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lunes, 12 de junio de 2017

Crónica

Titanes en el ring

Una tarde de catch en Buenos Aires. Un universo simbólico en el que se baten sobre el cuadrilátero el eterno Martín Karadagián y Roland Barthes. Texto publicado originalmente en Tiempo Argentino.


Fotografía: Eduardo Sarapura.


Nicolás G. Recoaro

“No, señor, al vestuario no se puede entrar. Esa es una regla que aprendí de Karadagián. Se pierde la magia”, dispara, con cara de pocos amigos, el fornido Sergio Rocky Rolando.
El pope de la Federación Argentina de Catch (FAC) cuida hasta el último de los detalles antes de que comience la primera pelea de la tarde en el Club Checandone, del sur de Buenos Aires: desde el volumen de los parlantes hasta la elasticidad de las cuerdas que marcan las fronteras del ring. En las gradas, improvisadas en la canchita de futbol 5, una jauría de pibes pelea por un lugar junto al cuadrilátero. “Vine con mis nietos. Me gusta el catch desde la época de Titanes en el Ring, en los 60 mi viejo tenía la única tele blanco y negro del barrio, y se juntaban todos los vecinos en casa a ver las peleas”, confiesa Mirtha, emperifollada de gala para el evento. No muy lejos, Rocky Rolando se baña en Off para combatir la marabunta de mosquitos que invade Villa Domínico. Ya suena un inoxidable clásico del filme de su tocayo Balboa. Rolando se calza una campera adornada con tiras de cuero y un gorro oscuro haciendo juego. Sube, toma el micrófono, traga saliva y agita a la masa: “¿¡Quieren ver lucha!?”. Le responde el grito ensordecedor de los chicos de Domínico. El gladiador eleva los brazos al cielo y dice: “¡Bienvenidos a la magia del catch!”.

Mitologías
En los años 50, el semiólogo Roland Barthes decía que la virtud del catch radicaba en ser un espectáculo excesivo, que abrigaba un énfasis semejante al de los teatros antiguos. Ese universo que llegó hace décadas a estos pagos con el nombre de catch as catch can enfrenta en combates desiguales al deporte y el show business; la batalla primal del bien contra el mal y el glamour mediatizado; la transpiración del gimnasio y la sutil interpretación actoral; los millones que mueven las troupes del norte del continente frente al ring destartalado de un club barrial del Conurbano; el recuerdo nostálgico de los héroes de la infancia y el presente inverosímil de banales culturistas que parecen sacados de un videogame.
“El catch en Argentina revive por temporadas. Fíjese que 100% Lucha fue un éxito tremendo hace unos cinco o seis años y ahora ni figura. Este rubro tiene esas cosas raras, no es constante. Eso sí, tiene mucha historia”, asegura Rocky, mientras la Tortuga Ninja y el Payaso Torombolo hacen su ingreso estelar. La primera justa es en versión australiana: cuatro hombres, dos contra dos. Sus retadores llegan del Lejano Oriente: el calvo Faraón Malif Anum y el Sheik del Sahara.
Rocky Rolando lleva más de 30 años dando cátedra en la sede de la FAC, frente al Parque Chacabuco. Es un hombre con mil y una batallas. Arrancó en el mítico Titanes, donde le puso el cuerpo a Mister Moto, el Centauro Moderno. “Era muy pibe, había que bancarse los golpes de los veteranos. El que más aguantaba, se ganaba un lugar”, infla el pecho. Sobre el ring, el Faraón madruga a la Tortuga con una patada voladora.

¡Es una lucha!
La leyenda dice que por la década del 30 llegó a estas pampas un grupo de bravos luchadores comandados por un conde polaco llamado Karol Nowina. Ni lento ni perezoso, el conde trabó amistad con Pepe Lectoure. Juntos cranearon el primer campeonato argentino. Entre bailes de carnaval amenizados por la Orquesta Guardia Vieja y las veladas de box, los catchers comenzaron a ganarse su espacio en el Luna Park. Los combates eran bastante violentos: el cuadrilátero semejaba un matadero. “Acá nadie hace que se pega. Acá se pelea en serio”, asevera Rocky. Sobre el ring, el Hombre Araña arremete con patadas fulminantes que moldean las costillas del enmascarado Guerrillero.
La receta del catch apto para todo público que nace con Titanes en el Ring es la fórmula a la que las troupes locales le siguen pasando el plumero. “Pero ojo -se ataja Rolando-, a mí no me gustaba la última etapa del ciclo, que exponía a gente grande, fuera de estado. Ahí me decidí a arrancar como productor”. Su hija Luana lo asiste en sus shows: “Es como ser hija de un súper héroe retirado. Ahora papá casi no sube al ring, conoce sus límites”.
A diferencia de las versiones hardcore de Estados Unidos y México, los enfrentamientos locales todavía guardan ciertas reticencias con las opciones de lucha extrema. “Los mexicanos son muy bravos, y si no les pegás, se enojan. En un combate contra el Santo, un famoso luchador de allá, el tipo de arranque me metió una patada que casi me saca los pulmones. Ahí nomás, me calenté, lo levanté como un papelito y lo tiré afuera del ring. Puede creer que después se acercó y me dijo: ‘Bien, gringo’. Y yo le respondí: ‘Yo soy argentino, gringos son los yanquis’. El Santo se pensó que iba a arrugar”, recuerda Rocky.

La batalla de Villa Domínico
Sobre el ring desfilan el acrobático Señor de los Cielos; el chef francés Kave y su palo de amasar; Adriano, el pastor evangélico brasileño; Herco Wisky, el pibe fiestero; y el engreído español Don Diego. “Todos personajes que salen de la cabeza de Rocky. El tipo te escanea, charla con vos y te marca un rol. Es como la tarea de un escritor”, arriesga Ariel, un pupilo de Rolando que le pone el cuerpo al fiero Pablo Chacal Gaviria.
Más allá de la ficción, sobre el cuadrilátero llegó la hora de la verdad. El Arcángel defiende su título frente a un retador dominicano de músculo y panza generosos. Tras un buen arranque del campeón, el caribeño bailotea y responde con cortitos y un inoxidable tackle al cuello. El Arcángel agoniza. La lucha parece definida, pero de repente, la hecatombe, la debacle total: una docena de gladiadores muestra sus destrezas en un todos contra todos. Rolando hace valer su peso pesado y cierra la batahola general a fuerza de piñas y patadas. Al fin, el Arcángel retiene la corona de milagro.
Luego de las fotos con sus fanáticos, los luchadores se arremangan y comienzan a desarmar el esqueleto del ring, antes de que caiga la noche en Domínico. La lucha continúa.


domingo, 21 de mayo de 2017

Crónica

También esto, Favia


Sigue el autor con las evocaciones a su buen estilo: crónica-ficción. Pero ahora con Favia, ya no con Marianne.



