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domingo, 30 de abril de 2017

Artículo


El Aparapita da un salto al audiovisual

Elías Blanco da un paso más en su proyecto enciclopédico –tiene más de 2.400 fichas biobibliográficas de personalidades de la literatura, las artes y la cultura bolivianas- y lanza en YouTube el “Canal de Aparapita” en el que desde hace ya algunos meses circulan cortos audiovisuales sobre personalidades, obras y símbolos culturales bolivianos. 


Martín Zelaya Sánchez

Víctor Hugo Viscarra como personaje y escritor desde la óptica de su amigo y editor Manuel Vargas. El famoso poema Claribel de Franz Tamayo, en la voz de Gian Franco Pagliaro. Homenajes y perfiles de Alfredo La Placa, Edmundo Camargo, Blanca Wiethuchter, Sergio Suárez Figueroa o Lindaura Anzoátegui. Pero además, entrevistas, opiniones y reflexiones en torno a símbolos de la cultura boliviana, como las Alasitas, el kusillo, o el pepino. Y, claro, música y poesía: interpretados o leídos por sus creadores o, en el caso de artistas de otra época, por compositores y poetas contemporáneos. El repositorio de Elías Blanco Mamani, acaso uno de los más completos y actualizado en cuanto a la literatura, las artes y la cultura boliviana se refiere, da un importante paso para consolidar y mejorar su servicio: llega al formato audiovisual.
No es una novedad del todo, pues hace ya algunos meses Elías empezó a subir a la web los cortos que desde hace varios años produce -no falta casi a ninguna actividad ligada a las letras y las artes en La Paz, casi siempre cámara en mano-, y muchos ya tienen 500, 1.000 y hasta 5.000 visualizaciones. El medio elegido es YouTube donde hace pocos días subió su video número 50, razón por la que decidió hacer el lanzamiento oficial del “Canal del Aparapita”. Quien quiera acceder a este archivo desde el conocido portal, debe buscar “Elías Blanco Mamani” o “Museo del Aparapita”.
 
¿Quién es Ninoshka Méndez? –se oye entonar, y se reconoce claramente la voz de Elías- / Es mi amor -¿pero quién es…? / -¡Buscadla! / Indentificad su claro nombre…”.
Es el video dedicado a Julio de la Vega, en el que acompañan a la lectura de este poema -uno de los más conocidos del autor cruceño- la música de Vivaldi de trasfondo y una serie de imágenes de pinturas de Herminio Pedraza, Martha Cajías, Alfredo Loayza y José Moreno. Blanco tiene un sustancioso archivo, sabe aprovecharlo y sabe, larga experiencia empírica de por medio, la importancia de la propiedad intelectual y el derecho de autor: cada corto finaliza con un repaso a los créditos en generador de caracteres. Claro está que brinda gratis su cuantioso material, y claro está que el mínimo esfuerzo en retribución debe ser citar la fuente: Diccionario Cultural Boliviano, o Museo del Aparapita.
“Hoy en día contamos con un archivo fotográfico de más de cien mil imágenes digitalizadas, una biblioteca especializada en cultura boliviana con 2.500 volúmenes, una hemeroteca también especializada en publicaciones bolivianas y un archivo de recortes y catálogos”, comenta. Todo está concentrado en el Museo del Aparapita que abrió en abril de 2012 -¡acaba de cumplir cinco años!- en su propiedad en Villa San Antonio. “El 95 por ciento de este material -continúa- está vaciado en el Diccionario Cultural Boliviano, blog que comencé a alimentar en 2010, y que fue presentado oficialmente en 2012, en la inauguración del museo”.
¿Quién no acude una y otra vez a este portal? Pocos creadores bolivianos tienen su entrada en Wikipedia, así que generalmente cuando uno pone el nombre de un pintor, narrador, cantautor, cineasta, etc., el buscador de Google arroja en primera línea este sitio: elías-blanco.blogspot.com que la noche del martes, al cerrar esta nota, tenía 2.156.573 visitas. “Alberga hasta 2.400 reseñas biográficas, la mayoría con fotos y en los últimos meses el flujo diario de ingresos es de alrededor de 2.000”.

Con esta base de datos, Blanco empezó hace ya varios años a publicar libros especializados en biobibliografías de cultores de la literatura y las artes nacionales, organizados por regiones y disciplinas, luego, como acaba de contar, decidió compartir su patrimonio mediante el museo y ahora consolidar su salto a la web.
“El objetivo central es presentar a los protagonistas de nuestra literatura y arte a través del video que, creemos, es un formato adecuado para llegar a diferentes públicos. Está claro que internet es la mejor herramienta para abrir toda esta información al mundo”.

- ¿Cuál es la característica básica de los videos, qué variedades de audiovisuales tienes en mente?
- Básicamente que tienen que ser cortos sobre personajes, obras o hechos de las artes y la cultura bolivianas; lo demás, depende del tema: en el caso de los poetas, por ejemplo, se trata de que -si está vivo- el mismo autor lea sus poemas, y enmarcar todo con información biobibliográfica básica; con escritores clásicos y de otras épocas, como Raúl Botelho Gosálvez, por citar alguno, enriquecemos su biografía con entrevistas a estudiosos de su obra; con los músicos rescatamos sus temas o piezas más reconocidos, ya sea interpretados por ellos mismos o por otros. Creo que la estructura es dinámica, en el caso de Simeón Roncal, por ejemplo, recurrimos a una interpretación de la banda de los Colorados de Bolivia en la Plaza Murillo.

- ¿Cuáles son los más vistos hasta el momento?
- El más vistos y a la vez el más artesanal (editado en 2014) es la lectura del poema Claribel de Franz Tamayo a cargo del cantautor argentino Gian Franco Pagliaro. El corto está matizado con imágenes de pintores y dibujantes bolivianos. Otras producciones con notable éxito son la canción No le digas, de Jaime Saenz, interpretada por la Orquesta de Cuerdas del Conservatorio Nacional de Música, y la breve narración que hace Edgar Ávila Echazú sobre la historia de Tarija.

“Detrás de los aprendidos gestos del tránsito peculiar, del perfil de tu melancolía, de tu augusta frondosidad, habita una ojiva innombrable…”. Lee Elías el poema Los graves epitafios de los muertos, en el corto dedicado al escritor Sergio Suárez Figueroa.

En el homenaje a la poeta y académica Blanca Wiethüchter, además de una completa reseña de su vida y obra y apreciaciones de escritores como Humberto Quino, Vicky Ayllón, Mónica Velásquez y Luis Antezana J., se aprecia una emotiva serie de fotografías -tomadas por Fernando Medinaceli- centradas en un juego de ajedrez entre Blanca y su esposo, el compositor Alberto Villalpando. El video, uno de los mejor estructurados, se inicia con la lectura de Blanca de uno de sus poemas; un llamado a la nostalgia para quienes recuerdan la inigualable entonación de la autora al leer su obra poética: “Si tú te mueres primero, amor / ¡ay!, si tú te mueres primero / si eso ocurriría / ya no habría árbol que tocara el cielo / ni puerta que mirara al campo / y la calle se truncaría / con el solo andar de mis pies…”.

