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lunes, 13 de febrero de 2017

La palabra teleférica

Trilogía del agua (I): El bicho del pozo

Después de unos meses de pausa, Juan Pablo Piñeiro retoma su columna mensual con esta terrible alegoría de los humanos



Juan Pablo Piñeiro

Todos tenemos un bicho adentro. Y está tan adentro que no hay manera de conocerlo. En la oscura y humedecida piel de nuestras entrañas, sus colores no son distintos de nuestros colores. Quizás el bicho en realidad es una parte indivisible del cuerpo, o quizás nuestro cuerpo también es el suyo. Lo que está claro es que el bicho siempre respira en silencio. Agazapado en nuestra sombra espera la oportunidad propicia para tomar el control o para invocar una de esas sutiles voces que empenumbradas vierten sus tonos en el único timbre de voz que solamente uno mismo escucha, esa incesante voz que nos habla desde nuestro cráneo, o por lo menos eso es lo que quiere que pensemos.
Este mundo no está tejido con hilos, está tejido con seres y, por lo mismo, posee infinitas gamas y matices. Está bordado además el reflejo de cada cosa que existe dentro de él, es decir: todo existe. Y es que el universo simplemente es la suma de lo que cada uno es y de todo lo que cada uno no es, o por lo menos eso es lo que quiere pensemos.
Así como hay luces de neón adornando con sus destellos insomnes la soledad de ciertas carreteras. Así como hay luces hipnóticas modelando nuestra mente en los hogares de casi todos los confines del planeta. Así como hay luces asesinas que descubren a sus víctimas en medio de la noche, y ocultan la mano que mata sin apretar el gatillo. Así también hay luces verdaderas. Luces poderosas. Luces que transforman. Luces que no matan pero muestran. Y lo que nos muestran nos hace temblar hasta rompernos el pecho. Una luz de este calibre nos permite ver con claridad el rostro del bicho que nos habita. Descubrir de qué está hecho. El mío está hecho de miedo, me imagino que también el de todos. El miedo lo nutre, lo hace crecer, hasta que aparece cada vez más confiado, repartiendo consejos a diestra y siniestra. El miedo es el origen de todo lo que es ruin. Y con esa simple constatación uno puede descubrir cosas más importantes. Uno puede deducir que si el tal bicho está aquí para destruirnos y su notoria impronta es el miedo, entonces claramente no nos conviene alimentar lo que lo alimenta. ¿Para qué?
Hay una gran diferencia entre un bicho y un insecto. Un bicho siempre trae consigo una sensación incómoda y desagradable. Bicho le decimos a todos esos insectos cuyo nombre desconocemos pero que nos molestan. Bicho incluso puede ser un puercoespín, una carachupa o una rata que se mete de noche a nuestro jardín. En cambio los insectos son otra cosa, son el detalle, la filigrana de la creación. En ellos seguramente reposa el futuro, nuestro futuro.
Al ritmo que van las cosas, es muy difícil que podamos alimentarnos de animales por mucho tiempo. Seguramente en menos de lo que canta un gallo, habrá criaderos de escarabajos y hormigas. Habrá chips de patas de grillo, ensaladas de mariposas, o puré de larvas para los más pequeños. Con seguridad, el galán del futuro cocinará un delicioso escarabajo titán al horno relleno con caviar de hormiga blanca para impresionar a su novia. Y sin embargo eso no es nada, el verdadero encanto de los insectos está en el misterio que cargan, en las secretas órdenes que acatan y en los múltiples mundos que pueden explorar.
Debo confesar, sin embargo, que hay insectos que me repugnan, habiendo tantos, eso es normal. Cualquiera que haya sufrido el asedio de una plaga de pichilinga, la pulga que agarran las gallinas, seguramente no querrá saber nunca más de este bicho. O las mismas cucarachas, tan fascinantes en teoría y tan ominosas en la práctica. Muchos no saben que cuando una cucaracha es aplastada, bota sus huevos para reproducirse. En pocas palabras, se reproduce cuando muere. Se multiplica al desaparecer. Es lo más cercano a una resurrección. Además la cucaracha carga con un pesado destino porque se humaniza, y aprende a vivir en los rincones oscuros y descuidados de nuestra casa. Nos parece desagradable porque nos recuerda al bicho interior, ese que sabemos que está en esos mismos rincones de nuestro cuerpo. Aún así, ni la pichilinga ni la cucaracha merecen ser odiadas porque son sin duda un engranaje más de la creación. Y generalmente las grandes maquinarias deben su funcionamiento a las piezas más pequeñas y singulares.  
Al que no hay que tenerle consideración alguna es al bicho del pozo que, aunque parece insecto, estoy seguro que en verdad es un bicho. Yo solamente lo vi una vez, después de una de las inundaciones que sufrió Cobija. Antes de detectarlo, subiendo por la puerta, advertí su ominosa presencia como un presentimiento incómodo y desprovisto de toda luz. El bicho tiene muchas patas pero es difícil saber cuantas porque su figura es movediza como un holograma. Tiene algo de esos bichos misteriosos que habitan las profundidades del mar. Los que lo conocían me dijeron que ese delicado monstruo es un bicho que aparece en los pozos de agua.
El ritmo de su movimiento es capaz de entorpecer cualquier otro ritmo. Está ahí como un reflejo de nuestro propio bicho. Se mueve con rapidez y después desaparece, como si solamente se conformará con hacerse ver una vez, para inyectar terror en los que lo miran. Ese es el famoso bicho del pozo. Terrorífico como el guanaco del Chaco. Ese desquiciado bicho que habita dentro de los huecos y que solamente sale a la luz cuando se introducen hormigas en el hoyo donde vive. Un bicho similar al que llevamos dentro.
Amo mi país y a veces lo amo tanto que cometo el error de idealizarlo. Lo defiendo a ultranza cuando es necesario, porque obviamente es parte de las pocas cosas intransferibles que llevo dentro, pero muchas veces, cuando estoy solo, sufro por él y por todos mis paisanos. Sufro porque sé que, aunque no quiera aceptarlo, mi país también tiene un bicho adentro. Un bicho que está impregnado en todo y nos convierte en una lamentable mentira. Al parecer nadie lo mira, nadie sabe que está ahí, en la falsedad con que construimos nuestra vida, en la mediocridad con la que nos la ganamos y en el uso abusivo de cualquier poder que se nos otorga. Nuestro bicho es un burócrata de pozo. Un bicho, que al igual que las cucarachas, se reproduce cada vez que muere. Finalmente el agua del pozo es lo de menos, la cosa es el bicho que lo habita.

     

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