Hugo Rodas Morales



Porque el ayer es nunca
y el mañana mañana.

Julio Cortázar: “La patria”, en Papeles inesperados.


Por eso, lo que ahora das Favia, tiene el vuelo de lo inesperado. Que llegaras sin aviso a este bunker, justo después de un mes de previsto divorcio, que se había postergado en muchos de inevitable papeleo. Nadie antes y quizá nunca mañana: nadie sabe, como dice el poema del epígrafe. En cambio tú sí, porque estás aquí, en estos módicos treinta metros cuadrados, probablemente diez, quitando libros, muebles, películas, ropa…
Entonces esto. Tus brazos que desde el vamos de la puerta reducen espacios y se hacen largos tomando el beso desde el cuello. No pensaba en ti esta vez y llegas comunicando apuro con tus piernas, después interminables en esta ruptura de costumbres. Pasa por favor, la mascota del vecino es una indetenible máquina de ladridos y preferiría escuchar tus ojos.
Mira, sacaba el desayuno de la mesa y queda solo una taza vaciada de té. Déjame ordenar, pero pasa… a la cama porque no hay dónde y dime algo mientras tanto; si te quedas callada siento que estás pensando en tu cabeza y me demoro más a este otro lado del muro. Te cuento que un compatriota infirió, al ver este breve espacio acentimetrado, que seguramente era mi “bulín” y como hace tanto que no escuchaba esa palabra importada a Bolivia de un país vecino, respingué pensando que debe ser el primer bulín “sancto” de su especie, porque solo enciende fuego en la imaginación. Pero no, es mi “palacio de verano” porque aquí estoy liberado del esparcimiento físico. Ya te lo explico.
Estoy tan sorprendido que camino para atrás y no lograré salir de mí si no te digo qué es esta sensación detenida en su preludio. Porque no dudo que a tus ojos veloces, este lugar será “quizá menos que minimalista”, como dirías con toda la educación neoyorquina que te conozco, qué sé dónde la conseguiste, qué verde de la vida de campus universitario te la inculcó. Aquí de lo que se trata es de la pequeñez contra lo grande por cultivar, ¿me sigues? A ratos, sobre todo muy tarde, cuando creo estar cansado y lo estoy, ver estas paredes saturadas de libros en reunión, semeja la sombra atardecida de un sauce; el final del día parece investido de algo muy distinto a las noticias de cada día, de mujeres y hombres en un punto muy alto, dispuestos a dar su voz para pronunciar el nombre verdadero del que los lee, a recordarnos el ojo del pasado y lo que bien podríamos ser. Por eso, Favia.
Desde aquí escucho la calle que no lo sabe y a mí mismo sin darme cuenta, salvo cuando suena, raramente, como un extraño, el teléfono. No rebotan las ideas en ventanales lujosamente vestidos de pesadas cortinas sino al revés: cual una cámara traslúcida, semejante a los nidos de tarántulas, cuyo techo de hilos en capas sobrepuestas alcanzan a dar un blanco níveo y gasas laterales a través de las que sus habitantes de ocho patas no dejan de ver. Como el recipiente de la memoria que tu mente imaginará, tejido con retazos de la vida pasada y que sin embargo todavía es, así podrías ver mis días y noches moviéndose hacia un nuevo rostro por las mañanas, los ojos en un más allá de tiempo indefinido; todo en uno, en suma, con esa lentitud del caracol que sale de su casa y vuelve interminablemente, movimientos que tienen por único fin pensar algo que sea algo, Favia.
Llegaste y estoy haciendo el camino al revés, debido a tu respuesta anticipada a mi deseo. Estos minutos de contemplación y aterrizaje en cámara lenta son así porque hoy hubo buena cosecha ¿sabes? Las flores que a un lado y otro de mis escasos pasos alrededor se ofrecieron propicias: una roja lo fue de verdad de un modo inusual; una amarilla me dio la tristeza sin adjetivos; otra tenía tan diferente matiz como el que según Wittgenstein no está en ella misma. De un prado así hasta el color con sombras de tus ojos es que voy andando. 
Pensándolo bien no hay gran diferencia: ¿No es con palabras que han salido de otras bocas, más insignes, con las que te estoy hablando? ¿No es negando lo que eras que has llegado? Por eso Favia no dudo del camino que tiendes con tu silencio, del brillo de tu piel que hace escamas ni de la mía que no se puede apagar pensando. También esto, entonces. Favia de calles con tiendas relucientes, imposibles sin recordar algún desnudo maniquí nocturno; sin deshojar botones ignorando tallas y elevando intenciones al alcance de labios multiplicados. Favia de las costuras no siempre resistentes, propensas a hacernos reír por su estrepitosa voz desgarrada. Favia de las miradas escapando, hacia donde es irresistible tocar enceladas puertas. Favia del brasier enfriando sus concavidades desdibujadas y de una segunda pieza, tibia y final. Favia comenzando a sentir de otro modo al de las esperas, lengua de vela encendida que sin moverse de su lugar ondula. “¿Café, cine y cama?” aventuraste traviesa la primera vez; “invirtamos el orden de los factores”, te propuse siguiendo el juego. Y todavía nos debemos un café.



domingo, 7 de mayo de 2017

Crónica

El año 1932 ha sido delicioso…

“…Pero ahora viene uno mejor: el 33 que es Año Santo”, es el complemento del largo titular que Céspedes escribió en El Universal. Esta es una de las crónicas recuperadas por Baptista Gumucio para el libro Augusto Céspedes en El Universal y La Calle. Una de las que no entraron en Crónicas heroicas de una guerra estúpida.


