intro

Sale cada domingo con Página Siete

martes, 30 de agosto de 2016

Artículo

Primero leo, luego escribo

Un adelanto de las III Jornadas de Literatura Boliviana que se efectuarán durante el primer fin de semana de la Feria Internacional del Libro de La Paz.


Martín Zelaya Sánchez

Escribe Jorge Carrión en las últimas páginas de su sugestivo ensayo Librerías (Anagrama, 2013): “el lento tránsito entre la lectura en papel y la lectura digital actualiza debates periódicos (…). Ahora nos preguntamos si la pantalla y su emanación de luz son más perjudiciales para la vista que la tinta electrónica, que no nos permite leer a oscuras”.
Aprender de los protagonistas de las letras bolivianas contemporáneas. Aprehenderlos, aprovecharlos, disfrutarlos pero, sobre todo, leerlos. Esa es la idea al pedirles que compartan algo esencial para cualquier hombre o mujer de letras: su bitácora privada de lecturas: su canon de autores y libros, pero, ante todo, sus secretos, experiencias y vivencias en el fascinante universo de la lectura.
Conocer a nuestros escritores -decíamos- sus inquietudes, estímulos, intereses y obsesiones. Acercarnos, así, a su obra, a su impronta y creatividad. Verlos, entrar en contacto personal, y mirar, asumir así, a profundidad y con mejores herramientas, su literatura. Estos son los impulsos y objetivos, a la vez, de las Jornadas de Literatura Boliviana, en general y, claro, en específico de la tercera versión que se llevará a cabo entre el 9 y el 11 de septiembre en el marco de la XXI Feria Internacional del Libro de La Paz.
“Primero leo luego escribo. Las lecturas en la formación y vocación”, es el tema elegido en esta ocasión para las tres mesas de exposición en las que 12 invitados -autores y literatos bolivianos- leerán sus ponencias.
Va esta temática, esperamos, acorde a la tendencia propuesta en las dos interesantes experiencias pasadas: “Búsquedas y presagios. Narrativa boliviana en el siglo XXI”, en 2014 y “Oficio y género. El escritor frente a su obra y en el contexto nacional”, en 2015, cuando se analizó el rumbo temático y estilístico de la narrativa boliviana actual, en el primer caso, y el leit motiv de la vocación poética, novelística y cuentística de los invitados, en el segundo.
Como en aquellas dos ocasiones, esta tercera se realiza también gracias al apoyo de la Cámara Departamental del Libro de La Paz y de la editorial 3600. Y este año la Alcaldía paceña suma también su granito de arena.
Compartir las lecturas en la formación y vocación de escritor, literato, crítico. Identificar a los autores y/o libros fundamentales, de referencia, y a modo de reseñarlos y analizarlos enfatizar en la influencia, trascendencia e interrelación con la obra propia (o, dado el caso, con la vocación por la academia, la crítica literaria, etc.).
Este fue el punto de partida desde el que los expositores prepararon sus ponencias que serán leídas entre el viernes y domingo de la primera semana de feria, y, claro, publicadas por 3600 en un libro memoria, una costumbre ya de las Jornadas.
¿Es recomendable leer durante el proceso de creación, o hay riesgo de “contaminación”? ¿Cuán necesario es el “parricidio”: desligarse por completo de los grandes referentes, de las lecturas de formación, para hallar una voz propia? Lecturas iniciáticas Vs. lecturas actuales: constancia y/o evolución en autores de cabecera. Hábitos, costumbres, vicios de lectura: releer más que ir por novedades, o más bien tener una deuda con clásicos. ¿Lector de papel? ¿Lector de pantalla? ¿O ambos? (para seguir el planteamiento de Carrión que abre esta nota). Estos son algunos de los tópicos planteados para esta aventura que este año tiene como invitados a académicos y periodistas que escriben ficción, en la primera mesa; poetas, en la segunda, y narradores en la tercera:
Oswaldo Calatayud (Premio Nacional de Novela, 2016), Lourdes Reynaga, Carmen Beatriz Ruiz y Gabriel Salinas. Vadik Barrón (Premio Nacional de Poesía); Jessica Freudenthal, Paura Rodríguez y Cecilia de Marchi. Rodrigo Urquiola, Saúl Montaño, Claudia Peña  e Iván Gutiérrez expondrán sus experiencias de lectura -¿qué tema más crucial puede haber entre las diferentes categorías y variables de la literatura?-. Para muestra y antojo, copiamos unos pocos párrafos de adelanto, de tres ponencias de las III Jornadas de Literatura Boliviana.

Vadik Barrón
“Llamémoslo dialéctica, tao o ayni. Siento que la escritura es una devolución, un juego de reciprocidad, un flujo continuo de dar y recibir, y una proyección de las lecturas, ante las cuales quien escribe funge a veces como mero espejo opaco y otras como prisma iridiscente. Yo distinguiría dos aspectos de la escritura, que pueden también tomarse como fases o momentos cronológicos: la catarsis y la (re)creación”.

Claudia Peña
“Escapar, expandirse, corromperse, amar, resistir. Tal vez antes de todo eso, y también después, leer es escribir, no como quien se dice, sino como quien deja decir, como quien se entrega, en medio de la vida, a la intensidad del tiempo que le toca, porque solamente copia quien permanece estático, quien deja de tener algo para decir. Solamente quien vive más, escribe mejor”.

Carmen Beatriz Ruiz
“No creo que haya una correlación de precedencia entre leer y escribir. Son dos momentos distintos, dos gestiones diferentes de la atención y de la comunicación. Pueden o no alimentarse mutuamente, pero las y los lectores empedernidos no son o no se convierten, necesariamente, en escritores”.

Iván Gutiérrez

“Concibo la escritura como una entrega absoluta de la vida, escribir es un sacrificio de amor, pero aún más trascedente es leer, porque nos recuerda quiénes somos, fuimos, quisimos y nunca seremos”. 

Ficción

Cebolla problema

Reproducimos el primer relato del libro de cuentos Caja de zapatos, de Isabel Suárez, el debut de la editorial Sobras selectas, que se presentará el 2 de septiembre en el Centro Cultural de España en La Paz.



