos no serán los más vendidos en la feria, pero muestran que el interés por la palabra impresa no se termina en los jóvenes o en los consagrados y que, como decía el querido Werner Guttentag, leer lo que Bolivia produce es leer lo que Bolivia es.

Dale gracias

Steely Dan: Countdown to ecstasy (1973)


Grillo Villegas / @grillegas

Steely Dan pertenece a lo que yo concibo como la realeza en la mesomúsica. Con ustedes Donald Fagen y Walter Becker. Cinismo. Sonido perfeccionista de estudio.
Jazz rock, art rock o pop jazz, se los etiqueta cerca de allí. Gran sonido, arriesgadas ideas de progresiones armónicas. Este es su segundo álbum. Una pinturita de USA de los setenta. Prostitución, drogas, gansters, creencias espirituales, apocalipsis nuclear, decadencia, todo muy beat.
La primera canción Bodhisattva es un boogie muy divertido (irónico, por supuesto). En el segundo track empezamos a escuchar la destreza que tienen al escribir canciones. Son tremendos. Estructuras que respeto mucho. Intros, interludes, solos, puentes y varias partes. Estructuras que muchos temen hacer ahora.
The Boston Rag es una de mis favoritas. Sonido Steely, coros ensamblados, los pianos adictivos de Fagen y sus impredecibles cambios. Excelente.
Your gold teeth tiene una intro que muestra de donde vienen. Fundamentos del jazz y Bop en esa melo. No sé por qué se van en fade out, cosas de esos años, me imagino. Cuántos finales nos perdimos.
Show biz kids. Dan ganas de moverse sobre una armonía que no lo hace. Hipnotizante la base y las voces. Una slide guitar respondiendo a la izquierda de las melodías. 
Tres canciones más completan lo que es el lado B de la versión en vinilo. Acabando con un colapso y devastación nuclear.
El control que tiene la banda del formato de rock/pop es lo único que les permite agregar el nivel de arreglos tan sofisticados y esos textos. Grandes músicos tocando. La verdad empecé a apreciar/entender esta banda después de mi visita obligada a los íconos del rock clásico, cuando uno busca nuevos sabores en esta vida.
Steely Dan es una metáfora perfecta en la mía. Esos caminos impredecibles, con muchos cambios. Esos cambios que tienen una razón perfecta para existir. Porque luego vienen otros más y debes estar preparado.

Arriesgarse para crecer. Elegancia en las tensiones. Es el secreto. Estirar un poco. Caminar hasta ser sofisticado en ese camino. Perder la ingenuidad usando la ironía como ejercicio. Esencial en estos días. Existen soluciones distintas para cada encrucijada. Steely Dan por supuesto es un gusto adquirido. Ni siquiera este es mi álbum favorito de Fagen/Becker. Geniales. 

Comentario

Poeta en Nueva York


Reseña de Memoria de los ritos paralelos. Diario de Nueva York, 1964. La experiencia del escritor argentino Miguel Grinberg con la plana mayor de la contracultura norteamericana de los 60.