Céspedes con el presidente francés Charles de Gaulle.
Augusto Céspedes

La tierra vive una hora intensa. Este año 1932 que se va y que pertenece a los años febriles de la historia contemporánea, ofrece en la sucesión cinematográfica de sus doce meses una visión de locura, nunca interrumpida por la serenidad de una tregua. La marcha de la humanidad ha tomado una celeridad incorregible. Fiebre, vértigo, epilepsia de las cosas presentan ante los ojos un cuadro fantástico de belleza cruenta, como el ensueño de un pintor novecentista: en primer término los obreros de mandil de cuero u over-all, más allá las grúas, los elevadores, los vehículos enormes, las chimeneas y los bosques de mástiles. Y al fondo las siluetas rectangulares de los rascacielos. Y arriba, como una concesión a la poesía que huye, el vuelo lento de los dirigibles y el vuelo múltiple de las escuadrillas de aviones.
Esta es la imagen del progreso. Para ser la de 1932 tendríase que añadir el perfil sombrío de los obuses y las llamaradas del incendio del Asia y de América.
De todos modos, vivimos una vida veloz y febril. Felicitémonos. Cuanta más frecuente sea la vibración que estremezca el planeta será mayor la cantidad de vida que hayamos vivido. En las edades decadentes como la actual se revelan fuerzas y matices que nunca habrían aparecido en la superficie de un mundo terso. El nuestro viene a ser ahora, para el hombre y para la humanidad, un mundo en pubertad sobre el que se insinúan ignotas posibilidades, presentimientos inefables, temblores inéditos, repletos de las misteriosas fuerzas que componen el porvenir. El mundo necesita camisa de fuerza
La política del año se desenvuelve sobre las diversas maneras de interpretar el hambre. En este sentido Stalin tiene una y Hoover otra, y Ghandi otra, resultando de todas que los individuos mueren inevitablemente.
La manada de lobos errantes desde 1914, sigue vagando temible por las llanuras del Asia y para satisfacción nuestra, por los bosques de América. En Europa, Hitler, jefe de los nazis y Mussolini presidente de los locos de Italia, procuran también de todos modos traer sobre territorio europeo el furioso galope de los esqueléticos caballos del Apocalipsis.
Y lo hacen porque consideran que ese es el único medio de salvación que les queda para no pagar sus deudas a los Estados Unidos, exactamente como un tramposo profesional que antes de pagar la cuenta mete “boche”. Y realmente, parece que no hay otro. Sin embargo, se quiere abrir nuevas conferencias de reparaciones, revisando el plan Young que fue consecuencia de la revisión el plan Dawes. Con todos los planes posibles, las naciones europeas están partidas por el eje.
En España: nueva Constitución, seguramente más amena que la anterior. En Italia: décimo aniversario desde la fecha en que los italianos son felices, gracias a habérseles suprimido el pensamiento y la voluntad, depositadas ambas facultades en poder del Duce.
Los rusos también son muy felices, la mayor parte porque ya no existen. China y Japón: la primera no tiene más remedio que creer en la Liga de las Naciones, entretanto que el segundo no necesita de lo mismo porque puede quedarse con la Manchuria sin ayuda de la Liga.
Estados Unidos: 11 millones de desocupados, después de tener todo el oro del mundo y todos los deudores del mismo. Sustituido Hoover con Roosevelt, que es lo mismo que cambiar naranjada por limonada, se ha de derogar la ley seca, para que los desocupados puedan beber, pero sin esperanza de comer.
En Sudamérica ya tenemos guerra. Aunque el territorio no esté poblado ni en la centésima parte de lo que pudiera estar, tanto Bolivia y el Paraguay, como el Perú y Colombia, disputan territorios. Los dos primeros países han conseguido ya hacer matar a algunos de sus habitantes en pago de este modesto lujo.
Entretanto, en todos estos países la falta de oro y plata y de trabajo y, de artículos de primera necesidad, crece en proporción incomparable. El modo de solucionar esos problemas parece que no es otro que el de la guerra, según opinión de los estadistas sudamericanos partidarios de curar el dolor de cabeza con el procedimiento de separarla del tronco. Parece que este es también sistema persa.
Es posible que aquellos estadistas quieran aplicar a los males económicos de sus pueblos el principio del “similia similibus curantur”, es decir, que si las naciones tienen hambre, hay que duplicar esa hambre para que ya no la sientan. Adiós al año
Estas cosas pudieron haber sucedido en otra forma o no haber sucedido, porque todo lo domina la diosa casualidad. Sin embargo, la estupidez humana hacía prever que llegaríamos a este estado de descomposición psíquica. Dejémoslas partir con el año que se va, y esperemos las revelaciones de 1933.
No es prudente predecir el futuro cuando no se es profeta. Hay que limitarse a esperarlo con la actitud amable y suave con que se debe esperar la sucesión inefable de todas las cosas. Ya lo dijo Anatole France. Y no juzguemos el tiempo por su poder histórico o por el número estadístico de sus asesinatos. Veámoslo en nosotros mismos, en la voluptuosa y ligera melancolía que deja, formando parte de nuestro ser, al irse, y en la aspiración plenaria a una vida más amplia y más profunda con que se anuncia al venir, como vendrá este año de 1933, bautizado de sangre y al que habría sido más grato verlo nacer en un mundo estupendo por su poder creador, por su impulso veloz, por su actividad amorosa de todo lo nuevo, por su inquietud de 400 millas por hora, por su arte pleno de movimiento y alegría, por su literatura centrífuga y por su espíritu, que bate el récord de audaz  ascensión de todos los espíritus de mundos anteriores.
(30 de diciembre de 1932)


domingo, 30 de abril de 2017

Crónica

Con el cuchillo entre los dientes


El arte de la cuchillería artesanal en Argentina. Una historia que cruza a Borges, Lou Reed, los samuráis y los bravos gauchos. 


Fotografía de Eduardo Sarapura.

Nicolás G. Recoaro 

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco.
“¡Guarda con los chispazos! -advierte el artesano y ensaya la arremetida final-. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1.200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre”.
Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. “Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos -recuerda Gugliotta-. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los 80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna”.
Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde EEUU y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.
Hace ocho años, Miguel se retiró. Mariano es el último eslabón de esta genealogía. En su infancia, lo apasionaban las aventuras de Tarzán, Mac Gyver y Rambo: “Cuando le pedí a mi viejo el cuchillo de Rambo, me dijo que era una bosta. Igual me lo compré. Tenía razón, parecía de plástico”. Cuando terminó el secundario, estudió derecho y estuvo al filo de obtener el título, pero lo atraía el metal. “Fue como el cuento El llamado de lo salvaje, de Jack London. Largué todo y me metí acá”. En 2003 arrancó de cero en su propio taller, en el fondo de su casa. Empezó a buscar su sello de autor con los puñales criollos. Y al poco tiempo, la fortuna golpeó su puerta, cuando un estadounidense le compró uno. A los seis meses, la revista Tactical Knives hablaba maravillas del “cuchillo gaucho” que llevaba su firma. Ese fue el despegue. “Ese año participé en una feria en la Rural. Salí de Soldati con 80 centavos en el bolsillo. Me volví con 1.000 dólares”. Compró herramientas y máquinas para mejorar su producción, que hoy no supera las dos piezas semanales. Cada cuchilla que forja es una obra de arte. Y se volvió un “coleccionable”.
Mientras cae la tarde en el suburbio, Mariano bebe un vaso de Coca Light y repasa la historia de la cuchillería local: “Acá nunca se incentivó la producción de cuchillos artesanales. Al contrario, dominó la importación. Desde la conquista española estuvo prohibido que los nativos usaran armas. Entonces, los gauchos recauchutaban limas, sables rotos: el reciclaje es el origen. Pese al viento en contra, la pasión nacional por los filos se mantuvo a flote. “nadie se sorprende si sacás tu cuchillo en un restaurante para comerte un asado. Amigos de afuera me dicen que este debe ser el único país del mundo en donde se venden en el aeropuerto”.

