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martes, 28 de febrero de 2017

Patio interior

Entre palabras y palabras y palabras…



Benjamin Lee Whorf y Wilhelm von Humboldt, entre otros, ayudan al autor en esta provocadora reflexión sobre la palabra -la lengua, más propiamente- y su trascendencia en quienes la hablan y, por lógica consecuencia, en el mundo en general.


Juan Cristóbal Mac Lean E. 

Nada más natural que una reflexión sobre la poesía sea al mismo tiempo una reflexión sobre la lengua, sobre el lenguaje, sobre la palabra. Y, por ahí, sobre la traducción. Pero llegamos inevitablemente a un punto en el que al preguntarnos sobre la naturaleza de la lengua en su relación consigo misma y con el mundo, tal interrogación dé lugar a posiciones contrastadas.
De un lado un universalismo chomskiano (ya en franco retroceso) para el cual, independientemente de las grandes diferencias de las muchas lenguas entre sí, habría una matriz general y universal que antecede, como una disposición genética, a cada lengua concreta que nazca de ella; habría una estructura profunda que subyace a todas, de tal modo que lo primero que hay que destacar antes que su profusión es esa supuesta matriz o gramática universal de la que sin excepción provendrían todas (algo luego desmentido por los hechos).
Muy lejos de una posición así, y de forma mucho más empapada del conocimiento real de lenguas, de un verdadero trabajo de campo lingüístico, las corrientes que pueden llamarse particularistas o monistas defienden, más bien, la unicidad de cada lengua, la forma en que solo ella, cada una de ellas, tiene de decir las cosas como de formar y predeterminar el mundo que se dice y que se ve. A tal lengua, tal mundo.
La de Benjamin Lee Whorf (1897-1941) es una figura ya relativamente diluida, de rebordes esotéricos (por el lado Gurdieff-Ouspensky) y labrada, sobre todo, a la deriva de las corrientes de la lengua hopi. (Extrañeza y particularidad de los hopi: ocupan un importante lugar en Aby Warbur y en D.H. Lawrence que, visitantes, describen la impresionante danza del “ritual de la serpiente”. Y hopi también son las extraordinarias muñecas katchinas y las pinturas en la arena).
Fue, en efecto, su conocimiento y sus discusiones de y sobre la lengua hopi los que llevaron a afianzar la que luego sería conocida como la hipótesis Sapir-Whorf (siendo Sapir una lumbrera, una generación mayor, de las lenguas amerindias), según la cual hay una estrechísima, inexorable y radical relación entre pensamiento y lenguaje. Dime qué idioma hablas y te diré cómo piensas.
Hay fulguraciones como estas en su prosa y sus exposiciones casi impacientes, con grandes ambiciones de conocimiento: “las formas de los pensamientos de una persona están controladas por leyes de formas-patrones de las que es inconsciente. Estos patrones son la no percibida e intricada sistematización de su propio lenguaje…”. O: “cada lenguaje es un vasto sistema de formas (pattern-system), diferente de todos los otros,  culturalmente ordenado por las formas y categorías con las que la persona no solo se comunica, sino que analiza la naturaleza, percibe o se salta los fenómenos, canaliza sus razonamientos y construye la casa de su inconsciente”. (Language, mind and reality, disponible en internet).
Pero pasado un primer asombro, hay grandes figuras deseosas de enterrar definitivamente a Whorf. Así Max Black, con corrosivo humor, sobre la insistencia en querer afirmar la naturaleza inconsciente del sistema fonológico: “Es como preguntarse si la geometría euclideana es parte del mobiliario mental de un hombre ordinario que no aprendió geometría formal” (En The labyrinth of language). Pero una y otra vez, resurgen las posiciones whorfianas. Puede verse en Youtube, por ejemplo, a la extremadamente bella Lera Borodisty sosteniendo, con gran solvencia, la referida hipótesis.
Se considera que las consideraciones sobre el lenguaje de Wilhelm von Humboldt, en la primera mitad del siglo XIX, también se sitúan en una perspectiva afín a la posterior hipótesis Sapir-Whorf. Puede ser que ambas, en efecto, acarreen agua a un mismo molino. Sin embargo y si así fuera, lo hacen desde horizontes muy distintos. Las reflexiones de Humboldt sobre el lenguaje tienen una hondura psicológica y filosófica de la que carece Whorf. No en vano Heidegger, en sus disertaciones sobre el lenguaje (El camino a la palabra) cita tanto y con tanta deferencia las observaciones debidas al “penetrante ojo” de Humboldt. Y si bien este ojo se entrenó recorriendo continentes y países, mares, selvas y montañas, clasificando plantas y piedras, corrientes, mientras este ojo miraba, la lengua no descansaba: si a los 13 años ya hablaba con fluidez francés, latín y griego, aún joven habría de escribir sobre el vasco o euskera (que le pareció la lengua más antigua de Europa), que por supuesto llegó a aprender, así como más tarde lo haría con todas las lenguas románicas, antiguo islandés, lituano, polaco, armenio. Y le eran familiares el hebreo, el árabe y el cóptico, el sánscrito ni qué decir. Estudió chino, japonés, siamés y tamil. Lenguas nativas de Sur, Centro y Norteamérica. Sin duda que aprendió el quechua durante su estadía en Ecuador, donde entre otras cosas escaló el Chimborazo y descubrió dónde poner la línea de Ecuador.
De la fusión lenguaje-pensamiento por cierto que Humboldt se percató y la señaló repetidamente: “La mentalidad individual de un pueblo y la forma de su lenguaje están tan íntimamente fundidos el uno con el otro, que si solo uno estuviera dado, el otro sería completamente derivable de él”.
Esa última frase está sacada de uno de los parágrafos de la “De la diversidad de estructura de la palabra humana y su influencia en el desarrollo espiritual de la especie humana” (Disponible en ingles bajo On language-Humboldt). Este ensayo, de gran hermosura y complejidad, valía también como prólogo a esa gran y monumental obra que emprendió Humboldt al final y cuya meditación inicial lleva ese título. Y la obra en cuestión se dedicaba nada menos que a esta pasada: “Estudio de la lengua kavi: Prueba de la existencia de la lengua-cultura malayo-polinesia”. No en vano, ya antes había dedicado escritos sobre la gramática del chino o prólogos al Bhagavad-Gita anotado por supuesto en sánscrito. Con todo ese bagaje, con todo ese saber, este amigo de Goethe y de Schiller también habría de ser afanosamente citado por latosos como Chomsky y los suyos. Pero, cuando se lo lee, da la impresión de ir mucho más lejos que los unos y los otros, que particularistas o universalistas en sus vertientes lingüísticas.

Párrafos más allá del citado más arriba, se encuentra este: “Por mucho que se fije y ubique, se separe y se disecte, siempre queda algo desconocido que resta por sobre ello, y es precisamente en aquello que escapa a todo tratamiento donde reside la unidad y la respiración de lo que vive”. Y vaya que vivía el lenguaje para Humboldt, así como vivía todo, interconectadamente, en un cosmos que se ocupó en estudiar en todas sus formas. No en vano, mientras habla de Humboldt, el poeta Henri Meschonic dice: “Los pensadores del lenguaje, aquellos que inventan un pensamiento del lenguaje, en más de un sentido son artistas del pensamiento”. Y Humboldt fue uno, de los grandes.

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