Nicolás G. Recoaro

El 23 de febrero de 1964, el joven poeta Miguel Grinberg (Buenos Aires, 1937)  escuchó a Los Beatles por primera vez.
Después de un periplo en tren de casi 1.900 kilómetros a través de territorio mexicano, el cruce a pie del puente sobre el río Bravo que une Ciudad Juárez y El Paso (Texas) y un picaresco diálogo con un oficial fronterizo estadounidense (“¿Viene caminando desde la Argentina?” “Si se queda sin dinero, ¿sus amigos lo ayudarían?” “Do you carry a gun?”), Grinberg almorzaba plácidamente en la terminal de ómnibus de Greyhound y repasaba mentalmente el itinerario que terminaría en Nueva York, hasta que estalló en el jukebox de la confitería la vigorosa melodía de Please Please Me y ya nunca nada volvió a ser igual.
“El contacto sonoro me produjo una intensa taquicardia -recuerda Grinberg en el prólogo del recientemente publicado Memoria de los ritos paralelos (Caja Negra, 2014)-, allí sucedía algo que impactaba la sensibilidad, sin filtros. Lo viví como una señal de bienvenida a un nuevo mundo”.
Escritor, poeta, traductor, cronista pionero de la era de oro de la Generación Beat, motor del naciente rock nacional argentino (comandó en los años 60 las míticas revistas Eco contemporáneo y Mutantia), compañero de andanzas y amigo de Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Henry Miller, Jonas Mekas y del casi centenario Nicanor Parra, ecologista avant la lettre y, sobre todo, nómade incansable.
Grinberg es una figura fundamental de los últimos 50 años de contracultura latinoamericana, y a la vez fue un testigo privilegiado del nacimiento de los hippies, del activismo contra la Guerra de Vietnam y de la génesis de la lucha por los derechos civiles del pueblo negro en Norteamérica.
La crónica de su experiencia iniciática en Nueva York es recuperada en Memoria …, el diario metafísico fechado entre mayo y julio de 1964, que compuso en clave de prosa espontánea, tipeando en una máquina de escribir prestada durante las bohemias cien noches que pasó en Manhattan.
Madrugadas solitarias con la banda sonora del programa de radio Jazz Unlimited flotando en el ambiente (Bob Dylan y Joan Báez también se colaban en el dial), derivas en clave situacionista por el East Village, lecturas iluminadoras sobre meditación y misticismo, la polémica con el barbudo Ginsberg sobre el rol comprometido de los intelectuales, las fiestas y una borrachera compartida con LeRoi Jones y el “yeah, yeah, yeah” de los cuatro chicos de Liverpool que abrían las compuertas de un nuevo universo se hacen presentes en el diario.
En una de sus últimas entradas, Grinberg apunta: “Mi última visión de la ciudad se produce tras salir del túnel del río Hudson, el sol rojizo reflejado por los cristales del Empire State Building, adiós catapulta de polvo, fantasmagoría en mi sangre”.


jueves, 24 de julio de 2014

Nota de apertura

René Bascopé, cuando la muerte venga a recordarnos

El próximo domingo 27 se cumplirán 30 años de la temprana desaparición del autor de La tumba infecunda. En estos párrafos nos centramos en sus intereses, obsesiones y características a la hora de escribir, y en tratar de describirlo-conocerlo en voz de sus amigos y colegas de las letras.


Jaime Nisttahuz, René Bascopé, Marcelo Quiroga Santa Cruz y Ángel Bascopé.
Martín Zelaya Sánchez

Chaupi punchaypi tutayarka decía Carlos Medinaceli. A mediodía anochece. El escritor chuquisaqueño se refería a cómo tantas jóvenes promesas de la intelectualidad y la cultura en Bolivia dejaban (¿dejan?) extinguir su talento y brillo en la desidia y la vacilación.
Pero esta metáfora bien puede trasladarse también al extraño sino -como fue el del propio Medinaceli- de no pocos literatos y artistas nacionales cuya temprana muerte los privó de la trascendencia.
Eso le pasó a René Bascopé Aspiazu, el Basco, cuentista -ante todo-, novelista y poeta paceño que falleció a los 33 años el 27 de julio de 1984.
Si de describir las búsquedas e intereses del autor de La noche de los turcos se trata, surgen de inmediato tres palabras: ciudad (La Paz), muerte y marginalidad. Y como trasfondo, o más bien, como esencia tácita y transversal, la sociedad, la condición humana… y claro, pues además de hombre de letras, era un político de cepa.
Al cumplirse 30 años de su partida, proponemos algunas reflexiones, recuerdos, semblanzas y lecturas de René Bascopé Aspiazu.

La ciudad
Para seguir con la consigna del autor de La Chaskañawi, Chaupi punchaypi tutayarka, la oscuridad se ciñó temprano también para otros autores como Guillermo Bedregal (20 años) o Edmundo Camargo (28 años), con quienes -valga la coincidencia- Bascopé fue y es emparentado temática y ontológicamente: con ambos por la muerte como obsesión literaria; con Bedregal, además, por La Paz como escenario y espectro omnipresente. 