Isabel Suárez 

Sos una cebolla, una blanca. Yacés en el mesón de la cocina, rodeada de desorden y sumergida en la fría oscuridad, pero tranquila.
Encienden la luz. El gordo entra en la cocina y se dirige a la heladera, saca el pan molde, el táper con jamón y queso, y un tomate. A este lo conocés, lo viste cuando llegó del supermercado y ya lleva una semana viviendo en la heladera. Por alguna razón no te cae bien. Será porque es demasiado rojo, demasiado redondo, brillante... No. Solo sos una cebolla racista.
El gordo saca un gran cuchillo. Pone dos panes en el mesón y cubre uno con dos lonjas de jamón y abundante mayonesa. Qué gordo goloso, pensás. Agarra el tomate con una mano y el cuchillo con la otra. Toma impulso. Levanta la muñeca derecha y la deja caer con fuerza. La piel del tomate se abre y su jugo se derrama, rojo ardiente. Caen dos lonjas sangrantes en el mesón y el resto queda como un corazón abandonado, partido en dos. Qué desagradable. Podés ver hasta sus pepitas.
El gordo vuelve a la heladera y saca una cabeza de lechuga, esa vieja mustia. Le arranca unos pedazos y los lava antes de colocarlos sobre el jamón. Al menos ella no hizo tanto escándalo.
Pero ahora te mira a vos y se acerca, cuchillo en mano, decidido a cortarte y convertirte en sándwich. El momento ha llegado. Vas a cumplir tu cometido: ser alimento. Desde que fuiste un pequeño cebollín tus padres te inculcaron obediencia y estoicismo, recalcando que quedaras quietecita cuando por fin fueras a ser comida, pero no te sentís lista, querés hacer muchas cosas y te destroza la idea de perecer entre dos panes con tus antipáticos compañeros de cocina.
No hay tiempo para pensar, el corte fatal es inminente. El gordo levanta el cuchillo y solo se te ocurre morder la mano que te sostiene, con todas tus fuerzas.
El gordo empieza a chillar despavorido y echa a correr por todo su departamento como puerquito espantado. Vos también tenés que correr. Ahora sos una rebelde, una prófuga de la ley natural.
Brincás hacia la ventana, jadeando y, antes de lanzarte, agradecés a dios estar en un departamento de planta baja. Tu ropaje queda sucio y tu cuerpo abollado, adolorido, pero debés seguir saltando.
De las sombras aparece un gato acechante que ya debió confundirte con un ratón. No hay tiempo que perder. Le escupís ácido en los ojos y seguís saltando a toda prisa, hasta llegar al patio del vecino. Te sentís a salvo.
El hombre que vive ahí tiene un labrador y acostumbra jugar a la pelota con él todas las noches. Sucede demasiado rápido, no lo podés evitar: vas saltando y de pronto el perro, torpe, daltónico, te atrapa con toda la fuerza de sus fauces.
Te suelta al instante, perturbado por tu sabor, pero ya te pegó una buena mordida.
Quedás ahí, herida, pero viva aún. El hombre se acerca más tarde en busca de la pelota y se sorprende al encontrarte. Te mira desconcertado por unos segundos, luego aleja su rostro y te patea con indiferencia. Se va, dejándote ahí, sola.
La reacción de este vil humano te hace pensar. Un hombre no patea con desprecio a una cebolla. El hombre necesita la cebolla, la busca, paga por ella, se aguanta el ardor, las lágrimas al cortarla y luego disfruta comiéndosela.
Sin embargo vos, cebolla rebelde con aspiraciones más grandes que la de ser cena rápida, yacés en la tierra de un patio extraño.
Contemplás la inmensidad del cielo. Las estrellas parecen brillar más en la última noche de tus ojos. La sonrisa de la luna te hace sentir que valió la pena.
Cuando salga el sol, la potencia de sus rayos te secará y el calor descompondrá tu cuerpo en pocas horas.

Serás tierra de la tierra y alimento del polvo, todo, mientras el gordo, dopado hasta la idiotez, se desahoga con el psiquiatra que le ayuda a perder el miedo a consumir a tus semejantes, siempre dispuestas a quedarse quietas.

Letra sincrónica

Introducción al juego de los retratos

A propósito de los dibujos de Jaime Saenz, que se exponen estos días en el Anexo del Espacio Patiño de La Paz.



Alan Castro Riveros

A Pedro Ramos, otro amigo recogido en agosto

Vidas y muertes
En el último retrato de Vidas y muertes (Huayna Potosí, octubre de 1986), el pintoresco personaje Pedro L. Bustos -muy dado a meterse gratuitamente en honduras, de las que empero jamás acertaba a salir bien parado [175]- comparte un juego de su invención con Jaime Saenz: el juego de los retratos.
El juego consiste en buscar la imagen oculta en un retrato, la cual se revela en aquel que mira; mas no en aquel a quien se mira [176].
En el relato, Saenz -después de sobresaltarse frente a un retrato del propio señor Bustos- queda iniciado en el juego. Desde entonces estrecha su amistad con Bustos y los retratos comienzan a ocupar su tiempo. Tanto así que Jaime se ve en conflictos por descuidar sus obligaciones y andar todo el tiempo con el juego de los retratos.
Más adelante, la amistad con Bustos se va disolviendo a raíz de un comentario de este último sobre la futura publicación masiva y universal del juego de los retratos; cosa que a Saenz le parece pueril, pues con ello prevé la total degeneración del juego. Dicho y hecho. En su afán de popularizar a ultranza el juego de los retratos, Bustos termina derivándolo en un juego de feria -con fotos de astronautas, de cantantes, de futbolistas y aun de motociclistas; con figuritas de colores, que suplantaron a los retratos misteriosos. [184]
Debo añadir que el capítulo dedicado a Pedro L. Bustos tiene un lugar inquietante y revelador en Vidas y muertes. Es el único capítulo del libro en donde el muerto habla más que el narrador. Y a él le siguen los dos textos que cierran el libro: el breve y enigmático Retrato y el epílogo titulado Un autorretrato.

Autorretratos y calaveras
El pasado 16 de agosto, en el Anexo del Espacio Simón I. Patiño de La Paz, apareció una fascinante exposición recordando los 30 años de la muerte de Jaime Saenz. Allí estaban algunos de los retratos, autorretratos, calaveras y dibujos del poeta; además del saco de aparapita, el reloj con Eneagrama, la muñeca heredada, la pequeña máquina Royal, un tintero, fotografías; en fin, un mundo de cosas que continúan el trazo del retrato del poeta paceño. Además de la exposición, se presentó un archivador que contenía un juego de 24 dibujos del autor de Vidas y muertes.
A pesar de la ausencia de un aparato crítico mínimo (fechas, numeración, fuente del título del dibujo, etc.) que permita una lectura cabal, amable y pertinente de la colección de dibujos de Saenz -que el poeta Benjamín Chávez también extrañó al reseñar el libro Poesía reunida que también se presentaba la misma noche- hay muchas cosas que, a priori, se pueden decir sobre los dibujos de Jaime Saenz.
En primera instancia, el trazo de Saenz es inconfundible. En segundo lugar, sorprende su predilección por los retratos, las caras. Respecto a lo segundo, y apoyándome en la pequeña muestra del 16 de agosto y a la colección titulada Además de las palabras, voy a detenerme en los autorretratos y calaveras del poeta.
Entre los secretos del juego de los retratos que el señor Bustos comparte con Saenz está el que dice así: todo gran jugador sabe que un retrato de perfil carece de los misterios que, en cambio, abundan en un retrato de frente [177]. Valga el regreso a un fragmento de Vidas y muertes para hacer notar que la mayoría de los autorretratos de Saenz son de perfil, mientras que las calaveras son de frente. Entre tal espectro hay dibujos intermedios donde uno se pregunta si está escudriñando una calavera o un autorretrato. En la exposición, por ejemplo, se pudo ver el fascinante dibujo titulado Mi cara en proceso de ser calavera (s/f). De tal manera, la relación de los autorretratos y las calaveras deja entrever la búsqueda estética y vital que Saenz hace visible en la tensión entre un trazo violento (proliferante) y otro que cuando no es un solo trazo continuo (inscriptor) da la ilusión de serlo.
Con respecto al trazo inscriptor de Saenz -que llega hasta sus dibujos abstractos-, habrá que decir que recuerda mucho a las líneas ondulatorias que aparecen en las cronofotografías del médico francés Étienne-Jules Marey (1830-1904) a las que se refiere Didi-Huberman para plantear una sismografía del cuerpo humano como continuum temporal del movimiento.
En el libro La imagen superviviente (Abada, 2009), Didi-Huberman relata que: En 1866 [...] Marey había intentado definir la que podría ser la “forma real”, como él decía, de un espasmo muscular: había que “determinarla gráficamente” por medio de aparatos de registro equivalentes a lo que sería un sismógrafo del cuerpo humano, un instrumento capaz de proporcionar la inscripción, la grafía, de los “tiempos” y de los movimientos más sutiles del organismo vivo. [108]
Si bien Bustos hubiese aclarado que un jugador debe tener nervios de acero más que musculatura, también hubiese asentido diciendo que: Hablando en puridad de verdad, el jugar el juego de los retratos es de hecho un jugar con el tiempo. [176]

