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martes, 4 de abril de 2017

Cafetín con gramófono

La Revista de Cochabamba II



Las mujeres entre el amor, el matrimonio y la maternidad: una mirada crítica al rol femenino a mediados del siglo XVIII, desde la primera publicación literaria nacional.


Omar Rocha Velasco 

En la anterior columna hablé de la concepción de “buen gusto” que se tenía en la Revista de Cochabamba (1852), “primera revista boliviana”. Hoy planteo una segunda parte de ese texto, para hablar de cierta imagen de la mujer que por allí circulaba. 
En efecto, esta revista, calificada por Gabriel René Moreno como “literaria, científica e industrial”, además de composiciones en verso y artículos variopintos dedicados a la literatura, la economía y la política, amén de algunas traducciones del francés, publicó artículos que exponían una visión de la mujer; fueron las primeras reivindicaciones femeninas latinoamericanas a cargo de hombres y bajo la perspectiva de lo que podría llamarse “la educación de la mujer” para favorecer a la sociedad.
La generación de los “independentistas” había puesto de manifiesto la importancia de la mujer en la familia y en el “mundo social”. Se reconocía que el rol de las madres era fundamental para “crear” el carácter y la moralidad de los miembros de una sociedad. Este reconocimiento obligaba a plantear, como tarea fundamental, el resarcimiento del atraso de la educación de la mujer. Este atraso se evidenciaba cuando la mujer era vista como una “bella esclava” que no tenía mayor incidencia en la formación de la “moralidad” y solo tenía un rol pasivo de acogimiento a las leyes naturales del cuidado y la alimentación. Otro peligro del mencionado “atraso” era que la mujer era vista como la causa de la perdición de los hombres, una especie de femme fatale que hacía gala de su belleza efímera y perniciosa. En definitiva, la imagen de la mujer se debatía entre dos extremos perniciosos: la idealización o enaltecimiento de virtudes y la “prostitución” o esclavitud por parte de una sociedad corrupta.
La pregunta que se hacían en la revista -a partir de un artículo publicado en dos partes por el columnista C. de la C. Méndez-, fue si la condición de la mujer había variado en los tiempos que estaban viviendo. Casi nada se había avanzado, al igual que otras tareas de lo que llamaban “civilidad”, la educación de la mujer estaba pendiente. De acuerdo a esta perspectiva, las naciones que habían gozado de la posesión “santa de las libertades políticas y civiles” desplegaron las “virtudes femeniles”. La mujer era un espejo de la sociedad, la abominación de los imperios o la corrupción de las costumbres, el despotismo de los reyes iba de la mano de la prostitución y esclavitud de las mujeres. “Mesalina es el ejemplo de la Roma prostituta i esclava de su tiempo, i Lucrecia el símbolo de Roma virtuosa i libre” [Sic.].
En el caso boliviano se criticaba la violencia contra la mujer, el maltrato que recibía por parte de los hombres: “Os jactais de hombres civilizados i libres, de miembros útiles de una sociedad democrática i buenos padres de familia, i con qué provecho servis entonces a la patria que envilecéis en su esencia? Cómo haceis entonces con vuestra esposa lo que el soldado inmoral i rudo hace con su ramera?” [Sic.].  La explicación de este comportamiento planteaba que Bolivia era una civilización naciente que heredó los defectos del dominio “despótico” español, que dejó una sociedad en estado de disolución donde triunfaron la inmoralidad y los vicios. Luego de las gloriosas jornadas libertarias y como efecto del “campamento patriótico” se produjo algo muy importante: los hombres fueron educados en todo tipo de instrucción “historia, filosofía, política, legislación, economía, ciencias físicas i naturales” [Sic.], pero se descuidó su educación “sentimental”, solo destinada a las mujeres. La consecuencia fundamental fue que el hombre se educó sin capacidad de amar y la mujer solo fue educada para amar. Esta desproporción generó violencia y dominio.
La mujer era vista como un “ángel caído” que vino a la tierra para sufrir, su papel en la sociedad era visto con un fin que todavía no se cumplía: “en vano se ha dicho que los hombres hacen las leyes i las mujeres forman las costumbres” [Sic.]. En realidad el problema estaba en que fueron los hombres los que se encargaron de las leyes y de las costumbres.

En definitiva, el enaltecimiento de la mujer hacia 1852, fecha en que se publica la primera revista boliviana, se sostenía en el reconocimiento de su influencia en el “mundo moral”. Tres eran sus grandes roles u objetos: amor, matrimonio y maternidad. Sobre el primer punto se sostenía que la mujer, nacida débil y sin valor, pero sensible y hermosa, tenía el amor como tesoro, porvenir y destino. El amor era una virtud solo encontrada en la parte femenina de la humanidad. En relación al segundo punto, el matrimonio era solo producto del amor y tenía muchas virtudes: “instituía la verdadera familia hace de sus miembros los ciudadanos de la sociedad, perfecciona la civilización, afianza la libertad, i hermana la moral i la religión” [Sic.]. En relación al tercer punto, la maternidad, era vista como la posibilidad de perfección del hombre, la mujer “viene al fin a constituirse la tierna nodriza del fruto de su amor”. La perspectiva era que la mujer tenía que cumplir y encarnar el ministerio de la perfección moral, de civilización y felicidad.

lunes, 20 de marzo de 2017

Cafetín con gramófono

La revista de Cochabamba,
“la primera revista boliviana”




Reseña de la primera publicación literaria (y de otros temas) periódica aparecida en el país a mediados del siglo XIX.