René Antezana, Roberto Choque, Luis Ramiro Beltrán, Melchor María Mercado, Gilberto Rojas, José Eduardo Guerra y Eliodoro Aillón, por solo mencionar a unos pocos. Son 50, y están a solo un par de clics en la web, en el “Canal del Aparapita”.
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Una gesta enciclopédica

“Todo nació por la mi gran admiración de la obra de Jaime Saenz”, cuenta Elías Blanco, cuando le pedimos rememorar el origen de este su proyecto de largo aliento que en 18 años de avance -“fue allá por el año 1989”-, hoy se plasma en un portal, una colección de 17 publicaciones, un museo y, ahora, un canal de cortos en YouTube.
El embeleso por Saenz y su universo -su ficción, su La Paz reinventada, sus personajes (el aparapita, claro)- lo llevaron a indagar cuanto pudiera y donde pudiera sobre el autor de Felipe Delgado. “Así comenzó la búsqueda -continúa su relato- y acumulación de información y datos que fue creciendo sin que casi me diera cuenta. El primer logro fue el libro Jaime Saenz, el ángel solitario y jubiloso de la noche, impreso en 1998; luego vinieron las biografías que fuimos agrupando por departamentos de Bolivia; después los diccionarios de poetas y novelistas y de extranjeros en la cultura boliviana. Pasados los años, hoy contamos con 17 libros publicados:

1.  Existencias insurrectas. La mujer en la cultura boliviana (con Pilar Contreras, 1997)
2. Jaime Saenz, el ángel solitario y jubiloso de la noche (1998)
3. Enciclopedia gesta de autores de la literatura boliviana (2004, 2005)
4. Orureños en la cultura boliviana (2006)
5. Chilenos en la cultura boliviana (2007, 2010)
6. 200 poetas paceños (2009)
7. Tarijeños en la cultura boliviana (2010)
8. Argentinos en la cultura boliviana (2010)
9. Alemanes en la cultura boliviana (2010, 2013)
10. Potosinos en la cultura boliviana (2010, 2012)
11. Diccionario de poetas bolivianos (2011)
12. Paceños en la cultura boliviana (2011, 2014)
13. Diccionario de novelistas bolivianos (2012)
14. Cruceños en la cultura boliviana (2012)
15. Cochabambinos en la cultura boliviana (2012)
16. Benianos en la cultura boliviana (2012)
17. El himno paceño en su sesquicentenario (2013)





Patio interior

Lenguas, vueltas y fracturas


A modo de recapitular su avance –esta columna mensual es un todo, naturalmente- el autor reivindica el constante retomar sobre lengua y poesía, poesía y lenguaje.




Juan Cristóbal Mac Lean E. 

Habíamos terminado por preguntarnos sobre las lenguas, su profusión y su desaparición, su aprendizaje o su olvido, tras antes habernos asomado, aunque muy de lejos, y en relación sobre todo con la poesía, al romanticismo alemán primero, luego a la lengua china (versión mandarín o la que corresponda), que también ignoramos pero de cuyas particularidades hicimos el intento de percatarnos.
De tal forma, habíamos llegado a inquietarnos sobre la singularidad de cada una como visión de mundo, como filtro, amplificador, matizador o recortador de los alcances, virtualidades y posibilidades del propio conocimiento y sin dejar de inquietarnos, tampoco, sobre la existencia de alguna posible universalidad oblicua a todas las hablas, sobre las posibilidades de la traducción y la existencia de algún espacio intersticial entre los lenguajes.  
Siguiendo semejantes derroteros, habíamos acabado enterándonos de la desaparición de una lengua, la de los atures del Orinoco y que ya solo un loro hablaba y que Alexander von Humboldt procuró transcribir percibiendo, en los graznidos del ave, palabras perdidas ya para siempre. Y luego nos habíamos topado con el idioma piraha, también de la Amazonia sudamericana, para enterarnos de que esta lengua es un caso extremo de la singularidad idiomática, hasta el punto de cuestionar los postulados de ciertas lingüísticas.
En este deambular entre las lenguas y que por momentos nos llevó por recodos tan dispares, podría parecer que hubiéramos perdido el hilo o nos hubiéramos alejado mucho de nuestra interrogación inicial, planteada hará unos 30 números de estas entregas y de enunciación tan simple: ¿qué comprende la poesía? ¿Qué es comprenderla? ¿Cuál es la comprensión poética, si tal hubiera? Las diversas pistas que fuimos siguiendo en pos de esas respuestas nos llevaron incluso a toparnos con textos exhumados, filólogos viajeros, rescoldos de lenguas muertas o las “eternas” dudas y esperanzas planteadas por el tema de la traducción. Mas por mucho que nos hayamos ido por inesperadas ramas, sabemos también que, al interrogarnos y preguntarnos sobre hechos de lenguaje y traducción, no nos hemos alejado un ápice de la poesía. ¿No es acaso en el lenguaje que ella se ejercita y tiene lugar, no es el lenguaje, justamente, su principal campo de despliegue, batalla y efectuación? Sin hablar de que también, en muchos poetas, ya sean Hölderlin o Mallarmé, sea esencialmente el lenguaje el centro de su reflexión, su política y su práctica poética. Un pensamiento del lenguaje es solidario, dice Meschonic, de un pensamiento de la literatura. De tal manera, conviene que avivemos nuestra atención hacia el lenguaje, conviene que aprendamos a asombrarnos debidamente ante su solo hecho, tan indisociable de nuestro propio ser.
Por otra parte, tampoco es que, para acercarse a la poesía, una reflexión deba internarse en la lingüística, en la misma medida en que ningún poeta tiene que leer a Saussure, así como ningún lector que goza de la poesía está forzado, digamos, a conocerse antes la obra de Heidegger sobre Hölderlin. Sin embargo en el campo de las aventuras intelectuales, y en gran parte debido a internet, ahora cualquiera tiene al alcance de la mano gigantescas bibliotecas virtuales en todos los órdenes. Paralelamente se vive, como nunca antes en la historia, dentro de una “situación mundial” dentro de la que se está inmerso con una fuerza y evidencia tales que antes solo estaban al alcance de los trenes de cercanías.
Encima de ello y en la medida más o menos escasa que uno lo entiende y sobre todo atendiendo lecturas de divulgación y similares, los mismos campos científicos y técnicos no paran de cruzar umbrales inimaginables, mientras las teorías conocen nuevos límites y formulaciones. Entre semejantes enjambres y yendo, además, a gran velocidad, hoy resulta tanto más conveniente, e incluso recomendable, disponer en alguna medida de las afiladas herramientas cognoscitivas que se poseen.
Puestas así las cosas, destaca una figura tan tajante e incluso radical como la de Henri Mechonic y sus posiciones teóricas. Este soberbio poeta y traductor (nada menos que de la Biblia) francés, produce paralelamente un constante debito teórico que nunca deja de asombrar al mismo tiempo que a veces uno no sabe (por lo menos yo), hasta dónde seguirlo en sus radicales afirmaciones.
Según éstas, en todo caso y siguiendo una lista larga ocurre que lenguaje, política, “historicidad”, poesía, vida y sociedad están inextricablemente ligados de una forma tan radical que cualquiera de los campos afecta directamente a los otros. Y, en tanto que poeta, el pensamiento de Meschonic gira sobre todo en torno al lenguaje, exigiendo nuevas disposiciones: “Los pensadores del lenguaje, aquellos que inventan un pensamiento del lenguaje, son de hecho artistas del pensamiento, por la invención de una escucha que trasforma lo desconocido en conocido, y lo que se creía conocido en desconocido, inventa rigores nuevos, una historicidad nueva. En relación a ella, los formalismos son cientifismos. Relleno. Medidas para tranquilizar” (en: https://mescho.hypotheses.org/tag/humboldt)
Con tal talante, no es extraño que para Meschonic, Humboldt sea uno de esos artistas del pensamiento y que no vacile en entonar una fuerte reivindicación del gran personaje, cuyas reflexiones sobre el lenguaje (encontrables en inglés en internet) rebasan con mucho el cajón en que a veces se lo quiso poner y dar por liquidado. Entre otras cosas, para Meschonic, Humboldt “es sin duda el primero, tal vez, en haber hecho una teoría del lenguaje que sea una antropología”.
Asimismo, él habría pensado en la continuidad entre la poesía y la prosa, “de la prosa como de la poesía y que toda la tradición dualista esconde, porvenir inexplorado de la poesía y la teoría”. Lástima que Meschonic no dice dónde ir a buscar semejantes ideas en Humboldt. De cualquier forma, todo este rodeo justifica una vez más la continuidad existente entre la pregunta por la poesía y la pregunta por el lenguaje. El hecho de que se haya traído a colación el cruce entre lingüística y antropología, finalmente, nos enfrenta irremisiblemente y de hecho, ya, a una situación con ribetes lacerantes, y que se da, inescapablemente, en un lugar como Bolivia, donde coexisten tres lenguas mayores (castellano, aymara, quechua) y cierto número, a estas alturas no sé si indeterminado, de lenguas “menores”, con varias de ellas abocadas a su extinción -todas ellas en conflicto. De sus fricciones, campos limítrofes, avances o retrocesos de unas lenguas sobre otras, fracturas, riesgos de extinción o mezclas y averías, es algo de lo que no podemos escaparnos ni ignorar dentro de estos contextos. Ya seguiremos con ello.



