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sábado, 24 de octubre de 2015

Perfil

Cachín Antezana, la extrema habilidad posible

La entrega del doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, amerita un repaso detallado a la excepcional trayectoria de Cachín Antezana, acaso el mayor crítico literario y semiólogo boliviano de las últimas décadas. Una larga conversación da lugar a un esbozo de perfil de este incansable buscador de la estética en los libros, la música y el fútbol.


Martín Zelaya Sánchez

“Creo que puedo decir que yo fui un ser racional, libre y constituido -lo que pasa cuando tomas una decisión estando consciente de sus consecuencias-, a mis siete años. Fui a una librería a comprar un libro de texto pero no había, y me dijeron que iba a llegar en una semana. Solo tenía que esperar, pero vi en los estantes Los tigres de Mompracem de Salgari y quedé encantado. Sabía que podía comprarme el libro con el dinero que tenía. Pensé que tal vez mi padre me iba a dar una paliza, pero temía que si no me lo llevaba después ya no habría… y lo hice. Esa fue mi primera decisión”.
A Luis Antezana le cuesta hablar de sí mismo y más aún con una grabadora delante. Recién se suelta al segundo café y tras varios cigarrillos, aunque en el pequeño reloj de un cafetín del centro de Cochabamba apenas dan las 10 de la mañana. Mientras tanto, el tiempo no se pierde, ni mucho menos. Hablamos de tenis, fútbol y música y se reafirma así una idea que se repite a lo largo de su valiosa obra ensayística: el maestro orureño no es más que un observador atento y acucioso en busca de la estética, “de la extrema habilidad posible”, de la belleza… ya sea en un poema, en una lúcida reflexión, en la genialidad de un futbolista o en una conmovedora canción.

Primeros años. Formación
Como no ocurre con muchas personas, al hablar del recorrido profesional, académico de Cachín se habla al mismo tiempo de su historia de vida. “Feliz de aquel que trabaje en lo que ama”, repiten los viejos en tono cursi. Pero el lugar común cobra sentido cuando el mayor placer de uno le sirve de paso para ganarse la vida.
Media hora antes de sentarnos en el bolichito, el maestro me recibió en una pequeña antesala de su casa. Un ambiente rectangular más bien modesto y alejado del ubicuo sol de la Llajta, y que desde hace años es casi de su uso exclusivo. Allí está lo que más quiere y necesita: sus libros (no todos, pero los esenciales), su computadora y un televisor de buen tamaño que ese instante, claro, estaba sintonizado en un canal deportivo que retransmitía la liga alemana.
No hay un Luis H. Antezana J. -que así es como firma Luis Huáscar Antezana Juárez, Cachín para los amigos y alumnos-  lector o crítico, otro docente y otro semiólogo. Es uno solo.
Indudablemente sus tres grandes pasiones, modos de vida y de trabajo fueron y son la lectura crítica de la literatura, la docencia y la investigación. “Van juntas todas. Para poder enseñar hay que leer, hay que aprender a leer y hay que aprender a enseñar”, afirma.
A sus 72 años, el ilustre académico nacido en Oruro y asentado hace mucho en Cochabamba, recibirá un reconocimiento definitivo y justiciero: el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Mayor de San Andrés que le será conferido este lunes 26 en La Paz; razón más que suficiente para buscarlo, interrumpir su sábado futbolero y lograr una generosa conversación con un solo objetivo: la evocación.
“De Oruro, mis primeros recuerdos son posteriores a mi primera niñez, muy fragmentarios, porque entre mis cinco y 10 años viví en Tupiza, donde mi padre consiguió trabajo como administrador del cine Suipacha, y ahí hice la primeria. Alguna vez dije que todo lo que me gusta lo hice de niño en Tupiza, porque ahí aprendí a leer y escribir y quién iba a decir que después mi profesión iba a ser eso, leer y escribir”.
De Tupiza guarda además otro recuerdo que determinaría su vocación, su acercamiento al cine “que siempre ha sido fundamental en mi interés cultural” y con seguridad le ayudó en su perspectiva de análisis y noción estética.
En 1961 salió por primera vez del país gracias a una beca de intercambio, y luego de adelantar sus exámenes finales de bachillerato en el colegio Alemán de Oruro. Por entonces, confiesa, aún no había decidido qué iba a estudiar, aunque tenía dos opciones claras: los números, para los cuales tenía un talento natural, y las letras.
“Siempre he leído bastante. Mi afición por la lectura nació con revistas argentinas de historietas. No te hablo de El pato Donald, sino de series de historietas, trabajos de escritores, de artistas que concebían una trama literaria, o que adaptaban obras consideradas juveniles de Julio Verne, Emilio Salgari…”.
Pero inclusive cuando cursaba ya secundaria no se consideraba aún un literato en ciernes. “Más que todo jugaba al fútbol, correteaba todo el día detrás de la pelota, hasta que en la materia de literatura, ya en los últimos años, la profesora me dio a leer La vida nueva, de Dante. Siempre he dicho que ese fue el primer libro que me marcó profundamente”.

Juventud. Vocación
Ya bien lanzado en la remembranza, no hay quien lo pare. ¡Suerte la nuestra! Cachín se pide otro café, abre un nuevo paquete de cigarrillos y se preocupa de que se acabe la batería del teléfono-grabadora-cámara fotográfica-internet, todo en uno.
“Tras la experiencia en EEUU volví a Oruro y decidí estudiar ingeniería química porque me seguían gustando mucho las ciencias exactas. Me fui a La Plata donde al pasar los cursos me orienté a la electrónica, pero muy pronto me di cuenta de que mi futuro como ingeniero electrónico, en Bolivia, no existía… y decidí dedicarme a la docencia de física y matemáticas”.
Así fue como, a su regreso al país, se decantó por la Normal de Cochabamba. “Como ya tenía un nivel avanzado en matemáticas, física y química, me puse a estudiar paralelamente para profesor de literatura y lenguaje, porque leer era lo que más disfrutaba. Pero de todas maneras, ya me ganaba la vida dando clases particulares de matemáticas”.
Seguramente habría acabado como un excelente maestro de ciencias exactas -como finalmente lo es de literatura y semiología- pero cuando culminaba la Normal le llegó una beca de posgrado para la Universidad del Sur de California donde, por supuesto, escogió la mención de letras.
Fue allí donde amplió su panorama de lecturas y a la par de profundizar a Borges (su primer “flechazo” serio), se empapó del emergente boom de la literatura latinoamericana.
La docencia ya era una realidad y empezaba a abrirse en su mente el universo de la investigación, del análisis semántico y semiológico, pero ¿y qué de la ficción? ¿Nunca pasó por su mente escribir prosa o poesía?
“Jamás”, se apresura a responder, contundente.  “Sabía que era incapaz. Así como a mis siete años sabía que era un ser racional, a mis 12 ó 14 sabía que lo mío era leer”.
Fue en su primera juventud, también, cuando se consolidaron otras dos grandes pasiones: la música -desde la inigualable voz de Gladys Moreno hasta el jazz en sus distintas variedades, pasando por Leonard Cohen- y el fútbol.
“Otra vez la culpa es de Tupiza -dice a propósito del balompié-. Mi padre me llevaba a ver partidos a la canchita municipal y ahí un día ubiqué a un llok’alla que manejaba la pelota como los dioses. Recién mucho después supe que era Víctor Agustín Ugarte”.
Ahí nació la fascinación. Además de su amor por el juego como tal, muy temprano descubrió algo que muchos hinchas fanáticos a veces apenas llegan a intuir: la estética del fútbol, que se acrecentó a su vuelta a Oruro en la época dorada de San José.
Al regreso del café, mientras el maestro mete en un sobre unos documentos que me encomienda para La Paz, pausado en la computadora de la sala de su casa, está el disco de Enrique Morente en homenaje a Lorca. La música no falta casi nunca en sus días o sus noches, entre libros, Kindle, o un partido de fútbol de cualquier liga.
“Lo mío con la música no tiene que ver con la formación clásica. La música es una permanente canción de cuna que me tiene que enrollar y acunar. Me quedo con las canciones o melodías que me acompañan, porque no tengo el oído para apreciar la maravilla musical con rigurosidad… El jazz y Leonard Cohen me acompañan toda la vida”.

