intro

Sale cada domingo con Página Siete

lunes, 26 de septiembre de 2016

Ensayo

Actas fantasma

Un texto para leer y releer. Un texto para disfrutar dos o más veces.

 
"Ganas de seguir el sol", ilustración de María Riveros.
Alan Castro Riveros

Las actas fantasma son una serie de fantasmagorías que aparecen muy rara vez en la historia del universo. De hecho, su paso es tan rápido y responde a variables tan concretas y nimias, que solo hablar de las actas fantasma ya es una banalidad de marca mayor -por lo menos para algunos que no dejan de hablar de ellas y de su apariencia, cuando todos sabemos que son invisibles. Y el que quiera buscarle tres pies al gato, sabrá.
Lo grave de las actas fantasma precisamente va por ahí, pues estos fantasmas son terriblemente dañinos y se pueden quedar en la mente de aquellos que consideran a las actas fantasma como verdaderos fantasmas (cuando sabemos que los fantasmas no son verdaderos sino fantasmas) durante años. Son peligrosos porque, al no tener una forma definida más que la de pantallita o papelito escrito (en el que puede estar escrito cualquier cosa que se nos ocurra), puede convertirse en una historia de fantasmas manipulables salidos de la propia psique de quien osa acercarse a leer lo que está escrito en un acta fantasma. Además, siempre está escrito algo. Cualquier cosa podría ser. Claro que aquellos que ven a los fantasmas como verdaderos fantasmas generalmente ven escritas cosas como: yo digo, no te rindas, nos uniremos en contra del frente, paranoia, lucha ducha y zarandajas por el estilo. Y si tales chirigotas vienen escritas en un documento oficial, bueno... Tal el peligro de las actas fantasma. Pues si los fantasmas vienen con credenciales es más fácil creer que son verdaderos.
He ahí, por ejemplo, uno de los ridículos detalles que debe haber en un universo en el que aparecen de pronto actas fantasma: tiene que tener por lo menos un mundo en el que exista cierto flujo de unos bichos plastificados llamados credenciales, que no son otra cosa que las mismas actas, solo que encarnadas como pruebas personales de identidad. Pero no basta con que en tal mundo haya credenciales -porque las credenciales son apenas un juego de niños-, sino que tiene que darse una situación propiamente juvenil de duda de identidad social para crear las condiciones propicias para que la gente exija credenciales a todo el mundo, en vista de que la identidad se ha hecho trizas. Y claro... en ese momento aparecen las actas fantasma.
En una racha colectiva de actas fantasma, los adolescentes son los más afectados, pues el problema de la identidad es la que a ellos más atañe. Muchos de ellos pensarán que su identidad es la de luchadores a muerte contra las actas fantasma, y en el futuro capaz que anden pidiendo carnets, títulos, licencias, brevets, actas de nacimiento, de defunción, de matrimonio, de bautizo y, si la enfermedad es terminal, de afiliación a un club.
Esto se debe a creer que las actas fantasma son verdaderos fantasmas. Y la cosa todavía sigue... Los afectados por su paso -que no se limitan a la gente agitada hormonalmente, sino también a guagualones, bullangueros, despistadas y población en general- pueden derivar en un miedo tal a perder la identidad, que ellos mismos podrían dedicarse a crear actas fantasma para hacer pasar por verdaderos fantasmas. Para lograr su cometido, lo primero que hacen es denunciar que esas actas que están ahí son precisamente actas fantasma. En seguida afirman que alguien ha hecho esas actas fantasma para hacerlas pasar por verdaderos fantasmas. Y listo. Con eso ya queda probada la verdad del acta fantasma. Es de no creer. Y todo este bodrio tiene una lógica perfecta en la mente del mundo que percibe las actas fantasma.
Las secuelas a un ataque de actas fantasma pueden ser duraderas. Por ejemplo, si una vez que las actas fantasma ya han pasado (y además pasan rápido) y la gente sigue hablando de ellas como si nada, entonces estamos fregados. Los afectados van a estar día y noche hablando de las actas fantasma, tratando de explicar que son verdaderos aunque sean fantasmas y hacen aparecer no solo actas fantasma, sino certificados, obras, novias, amigos, casas, viajes y hasta hijos fantasma. Inmediatamente, de allí derivan no sé qué millones de pequeñísimos delirios descabellados que solo las actas fantasma saben crear. Debido a que las actas fantasma necesitan condiciones muy específicas de puerilidad para aparecer en un sistema social divergente -como es la humanidad-, si llegan con fuerza y se hacen las importantes son capaces de crear condiciones aún más banales y ridículas; lo cual, lamentablemente, podría llevar a la extinción del hijo del Hombre.

En remotas civilizaciones, un ataque de actas fantasma solo podía resolverse con el cruel asesinato de algún desorientado al que se acusaba de haber creado todas las actas fantasma habidas y por haber. En tiempos menos violentos, aunque igual de prehistóricos, este sacrificio humano es simbólico y basta con un escarnio público transmitido por satélite a diferentes aparatos de comunicación. Los expertos dicen que eso es excesivo, pues para combatir esta zoncera, basta con hacer circular un acta fantasma que tenga escrito su propio nombre en plural, a modo de vacuna.

Informe

Libro álbum, una nueva forma de leer



Gabriela Montesinos acaba de ganar el III Concurso Nacional Libro Álbum organizado por el Espacio Patiño. Aprovechamos para detallar las ventajas de esta nueva técnica óptima para iniciar -con mejores expectativas- a los menores en la lectura.