El pulso y el Eneagrama
En un breve documental sobre Jaime Saenz aparecido hace 15 años, Jesús Urzagasti repitió aquella frase que alguna vez le dijo su padre -la memoria empieza por la mano- para evocar el oficio de relojero de su amigo Jaime. Esta dimensión del quehacer saenziano no fue ajena a la exposición del pasado 16 de agosto. Además de un par de relojes de bolsillo, se exhibió la fabulosa caja de reloj con Eneagrama que es parte de la colección de objetos de nuestro querido Alfonso Barrero.
Aunque lamentablemente no sabemos si el Eneagrama ya venía inscrito en la caja del reloj o si fue inscrito por Saenz, la relación de una potencia geométrica con la relojería es clave para comprender el pulso en el trazo saenziano. Baste decir que tal Eneagrama fue divulgado en Occidente por George Gurdjieff (1866-1949) como base de un sistema de autoconocimiento y descubrimiento consciencial. El método de Gurdjieff proponía el descubrimiento y gobierno de la pulsión personal dominante.

Si relacionamos el trazo inscriptor con el oficio de la relojería, adivinamos desde ya la afinación constante del pulso del poeta, quien trabajaba minuciosamente en los mecanismos que ponían en movimiento la geometría del reloj. En ese sentido, cabe recordar aquel concepto enigmático que Aby Warburg dejó en una de las notas manuscritas de sus últimos años: el energetisches Engramm (engrama energético), según el cual aquello que es transmitido por la memoria solo es efectivo en cuanto hay una inscripción del movimiento en la materia. Es decir, el trazo como la matemática del movimiento.

La pelusa que cae del ombligo

Los ojos de Hilda Mundy


Una versión más larga de este texto fue leída durante la presentación de Bambolla Bambolla, las cartas de Hilda Mundy rescatadas por La Mariposa Mundial.



Omar Rocha Velasco


·                    En septiembre del año 2000, en el número 3 de la revista de literatura La Mariposa Mundial, publicamos cuatro textos de Hilda Mundy: “amigo diablo”, “amigo pintor”, “agavilla la sangre de tu tierra…” y “las señoritas anafractarias”. También publicamos una evocación de su hija Silvia Mercedes Ávila, que cuenta cómo Hilda Mundy conoció a Jaime Saenz. Resulta que estaba embarazada, tocan la puerta de su casona en la calle Sagárnaga, sale, abre la puerta y se encuentra nada menos que a Saenz, quien sin conocerla, viéndola gordita, se inclina en un “gesto versallesco” y le da un beso en la barriga diciendo “mis respetos señora” -hermoso recuerdo infantil construido a partir del relato que Hilda hacía de la anécdota. También publicamos un texto de Luis Tapia, que lee Pirotecnia como un correlato irónico de la modernidad, un correlato “transepocal”.
·                    Hace 12 años, exactamente el 16 de agosto de 2004, publicamos como editorial reciente el libro Pirotecnia de Hilda Mundy, en realidad fue el segundo libro del sello, pero por problemas de derechos de autor retiramos de circulación el primer título que era nada más y nada menos que Café y mosquitero de Jaime Saenz. Es decir, Pirotecnia aparece en las solapas como el primer libro publicado por la editorial La Mariposa Mundial.
·                    En ese ya lejano número 3 de la revista aparecen dos notas premonitorias, la primera dice: “se reproduce en estas páginas, cuatro escritos éditos por segunda vez gracias a la gentil autorización de Guido Orías, imaginando la trenza de Hilda Mundy…”. Esta nota terminaba con puntos suspensivos.
·                    En efecto, imaginábamos la trenza de Hilda Mundy, veíamos la única foto que teníamos de ella, cabello negro, abundante, recogido hacia atrás; hermosos rasgos y hermosos almendrados ojos; imaginábamos la trenza relacionada con los ojos de Hilda Mundy, jalando el cabello y achinando los ojos.
·                    Durante las reuniones de La Mariposa Mundial, en ese lejano año 2000, hace 16 años, apareció un disco que perteneció a Jaime Saenz, adentro encontramos una foto grande de unos ojos rasgados, achinados, hermosos, inmensos. Nunca lo supimos certeramente, pero nos gustaba imaginar que esos ojos eran de Hilda Mundy, ojos inmensos, hermosos ojos de Hilda Mundy achinados por una trenza que también nos gustaba imaginar.
·                    Leer Bambolla Bambolla me remite a esos recuerdos construidos a partir de retazos, imágenes, papelitos, apuntes escenas que apenas sobreviven. El primer texto conocido de Hilda Mundy data de 1932, es parte de “Impresiones de la Guerra del Chaco”, se llama -justicia poética- Las Retinas, una especie de arte poética que no deja de estar presente en el resto de su escritura, esta vez Mundy se dirige a las retinas del lector que ve a través de los ojos de Mundy:
Las retinas que asomen a estas líneas no esperen encontrar bellezas de estilo, rigideces de historia o frases de filosofía onda o meditativa.

Difícil. Tan solo es la cosecha de un espíritu sensible que se bebió los pasajes de una guerra como un helado cualquiera.
No puedo ofrecer ni el detalle de las negociaciones pacifistas porque cuando tuve la ocurrencia de tomar un periódico, fue para ejercitar pajaritas de papel…
Me irritó siempre la etiqueta, la “parada” de la política internacional… y ni siquiera me es agradable citarla.
Con todo esto adelante…