Letra sincrónica

Desciframientos monumentales

 Esta es una versión reducida del texto que el autor leyó el pasado martes en el conversatorio “Arquitectura y literatura: entre patios, puntos y comas”.




Alan Castro Riveros 

No tiene sentido erigir monumentos en homenaje al hombre; el hombre no necesita homenajes. El hombre necesita aprender. Y tal el monumento.
Jaime Saenz

Temple
La poesía es una obra continuada por generaciones, un lenguaje que se descubre a sí mismo en su transcurso. En la arquitectura este flujo que recorre las edades salta a la vista más claramente, pues comprobamos que los monumentos arquitectónicos de la humanidad han tardado años e incluso siglos en edificarse. El Temple Expiatori de La Sagrada Familia de Barcelona, por ejemplo, comenzó a construirse hace 135 años por el arquitecto Antoni Gaudí (1852-1926) y aún no ha sido terminado. Los arquitectos encargados actualmente de aquella basílica vaticinan su finalización para 2026.
Además de la dificultad técnica para realizar La Sagrada Familia después de la inesperada muerte de Gaudí, los arquitectos que lo siguieron tuvieron que completar con su propio cacumen los planos y maquetas que se quemaron en el incendio de 1936. Los arquitectos de la segunda generación recordaron que Gaudí hablaba de su obra como una “biblia esculpida en piedra”. Esta referencia literaria estructural se unió a cierta arqueología que obligó a los implicados a reunir más de mil pedazos de maqueta y a apuntar coincidencias sistemáticamente. Gracias a tal labor, la tercera generación de arquitectos -surtida con cinco programas informáticos distintos al unísono y una impresora 3D- va recomponiendo el diseño de Gaudí.

Pasajes
                                                                                             Habitar significa dejar huellas.
Walter Benjamin

Los pasajes de París, escrutados por el escritor alemán Walter Benjamin (1892-1940), se revelaron como la concreción del sueño colectivo del siglo XIX. “Toda arquitectura colectiva del siglo XIX representa la casa del colectivo onírico”, dice Benjamin. Cabe agregar que el Libro de los pasajes -como se ha dado en llamar al proyecto monumental e inconcluso de Benjamin-  era la continuación de un libro breve y fascinante que el autor sí publicó: Calle de dirección única. En este libro dedicado a la actriz radical Asja Lacis, aparecen opúsculos reveladores de lo urbano y lo burgués: Terreno en construcción, Salita para desayunar, Arquitectura interior, Oficina de objetos perdidos o Gasolinera -texto este último que abre el libro con una constatación desafiante: «Nadie se coloca frente a una turbina y la inunda de lubricante. Se echan unas cuantas gotas en roblones y junturas ocultas que es preciso conocer». Estos roblones y junturas aparecerían luego, poco a poco y con insospechados alcances frente a los ojos de Benjamin, en la arquitectura de los pasajes.
El 30 de enero de 1928, Benjamin le escribe a su amigo Gershom Scholem: «Cuando haya acabado de una u otra forma el trabajo del que en este momento me ocupo con toda clase de precauciones, un ensayo sumamente curioso y arriesgado, "Pasajes de París. Un cuento de hadas dialéctico" (pues nunca he escrito con tanto riesgo de fracasar), se habrá cerrado para mí un horizonte de trabajo -el de Calle de dirección única- (...) Los motivos profanos de Calle de dirección única se multiplicaron en él de un modo infernal (...) Con todo, es un trabajo de pocas semanas».
Las semanas para articular los empalmes del Libro de los pasajes se convirtieron en años. El autor murió en 1940 sin terminar aquel curioso y arriesgado ensayo. Los editores de Benjamin trabajaron con pedazos, apuntes, cartas, huellas.
Por otro lado, el riesgo que Benjamin hallaba en este proyecto radicaba en la dificultad de hacer legible su visión alegórica de los pasajes: cómo hacer leer en esas galerías de hierro y cristal la concreción del sueño colectivo de la humanidad del siglo XIX recientemente terminado.

Orbis Tertius
El cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges se me apareció un par de veces mientras trataba de visualizar los lazos entre la literatura y la arquitectura. La primera fue cuando leía algo sobre Urn Burial de Sir Thomas Browne, justo después de pensar en los monumentos funerarios y en la novela La tumba infecunda de René Bascopé. Resulta que Urn Burial es el texto que está siendo revisado por el protagonista de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius al final del relato -en una «indecisa traducción quevediana».
Este relato de Borges incluido en Ficciones (1944) cuenta sobre un país inventado que poco a poco (como si nada hiciera al proponer su extraño ordenamiento) se va a apoderando de este mundo.
El narrador, después de varias pesquisas, descubre algunas verdades sobre el origen de este país ficcional: «Una sociedad secreta y benévola (que entre sus afiliados tuvo a Dalgarno y después a George Berkeley) surgió para inventar un país [...] Al cabo de unos años de conciliábulos y de síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país. Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo para la continuación de la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció; después de un hiato de dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América [...] [El ascético millonario Ezra Buckley] le dice que en América es absurdo inventar un país y le propone la invención de un planeta».
Tal planeta será año tras año este planeta.

Codex
Volví a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius después de recordar el Codex Seraphinianus -la enciclopedia fabulosa de Luigi Serafini. En la introducción a una entrevista de 2015 al autor, Katerina Babkina menciona el relato de Borges como una influencia del Codex.
Luigi Serafini es un poeta, diseñador industrial y arquitecto que ha creado un mundo imaginario con un lenguaje igualmente imaginario. La Sociedad de Bibliófilos de la Universidad de Oxford hizo un tremendo esfuerzo para descifrar el Codex Seraphinianus; hasta que Serafini en persona tuvo que ir a confirmarles que su libro no tenía sentido. El autor les dijo que si querían traducir el libro debían hacerlo con un lenguaje también imaginario.
Italo Calvino, autor de Las ciudades invisibles, hizo el prólogo a la primera edición del Codex. En aquella presentación titulada Orbis Pictus, Calvino dice: «Si el lenguaje de Serafini tiene el poder de dar vida a este mundo cuya sintaxis es tan extraña a nosotros, entonces bajo el misterio de su superficie indescifrable debe contener otro misterio aún más profundo relacionado con la lógica interna del lenguaje y del pensamiento».