Martín Zelaya Sánchez

No digamos una utopía, más bien un escenario ideal sería que la mayoría de las personas sientan y disfruten de tal manera el acto de leer que se hagan parte de este; es decir, que los libros, el contenido de estos, el trabajo del autor, lleguen a asimilarse de tal manera que creen un lazo indisoluble con el lector: ¿qué mejor manera de cerrar el círculo emisor-receptor?
El momento ideal -lo sabemos bien- para inculcar el amor por las letras es la niñez, por lo que, cuando de menores se trata, ningún esfuerzo es excesivo para hacer de los libros un objeto tan preciado y solicitado como, digamos, un Smartphone o un videojuego. Y si de luchar contra la tecnología se trata -al menos de ir a la mano con ella- qué mejor que innovar y ofrecer un plus respecto a la tradicional literatura infantil.
Esa es la idea del libro álbum, un novedoso género de la literatura para los más pequeños. “Se trata de un libro en el que la imagen y texto se complementan de tal modo que no pueden entenderse por separado”, comenta Gabriela Montesinos, joven artista plástica cochabambina que  ganó el III Concurso Libro Álbum convocado por el Espacio Simón I. Patiño, desde donde se busca posicionar este nuevo género en el país.
“Resulta ideal -comenta Gabriela- para que las niñas y los niños se inicien en el hábito de la lectura, ya que estimula visualmente y al no tener mucho texto hace que se preste atención especial a la imagen para completar la información del texto”.
Sussy Soto, responsable del Centro de Acción Pedagógica de Patiño, complementa la idea: “El libro álbum se caracteriza por la relación dialógica que existe entre el texto y la imagen, mientras el texto plantea las ideas, las ilustraciones completan el contenido, aportan; y por lo mismo, la ilustración domina el espacio visual. En el libro álbum el contenido se presenta de manera sintética interdependiente, es decir que las imágenes no se entienden sin el texto y lo textos pierden sentido sin las imágenes”.
“La diferencia con un libro ilustrado -agrega- radica en que en éste los dibujos son traducción literal del texto, en cambio en el libro álbum, las imágenes adquieren un  lugar privilegiado en el diseño y aportan en la construcción del contenido”.
Por todo esto es que Patiño está decidida a lograr que este género se consolide en el país, y por lo tanto, desde hace algunos años organizan talleres para los interesados y desde 2013, el concurso para autores.
Al premio, como se lee en las convocatorias –ya son tres versiones-, pueden optar autores e ilustradores bolivianos con trabajos dirigidos a niños entre 6 y 10 años. En cada gestión, el jurado está conformado por cinco personas de diferentes áreas: literatura, pedagogía, diseño y edición.
Un claro resultado de este programa de impulso artístico-literario es el trabajo de Montesinos. “Me interesé en participar al ver la convocatoria del Espacio Patiño, y conocer los trabajos de anteriores versiones del concurso, sentí que era algo que quería probar”, sostiene, y explica detalles de su trabajo ganador.

- ¿Cuáles son el concepto, las características y detalles de Pienso?
- Pienso es, tal como lo dice la palabra, un intento de mostrar el momento en que nos hacemos conscientes del pensamiento cuando niños, cómo sin darnos cuenta de ello nos llenamos de información, de ideas, de descubrimientos simples que con el tiempo ya forman parte de la vida.

- ¿Cómo fue el proceso de creación?
- La creación parte de una imagen que trabajé hace mucho como un simple diseño, y que se convirtió en mi tapa, a partir de ahí quise desarrollar la idea del libro álbum con imágenes simples con las que pueda identificarse todo niño y niña. Lo que traté de mostrar es lo que todos en algún momento hemos experimentado: el proceso de pensar.
Trabajé primero con bocetos a lápiz y luego de tener todo definido empecé a ampliar los dibujos y darles color. El trabajo digital fue necesario para armarlo como libro, insertar el texto, corregir color etc.
Al final tenerlo terminado y ahora impreso es una gran alegría, ya que es mi primer trabajo de este tipo. Es muy gratificante recordar todo el proceso, las ideas puestas en un pequeño papel, y el resultado final, es una satisfacción.

Pero más allá del talento e iniciativa particular de los creadores, más allá del “pienso” de Gabriela y el que busca generar en sus pequeños lectores, no hay que perder de vista que el libro álbum es un género de interacción por excelencia, como señala Soto, una de las mayores conocedoras, en nuestro medio, de esta novedosa técnica.
“El libro álbum -comenta- promueve una forma diferente de lectura para los niños, mientras los textos comunes obligan a una lectura lineal de izquierda a derecha, éste motiva a quedarse en la página y ejercitar una lectura circular, involucrando todos los elementos del dibujo  en la construcción del contenido, a esto el experto venezolano Fanuel Díaz, denomina “tensión dinámica”: ‘el lector experimenta una tensión al leer un libro álbum, ya que el texto te obliga a seguir adelante, mientras que las ilustraciones invitan a quedarse a fijarse en los detalles’, dice Díaz”.
“Otro aspecto importante en la forma de lectura del libro álbum son los indicios, los niños desde las guardas  se involucran activamente con la historia, construyen hipótesis, plantean sugerencias”, concluye Soto.

--

Algunos tips importantes

La especialista argentina Claudia Patricia Cassano, en un texto publicado en la web integrar.bue.edu.ar, propone estos importantes apuntes para conocer a fondo las posibilidades del libro álbum.

- Los lectores libros álbum deben buscar sentido a las historias teniendo en cuenta dos códigos articulados: el lenguaje visual y el verbal.

- Todos sus elementos cuentan: la diagramación, el formato, la tipografía, la selección de los colores, las guardas, de la misma manera que el relato ya que contribuyen a dar sentido de la historia.

- Al explorar los elementos paratextuales sin haber leído el libro, surge la pregunta del sentido que tendrán estos elementos en la historia, y la respuesta la encontramos en ella, pero estos elementos van recortando y adelantando ciertos puntos. Al terminar de leerlo, estas guardas se resignifican pudiendo generar una nueva lectura al ubicar los elementos.
Este tipo de relaciones entre sus elementos, lo convierte en “objetos de lectura”; la historia está en el texto, en la imagen, en las tapas, en las tipografías, en las guardas, en todo el objeto social y cultural que es el libro.

- El juego con las tipografías plantea un toque interesante, caracterizando en algunos casos a los personajes del cuento. Estas pueden cambiarse para cada personaje, por ejemplo, imprimiéndole a la voz interna del que lee un matiz distinto, una textura particular. Por los tanto, al leerlos se le da un tono diferente porque cambia el personaje.