El maestro, el referente. Consolidación
Antes de terminar su posgrado en California, Luis tuvo que regresar repentinamente a Oruro debido al fallecimiento de su padre. Se quedó varios meses acompañando a su madre, hasta que se presentó la posibilidad de otra beca en Bélgica donde finalmente se doctoró, en 1974, con una brillante tesis sobre Jorge Luis Borges publicada después como Álgebra y fuego. Lectura de Borges.
“Ya había leído todo Borges de arriba abajo. Conocía sus libros de memoria, así que tuve sobre todo que aprender el análisis semiótico”. Indudablemente el gran escritor argentino es uno de sus referentes fundamentales, así como otros cuatro o cinco nombres de autores bolivianos sobre los que más adelante dejamos que se explaye: Carlos Medinaceli, Óscar Cerruto, Jaime Saenz y Jesús Urzagasti.
En el marco del Congreso Internacional Barthes Amateur, Luis H. Antezana J. recibirá el doctorado honoris causa. Nada más oportuno que premiar al genial investigador y crítico boliviano, que evocando el centenario del francés que fue pilar del análisis semiológico y referente de la investigación semiótica y lingüística en la literatura.
Investigación y crítica. Semiología y literatura. “Para mí, ambas van juntas -señala. Trato de leer el texto literario no tanto por su posible contenido sino por su forma, por la manera como trabaja, como funciona, una herencia -claro- de mi formación semiótica. Jamás van a ver que yo haga crítica de valor, nunca digo esta obra es buena o es mala; digo esta obra funciona así, o no funciona por esto”.
Con varios cafés y cigarrillos encima -aunque no tan arriba como el terrible sol del mediodía- apagamos el omnisciente smartphone y caminamos hablando, por supuesto, de fútbol y música. ¿Realmente era tan bueno el Maestro Ugarte? ¿Ya conoce el último disco de Leonard Cohen y el video del que tal vez haya sido su último recital?
De pronto, no sé cómo, se entromete un tercer tema, el tenis. “Ugarte -comenta- era como Iniesta ahora, pero mucho más talentoso y elegante, una máquina de hacer pases maravillosos para que otros hagan el gol… y es que eso es lo que hay que buscar, la genialidad, la belleza; después de ver al Barcelona de hace dos o tres años, qué más puedes esperar del fútbol. O después de ver las maravillas que hace Federer con la raqueta, el tenis nunca podrá parecerte igual. Hay que estar atentos para no dejar pasar la ocasión de apreciar la extrema habilidad posible”.
El destino en el que no creo, me regaló esta vez la oportunidad de no desaprovechar la extrema habilidad posible que solo Cachín Antezana encarna.
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Apoyo 1

Un legado imprescindible

Todo el bagaje y aprendizaje de Luis Antezana en más de 50 años de reflexión e investigación se reflejan en casi una decena de libros.
A fines de los 70, ya consolidado como uno de los grandes intelectuales bolivianos, y mientras pergeñaba entrevistas, reseñas y comentarios en la revista Hipótesis que codirigía con Gustavo Soto, o “cometía la locura de viajar cada semana a dar clases durante tres días a La Paz”, publicó sus primeros libros: Elementos de semiótica literaria (1977) y Algebra y fuego. Lectura de Borges (1978), la tesis con la que años antes se había doctorado.
Sobre el semestre maratónico de 1979, no puede obviarse acá una anécdota: “me quedaba una semana en casa de Jesús Urzagasti y otra en la de René Poppe. Todos los lunes, al bajar del aeropuerto, visitaba a Cerruto en la cancillería y charlábamos largo y tendido, pero nunca quiso darme una entrevista. Los martes almorzaba con Julio de la Vega y los miércoles con René Bascopé… y del trasnoche de miércoles, generalmente por jugar cacho en la casa de Jaime Sanez, al aeropuerto”.
En los años 80, en los que vivió ocasionalmente fuera del país “investigando teorías de la lectura en Alemania” y en otros países, editó Teorías de la lectura (1984), Tendencias actuales en la literatura boliviana (1985) y Ensayos y lecturas (1986).
En la década final del siglo XX, ya asentado en las reparticiones de investigación social de la Universidad Mayor de San Simón, sacó tres publicaciones: La diversidad social en Zavaleta Mercado (1991); Sentidos comunes (1995); y Un pajarillo llamado “Mané”. Notas al pie de su fútbol (1998).
Finalmente, ya en la década actual, Plural editores reunió lo mejor de su producción en Ensayos escogidos (2011), un libro imprescindible para comprender a fondo la literatura y el pensamiento político y social de Bolivia a partir de la Revolución del 52.
Y no hay que olvidar su incursión en los trabajos multimedia: La bodega de Jaime Saenz (2005), La pascana de Gladys Moreno (2007) y La ausencia de Adela Zamudio (2012), tres joyas interactivas en las que se puede apreciar textos, audios, imágenes y gráficas de estos tres referentes de la cultura y las artes del país.
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En pocas palabras

Texto armado a partir de diferentes momentos de la conversación con Luis Antezana.



Jorge Luis Borges
A Borges [a su obra] lo conocí cuando estudiaba en Argentina, y fue por culpa de Kafka. Vi la película de El proceso y no la entendí; busqué el libro, lo leí y seguí sin entenderlo. Entonces comencé a buscar cosas que se habían hecho sobre el libro o sobre el mismo Kafka, hasta que di con una antología prologada por Borges, que fue lo primero que leí de él.
Luego no me acuerdo si empecé, ya de verdad, con Ficciones o El hacedor, y ya lo leí todo a mi regreso, cuando estudiaba en la Normal.
Sigue siendo mi referencia básica. Cuando acababa mi libro Teorías de la lectura, al hacer el índice de nombres, las menciones a Borges eran demasiadas. Me daba vergüenza.
Después de Álgebra y fuego he completado mi visión sobre él, porque salieron un montón de libros sobre todo de sus inicios, que nunca quiso difundir e incluso retiró de circulación, pero que aparecieron tras su muerte.

Carlos Medinaceli
Carlos Medinaceli es esencial para la crítica literaria boliviana porque se ha inventado lo que llamamos la literatura boliviana.

Oscar Cerruto
Cerruto es uno de los escritores más completos que tenemos, con perfección en prosa y verso. No es una exageración decir que, después de Cerruto, en Bolivia no se puede escribir mala poesía.

Jaime Saenz
Saenz ha sido toda una experiencia de vida. Más o menos en 1978, cuando hacía la revista Hipótesis, y después de leer la obra poética de Jaime publicada en la Biblioteca del Sesquicentenario, me entró la idea de entrevistarlo, pero era muy difícil porque ya era todo un ícono y no era fácil llegar a él.
Por suerte a través de Blanca Wietüchter aceptó que lo entreviste, y hasta me dio de yapa las galeras de Felipe Delgado para publicarlas en la revista. Desde entonces se volvió un ritual cada que iba a La paz, trasnocharnos jugando cacho, y a la vez empecé a leer toda su obra y estudiarlo.
Jaime se inventó La Paz, La Paz marginal y nocturna y todavía “todos” escriben de esos temas, sobre esa creación de La Paz; los personajes, descripciones y paisajes saencianos son interminables.
Recorrer esta distancia y La noche pueden rivalizar sin problema con cualquier libro de la poesía latinoamericana.

René Zavaleta Mercado
Fue un rebote circunstancial pero extraordinario para mí. Lo primero que leí fue El poder dual ya cuando estaba enseñando; luego tuve que dar un curso sobre pensamiento social boliviano: Almaraz, Montenegro, y claro, tuve que profundizar a Zavaleta y estudié La formación de la conciencia nacional.
(Estudiar el discurso político no es tan diferente de estudiar el discurso literario, en teoría, en lo semiótico).
Zavaleta Mercado me sigue pareciendo muy importante. Una cosa es investigar los hechos y otra cosa es pensarlos, lograr un panorama teórico. Como él vivía afuera no tenía un panorama concreto, así que estaba obligado a pensar los hechos y todavía su pensamiento sobre la realidad boliviana es la forma más rica y profunda que hay: Las masas en noviembre es inagotable en ideas y sugerencias.

Jesús Urzagasti
Es un escritor fascinante. Yo  tengo una deuda con su obra; tengo varios escritos, pero me falta hacer una revisión general. Por ejemplo, siempre he querido escribir sobre De la ventana al parque, una novela fabulosa. Ya tengo unas 30 páginas avanzadas a las que me falta encontrarles un buen estilo de exposición.



Lector al sol

Formas de reescribir la historia

Memoria, historia; pasado, presente; ficción, realidad. Juntos, por separado, o combinados. De todo un poco.