·                    Existe un mito nacionalista que plantea que la Guerra del Chacho sirvió para crear una “conciencia nacional”. Que ante semejante hecho sangriento y doloroso, “todos”, indios mestizos, blancos, pobres, ricos, explotados y explotadores se unieron en torno a una idea de nación que culminó en la Revolución de 1952. Este mito está cada vez más cuestionado. Quizá la guerra no dejó en realidad ningún rédito ideológico ni material. Quizá fue una matanza sin sentido… Esta perspectiva está siendo cada vez más visitada gracias a miradas menos serias y menos heroicas, como las de David Villazón e Hilda Mundy que tiene una perspectiva burlona, crítica e irreverente en plena Guerra del Chacho.
·                    Además de los textos periodísticos que se publican en Bambolla Bambolla, hay dos secciones maravillosas: las cartas entra Laury (Laura Villanueva Rocabado) y Jorge Fajardo, amigo suyo que se va a la Guerra del Chaco. Es un soldado de retaguardia, es decir, no guerrea en el frente de batalla. El carteo es exquisito, Laury y Jorge, Jorge y Laury hablan de muchas cosas: de Oruro, del amor, de las cholas potosinas que llegan a Villamontes, del aburrimiento de Laury, del peligro que ve si se convierte en una señorita que va al cine los domingos y luego a la retreta, en fin, un ida y vuelta que configura ese género epistolar -que circulaba junto a telegramas que contenían órdenes y decesos- en plena contienda. Allí aparece la hermosa frase recogida por Rodolfo Ortiz para poner título a este libro: “Bambolla bambolla ande yo caliente y ríase la gente”.
·                    La otra sección absolutamente maravillosa es la del álbum fotográfico, recuperado del archivo de Carmen y Juan Francisco Bedregal. Un recorrido por la vida de Mundy a través de imágenes: Hilda junto a su madre, junto a su hermana, junto a su tío de Cochabamba, junto a Emilio Villanueva, junto a otros escritores y junto a señoras pacatas en alguna velada, etc. La presencia de Hilda es contundente la mayoría de las veces el punctum conduce a su mirada, a sus ojos. A pesar de esto no quiero dejar de mencionar que le gustaba mucho el zapato calado.
·                    Por último quiero saludar y destacar el trabajo de Rodolfo Ortiz, incansable rescatiri. El trabajo de edición es cuidadoso, destacable a más no poder. Es un gran cultivador del arte del desarchivo, junto a Carmen y Juan Francisco hicieron un trabajo riguroso, detallado. Hay un proceso de investigación que llevó mucho tiempo y dedicación. No solo fue un trabajo de desempolvar el archivo o encontrar la llave del baúl, fue un trabajo de cotejo, de ir a Oruro, buscar las columnas, buscar las revistas, dejarse ver por los ojos de Hilda Mundy.


Entrevista

Sara Mesa, mirándole las costuras a la vida



La escritora española llegará a la feria del libro de La Paz, dará un taller y participará en una charla con las literatas bolivianas Mary Carmen Molina y Kurmi Soto.


María José Ferrel 

“Creo que la escritura es, en su raíz, un pequeño acto de desobediencia”, asegura Sara Mesa, narradora sevillana que en el último par de años dio una patada al tablero y se posicionó con justicia como una de las mejores narradoras españolas.
Cicatrices (2015) y Mala letra (2016) son sus obras más leídas, elogiadas y vendidas. Novela y cuento. Y es que aunque empezó con poesía -Este jilguero agenda (2007)-, Mesa es, en esencia, narradora y no duda en afirmar que se siente más cómoda con las formas breves. “Creo que nunca fui una buena poeta. Cada vez que me etiquetan así, como poeta, me siento una farsante”, confiesa desde su natal Sevilla, a pocas semanas de partir rumbo a La Paz, donde participará en XXI Feria Internacional del Libro.

- La crítica recibió de muy buena manera Cicatriz (2015) y se han escrito muchas reseñas elogiosas. Teniendo en cuenta esto, y que fuiste finalista al Premio Herralde, ¿sientes algún peso sobre lo que deberías escribir o cómo deberías hacerlo?
- El mismo peso que he sentido siempre, ni más ni menos. Sinceramente, creo que la crítica ha sido generosa conmigo, yo siento que he de seguir aprendiendo, es decir, escribiendo. La presión siempre es una cuestión personal e íntima, no debe depender del éxito, pero tampoco del fracaso. Además, cada vez, con cada libro, se ganan unos lectores y se defrauda a otros cuantos… es mejor no pensar mucho en ello.

- ¿Cómo es tu trabajo cotidiano, tu proceso creativo?
- A mí no me faltan historias que escribir, quiero decir, no me falta inspiración. Siempre tengo en la cabeza varias historias dándome vueltas. Para mí ahí empieza el proceso… mi cabeza va madurando cómo debería contar esas historias, desde qué ángulo, con qué tono… y después se van perfilando los personajes y sus acciones. Diría que es como ir definiendo una nebulosa, concretando lo que es principio inconcreto. Pero jamás parto de grandes ideas o temas abstractos. Parto de historias y luego resulta que esas historias contienen en sí mismas algunas ideas… es diferente.

- Te refieres a veces a Mala letra (2016) como “escritura indócil”, ¿a qué te refieres con este calificativo?  
- Mala letra es un libro que, a pesar de contener varios cuentos de tema y tono distinto, está cosido por un hilo común, una propuesta estética (en el sentido amplio de lo estético) sobre la escritura. Hay incluso un juego metafórico con la manera correcta de coger el lápiz… y en fin, con toda esa didáctica de la escritura, de lo que se considera escribir bien.
A mí me gusta salir de ahí, creo que la escritura es, en su raíz, un pequeño acto de desobediencia. Escribir a veces proporciona placer y reconocimiento, pero también genera incomodidad alrededor e incluso en uno mismo. Es un acto difícil de explicar y de justificar, que a veces está incluso teñido de cierta sospecha.

- Tienes temas recurrentes en tu literatura como la infancia y la adolescencia, ¿por qué este interés específico?
- No es algo consciente, desde luego, pero me doy cuenta de que me interesa esa etapa, que creo fundamental en nuestra vida. Es el momento en que nos formamos, nos definimos, y a veces no es nada sencillo hacerlo. Es una etapa vital en torno a la cual hay muchos mitos (el más arraigado, quizá, el del paraíso perdido), pero que también puede estar unida a la incomprensión y la inseguridad. Y por otro lado, es una etapa en la que nos funciona cierto tipo de pensamiento mágico muy sugerente, común en muchos aspectos al de los sueños.

- ¿Qué es lo que le interesa narrar en este momento de su vida a Sara Mesa?
- Pequeñas historias en las que se ponga de relieve la complejidad de ciertas decisiones, lo resbaladizo de las normas y lo perjudiciales que son algunas veces algunos tópicos sentimentales.
Me atrae darle la vuelta a las cosas y mirarle las costuras, toda esa parte que no solemos (o no queremos) ver. Pero mi reto es también contar todo eso con humanidad e incluso ternura, evitando el efectismo.

¿Cuáles son tus expectativas para la Feria del Libro de La Paz?
- Me hace ilusión participar. No conozco Bolivia y no he estado nunca en una FIL de estas características. Me interesa también aprender de esta experiencia, no estar ahí simplemente para hablar de mis cosas.

- ¿Qué conoces de literatura boliviana?
- Sin duda debería conocer más su literatura y sus autores, pero sigo desde hace tiempo a Edmundo Paz Soldán, que es un escritor excelente, y leí también con admiración a Rodrigo Hasbún. Y hace poco estuve con los cuentos de Liliana Colanzi, que tiene una voz potentísima y muy, muy sugerente.


Etc.

Elena Ferrante: La saga de las dos amigas



Reseña de la serie de novelas que deslumbra a lectores y críticos… casi tanto como el misterio que envuelve a su autora.