Habrá que mencionar finalmente que ante la pregunta de si el Codex es una obra terminada, Serafini responde en la entrevista: «Cuando esté muy viejo para continuar, llamaré a una competición y elegiré a la persona que hará las adiciones al Codex después de mí».

La pelusa que cae del ombligo

La obra narrativa de René Bascopé

Extractos de la Introducción que el autor escribió para Cuentos completos y otros escritos, de Bascopé, que en su segunda edición –aumentada y corregida- acaba de presentar La Mariposa Mundial.



Omar Rocha Velasco 

Habitante cabal del mundo y, especialmente, de la ciudad de La Paz, René Bascopé Aspiazu fue uno de los escritores bolivianos que ha ejercido con mayor derecho el oficio de “vivir para escribir la ciudad y escribir para vivir la ciudad”, si entendemos por ello a quien, como él, ha recorrido los vericuetos más recónditos de la ciudad de La Paz a través de la palabra.
Toda la narrativa de René Bascopé Aspiazu tiene un solo escenario: la ciudad de La Paz, y más todavía, los conventillos de la ciudad de La Paz. Cada uno de sus cuentos y cada una de sus novelas es la historia de lo que acontece en alguno de los cuartos de ese conventillo grande que es su obra misma, “era como si desde la distancia de su muerte viera la intimidad de los ventanales”. Una panorámica de la obra narrativa de Bascopé presenta la idea de un todo fragmentado, pequeños capítulos de una sola historia relacionada con la miseria, la muerte, el basural y la casa de citas. Cada “pieza” funciona como sinécdoque de una trama de la cual solo algunos detalles se dibujan para que el lector infiera su forma global.
Bascopé Aspiazu fusiona la escritura y la posibilidad de ser “artista” con la ciudad de La Paz. Él encontró una particular forma y un particular lugar de creación a partir de los caprichos de la ciudad misma. Esto lo vemos, por ejemplo, en el relato de su encuentro con el ciego Macario Lugones, este hombre, mendigo por convicción y profundamente artista, que causó movimiento e identificación en el espíritu acumulado de Bascopé, había alcanzado una apariencia que armonizaba con su ciudad, tenía el rostro habitado por la viruela, usaba lentes de carey envejecido y portaba un violín. Bascopé observa que Macario Lugones se pertenecía a sí mismo y a las plazuelas de Chijini, a sus callejuelas y al portal de la iglesia del Gran Poder. Bascopé encuentra un artista en Lugones, no solo por la pulsación del instrumento, sino por su armonía con la ciudad, por la mendicidad lograda -en este caso, la miseria no es algo que adviene sigilosamente y se apodera de la persona, es un estado elegido, construido pacientemente. Macario Lugones es parte de la ciudad, logra “engranar” con ella; con los lugares que habita y por eso es un artista.
La escritura para René Bascopé Aspiazu, por otro lado, está poblada de nostalgia, no solo como recuerdo o memoria, sino como posibilidad de prolongar infinitamente las plenitudes, una especie de detención arrancada al paso del tiempo. Y esta posibilidad de escribir desde la nostalgia, no es otra cosa que la mirada que el artista construye desde su espacio habitado. Así, la puerta de la iglesia es inseparable de la pulsación y la detención del tiempo, efectos, ambos, de la mirada nostálgica. […]
La ciudad de La Paz no solo es el escenario en el que se desarrollan las acciones de la narración, encarna en los personajes, se expresa en cada uno de ellos, su existencia subyace en la presencia contradictoria de cada habitante. Tomar a La Paz como escenario no significó para Bascopé describirla con gozo y sensualidad. Oblicuamente, su “enamoramiento” llega a los límites que acercan, de manera inequívoca, el erotismo con el horror y la muerte. Bascopé Aspiazu es un habitante del horror. Trabaja las grandes interdicciones humanas, el acto sexual y la muerte. La posibilidad de convertirse en cadáver, en carroña, es una prohibición, el acto sexual prefigura, imita esta prohibición y al mismo tiempo, en ese mismo movimiento, va en contra de la misma, por tanto nos acerca más a los caminos de la libertad. Mediante la descripción del horror y la miseria de los habitantes de la ciudad, se logra el mismo efecto. El horror es una visita a las entrañas de la ciudad. Un paseo por sus calles llenas de  ruido o de silencio, y de un “moho de sombras” que se adhiere a los huesos. Una visita que no discrimina bares ni alquiler de encantadoras prostitutas. Una mezcla con la fauna nocturna sin medir consecuencias, un trato con borrachos, mendigos, ayudantes, zapateros, homosexuales y buhoneros. […]
En las narraciones de Bascopé Aspiazu siempre está en juego una disolución de las formas constituidas. La sorpresa, casi poética, no está solo en la descripción de una realidad social que, estas narraciones, abandonan con el gesto de quien se despide de una Mamá Grande, matrona simbólica que tanto dio de mamar. Los cuentos del Basco, tienen una enorme flexibilidad para representar cosas distintas, contradictorias. Están aquellos de “la carencia”, que son cuentos realistas, escuetos, sumarios. Pero, al mismo tiempo, encontramos cuentos que representan exaltaciones, fruiciones, gozos, experiencias jubilosas en medio de la miseria, como en La noche de los turcos. En palabras de Carlos Fuentes, “la literatura dice lo que la historia encubre, olvida o mutila”. Acaso a ello se deba que la narrativa de Bascopé sea tan real como la realidad misma y, de pronto, va construyendo también nuestra realidad. […]
René Bascopé Aspiazu fue uno de los tantos intelectuales que vivió acontecimientos de gran impacto sociocultural en Bolivia. Le tocó la década de los setenta y parte de la del ochenta, es decir, nacimiento y decadencia de dictaduras militares. Fue víctima de la represión sangrienta de los reclamos populares, de la persecución ideológica, en fin, de las consecuencias funestas de esas dictaduras y el posterior surgimiento de un incipiente proceso democrático en 1982. Combinó la escritura con la participación política, matrimonio que, generalmente, no termina con historias felices. Desde muy joven resolvió el enigma fatal de los intelectuales, su lugar dentro de la sociedad.
Bascopé no marchó ni adelante, ni atrás, ni al lado, sino con la sociedad. Para Montaigne “el literato ha de vivir en un país libre o, si no, resignarse a ser un esclavo, temeroso siempre de que lo acusen ante su amo otros esclavos envidiosos…”. Como Montaigne, Bascopé no conoció la resignación, por eso ha luchado por lo primero.

La práctica política de Bascopé como intelectual ha sido quizás inevitable y allí fue protagonista de una historia larga. Su posición fue muy diferente al escepticismo en el que vivimos actualmente. Él vio la necesidad de actuar en el debate político en desmedro de sus propias funciones artístico-literarias. En todo caso, los fracasos no niegan la vocación política de este intelectual y, aunque no hay una forma ideal, también cultivó la duda. Por otro lado, uno de los personajes que Bascopé penetró hasta la médula fue Sísifo, estableció una analogía entre su eterno castigo y la labor del escritor, tomar la pluma una y otra vez, aunque la palabra no provoque efectos inmediatos, aunque el cambio no se avisore, aunque la función social de quien escribe no esté clara.

Crítica

La decantación de todas las cosas


A propósito de la reciente aparición de la Poesía completa de Roberto Echazú, la autora repasa las claves de la poética del vate tarijeño.