La Paz de los cuentos del Basco:
“Otra vez la llovizna. La calle se le antojaba un laberinto de baldosas mojadas y de puertas ocultas”. (Una visión).
“Yo pasaba esa madrugada húmeda por la calle semicolonial agotando con mis pasos la vereda áspera, cuando incrustado en la penumbra de un gran portón, lo vi”. (El portón).
“Cuando llegamos al quinto patio, la visión de los cuartos donde había vivido (estaban en la planta alta) me produjo un intenso miedo. La puerta estaba cerrada y se comunicaba con el patio empedrado mediante unas escaleras anchas de madera gastada”.  (Niebla y retorno).

La Paz en su no ficción:
“Esta ciudad que le da las espaldas a su cielo azul y sustancialmente infecundo se sumerge en sus inmensos y mágicos suburbios para defenderse de la agresividad corrosiva del hormigón armado y del neón, como un Prometeo hundiendo la roca a la que fue encadenado”.
“(…) La Paz subyace en las contradicciones de sus hombres, agoniza arrodillada más allá de los líricos y sus instituciones. Sus primeras y últimas luces se encienden y es inevitable que una absurda y vaga tristeza lo invada a uno, más aún cuando ha escampado”. (Para una ciudad y sus cementerios).

Escribe Rodolfo Ortiz en la nota introductoria a Las cuatro estaciones: “este poemario se escribió a mediados de los setenta, cuando Guillermo Bedregal acababa de escribir Ciudad desde la altura en 1974 y un año antes Jaime Saenz Recorrer esta distancia. Creo que no es arriesgado decir que en todos los casos la ciudad aparece como una presencia medular e inevitable, iniciática”.

Lo marginal
El literato Omar Rocha, miembro del equipo editorial de la revista La Mariposa Mundial (que editó los Cuentos completos y el poemario Las cuatro estaciones, y está a punto de lanzar la reedición de la novela La tumba infecunda, es uno de los que más y mejor estudió la narrativa de Bascopé.
Escribe Rocha: “Los personajes de Bascopé Aspiazu son habitantes de un tercer, cuarto y quinto patios, viven atisbando, escuchando, inventando, (des)conociendo misterios, creando santos, santiguándose, purgando culpas, viven del gemido y el rumor de los demás”.
“Bascopé Aspiazu transcurre por las orillas, por los fantasmas de la propia ciudad: artilleros, aparapitas y locos, ellos saben que no hay pasión ni libertad sin estar en la miseria, al borde de la muerte, en el basural”.

“Nunca antes, hasta el día en que el hijo del portero de la casa tragó veneno para matarse por Yolanda, me di cuenta de que la habitación estaba ocupada por dos viejas y una muchacha alta y pálida llamada Ángela”. (Ángela desde su propia oscuridad).
“A eso de las siete de la mañana, Arminda despertó porque sintió un frío intenso, que le acalambraba los pies. Poco a poco recordó que toda la noche había pasado entre el sueño y la vigilia, cuidando a su marido que se moría con una pulmonía atroz. En ese instante una tos explosiva la sobresaltó y la hizo correr hacia la habitación contigua, donde Zacarías golpeaba desesperadamente con las palmas de las manos las frazadas que lo cubrían”. (Verano comienza fúnebre)

“Lo marginal -sostiene Javier Sanjinés en Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia- se hace centro con un grotesco jubiloso que requiere mayor teorización y explicación tanto en la literatura como en otras expresiones artísticas. ¿Será una renovada visión de lo grotesco la que ligue al Felipe Delgado de Jaime Saenz con novelas como El run run de la calavera de Ramón Rocha Monroy, y La tumba infecunda del prematuramente desaparecido René Bascopé Aspiazu?

La muerte
“Cuando la muerte venga a recordarnos / que es un segundo el irse, casi un verso, / habremos de cerrar todas las puertas / y ocultar a tiempo nuestro espanto”, escribe y canta Óscar García.
¿Por qué la parca marca? ¿Por qué tantos autores paceños de generaciones sucedáneas la piensan, la desmenuzan, la tienen tan presente? Saenz, el que más, pero también Borda, Bedregal, y los mismos Adolfo Cárdenas con sus cuentos sobre aparecidos y Edgar Arandia con su universo de las Ñatitas.
Y Bascopé no desentona. En 1978, en el número doble 8 y 9 de la revista Hipótesis, Luis “Cachín” Antezana reseña, en su artículo “Algunos libros de los más jóvenes”, el primer libro de Bascopé, titulado Primer fragmento de noche y otros cuentos y que en 1977 obtuvo el Premio Franz Tamayo.
“Los demonios de Bascopé, son demonios harto oscuros (…) su libro parece una colección de pesadillas sociales… El demonio dominante es la muerte”, escribe Cachín.
Cuando en 2007 la revista La Mariposa Mundial publicó el poemario Las cuatro estaciones, que Bascopé dejó inédito en vida, Virginia Ayllón comentó: “si algo debo decir sobre este poemario es que su voluntad de palabra es una marca del deseo de silencio, prefigurado como sendero de muerte. De ahí que la genealogía de Bascopé, más que nombres (antes lo relaciona con Saenz, Bedregal y Camargo) tendrá intenciones, designios y, cómo no, iluminaciones”.

