domingo, 18 de octubre de 2015

Parhelio

[Notas en torno a Rodolfo el descreído]

 Contextualización de la novela en la literatura nacional, y un extenso fragmento a modo de aperitivo.



 Rodolfo Ortiz

Al Catálogo de la bibliografía boliviana (Vol 1, 1966), de Arturo Costa de la Torre, le debemos (quizás) la mención insólita de la novela Rodolfo el descreído del escritor David S. Villazón. Para quienes estén familiarizados con este inhallable ejemplar de 1939, las “Palabras liminares” de Enrique Baldivieso, ansioso político y diplomático que las firmó en 1938, llegan a ser, sin embargo, más cercanas y primogénitas: “[e]n Villazón laten fuerzas de grandes proyecciones”. A pesar del añejo bibliófilo, don Arturo Costa, quien arriesgó líneas de información documental, al igual que su continuador Augusto Guzmán en 1973, Elías Blanco en 2011, y más generosamente Omar Rocha el año 2002, esta obra, sin duda, alberga hoy no solamente un “latido”, sino también la ansiedad germinativa de aparecer como un virus precursor. Pienso, a la par, en obras que se escriben en sardónica contracorriente al asiento reservado de la historia comprendida o habida por todos. Una obra inaudita que se suma a otras obras inauditas de escrituras heterogéneas y luminosas, en este caso, desplegadas en la bocanada internacional y cementérica de los años 30 (quizás 20’s) en Bolivia. Si alimentamos esta idea de mala-lengua (con su “musiquita” literaria), podríamos adherir a este cementerio renacido obras como Pirotecnia (1936) de Hilda Mundy; Aguafuertes (1928) de Leitón; Memorias del Mala-Bar (1928) de Villegas (agregaría Gualamba (1934), obra inconclusa y no menos sugerente que se sitúa precisamente en la Guerra del Chaco); Hathawi (1931) de Ramún Katari; las Añejerías paceñas (1931) de Sotomayor; y claro, Nonato Lyra, y la “Carta a Carlos Medinaceli” de Arturo Borda, escrita esta última en 1937; sin callar que El pez de oro se iba escribiendo desde 1927 y, en La Paz, desde 1932. La noción de extravío y padecimiento de una escritura, pensemos por un momento, maduraba estos años al encender un acueducto de alfabética hermosura (la guerra heterogénea que Mundy trae de “Campo mayo”, a donde envía algunas cartas al soldado Fajardo, o bien, la explosiva articulación de un crítico exiliado y un creador no menos crítico y autoexiliado en ocasión de otra “Carta”, esta vez la de Arturo Borda, que iba destino a Camargo). Este acueducto, que desbordó en los temibles y secretos años 40, vio nacer los primeros escritos (fundamentales) de Saenz y los ultra fondos, en prosa y en verso, del sin par Suárez Figueroa. Por ahora, pare de contar. Pero volviendo al texto de Villazón, la Guerra del Chaco resuena aquí a través de una estética de la insubstancialidad en la cual la novela abiertamente se reconoce, y no solamente ella, sino fundamentalmente una segunda, la novela de un tal Jorge Santa Cruz (ganador del Premio Gordo de Lotería) que se entrevera dentro de la propia novela de David S. Villazón para narrar con precisión los “sucesos” acaecidos alrededor del, digamos, “gran suceso” llamado Guerra del Chaco:

Aquella mañana un poeta, un mal poeta como hay muchos, había “manufacturado” un poema en el que hablaba mal de las nubes llamándolas monstruos poliformes. Las nubes, grises de cólera, se pusieron a llorar desesperadamente.
—Llueve –se dijo Jorge Santa Cruz, sentado frente al escritorio, mientras sus dedos tamborileaban “La Danza Macabra” sobre la tapa de un libro. Abrió ese libro, y dijo: Mi novela, y principió a leer la primera página.
(El lector no debe olvidar que Jorge Santa Cruz, ex-empleado favorecido por la suerte hoy, había pensado escribir una novela).
—¿Cómo decíamos lector?
—¡Ah!, en la primera página del libro decía:

UNA TRAGEDIA MÁS…

Novela de
JORGE SANTA CRUZ
Premio Gordo de Lotería

Pasó a la página dos y principió a releerla.
Lector: tú puedes empezar a leerla, te la transcribo:

1.
“Han transcurrido desde la noche en que Rodolfo Azurduy de la Serna y yo nos vimos sumergidos en la desesperación de vernos sin nafta, hasta tres semanas. Durante este tiempo, han acaecido sucesos feos, bonitos, agradables, desagradables, importantes, absurdos, trascendentales, cómicos, imprevistos, etc., etc.

Sucesos feos.– Actividad desusada de cobradores debido a la guerra boliviano-paraguaya.

Sucesos bonitos.– Greta en “Mata Hari”, en el culminante instante en que, con su feliz galán, saborea sendos cigarrillos después de…
Juegos originalísimos de Política Internacional sud-americana.
Ruidoso estreno del tango “La conquista no da derechos” y la ranchera “Debajo el parral”.

Sucesos agradables.– Ingreso triunfal de esa cocotte fragante llamada primavera.
Instalación de “Holstein Milk”. (Especialidades lácteas). Clarísima visión del dueño del establecimiento para la post-guerra.

Sucesos desagradables.– Discursos bélicos de toda la escala política. (Diarrea literaria con tendencias a la cronicidad).

Sucesos importantes.– Fabricación del “acorazado de bolsillo”. Moratoria de deudas en Bolivia, para los movilizados al frente de batalla.

Sucesos absurdos: Tres suicidios pasionales. Invención del “Yo-yó”.

Sucesos trascendentales.– Propagación mundial del cierre automático, y los productos “Max-Factor”.

Sucesos cómicos.– Fuga de capitales y jovencitos bolivianos a otras capitales.

Sucesos imprevistos.– Prolongación indefinida de la guerra. Convencimiento pleno de que estoy enamorado de Judith de Hernández, heroína de mi novela.

Cosa que, dado mi cerebralismo, parece imposible, y sin embargo es ciertísima, tan cierta, que merece un acápite retrospectivo para poner en antecedentes al lector, del modo como ha nacido en la retorta de mi laboratorio sentimental este producto que se llama amor.

He aquí el capítulo retrospectivo.

Un saloncete decorado a la turca, almohadones, muchos almohadones, cortinajes, alfombras, alfombritas, mesillas enanas, hasta dos tiorbas, tres yataganes y dos cimitarras, una panoplia, narguile, muchas huríes en poses paradisíacas, la luz; una lámpara en media luna que esparce una claridad violeta, un “Solimán el magnífico”, tres rosas de Alejandría en un jarrón también de Alejandría…

Rodolfo el descreído ofrece este mundo, donde escuchamos el balbuceo anti-heroico y también somos testigos del desencanto, el hastío, el flirteo banal de clases acomodadas (y no tanto) ligadas al poder. Todo, o casi todo, salpicando en agua especular, pero bajo la eficacia de un autor que sabe (y lo dice) que esta obra “es una calamidad nacida en forma de novela”. Bienvenida a todas luces e inagotable como el instante, esperemos que pronto circule, esta vez, bajo la danza macabra de La Mariposa Mundial.


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