Mónica Velásquez Guzmán 

Debemos a la colección de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia la reedición de la Poesía completa del poeta tarijeño Roberto Echazú. La misma incluye 14 breves libros, algunos “poemas póstumos”, dos entrevistas y cuatro textos críticos, además del estudio introductorio a cargo de Vilma Tapia, también poeta. No existe en el corpus mayor novedad, salvo algún poema de los calificados como póstumos; el aporte viene dado más bien por un retrato del artista posible gracias a las entrevistas y por las lecturas e interpretaciones. Lo único lamentable es la exclusión del único texto crítico de Echazú, dedicado a Octavio Campero y que proyecta harto de su propia poética (hoy casi imposible de conseguir).
Reedición y lectura nos dan a pensar y a recordar a un valioso poeta. Se reiteran los rasgos más evidentes de su escritura: la brevedad que delata una intensidad tanto vital como verbal; su dedicación temática a la tierra, al olvido, a los motivos familiares: dedicados al padre y a los hijos (grandes ejemplos del tratamiento de la paternidad, junto con Eduardo Mitre, por ejemplo); su indagación por la condición humana; el silencio en sus versos y entre las fechas de publicación de sus libros; una mirada capaz de instaurar belleza, pureza y hasta cierta inocencia en lo mirado; una poética que, por celebratoria, no exilió de sí ni al dolor ni a la desolación, debidos sobre todo a un mundo o entorno desesperanzador. El centro de tal poética, tal vez, resida justo entre el instante de plenitud y el distenderse de su imposibilidad, su fugacidad o su “todavía no”. Se añaden filiaciones provocadoras con otros poetas bolivianos y extranjeros, se marcan sus recurrencias.

¿Un poeta temporal y contemplativo?
El hecho de que un poeta sea breve no necesariamente responde a un asunto de temporalidades. En este caso, la palabra del poeta tarijeño parece demorarse en el instante en que contempla algo. Frecuentemente se trata de un gesto, un movimiento, un rasgo donde se sugiere a todo un personaje, etc. La descripción, pero también la simbología de la escena, hacen que la naturaleza aparezca más como señal que como escenario o esencia; es decir, no es un canto a lo natural manifestado sino la puesta en escena de un oído atento a lo que dicha señal puede sugerir al sentido, tanto perceptual como de significación. Así, el registro de esos tenues signos apunta a retener algo del instante que pasa como una iluminación, un susurro apenas memorable, una nada que pasa. En esta poesía se equilibran la certeza de una fe que mira con bondad asistiendo a lo humano y la fiereza de un tiempo limitadamente histórico y humano que más bien distiende esa posibilidad, esa luz, dispersándola como latencia de ser más que como verdadera plenitud.
Si de brevedad se trata, la filiación con Ávila Jiménez, sugerida en el estudio y en la crítica, y con Fernando Rosso, añado yo, es evidente. Poetas que trabajan con la sutileza de los signos, con el parpadeo que los registra y con la secuencia del verso y de la mano que, inútilmente, intenta retener el paso del tiempo, o el paso del poema mismo.

¿Y las formas?
Llama la atención fijarse en rasgos formales de esta escritura más allá de la evidente brevedad. Por ejemplo, los versos siempre interrumpidos, casi una o un par de palabras en cada línea. ¿Qué respiración así se corta? No parece obedecer este rasgo ni a un fenómeno respiratorio y por tanto rítmico, ni a una visión del verso. Tal vez, a una fluidez de río o de brisa que obligue a demorarnos en poemas que apenas pasan y cuyo rápido vuelo nos exige un esfuerzo de atención, de morosidad, detenidos en cada palabra. Paralelamente, un vocabulario que apunta a la llaneza y un estilo que roza lo narrativo (no en su desarrollo sino en su atención a personajes y a escenas), completan la apuesta de una escritura que, creo, apunta a la poesía como nominación.
Si de poetas cuya perspectiva impregna lo poético (intenso) de prosa (lo extendido) se trata, entonces parece más que elocuente su cercanía con Urzagasti. Solo que, en este caso, el toque o la estocada verbal es más precisa y más detallista, diríase, un estilete verbal. La no abundancia, el no desarrollo y la negada abstracción parecen remitir a otras apuestas: una exaltada vitalidad, un apenas insinuado dolor.

Salida
Si, como dice Tapia en su introducción, aquí el paisaje toma consistencia de mundo como morada otorgada para ser y para estar, el lenguaje al nominar es la apropiación temporal que se hace de un imposible permanecer existiendo. En ese sentido, esta obra acá reunida nos permite como lectores retomar algunas viejas preguntas: ¿qué relaciones establece el lenguaje con lo que nomina?, ¿pueden las palabras retener el tiempo?, ¿pueden retener la luz?, ¿dar sentido a los signos que naturaleza, historia, sociedad y dioses nos envían? Una breve afirmación puede llegar desde la obra, un extenso reconocimiento y amorosa lectura, desde esta re-edición.


Crónica

Con el cuchillo entre los dientes


El arte de la cuchillería artesanal en Argentina. Una historia que cruza a Borges, Lou Reed, los samuráis y los bravos gauchos. 


Fotografía de Eduardo Sarapura.

Nicolás G. Recoaro 

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco.
“¡Guarda con los chispazos! -advierte el artesano y ensaya la arremetida final-. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1.200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre”.
Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. “Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos -recuerda Gugliotta-. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los 80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna”.
Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde EEUU y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.
Hace ocho años, Miguel se retiró. Mariano es el último eslabón de esta genealogía. En su infancia, lo apasionaban las aventuras de Tarzán, Mac Gyver y Rambo: “Cuando le pedí a mi viejo el cuchillo de Rambo, me dijo que era una bosta. Igual me lo compré. Tenía razón, parecía de plástico”. Cuando terminó el secundario, estudió derecho y estuvo al filo de obtener el título, pero lo atraía el metal. “Fue como el cuento El llamado de lo salvaje, de Jack London. Largué todo y me metí acá”. En 2003 arrancó de cero en su propio taller, en el fondo de su casa. Empezó a buscar su sello de autor con los puñales criollos. Y al poco tiempo, la fortuna golpeó su puerta, cuando un estadounidense le compró uno. A los seis meses, la revista Tactical Knives hablaba maravillas del “cuchillo gaucho” que llevaba su firma. Ese fue el despegue. “Ese año participé en una feria en la Rural. Salí de Soldati con 80 centavos en el bolsillo. Me volví con 1.000 dólares”. Compró herramientas y máquinas para mejorar su producción, que hoy no supera las dos piezas semanales. Cada cuchilla que forja es una obra de arte. Y se volvió un “coleccionable”.
Mientras cae la tarde en el suburbio, Mariano bebe un vaso de Coca Light y repasa la historia de la cuchillería local: “Acá nunca se incentivó la producción de cuchillos artesanales. Al contrario, dominó la importación. Desde la conquista española estuvo prohibido que los nativos usaran armas. Entonces, los gauchos recauchutaban limas, sables rotos: el reciclaje es el origen. Pese al viento en contra, la pasión nacional por los filos se mantuvo a flote. “nadie se sorprende si sacás tu cuchillo en un restaurante para comerte un asado. Amigos de afuera me dicen que este debe ser el único país del mundo en donde se venden en el aeropuerto”.

