martes, 28 de febrero de 2017

Crónica

Samba, a ti te canto



Una crónica sobre el centenario de la samba. El carnaval íntimo en Pedra do Sal, la cuna carioca del ritmo. En 1917, el germinal “Pelo Telefone” conquistó la Cidade Maravilhosa.  


Nicolás G. Recoaro 
 


Todos los días lunes, religiosamente, los fieles se congregan en la Pedra do Sal. La catedral a cielo abierto de la samba carioca se erige en el popular barrio de Saúde, en la zona céntrica de Río de Janeiro. Al pie de una escalera tallada en las rocas, sobre la rua Silva Pinto. De espaldas al ostentoso paseo marítimo y a los flamantes museos construidos para la celebración de los Juegos Olímpicos.
Sobre la diminuta plaza seca hay un solitario cocotero. Desde el atardecer, los puestos de los vendedores de cerveza y caipiriña florecen cerca de la mesa que oficiará como altar. Una carpa colorida completa la escenografía. Las paredes de las casas que custodian el ágora están tatuadas con grafitis. Sobre una de ellas, hay un esténcil con el busto de una morocha de rulos eléctricos, acompañado por una advertencia: “Crespo es bello, feo, ese es su prejuicio”. No muy lejos, otro reza “Fora Temer”.
A las ocho de la noche, el sol tremendo se despide de la Cidade Maravilhosa. Sin embargo, el calor se resiste y no da respiro en este barrio bautizado como la “pequeña África” por el compositor Heitor dos Prazeres, uno de los santos patronos del género junto a Cartola, Nelson Cavaquinho, Adoniran Barbosa y Aniceto do Império.
Viejo mercado de esclavos y escenario de ofrendas a los orishá africanos. Para las primeras décadas del siglo XX, Pedra do Sal se transformó en el punto central de reunión para los músicos que descendían al bajofondo carioca desde los empobrecidos morros.
“Esta es la cuna de la samba: la zona portuaria, el barrio de migrantes bahianos y, sobre todo, el territorio de los esclavizados”, asevera rotundo Neis Jota Carlos, un elegante jubilado ataviado de punta en blanco: sombrero jipijapa, guayabera crema y zapatillas de running al tono albino. Neis araña los 80 años, es mecánico hidráulico jubilado y está casado hace décadas. Muchas décadas, subraya. Su pasión es la música en general, y la samba en particular. Toca, canta y compone. Mientras degusta una lata de Antártica bien helada, recuerda sus primeras derivas bohemias en la Pedra do Sal: “Cuando era joven, venía con amigos a cantar y tomar unas cervezas. No era ni por asomo lo que puede ver usted ahora, con tanta gente. Esto era más bien un desierto”. Neis resalta que con el paso del tiempo, y pese a las reticencias de la élite, la samba ganó miles de fanáticos y se transformó en parte fundamental de la identidad nacional brasileña. Antes de perderse en el mar de danzarines y turistas, arriesga: “Acá se dio el origen. Pedra do Sal es la génesis de nuestra cultura.”
Rotas cadenas

Por estos días, la samba festeja su centenario y lo hace, obviamente, bailando y cantando en Río. Las crónicas de época cuentan que el 27 de noviembre de 1916, se registró en la Biblioteca Nacional de Brasil la primera “samba carnavalesca” de la historia, titulado simplemente Pelo Telefono. La canción hizo delirar a los cariocas en el carnaval de enero de 1917. El compositor Ernesto dos Santos, “Donga”, y el periodista Mauro do Almeida figuran en los registros oficiales como autores de la pieza. Detalle no menor, polémico y sobre todo discutido, ya que las malas lenguas cuentan que en realidad Pelo Telefono fue una creación coral parida por media docena de músicos. Un colectivo bohemio y errante que solía reunirse en la zona portuaria a cantar en ronda y celebrar el candomblé. Encuentros que se realizaban en la casa de Tia Ciata, una migrante bahiana, referente afrobrasileña e indiscutible madrina de la samba.
“Es imposible separar la historia de la samba de la cultura de los esclavizados. Aquí cerca llegaban los navíos negreros con los hombres y mujeres que sobrevivían y no eran arrojados al mar luego de las penurias del viaje. Muchos se establecieron por esta zona”, recuerda con aires de historiador revisionista Peterson Vieira, un percusionista que integra el grupo que animará la velada. Agrega que toca samba desde la cuna, arrancó a ganarse los primeros mangos en el gremio a los 11 años. Hoy tiene 41 y desde hace ocho se dedica full time a darle duro y parejo al pandeiro. “La Pedra do Sal era el lugar donde descargaban la sal que se utilizaba para conservar los alimentos. Cuando se abolió la esclavitud, construyeron sus viviendas rodeando la piedra. Ellos mismos tallaron los escalones”, dice el músico y señala la curtida roca. Mientras calienta sus muñecas, Vieira afirma con orgullo que su familia desciende de aquellos esclavizados que plantaron la semilla de la samba. “El género tuvo su etapa under y marginal, porque los ricos la escuchaban con desprecio. Pero siempre fue popular. Lo importante es que las nuevas generaciones se siguen acercando, la samba los moviliza. Y eso se puede ver y sentir acá”, dice y se acomoda en la cabecera de la mesa, junto a sus fieles mosqueteros: “El buen sambista tiene que preocuparse por la cultura, construir su propio estilo y, sobre todo, amar el samba”.

Samba de mi esperanza  
Cuando faltan pocos minutos para las nueve de la noche, los músicos sueltan amarras y así comienza una larga travesía por un mar de sambas. Desde los pequeños parlantes: guitarras, cavaquinhos y surdos hacen de las suyas. En la plaza y sobre la rocosa tribuna, los fanáticos comparten cervezas y también algo de maconha. Mueven el esqueleto con dosis desparejas de elegancia y frenesí.

“No tenemos un repertorio fijo, hay que estar atentos a los pedidos de la galera”, cuenta Vinicius, un jovencísimo guitarrista. Mientras ajusta las cuerdas de su instrumento, confiesa que la samba es su familia, su cómplice y todo. En la rua, codo a codo con sus colegas, aprendió que el mejor sambista sabe combinar la intuición con la armonía, y no deja afuera el arte de la improvisación. Antes de volver al ruedo, el violero recomienda Samba da Bencão, un clásico de su afamado tocayo Vinicius de Moraes, como metáfora de los tiempos agitados y algo oscuros que vive Brasil. Un poema que homenajea a los grandes sambistas y a sus creyentes. En una de sus estrofas dice: “El buen samba es una forma de oración / Porque el samba es la tristeza que compensa / Y la tristeza siempre tiene una esperanza / De un día no ser más triste”. 

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