Omar Rocha Velasco 

En sus esforzadas labores de archivista y papelista, Gabriel René Moreno estableció claramente que la primera revista de Bolivia se publicó en Cochabamba en 1852 y se llamó, sin ambages,  La revista de Cochabamba. El arquitecto, historiador y también papelista, Guillermo Ovando Sanz, ya en pleno siglo XX, se encargó de estudiar minuciosamente esta publicación sacándola de los empolvados estantes del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, en Sucre y escribiendo en distintos medios de acá y acullá un texto en varias versiones que llamó, con justeza, La primera revista boliviana.
Es interesante que la primera revista boliviana se haya publicado en Cochabamba, esto hace variar cierto ordenamiento trazado como valoración -en metáfora anatómica- del “periodiquismo” nacional, este orden procede de estudios tan lejanos (y cercanos habría que decir) como los del polígrafo Santiago Vaca Guzmán en 1883:

Durante largo tiempo el movimiento periodístico procede de Chuquisaca, centro que podia considerarse como el cerebro de la República, en el cual los trabajos de la intelijencia adquirian notable desenvolvimiento por la difusion de la educacion popular. Pero luego La Paz, ciudad populosa y próxima al litoral del Pacífico, haciendo pesar su espada rebelde sobre el resto de la nacion, le disputa esa supremacia suscitando resistencias que obligaban á dóciles gobernantes á sentar sus reales sobre u quebrado suelo, so pena de no dejarles vivir en paz mas allá de sus estrechas y tortuosas callejuelas. [Sic.]

Sea como fuere, la primera revista de Bolivia empezó a publicarse en Cochabamba el 16 de abril de 1852, con “carátula original”, prensada, grabada y estampada en la imprenta De La Unión (administrada por Mariano Alcócer) y bajo la batuta de seis jóvenes “patriotas” de la época: Néstor Galindo, José María Sativáñez, Cupertino Cruz Méndez, Eugenio Caballero, José Ricardo Bustamante y Benjamín Blanco. En efecto, estos jovenzuelos concibieron su hechura como tremenda acción patriótica en respuesta a sacudimientos y calamidades que había vivido recientemente la joven nación boliviana (gobernaba Manuel Isidoro Belzu -el “Tata”-, cuyo Gobierno se instauró en medio de gran caos y desconcierto, él mismo tuvo que enfrentar el mayor número de intentos golpistas de la historia del país, 41, una de las razones fue la molestia de oligarcas criollos que se vieron afectados por ciertas acciones políticas que hoy llamaríamos “populares”, como regalar plata a los pobres).   
La revista nació, entonces, en medio de un ambiente político caótico y tuvo como norte un precepto extractado de alguna de las miles de páginas que escribiera el poeta argentino José Mármol: “El porvenir es nuestro. Todo está en ponerse en camino”. Se pusieron en camino escuchando un llamado: “Bolivia llama hoi en su socorro todos los elementos que pueden conducir a una mejor situación: la prensa concurre a su llamamiento” [Sic.]. La labor era concebida como parte de los esfuerzos para salvar a la patria que miraba su porvenir y confiaba que “la navegación” y “el vapor unirían” el corazón de América con la vieja Europa.
Para ellos (los seis mentados) principiar una revista era llenar un vacío, Bolivia había sido un suelo rico en acontecimientos memorables “domado en su primera edad por el hierro castellano, sometido en seguida por tres siglos a su yugo i dominacion; libertado despues por el sublime heroismo de sus hijos; caminando por último los azares de una nueva organización…” [Sic.]. Los jóvenes responsables de la revista (empresarios como se autodenominaron) notaron la ausencia en los libros de alguien que dé cuenta de tantas desgracias, tantos heroísmos y tanta esperanza, por eso empuñaron las letras.  
Mucho se podría decir de los nueve números que duró el emprendimiento, sin embargo, me detengo en uno solo tópico “muy siglo XIX”, muy hijo de su época y primo de la nuestra: una teoría del buen gusto.
La mirada era optimista, sin duda, el país dejaba el caos y se podía ver el futuro a través de los binóculos del progreso, Bolivia era un suelo rico y quedaba por explorar el Oriente, con sus “magníficos” ríos y sus “fértiles” planicies que se extendían más allá de Mojos y Chiquitos. Soñar en mejores días no era estar tan fuera de tono. Se creía que había llegado el momento de pasar de la pubertad a la “edad viril”, sin embargo había que pasar una prueba, algo que muestre que el momento había llegado realmente, algo que otros países ya habían experimentado: el establecimiento de la “sociedad del buen gusto”, que tendría la capacidad de “aclimatar en nuestro suelo las costumbres de mas adelantadas sociedades” [Sic.].
Lo importante era instaurar una civilidad sustentada en valores que ansiaban convertirse en la aristocracia ilustrada del país o, en otras palabras, seguir a pie juntillas el paradigma de la sociedad culta. De acuerdo a los estudiosos de la revista, Cupertino de la Cruz Méndez, fue el más entusiasta responsable de la revista y, de acuerdo a Guillermo Ovando Sanz, fue el responsable del artículo llamado “El buen gusto”, que aparece en las páginas 61 a 66, dando orientación y rumbo a la revista.
Allí el buen gusto era entendido como la posibilidad de relacionarse con el mundo. Cultivar el buen gusto se parecía a lo que concebían como “hábito de la cortesanía” o educación del sentimiento de lo bello. La esperanza estaba sustentada en que el buen gusto penetre en el “corazón de las masas”, algo que no necesariamente concordaba con la democracia. Al contrario, era una nostalgia de la vida “cortesana”. Una frase que compendia esta perspectiva del “buen gusto” es extractada de Mirabeau: “es preciso que el hombre de mundo se resigne a hacerse enseñar muchas vezes con los ignorantes lo que él entiende perfectamente [Sic.]”. Una especie de diplomacia políticamente correcta, acompañada por cierta sociabilidad elegante y placentera. La tesis que operaba detrás de esta teoría del buen gusto era la siguiente: la sociedad influye en la “moralidad” de las personas, se debe promover una sociedad del buen gusto, culta, aristocrática, virtuosa y pacífica.
Esta es solo una muestra de lo que fue esta publicación, como todas las revistas de la época fue diversa, no en vano Gabriel René Moreno la calificó de “científica literaria e industrial” y la rememoró con entusiasmo: “El coliseo abrió sus puertas enmohecidas; llovían las visitas domingueras con frac azul; renacían la charla y el rocambor en los estrados; se organizaba la Sociedad del buen gusto para unir a las familias en los placeres de la danza, del canto y el trato cortesano, profesores, escritores, versificadores y doctores se disputaban la gloria de servir de tema favorito en los corrillos”.
La publicación de estos seis jóvenes amigos no duró mucho, dijeron que fueron objeto de calumnia y mentira que confrontaron con sus ideas iniciales, luego de resistir un tiempo con “coraje y valor”, se impusieron estas palabras de despedida que el mismo Cupertino de la Cruz Méndez escribió en el último número:
“Fuera de esto, quisimos nosotros hacer de la revista una obra nacional; pero no hemos tenido el apoyo de otras inteligencias, y nos ha abandonado también el apoyo de nuestros suscriptores. En tal estado es necesario abandonar la obra”.