Carlos Decker-Molina

Llegaron a mi poder los cuatro volúmenes digitales. Venían precedidos de fama. El New York Times: “Deslumbrante”. Juan Marsé: “Las novelas de Elena Ferrante me han tenido atado al sillón, leyendo y celebrando unas páginas donde la emoción nunca es banal: el dolor y la alegría de sentirse vivos están ahí para que el lector los haga suyos y todo lo que dice es necesario, sin que sobre ni falte un solo adjetivo”. Para The Guardian, Ferrante se merece el Nobel de Literatura.
Pero ¿quién es Elena Ferrante? Nadie lo sabe y esa duda, convertida en incertidumbre, me hacía dudar de leer los cuatro volúmenes, pues pensaba que era un nuevo atajo de mercadotecnia.
Me fui a la red a leer más sobre la escritora, que bien podría ser hombre; es más, hay quien creía que la Ferrante era Domenico Starnone, pero este lo negó rotundamente.
Lo que Ferrante quiso que se supiera de ella está en un pequeño libro titulado Frantumaglia, donde se recogen una entrevista y unos apuntes personales sobre su modo de entender la vida y la escritura.
Vanity Fair la entrevistó por correo electrónico. De ambas fuentes, se desprende que Elena Ferrante es mujer, napolitana, madre, separada y mayor de 60 años, a la que nadie ha visto. Confesó que había escrito la tetralogía napolitana bajo el hechizo de Mentira y sortilegio de Elsa Morante.
A pesar de esos datos pobres, me atrevo a decir que la saga tiene matices autobiográficos, no solo porque está escrita en primera persona sino porque Elena Greco, el personaje que relata la saga, tiene un poco más de 60 años cuando comienza a contar su historia junto a su amiga Lila Cerrullo, además la Greco de la novela es también escritora.
En el primer libro, La amiga estupenda, todo comienza con un prólogo. Elena recibe una llamada telefónica de Genaro, a quien conoce desde su nacimiento y lo llama Rino, es el hijo de su gran amiga Lila Cerrullo.

Rino me llamó esta mañana; pensé que iba a pedirme más dinero y me preparé para decirle que no. El motivo de su llamada era otro: su madre había desaparecido
- ¿Desde cuándo?
- Desde hace dos semanas
- ¿Y me llamas ahora?
Lila no había salido nunca de Nápoles.
- Por favor, de vez en cuando compórtate como a ella le gustaría; no la busques.
- Pero, ¿qué dices? Es mi madre.
- Lo has oído. Es inútil. Aprende a vivir solo y a mí tampoco me busques más.

Lila Cerrullo, es la hija del zapatero. Amiga del barrio napolitano. Iban a la escuela juntas y eran muy buenas compañeras y amigas.
La novela no se detiene a buscar a la desaparecida, sino que vuelve a los años de la postguerra cuando ambas eran dos niñas que pierden sus muñecas en un sótano tenebroso.
La intriga es de thriller. La trama de culebrón. Es una novela realista desde el punto de vista sociopolítico y tiene matices propios de la literatura fantástica. Es todo eso, pero tampoco ninguno de ellos a cabalidad. 
Los cuatro libros cuentan los altibajos de la amistad, el sexo, -hay escenas que me recordaron a la Bolivia mojigata de los 50- la relación con el cuerpo y el abismo de lo doméstico. Más luego, figura predominantemente la maternidad y la relación entre familias. Lo interesante es el contexto político que no sobresale frente al relato lineal, pero fluido, dicho por una sola voz.
Figura, luego, la época de la universidad y de las sesiones políticas permanentes. La lucha armada, la panfletaria… y de trasfondo, Elena siempre estudiando y leyendo, pero no ausente del contexto, al contrario, como un personaje más.
Se advierte rápido que el barrio vive la pobreza post bélica. Hay recovecos de fascismo. Una familia, la madre usurera con un libro rojo más “peligroso que el de Mao” que tiene dos hijos, los niños “bien” del barrio con auto a disposición. La familia de Enzo, el comunista. Lila y Elena al medio de esos extremos, pero, actuando en sus bordes o dentro. La nitidez de las diferencias de clase se patentiza con la aparición de los Airota, los burgueses intelectuales, socialistas y alentadores del saber y el conocimiento.
Es una saga que tiene de todo: a medida que las niñas crecen, se hacen jóvenes, madres y al final viejas, unos aparatos con tarjetas perforadas se incorporan a la producción y luego unos aviones atacan las torres gemelas de Nueva York. El ritmo de la narración es delirante, avanza en movimientos pendulares entre el hiperrealismo y la ensoñación etérea.
Pienso que gusta, sobre todo a la generación de los 40, porque nos recuerda a nosotros mismos, con las distancias geográficas e históricas. A todos nos pasó más o menos lo que le pasa a Nino, uno de los personajes que no desaparece en toda la saga.
Si las novelas sobre familias tuvieron su apogeo, esta es una novela de amigas, pero ahí están las familias y algunas muy decisivas en el barrio y en la vida de ambas.
Para finalizar esta reseña y hacer una síntesis redonda del contenido de los cuatro volúmenes acudo al primer libro.
Elena Ferrante cita a Goethe en su Fausto:

“El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio”.

Elena Greco necesita el estímulo de Lila Cerrullo, el demonio de la saga. Lila, la que desaparece y abandona a su hijo Genaro nada más empieza todo. Pero finalmente Elena se da cuenta, junto a los lectores, que siguen su vida paso a paso durante cuatro volúmenes, que ya ni siquiera alcanza con Lila, que ya no es más que una vieja que solo recuerda, porque ya no puede ser la protagonista.


Entrevista

John Campos y el cine radical


Escena del filme El viento sabe que vuelvo a casa. 

Un diálogo con el programador del Festival de Cine Radical en Bolivia.

  
Mary Carmen Molina Ergueta

El programador principal del Festival de Cine Radical se presenta como un cinéfilo. El peruano John Campos trabaja como programador independiente en para festivales, centros culturales y universidades en el Perú y Latinoamérica. Desde la primera versión del Radical, es el responsable de la programación de Panorama Radical, un recorrido anual por las cintas de lenguajes y modos de producción más innovadores en el mundo, y Radicalismos Peruanos, un acercamiento al más reciente cine radical del vecino país. El Festival 2016 en Bolivia, será del 14 al 24 de septiembre en La Paz y, antes de su inicio, John Campos conversó sobre la labor de los programadores en el mundo del cine hoy en día. 

- ¿Cómo es tu trabajo de programador en festivales?
- Considero que mi trabajo es compartir cine. Suena sencillo y debería serlo. Sin embargo, de manera natural me incliné por proponer un cine sesgadamente marginado más por su limitado valor de producción que por su propuesta discursiva o por su riesgo estético. Como centrar lo arbitrariamente descentrado.

- Además del Festival Radical de Bolivia, ¿en qué festivales programas películas?, ¿cuáles son las características de tu trabajo según cada festival?
- En el Festival Distrital (México) se busca proponer películas que se escapen al canon del “cine de prestigio” que se exhibe en los festivales Clase A como Cannes, Venecia y Berlín, como si ello ya validara la calidad de filme per se.
En el Festival de Valdivia (Chile) se pretende poner en el centro del programa las películas más arriesgadas que se vean precisamente en esos festivales Clase A, las que mejor se desmarquen de la corrección formal y discursiva que impera en esos espacios. Además de descubrir algo inédito de cinematografías poco desarrolladas como la boliviana, peruana o películas más modestas de México, Brasil o Argentina.
En Transcinema (Perú) buscamos películas de no-ficción (documentales de autor, ficciones no-narrativas, películas de experimentación cinematográfica) que amalgamen el riesgo formal con temáticas atractivas para un público más amplio.
Y en el Radical (Bolivia) es prioridad mostrar películas que desde su forma y fondo proyecten una impresión de asequibilidad para hacer películas. Producciones que desmitifiquen la idea de que el cine es caro y demandante, y que estimulen la realización con los recursos que se tengan a la mano. Es mostrar películas para provocar el hacer películas. 