Memorias filosas
Los cuchilleros empezaron a forjar a fuego lento su historia como arte y profesión hace más de diez siglos. Durante la baja Edad Media y el Renacimiento, los trabajadores de los metales comenzaron a organizarse en sindicatos. En su libro El artesano (2008), el sociólogo norteamericano Richard Sennett cuenta que en aquellos tiempos el aprendiz de orfebre estaba sujeto a su puesto mientras aprendía a fundir, expurgar y pesar metales preciosos, bajo la paciente guía de un maestro que lo educaba en su taller. Una vez presentada una obra maestra en su lugar de residencia, el novicio cerraba su período formativo y comenzaba a ejercer su oficio en el vasto mundo.
Era una actividad de aires nómades, plagada de aventureros. El gran orfebre “heroico” de ese período fue el florentino Benvenuto Cellini. En su jugosa autobiografía, titulada La Vita, Cellini se jacta: “En mi obra, he superado a muchos y he llegado al nivel del único mejor que yo”. Se refería a Miguel Ángel.
La Ilustración, el Iluminismo, las ideas de libertad de la Revolución Francesa, nacen con una cuchilla y terminan en otra. Denis Diderot, a quien se debe la concepción y ejecución de la Enciclopedia francesa, la suma de las ideas laicas, libertarias, científicas del siglo científico que fue el XVIII, era el hijo de un cuchillero, y a veces se lo llamaba así despectivamente. Diderot escribió, en los tomos de la Enciclopedia, los artículos técnicos, incluyendo el de la orfebrería. La cuchilla con la que termina esta historia es la de la guillotina, obra de monsieur Guillotin, y perfeccionada por Luis XVI, a quien no le faltaría ocasión de experimentar el uso de tan eficaz invento.

Cocodrilo Dundee
“Sin duda, los franceses son mis mejores clientes. Son locos por los cuchillos. Ojo, nosotros no nos quedamos atrás, y si se alejás un poco de la ciudad, en las afueras de Buenos Aires, todavía siguen resolviéndose pleitos a puntazos”, cuenta Julio Argañaraz, un artesano de San Telmo con una docena de años en el gremio. Mientras ordena algunos criollos y damasquitos en su local de la histórica Galería de la Defensa, a pasos de Plaza Dorrego, relata historias dignas de un cuento de Borges: “En Madariaga, un ambiente muy gauchesco, si hay algún atrevido en un boliche, la pelea es a facón. Pero ya no hay tantos revuelos”.
Argañaraz es oriundo de Tucumán. En sus 47 años aprendió un sinfín de actividades: trabajó el cuero, crió exóticos peces de estanque y se curtió en la construcción. Con su sombrero gastado, tiene un aire a “Cocodrilo Dundee”. Se define como un artesano autodidacta. Su pasión por la cuchillería le viene de muy joven, cuando comenzó a armar una colección. Su tesoro era un Randall reluciente. Un día decidió exponerlos a cielo abierto en la feria del barrio y un curioso le ofreció un dineral.
“Cuando estaba negociando, se me ocurrió que esta podía ser una buena manera de ganarme la vida”. Se instruyó entonces sobre las diversas aleaciones, el golpe preciso para el forjado y el secreto del templado, el alma del cuchillo.
Argañaraz ha forjado cuchillos con elásticos de autos, clavos de tren y hasta acero de camastros. “A veces agarro un fierro y voy diseñando en mi mente cómo va a quedar. Por ejemplo, este va a ser un machete japonés. Y le voy dando forma: el filo cónico, pienso un cabo, que puede aparecer en la calle, un hueso, una madera rara. Reciclo todo el tiempo, desde pibe. Todo sirve”.


martes, 25 de abril de 2017

Crónica

Memoria e identidad. Sopocachi
en la literatura y el arte

El proyecto Tras la memoria de Sopocachi que corona en estos días su esfuerzo con la exposición fotográfica: “Sopocachi: memorias de un espacio singular 1900-1980”, abierta en el Espacio Simón I. Patiño, da pie para rescatar y reivindicar la faceta artística y literaria del barrio de Julio de la Vega, la Segunda Gesta Bárbara y tantos otros artistas e intelectuales.

 
Todas las fotos de estas notas sobre Sopocachi fueron
cedidas por el proyecto Tras memoria de Sopocachi.
Martín Zelaya Sánchez

“Ya no te tocó el refugio dominguero”, le dice Julio de la Vega a Huáscar Cajías de la Vega. De un sopocacheño a otro, de tío a sobrino, ambos -para seguir con don Néstor Portocarrero- con mil y un “sueños juveniles”[1] vividos en los derredores del Montículo. 

“¡Sopocachi! Escribiendo / en serenata para ser cantada / con voces de silencio / y para ser tocadas por cuerdas esparcidas / de respuestas que separan / en ruidos de bocinas / y llantas distendidas / de arenas estancadas / y de ruedas frenadas. / No lo viste o no querías verlo / porque exclamaba ¡Sopocachi!”[2].

Dice el mito urbano que La Paz, en la literatura, es ladera, Cementerio, Chijini o Periférica. Que de una bodega en la zona norte, al cementerio de elefantes; que de los prostíbulos de Villa Fátima o Churubamba, a los recovecos de la Buenas Aires... Romanticismo puro, ficción. Imágenes preconcebidas.
En los alrededores de la peatonal Florida, en Buenos Aires; en La Habana Vieja de la capital cubana, o en la inconfundible Coyoacán mexicana. Borges, Lezama Lima o Frida Kahlo. Sí hay zonas inevitablemente ligadas a sus personalidades. ¿Y en La Paz? ¿Qué barrio puede identificarse más con el arte, la literatura, la bohemia? El Sopocachi de Cecilio Guzmán de Rojas, claro. De Flavio Machicado, o María Esther Ballivián. De Marina Núñez del Prado, Gilberto Rojas, Walter Solón Romero, Guillermo Viscarra Fabré, Enrique Arnal… 