Memorias filosas
Los cuchilleros empezaron a forjar a fuego lento su historia como arte y profesión hace más de diez siglos. Durante la baja Edad Media y el Renacimiento, los trabajadores de los metales comenzaron a organizarse en sindicatos. En su libro El artesano (2008), el sociólogo norteamericano Richard Sennett cuenta que en aquellos tiempos el aprendiz de orfebre estaba sujeto a su puesto mientras aprendía a fundir, expurgar y pesar metales preciosos, bajo la paciente guía de un maestro que lo educaba en su taller. Una vez presentada una obra maestra en su lugar de residencia, el novicio cerraba su período formativo y comenzaba a ejercer su oficio en el vasto mundo.
Era una actividad de aires nómades, plagada de aventureros. El gran orfebre “heroico” de ese período fue el florentino Benvenuto Cellini. En su jugosa autobiografía, titulada La Vita, Cellini se jacta: “En mi obra, he superado a muchos y he llegado al nivel del único mejor que yo”. Se refería a Miguel Ángel.
La Ilustración, el Iluminismo, las ideas de libertad de la Revolución Francesa, nacen con una cuchilla y terminan en otra. Denis Diderot, a quien se debe la concepción y ejecución de la Enciclopedia francesa, la suma de las ideas laicas, libertarias, científicas del siglo científico que fue el XVIII, era el hijo de un cuchillero, y a veces se lo llamaba así despectivamente. Diderot escribió, en los tomos de la Enciclopedia, los artículos técnicos, incluyendo el de la orfebrería. La cuchilla con la que termina esta historia es la de la guillotina, obra de monsieur Guillotin, y perfeccionada por Luis XVI, a quien no le faltaría ocasión de experimentar el uso de tan eficaz invento.

Cocodrilo Dundee
“Sin duda, los franceses son mis mejores clientes. Son locos por los cuchillos. Ojo, nosotros no nos quedamos atrás, y si se alejás un poco de la ciudad, en las afueras de Buenos Aires, todavía siguen resolviéndose pleitos a puntazos”, cuenta Julio Argañaraz, un artesano de San Telmo con una docena de años en el gremio. Mientras ordena algunos criollos y damasquitos en su local de la histórica Galería de la Defensa, a pasos de Plaza Dorrego, relata historias dignas de un cuento de Borges: “En Madariaga, un ambiente muy gauchesco, si hay algún atrevido en un boliche, la pelea es a facón. Pero ya no hay tantos revuelos”.
Argañaraz es oriundo de Tucumán. En sus 47 años aprendió un sinfín de actividades: trabajó el cuero, crió exóticos peces de estanque y se curtió en la construcción. Con su sombrero gastado, tiene un aire a “Cocodrilo Dundee”. Se define como un artesano autodidacta. Su pasión por la cuchillería le viene de muy joven, cuando comenzó a armar una colección. Su tesoro era un Randall reluciente. Un día decidió exponerlos a cielo abierto en la feria del barrio y un curioso le ofreció un dineral.
“Cuando estaba negociando, se me ocurrió que esta podía ser una buena manera de ganarme la vida”. Se instruyó entonces sobre las diversas aleaciones, el golpe preciso para el forjado y el secreto del templado, el alma del cuchillo.
Argañaraz ha forjado cuchillos con elásticos de autos, clavos de tren y hasta acero de camastros. “A veces agarro un fierro y voy diseñando en mi mente cómo va a quedar. Por ejemplo, este va a ser un machete japonés. Y le voy dando forma: el filo cónico, pienso un cabo, que puede aparecer en la calle, un hueso, una madera rara. Reciclo todo el tiempo, desde pibe. Todo sirve”.


martes, 25 de abril de 2017

Crónica

Memoria e identidad. Sopocachi
en la literatura y el arte

El proyecto Tras la memoria de Sopocachi que corona en estos días su esfuerzo con la exposición fotográfica: “Sopocachi: memorias de un espacio singular 1900-1980”, abierta en el Espacio Simón I. Patiño, da pie para rescatar y reivindicar la faceta artística y literaria del barrio de Julio de la Vega, la Segunda Gesta Bárbara y tantos otros artistas e intelectuales.

 
Todas las fotos de estas notas sobre Sopocachi fueron
cedidas por el proyecto Tras memoria de Sopocachi.
Martín Zelaya Sánchez

“Ya no te tocó el refugio dominguero”, le dice Julio de la Vega a Huáscar Cajías de la Vega. De un sopocacheño a otro, de tío a sobrino, ambos -para seguir con don Néstor Portocarrero- con mil y un “sueños juveniles”[1] vividos en los derredores del Montículo. 

“¡Sopocachi! Escribiendo / en serenata para ser cantada / con voces de silencio / y para ser tocadas por cuerdas esparcidas / de respuestas que separan / en ruidos de bocinas / y llantas distendidas / de arenas estancadas / y de ruedas frenadas. / No lo viste o no querías verlo / porque exclamaba ¡Sopocachi!”[2].

Dice el mito urbano que La Paz, en la literatura, es ladera, Cementerio, Chijini o Periférica. Que de una bodega en la zona norte, al cementerio de elefantes; que de los prostíbulos de Villa Fátima o Churubamba, a los recovecos de la Buenas Aires... Romanticismo puro, ficción. Imágenes preconcebidas.
En los alrededores de la peatonal Florida, en Buenos Aires; en La Habana Vieja de la capital cubana, o en la inconfundible Coyoacán mexicana. Borges, Lezama Lima o Frida Kahlo. Sí hay zonas inevitablemente ligadas a sus personalidades. ¿Y en La Paz? ¿Qué barrio puede identificarse más con el arte, la literatura, la bohemia? El Sopocachi de Cecilio Guzmán de Rojas, claro. De Flavio Machicado, o María Esther Ballivián. De Marina Núñez del Prado, Gilberto Rojas, Walter Solón Romero, Guillermo Viscarra Fabré, Enrique Arnal… 

“Este es el más paceño de los parques, con ocultos vericuetos, con misteriosos senderos que suben y bajan, y con una plazoleta circular, abierta a las montañas del sur, donde se ofrece el más imponente panorama que imaginarse pueda”[3]. Así describe Jaime Saenz al Montículo por el que Julio de la Vega fue y vino infinitas veces durante más de medio siglo, tropezándose quizás al salir y entrar de su casa con Huaqui y sus nueve hermanos Cajías -escritores, antropólogos, fotógrafos, historiadores, textileros…- que correteaban por la vieja plazuela, quién sabe -tal vez los mayores- entre los apurados pasos de Gustavo Medinaceli, Armando Soriano Badani y otros cultores de la Segunda Gesta Bárbara, crucial episodio de las letras bolivianas en buena parte gestado en las empinadas y empedradas calles de Sopocachi.
Y más abajo, en la hoy celebérrima calle Goitia, doña Yolanda Bedregal, también por aquellos días, en la medianía del siglo pasado, no dejaba -me imagino- de escribir poemas y prosas, sin por ello escatimar su tiempo para apuntalar la vida artística y cultural paceña… a veces en el atelier de Gil Imaná e Inés Córdova en la calle Aspiazu, a veces, tal vez, en la imponente casa-taller de Alfredo La Placa o, de pronto, en alguno de los cafetines que recreaban los reputados locales parisinos y españoles.
¿No se habrán cruzado por ahí, alguna vez doña Yolanda, su amiga Marina Núñez, o incluso el maestro Juan Rimsa que frecuentaba la Escuela de Bellas Artes en la Rosendo Gutiérrez? ¿Habrán coincidido, tal vez, con el “Toqui” Borda que vivió un tiempo en la Belisario Salinas, donde hoy está instalado un boliche con motivos rockeros? Y hablando de rock, y por ende, renovación, también la posterior tertulia literaria paceña se mantuvo en Sopocachi como campo de acción en los 60, 70 y 80. Pregúntenle a Humberto Quino o Julio Barriga, por un lado. O a Jaime Nisttahuz, Edgar Arandia y Adolfo Cárdenas, por otro. Antes del Bocaisapo o los boliches “marginales”, la noche de la bohemia paceña giraba en torno a las plazas Abaroa y España. Y claro, la Carrera de Literatura en los límites mismos del barrio, a pasos del Monoblock, también aportó a consolidar este carisma.
Entre una y otra de estas generaciones y etapas, quién sabe, éstos y otros personajes -Jesús Urzagasti, yendo y viniendo del periódico a su morada en un pasaje a trasmano; Oscar Cerruto, corriendo de su casa a Cancillería; o las orureñas asentadas en La Paz, Hilda Mundy y Alcira Cardona- tuvieron que esquivar más de una vez a Manuel Monroy, el “Papirri”, que nunca dejó de meter goles en los imaginarios arcos del fútbol callejero a un costado del muro del Cine 6 de Agosto, en aquel pasaje en el corazón del barrio donde poco después empezó a puntear la guitarra y apuntar letras y acordes que no tardarían en consolidarlo como el trovador paceño per se de las postrimerías del siglo XX e inicios del siguiente.
El viejo Cine 6 de Agosto… -¿art decó?, ¿art nouveau?- que se salvó con las justas de convertirse en templo, primero, o en edificio después, como no ocurrió, tristemente, con la mayoría de las bellas casonas que alguna vez fueron obra de arte forjada durante décadas en la agreste hoyada.
“(…) bajando la 6 de Agosto y doblando hacia la calle Aspiazu, uno sabe, sin lugar a dudas, que está entrando en una zona muy especial en la cual, pese a los megadesastres de los últimos tiempos, se respira una intimidad, una armonía, una coherencia urbana que difícilmente pueden ser encontradas en ninguna otra parte de la ciudad”[4]. Así refleja, mejor que nadie, el maestro Juan Carlos Calderón, el devastador panorama arquitectónico, ¿acaso la amenaza mayor al patrimonio cultural de Sopocachi? Tal parece. Y ya lo advertía Saenz hace 40 años:

“Esta zona residencial de La Paz tiene un extraordinario encanto, con extensas y bien cuidadas avenidas, con árboles ornamentales y con amplios y acogedores parques, en cuya intimidad, en espacios umbríos, se puede respirar aire puro -y este encanto precisamente, si aún conserva su lozanía, es porque el desmedido impulso del progreso todavía no se ha manifestado en su verdadera magnitud, aunque sus estragos hanse puesto ya de manifiesto en la forma de altísimos edificios, los cuales vienen a romper la armonía y a deteriorar la atmósfera y el paisaje de la ciudad toda, y no solo ya de Sopocachi…”[5].

Encuentro esta cita de Miguel Sánchez-Ostiz:

“…me acuerdo ahora mismo de la arquitectura interior y exterior del edificio de la CAF, en la avenida Arce, de sus patios de luces, visitado en compañía de su arquitecto Juan Carlos Calderón, un apasionado de Frank Lloyd Wright, cuyas obras marcan el centro paceño. Pienso en la ciudad caótica vista al atardecer desde su alto estudio de la plaza Isabel la Católica donde reina un orden meticuloso, el de quien sigue dibujando a mano su ciudad vivida y soñada… Pienso también en otro de sus edificios, el de la Alianza Francesa, en Sopocachi, en La Comédie, un restaurante del pasaje Medinaceli, donde almorzamos con una amiga de Julio Cortázar que había vivido en Nueva York; pienso en esa otra La Paz tan poco indígena originaria, la de raíces criollas, y pienso en la maravillosa casa en Sopocachi, de Alfredo La Placa, maestro de la abstracción boliviana…”[6]. Sopocachi cosmopolita.

Sopocachi del Gastón Ugalde y su universo de sal. Del Mario Conde -siempre de paso y solo por los boliches-. Del Juan Conitzer, correteando de niño y rumiando arte y literatura, de mayor. Sopocachi de presentaciones, inauguraciones, lanzamientos, conversatorios y encuentros. De la plaza Abaroa antes de que se proscriban las guitarras. Del Equinoccio, del Socavón y del Thelonious -otro mártir de los rascacielos. “Sopochaki”, de las salteñas, chorizos y cebiches. Sopocachi preembarque al centro –preludio y remanso ante el caos-. Sopocachi, puerta de entrada a La Paz.
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Memoria y vida

La Fundación Flavio Machicado, la Organización Cultural Sopocachi y el Espacio Simón I. Patiño, -con las gestiones de sus respectivas cabezas, Cristina Machicado, Carlos Martínez y Michella Pentimalli-, junto a otras instituciones a las que se suman vecinos y profesionales sopocacheños exsopocacheños, amantes de este barrio… trabajan desde hace ya algún tiempo con el objetivo de recuperar, concienciar y promover el patrimonio tangible e intangible del barrio. Y es en ese marco que hace algunos días pusieron en marcha el colofón de un anhelado proyecto. “Sopocachi: memorias de un espacio singular 1900-1980”, una muestra que hasta inicios de junio abrirá en la sala del Espacio Patiño. Cientos de imágenes familiares, cotidianas -las más valiosas- de la zona acaso más querida de la La Paz de la modernidad, están al alcance de los visitantes, gracias a un esfuerzo conjunto propiciado desde el portal www.sopocachi.org/proyecto-memoria/
Las citadas instituciones aportaron fotografías de sus repositorios, y decenas de vecinos se sumaron, entendiendo todos el propósito mayor: mantener viva la memoria de Sopocachi, para reactivar su presente y garantizar su futuro. Las fotografías que ilustran estas páginas y la portada de LetraSiete, provienen de este valioso portal.




[1] Néstor Portocarrero (La Paz, 1905-1948), compuso el tango Illimani que en una de sus estrofas dice: “Sopocachi de mis sueños juveniles, / 15 abriles quién volviera hoy a tener, / Miraflores mi refugio dominguero / solo espero a tu regazo volver…”.
[2] De la Vega, Julio. “Para Huáscar Cajías de la Vega”, en Poesía completa. Gente Común. La Paz, 2008. Pág. 372.
[3] Saenz, Jaime. “El Montículo”, en Imágenes paceñas. Plural, Segunda edición. La Paz, 2012. Pág. 69.
[4] Fragmento de un texto de Juan Carlos Calderón que forma parte de la exposición “Sopocachi: memorias de un espacio singular 1900-1980”.
[5] Saenz, Jaime. “Sopocachi”, en Ob. Cit. Pág. 67.
[6] Sánchez-Ostiz, Miguel. Chuquiago. Libro inédito de próxima publicación.