- ¿Cuál es la vía más efectiva hoy en día para mostrar una película en festivales? 
- La vía más efectiva es que los realizadores mantengan relación profesional con los programadores. Los cineastas independientes hacen las películas y los programadores las muestran en el mejor contexto posible para su visibilidad y comprensión. El programador no debe ser alguien que solo escoge las películas que quiere mostrar sino que, además de buscar y hacer seguimiento al trabajo de los realizadores, participa activamente de la actividad cinematográfica con crítica, asesorías y demás colaboraciones.
Es así que el lazo cineastas-programador se estrecha y fortalece, en base a la mutua colaboración de amabas funciones. Ahora, si me preguntas cuál es la vía más fácil, es la de tener mucho dinero para pagar derechos de exhibición a todo mundo. De esa manera nunca me ha tocado trabajar y así tuviera la chance, me parece bastante impersonal y de índole mercantilista. Lo ideal sería hacer un trabajo de campo como programador/crítico y poder ofrecer dinero al cineasta a cambio de exhibir las películas. Pero eso solo lo pueden hacer no más de 5 festivales en el mundo.

- ¿Cómo te acercaste a Bolivia?
- Fue a través del compañero radical Sergio Zapata a quien conocí en el Talent Campus del BAFICI en el 2011. Luego me invitaron al Bolivia Lab 2012 y vi que el contexto estaba dado para un festival con las características del Radical. En aquel Bolivia Lab se pensaba en un cine con altos valores de producción y en la construcción de una industria, aspiraciones válidas pero fuera de lugar para cinematografías de producción exigua porque ese pensamiento aleja a la gente del cine en lugar de acercarla.
Es un tema delicado pero no hay que rehuirle. Entonces fue en 2012 que se empezó a cocinar la idea de un festival de cine independiente en La Paz.

- ¿Por qué programar para el Radical?
- Porque participé de la idea desde el principio. Si bien me fue imposible participar de la gestión desde mi ciudad, Lima, estuve siempre atento y pendiente a las novedades relativas a su producción. Y porque me encanta hacerlo. Es el evento de cine más horizontal que conozco, más participativo, más relajado y más literalmente radical.
Importan las películas en base de que propongan convivencia y discusión. Es como un cine-foro permanente, pero relajado, sin aires de solemnidad académica. Debería poder auto sustentarse como todos los buenos proyectos independientes para poder realizarlo sin contratiempos, pero su espíritu siempre debería ser ese. Radical se siente como de todos quienes lo han podido visitar y eso es hermoso. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Reportaje

Cartas inéditas de Saenz y detalles
en torno a Felipe Delgado

Se acaban de cumplir 30 años de la muerte de Jaime Saenz y aprovechamos la ocasión para difundir tres cartas que el autor envió a su amigo Cachín Antezana y que ayudan a reconstruir la compleja y poco conocida historia que rodeó la publicación de su novela mayor.

 
Luis "Cachín" Antezana lee una de las cartas que Saenz le envió en 1979.
Martín Zelaya Sánchez

“Con oído atento, un saludo al grillo -uno solo. En la oscuridad, en el silencio. Un abrazo”. Así terminó Jaime Saenz, en octubre de 1979, una carta a su amigo Luis Antezana Juárez, el “querido Cachín”, en la que se le nota entusiasmado ante la inminente publicación de Felipe Delgado, acaso su obra mayor en prosa, y en la que incluso hace planes para la presentación de la novela que a esas alturas ya había generado una gran expectativa entre literatos, escritores y lectores en La Paz.
Nada hace imaginar al leer esta misiva -y las otras tres que reproducimos ahora gracias a la generosidad de Cachín, que nos abrió su biblioteca y archivo en Cochabamba- que entre la corrección de las pruebas de galera de la novela y la presentación, el manuscrito sufrió una serie de peripecias e incluso estuvo varios meses perdido; es decir, los lectores de ésta que está considerada una de las 15 novelas fundamentales de Bolivia, estuvimos a punto de perdérnosla. 

“Y a propósito de una próxima visita tuya a La Paz -escribe Saenz en la citada carta-, ocurre en coincidencia con la salida de Felipe Delgado, algo sencillamente estupendo (...). En realidad yo soy enemigo de las presentaciones. Pero el presentar un libro tal como lo hiciste con el de Eduardo Mitre en la Biblioteca de la Facultad, es muy otra cosa. Y tal podría hacerse con mi novela, realmente me gustaría -esto es, siempre que se pueda contar con tu presencia. Pues de otro modo, no lo veo. Quisiera saber qué posibilidades podrían haber de tu parte, y te rogaría me lo comuniques. Ahora bien, según me lo asegura Miguel Ballón, el director de la imprenta, gente seria, por cierto, Felipe Delgado saldrá a fines de mes, o cuanto más, a principios de noviembre. El tiraje está llegando a su término, y comenzarán ya a encuadernar. De manera que todavía quedaría un poco de tiempo para preparar la cosa y ponernos de acuerdo, a ver qué dices tú. Ojalá pueda hacerse”. 