- Ambos códigos, el gráfico y el verbal, plantean contratos de muchos tipos. Son libros polifónicos, con varias voces, armonizadas como en una pieza musical, en los que, como en la vida, pasan varias cosas al mismo tiempo.

- Gran parte de la historia se arma por las palabras de los lectores, ya que la misma está contada por otro código, que no es el de las palabras.

- Cada lector contará de un modo particular, entrará por diferentes partes de la ilustración y reparará en diferentes partes de la obra y le dará su interpretación personal, lo cual no significa que cada uno interprete cualquier cosa. La obra pone lo suyo y dice determinadas cosas, refiriéndonos a las interpretaciones sobre un mismo hecho, explicaciones, lecturas, cambios sutiles en el punto de vista desde el cual se habla sobre un personaje o un pasaje de la historia.

- El libro álbum es un objeto cultural que enriquece la educación estética de los lectores. La imagen es portadora de significación en sí misma, en diálogo con la palabra. Ilustración, texto, diseño y edición se conjugan en una unidad estética y de sentido. Nada es dejado de lado, es un objeto artístico cuidadosamente elaborado desde todos sus elementos.

--


Un género participativo

Isabel Mesa

El libro álbum es un nuevo género literario que ha cobrado gran realce tanto en Latinoamérica como en Europa. Se trata de un libro que mantiene una interdependencia entre texto e imágenes. A diferencia de un texto ilustrado en el que la imagen complementa o acompaña al texto, en el libro álbum el texto cuenta parte del argumento y la ilustración cuenta otra parte distinta haciendo que entre ambos elementos se construya una misma historia.
El libro álbum tiene un concepto de lectura distinto que abarca dos puntos de vista: el del texto, que le pide al lector que mantenga un modo tradicional de lectura secuencial, y el de las ilustraciones, que lo invitan a detenerse y a fijarse en  los detalles y que puede leerse en la dirección en el que la vista guíe al lector. Ambas lecturas hacen que el autor obtenga significados distintos que van armando un mismo argumento. Esta dinámica de intercambio hace que el lector asuma un rol participativo en la construcción de significados.
--


Hoja de vida

* Autora         Gabriela Montesinos, Paz nació en Cochabamba, Bolivia
* Formación    Es egresada en artes plásticas de la Escuela Superior de Arte Raúl G. Prada, de Cochabamba. Obtuvo una mención en escultura, aunque su interés siempre estuvo puesto en la pintura.
* Tendencias   Actualmente trabaja en óleo, técnica que desarrolla sobre cartón prensado.
* Logros         Obtuvo el primer premio con la obra Ya no estoy (pero supe que estando abajo no podría caer más) en un concurso organizado por el Centro Boliviano Americano de Cochabamba, y el tercer premio en el concurso Artistas Noveles organizado por Fundapro.


Parhelio

[Un poema de Malcolm Lowry]

“Quizás podría contarse –comenta el autor de esta traducción- que el poema fue escrito mientras Lowry veía su casa arder en llamas con los manuscritos de Under the volcano adentro, y que apenas pudo salvar...”.


Rodolfo Ortiz 



1945-6 [47]                                                                                                   [298.1][1]


Success is like horrible disastar[2]
Worse than your house burning, the sounds of ruination
as the roof of tree falls succeeding each other faster[3]
while you stand, the helpless witness of your damnation

Fame like a drunkard consumes the house of the soul                    
exposing that you have worked for only this—
ah, that I had never known such a treacherous kiss[4]
and had been left in darkness forever to work and fail[5]


[…]

la fama es un desastre / mira
tu casa ardiendo / la ruina
como la copa de los árboles
cayendo uno tras otro
mientras parado / testigo de tu condena

sabrás que en fama un ebrio extingue cuerpo
y avería / pues solo has trabajado
para esto / y si no hubieras conocido el beso atroz /
o nunca abandonado oscuridad
errado e indeciso


[Trad. R. Ortiz]



Tengo a mano The Collected Poetry de Malcolm Lowry. Un libro que llega a Bolivia en el silencio de mi maleta. Y a la sazón de un poema que Lowry urdió un día para todos frente al fuego de sus manuscritos.
Su inseparable esposa Margerie Bonner estuvo allí. Uno estaría tentado a decir que a través de la experiencia de meterse en los trabajos de una lengua…
Cuando Lowry murió, el 26 de junio de 1957, dejó en ambos lados del Atlántico numerosas copias de manuscritos, y en desorden. Se sabe, por otras fuentes, que trabajaba quince o más horas al día en tales manuscritos, cuando otros días, dedicado a nadar, perdía el ukelele o lo dejaba ondear a ola abierta. Nunca, sí, apunta Scherf, Lowry tuvo la oportunidad de cerrar el plan de su obra.
He averiado muchísimos días de mi vida a la sazón de esta idea y de este poema [298.I] de 1945-6 [1947]. Agradezco los insustituibles comentarios de dos entrañables habitantes de la zona tricumbre.




[1] Canadian Literature 8 (1961).
[2] Fame is like some horrible disaster. / R.O.zidea y ostor,sus manuscritos. ma         rtiz]a participaron amigos mejores, de imposible evocaci de un proceso asaz deslumrador, yme and the like with the re           rtiz]a participaron amigos mejores, de imposible evocaci de un proceso asaz deslumrador, yme and the like with the re
[3] As the rooftree falls following each other faster.
[4] Ah, that I had never suffered this treacherous kiss.
[5] And had been left in solitude forever to flounder and fail.

ALTIplaneando

El celular



El mundo en una pantalla. El tiempo, las diferencias, las uniones, las preguntas y ¿las respuestas…?, en una pantalla.