Artículo

La modernidad nace en un Montículo




Eduardo Machicado Saravia

El mirador del Montículo es, a priori, el mayor símbolo social y cultural de Sopocachi; sobre todo, del Sopocachi de inicios y mediados del siglo XX. Símbolo social, porque cada domingo era el eje de reunión familiar en torno a la misa en la iglesia allí levantada; y cultural, desde que acogió a la Segunda Gesta Bárbara, que tuvo en Julio de la Vega no solo a un gran representante, sino también a un genuino sopocacheño que vivió durante décadas a pocos metros del Montículo.
Sopocachi representa la modernidad de (y en) la ciudad de La Paz. Fue la segunda expansión urbana de la ciudad, después de San Pedro, pues nació como barrio en la época del Partido Liberal -en el tránsito del siglo XIX al XX-, enmarcado hacia el centro por la Plaza del Estudiante y la avenida Villazón; hacia abajo, con los límites de San Jorge; y hacia la ladera, con la tradicional Llojeta.
Los principales artífices de la planificación y crecimiento del “valle de Sopocachi” fueron los hermanos Campovono, dos ingenieros italianos. Antonio, el más activo, construyó varias casas de El Prado desde finales del siglo XIX, cuando llegó a Bolivia contratado para terminar de construir la catedral de Nuestra Señora de La Paz.
En la expansión, como proyecto, también participaron arquitectos e ingenieros bolivianos: Adán Sánchez Lima, Julio Mariaca Pando, y Emilio Villanueva Peñaranda.
Poco a poco la historia del barrio se fue desarrollando con transformaciones importantes reflejadas en la construcción y edificación de casas que articulan diferentes estilos arquitectónicos.
El rápido crecimiento del barrio no solo se debió a los liberales paceños, como se suele afirmar, sino a la llegada de los liberales de los ocho departamentos que se fueron asentando en la ciudad para administrar el nuevo gobierno. Su modernización, finalmente, se consolidó con la instalación de adoquín de piedra en las calles durante el gobierno de Bautista Saavedra, cerca ya al primer centenario de la república.
La llegada de migrantes de diversos países también fue parte esencial del crecimiento y proyección de Sopocachi. Familias europeas, estadounidenses y latinoamericanas construyeron sus casas y fueron creando instituciones de apoyo a la educación, el desarrollo y la cultura, no ya solo alrededor del Montículo, sino a lo largo del eje conformado por las plazas España, Abaroa e Isabel la Católica.
En un principio, la arquitectura del barrio se movía en la imitación de la moda de la época, como lo afirma la arquitecta Cristina Damm: “(Sopocachi)…se urbanizó en terrenos pertenecientes a grupos comunales aymaras… El repertorio estilístico se inscribió en las corrientes en boga en Europa y Estados Unidos y se reprodujo todos los eclecticismos imaginables, además del art nouveau y distintas líneas del movimiento moderno de la arquitectura” (Damm: pág.9)[1]
Las construcciones, en su mayoría, fueron diseñadas por los arquitectos-constructores Victorio Aloisio (italiano), Rafael Gisbert(español) y los bolivianos Jorge Rodríguez Balanza, los hermanos Luis y Alberto Iturralde Levy, así como Mario del Carpio, quien tuvo a su cargo la remodelación de la iglesia y del parque del Montículo…
…el Montículo. Eje social y cultural, decíamos. Un foco que se irradió en muchas actividades: centro de estudio en la época de exámenes, inmejorable punto de encuentro para los enamorados, sede de escritores, músicos, artistas y bohemos… Sin embargo, el mirador fue también un punto ceremonial, una huaca sagrada en la que mucho antes, aun en los inicios de la república, se realizaban “amarres y adivinanzas” razón, por supuesto, de la posterior construcción del templo católico.
El Montículo, además, fue y es un observatorio privilegiado desde donde se puede ver, como en ningún otro lugar, el solsticio de verano: cuando sale el sol decembrino y se sienta en la punta principal del Illimani. Fue, de hecho, según quedan testimonios, un centro de visión astronómica y de apreciación de la estrellas para conocer el momento oportuno de siembra y cosecha. Pero también, el Montículo, una vez urbanizado, fue lugar de disputa y confrontación, y acogió no pocas afrentas y defensas de honor: las célebres declaratorias a duelos, con armas antaño; con los puños, después.
Amor y desamor, familia y bohemia, arte y religión… eje de convergencia. El cenit del Sopocachi cenit de La Paz.



[1] Cristina Damm Pereira de Frías: Sopocachi, el Montículo y Llojeta. Editorial UMSA, La Paz 2009.

Informe

Por el alma de Sopocachi



Gabriela Keseberg Dávalos 

Ser parte del proyecto Memoria de Sopocachi ha sido una experiencia hermosa. No solo por las bellas fotos que los vecinos nos han mandado para la exposición y el efecto sorpresa de verlas, sino porque también tuvimos la oportunidad de charlar con muchos antiguos habitantes del barrio y escuchar historias de antaño, viajando así en el tiempo, pero sin salir de las calles y plazas sopocacheñas.
Me sorprendió, por ejemplo, descubrir que hasta los años 40 las casas no tenían muros “porque nadie robaba”; o enterarme que la plaza España era antes una laguna en la que los niños jugaban incansablemente los fines de semana. Ni qué hablar de la vida artística e cultural… la lista de personajes talentosos e intelectuales que caminaron por estas calles es muy larga.
Escuchando los relatos sobre cómo ha cambiado el barrio y la vida de los vecinos, no pude evitar preguntarme qué historias podré contar yo a los jóvenes sopocacheños dentro de 30 años… ¿Cómo se verá el barrio en ese entonces?... ¿Valdrá la pena que conozcan mis recuerdos, lejos ya del romanticismo del Sopocachi de inicios y mediados del siglo pasado?  
Viejos y jóvenes concordamos en que Sopocachi actualmente se encuentra ante una encrucijada. Aún mantiene mucho de sus orígenes y esencia que tanto lo distinguieron, no solo en lo arquitectónico, sino también en el carácter. Pero también es evidente que la irrefrenable aparición de edificios modernos, más funcionales que estéticos, empieza a afectar seriamente la identidad de esta bella zona… “Adefesios, no edificios”, solía decir mi mamá.
La Paz fue nombrada una de las siete ciudades maravilla del mundo. Este es un gran honor, un reconocimiento que significa responsabilidad y a la vez oportunidad. Responsabilidad de todos por mantener esta ciudad como lo que aún es: una maravilla; oportunidad de hacerla aún más especial y de atraer turismo y negocios que signifiquen fuentes de trabajo y mejor calidad de vida.
Tener un barrio que tiene carácter y que es conocido por sus galerías, museos y cafés; por sus restaurantes, pubs y espacios alternativos… pero sobre todo por sus personalidades e historia, significa una ventaja invaluable. Potenciar Sopocachi como destino turístico dentro de La Paz, y apoyar viejas y nuevas propuestas culturales debe ser una prioridad de todos, así como conservar su rasgo de barrio residencial y cultural, y evitar que oficinas y comercios se propaguen y lo conviertan en un espacio muerto en las noches y los fines de semana.
Aún estamos a tiempo. No es solo suerte que muchos artistas aún -jóvenes y veteranos- busquen abrir nuevos espacios en este barrio antes que en otros. No es por azar que sea este barrio el que reciba a muralistas de varios países y les brinde sus paredes para que se expresen. No es casualidad que sea de las pocas zonas de La Paz cuyas calles tienen placas explicativas sobre sus nombres, sus monumentos, sus casonas patrimoniales. Y no es accidental que a muchos extranjeros les guste vivir acá, precisamente porque hay vida, hay arte, hay ideas, hay un espíritu de barrio.
El desafío colectivo, no solo de los sopocacheños, sino de todos quienes viven en La Paz, es ayudar a mantener y fomentar estas características en tiempos en que al parecer los más casi no se interesan en construir sus casas o negocios con estética, con gusto, con sentido… en tiempos en que se pierden espacios verdes sin remordimiento, y se pierden -por los famosos “adefesios”- las hermosas vistas que inspiraron a pintores, poetas y músicos.
¿Cómo podemos ayudar a que no se pierda este espíritu único? Para empezar, apoyando las iniciativas culturales, asistiendo a las propuestas de teatro y música en lugares como El Desnivel, el nuevo Kusikuy, Magic-k, el Espacio Simón I. Patiño, las Flaviadas y muchos otros. Apoyando a las galerías y pequeños museos, curioseando en nuestro propio entorno, re-descubriendo las propuestas que tenemos en el barrio, muchas a muy bajos costos e incluso gratis.

¿Por qué no va a ser posible mantener viva el alma de Sopocachi, para que dentro de 30 años los jóvenes que escuchen las viejas historias aún se reconozcan en las calles y plazas de este barrio?