lunes, 18 de enero de 2016

Cafetín con gramófono

Apuntes sobre los periodiquitos de alasitas


Un recuento comentado y valorativo de las tradicionales publicaciones que aparecen cada 24 de enero.



Omar Rocha Velasco 


·                    Como toda miniatura un periodiquito de Alasitas es un objeto deseable, se deja querer antes de su lectura, produce una sensación de fascinación, guiña los ojos hasta más no poder.
·                    Hacer un periodiquito de Alasitas se ha vuelto obligatorio, ya quedaron lejos esos tiempos en los que era voluntario, hechura de quienes tenían algo que decir. No se trata del famoso “todo tiempo pasado fue mejor”, se trata de observar que la obligatoriedad afecta al producto, lo hace más aburrido, menos creativo, menos polémico y, por supuesto, más comercial. No hay nada mejor que hacer las cosas porque se quiere (deseo puro) y no porque mi trabajo depende de ello.
·                    Los que han escrito y analizado los periodiquitos de alasitas, por ejemplo Virginia Ayllón, destacan siempre una especie de encarnación de la “libertad de prensa”, incluso muestran ejemplos de cómo muchos periodiquitos fueron censurados (sacados de circulación) y sus autores perseguidos porque afectaban los intereses de quienes ejercían el poder.
·                    Nada mejor que los periodiquitos contemporáneos para tomarlos como contra ejemplo, todos respondiendo a su línea y directrices políticas, nadie que se salga un poco de los márgenes de lo que está ya trazado. Solo es cuestión de ver las portadas. La Razón y Cambio en contra del Municipio, Página Siete en contra del Gobierno, etc. Se parte de esa consigna previa y si se puede poner algo de creatividad al respecto mucho mejor (allí resuenan las palabras de los directores, ya los estoy escuchando: “a no olvidar que estamos en un año electoral…”).
·                    Los periodiquitos de Alasitas de hoy en día, se sostienen más en las bondades del fotoshop que en las posibilidades de la palabra, una pena... Ya hasta es aburrida la repetición del recurso: variación de la foto de la película de moda, variación del nombre en una o dos letras, variación leve de la noticia. Estoy seguro que este año habrá un montón de fotomontajes valiéndose de los personajes de Star Wars (dejaría que me raspen la cutícula del pulgar derecho si no es así).   
·                    ¿Por qué los periodiquitos serán tan coyunturales? Alguien que sabe que le van a pedir hacer un periodiquito se puede guardar cosas para acordarse de lo que pasó en el año, digo yo.
·                    En medio de todo esto está la excepción, el desliz, la sutileza y prestancia de periodistas que tienen la pluma caliente y gozan irreverentes (nos hacen gozar) de buen humor y de algo de ejercicio libre de su profesión, me saco el sombrero por ellos, muy pocos.
·                    Gracias a las preocupaciones cartularias de Rodolfo Ortiz, accedí a un catálogo de periodiquitos de Alasitas que hiciera Antonio Paredes Candia en 1982. Aquí una pequeña muestra que no necesita mayores abundamientos:
El tábano: La Paz, 24 de enero de 1867. Bur… bur… bur… Ya está por acá señores el Tábano dando vueltas por la plaza de Alacitas.
El burro: La Paz, 24 de enero de 1869. Rebuzno, periódico Alacítico grave, serio, formal y pesado. Redactor: un burro literario.
La crisis: Es un gran diario de combate que acepta duelo y no se bate. Año XCH. La Paz, 24 de enero de 1915.
El Monaguillo: Año 1. Número 1. Alacitas de nuestra señora de La Paz, enero de 1921. Pillín periodiquín / de tinte clerical / dedicado a custodiar / la vida monacal.
El Chairito: Director, don Casto Judex. Administrador, Perico Sardinilla. Este diario se edita en los cielos, nunca tuvo talleres, no adula ni a Cristo y vivirá hasta mañana. La cueva de La Paz, a los 24 días del mes de enero de 1921.
Don Pucho: Director, Sisebuto Pérez Enema. Administrador, Karahuichinca. N° 69, año 1, La Paz, 24 de enero de 1924. Periódico minúsculo que, entre broma y broma, ataca, critica, ridiculiza y embroma.
Banderita Roja N° 1. Diario anual que circula la víspera de su fecha. Vocero y defensor del clericalismo y la burguesía. Agencia de venta: Todos los conventos. Año 1, La Paz, 24 de enero de 1927.
El tío pelotas: Alacitas de nuestra señora de La Paz, 24 de enero de 1932. 10 cts. Director: Siscucho cucho. Administrador Piralta Palta. Órgano del mundo enano/que aparece cada año/viene a romper el pellejo/de tanto político viejo.
La cholita malnatural: Órgano de las Recoveras. Directora: Tumba Cuatro. Administradora: Zoila Aguantadora. El único diario del mundo que sale una vez al año. N°II. Alacitas de 1936. Año XI.
Plato paceño: Este platito sabroso a todos causa alborozo. N°1, La Paz, 24 de enero de 1950. Publicación algo fosca/ no pertenece a la rosca/  precio bastante urbano / vale solo 1 boliviano/ y, aunque lector te resistas/ este diario es redactado/ por un grupo ya egresado/ del curso de periodistas [sic].
·                    Ya por mi cuenta encontré otro texto de Paredes Candia en el que aparece una definición de Gabriel René Moreno (nada más y nada menos): “El pequeño papel suelto figurando gaceta o sea periódico pigmeo, generalmente de fines o comienzos de año, impreso por juguete o para burla o murmuración”.
·                    ¿Cuándo aparecieron los periodiquitos de Alasitas? La fecha es dudosa, Paredes Candia conjetura que fue en la década de los 40 del siglo XIX. Otros dicen que éstos se empiezan a publicar en 1846 con el periodiquín La Época (León M. Loza y Acosta).
·                    El periodiquito de Alasitas más antiguo que tuve entre mis manos se llama La Coqueta, es de 1876, hermoso y diminuto engendro de la imaginación, yace en algún anaquel del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, en Sucre.
·                    Algunas personas de bien que se ocuparon de coleccionar, estudiar y/o catalogar estos “periodiquitos pigmeos” fueron: Gabriel René Moreno, Nicolás Acosta, Carlos Bravo, Rigoberto Paredes, León M. Loza, Alcides Arguedas, Humberto Vásquez Machicado, Ismael Sotomayor y Mogrovejo, Antonio Paredes Candia, Carlos Serrate Rich, Valentín Abecia Baldivieso, Arturo Costa de la Torre, Virginia Ayllón, etc.
·                    Frente a esto uno siempre tiene la sensación de estar haciendo novillos, pero por otro lado, uno tiene ganas de hacer novillos.