Edwin Guzmán Ortiz

El uso que mi hija hace del celular no deja de ser un espectáculo cotidiano. Mientras yo discurro por la pantalla con el índice dubitante, y el rato menos pensado la incursión me juega una celada, ella viaja con solvencia por el rectángulo con proverbial agilidad, segura de sí misma, segregando ventanas, transitando programas, oficiando con los dedos un ritual de magia imposible.
Claro, este índice habituado a la lisa textura del papel y al sigiloso paso de las páginas aún no ha terminado de ser domesticado por el universo de la parafernalia digital. Mis dedos más cercanos al tamborileo, a la dúctil tarea de asir los objetos habituales, a leer desde las yemas el latido del mundo, y aventurarse a esa experiencia intransferible de viajar por la piel del cuerpo amado, parecen resistirse a la injusta faena de acercarse a  personas y sucesos, bajo esa aparente presencia que dicta la pantalla.
Mas, no solo son los dedos los que traman ese juego habitual con el dispositivo. Por ellos empieza y luego -sospecho- se abre a regiones más cercanas a lo insondable. La actitud, la postura, el gesto, los sentidos y las blandas neuronas se congregan en torno al aparato. Axones y dendritas hacen sinapsis con el pulso electrónico de la red, y el espectro biónico rige esa otra humanidad, devota de una nueva teología de banda ancha.     
Todo cabe en su vientre descomunal. Arrebujadas las noticias del día, los parientes, las canciones, las recetas de cocina, la vitrina del ego, los memes, los más delicados secretos, el video, el programa del fin de semana, la memoria, la U, el laburo, las cartografías del deseo, el pasado, el presente y el futuro. 
La  evidencia de que el todo, de tanto, termina dilu/yéndose en la nada. Enjambres de datos se comen a otros datos, la información -cual uróboro- acaba engulléndose la cola, marea que rebasa los reparos de una verdad que se hace y se deshace tras un rostro a la deriva.
La intimidad pública de lo cotidiano a plena luz, su exhibición en el haz de fotogramas que narran las pequeñas historias de una felicidad recortada y pegada en cuotas cotidianas. En fin, la guerra política, la excursión poética, el sueño de la razón, el caballito de Troya.
Mi hija, concentrada. El brillo de la pantalla le ilumina el rostro y con frecuencia esboza una pequeña sonrisa, mientras con veloces pulgares trama secretos mensajes a destinatarios secretos, desdoblándose en la grumosa red del laberinto digital. Ella comparte al cabo una doble familia, ésta, la real, en la que me suscribo y la otra, la digital, cuyos miembros y residencia ignoro.
En tiempos de comunidad, -esa forma apetecida por ideólogos, teólogos y tecnólogos- siento que la comunidad en red se disuelve en la soledad del individuo frente a la micropantalla con la ilusión de un otro colectivo.
Extraña convergencia en la retícula: la comunidad real / la comunidad virtual. Las ondas del WhatsApp  atraviesan la humareda de las k´oas de agosto, el mensaje de la waxt´a a las deidades ancestrales se enreda entre las ondas digitales, que traman arabescos numéricos a los cuatro puntos cardinales del espectro.
De pronto, mi hija me acerca en su smartphone un fragmento del último concierto de Aristocrats, que tanto aprecio. Me complazco junto a ella y una vez más constato que Guthrie Govan es uno de los grandes guitarristas de este tiempo. El dispositivo de Pandora también porta plagas benéficas. Al parecer, la materia corre más rápido que el espíritu, la prótesis desafiando la imaginación hace posible, aquí y ahora, el aquí y ahora planetario.
Por supuesto, no se trata de asumir la técnica como sinónimo del Maligno, ni proclamar el maleficio de lo virtual, ni estigmatizar la trama del simulacro. No. Aunque la máquina no exuda inocencia, al menos detenta un usuario impredecible que es lo que en verdad importa. 
Dentro de la cajita hay gente que se agita, un mundo comprimido e inminente. Apeados en estacionamientos virtuales esperamos recibir la gracia de la interfaz, la avidez del no pero sí, los coletazos del otro entre cliqueos de rítmica efusión.
Un libro asoma la cabeza, no tiene cuerpo. El pincel digital traduce las formas del imaginario y ¡zas! el poeta adensa el espacio encendiendo los códigos sobre el bucle de un pixelado horizonte. Respuesta del espíritu que se inmiscuye entre chips y bits para desovar las poiesis, para bajar los puntos sobre las íes y ponerlos en suspenso.
Mientras mi hija enchufa el celular y engorda la batería, yo contemplo de la ventana al parque, ambos, bajo el mismo techo de un día iluminado por soles siameses.



Patio interior

Ni Dios, ni Ser, ni Verdad…



Agotada ya la poesía china, y luego de un intenso paseo por el romanticismo, entramos ahora a universos más propios de la filosofía.


Juan Cristóbal Mac lean E.

