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lunes, 13 de febrero de 2017

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Iniesta

Cuando el pasado 23 de enero el genial centrocampista español recibió el Premio Reina Sofía –cuenta Cachín Antezana- retomó un texto que tenía archivado. Va aquí parte de ese trabajo mayor, sobre el más incomprendido de los futbolistas de hoy en día. Más cerca de Joyce que de Shakespeare.




Luis H. Antezana J. 

Desde Pitágoras o Euclides, por lo menos siempre se ha sospechado -hasta proclamado- que el Universo posee un Orden y que este es matemático. De ahí solo hay un paso para pensar que ese Orden es numérico. No faltan campos, terrenos, ámbitos, contextos donde esas sospechas no son tan desquiciadas, pero eso de buscarle números al fútbol exagera, creo, esa mera probabilidad.
Hoy, la mejor prueba de que es un desatino eso de buscarle números al fútbol es Andrés Iniesta, “el mejor jugador de fútbol del mundo”, como afirmó alguna vez Menotti. La actual vedette de los números en el fútbol, el número de goles convertidos por partido, temporada, o finalmente hasta de una vida profesional, nada tiene que ver con Iniesta quien solo de rato en rato convierte algunos, como aquel que le dio su Mundial a España. Quizá, por ahí, debe tener un número relativamente alto de pases de gol (“asistencias”, como reza el anglicismo de moda), pero, cómo diablos miden el resto de sus pases, cambios de frente, sus paredes de primera en medio de laberintos de piernas rivales, sus salidas en milimétricos espacios junto a la línea de cal entre tres y hasta cuatro rivales al acoso, sus giros, sus gambetas, sus pisadas, siempre con un total dominio del balón, cómo diablos miden su capacidad de reordenar con su sola presencia un partido anodino de meras ganas, “garra” y esfuerzos para convertirlo en un juego de habilidad e ingenio… ¿Dónde están los números que podrían ordenar a Iniesta si él, como diría Joyce, es per se un Chaosmos, es decir, un caos de calidad capaz de darle Orden al Cosmos?
En esa vena, en el caso de Iniesta, Shakespeare, por boca de Macbeth, habría dicho: “El mundo de los números es [ante su juego] un cuento contado por un idiota con mucho ruido y furia y que nada significa”. Algo así. Hablando de Shakespeare, hace mucho tiempo alguien cuyo nombre no recuerdo, le dedicó un ensayo a Pelé, ensayo que, en esas épocas, resultó ser todo un canon de referencia: “Pelé, el Shakespeare del fútbol”. Fue, quizá, más allá de las sospechas de los tifosi ante Pelé y la selección del 58, la primera vez que el fútbol se trataba como arte, como poesía; pero, aunque Harold Bloom, seguramente, insistiría en que no hay mejor parámetro que Shakespeare para indicar todo aquello que supone excesos cualitativos, irreductibles a conceptos o números, en el caso de Iniesta me tienta aproximarlo a Joyce quien, aunque irlandés, escribió en el idioma de aquellos que inventaron el fútbol. Algunos partidos de Iniesta se parecen a los cuentos de Dublineses, es decir, a un conjunto de relatos aparentemente insignificantes, pero que, como se sabe, son también una serie de irreductibles “epifanías”.
Eso, por un lado, por otro, cuando Iniesta entra desde el banco en esos partidos en los que el Barça, pese a sus antecedentes, juega sinsentido, como cualquier otro equipo, cuando Iniesta entra y, de súbito, todo empieza a brillar -“funcionar”, dirían los mecanicistas- entonces, recuerdo al Ulises; a ese minucioso y anodino día del insignificante Leopold Bloom que, sin embargo, gracias al lenguaje que narra esas banalidades resulta, como se sabe, una de las joyas de la literatura contemporánea. Y, porque a Iniesta, salvo alguna nominación, nunca le dieron el Balón de Oro, puede ser que aunque se reconozca la maravilla de su juego, como el Finnegans Wake, en el fondo, nadie entiende lo que realmente ahí sucede, menos, mucho menos, aquellos que creen que hay medidas para lo incomprensible.
Irreductible, el juego de Iniesta, felizmente, aunque inclasificable, innumerable, es, sin duda, uno de los más bellos regalos del fútbol al posible Orden en el Universo. Epifanías.


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