domingo, 6 de diciembre de 2015

Cafetín con gramófono

¿Qué prefiere usted, amar sin ser
amada o ser amada sin amar?


La breve pero crucial participación de las mujeres –de la mano de María G. Gutiérrez- en la revista Gesta Bárbara.



Omar Rocha Velasco 

La revista Gesta Bárbara se publicó en Potosí entre 1918 y 1926, salieron diez números que marcaron a toda una generación de jóvenes idealistas. En efecto, en esta revista se cultivó una idea: el arte es la única opción para hacer frente a un medio “ineficaz”, pacato y conservador. Estos jóvenes fueron “tocados” por una conferencia que dio Ricardo Jaimes Freyre en tierras potosinas y asimilaron los impulsos traídos desde Puno por un tal Juan Cajal, alias de Gamaliel Churata, alias de Arturo Peralta.
Aunque se ha dicho bastante -nunca suficiente- sobre las dos figuras más representativas de esta revista (Juan Cajal y Carlos Medinaceli) y los demás jóvenes que fueron parte de esas páginas (José Enrique Viaña, Wálter Dalence, Armando Alba, Alberto Saavedra Nogales, Armando Palermo, Celestino López, etc.), la participación femenina fue muy importante -sobre todo en los primeros números, luego fue decayendo hasta casi desvanecerse-, destaca el nombre de María G. Gutiérrez, que en el número dos figura como directora[1].
El primer texto de María G. Gutiérrez aparece en el N° 1 de la revista y se llama “Palabras femeninas”, allí la escritora plantea que las mujeres tienen miedo a ser felices, que es como si se sintieran a gusto con el sufrimiento: “Las mujeres nos sentimos en el sufrimiento como en nuestro elemento. Nada nos extraña sufrir, parecemos creadas para la queja, y el llanto tiene poesía en nuestros ojos… pero la felicidad nos sorprende y nos asusta”.
Otra de las ideas que aparece en el texto es la incongruencia que se manifiesta al llamar a la mujer “débil y bella” (sexo débil). La conclusión es que no hay belleza en la debilidad y esta premisa conduce a hacer una apelación contundente a las mujeres: “¡Templad vuestro carácter y sed felices!”. La perspectiva es interesante porque no solo se trata de la exigencia de formación y educación que se reclamaba en la época, aquí el problema es el “carácter”. Ningún esfuerzo intelectual da frutos sino está unido al carácter, esto último es lo que “procura felicidad”.
Aunque las secciones no tienen autoría y son atribuibles a toda la “redacción”, estoy seguro que detrás de la sección llamada “nuestra encuesta” estuvo la mano de María G. Gutiérrez. En el número 1 la pregunta es la que le da el título a esta reseña: “¿Qué prefiere usted, amar sin ser amada o ser amada sin amar?”. Pregunta absolutamente conocedora de los avatares del amor. Ya desde el banquete de Platón se establece en el discurso de Fedro los dos lugares posibles de ocupar en una relación amorosa: Erastés (amante) y Erómenos (amado).
Como aparece más adelante, de acuerdo a lo que pensaba Gutiérrez, la mujer no se atrevía a ser feliz y tenía que buscar amar y ser amada. En el número 2 de la revista aparecen varios poemas de esta joven escritora, este es un fragmento del Poema de Oro:

−                   ¿Suspiras? ¡Vano es suspirar! La brisa deshace esta doliente queja del alma, y ni las flores se inclinan al roce de un suspiro que se lleva el viento.
−                   ¿Amas?
−                   Sí.
−                   ¿Eres amada?
−                   ¡También!
−                   Entonces, ríe; dale al viento  el metal de tu carcajada y las flores harán fiesta al oír el rondó argentino de tu risa que es toda alegría, toda amor, toda vida (…)

La respuesta a “nuestra encuesta” del primer número de Gesta Bárbara la realiza “Aura”, seudónimo de alguna de las “señoritas de espíritu rebelde” de la época. Al principio se presenta y dice que no es una muchacha que “que tiene locura por los libros” que ha leído algunas novelas y confiesa un “caprichillo”:
“Yo quisiera a que el orden social a que estamos sujetas, fuera otro de mayor independencia y cultura, y, cuando Uds. menos lo esperaran [dirigiéndose, obviamente, a los redactores de la revista], y riendo como unos graves hombres alegres, (cuenten con que yo los conozco) se paseen echando humo como untos tanques (¡Válgame Dios!) irme de brazero con uno de Uds., con el más loco y farsante, camino… camino del Pariorko, por que él me diga todas las locuras de que están ávidos mis oídos…”. (sic.)
Finalmente Aura responde: “¡Yo quiero amar aunque no me amen!”. Esta respuesta quizá no satisfizo a María G. Gutiérrez porque Aura, además, confiesa que quiere sobrevivir a su amado, está enamorada del Dolor como Carolina de Coronado (escritora romántica española). Y para rematar Aura confiesa que ese amor al que se refiere le plantea un conflicto: “Yo quiero un amor puro espíritu, puro éter… pero, Uds., los hombres son demasiado sensuales[2] (biológicamente) para dejar florar sus espíritus como un velo de odalisca…”.
Las encuestas siguieron, en el número 3 la pregunta fue, ¿cuál es, según su concepto, la mujer ideal? Las respuestas fueron variadas y más breves, aquí algunas de ellas:

En mi concepto la mujer ideal es aquella que no envejece jamás, como la Venus de Milo o la Gioconda de Vinci. Alfredo Araujo.
Para mí todas las mujeres son… IDEALES. Pedro Vélez.
Como la mayoría de los hombres, soñé con una mujer ideal; pero como dirá también ella, encontré el reverso de mi sueño. J. Pérez.
La mujer ideal será aquella que en una belleza física impecable, lleve engastado un espíritu singularmente bondadoso y exento de vanidad. A. Vera. A.

La participación de María G. Gutiérrez en Gesta Bárbara se fue diluyendo de a poco, perdió presencia y protagonismo, sin embargo sus intervenciones en los primeros números muestran lo que se pensaba de las mujeres en los círculos letrados de las primeras décadas del siglo XX; fue un espíritu rebelde, sin duda, una escritora que, como dijo Juan Cajal en una nota dedicada a ella, “ha clarineado sobre la calva ancestral de los convencionalismos”.




[1] La fotocopia que poseo lleva el siguiente sello: “Biblioteca de Emilio Medinaceli” y cada número tiene varias anotaciones y correcciones hechas después de la publicación. Una especie de adenda a mano o fe de errata tardía que, seguramente, hizo Emilio Medinaceli tratando de enmendar errores que a su juicio se cometieron. En el número tres de la revista, publicado en diciembre de 1918, la portada dice, Directora: María G. Gutiérrez, Administrador: Manuel Sivila. Emilio anota, inmediatamente después del nombre María G. Gutiérrez, “suplente de Carlos Medinaceli”. Lo dicho, en esta colección se puede ver varios añadidos, borrones y correcciones de este estilo.   

[2] Acá Emilio Medinaceli añade una palabra: “Uds. los hombres son, algunos, demasiado sensuales” (las negrillas son mías). Le molestó la generalización y apeló a relativizar la frase.

sábado, 24 de octubre de 2015

Cafetín con gramófono

El Zorro Antonio

Reelaboración y reducción del texto presentado como editorial del N° 11 de El Zorro Antonio en el que participaron Ana Rebeca Prada, Mónica Velásquez, Virginia Ruiz y Omar Rocha Velasco como responsables.