Las previas
“¿Cuáles son los peligros que acechan a quien emprende la obra?”, le pregunta Antezana en una entrevista publicada en 1978 en la revista Hipótesis. “La falta de rigor, en primer lugar -contesta; hay que ser despiadado. Hay que trabajar mucho”, y en efecto, durante la larga entrevista se hacen reiteradas referencias al largo y complejo proceso de creación de la novela (ver también la primera de las tres cartas que reproducimos en estas páginas).
En una parte crucial de la conversación, Saenz explica: “Habiendo escrito Muerte por el tacto hace muchos años, de pronto me quedé desconcertado a cierta altura, porque -me dije- hay muchas cosas aquí adentro y es necesario darles movimiento, animarlas, el ‘hágase la luz’ y que salgan al mundo, que adquieran vida propia los contenidos que están aquí; con la poesía no podré lograrlo, solamente con la novela. Ahí surge el germen de Felipe Delgado”.
¿Cómo no iba a haber, entonces, una gran expectativa entre los ya bastantes lectores incondicionales de Saenz, si él mismo había confesado varias veces que era su obra más ambiciosa? Y es que para fines de los 70, el poeta y narrador “ya era todo un mito”, recuerda Cachín, “y eso quedó claro la noche de la presentación de Felipe Delgado”, sobre lo que volveremos más adelante.
Cuando se publicó la entrevista en Hipótesis, el manuscrito ya estaba en imprenta. Bueno, casi. “La primera posibilidad de publicar la novela era Los Amigos del Libro. Como que el original se quedó con ellos por un buen tiempo”, cuenta Antezana.
En la biblioteca de su casa en el centro de Cochabamba, el orureño -doctor honoris causa de la UMSA, y acaso el más importante crítico literario boliviano de la actualidad- tiene entre miles de libros repartidos en tres pequeñas salas, uno que otro “tesoro”: primeras ediciones autografiadas de escritores bolivianos, ediciones definitivas de sus poetas de cabecera en francés, alemán e inglés, lenguas que domina casi tan bien como el castellano y, claro, parte de las galeras de Felipe Delgado, anotadas por Saenz, y que el autor paceño le regaló en agradecimiento no solo porque Cachín escribió el texto de solapa para la primera edición [ver segunda carta], sino porque fue acaso uno de los primeros lectores a profundidad de la voluminosa novela.
“Cuando le hice la entrevista -recuerda- le pedí algún material para enriquecer la nota y él me dio las galeras de la primera y la segunda parte de Felipe Delgado, y de ahí escogí los párrafos sobre el saco de aparapita y la bodega que finalmente se publicaron” (ver primera carta).
Eran galeras en rollo, en bobinas, como se hacía entonces, y Antezana las devolvió a los pocos meses. “Cuando a fines del 79 finalmente estaba a punto de salir el libro, Jaime me pidió que le haga la solapa y le dije que debía terminar de leer toda la obra. Entonces me mandó las galeras de la tercera y cuarta parte”, pero ya refiladas, en formato libro, que después Saenz le obsequió y Cachín hizo empastar.
En esos meses de 1979 -en cuyo primer semestre Antezana estuvo como docente invitado de la Carrera de Literatura de la UMSA y profundizó su amistad con el autor de Los cuartos- Saenz revisó y corrigió obsesivamente su manuscrito, con ayuda de varios amigos [ver nota de Leonardo García Pabón en esta edición]. Ya había pasado el enorme susto y disgusto que tuvo el autor cuando en Los Amigos del Libro le informaron que la única copia que les había entregado para editar no aparecía en ningún lugar.

¿Y el manuscrito?
“Todo el mundo sabía que estaba escribiendo por muchos años lo que esperábamos sea la obra maestra de la novelística boliviana. Él pasaba regularmente por la librería y en una de esas me animé y le dije que nos dé su manuscrito”, comenta Peter Lewy, en ese entonces editor de Los Amigos del Libro en La Paz.
“Un tiempo después, volvió con un sobre desgastado, amarrado con una goma. Adentro estaba el famoso manuscrito: un montón enorme de hojas sábana y bond… unas escritas con negro otras con rojo; algunas recortadas, otras con tachones y manchas de café”.
“‘Es mi única copia’, me dijo, y se fue”. Lewy, seguro que de que había logrado para su firma editora una de las grandes obras de las letras nacionales, revisó esa misma noche el manuscrito y quedó asombrado y contento. “Al día siguiente hice un paquete y lo envié por flota a Cochabamba”, donde seguramente don Werner Guttentag iba a tomar la decisión final.
Pasaron las semana y Lewy llamó a la central de Los Amigos del Libro donde, para su horror, nadie sabía nada del paquete. “Empezó a dolerme el estómago -recuerda ahora, a casi 40 años, con una sonrisa”. Pasaron otras semanas en las que el manuscrito seguía brillando por su ausencia y Lewy debió enfrentar varias veces a Saenz que lo visitaba ansioso por noticias.
“Un día vino don Jaime, ya decidido a no publicar con nosotros, y me dijo: ‘si no me lo devuelves hasta tal fecha, te voy a matar’. Quería irme en persona a Cochabamba a buscar el paquete y justo me llamaron de la oficina: alguien lo había metido en un cajón y lo hallaron por casualidad cuando estaban botando basura y papeles desechados”.
Las cientos de hojas mecanografiadas de Felipe Delgado regresaron, sin que nadie las leyera por completo, a las manos de Saenz. “Todavía estaba muy enojado -recuerda don Peter- y me dijo ‘te has salvado, pero la novela no saldrá nunca con tu editorial’”.
Fue de esta manera que Felipe Delgado volvió a Jorge Catalano, editor de Difusión, donde finalmente salió. Volvió, porque originalmente iba a salir allí. Recuerda Cachín: “Antes de todo el lío con Los Amigos del Libro, Catalano me dijo que estaba desanimado de publicarla porque era demasiado voluminosa. Cuando recobró su original, le prometí a Jaime que se lo iba a charlar y le aseguré a Catalano que Saenz ya tenía gran fama y que mucha gente estaba esperando ya buen tiempo la la novela”.
Finalmente se animó y como ya tenía las galeras de las dos primeras partes, solo restaban la tercera y la cuarta. En este punto surge otra anécdota. Como había pasado mucho tiempo entre una impresión de galeras y la otra, Difusión había “fundido” los tipos de su imprenta y no hallaron los mismos. “Si se ve con cuidado -advierte Cachín- al inicio de la tercera parte se nota que cambia la tipografía. Es casi la misma, pero no. Hay leves variaciones”.

La presentación
Las aventuras de Felipe Delgado, no terminan ahí. Sigue siendo, a consideración de crítica y lectores, una de las mejores novelas bolivianas y no deja de aparecer en cuanto canon se proponga.
Pero hay una historia más en la memoria de Antezana. Como puede verse en detalle en la segunda carta publicada en estas páginas, había una expectativa entre el público y el propio Saenz mostraba entusiasmo ante el acto del lanzamiento. “Pero cuando llegó el día, y la sala de la Casa de la Cultura estaba repleta -recuerda Cachín- Jaime no aparecía. Pasaron casi dos horas hasta que Guido Orías y Silvia Mercedes Ávila fueron a buscarlo a su casa, y lo trajeron casi a la fuerza”.
Casi a las 10.00 de la noche Jaime Saenz entró a la sala llena de gente. Se sentó en la testera e intercambió unas palabras con Cachín. “Le dije que yo ya no iba a hacer la presentación que había preparado y que solo él debía hablar sobre el proceso de escritura, como habíamos planificado. Luego de que lo presenté Jaime se paró, carraspeó y dijo: ‘Buenas noches. Muchas gracias por haber venido’. Y dio por concluido el acto”.
 --


Carta 1

La Paz, 25-1-79

Querido Cachín


Aunque brevemente, doy respuesta a tu carta en la que me comunicas varios asuntos de importancia. Me alegro que salga lo de la Universidad. En lo relativo al capítulo XI, me parece bien que lo des en tu revista, a partir del sueño de Delgado. Por lo demás, la elección sumamente acertada -al menos, así me parece a mí. Gracias.
(…)
Estas líneas van con mi libro de poemas. La edición no está como en realidad yo esperaba. Los errores muy groseros, muy gruesos. Pero finalmente salió.
He estado trabajando dos días sin dormir ni comer, de tal modo que te ruego me disculpes la brevedad de estas líneas.
Recibe un afectuoso saludo. Los amigos me encargan saludarte. Ya te escribiré más largo. Espero tus noticias. Gracias por el casete del Eduardo, aún no lo escuché, por el momento no pude. Mi grabadora está mal.