Sebastián Antezana

Si pensamos el gesto literario en relación al tiempo vemos que, fundamentalmente, ocurre en tres direcciones: se vuelve hacia el pasado, se proyecta al futuro o combina al unísono ambas temporalidades en una suerte de presente impreciso, ambiguo como el de una fotografía.
Si nos concentramos en solo una de ellas, la tendencia que fundamenta la escritura literaria como un correlato de la Historia, vemos que la ficción encontraría sus raíces en la construcción del hecho social, ese espectro elusivo que -mal- denominamos “lo real”.
Si asumimos que la cotidianidad, por su naturaleza efímera, es incapaz de un gesto reflexivo que ocurra mientras se gesta, que no tiene recursos suficientes para analizarse mientras sucede, vemos que es solo posteriormente, una vez que han sucedido los hechos, que se puede volver a ellos. La escritura de ficción, en esta óptica, sería una forma de esta vuelta atrás, una mirada revisionista, una reflexión post actum que, en apariencia, no tendría mayor trascendencia ni potestad que la de volver a un suceso, pero que como se sabe tiene la capacidad de reconstruirlo y ponerlo en perspectiva.
Si aceptamos esto como cierto, sería especialmente cierto cuando se trata de narrar hechos que han marcado con fuerza nuestro pasado común: momentos de extrema sensatez, de revelación, de triunfo, de devastación y de violencia. La literatura que se escribe como una forma de revisitar el pasado encuentra en estas instancias su motivo mayor. Ejemplos hay muchos, entre ellos, la novela histórica y, en rigor, géneros como la crónica e incluso la crítica. Todos estos contribuyen a ver el pasado con una nueva luz, de forma integral o renovada, e incluso a veces radicalmente distinta que cuando se lo experimentó como presente.
Si queremos un ejemplo concreto, bastaría con acudir al género -tan visitado- de la novela histórica, digamos a la obra del colombiano Juan Gabriel Vásquez, quien además de ser autor de El ruido de las cosas al caer ha escrito la brillante Historia secreta de Costaguana.
Esta última novela se concentra en algunos momentos clave de la historia colombiana, como su separación de Panamá y las continuas guerras intestinas que la caracterizaron entre los siglos XIX y XX. La primera novela, otra vez en Colombia, apunta a un episodio negro del pasado reciente: las ondulaciones de la vida pública nacional ante el estallido del narcotráfico, concentrado en la figura de Pablo Escobar.
Si profundizamos un poco nuestra lectura de estas novelas, podemos darnos cuenta de que la historia oficial colombiana y, en general, toda Historia oficial, ese relato nacido del poder, es la radical despersonalización de la experiencia individual, una exhibición masiva y homogenizada del procesamiento privado de hechos que nos hacen, muchas veces distorsionada y deshumanizada. Es entonces que la ficción entra en escena y cobra importancia, porque vuelve a llenar estos hechos dañados por la ausencia de una experiencia particular con la trayectoria, las victorias y las derrotas de una psicología específica.
La literatura -y quizás especialmente la novela, por su proceso envolvente y su largo alcance similar al del impulso histórico- es, por una parte, el arte de convertir hechos reales despersonalizados en recuerdos inventados y cargados de intimidad. Y, por otra, es la práctica de reemplazar nuestra memoria privada, parcial y condicionada por la perspectiva, por una cierta memoria colectiva que se alinea y se mantiene -con y sin coherencia lógica- en la ficción.
Así, leer un reporte historiográfico sobre, digamos, los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos, es una cosa, y leer El hombre del salto, la novela de Don DeLillo sobre el mismo tema, otra muy distinta. Así también, la de un novelista es una tarea esencialmente incómoda, porque en un solo gesto le devuelve al hecho público un carácter privado, íntimo e inimitable, y traduce la privacidad -esencialmente intraducible- al discurso público.
En uno de los ensayos de El arte de la distorsión, Juan Gabriel Vásquez indica: “Recordar molesta; son molestos los memoriosos, los que nunca olvidan: no es necesario que un Estado se acomode a nuestra idea de totalitarismo para que dedique buena parte de su energía a moldear el recuerdo colectivo, a veces eliminando los testimonios, a veces eliminando a los testigos ¿deberíamos dejar ese poder en manos de esas entidades, el Estado, la Nación, la Iglesia? Por supuesto que uno ni siquiera tendría que ponerse frente a estos signos de interrogación si estas entidades no fueran grandes narradoras”.
Pero, como sabemos, lo son. Estas instancias tienen la capacidad de producir discursos de poderoso atractivo y fuerza. La Historia es en este sentido una narración organizada por instancias de poder, por instituciones que imponen discursos y remueven del individuo la capacidad de elegir un pasado. Una vez que se entiende este hecho básico de la construcción social, la literatura que lidia con el tiempo ido y, en general, la literatura entera, recupera importancia: es uno de los lenguajes mediante los que el individuo es capaz de cuestionar la narración unívoca y excluyente que nace desde el poder, y mediante los que propone nuevas formas de entender aquello otra vez elusivo que conocemos como “la realidad”.

La tensión que se origina entre la Historia que nos es impuesta y la que creamos al sumergirnos en la ficción, entre el discurso oficial que nos homogeniza y el que se abre como otra versión en la literatura, en la escritura subversiva, sucede, en la mayoría de los casos, en el pasado: en aquello que recordamos o que volvemos a visitar mediante la ficción, que sería entonces -que es, a fin de cuentas- una de las formas de la puesta en crisis y lo revolucionario. 

Cafetín con gramófono

El Zorro Antonio

Reelaboración y reducción del texto presentado como editorial del N° 11 de El Zorro Antonio en el que participaron Ana Rebeca Prada, Mónica Velásquez, Virginia Ruiz y Omar Rocha Velasco como responsables.



Omar Rocha Velasco 

Esta es la revisa de la carrera de literatura de la UMSA, la única del país. La primera época de El Zorro Antonio tuvo tres periodos. El primero (1984, en formato de periódico. El segundo (1986, 1987, 1988, 1989) de los números tres a seis, en formato más pequeño de revista. Y el tercero (1991, 1993, 1994) de los números siete a diez, a cargo de Iván Vargas. Los números 11 y 12 (2014, 2015) pertenecen a una segunda época.
El Zorro Antonio nació en abril de 1984 en formato de periódico. El primer número ofrece en el índice cuentos, literatura oral, textos de nuestra América, poemas e historieta. Los responsables y colaboradores fueron: Katrina Antezana, Fernando Barral, Corina Barrero, Gino Biamon, Francisco Cajías, Fernando Gómez, Gilmar Gonzales, Elizabeth Johannessen, Marco Miranda, Marcía Mogro, Paz Padilla, Luis Rojas, Virginia Ruiz, Valentín Torres y Roberto Valdivia. Los dibujos, fotografía e historietas están a cargo de Carlos Adriázola, Néstor Agramont, Francisco Cajías, Angelino Jaimes, Marcos Loayza, Marco Miranda y Armando Urioste. El director de la revista era el Zorro Antonio.
El texto inicial plantea: “Un afán casi urgente nos ha reunido en torno al periódico: pretender dar paso a una manifestación latente en nuestro medio: la cultura no editada, los quehaceres artísticos de sectores mayoritarios pero alejados de antemano”. Se trata claramente de valorar la tradición oral y la cultura popular. El segundo número sigue las mismas pautas de trabajo y a los anteriores nombres se agregan Dulfredo Castro, Alfonso Murillo, Raúl Paredes, Carlos Mendizábal e Iván Vargas, además de los artistas Alejandro Salazar y Germán Gaymer.
El tercer número inaugura una segunda época, se cambia el formato (que conserva hasta ahora), mantiene el papel periódico. Los directores fueron: Wilma Torrico y Jaime Iturri. El Zorro se convierte en una revista y plantea una visión más tradicional de la literatura, aparece una entrevista a Mario Benedetti realizada por M. E. Gigio de Argentina; una entrevista a Gonzalo Otero Gamarra realizada por Jitka Silva de la carrera de literatura; un escrito de Cortázar; la reproducción de una nota de Jesús Urzagasti en Presencia por la muerte de Jaime Saenz; un ensayo de A. R. Prada sobre la poesía de Juan Carlos Quiroga; un cuento de Paz Padilla y otro de Orlando Aguilar; poemas de Teodoro Mamani y Juan Carlos Quiroga.
El cuarto número, de agosto de 1987, arma -a partir del trabajo de un nuevo comité editorial: Jaime Iturri, Gilmar Gonzales, Dulfredo Castro, Juan Carlos Quiroga, Luis Hurtado y A. R. Prada-, un homenaje a Jaime Saenz, responsable del Taller de Creatividad en la Carrera durante algunos años.
Los homenajes se convertirán en material central en éste y algunos de los siguientes números. En éste a Saenz participan: Juan Quinteros, Juan Carlos Quiroga e Iván Vargas. Encontramos además una entrevista realizada por el Zorro a Luis H. Antezana; ensayos sobre Edmundo Camargo (de Mauricio Souza), sobre Borges (de Marco Miranda y Jaime Iturri), y sobre el texto de la canción (del poeta y músico Juan Carlos Orihuela). Además encontramos cuentos de Renato Prada y de Alfonso Murillo; y poemas de Roberto Echazú, Leonardo García Pabón, Julio de la Vega, Dulfredo Castro y Amparo Canedo. Las fotos están a cargo, entre otros, de Francisco Cajías, y los dibujos de Teresa Mesa y Marcos Loayza. Esta misma perspectiva continúa hasta el número 6 con nombres (todos relacionados con la carrera de literatura) que van y vienen.
Luego de un importante salto en el tiempo, a enero-marzo de 1991, aparece el séptimo número de la revista. Ha cambiado el concepto, el logo, el diseño y el papel interior. Se integra publicidad, dejando atrás el enfoque exclusivo en la letra y la crítica, convirtiéndola en la revista de la Facultad de Humanidades.
Se trata más de una revista de letras y artes de amplio espectro; son responsables de ella Iván Vargas y Martín García. Declaran ellos en el editorial: “un nuevo afán de cambio”. Aseguran que la revista aparecerá cada tres meses (logrando regularidad antes no alcanzada), lo que explica la inclusión de publicidad. Hablan, en este sentido, de un paso importante “en la búsqueda de constituir ese espacio literario de diálogo creativo y crítico que en otros momentos habían cumplido satisfactoriamente revistas como Kollasuyo o Hipótesis”.
El número 8, de abril-junio de 1991, cuyo director es ahora, y lo será por los siguientes números, sólo Iván Vargas (teniendo esta vez un único responsable estudiantil: Hugo Rodas), tiene como tema central “La obra de Guillermo Francovich”. Aparte de encontrar un escrito del propio Francovich, escriben sobre el filósofo boliviano José Roberto Arze y H. C. F. Mansilla.
Además de este material, encontramos  poesía de Julio Barriga (poeta contemporáneo) y de Ángel Casto Valda (poeta del siglo XIX) presentada por Juan Carlos Quiroga; un ensayo sobre el grafiti: “En la calle se dice que…” extensamente ilustrado, escrito por Cecilia Córdova, Pablo Groux y Hugo Rodas; un escrito de David Morín, artista plástico, con varias ilustraciones; cuentos de Virginia Ruiz y Adolfo Cárdenas; ensayos sobre literatura oral y culturas nacionales de Pilar Martínez, sobre el taquirari oriental de Hugo Rodas, sobre Otra vez marzo de Quiroga Santa Cruz y sobre La luz del regreso de Eduardo Mitre, ambos de Iván Vargas, sobre Huracán de Paz Padilla de Gilmar Gonzales.
En julio de 1993 aparece el número 9 de la revista, el director fue Iván Vargas y como estudiantes responsables: Hugo Rodas, Karmen Saavedra y Ramiro Huanca. La editorial establece que “un examen del teatro nacional, en un momento de especial fertilidad de representaciones, es lo que hemos propuesto en esta nueva entrega de la revista”.
Este material especial sobre teatro está constituido por diálogos con Guido Arze (y un fragmento dramático suyo) de Pequeño Teatro, Noel Meruvia, Arturo Archondo, René Hohenstein y Virginia Yaksic, además de un ensayo sobre el teatro del siglo XIX de Iván Vargas.
El número 10, último de este primer El Zorro Antonio, aparece en junio de 1994. Los estudiantes que esta vez trabajan con I. Vargas son Adriana Bravo, Wálter Chávez, Ramiro Huanca, Fernando Llanos, Carmen Molina, Víctor Hugo Quintanilla y Ludwig Valverde. Esta vez, la editorial anuncia una sección especial sobre cine y literatura. Es interesante la visión de “crisis espiritual en la que está sumergida la cultura en general” que declara el director, y que estaría articulada con una televisión con múltiples canales, “el entretenimiento por computadora, la realidad virtual”. Añade: “La reflexión sobre el cine […] se convierte en una bagatela romántica”, posible en todo caso, en medio de “explosión de la cultura de la imagen”.
Hay en la sección especial una entrevista a Pedro Susz, un ensayo de Wálter Chávez y la reproducción de un estudio del español Jorge Urrutia. Encontramos, además, en este número, poemas de Juan Carlos Orihuela y de Paul Celan (traducidos éstos por Blanca Wiethüchter y Maren Urioste); un cuento de Elvis Vargas; una entrevista a Rolena Adorno; imágenes de la obra artística de Raúl Loza; ensayos sobre Darío de A. R. Prada y sobre Puig de Rosario Rodríguez; y reseñas sobre García Márquez de Isabel Bastos y sobre Raúl Teixidó (sin autor).