Omar Rocha Velasco 

Esta es la revisa de la carrera de literatura de la UMSA, la única del país. La primera época de El Zorro Antonio tuvo tres periodos. El primero (1984, en formato de periódico. El segundo (1986, 1987, 1988, 1989) de los números tres a seis, en formato más pequeño de revista. Y el tercero (1991, 1993, 1994) de los números siete a diez, a cargo de Iván Vargas. Los números 11 y 12 (2014, 2015) pertenecen a una segunda época.
El Zorro Antonio nació en abril de 1984 en formato de periódico. El primer número ofrece en el índice cuentos, literatura oral, textos de nuestra América, poemas e historieta. Los responsables y colaboradores fueron: Katrina Antezana, Fernando Barral, Corina Barrero, Gino Biamon, Francisco Cajías, Fernando Gómez, Gilmar Gonzales, Elizabeth Johannessen, Marco Miranda, Marcía Mogro, Paz Padilla, Luis Rojas, Virginia Ruiz, Valentín Torres y Roberto Valdivia. Los dibujos, fotografía e historietas están a cargo de Carlos Adriázola, Néstor Agramont, Francisco Cajías, Angelino Jaimes, Marcos Loayza, Marco Miranda y Armando Urioste. El director de la revista era el Zorro Antonio.
El texto inicial plantea: “Un afán casi urgente nos ha reunido en torno al periódico: pretender dar paso a una manifestación latente en nuestro medio: la cultura no editada, los quehaceres artísticos de sectores mayoritarios pero alejados de antemano”. Se trata claramente de valorar la tradición oral y la cultura popular. El segundo número sigue las mismas pautas de trabajo y a los anteriores nombres se agregan Dulfredo Castro, Alfonso Murillo, Raúl Paredes, Carlos Mendizábal e Iván Vargas, además de los artistas Alejandro Salazar y Germán Gaymer.
El tercer número inaugura una segunda época, se cambia el formato (que conserva hasta ahora), mantiene el papel periódico. Los directores fueron: Wilma Torrico y Jaime Iturri. El Zorro se convierte en una revista y plantea una visión más tradicional de la literatura, aparece una entrevista a Mario Benedetti realizada por M. E. Gigio de Argentina; una entrevista a Gonzalo Otero Gamarra realizada por Jitka Silva de la carrera de literatura; un escrito de Cortázar; la reproducción de una nota de Jesús Urzagasti en Presencia por la muerte de Jaime Saenz; un ensayo de A. R. Prada sobre la poesía de Juan Carlos Quiroga; un cuento de Paz Padilla y otro de Orlando Aguilar; poemas de Teodoro Mamani y Juan Carlos Quiroga.
El cuarto número, de agosto de 1987, arma -a partir del trabajo de un nuevo comité editorial: Jaime Iturri, Gilmar Gonzales, Dulfredo Castro, Juan Carlos Quiroga, Luis Hurtado y A. R. Prada-, un homenaje a Jaime Saenz, responsable del Taller de Creatividad en la Carrera durante algunos años.
Los homenajes se convertirán en material central en éste y algunos de los siguientes números. En éste a Saenz participan: Juan Quinteros, Juan Carlos Quiroga e Iván Vargas. Encontramos además una entrevista realizada por el Zorro a Luis H. Antezana; ensayos sobre Edmundo Camargo (de Mauricio Souza), sobre Borges (de Marco Miranda y Jaime Iturri), y sobre el texto de la canción (del poeta y músico Juan Carlos Orihuela). Además encontramos cuentos de Renato Prada y de Alfonso Murillo; y poemas de Roberto Echazú, Leonardo García Pabón, Julio de la Vega, Dulfredo Castro y Amparo Canedo. Las fotos están a cargo, entre otros, de Francisco Cajías, y los dibujos de Teresa Mesa y Marcos Loayza. Esta misma perspectiva continúa hasta el número 6 con nombres (todos relacionados con la carrera de literatura) que van y vienen.
Luego de un importante salto en el tiempo, a enero-marzo de 1991, aparece el séptimo número de la revista. Ha cambiado el concepto, el logo, el diseño y el papel interior. Se integra publicidad, dejando atrás el enfoque exclusivo en la letra y la crítica, convirtiéndola en la revista de la Facultad de Humanidades.
Se trata más de una revista de letras y artes de amplio espectro; son responsables de ella Iván Vargas y Martín García. Declaran ellos en el editorial: “un nuevo afán de cambio”. Aseguran que la revista aparecerá cada tres meses (logrando regularidad antes no alcanzada), lo que explica la inclusión de publicidad. Hablan, en este sentido, de un paso importante “en la búsqueda de constituir ese espacio literario de diálogo creativo y crítico que en otros momentos habían cumplido satisfactoriamente revistas como Kollasuyo o Hipótesis”.
El número 8, de abril-junio de 1991, cuyo director es ahora, y lo será por los siguientes números, sólo Iván Vargas (teniendo esta vez un único responsable estudiantil: Hugo Rodas), tiene como tema central “La obra de Guillermo Francovich”. Aparte de encontrar un escrito del propio Francovich, escriben sobre el filósofo boliviano José Roberto Arze y H. C. F. Mansilla.
Además de este material, encontramos  poesía de Julio Barriga (poeta contemporáneo) y de Ángel Casto Valda (poeta del siglo XIX) presentada por Juan Carlos Quiroga; un ensayo sobre el grafiti: “En la calle se dice que…” extensamente ilustrado, escrito por Cecilia Córdova, Pablo Groux y Hugo Rodas; un escrito de David Morín, artista plástico, con varias ilustraciones; cuentos de Virginia Ruiz y Adolfo Cárdenas; ensayos sobre literatura oral y culturas nacionales de Pilar Martínez, sobre el taquirari oriental de Hugo Rodas, sobre Otra vez marzo de Quiroga Santa Cruz y sobre La luz del regreso de Eduardo Mitre, ambos de Iván Vargas, sobre Huracán de Paz Padilla de Gilmar Gonzales.
En julio de 1993 aparece el número 9 de la revista, el director fue Iván Vargas y como estudiantes responsables: Hugo Rodas, Karmen Saavedra y Ramiro Huanca. La editorial establece que “un examen del teatro nacional, en un momento de especial fertilidad de representaciones, es lo que hemos propuesto en esta nueva entrega de la revista”.
Este material especial sobre teatro está constituido por diálogos con Guido Arze (y un fragmento dramático suyo) de Pequeño Teatro, Noel Meruvia, Arturo Archondo, René Hohenstein y Virginia Yaksic, además de un ensayo sobre el teatro del siglo XIX de Iván Vargas.
El número 10, último de este primer El Zorro Antonio, aparece en junio de 1994. Los estudiantes que esta vez trabajan con I. Vargas son Adriana Bravo, Wálter Chávez, Ramiro Huanca, Fernando Llanos, Carmen Molina, Víctor Hugo Quintanilla y Ludwig Valverde. Esta vez, la editorial anuncia una sección especial sobre cine y literatura. Es interesante la visión de “crisis espiritual en la que está sumergida la cultura en general” que declara el director, y que estaría articulada con una televisión con múltiples canales, “el entretenimiento por computadora, la realidad virtual”. Añade: “La reflexión sobre el cine […] se convierte en una bagatela romántica”, posible en todo caso, en medio de “explosión de la cultura de la imagen”.
Hay en la sección especial una entrevista a Pedro Susz, un ensayo de Wálter Chávez y la reproducción de un estudio del español Jorge Urrutia. Encontramos, además, en este número, poemas de Juan Carlos Orihuela y de Paul Celan (traducidos éstos por Blanca Wiethüchter y Maren Urioste); un cuento de Elvis Vargas; una entrevista a Rolena Adorno; imágenes de la obra artística de Raúl Loza; ensayos sobre Darío de A. R. Prada y sobre Puig de Rosario Rodríguez; y reseñas sobre García Márquez de Isabel Bastos y sobre Raúl Teixidó (sin autor).