El escritor, el hombre, el político
Jaime Nistthauz, Manuel Vargas y Edgar Arandia, con quienes René creó y dirigió la revista Trasluz; Adolfo Cárdenas, Homero Carvalho y Ramón Rocha Monroy, con los que compartió noches de tertulia, y -en los dos últimos casos- militancia y exilio, dan su testimonio, en estas y otras páginas de este número especial de LetraSiete.

Le preguntamos a Adolfo Cárdenas:
- Quisiera que en tus propias palabras describas brevemente tanto al René, hombre, persona, amigo, como al René escritor, intelectual.
- Según varias opiniones, el tiempo de Bascopé fue muy corto, tanto que no le alcanzó para plantear una obra más madura, sin embargo, los escenarios que había escogido para el desarrollo de su narrativa (saenzianos obviamente) dan la pauta de que en algún momento se iba a plantear una cámara de eco de Felipe Delgado.
Su novela La tumba infecunda prefiguraría más o menos aquello, dándose sin embargo por entendido que dicha novela es un gran trabajo que se ha hecho en términos de literatura contemporánea.
En cuanto al Bascopé como ser humano y como político, era un hombre limpio y firme en sus convicciones, con una ética periodística bastante relevante; un tanto parco en torno a la charla cotidiana, lo que de alguna manera suponía una persona seria a quien, aparentemente, le gustaba más escuchar que hablar.

Y a Edgar Arandia:
- ¿Qué recuerdas de René?
- Era una persona de una inteligencia excepcional, pero sobre todo, un amigo a toda prueba, valiente, solidario. Me acuerdo que durante un tiempo yo andaba muy mal económicamente y el me llamaba para que colabore en el semanario Aquí con dibujos e ilustraciones; no pagaban a nadie en el diario, pero él me daba plata de su bolsillo.
Por lo demás, pocos saben que tocaba guitarra, le salían bien las rancheras… y claro, era el más politizado del grupo de escritores y artistas. Fue militante primero del PCB y luego del PS-1, con Marcelo Quiroga Santa Cruz.
Como escritor, como todos saben, tenía un gran talento, no sólo para sus ficciones, también para diseñar, analizar y criticar estructuras narrativas y otros aspectos literarios.
Teníamos un mundo en común… ambos vivimos en conventillos y él los supo reflejar como nadie. Me acuerdo que yo le conté la historia que da argumento al cuento La pasión de Cirilo… y me lo dedicó en su primera edición.

“Cómo agarramos las ganas de pegarle un tiro al tiempo”, escribió René en una carta de despedida escrita a sus amigos más cercanos, ante la inminencia del exilio en 1980. Cuatro años más tarde, un tiro -perdido en el viento- acabó con su vida.
Anocheció más temprano de lo debido, y ahora la muerte viene a recordárnoslo.
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De negro y con el libro bajo el brazo