Para acercarnos al romanticismo alemán, varias entregas atrás, hubimos de pasar por la filosofía, hacer una parada en La analítica de lo sublime de Kant o en el yo fichteano, pues tales momentos o movimientos del pensamiento no solo que eran contemporáneos y vecinos del florecimiento de ese primer romanticismo de Jena, sino que también tendieron la mesa conceptual y hasta sentimental podríamos decir incluso, en que habría de servirse el gran banquete romántico.
Y tampoco pudimos omitir, aprovechando esta metáfora, a los músicos que tocaban entre bambalinas o en el centro de la escena. Sobre el grado de entrelazamiento entre pensamiento, música y poesía también habíamos destacado varios ejemplos. Y es inolvidable en este sentido, la pretensión de Beethoven, expresada por él mismo, de haber ido con su música “más lejos que Kant”.
Y cuando luego, en un mismo recorrido, o siguiendo  las huellas o ramificaciones de un mismo espíritu -el que late tras la “poesía”- nos tocó vernos con la China (dicho así, tan a lo grueso como se usa la expresión “Occidente”), inmediatamente notamos, ya también, el no menos íntimo entrelazamiento entre el poeta, el calígrafo y el pintor. Y no es que la música, según se lee, haya tenido una importancia desdeñable en el Oriente. Más bien, la importancia que le concedía Confucio (en algún sentido similar a la que le concedía Platón en una Grecia poco menos que contemporánea) o el hecho de que también muchos poetas fueran también músicos (Wang Wei) atestigua lo contrario. Pero ese tema ya nos excede, aparte de una “barrera del sonido” que se instaura aquí. Y, en cuanto al pensamiento, ¿estaba  tan entrelazado éste con sus tradiciones poéticas, caligráficas o pictóricas? Sin duda. Pero de formas, como siempre, muy distintas.
Y, para empezar ¿hay acaso algo que pueda designarse como “filosofía china”? Otra vez, los mismos términos lingüísticos son reacios a cualquier traducción al mismo tiempo que, digamos desde una topología de las actividades del espíritu, el lugar y situación de una instancia en relación a las otras también es diferente. Lo mismo ocurre con el tema de la(s) religión(es). El confucianismo, el taoísmo, simplemente no son religiones en el mismo sentido en que aplicamos la palabra al cristianismo o algunos budismos. Y sí, hasta el momento, nos habíamos deslizado por o limitado a un solo aspecto de estos universos, el “artístico”, llegados a este punto es inevitable toparse de frente con cuanto habíamos venido evitando.
Sin embargo, tampoco es cosa de nos pongamos a ver qué son o cómo funcionan las apelaciones “religiosas” del caso. Bástenos decir, cómo, en todo lo que se lee sobre uno u otro aspecto de la China, sus artes o su historia, sus textos o ejercicios, sus sabidurías o sus templos, cómo es siempre un mismo aire el que lo baña todo, aire para el que podríamos prestarnos la palabra alemana Sttimung que habíamos encontrado en el romanticismo y se refería a esa entonación del aire, atmósfera, “mood”, ambiente… Y resulta, aunque suene a obviedad, que ese aire o Sttimung chino, parece basado y grabado a cal y canto en los grandes textos religiosos, incluido por supuesto el I-Ching al que, demás está decirlo, la palabra “texto” le hace tan flaco favor. Y están por supuesto las Analectas de Confucio  y el Tao Te King y el Chuang Tse… Pero la impregnación total, repetida y repetitiva, y eternizada en la Tradición (más acumulativa que dialéctica, dice Anne Cheng) de todos esos libros y sus innumerables comentarios, ello también se duplica, desdobla o redobla en las sabidurías y prácticas de vida, tantas de las cuales llegaron a convertirse en modas en Occidente: Feng-Shui, artes marciales, Tai Chi, acupuntura… Con todo, la enormidad de estos temas no debe arredrarnos y consecuentes con la brevedad, casi minimalista de estos apuntes, anotemos al vuelo algunos rasgos que conviene tener en cuenta:
Estamos, de hecho, en un mundo que nada emparenta ni con el logos ni la filosofía griega, ni con la creación, ni con Dios ni con la verdad. Aquí dominan los ritmos cósmicos, el Ying y el Yang, el Tao, o camino, las mutaciones, cambios y procesos, las virtualidades y el Vacío.
Es tal la heterogeneidad de temas y comentarios, cuenta Anne Cheng, y de más comentarios a ellos mismos yendo en diagonal de géneros y en enorme profusión cuasi indiferenciada, que se hace imposible “aislar un corpus diferenciado de los religiosos, literarios o científicos”. Y si en Occidente  “el proceso analítico empieza por una toma de distancia crítica, constitutiva tanto del sujeto como del objeto, el pensamiento chino, en cambio, se encuentra totalmente inmerso en la realidad: no hay razón fuera del mundo”, así como “no hay una verdad absoluta sino dosificaciones”, a tiempo de que no interesa el Ser sino el proceso. Aquí no se trata de los fundamentos, menos de los metafísicos, así como tampoco se plantea la existencia de Dios: “lo que se percibe como primordial es la mutación, resorte del dinamismo universal que es el soplo vital”.
Sinólogo y filósofo, Claude Julien, libro a libro (y ya son alrededor de 30) va puntuando las diferencias tan vastas como irreductibles (algo cuestionado por otro gran sinólogo: Billeter), y así por ejemplo, aprendemos que lo insípido chino, antes que una carencia de sabor, es la posibilidad de cualquier sabor no anulado por la identidad, que se mantiene dueño de todas las virtualidades sin entregarse a la cerrazón de un solo sabor, de la misma forma en que el general evita de las batallas, se evade y se presenta por igual o el pintor deja en blanco o en vacío buena parte del paisaje. En otro libro, Julien muestra cómo y por qué el tema de la Verdad no interesó a los chinos, que no cayeron nunca en el principio de contradicción. Sin caos primigenios, ni cosmogonía ni creación, y al no haberse constituido de manera mítica “el mundo chino no tuvo después que construirse filosóficamente (a modo de logos): ni puso (dramáticamente) en evidencia la ambigüedad, ni necesitó la verdad, para disipar la contradicción”. (Un sabio no tiene ideas p. 103).
Y en este mundo en el que no se persigue la gratificación intelectual sino “la tensión constante de una búsqueda de santidad” (Cheng), y el mismo lenguaje parece anclado enormemente en su concretud, reacio a la abstracción, pasa lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul-Han atribuye al tan cercano budismo zen: “No se busca allí algo oculto ‘detrás’ de la aparición.  El misterio (lo escondido) sería lo manifiesto. No hay ningún nivel superior de ser que se anteponga a la aparición de lo fenoménico. Su nada habita el mismo plano de ser que las cosas inmersas en la aparición. El mundo está enteramente ahí en una flor de ciruelo…”.



Libros

Una chica punk / disparando / escribiendo

Texto que aparece como epílogo en el libro de cuentos Caja de zapatos, de Isabel Suárez, el debut de la editorial Sobras selectas.