Con cabalística exactitud, tres décadas después del nacimiento, aparece en 2014, el número 11 de El Zorro Antonio, se retoma el formato revista, pero se inauguran nuevas secciones: Rescate, Vigilia de otras Artes, Por mano propia, Tráfico de Citas, Traducción, Entrevista, Notas y reseñas. En el número 11 el dossier está dedicado a Jesús Urzagasti y en el número 12, publicado en octubre de 2015, el dossier está dedicado a Rubén Vargas.

sábado, 10 de octubre de 2015

Cafetín con gramófono

Rubén Vargas y la revista Vuelta


El siguiente texto es un fragmento del artículo “Rubén Vargas y las revistas literarias”, que se publicará en la revista Zorro Antonio N° 12 de la carrera de literatura de la UMSA.



Omar Rocha Velasco 

El primer texto de Rubén Vargas que aparece en la revista Vuelta está fechado en julio de 1989[1], corresponde al número 152 y es una reseña de El árbol y la piedra, poetas contemporáneos de Bolivia, de Eduardo Mitre.
Este es un gesto importante porque el inicio de una serie de textos reseñados en esa revista tan importante, tiene que ver con la poesía boliviana, otra de sus pasiones. La primera idea es contundente y aparece sin vacilaciones: “la más fecunda de las tramas de la literatura boliviana es la poesía”. Luego el texto muestra que a pesar de la circulación limitada (ediciones reducidas) y el desconocimiento de la poesía boliviana fuera de sus fronteras, “ésta no ha dejado de prodigarse en la invención de singulares universos”. 
Por otro lado, Rubén hace una afirmación realmente iluminadora, me atrevería a decir que es un método de aproximación crítica a la poesía boliviana: “Antes que en vetas o filones, temáticos o estilísticos, seguidos y trabajados consecuentemente por autores distintos, la poesía boliviana ha dado en manifestarse, por decirlo de alguna manera, en nudos de intensidad cifrados, frecuentemente, en el nombre de un poeta”.
En esta reseña Rubén Vargas valora los estudios y la antología hecha por Eduardo Mitre, cree que “el instrumental analítico” es preciso y que se pone en juego un doble movimiento: dar cuenta de las tramas internas y establecer relaciones. Finalmente, cuestiona, a su juicio, el único error de la antología, no haber incluido a Eduardo Mitre (el propio antologador) dando realce a la frase que cuestiona toda antología, pues éstas valen más por las ausencias que por las presencias.
En este mismo número 152  de la revista Vuelta, aparece una reseña de Eduardo Milán sobre el libro de Rubén Vargas Señal del cuerpo (1987). En poesía todo mapa es un mapa de la lengua, dice Milán al emprender la lectura de esos breves poemas de Rubén, uno de los méritos que el escritor mexicano ve en este libro, es que se trata de una resistencia, una insistencia en la “tradición de la ruptura” que algunos poetas han abandonado, en efecto, ante el retroceso de poéticas vuelven a espacios anteriores a la vanguardia, el libro Señal del cuerpo no pretende esos tiempos formales más tranquilos, al contrario, sigue la exploración la búsqueda de esos medios expresivos preocupados por la materialidad del poema, la textura, la página en blanco, etc.
Milán emparenta la poesía de Rubén a la de Mitre en la preocupación por la forma y encuentra la presencia de Octavio Paz en su zona más crítica de la poesía. 
Rubén como colaborador de Vuelta se dedicó sobre todo a reseñar libros de poesía, su participación, entonces, estuvo centrada en la sección “Libros”, acercamiento e invitación a la lectura, convite hecho por finos paladares.
Estos textos son una verdadera revisión de la poesía continental, cada uno de ellos puede ser leído como una de las piezas que dio lugar a una poética que Rubén fue construyendo de a poco, con cuidado, con minucia, con ese afán de leer/escribir.
¿Cómo leer este libro?, se pregunta ante la poesía completa de Efraín Huerta y responde a través de una lectura “implícita” que sitúa a Huerta en el horizonte de la poesía mexicana. La otra lectura es una lectura en perspectiva, es decir, es un pequeño corte en todo el conjunto, el coloquialismo, la intimidad-confesión, la ironía, son esas lecturas en perspectiva que “recortan el perfil de un recorrido”.
Del libro de Octavio Paz La otra voz…, Rubén Vargas recoge dos actos que fusionan la labor del intelectual de fin de siglo: defensa de la poesía y defensa de la libertad, se trata de la conciencia de quien reflexiona sobre el arte y la política de su tiempo, una conlleva a la otra inevitablemente -esta “doble” acción convertida en una, fue claramente asumida por Rubén Vargas en su labor periodística, docente y literaria.