Con cabalística exactitud, tres décadas después del nacimiento, aparece en 2014, el número 11 de El Zorro Antonio, se retoma el formato revista, pero se inauguran nuevas secciones: Rescate, Vigilia de otras Artes, Por mano propia, Tráfico de Citas, Traducción, Entrevista, Notas y reseñas. En el número 11 el dossier está dedicado a Jesús Urzagasti y en el número 12, publicado en octubre de 2015, el dossier está dedicado a Rubén Vargas.

Semblanza

Adolfo Cáceres Romero, tras las
huellas de la literatura boliviana

Perfil del escritor orureño, uno de los homenajeados en la FIL Cochabamba.


Martín Zelaya Sánchez

Si de resumir la trayectoria académica y profesional de Adolfo Cáceres Romero se trata, habría que decir que fue profesor de colegio y docente universitario de lenguaje y literatura, que obtuvo posgrados de especialización en Uruguay y España, y que además fue director del colegio Jesús Lara, decano de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) de Cochabamba e investigador  emérito del Instituto de Investigaciones de la misma.
Ahora, si el tema es hablar de su producción literaria, hay que decir que es novelista, cuentista y ensayista con varios relatos traducidos al inglés, alemán, noruego, holandés, japonés y croata.
Pero ante todo destaca -consideramos- como historiador de la literatura boliviana, como un incansable recuperador de nombres y títulos, tendencias y estilos, hitos y épocas que conforman el decurso de las letras en Bolivia. Todo esto a través de su valiosa serie de libros de Nueva historia de la literatura boliviana, que a la fecha tiene cuatro volúmenes, y de su no menos útil Diccionario de la literatura boliviana.
Pero sigamos. Para conocer a este polígrafo orureño también hay que decir que, debido a su notable trayectoria, fue premiado en innumerables ocasiones. Entre otras distinciones recibió el Premio Nacional de Cuento UTO (Oruro, 1967), el Premio Municipal de Literatura (Cochabamba, 1967), el Premio Franz Tamayo (La Paz, 1982), la Gran Orden Boliviana de la Educación (La Paz, 1990), y la Medalla “Libro de Oro” (Cochabamba, 1999).

Su impronta
Cáceres es un hábil cuentista y novelista que maneja un lenguaje elegante y minucioso y se decanta por temas que reflejan la realidad de la sociedad boliviana, sobre todo de la que fue afectada por las dictaduras de los años 60 y 70.
En sus novelas se percibe un notable despliegue de datos e información, lo que refleja su vocación de investigador e historiador.
De su obra en general, señala el crítico Samuel Arriarán: “la narrativa de Adolfo Cáceres Romero se caracteriza por no contar historias literales sino de imaginación sensorial; es decir, más que una narrativa basada en la transmisión de ideas explicativas o conceptos, se trata de una forma literaria basada en la expresión de estados de ánimo y de sentimientos.
En lugar de imágenes que expliquen cosas de una manera concreta, son símbolos que el lector puede sentir y comprender de otra manera”.
Sobre su novela La saga del esclavo, Gastón Cornejo Bascopé escribe: “Dos líneas paralelas de encantador relato nos conducen a la imaginación sublimada de los hechos materiales, al acontecer humano de los protagonistas en sus vaivenes de grandeza y de maldad, la tormenta de los actos delictivos, la introspección íntima, la conciencia transformadora y la vibración religiosa de la purificación”.
Acerca del libro de relatos Cinco noches de boda, Víctor Montoya opina: “A tiempo de moverse con soltura en un territorio sensual y explosivo, donde convergen las descargas eróticas y el fulgor de las pasiones, Cáceres Romero nos acerca a temas narrados con verisimilitud, recreando a personajes que se cruzan en las rutas de la realidad y la ficción, con un estilo sencillo pero elegante, propio de un autor capaz de elevar a potencia literaria una situación cotidiana, sin más recursos que el verbo y la imaginación”.
Si de lo que se trata es de decirlo en pocas palabras, simplemente queda señalar que pocos como don Adolfo merecen el tributo que la Cámara Departamental del Libro de Cochabamba le otorgó en la IX Feria Internacional del Libro. Enhorabuena.