“Este es el más paceño de los parques, con ocultos vericuetos, con misteriosos senderos que suben y bajan, y con una plazoleta circular, abierta a las montañas del sur, donde se ofrece el más imponente panorama que imaginarse pueda”[3]. Así describe Jaime Saenz al Montículo por el que Julio de la Vega fue y vino infinitas veces durante más de medio siglo, tropezándose quizás al salir y entrar de su casa con Huaqui y sus nueve hermanos Cajías -escritores, antropólogos, fotógrafos, historiadores, textileros…- que correteaban por la vieja plazuela, quién sabe -tal vez los mayores- entre los apurados pasos de Gustavo Medinaceli, Armando Soriano Badani y otros cultores de la Segunda Gesta Bárbara, crucial episodio de las letras bolivianas en buena parte gestado en las empinadas y empedradas calles de Sopocachi.
Y más abajo, en la hoy celebérrima calle Goitia, doña Yolanda Bedregal, también por aquellos días, en la medianía del siglo pasado, no dejaba -me imagino- de escribir poemas y prosas, sin por ello escatimar su tiempo para apuntalar la vida artística y cultural paceña… a veces en el atelier de Gil Imaná e Inés Córdova en la calle Aspiazu, a veces, tal vez, en la imponente casa-taller de Alfredo La Placa o, de pronto, en alguno de los cafetines que recreaban los reputados locales parisinos y españoles.
¿No se habrán cruzado por ahí, alguna vez doña Yolanda, su amiga Marina Núñez, o incluso el maestro Juan Rimsa que frecuentaba la Escuela de Bellas Artes en la Rosendo Gutiérrez? ¿Habrán coincidido, tal vez, con el “Toqui” Borda que vivió un tiempo en la Belisario Salinas, donde hoy está instalado un boliche con motivos rockeros? Y hablando de rock, y por ende, renovación, también la posterior tertulia literaria paceña se mantuvo en Sopocachi como campo de acción en los 60, 70 y 80. Pregúntenle a Humberto Quino o Julio Barriga, por un lado. O a Jaime Nisttahuz, Edgar Arandia y Adolfo Cárdenas, por otro. Antes del Bocaisapo o los boliches “marginales”, la noche de la bohemia paceña giraba en torno a las plazas Abaroa y España. Y claro, la Carrera de Literatura en los límites mismos del barrio, a pasos del Monoblock, también aportó a consolidar este carisma.
Entre una y otra de estas generaciones y etapas, quién sabe, éstos y otros personajes -Jesús Urzagasti, yendo y viniendo del periódico a su morada en un pasaje a trasmano; Oscar Cerruto, corriendo de su casa a Cancillería; o las orureñas asentadas en La Paz, Hilda Mundy y Alcira Cardona- tuvieron que esquivar más de una vez a Manuel Monroy, el “Papirri”, que nunca dejó de meter goles en los imaginarios arcos del fútbol callejero a un costado del muro del Cine 6 de Agosto, en aquel pasaje en el corazón del barrio donde poco después empezó a puntear la guitarra y apuntar letras y acordes que no tardarían en consolidarlo como el trovador paceño per se de las postrimerías del siglo XX e inicios del siguiente.
El viejo Cine 6 de Agosto… -¿art decó?, ¿art nouveau?- que se salvó con las justas de convertirse en templo, primero, o en edificio después, como no ocurrió, tristemente, con la mayoría de las bellas casonas que alguna vez fueron obra de arte forjada durante décadas en la agreste hoyada.
“(…) bajando la 6 de Agosto y doblando hacia la calle Aspiazu, uno sabe, sin lugar a dudas, que está entrando en una zona muy especial en la cual, pese a los megadesastres de los últimos tiempos, se respira una intimidad, una armonía, una coherencia urbana que difícilmente pueden ser encontradas en ninguna otra parte de la ciudad”[4]. Así refleja, mejor que nadie, el maestro Juan Carlos Calderón, el devastador panorama arquitectónico, ¿acaso la amenaza mayor al patrimonio cultural de Sopocachi? Tal parece. Y ya lo advertía Saenz hace 40 años:

“Esta zona residencial de La Paz tiene un extraordinario encanto, con extensas y bien cuidadas avenidas, con árboles ornamentales y con amplios y acogedores parques, en cuya intimidad, en espacios umbríos, se puede respirar aire puro -y este encanto precisamente, si aún conserva su lozanía, es porque el desmedido impulso del progreso todavía no se ha manifestado en su verdadera magnitud, aunque sus estragos hanse puesto ya de manifiesto en la forma de altísimos edificios, los cuales vienen a romper la armonía y a deteriorar la atmósfera y el paisaje de la ciudad toda, y no solo ya de Sopocachi…”[5].

Encuentro esta cita de Miguel Sánchez-Ostiz:

“…me acuerdo ahora mismo de la arquitectura interior y exterior del edificio de la CAF, en la avenida Arce, de sus patios de luces, visitado en compañía de su arquitecto Juan Carlos Calderón, un apasionado de Frank Lloyd Wright, cuyas obras marcan el centro paceño. Pienso en la ciudad caótica vista al atardecer desde su alto estudio de la plaza Isabel la Católica donde reina un orden meticuloso, el de quien sigue dibujando a mano su ciudad vivida y soñada… Pienso también en otro de sus edificios, el de la Alianza Francesa, en Sopocachi, en La Comédie, un restaurante del pasaje Medinaceli, donde almorzamos con una amiga de Julio Cortázar que había vivido en Nueva York; pienso en esa otra La Paz tan poco indígena originaria, la de raíces criollas, y pienso en la maravillosa casa en Sopocachi, de Alfredo La Placa, maestro de la abstracción boliviana…”[6]. Sopocachi cosmopolita.

Sopocachi del Gastón Ugalde y su universo de sal. Del Mario Conde -siempre de paso y solo por los boliches-. Del Juan Conitzer, correteando de niño y rumiando arte y literatura, de mayor. Sopocachi de presentaciones, inauguraciones, lanzamientos, conversatorios y encuentros. De la plaza Abaroa antes de que se proscriban las guitarras. Del Equinoccio, del Socavón y del Thelonious -otro mártir de los rascacielos. “Sopochaki”, de las salteñas, chorizos y cebiches. Sopocachi preembarque al centro –preludio y remanso ante el caos-. Sopocachi, puerta de entrada a La Paz.
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Memoria y vida

La Fundación Flavio Machicado, la Organización Cultural Sopocachi y el Espacio Simón I. Patiño, -con las gestiones de sus respectivas cabezas, Cristina Machicado, Carlos Martínez y Michella Pentimalli-, junto a otras instituciones a las que se suman vecinos y profesionales sopocacheños exsopocacheños, amantes de este barrio… trabajan desde hace ya algún tiempo con el objetivo de recuperar, concienciar y promover el patrimonio tangible e intangible del barrio. Y es en ese marco que hace algunos días pusieron en marcha el colofón de un anhelado proyecto. “Sopocachi: memorias de un espacio singular 1900-1980”, una muestra que hasta inicios de junio abrirá en la sala del Espacio Patiño. Cientos de imágenes familiares, cotidianas -las más valiosas- de la zona acaso más querida de la La Paz de la modernidad, están al alcance de los visitantes, gracias a un esfuerzo conjunto propiciado desde el portal www.sopocachi.org/proyecto-memoria/
Las citadas instituciones aportaron fotografías de sus repositorios, y decenas de vecinos se sumaron, entendiendo todos el propósito mayor: mantener viva la memoria de Sopocachi, para reactivar su presente y garantizar su futuro. Las fotografías que ilustran estas páginas y la portada de LetraSiete, provienen de este valioso portal.