Un gran abrazo












Carta 2

La Paz, 25-10-79


Querido Cachín

Acabo de recibir el texto para la solapa. Enormemente agradecido. Pero antes una cosa, para no olvidarme: en cuanto a las pruebas de página, puedes tenerlas el tiempo que gustes. Yo encantado y honrado de que des lectura con calma a las últimas partes.
Ahora una cosa. El texto me gustó, naturalmente, y te reitero mis agradecimientos. Pero hay una pequeña reserva. Se trata del barroquismo. Esas denominaciones no siempre se las interpreta como es debido -diría yo.
Ahora, hay lo siguiente. Como el texto va con tu firma y como he sacado lo del barroquismo (mejor dicho: quería sacarlo), y como asimismo te propongo ciertas enmiendas (en el 1er párrafo: la ciudad en lugar de La Paz; se saca “del alcohol, el amor, la muerte, y la contemplación”; las memorias, en lugar del diario; sonoridad, en lugar de melodía. En el 3er párrafo: se saca la referencia a la Guerra del Chaco), incluyo una copia del texto rogándote que, siempre y cuando estés de acuerdo, me lo hagas saber urgentemente -y disculpa tanta molestia- por telegrama: una sola palabra.
Me dicen que el viernes 9 de noviembre me entregan el libro, y hago votos para que sigas animado para la presentación en la biblioteca de la facultad. Por favor me avisas para hacer los preparativos y acordar la fecha y otros detalles.
Ya voy preparando desde esta noche algunas cosas de Vidas y muertes y Tocnolencias para Escandalar, de modo que las veamos a tu llegada. Y qué lástima: estoy a punto de terminar Tocnolencias.

Te repito mis agradecimientos. Recibe un gran saludo, hasta muy pronto.

P.D. En realidad hay gran entusiasmo para la presentación, querido Cachín, y tienes que venir a como dé lugar, si no quieres que la afición mundial reaccione y te cuelgue. Lo formidable sería para el jueves 15 (casualmente: cumpleaños de Felipe Delgado ¡imagínate!) o viernes 16. El lunes es día [palabra ilegible] y el martes 13, khencherío.
--

Carta 3

La Paz, 2 de enero de 1980


Mi querido Cachín

Con los recuerdos siempre vívidos de tu reciente visita -una visita altamente congratulatoria, y por la que me cumple reiterarte mis más profundos agradecimientos-, te escribo estas líneas para enviarte, en conformidad con lo charlado, los siguientes textos para Escandalar:

-          Un autorretrato (de Vidas y muertes)
-          Con los señores que venían de visita (de Tocnolencias)
-          No es así nomás (de Tocnolencias)

Indudablemente, la nota introductoria que piensas escribir y que -según me dijiste alguna vez- acompañará dichos textos, ha de ser cosa muy importante.
Hasta fin de semana te enviaré el casete con las grabaciones de los fox-trots incaicos de Adrián Patiño y otras piezas de alta evocación, tales como El contrabandista, El destino (doña Hípica), Una lágrima, La niña de sus ojos, El hortelano, etc., etc.
El QUEVEDITO está en marcha; el sábado nos reunimos para compilar el material. Entre otras cosas, habrá un lema al pie del encabezamiento del periódico -un lema totalmente disparatado y que será atribuido a Erasmo de Rotterdam y nada menos, por lo mismo que a este personaje no se lo conoce ni por el forro en Alasitas. Habrá también adivinanzas y un extracto de los grandes consejos y reglas para los grandes jugadores de generala. Reportajes, predicciones por el Astrólogo Quevedólogo, una entrevista exclusiva con el Ayatola Jomeni, y otras maravillas para no renegar.

Espero tus noticias y hasta muy, muy pronto querido Cachín, espero tus noticias. Un gran abrazo. Un saludo a Eduardo Mitre.

¡Feliz año nuevo!


Artículo

Breve recuerdo de una publicación

El autor relata su experiencia junto a Jaime Saenz en los meses previos a la publicación de Felipe Delgado.

 
Las galeras de "Felipe Delgado", con anotaciones de Jaime Saenz. 
Leonardo García Pabón

Como se sabe, la publicación de Felipe Delgado fue una de las odiseas en la vida editorial de Jaime Saenz. Desavenencias con la primera editorial elegida (Difusión) dejaron la edición de la novela en suspenso por un largo tiempo.
Hacia 1978, los dirigentes de la Carrera de Literatura de la UMSA (Rubén Vargas, Alba María Paz Soldán, otra estudiante cuyo nombre se me escapa y yo) y con el apoyo de Blanca Wiethüchter que era jefa de la carrera, invitamos a Jaime a volver a dar clases. Ahí comenzó nuestra amistad que duró hasta su muerte en 1986.
Como también se sabe, los amigos de Jaime se reunían con él en su casa, en el cuarto llamado “Talleres Krupp”, generalmente a partir de las 8 de la noche. En esas entrañables reuniones se hablaba de todo, se leía textos, se escuchaba música, se jugaba cacho (¡cómo no!), se hablaba de uno y mil temas. Y también se planeaban las formas de editar los textos de Saenz. Así, por ejemplo, se hizo realidad la publicación de los poemas de Al pasar un cometa, con la colaboración de algunos de nosotros.
Justamente en esa época se dio la posibilidad de concretar la publicación de Felipe Delgado. No recuerdo exactamente si fue la imprenta de la UMSA, o del Sistema Universitario Nacional, bajo la dirección de Ballón, la que se encargó de terminar la edición de la novela.
Una vez confirmado el contrato de edición, había que instalar un equipo de corrección de pruebas para las más de 600 páginas del texto. Muchos de sus amigos nos ofrecimos de voluntarios para este trabajo, y así pasamos varias noches en los “Talleres Krupp” corrigiendo las pruebas de galera (en esa época los libros se hacían todavía en imprentas de linotipo, y las pruebas de la transcripción del texto salían en largos rollos de papel, las llamadas galeras) y después las pruebas de página, es decir, del diseño de cada página y del libro.
Quizás los más asiduos colaboradores de este trabajo de corrección fueron Silvia Mercedes Ávila y su esposo Guido Orías Luna. A Jaime le gustaba llamar a Silvia, “ojo de águila”, por su habilidad para encontrar errores en el texto.
Un detalle interesante fue la elección del texto para la solapa. Jaime tenía un texto escrito por un amigo poeta. Lo leímos una noche en que nos acompañaba Cachín Antezana. El texto era desmesuradamente elogioso, y comparaba la novela de Saenz con el Quijote de Cervantes. A mí me pareció, por lo exagerado, poco apropiado. Así lo dije y, contra mis previsiones, a Jaime (no siempre ecuánime o racional en sus decisiones) le pareció que yo tenía razón. Descartó el texto inicial y le pidió a Cachín que escriba el texto que se incluyó en esta primera edición de la novela.
Para mí personalmente, esta fue una experiencia de aprendizaje editorial. Jaime era un editor avezado, habiendo publicado él mismo todos sus libros. Aprendí, por ejemplo, todas las convenciones para indicar errores como acentos, sangrados, separar o unir párrafos. También aprendí que Jaime tenía algunas formas propias de ortografía y de usar comas y puntos. Pero quizás el más importante aprendizaje fue la experiencia del amor y cuidado con que trataba sus textos, lo que mostraba claramente su profunda entrega a su quehacer literario. Aquí adquiría pleno sentido, aquello de que su obra era más que su vida.