Wilmer Urrelo 


Quiero manifestar mi debilidad por los zapatos (y últimamente por el pop romanticón de los sesenta, ochenta y noventa del siglo pasado). Decía que quiero manifestar mi debilidad, concretamente, por los tenis. Los tenis coloridos, livianos, cómodos. Esos que no pueden pasar desapercibidos. Pero no los sencillitos. Antes muerto que sencillo.
Cuando leí el título de este libro, al tiro me vino algo, una idea extraña a la cabeza; algo hizo click en mi cerebro y, pese a que no sé nada de su autora, la imaginé como una chica punk / disparando / escribiendo.
Ahora ahí va la pregunta: ¿qué puede contener una caja de zapatos? En las mías guardo facturas a ser descargadas trimestralmente, algunas libretas con anotaciones de mis dos novelones-ladrillos o cartas nunca enviadas a la Florecita Rockera. Guardo, también, otras cajitas. Las cajitas de metal de mi vicio favorito: las pastillitas de menta marca Altoids.
Y dentro de esas cajitas de metal unas cositas que mejor no les cuento (jódanse).
¿Qué contiene al fin esta Caja de zapatos? Algo complicado en un libro de cuentos es que tenga cierta unidad. En el caso de Caja de zapatos eso se cumple a cabalidad y con una precisión envidiable. Acá esa unidad parece ser la mirada crítica hacia el mundo, hacia el mundo que, en concreto, habitan las mujeres. Y esa unidad también está en esa clase de seres humanos demasiado sensible a su entorno. Mortalmente sensible a su entorno.
Hace unos meses atrás cayó en mis manos un libro sobre Adela Zamudio escrito por Augusto Guzmán. Me refiero a la Zamudio, tan aplaudida ahora por los movimientos feministas, aunque me temo tan poco comprendida en sus profundas contradicciones. Adela Zamudio: biografía de una mujer ilustre, es un libro breve y al parecer muy bien informado. Guzmán enfoca casi toda su atención hacia la recontra usada fama que Zamudio se ganó como la primera feminista de Bolivia. Esta es la postura de chica punk / dispara / escribiendo de Adela Zamudio: se enfrentó a la Iglesia Católica, jamás se casó, se peleó con los hombres de la época y con la literatura de esa época dominada por los machimbres, machetes o macarrones (léase: masculinos). Éstos la miraban con una suerte de simpatía, de “usted escribe bien, pese a ser mujer”; es más, llegó a tal punto esa concepción de “mujer delicada escribiendo sonseritas”, que Soledad (sépase: Adela Zamudio) fue coronada (una corona de verdad y de oro blanco) por el presidente de Bolivia como toda una princesita (léase: el adorno de la realeza; dedúzcase: de la realeza literaria de la época). A esto hay que agregar las otras contradicciones de Zamudio. Los momentos donde aparecía la chica antipunk eran los siguientes: el amor enfermizo-excesivo por su familia, casta, directora de un liceo de señoritas, católica (creyente y encima militante).
Ahora bien, ustedes se preguntarán ¿y qué tiene que ver toda esta vaina con Caja de zapatos? Si bien los años no pasan en vano, al parecer las preocupaciones de las chicas punk / disparando / escribiendo siguen siendo las mismas. Pareciera que el mundo “dominado” por lo macarronil se ha camuflado, se ha vuelto hacia lo políticamente correcto: “que ella primero se realice y después nos casamos”, dice un machete para parecer, precisamente, un no-machete. En el fondo, para la autora en cuestión, este mundo boliviano actual es el mismo al que Adela Zamudio se enfrentó.
Una prueba de lo que digo es el cuento titulado Cebolla problema (quizá el que más me gustó de todos). La historia transcurre al interior de una cocina, el ambiente al que las mujeres fueron (y están) recluidas como una manera de pagar el amor zamudiano por la familia. Ahí hay una cebollita que no sabe lo que le espera. Dice Isabel  Suárez Maldonado: “Vas a cumplir tu cometido: ser alimento. Desde que fuiste un pequeño cebollín tus padres te inculcaron obediencia, estoicismo, recalcando que te quedaras quietecita cuando por fin fueras a ser comida, pero no te sentís lista, querés hacer muchas cosas y te destroza la idea de perecer entre dos panes...”.
Y hay otro, violetamente chica punk / disparando / escribiendo, titulado Días y flores, donde, una vez exterminado el enemigo machetil, la chica punk siente que en el exterior, es decir, afuera “...el mundo es un poquito más lindo”.
No todo, por supuesto, pasa por ahí. También hay otros cuentos notables y de verdadera chica punk / disparando / escribiendo: Belly Party. Dentro del estómago de alguien habita la humanidad toda (aunque para mí es el lugar donde palpita la ciudad de Santa Cruz); ahí, en su cuento, pareciera que se revuelven las más grandes inmundicias después de una borrachera. No me refiero a las físicas ni a las morales; me refiero a las otras inmundicias, a las de los seres humanos en su vida cotidiana. Y, al fin, todo revienta y todo se acaba (como debe ser): “Al final, las leyes de la naturaleza y el Pepto-Bismol llegan a poner orden. En menos de dos horas, sanos y ebrios, nuevos y viejos, catarros y dormilones, salen en filita india, lentos, fastidiosos y en silencio”.
O está, también, El último apagón. Un espacio donde el terror, donde la hecatombe de la humanidad (una vez más) se hace presente. Y no me refiero a la bomba atómica, ni al terrorismo ni tampoco Impuestos Internos. Es el fin o el apagón de esa vainita que usamos todos los días.
En una caja de zapatos pueden guardarse muchas cosas, decía al principio. Pueden guardarse cosas triviales, desesperadas; sensibles, enfermizas o esperanzadoras. Eso pasa en Travesía. Una chica a la que le gusta viajar en los buses (recuerdo de mi vida en tierras orientales: la línea 75, la 35 y la inolvidable 69), y que lo suyo es hacer una travesía por las avenidas y calles de los anillos de Santa Cruz. Una chica que busca un lugar donde venden jugo de cupuazú, y que de esa manera conoce el espantoso mundo del transporte público cruceño. A diferencia de los otros cuentos, en este sí se llega a un final luminoso (por llamarlo de una manera y no caer en la frase telenovelesca). Ahí va la misma: “...mientras el apreciado brebaje [el cupuazú] sube por la bombilla y baja por su garganta, la luz vuelve a las calles, los monstruos vuelven a ser motorizados y las sonrisas iluminan el rostro de los seres humanos”.
Muchas cosas caben en una caja de zapatos, lo repito. Cosas que agradeces, como este libro, porque no te da una lección de igualdad feminista, ni tampoco de machimbre políticamente correcto, sino lo más importante cuando te enfrentas a la ficción: el placer de leer, y nada más.
Nota.- Ah, conozco, también, a una perrita llamada Thayli. Cuadrúpeda que habitó, cuando era apenas una cachorra, al interior de una caja de zapatos.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Entrevista