[1] Néstor Portocarrero (La Paz, 1905-1948), compuso el tango Illimani que en una de sus estrofas dice: “Sopocachi de mis sueños juveniles, / 15 abriles quién volviera hoy a tener, / Miraflores mi refugio dominguero / solo espero a tu regazo volver…”.
[2] De la Vega, Julio. “Para Huáscar Cajías de la Vega”, en Poesía completa. Gente Común. La Paz, 2008. Pág. 372.
[3] Saenz, Jaime. “El Montículo”, en Imágenes paceñas. Plural, Segunda edición. La Paz, 2012. Pág. 69.
[4] Fragmento de un texto de Juan Carlos Calderón que forma parte de la exposición “Sopocachi: memorias de un espacio singular 1900-1980”.
[5] Saenz, Jaime. “Sopocachi”, en Ob. Cit. Pág. 67.
[6] Sánchez-Ostiz, Miguel. Chuquiago. Libro inédito de próxima publicación.

lunes, 6 de marzo de 2017

Crónica

Poéticas de Marianne

 

Hugo –el autor- y Marianne, su musa, su eterna y silenciosa interlocutora, esta vez recorren Buenos Aires, a la sombra de Borges y otras facetas argentinas.

 

 

Hugo Rodas Morales



La ciudad vacía, bella en el verano, con el viento tibio que viene del río (…). Los populistas antiintelectuales con su oportunismo, pragmatismo, fetichización de la eficacia. “Cualquier poder siempre es más racional que cualquier razón política que no esté en el poder o no lo tenga” (Walsh).

Ricardo Piglia: Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices


¿Por qué desde el primer instante esta curiosidad por tu modo de abrazar el silencio? Este era “el punto”, el que disparó mis insomnios, cara, mis vueltas sin motivo aparente en la cama a las que tan pronto te acostumbraste, más dúctil al misterio, a la ausencia de explicaciones tan innecesarias para seguir.
Me importaba ese nacimiento de nuestras mezcladas percepciones, con razones tan diversas en su dirección como las de una raíz. Y no por darle un peso fundacional de hora cero, sino como ese lugar único de un plano mayor, desde el cual entender la dilatada esfera de la vida social en riesgo: cada día contigo como un día menos del indiferente mundo; no una egoísta autoafirmación, sino el valor del signo recibido en aquel mediodía en que decae invierno y se sugiere el verano, día de agosto con octubre, Marianne.
Es cierto que aquí escribo algo que se cumple mejor sin palabras, como en el murmullo aparentemente sin concierto pero realmente de mensaje con destinatario entre los pájaros al atardecer y cuando amanece. Entonces por qué -dijiste. Entonces “método indirecto” te contesté, como el que asoma en la traducción de Rafael Di Muro… -un momento, busco ese libro de 1974… Qué apellido apropiado Di Muro, no se diga el de la editorial bonaerense La Rosa Blindada, -cuando aún no existías como Marianne-; rosa sin porqué de Silesius, rosa cúbica de Ángel Valente, peregrina paloma imaginaria de Jaimes Freyre, rumbo a Buenos Aires...
Aquí está, una traducción del capítulo XVII de Truong Chinh sobre Liquidar las tendencias erróneas -“de eso justamente te quería hablar” Marianne, como decía cierta publicidad de 1989 en los cines porteños-, idea resumida así: “No entienden ni jota de lo complejo del proceso de esta guerra: el enemigo está ganando, pero sus éxitos lo conducen a su derrota. Estamos perdiendo, pero los reveses nos abren el camino de la victoria. (…) Si capitulamos o aceptamos un compromiso, nos dejaremos desarmar” (La resistencia vietnamita vencerá, págs. 125-126).
Nunca es visible al principio esa jota, no se trata de si existe en el idioma vietnamita o es obra de la traducción de Di Muro. ¿No fue ese aire, para ti nuevo, el que motivó tu respuesta sin espoleta a mis mensajes en “seguidilla” (horrible vocablo del doctor Sumayresta)? Canónicamente se me ocurrió llamar a Borges y su dragón escandinavo, en un avance lateral hacia la rosa de tu corazón, y fue anonadante descubrir que tu enojo, pidiendo tiempo para poder reflexionar sobre “los pibes alemanes”, no aludía a lejanos amigos tuyos sino propiamente a Marx y Engels, a los que -palabra de honor, sinónimo de lo sagrado que exhumo de mi pasado boliviano- jamás hubiera pensado como tales.
En ese tránsito tu-yo, por ese instante sin-miedo, con-vietnamita, era posible remontar la inmadura posición, según la cual el único lenguaje y consigna real entre una guevarista y un socialista era “guevarismo o socialismo”. Eso abrió otro marxismo, un horizonte en el que tú sabes que yo sé, y yo sé que tú sabes. Algo latente en la reserva de tus ojos y que emanaba sin ser solo tuyo; algo relacionado a los “pibes” aquellos; continuación de la historia como fuerza dialéctica de la negatividad, que siempre comienza por verse como lo que no es y no termina sin volver a comenzar.
Era la flor anónima de aquello que tú inicialmente, quizá por externalidades capitalistas del momento (el enfado de trabajar a disgusto), no viste: no el dragón, ni el oro que cuida y que no vale su peso; no Escandinavia con su dios Thor, el nuestro de todos los jueves (como el que ocupó a Alberto de la UNSAM el traslado mío de Ezeiza al hotel); no el triunfo vietnamita sobre tres tristes imperialismos, con su técnica guerra prolongada y un procedimiento semejante al indirecto de Borges, al “manejado con esplendor por Shakespeare al comenzar el acto quinto del Merchant of Venice”, sino el dios de tus reservas Marianne, el que acariciara a la distancia con palabras aladas:

Cuento los pocos días que te vi
            en el número de olas del mar de Virgilio,
esas que se pueden dibujar desde la infancia
como una eme invertida e interminable.

Pues libresco o no, más allá queda el tiempo de arena
que sin prisa pasa
para poder desordenar o alisar,
lenta
mente
tu cabello,
sosteniendo entre tanto
un oído en lo que dices
y otro en lo que no querrías decir.
(Es un volcán de sombras rojas la vida que aquí te llama).
           
“Lo que no querrías decir” pero advertiste en los juegos de Karl y Friedrich que compilara el libro que abrimos juntos a la distancia; lo que te preguntara yo mismo en ese juego de “verdad o reto” buscando infructuosamente el sésamo de los secretos; obligado al arte que cualquier vampiro, pero ningún zombi, que merezca su “volcán de sombras rojas” sabe, mirando fijamente lo que importa: la línea invisible de tu cuello subrayada por uno de tus dedos, las inflexiones de tu voz en relación a la mirada, el rojo fresco de tu boca en el mercado de Liniers:

-ahí, en el fondo de un simple vaso boliviano,
deshidratado, andino,
blando de anhelo,
un durazno gemelo al del deseo
esperó también tu boca y tu cuello.
(Los tuvo, si bien recuerdo).