[1] Hace poco Benjamín Chávez me contó que trabajando en una antología de poetas orureños, encontró errores repetitivos en las fechas de publicación de varios libros que aparecen en reseñas y obituarios, son errores que se originan en alguna enciclopedia o reseña matriz e insisten hasta que alguien se ocupa de ir a la fuente. Algo así pasó con los años en los que Rubén Vargas Portugal participó la revista Vuelta, alguien escribió “Rubén fue colaborador de la revista Vuelta (1990 – 1992)” y el error cundió como viruela.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Cafetín con gramófono

Piedra Imán


Una más de las legendarias revistas literarias -ideadas en La Paz-, de fugaz paso; esta vez tres números para el recuerdo.



Omar Rocha Velasco

A finales de los 90 nació Piedra Imán, rumbosa revista literaria, cuyos responsables fueron nueve hombrecitos sentados y una mujercita sentada -aunque en estricto recuento fueron dos.
No resulta ocioso, para el caso, copiar el nombre de los “hombrecitos sentados -y la mujercita en orden alfabético” tal y como aparecen en los créditos: Walter Chávez, Gilmar Gonzales, Alfonso Murillo, Ricardo Pérez Alcalá, Pablo Pérez, Jaime Taborga, Walter I. Vargas, Rubén Vargas, Alberto Villalpando y Blanca Wiethüchter (en el número dos salió Pablo Pérez y entraron Valeria Catoira y Marco Antonio Miranda; en el número tres salió Walter Chávez). A pesar del entusiasmo solo vieron la luz tres números, uno por año: 1997, 1998 y 1999.
Wiethüchter y Villalpando organizaban en su casa, ubicada en Los Pinos, proverbiales reuniones donde se hablaba de arte, se escuchaba música, se leía, se pasaba clases, se comía y se bebía. Mucha gente apegada a las “artes liberales”, pasó por esa casa tan receptiva, tan cordial, tan de grandes anfitriones… Además de todo lo mencionado, allí también se hacía una revista, por eso tuvo ese aire de cenáculo (en todo lo que de “comer en común” tiene esta palabra), de tribu (en todo lo que de “sensibilidad compartida” tiene esta palabra) y de divertimento (en todo lo que de “composición para un número reducido de instrumentos” tiene esta palabra).
El primer texto de la revista es un fragmento del monólogo de Segismundo en la Vida es sueño: “Es verdad, pues reprimamos / esta fiera condición, esta furia esta ambición / por si alguna vez soñamos. (…) ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, /una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”. Una clara manifestación de sus filiaciones y, al mismo tiempo, una clara posición frente a sus afanes literarios del momento.
Por eso, tampoco resulta ocioso -solamente- copiar las diez razones que los hacedores de esta revista expusieron como fundamento de su hechura:
1. Para salvar el lenguaje de la tribu y/o salvar a la tribu del lenguaje. 2. Para aportar desde la altipampa nuestro granito de arena a la cultura universal, últimamente tan a menos venida.  3. Para demoler constructos. 4. Para ir cerrando espacios de diálogo. 5. en nuestra América mestiza hay, más o menos, 2.317 revistas literarias. ¡Es urgente una más! 6. A manera de hacer algo mientras llega el Anticristo. 7. @#$%^&*@#%@*%.edu. Kjarkas net. 8. Por atracción Magnética. 9. Para salvar a la escritura de la lectura. 10. Para resucitar compadres. 11. Porque Piedra Imán fija, lija y da esplendor. [sic.]
Algunas de las secciones de la revista tomaron su nombre de fragmentos o títulos de obras literarias bolivianas que los responsables consideraban importantes, este gesto dice mucho sobre el camino que emprendieron: “Peregrina paloma imaginaria”, poesía; “Chuapi punchaipi tutayarka”, ensayo; “Llovía a torrentes”, narrativa; “Nevando está”, partitura bonsái o pequeñas composiciones, especialmente para piano; “La lengua de Adán”, entrevistas, libros y autores.
Las otras secciones fueron “El corso infinito”, dividida, a su vez, en dos subsecciones: “El banquete de Platón”, dedicada a recetas originales  (donde destaca, de lejos, el Cus Cus andino), y “Peón ladino”, grandes partidas de ajedrez; “Gallería d’ art” (un tanto imprecisa porque en el primer y segundo números se publicaron dibujos/caricaturas de Ricardo Pérez Alcalá y en el tercer número una muestra de poemas de Erasmo Gutiérrez); “Vuelve Sebastiana”, cine y teatro; “De obstructos y otras construcciones”; y “Vidas y muertes”, homenajes.
La revista fue portadora de poemas, dibujos, pinturas y textos narrativos de los hombrecitos y mujercitas sentados, y también acogió a varios colaboradores que se movían alrededor de la esa generosa mesa.
Lo que dibujaron, escribieron y recogieron contorneó una perspectiva lúdica de la literatura, pero de ninguna manera poco rigurosa, al contrario, fueron muy conscientes de lo que estaban haciendo al adscribirse a una tradición literaria que se no se sentía atraída por los cantos de sirena del siglo XXI que sin nacer ya llevaba pañales -léase oleada post moderna-, ni por la insistencia de tendencias folklorizantes del arte -véase más arriba la séptima razón.

Una de las principales intenciones fue reunirse en torno a una sensibilidad artística preocupada por el valor intrínseco del hecho estético, más allá de los periodos, tiempos y fronteras -así, un poema de Darío convivía perfectamente con la recuperación de un fragmento de la prosa de Abel Alarcón y la reflexión sobre la narrativa de José Lezama Lima. Además la pasaban muy bien, claro.