Liliana Colanzi. Nuestro mundo
muerto
y apuntes para un perfil

La autora cruceña, una de las invitadas de lujo de la Feria del Libro, habla sobre su nuevo libro de cuentos. De paso, aprovechamos para esbozar un intento de perfil a partir de antiguas conversaciones y textos suyos.

  
Martín Zelaya Sánchez

“Tengo familiares que aseguran poder comunicarse con seres de otros mundos. Uno de ellos cuenta que lo abdujeron los extraterrestres en su infancia cuando paseaba al lado del río, otro ha visto naves espaciales descender en la selva amazónica”.
Así empezó Liliana Colanzi, hace ya varios meses, a responder un cuestionario orientado a conocerla como escritora, a indagar sobre sus motivaciones y búsquedas.
“Yo nunca he tenido contacto con platos voladores -continuó-, pero concibo la escritura como un portal hacia lo desconocido. Cuando una escribe convoca ciertas energías, y eso que está en el aire por lo general acude a tu llamado. Así que hay que tener coraje para recibir aquello que se conjura. Hay que ser paciente, porque descubrir su verdadera forma puede tomar meses o años”.

Muertos que vuelven o que nunca se fueron, videntes que se contactan con extraterrestres, sobrenaturales y ubicuas “presencias”, terroríficos caníbales sueltos. Los cuentos de Nuestro mundo muerto, su nuevo libro de cuentos que acaba de aparecer con El Cuervo, son -a tono con lo que decía entonces- un festejo de lo irreal en la realidad. (Esta es ya una entrevista actual):

- ¿Por qué tantos de tus relatos tienen presencia de fenómenos sobrenaturales? ¿Algo te lleva, te llama a escribir con estos temas... o es algo que simplemente se da?
- Lo sobrenatural nos interroga acerca de la muerte, que es hacia donde nos dirigimos, y pone de manifiesto lo poco que sabemos acerca de las cuestiones fundamentales de nuestro paso por la Tierra: de dónde venimos y por qué estamos acá, qué pasa cuando morimos y cuál es la naturaleza de lo divino y de lo maligno. Me interesa también la figura del fantasma como una señal de aquello que no ha sido resuelto y que vuelve a perseguirnos y a inquietarnos.

- Por otro lado, veo un “trasfondo social”: damas de la alta sociedad cruceña, sagas de familias ricas y de terratenientes, indígenas explotados. Detecto que hay ciertas historias que quieres enunciar (¿denunciar?) adrede...
- Más que una denuncia, es una respuesta al relato del mestizaje feliz que existe en Santa Cruz, a ese mito del indígena seducido por la música barroca y la bondad católica de los misioneros españoles, y que es una manera conveniente de blanquear una historia de abuso y explotación.
Muchas antiguas (y no tan antiguas) fortunas cruceñas provienen de la apropiación de tierras y del trabajo esclavo de indígenas y campesinos, lo cual no es novedoso ni aquí ni en el resto de Latinoamérica; lo particular del caso cruceño es que se utiliza la utopía de las misiones jesuíticas para no hablar de la parte sucia de nuestro modelo de progreso. En todo caso estos no son los temas de mis cuentos, pero sí su marco, el telón de fondo. 

La narradora cruceña tiene 35 años pero aparenta varios menos. Menuda, de rasgos finos y definidos, de mirada pícara y contundente y de hablar pausado, tímido pero solvente y provocador.
No me precio de ser su amigo cercano (aún), pero sí, quizás, algo más que un conocido con quien se cruzó en al menos media docena de eventos literarios en Santa Cruz, Cochabamba y La Paz. Me reconoce no solo por ser quien de cuando en cuando le inoportuna con preguntas y solicitudes de artículos (es el karma que tenemos los periodistas culturales con los escritores), y es desde esta circunstancia que emprendo este intento de acercamiento a Liliana Colanzi (que no perfil, ni mucho menos) y a su obra narrativa (que no una crítica literaria, ni mucho menos). Todo a propósito de su visita a la FIL La Paz en la que presentará su nuevo libro, y también a partir de un collage de opiniones y reflexiones que la propia escritora compartió en diferentes entrevistas -casi todas online- que me concedió en los últimos años, y de un brevísimo cuestionario que me respondió hace pocos días.

“Algunas personas dicen escribir cuentos en los descansos entre una novela y otra, o a manera de ‘soltar la mano’. A mí no me sucede. Cada uno de los cuentos de La ola (Montacerdos, 2014) me tomó varios meses de asimilar experiencias difíciles”.
Y sí, al leer y asimilar este libro -tras Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010)- se percibe de inmediato la intensidad en forma y fondo. Es decir, un trabajo duro y riguroso con el lenguaje, los planos narrativos y la construcción de tramas y personajes, que no puede salir de la noche a la mañana, por un lado; y, por otro, una impronta de misticismo, un original toque personal en los temas, en las historias seleccionadas, que navegan entre lo real y lo sobrenatural: muertos entre vivos, poderes extrasensoriales, seres de otros mundos, destinos predeterminados. Esta es también la atmósfera de Nuestro mundo muerto, que acaba de presentar El Cuervo, y que tiene cuatro relatos de La Ola y cuatro nuevos.