Poética ajena a todo populismo, incluido el que llevara al extraordinario periodista Rodolfo Walsh de Buenos Aires a La Paz en 1971 -de tu vida de hoy a las calles previas de tu infancia, Marianne-, para escribir, en esa tendencia errónea que Piglia criticara detrás de Renzi, que la exigencia de Marcelo Quiroga Santa Cruz en el sentido de socializar la economía boliviana le parecía “impaciente”. Poética que ofrece el cuello a vampiros o lobos para desorientarlos: la que lucieras en tu defensa de tesis, en el mismo salón en el que nos encontráramos y del que recuerdo la puerta siempre abierta, las ventanas que no podían cerrarse, la mesa amplia en su original rectangularidad, tu nombre en el aire, Marianne.



martes, 28 de febrero de 2017

Crónica

Samba, a ti te canto



Una crónica sobre el centenario de la samba. El carnaval íntimo en Pedra do Sal, la cuna carioca del ritmo. En 1917, el germinal “Pelo Telefone” conquistó la Cidade Maravilhosa.  


Nicolás G. Recoaro 
 


Todos los días lunes, religiosamente, los fieles se congregan en la Pedra do Sal. La catedral a cielo abierto de la samba carioca se erige en el popular barrio de Saúde, en la zona céntrica de Río de Janeiro. Al pie de una escalera tallada en las rocas, sobre la rua Silva Pinto. De espaldas al ostentoso paseo marítimo y a los flamantes museos construidos para la celebración de los Juegos Olímpicos.
Sobre la diminuta plaza seca hay un solitario cocotero. Desde el atardecer, los puestos de los vendedores de cerveza y caipiriña florecen cerca de la mesa que oficiará como altar. Una carpa colorida completa la escenografía. Las paredes de las casas que custodian el ágora están tatuadas con grafitis. Sobre una de ellas, hay un esténcil con el busto de una morocha de rulos eléctricos, acompañado por una advertencia: “Crespo es bello, feo, ese es su prejuicio”. No muy lejos, otro reza “Fora Temer”.
A las ocho de la noche, el sol tremendo se despide de la Cidade Maravilhosa. Sin embargo, el calor se resiste y no da respiro en este barrio bautizado como la “pequeña África” por el compositor Heitor dos Prazeres, uno de los santos patronos del género junto a Cartola, Nelson Cavaquinho, Adoniran Barbosa y Aniceto do Império.
Viejo mercado de esclavos y escenario de ofrendas a los orishá africanos. Para las primeras décadas del siglo XX, Pedra do Sal se transformó en el punto central de reunión para los músicos que descendían al bajofondo carioca desde los empobrecidos morros.
“Esta es la cuna de la samba: la zona portuaria, el barrio de migrantes bahianos y, sobre todo, el territorio de los esclavizados”, asevera rotundo Neis Jota Carlos, un elegante jubilado ataviado de punta en blanco: sombrero jipijapa, guayabera crema y zapatillas de running al tono albino. Neis araña los 80 años, es mecánico hidráulico jubilado y está casado hace décadas. Muchas décadas, subraya. Su pasión es la música en general, y la samba en particular. Toca, canta y compone. Mientras degusta una lata de Antártica bien helada, recuerda sus primeras derivas bohemias en la Pedra do Sal: “Cuando era joven, venía con amigos a cantar y tomar unas cervezas. No era ni por asomo lo que puede ver usted ahora, con tanta gente. Esto era más bien un desierto”. Neis resalta que con el paso del tiempo, y pese a las reticencias de la élite, la samba ganó miles de fanáticos y se transformó en parte fundamental de la identidad nacional brasileña. Antes de perderse en el mar de danzarines y turistas, arriesga: “Acá se dio el origen. Pedra do Sal es la génesis de nuestra cultura.”
Rotas cadenas

Por estos días, la samba festeja su centenario y lo hace, obviamente, bailando y cantando en Río. Las crónicas de época cuentan que el 27 de noviembre de 1916, se registró en la Biblioteca Nacional de Brasil la primera “samba carnavalesca” de la historia, titulado simplemente Pelo Telefono. La canción hizo delirar a los cariocas en el carnaval de enero de 1917. El compositor Ernesto dos Santos, “Donga”, y el periodista Mauro do Almeida figuran en los registros oficiales como autores de la pieza. Detalle no menor, polémico y sobre todo discutido, ya que las malas lenguas cuentan que en realidad Pelo Telefono fue una creación coral parida por media docena de músicos. Un colectivo bohemio y errante que solía reunirse en la zona portuaria a cantar en ronda y celebrar el candomblé. Encuentros que se realizaban en la casa de Tia Ciata, una migrante bahiana, referente afrobrasileña e indiscutible madrina de la samba.
“Es imposible separar la historia de la samba de la cultura de los esclavizados. Aquí cerca llegaban los navíos negreros con los hombres y mujeres que sobrevivían y no eran arrojados al mar luego de las penurias del viaje. Muchos se establecieron por esta zona”, recuerda con aires de historiador revisionista Peterson Vieira, un percusionista que integra el grupo que animará la velada. Agrega que toca samba desde la cuna, arrancó a ganarse los primeros mangos en el gremio a los 11 años. Hoy tiene 41 y desde hace ocho se dedica full time a darle duro y parejo al pandeiro. “La Pedra do Sal era el lugar donde descargaban la sal que se utilizaba para conservar los alimentos. Cuando se abolió la esclavitud, construyeron sus viviendas rodeando la piedra. Ellos mismos tallaron los escalones”, dice el músico y señala la curtida roca. Mientras calienta sus muñecas, Vieira afirma con orgullo que su familia desciende de aquellos esclavizados que plantaron la semilla de la samba. “El género tuvo su etapa under y marginal, porque los ricos la escuchaban con desprecio. Pero siempre fue popular. Lo importante es que las nuevas generaciones se siguen acercando, la samba los moviliza. Y eso se puede ver y sentir acá”, dice y se acomoda en la cabecera de la mesa, junto a sus fieles mosqueteros: “El buen sambista tiene que preocuparse por la cultura, construir su propio estilo y, sobre todo, amar el samba”.

Samba de mi esperanza  
Cuando faltan pocos minutos para las nueve de la noche, los músicos sueltan amarras y así comienza una larga travesía por un mar de sambas. Desde los pequeños parlantes: guitarras, cavaquinhos y surdos hacen de las suyas. En la plaza y sobre la rocosa tribuna, los fanáticos comparten cervezas y también algo de maconha. Mueven el esqueleto con dosis desparejas de elegancia y frenesí.

“No tenemos un repertorio fijo, hay que estar atentos a los pedidos de la galera”, cuenta Vinicius, un jovencísimo guitarrista. Mientras ajusta las cuerdas de su instrumento, confiesa que la samba es su familia, su cómplice y todo. En la rua, codo a codo con sus colegas, aprendió que el mejor sambista sabe combinar la intuición con la armonía, y no deja afuera el arte de la improvisación. Antes de volver al ruedo, el violero recomienda Samba da Bencão, un clásico de su afamado tocayo Vinicius de Moraes, como metáfora de los tiempos agitados y algo oscuros que vive Brasil. Un poema que homenajea a los grandes sambistas y a sus creyentes. En una de sus estrofas dice: “El buen samba es una forma de oración / Porque el samba es la tristeza que compensa / Y la tristeza siempre tiene una esperanza / De un día no ser más triste”. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Crónica

Ciao al amor, Marianne



Esta vez la crónica-ficción de Rodas, además de la infaltable saudade, lleva un inconfundible tono y acento italiano.