Homero Carvalho Oliva

Conocí a René Bascopé a fines de los años 70, cuando yo andaba con los poetas Julio Barriga, Jorge Campero, Fernando Rosso, Humberto Quino y el narrador Adolfo Cárdenas. René era parte del grupo literario Trasluz, integrado por Jaime Nisttahuz, Félix Salazar, Manuel Vargas y Edgar Arandia, que publicaba una revista con ese nombre.
Era los años de una feroz bohemia y nuestro templo era El Averno, un antro que se encontraba en el desaparecido callejón Caracoles en el que servían uno infames quemapechos con los que tratábamos de calentarnos en las frías noches paceñas mientras hablábamos de literatura y organizábamos revistas que tardaban varios meses en salir y, a veces, no pasaban del primer número.
René era un tipo callado, siempre vestía un impermeable negro y llevaba un libro bajo el brazo. Era marxista ortodoxo, pero estaba al tanto de la literatura latinoamericana y europea. En sus cuentos está la ciudad de La Paz de los conventillos, de las casas de varios patios y muchos cuartos; la ciudad de los cholos o de una clase proletaria que intenta salir adelante.
Sus personajes son marginales y sus temas frecuentan la soledad y desarraigo, una tendencia que años más tarde Javier Sanjinés calificó como del grotesco social, en la que la ciudad es sitio de desencuentros, antes que de encuentros.
Recuerdo en especial La noche los turcos, La ventana, Ángela desde su propia oscuridad entre otros cuentos. Sin duda alguna murió muy joven, a los 33 años ya tenía muchos premios y libros publicados; además de dirigir el ya mítico semanario Aquí, después del asesinato de Luis Espinal.
Fue un gran escritor de la llamada “generación de la resistencia”, aquella que escribió en las dictaduras. Un gran escritor con una obra inconclusa.
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Hoja de vida

Origen y formación Nació el 3 de octubre de 1951 en La Paz. Empezó a escribir poesía a los 12 años. Estudió ingeniería en la UMSA.
Inicios En 1970 escribió su primer cuento y en 1972 publicó su primer texto en el suplemento literario del periódico Presencia. Durante toda esa década colaboró frecuentemente con diversos diarios y revistas de La Paz. Fundó la revista Trasluz
Trabajos Se desempeñó como profesor de matemáticas, física y química en diferentes colegios y como docente de filosofía en la UMSA. Trabajó como reportero en las radios Cruz del sur, Agustín Aspiazu y como director del semanario Aquí.

Publicaciones Primer fragmento de noche y otros cuentos (1978), La veta blanca: coca y cocaína en Bolivia (1982), La noche de los turcos (1983), La tumba infecunda (1985), Niebla y retorno (1988), Los rostros de la oscuridad (1988), Las cuatro estaciones (2007). 

La palabra teleférica

La ciudad de la penumbra


El autor traza un mapeo del a “luminosa” literatura de un autor que se apagó prematuramente.