- Tienes tres libros publicados, (¿que en realidad son dos y medio…no?) pero que muy bien podrían ser una sola colección con unidad y coherencia.
-  En realidad tengo dos volúmenes de cuentos (Vacaciones permanentes y Nuestro mundo muerto) y una antología, La Ola, que tiene una selección de cuentos de ambos libros, pero que salió dos años antes de Nuestro mundo muerto y por eso causa un poco de confusión.
Creo que los mundos de ambos libros son diferentes: Vacaciones permanentes es más tradicional, urbano y  tiene un aire generacional (aunque no sé muy bien qué quiero decir con esto último), mientras que Nuestro mundo muerto se acerca más a la literatura de género y a algunos experimentos con las formas, y tiene búsquedas diferentes.

- ¿Hallaste tu voz literaria definitiva, más allá de que seguramente las cosas que quieras contar cambien con el paso del tiempo?
- En todo caso, mi desafío es volver a dinamitar lo que he hecho hasta ahora para poder seguir explorando y haciendo cosas distintas.

Si esencialmente somos la suma de nuestras experiencias, ya sabemos de qué vertientes bebió la autora en su infancia y que caminos sigue en la actualidad.
“Algo que no he contado antes es que rezo antes de escribir… rezo para olvidarme de mí, para poder sintonizar, aunque sea por un segundo, la música de las altas esferas”, comentaba en alguna de las viejas entrevistas.
Fue una vez publicado su primer libro que Colanzi se dio a conocer al grueso de los lectores como una más que prometedora escritora boliviana, latinoamericana, pero ya antes, sus inéditos tuvieron una amplia circulación entre escritores y editores. Con el “segundo” confirmó con creces las expectativas, y es por eso que se entiende la enorme atención que rodea la aparición de este “tercero”.
El éxito es claro y no hizo más que consolidarse en los últimos cinco años en los que, a la par de cursar su doctorado en literatura comparada en la Universidad de Cornell (EEUU), fue invitada a innumerables foros, encuentros, ferias y coloquios en América Latina y Europa, y, finalmente, recibió un importantísimo y augurador reconocimiento: el Premio Aura Estrada de Literatura, que le otorgaron en México en reconocimiento y estímulo a su aún breve pero fulgurante obra, en general y, en específico, a dos cuentos que ahora componen su nuevo libro: Chaco y Caníbal.
¿Qué tiene la obra de Liliana para merecer y cumplir tanta expectativa? Sebastián Antezana, otro de los destacados narradores bolivianos de su generación, sostuvo: “Colanzi es, por ahora, ante todo una escritora de cuentos. Así, es creadora de historias y personajes sólidos y bien tratados, nacidos de una compleja tradición estética, literaria y visual, en la que el papel de las imágenes es tan importante como el de cierta musicalidad que se traduce en momentos de intensa pasión por el lenguaje y crea una lógica interna que quizás no vale tanto por su situación física -la descripción de lugares- como por su naturaleza emocional, su cercanía a una cadencia que es en realidad un estado de ánimo generalizado”.

Un escritor es lo que lee. Sí, es un lugar común, lo sé, pero no por ello menos cierto. No debería ser necesario repetir los autores de cabecera de Liliana, pero lo haremos: en cada entrevista que da los enumera, nombres más, nombres menos: “Mis influencias de siempre son Fogwill, Casas, Saenz y Bolaño”; También viene bien repasar una reflexión suya sobre el libro y la lectura: “Como buen dinosaurio del siglo pasado, aprendí a leer en el libro tradicional y esa circunstancia marcó mi experiencia de lectura. Pero no tengo ninguna nostalgia por la época anterior a internet en la que los libros viajaban de manera lentísima o simplemente no viajaban (...) Cuando era chica era muy prolija con mis libros; ahora no tengo ningún problema con marcarlos, subrayarlos, escribir cosas en los márgenes. Entro a los libros como ladrona, buscando qué saquear”.
Finalmente, si de conocer un poco a Liliana escritora se trata, es fundamental intentar aproximarse antes a Liliana persona, boliviana, treintañera en los actuales contextos y coyunturas en que se desenvuelve… en este caso, como una literata migrante en EEUU. Esto fue lo que comentaba el año pasado cuando participó en una mesa de literatura y migración, también en el marco de la FIL La Paz:
“No tuve conciencia plena de lo que significaba ser boliviana o latinoamericana hasta que dejé el país. Vivir fuera de Bolivia me ayudó a volcar la mirada sobre actitudes y creencias que estaban en el aire mientras yo crecía y que nadie cuestionaba (el racismo, el clasismo, el machismo) y mirarlas con extrañeza, pero también con gran curiosidad”.
“En cierta forma, Vacaciones permanentes es un ajuste de cuentas con esa Bolivia en la que me crié y de la que me alejé en más de un sentido, y no es casual que solo haya podido escribir esos cuentos desde la distancia, y en un estado de oscilación constante entre el odio y el amor”.
“En los últimos años me he visto regresando seguido a Bolivia, no solo físicamente sino a través de la ficción, tal vez intentando entender de dónde vengo. Por el lado paterno soy descendiente de inmigrantes campesinos italianos, por el lado materno provengo de una familia beniana numerosa. Ahí, de fondo, estaba latiendo siempre lo rural: la voluntad de dejar el campo y la pobreza pero también la conciencia (y la amenaza) de llevarlos siempre a cuestas. Me interesa volver a esa tensión y ver qué es lo que se esconde ahí, llegar hasta aquello que reprimimos y dejar que hable”.

Si de terminar de trazar este esbozo de perfil se trata, ahí están muchas claves: la fuerte presencia de lo familiar, de lo rural, y del ida y vuelta de los escenarios y temas bolivianos, se explica claramente en su historia personal, sus intereses y opciones y su devenir de ya casi una década fuera de Bolivia.

Liliana Colanzi avanza, sorprende y gusta cada vez más (no hay que perderse Caníbal ni Chaco del nuevo libro) tras dos libros -o dos y medio-… recién. Adelanta que a fin de año retomará su primera novela, así que todo es cuestión de tiempo.