Hugo Rodas Morales 







Dos modos de considerar la utopía: por lo que en ella 
parece realizable o como capacidad de desear una 
vida distinta, (…) que nos libere por dentro para 
hacernos capaces de liberarnos por fuera.

“Sobre Fourier”, en Punto y aparte. Italo Calvino


Ya no podrás decirme Marianne, que mis mensajes te resultan conmovedoras palabras provenientes de la isla de la utopía; prolongar esa alergia emocional de finales sin principios de tu último email: “Las cosas, como sea -escribiste, no era necesario más- empiezan y terminan; yo suelto rápido lo que no me gusta, lo que no está claro”.
Que te escribo ahora bajo la influencia de drogas sería inútil negarlo. Me circula la peor, la música, esa que -como Lenin comentaba a Gorki y recalenté para ti- induce a acariciar la vida mundana en vez de golpear a la cabeza de las gentes, como haría una revolución cultural en forma, sin un Mao que la atempere, una que el populismo antiintelectual latinoamericano no, no y no está en condiciones de imaginar… Tangos y milongas, para ser más preciso, dime tú, embebida como estás por origen de esto, si no hay algo más morfinizante.
En esas estaba, cuando te viera como fondo de lo que declarara el protagonista de Tornatore, en La corrispondenza (2016) a su Amy ficticia: “Ni siquiera podemos entender la verdad del amor”. Me recordó, a tantísimos años de vista, la supercomputadora HAL 9000 de Kubrick en su 2001. Odisea del espacio (1968), ocultando su peligrosidad: “Estoy medio loco por tu amor”. Tales alusiones al amor platónico, en la línea de Fourier, mentalmente libre a la vez que básicamente candoroso, me despertaron, en contragolpe, a la realidad.
El amor, claro, no existe sino como deseo de que exista. Eso en el común de los casos y en el nuestro, Marianne. La nuestra es una historia de amor aunque más de una -la Otra, siempre terrible- diga que no, que no bastan Platón ni Fourier si faltas tú; que ando invariablemente distraído por ti y tú variablemente distraída con cualquier otra cosa. Este chau que te parecerá de saludo leyéndome, mientras a mí me siguen lloviendo certezas de esas que no se encuentran buscándolas, es algo más que los pasos, ¿cómo dirías?, “superagradables”, los estremecimientos derivados de ese tatuaje, en la zona esa, que te recordará aquello, Marianne.
Con todo, como insistencia poética mía no está tan mal; flamígera y dulce violencia de estrellas espinosas plantadas como símbolos de una soledad inmensa. ¿Entonces, no amor sino narcisismo lingüístico? ¡Oh, la verdad y la comunicación clara! La comunicación humana -perdóname que te lo refriegue por nosecuantísima vez- se logra entre sobreinterpretaciones distintas del mismo mensaje. Por eso entiendo por qué en medio de mi propia claridad sobre lo no claro, hasta el final, a pesar de decírtelo con la más italiana de mis manos, en gota de desesperación debajo de la barbilla, rompías mi inspirada filípica llorando, porque no nos entendíamos “de verdad”. Pero attenzione Marianne, pon aquí el ojo de la interrogación a eso de tener el objetivo claro: ya no se trataba solo de mí; si acaso leyeras Los amores difíciles, de Calvino lo entenderías a la primera; sabrías que la variedad de “hormiga argentina” es la más difícil de eliminar porque los amores ridículos son los verdaderos. Sabrías.
Es cierto, coloqué acentos y puntos a tus íes, te pinté con colores tan ajenos a los de tu elección -pero, ¿quién te dijo que elegimos, quién?-, tanto que al amarlos gratuitamente, al ponderarlos, obraron más allá de mí. Esas palabras te rehicieron con un equívoco nuevo, con puntas de malentendidos más reales que las que habrás compartido con un amigo, intercambiado con una amiga, concedido a un amante, sacrificado a un amor, Marianne. Por esas incursiones nada superficiales en lo tuyo, un idioma extraño aunque pariente latino, fue gesto y naturaleza no sometida por el miedo a los afectos humanos:

La delicadeza del francés regalado a tu boca:
            ábrela Marianne, pas comme des animaux
como promete la playa de tus días a la noche pensativa de mi pasión,
            pas comme des animaux.
Siempre y jamás que arrastran mis labios por tu costado izquierdo
             pas comme des animaux;
de frente para hablar con tu ombligo y por atrás escuchándote,
   musitando: pas comme des animaux.

¿Más ejemplos de lo que llamaras “nuestra incomunicación”? Recuerda entonces que el giro de una ocurrencia deviniera en 180 grados de atención compartida, cuando viajando en transporte urbano te propusiera observar expresiones de ternura de los padres hacia los niños, mayores a las de las madres -y una hipótesis alternativa que no se me ocurriera, la del “índice proporcionalmente relacionado a la afectividad superior femenina, regulativa del amor cotidiano, respecto a la masculina expresada por excepción”-. Entonces, sin tiempo para pensarlo, para que lo rechazaras Marianne, miramos -¿seguirás diciendo “estadísticamente”?- en la misma dirección, comulgando en un “sí, parece que sí”; metalenguaje de antenas y arrobo sincrónico, que debió parecer al observador común otra prueba de estupidez compartida.
“No hijos, no matrimonio, no vida en pareja” –apuntaste-, mientras te decía: “Sí hijos, sí matrimonios (sic), sí vida emparejada”. Por todo, lo que te sigue pareciendo coincidencia y ha sido de algún modo corrispondenza, queda abierto como pregunta. No diré como en el filme de Tornatore, que “estuvimos juntos incluso cuando la distancia nos separó”; más bien pondré en pasado lo que Cortázar en el metro de Buenos Aires: “Solo nosotros supimos estar distantemente juntos”. No es igual, aunque Cortázar no te cope.
Ahora que ya es de mañana y voy por la nueva línea de buses directos desde la Facultad de Filosofía de la UNAM a la zona cultural ídem, me sucede que todo es menos real que cuando imagino que estás conmigo: si subo al bus, realmente y solo, pienso tan intensamente en ti, como no logro hacerlo imaginando que estás, resultado de lo cual ya no es posible disfrutar nada, de ninguna manera. Ahora tu luna se siente anormalmente cálida, bañada de luz mexicana, ahora que mirando desde el borde final, cuando te escribo ya a punto de saltar, me doy la vuelta para decirte: ciao Marianne, ciao.