Bibliografía
Novela: La mansión de los elegidos (1973), Las víctimas (1978), La saga del esclavo (2006), Octubre negro (2007) y El charanguista del boquerón (2009).
Cuento: Galar (1968), Copajira (1975), Los golpes (1983), La hora de los ángeles (1987), Entre ángeles y golpes (2001), Cinco noches de boda (2009), El despertar de la bella durmiente (2009) y El puente de los suicidas (2015).
Ensayo: Nueva historia de la literatura boliviana (tomos I, II, III y IV, 1987-2011) y  Diccionario de la literatura boliviana (2009).
Antologías: Poésie bolivienne du XX siecle. Antología de la poesía boliviana en español y francés (1986), Poésie quechua en Bolivie. Antología trilingüe español, quechua, francés (1990), Poesía quechua del Tawantinsuyo (2000).
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Gaby Vallejo, ua escritora para los más jóvenes

Sobre la otra homenajeada den la Feria del Libro de Cochabamba, Gaby Vallejo, encontramos una interesante semblanza a cargo de Isabel Mesa.  
“Vallejo tiene una prolífica obra literaria dedicada a los niños y a los jóvenes; una veintena de libros que muestran su relación con el país y un compromiso con sus problemas. Varias de sus historias rescatan las raíces de los pueblos indígenas y sus protagonistas son niños valientes que dan a conocer a los lectores sus saberes. La más conocida y todavía de lectura vigente, es su novela infantil Juvenal Nina (1981) en la que un niño viaja junto al dios Wiracocha al pasado para conocer la cultura aymara”.
“Wara y el sudor del sol (1986) sigue la línea de Juvenal Nina, pues es precisamente un cuento basado en una leyenda que sostiene que dentro del lago Titicaca se encuentra el tesoro de los incas. Wara, una niña aymara, cae en las profundidades del lago donde se encuentra con un yatiri que es el guardián de este tesoro y que espera al pueblo elegido para entregárselo. Es un cuento que anticipa el sentir de lo que más tarde será la bandera de las dos reformas educativas próximas: el rescate de las lenguas y de la raza indígena”.
Gaby Vallejo Canedo nació en Cochabamba en 1941. Es profesora de literatura y lenguaje, y licenciada en ciencias de la educación. Es diplomada en literaturas hispanoamericanas, (Caro y Cuervo en Bogotá) e hizo una pasantía en literatura infantil en la Internationale Judengbibliotek de Munich.
Fue docente durante 18 años en la Universidad Mayor de San Simón, encargada de Bibliotecas Populares y del Centro de Documentación de Literatura Infantil del Centro Portales durante 16 años. Fue fundadora del Taller de Experiencias Pedagógicas y de la biblioteca infantil Th'uruchapitas.


Artículo

Nuevos (y buenos) aires en la
Feria del Libro de Cochabamba

 
Uno de los pasillos en el campo ferial cochabambino. (Luis Carlos Sanabria)
Martín Zelaya Sánchez                  

Corroborar que la gente ya no considera que ir hasta el campo ferial de Alalay sea un largo y poco provechoso viaje, y que más bien se vuelca en masa a ver libros, a compartir con escritores y escucharlos, es uno de los principales elementos para augurar que finalmente la Feria Internacional del Libro (FIL) de Cochabamba va a paso seguro hacia su consolidación en el calendario cultural nacional y, lo más importante, en el imaginario y la rutina de los cochabambinos.
La IX edición de la feria que concluye mañana en el predio ubicado a varios kilómetros del centro de la Llajta, lejos de imprevistos y fallas de organización notorios en ediciones pasadas (cambio permanente de sede, falta de agenda cultural a la altura, escasa promoción en los medios) estrenó, de paso, un imponente pabellón cómodo, amplio y acogedor en el que se desplegaron las editoriales y librerías locales y nacionales.
A pocos metros, en otro bloque, tres salas bautizadas en homenaje a Adela Zamudio, Néstor Taboada Terán y Werner Guttentag acogieron decenas de presentaciones de libros, conversatorios y encuentros, eso sí, con las pequeñas fallas comunes y al parecer insalvables en todos los eventos de esta naturaleza en el país: la imposibilidad de aislar el estridente ruido de una sala a otra.
En la primera parte de este número especial de LetraSiete, dedicada íntegramente a la FIL, intentamos mostrar un panorama resumido del evento: reseñas de libros destacados: Obra escogida de Javier del Granado (Nuevo Milenio), Bolivijke pricaju, una antología de relatos de autoras bolivianas traducida al croata y una lectura de la novela Los infames, de Verónica Ormachea.
Luis Carlos Sanabria, con un breve texto reflexivo sobre los porqués del escritor, nos da una idea de lo que fue el conversatorio El oficio de escribir en el que el pasado sábado ocho autores, divididos en dos mesas, dialogaron sobre la vocación y el destino reflejado en su trayectoria en las letras.
El evento fue organizado por editorial 3600 que tuvo el acierto de editar un librillo –distribuido durante el acto- en el que cada uno de los participantes –todos autores de la casa- aportó con un cuento.
En la primera mesa estuvieron Adolfo Cárdenas, Carmen Beatriz Ruiz y Homero Carvalho, bajo la moderación de Willy Camacho, y en la segunda, el propio Sanabria engranó el coloquio con Paul Tellería, Pedro Albornoz y Víctor Hugo Romero.
No obstante, quizás lo más importante de la IX Feria Internacional del Libro de Cochabamba, fue el más que merecido reconocimiento a dos referentes de la literatura del Valle y del país: Gaby Vallejo y Adolfo Cáceres Romero, que tuvieron cada uno un acto especial de homenaje en el que participaron diferentes literatos y académicos con palabras de valoración. Un par de esos textos se publican ahora.
Punto alto para la nueva directiva de la Cámara Departamental del Libro y enhorabuena por los cochabambinos amantes de la literatura.


Artículo

La necesidad de ponerse en crisis



Texto leído en el conversatorio "El oficio de escribir", en el marco de la FIL Cochabamba.


Luis Carlos Sanabria

Cuando se ha decidido tomarse muy en serio este asunto de la escritura, la gente que nos rodea suele ametrallarnos con una serie de preguntas, a veces con cierto pudor, otras con un ligero aire de maldad camuflada de preocupación.
¿De qué vas a vivir? ¿Acaso eso no es un hobby? ¿Eso se estudia? ¿Dónde vas a trabajar?, y un largo etcétera. A veces uno se cree todas las posibles respuestas negativas a esas preguntas y acaba perdiendo el ánimo. Estudia derecho, medicina o (Dios nos libre) ingeniería; y le saca horas de cuando en cuando a sus días para poder leer algo. Otras horas más escasas para garabatear algún texto. Y pasan años hasta que, gracias a alguna renta, considera la opción de pasar los días de su retiro iniciando una carrera literaria, para sacarse la espina que incomoda, el sueño frustrado toda la vida. Tener su catarsis. En otros casos, uno se rebela contra la desconfianza familiar y por terco decide dar la contra rebeldemente. Ese es mi caso.
Entonces a la pregunta de por qué escribo, la primera respuesta que me animaría a esbozar sería: por contreras. Porque me dijeron que no podía y que moriría de hambre. Escribo por rebelde. Porque me enamoro de imposibles. Porque los hago posibles.
A veces, la escritura es básicamente una consecuencia de la lectura. Todo escritor que se precie de serio, ha sido primero un lector. Es casi un lugar común la afirmación que dice que la clave para escribir es leer mucho. Y lo es. ¿De qué otra forma nos aproximamos a los mundos posibles que nos regala la ficción? Pero en el ejercicio mismo de la lectura existe un punto de quiebre: uno no solo empieza a vivir las posibilidades construidas por otros, también empieza a imaginar otras posibilidades. En mi caso estas posibilidades siempre han sido para mí mismo. Para imaginarme cómo reaccionaría yo a situaciones hipotéticas. Y ese yo va mutando siempre, dependiendo de los escenarios, hasta convertirse en varios otros.
En ese imaginar vuelve a brotar algo de rebeldía: ya no asumiré solo el mundo posible que alguien más me plantea. Ahora me lo planteo yo primero, y me lo planteo solo con una intención, la de mutar hasta que mis certezas tiemblen: ponerme en crisis.
Al hablar de una puesta en crisis, no me refiero a algún gesto dramático y/o histérico, sino más bien a la sencilla idea de criticar las certezas que uno pueda tener. Convicciones, incluso recuerdos y géneros. Poner en crisis tus propias ideologías, a ver si sobreviven a tu propio prejuicio.
Personalmente asumo la escritura de esa manera. ¿Entonces qué escribo? Todo aquello que me permita explorar distintas maneras de entender las cosas, para ponerlas en diálogo con mi forma peculiar de ver el mundo y así hacerme crítica, siempre con la certeza final de que los dogmas ideológicos no sobrevivirán del todo a tal acción. Y así me sabré más ambiguo. Más humano.

Ahora, el cómo escribo todo esto es más bien un tanto ecléctico. En lo personal creo que la escritura es una sola, y trasciende las divisiones genéricas (a veces tontas) que crean tribus entre quienes escriben en prosa y los que escriben en verso. Es cierto, cada género reclama una práctica de lenguaje diferente, y cuanto más enfocado estés en el manejo de una, entonces la manejarás con mayor pericia. Sin embargo, más allá de las trampas retóricas que cada género pueda tener, creo que cada crisis particular requiere una aproximación diferente al lenguaje, y por tanto ser explorada en otro registro genérico. Pero tal vez esté hablando con un entusiasmo pueril. Ya el tiempo, y nuevas crisis, me mostrarán si tal cosa es en verdad posible.