 
"El hueso de la memoria", cuadro de Edgar Arandia.
Juan Pablo Piñeiro

Hace 30 años falleció uno de los mayores cuentistas de la literatura boliviana, René Bascopé Aspiazu. Bascopé también escribió novelas y poesías. Estudió Ingeniería. Dictó clases de matemáticas y física en un colegio, y fue director del legendario semanario Aquí después de que su antecesor, Luis Espinal, fuera masacrado por la dictadura de García Meza.
Bascopé murió joven, muy joven. Tenía 33 años y nos dejó anclados por siempre en el auspicioso presentimiento de su futura obra. Parecía que le faltaba mucho por contar. Cuando muere alguien que todavía puede maravillarnos con su literatura, es como si desaparecieran de nuestra biblioteca futura entrañables libros que nunca leeremos.
Lo que queda es otra cosa, queda el misterio. Queda la pregunta. Queda el inicio de una obra que no ha sido acabada porque aquel que conoce sus secretos ha desaparecido del mundo.
La literatura de Bascopé es una literatura paceña y no porque haya escrito los libros aquí, sino porque su narrativa se inscribe en la tradición de mirar el mundo reflejado en una ciudad, en esta ciudad. Bascopé la mira desde uno de sus recintos ocultos, el conventillo.
En La Paz los conventillos han desaparecido o están agonizando. Hace 30 años, cuando Bascopé dejó de escribir, los conventillos todavía refugiaban en su interior a los personajes más fascinantes de la ciudad, sus verdaderos habitantes.
Ejerciendo el derecho que tengo como lector, yo imaginaba al Garaje Romero como el escenario de la obra del cuentista paceño. Y al Garaje Romero, cuando desapareció, me lo imaginé como un elefante cargado de misterio que agonizaba atorado en medio de las nuevas avenidas de la ciudad. Muriendo en él el mundo que recreó la obra de Bascopé.
La tumba Infecunda, la novela con la que ganó el premio Erich Guttentag, comienza con un rasgo que cruza toda su literatura, la premonición: el mayor Constantino Belmonte, ya retirado, sale de su casa y tropieza con un animal muerto.
Este fatal augurio inaugura el destino de este personaje que rememora su vida mientras consigue una tumba para sus huesos. Es una novela corta, muy bien escrita y que posee rasgos que la diferencian de muchas novelas de su época. La tumba se convierte en un espacio metafísico desde donde se puede adivinar el mundo al igual que desde el vientre. Desde esa oscuridad, el mayor Constantino Belmonte, trata de iluminar el recorrido de su vida. Como en toda la obra de Bascopé, la luz y la oscuridad se entrelazan en claroscuros, y quizás ese es el mayor signo de su literatura.
Cuando leí la primera vez el cuento La noche de los turcos no estaba listo para entender todo lo que sucede en la historia. Incluso, como lo leí tan joven, me interesó más la aparición de aquella mancha en el techo donde el personaje mira la cara de la futura fallecida que todos los vejámenes sexuales que se producían en la cama aledaña.
Quizás esa fue la mejor forma de leer a Bascopé, siendo un adolescente. Ya que en sus mejores cuentos, por lo menos los que más me gustan, el personaje principal siempre es un niño o un adolescente. Como ejemplo podemos citar La ventana, Ángela desde su propia oscuridad o la misma La noche de los turcos.
En todos los casos el personaje es un niño o recientemente ha dejado de ser un niño como el joven de La ventana que sale con el abrigo de su abuelo para cumplir el encargo de su madre de entregar una carta a una anciana.
El abrigo le queda largo y por eso el personaje es difícil de definir. Se podría decir que esos intersticios indefinidos de la realidad son los que provocan la aparición de otra dimensión, una dimensión mistérica que irrumpe en el mundo desolado que describe Bascopé.
En Ángela desde su propia oscuridad, el personaje ve el rostro de la niña también en una mancha del techo. La literatura de Bascopé transforma esas manchas en el indicio premonitorio, ya no de lo que puede pasar en el futuro, sino más bien de la existencia de otro orden que rige las cosas. El escenario es un conventillo, pero también es la ciudad de La Paz.
Es sorprendente el manejo narrativo de la luz en los cuentos de Bascopé, en verdad deberíamos hablar de la iluminación. Los escenarios que construye están tramados por la tensión entre la luz y la oscuridad, y esta tensión genera la penumbra, la niebla, que es en donde se abren las puertas a otros recintos de la realidad.
En uno de los párrafos de La ventana está escrito lo siguiente: “Todas las casas de mi calle desprendían una luz mortecina, quizá porque su destino de barrio pobre sólo le permitía utilizar los residuos de la electricidad de la ciudad, o porque los vidrios estaban cubiertos por costras de suciedad cuando no eran reemplazados por cartones o nylons. En cambio hacia adelante, quizá a diez pasos del sauce, empezaba la luminosidad diáfana de dos hileras de postes metálicos, de cuyos extremos inclinados servilmente brotaban rayos de neón al pavimento negro, mojado y brillante”.
El personaje proviene de un lugar oscuro de la ciudad y andando unos cuantos pasos la iluminación cambia y él llega a entregar la carta. La Paz es eso, una cadena de luz y oscuridad que se continúa. Es el efecto de la luz en la ventana el que provoca la ensoñación del personaje. Él solamente ve la silueta de la mujer amada, apoyada en la ventana. Esa mujer, esa sombra, es como la ficción.
Bascopé trabaja la iluminación en sus cuentos para granjearse espacios indefinidos y nebulosos. En La ventana, las ilusiones del adolescente se destrozan cuando descubre que su mujer amada no es más que un maniquí. Un maniquí que por el efecto de la luz se ha transformado en otra cosa.
Así también descubrimos que Ángela, en Ángela desde su propia oscuridad, solo se hace visible para el niño que se esconde en un rincón del conventillo cuando este utiliza las lagañas de su perro. En la literatura de Báscope conviven una cruda realidad social con una imponente dimensión mágica.

Esa es La Paz de Bascopé, la ciudad de la penumbra, la ciudad que perdió a uno de sus mejores escritores cuando este todavía era muy joven.