Ensayo

Javier del Granado, el poeta de la aldea

Fragmento del Estudio introductorio del libro Obras escogidas de Javier del Granado, publicado por editorial Nuevo Milenio y lanzado en la Feria del Libro de Cochabamba.



Moira Bailey Jáuregui 

“Conoce tu aldea y conocerás el mundo, conócete a ti mismo y conocerás a la raza humana”, dice una máxima de León Tolstoi que Javier del Granado practicó con profunda naturalidad a lo largo de su vida.
Fue así que desde Colpa Ciaco, su finca en el valle de Arani, en el centro del país, empezó su minuciosa tarea de observar el mundo, convirtiéndose en amante del campo y la geografía, y atento lector de escritores bolivianos, sin la necesidad de saltar los bordes de aquello que encerraba lo íntimamente suyo, para mirar lo esencial de la existencia humana.
Hombre de paso firme que escogió una senda y en ella se mantuvo por siempre, Del Granado solo escribe de los temas que realmente le importan: Dios, la naturaleza y el amor por su tierra, manifiesto no solo en un sentido patriótico o histórico, sino también pictórico, pues nunca olvida resaltar la luz de su paisaje. Entre ellos va sutilmente colocando atajos, puentes, pasos estrechos, despedidas y aficiones diversas. Su interés es la relación de los hombres con su mundo, esa frontera de convivencia y dependencia mutua que se va transformando lentamente a lo largo de la vida:
“Mi espíritu no es águila que trasmonta altanera / las elevadas cumbres de la meditación. / Es débil golondrina que vuela en la pradera / y ensaya en los vergeles su lírica canción. (Habla Canata).
Este poema de Rosas pálidas, su primer libro, es una suerte de profecía, una descripción acertada de un caminar pausado y constante que no va a desdecirse, que avanza sin cambiar de dirección y llega lejos.
Anuncia además un modo de ver el mundo que empieza en lo pequeño y más cercano, en el aprendizaje de lo nimio de cada día, para aventurarse después hacia lo más elevado y duradero. Su literatura tiene una función, sí: confirmar el amor por la vida, relacionarse con el entorno cercano de manera limpia y llana, ser capaz de mirarlo todo una y otra vez. Recoge leyendas y mitos en los que se funda la identidad nacional y que deberán fungir como base para la postergada modernización.
Con diecinueve años cumplidos, Del Granado abandonó el remanso de la finca para incorporarse al servicio militar. Se vivían tiempos de indudable transformación; él ya no sería el mismo, tanto menos la realidad nacional. Era el 32, año en el que se desató la guerra entre Bolivia y Paraguay.
Lejos de la cordillera, el país se enfrentaba no solo contra el enemigo, sino también con sus contradicciones y con la falta de comprensión de su propia realidad. Como toda guerra o revolución, la Guerra del Chaco serviría de caldo de cultivo para nuevas propuestas literarias y políticas; de ella surgió el germen de un pensamiento que buscaba explicar el escenario que había posibilitado el conflicto, si es que éste pudiese ser definido a cabalidad.
Dado que no dejó más que escasos ensayos o artículos políticos, pues es claro que prefirió reservar su ímpetu para la lírica, al leerlo ahora uno se ve tentado a buscar más pistas si quiere conocer de cerca las reflexiones que tenía este escritor sobre su país y la forma en la que fue construyendo sus paradigmas y su visión del mundo.
Existe en las páginas de Javier del Granado un rechazo manifiesto a las voces o idiomas extranjeros, hecho que nos acerca a su intención: trabajar por la construcción de un pensamiento netamente hispanoamericano que pudiera definir una realidad propia y específica, que fuese capaz de asimilar el enorme bagaje precolombino a la posterior herencia española y que se distinguiera de formas de pensamiento generadas en tiempos y entornos diferentes.
Lo cierto es que aquel joven escritor iba dibujando en su mente un tentativo camino a la modernización y asentamiento para una república aún en formación que, habiendo sufrido dos mutilaciones físicas en menos de cincuenta y cinco años, iniciaba con bríos un periodo de consolidación y reforma.
Así, a solo diez años del inicio de la Guerra del Chaco, Del Granado fue uno de los creadores del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), junto con un grupo de hombres con quienes compartía valores y criterios en torno a cómo juzgar la realidad nacional y generar un discurso realista para su transformación. Entre ellos figura Carlos Montenegro (ideólogo y autor de Nacionalismo y coloniaje), Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Zuazo y los también escritores Augusto Céspedes y Walter Guevara Arze. Un intento de asesinato en su contra, ocurrido en esa misma década, la de los cuarenta, lo obligó sin embargo a alejarse de la militancia política (…).
Al igual que 1932, 1952 fue un año decisivo para Bolivia y también para la vida del poeta que contaba ya con seis libros escritos e ingresaba a la Academia Boliviana de la Lengua. En ese año dedicó varios poemas a escritores bolivianos y escribió por primera vez sobre la Guerra del Chaco, en un poema dedicado al escritor y excombatiente Augusto Guzmán:
La roja espada de Marte / quemó la jungla chaqueña, / que desgarró en los manglares / nuestra gloriosa bandera; / y el escritor prisionero, / robando sangre a sus venas, / trazó con pluma de cóndor / la historia de nuestra tierra, / hecha de grandes hazañas / y de pequeñas miserias. (Figuras literarias del solar hispano que florecieron en Bolivia).
Tal vez los últimos versos de esta estrofa pueden darnos pauta de la mirada que tenía hacia la historia boliviana y a sus protagonistas; pues si bien no niega el dolor, intenta siempre resaltar la grandeza.
Hace, no obstante, cuestionamientos existenciales e históricos más severos, no solo sobre Europa, sino sobre todo el mundo en el Poema de la guerra, escrito en 1945 al término de la Segunda Guerra Mundial. En él, Del Granado expresa sus preocupaciones en torno a la violencia y devastación en términos más contundentes:
“…y toda esa macabra legión de los ex hombres/ será posible hablarles/ de la bestia que duerme agazapada y turbia/ en el pecho del hombre/ enjaulando sus nervios bajo un chorro de látigos”. (Canciones de la tierra). (…)


Reseña

Bolivijke pricaju



Comentario de un libro de relatos de autoras bolivianas que fue traducido al croata, editado en Zagreb, y presentado en el marco de la feria cochabambina.


Cecilia Romero 

El lector debe estar solo, solo en medio del mundo. Deambulando en la jungla de sus propios pensamientos. Lo placentero se anida en la posibilidad de que lector y autor compartan la misma seducción del lenguaje que toca y goza tocándose.
Estas historias sobre los viejos/nuevos temas están contenidas en la antología Bolivijke pricaju (Lo que las bolivianas cuentan), de la editorial Božicevic de Zagreb, Croacia, traducido al croata por Matija Janes. Un proyecto gestado gracias a varios empeños, uno de ellos el del croata Radoslav Pazameta y que luego se materializó en una impecable edición impresa donde están los cuentos de Erika Bruzonic, Cecilia de Marchi, Lourdes Saavedra, Shariel Baptista, Giovanna Rivero, Daniela Elías y quien escribe.
Escritoras bolivianas dispersas en diversas geografías viajan a un punto de encuentro. Con pasos de cangrejo las historias se anclan en esos lugares no lugares donde fuimos los que fuimos, cosas de la memoria o de fantasmas penitentes que encuentran su lugar de aparición.
Relatos de un erotismo inesperado, como el de un sujeto sin rostro que se frota contra una mujer trabajadora en un metro inaugurándola de nuevo a la fantasía y el morbo; o de pequeños desastres que por ser cotidianos tienen el sino más evidente de lo fatal, como una máquina de coser Singer que espera paciente el derrumbe del costurero que la manipula; vizcachas que deciden atacar niñas solitarias y gatos de tejados en actos reproductorios escandalosos.
También está la cartografía de las ciudades, las ciudades sucias y hermosas y los viajes que permite. Periplos vitales, donde todo el tiempo las cosas fungen como entes duales, se cruza en ellos la fatalidad y la decisión en una sucesión de momentos de comprensión y donde gracias al capital simbólico de estas escritoras, se proscribe el falso sentimentalismo, siendo la trama una constante acumulación de tensiones y desencuentros, muchas veces violentos y por tanto, fantásticos.
A estas ciudades se arriba desde la lejanía, desde una Norteamérica, por ejemplo, con pocos sueños disponibles. Lejanía que se le impregna al migrante como otra piel cuando arriba con su maleta de los otros mundos y constata que la tierra de origen, pese a sus escasas bondades, sigue afianzada en un provincianismo arduo.
Las ciudades se recorren con prisa, la memoria las convierte en escenario de pasadas guerras, espacios que a veces son visitados por sismos y donde hay carreteras desoladas con mujeres muertas que esperan ser desenterradas algún día. Los insepultos permanecen en el sopor de la selva en Yungas, mismo lugar donde otro cuento recrea un triángulo amoroso de final abierto.
El gran lugar de convergencia tiene un sino particular, la mirada a las familias. La gente de paso que acompaña las historias de las familias con el baile mudo de sus polleras y la tibieza de sus brazos, y dentro de estas juntas el grupo de desconocidos que comparten techo y mapas secretos que los puedan llevar lejos. Familias, silentes manicomios, lugares de fuga y encuentro, donde la narrativa pone el acento en diversos subtemas, uno de ellos será la pérdida de fe y el terror íntimo, casi en sincronía con eso que Georges Bataille aconseja cuando plantea que revelando nuestra verdadera intimidad y dominando al sujeto sólido instándolo justo al borde del salto, es como podemos abrirnos a través de las heridas y exponernos. En este ejercicio de apertura, en ese ejercicio de real desnudez, está la condición de la construcción de una literatura en lo profundo.
Los relatos de cada escritora en este proceso escritural nos recuerdan esos verdaderos y casi heroicos actos transgresores del que habla Bataille. Estas historias son las de heridas secretas, de batallas diarias, de derrotas y de triunfos y también de la fragilidad de nuestro andamio.
Esta antología es una polifonía de muchas voces y muchos viajes. Narraciones sonando en el misterioso y musical idioma croata. Relatos conexos y entretejidos, andando certeramente por las arenas movedizas de la memoria, la música, los amores perdidos, los desencuentros y en toda esa red de araña sus finales abiertos, así como lo es la vida. Finales felices en toda su posible infelicidad.

Las escritoras de Bolivijke pricaju, que de seguro le desean lo mismo a los lectores, en la tradición arquetípica han viajado por la noche y han regresado no a la misma ciudad desde donde se partió sino a otra, una que levemente ha cambiado, una que perdido inocencia y quizá por eso es más seductora. 

Comentario

Para que nadie se olvide de Hochschild

Comentario de la novela Los infames, de Verónica Ormachea que tuvo una segunda presentación en el marco de la Feria del Libro.



Rodrigo Urquiola Flores

Siempre he tenido problemas para creer en las definiciones. Dudo cuando se habla de literatura fantástica, por ejemplo, literatura de terror, o literatura de ciencia ficción.
Imagino que estas definiciones sirven más para nombrar un espacio geográfico que carece de nombre para algún propósito, digamos, comercial, alimenticio: uno necesita saber qué es lo que está comprando o comiendo. Pero sí creo que la literatura está por encima de cualquier definición y que seguirá siendo lo que es a pesar de cualquier disfraz que utilice en determinada ocasión.
¿Qué es la literatura? No lo sé. Imagino que es aquello que te obliga a dudar de la veracidad de las cosas que te rodean, en principio, y por eso es que se me hace mucho más difícil creer en literatura histórica. ¿Qué es la historia sino literatura? Un hecho narrado. Y narrado a partir de la perspectiva de un observador. Un investigador es, quizás, menos todavía que un observador porque mira lo que otros han visto. Todo es ficción, entonces.
Esto no quiere decir, por supuesto, que un hecho como el de la Segunda Guerra Mundial, para citar alguno, no haya existido o no sea real, sino que nunca podremos acceder a la última de las verdades, pero tampoco estaremos sumergidos en el pozo de las mentiras que no se descubren: somos apenas visitantes en un museo.
La segunda novela de Verónica Ormachea, Los infames (Gisbert, 2015), aborda este difícil tema: la Segunda Guerra Mundial, y lo hace, en gran medida, desde un punto de vista boliviano.
Muchos judíos que escapaban del holocausto se refugiaron en nuestro país y, por otra parte, muchos alemanes, nazis tantos de ellos, llegaron también. Uno de los judíos notables que se asentó en el país fue Moritz, o Mauricio Hochschild que sería, también, uno de los tres barones del estaño de aquellos tiempos millonarios para la minería boliviana.
Los infames rinde homenaje a la figura de este empresario quien, como muchos de sus hermanos judíos que llegaron a Bolivia, ansiaba ubicar a sus familiares que estaban todavía en medio de la guerra en Europa.
Mientras Hochschild buscaba su impoerio y su riqueza no dejaban de crecer gracias al trabajo de judíos que él ayudaba a escapar de la muerte para darles una vida digna en un país que, para muchos de ellos, era una suerte de paraíso.
Así, Ormachea, reconstruye un episodio de la historia nacional que no ha sido muy visto en nuestra narrativa, a partir de la figura de un héroe.
La historia que narra Los infames se desenvuelve en dos frentes: la Europa moribunda y la Bolivia que, a pesar de tantas limitaciones, vive.
Y es una historia que, a pesar de tanta fe religiosa, quizás un excesivo y poco creíble fanatismo católico que destilan los personajes sufrientes, consigue en uno de los personajes más logrados, Varinia, una resolución inesperada, un trabajo que vale la novela.

Después de años de esperar a su prometido, después de saberse embarazada y tener que dejar a su niño, después de haber pasado por Auschwitz y haber conocido una curiosa faceta del amor en brazos del enemigo nazi, rechaza todo aquello que se supone no debería haber rechazado. Rechaza incluso, aunque parezca que no y aunque lo niegue, la fe y el fruto de la espera, el objetivo de la fe: algún tipo de paraíso. Entiende que es imposible acceder a él tenga el nombre que tenga, convirtiéndose así en una auténtica “hija de la guerra”.

Libros

La madona de Sorata

Carlos D. Mesa

Edson Hurtado logra en La madona de Sorata un acercamiento profundo y sereno a un tema que era y es aún un tabú en la sociedad boliviana, los indígenas y la homosexualidad.
Sus crónicas cargadas de fuerza literaria, sensibilidad y sobre todo estremecedora claridad, ponen en evidencia vidas signadas por la melancolía, la soledad, los silencios, pero también la valentía, ante la dramática sensación de que la lucha por una identidad sexual libre es para los indígenas un desafío mayor precisamente por el hecho de serlo. Hurtado logra que estas historias lleguen no sólo porque están bien contadas, sino porque retratan personas en la plenitud de su dimensión humana.
 
* El libro del investigador vallegrandino Edson Hurtado, está disponible en la Feria Internacional del Libro de Cochabamba, en el stand de Nuevo Milenio.


domingo, 18 de octubre de 2015

Artículo

Rodolfo el descreído, la otra
cara de la literatura del Chaco

Después de más de 75 años, en los siguientes meses la legendaria novela de David S. Villazón se reeditará gracias a los oficios de La Mariposa Mundial.



Martín Zelaya Sánchez

Alguien dijo -y sin dejar de tener cierta razón- que mucho de lo mejor en la literatura boliviana de la última década son las reediciones.
Desde hace varios años Plural reeditó sistemáticamente toda la prosa de Jaime Saenz (y de René Zavaleta Mercado, aunque ésta última no sea “literatura” propiamente dicha). En 2013 el Ministerio de Culturas impulsó la Biblioteca Plurinacional que reeditó libros tan importantes como casi olvidados: Chaco, de Luis Toro Ramallo; Lo que se come en Bolivia, de Luis Téllez Herrero y una versión de Ensayos escogidos, de Carlos Medinaceli, entre otros; y ni qué hablar de la Biblioteca del Bicentenario creada por la Vicepresidencia, y que desde noviembre empezará a reeditar 200 de los más importantes textos de bolivianos y sobre Bolivia.
En esta tendencia destaca por la calidad de su propuesta La Mariposa Mundial que, luego de habernos regalado Pirotecnia, de Hilda Mundy; Aguafuertes, de Roberto Leitón, La tumba infecunda, Cuentos completos y Las cuatro estaciones, de René Bascopé Aspiazu y Poesía completa de Sergio Suárez Figueroa, entre otros, está a punto de rescatar una novela casi tan mítica como desconocida: Rodolfo el descreído de David Villazón.
Sobre este texto publicado por primera y única vez en 1939, escribe Omar Rocha en el número 7/8 (de 2002) de la revista La Mariposa Mundial: “se trata de una escritura fuera de los cánones novelescos de fines de los treinta. Y lo que predomina es el “humor”, no tanto la risa o la simple carcajada. No el efecto que logra un piruetista con sus movimientos, sino el efecto que logra el piruetista al desmaquillarse frente al espejo, es decir, reírse de sí mismo. Humor, entonces, humor corrosión, humor destrucción”.
A modo de sintetizar el argumento de la novela, Wilmer Urrelo, comenta: “Es la historia de Rodolfo, un dandy paceño que vive en París y que retorna al país justo en los momentos previos a la Guerra del Chaco. En La Paz pasa por muchas cosas, entre ellas las fiestas loquísimas que protagonizaba la juventud, pero también se va enterando del irremediable estallido bélico y decide escapar. En esa huida es atrapado y lo mandan al frente, y es ahí donde retrata la guerra desde un punto de vista muy personal y muy distinto a lo que la generación de Villazón hizo”.
Precisamente estos son -según lo que se puede inferir de lo poco escrito y oído sobre Rodolfo el descreído- algunos de sus grandes méritos: la originalidad, el desmarcarse de lo que se entendía en ese entonces como literatura nacional, la desfachatez formal y de fondo, el humor y la falta de pudores y reparos políticos y sociales. Disfrutemos un breve fragmento de las páginas 13 y 14:

Y fue otro beso, terrible, espantoso, que crispó el cuerpo de Regina en un etcétera fragante.
—¡Baja!
—¡Oh! las noches carnavalescas…
—¿Qué dices?
—Qué bellas son.
—No digas tonterías, ven, sube.
—Ya.
—¿Te gusta?
—¿Tu saloncete?
—Sí.
—¿Quieres un “camel”?
—Dame un “benedictine”.
—Quítate el antifaz Regina.
—No puedo (y se quitó el dominó).
—Quiero besar tus ojos profundos como abismos de perdición.
—Quítamelo tú.
El hombre del dominó negro quitó el antifaz del rostro de Regina, retrocediendo dos pasos para contemplarla.
Acá, el lector puede también contemplar a Regina Imperio del Solar, sin necesidad de retroceder una sola línea.
Alta, esbeltísima, la piel ligeramente morena. Lucía cabellera negra como el ébano; su faz, un óvalo perfecto, y sus senos, redondos, enhiestos, gloriosos. Pupilas enormes, castañas, con pequeñísimos puntitos áureos, y su boca…una fantasía de boca.
El lector entusiasmado: —Y sus manos, sus pies, sus piernas.
El editor: —La naturaleza había hecho de Regina una soberbia criatura, caro lector.
El lector: —¡Hum…!
—¿Dudas de mi amor?
—Eres tan hermosa, y tantos hombres van tras de ti…
—Déjalos, se cansarán.           
Homo homini lupus[1] Regina.

En el capítulo “El arco de la modernidad” de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, Blanca Wiethüchter señala: “El vaciamiento de sentidos que practica Hilda Mundy en Pirotecnia (1936), o el dialogismo frívolo de Rodolfo el descreído (1939) de David Villazón, novela en la que el autor se burla explícitamente desde las notas al pie de página del narrador, constituyen las rupturas que imaginan un mundo en ruinas”.
En el mismo texto, continúa Wiethüchter: “Esa vanguardia quedó ignorada en nuestra historia literaria y mutilada en su impulso por el boom de la Guerra del Chaco, el que otorgó el triunfo, en desmedro de las experimentaciones vanguardistas, a los productores del sentido ‘fondista’”.
Sin querer menoscabar a estos “triunfadores fondistas” (nadie va a poner en duda el valor y calidad de El Pozo del Chueco Céspedes, o Aluvión de fuego de Oscar Cerruto, por ejemplo), recién en los últimos años se propició la salida a luz de dos obras tan irreverentes como fundamentales sobre la Guerra del Chaco. La anterior, Chaco, de Toro Ramallo, cuya edición del Ministerio de Culturas fue prologada por Urrelo.

- Tú investigaste mucho sobre literatura de la Guerra del Chaco [para su novela Hablar con los perros, 2011], y escribiste que junto con Chaco, de Toro, Rodolfo… es una novela políticamente incorrecta y que por eso fue dejada en el olvido.
- La hipótesis que tengo es que Rodolfo... se sale, se desmarca del objetivo central de la literatura del Chaco. ¿Cuál era ese objetivo?: refrendar la Revolución del 52, buscarla en el desastre de la guerra y después justificarla ante el país (ojo que después de la revolución eso fue una política de Estado).
Rodolfo... es una novela humorística en el más amplio sentido de la palabra. Tú si fuiste al Chaco puedes hablar de los heridos, del engaño, de los sufrimientos, pero no puedes hacerlo desde el humor. Hacer eso era como quitarle algo, no sé, cierto aire de superioridad a las personas que fueron a la guerra.
El mismo autor se da cuenta de eso y coloca una especie de advertencia antes de arrancar la novela, una advertencia dirigida a la crítica sobre todo, anunciándoles, entre líneas, que ya sabe qué pasará con su libro, qué destino tendrá.

- ¿Y qué puedes decir de lo formal, el estilo, la impronta de Villazón?
- Para lo que se estaba escribiendo en ese momento, sin duda que Rodolfo... era eso que ahora bautizamos como “algo adelantado a su época”. Villazón tiene una prosa, digamos que correcta, pero el experimento va más allá: coloca diagramas, fotos, algunos mapitas de la distribución de los soldados durante una batalla (hay un mapita chistoso porque parece un juego de niños, un divertimento).

Y aquí viene una afirmación de Urrelo que dialoga con la reflexión de Wiethüchter: “Creo que todo esto, tomarse la guerra con esa supuesta superficialidad, hizo que la obra de Villazón fuera condenada al olvido con muchísima intención: es más fácil no prestarle atención a un libro que jode a una generación a atacarlo, pues eso lo haría crecer más”.
Sobre esto, en su nota a propósito de esta publicación que se puede leer en este número de LetraSiete Rodolfo Ortiz, director de La Mariposa Mundial, comenta: “la Guerra del Chaco resuena aquí a través de una estética de la insubstancialidad en la cual la novela abiertamente se reconoce, y no solamente ella, sino fundamentalmente una segunda, la novela de un tal Jorge Santa Cruz (ganador del Premio Gordo de Lotería) que se entrevera dentro de la propia novela de David S. Villazón para narrar con precisión los “sucesos” acaecidos alrededor del, digamos, “gran suceso” llamado Guerra del Chaco”.
Y también apropósito de esta esperada reedición prevista para diciembre, Ortiz adelanta, que a partir de 2016 La Mariposa Mundial publicará otros cuatro libros de autores esenciales de nuestras letras: Telón lento: una carta de Arturo Borda a Carlos Medinaceli; Cartas y papeles, de Hilda Mundy; Senderos, un poemario inédito de Jesús Urzagasti y La araña gigante, una novela de Sergio Suárez Figueroa. Nada menos.
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Noticia bibliográfica sobre David S. Villazón

David S. Villazón nació en La Paz en 1910. En 1936, a sus 26 años, escribió su primera y más importante novela, Rodolfo el descreído (1939). Villazón es un autor que figura de manera escueta en algunos diccionarios e historias literarias de Bolivia, con una a la par mínima respuesta de lectores y “no lectores”, tal como premonitoriamente se anticipó en el íncipit de esta su primera novela.
Quince años después Villazón publicó su segundo libro, esta vez de relatos cortos y fragmentos, titulado Cuentos y novelas (1954), y dos décadas luego su segunda novela, Al filo del abismo (1975), que misteriosamente se encuentra catalogada en la Biblioteca Nacional de Australia.
Todos sus libros se publicaron en la Editorial Fénix, ubicada por aquel entonces en la calle Illimani No. 66 de la ciudad de La Paz. Mientras se prepara la segunda edición de Rodolfo el descreído, Miguel P. Salvador, un joven amigo y fervoroso seguidor de Villazón, se ha unido a las pesquisas y diablas de esta pronta publicación. Nada que no sea un merodeo por orígenes borrosos, para nada circuncisos, pues las Academias, los Ateneos y los Círculos culturales le fueron totalmente ajenos, tal como distingue su primer prologuista, el politiquero y ex vicepresidente de Bolivia, Enrique Baldivieso Aparicio.
Miguel P. Salvador ha barajado las lápidas y los archivos del Cementerio General, y sin desilusión va descartando listas, anaqueles, guías telefónicas, con una avidez que promete nuevas y reveladoras noticias.  (Rodolfo Ortiz).
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 Wilmer Urrelo: “La enfermedad del quedar bien”

- Cuál es la importancia de una nueva edición de Rodolfo... a casi 80 años de la primera. ¿Por qué debe volver a leerse esta novela?
- Es una gran noticia que al fin salga. Eso porque empezamos a darnos cuenta que la guerra fue, en su momento, relatada desde diferentes puntos de vista y que esos puntos de vista fueron silenciados con el olvido.
Rodolfo el descreído es, a mi parecer, junto a un puñado de libros sobre la guerra, uno de las mejores, uno que tuvo el valor de salir del camino para contar lo mismo, es cierto, pero con una profundidad que la gente de la época (y buena parte de la de ahora), rechaza o ve, quizá, como una falta de respeto.
Basta ver la película Boquerón de Tonchy Antezana, por ejemplo. Creo que esta película es el claro ejemplo de que la enfermedad de este país (por lo menos en las artes) es ser políticamente correcto, es quedar bien con la historia oficial. Y Rodolfo... hace todo lo contrario.
Curiosamente es el único buen libro de Villazón. Si lees la producción posterior es realmente mala. Además sabemos muy poco de él y de cómo cayó la novela por esos años en el público.




[1] El salpicar de latinajos da aire de erudición. [Nota original de Rodoldo el descreído]