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lunes, 13 de febrero de 2017

Crónica

Zhamí en las encrucijadas



“Continúa Hugo Rodas con su serie de textos que cabalmente cabalgan entre la crónica autobiográfica, la ficción, y hasta el ensayo”.


Hugo Rodas Morales 


“Cuando en una nación nadie sabe señalar el camino a seguir, cualquiera que señale un camino será seguido, ciegamente, aunque sea al desastre”.

M. Quiroga Santa Cruz, editorial “Los partidos”.

Poco verosímil parece la “realidad”, y lo escrito habría que aprender a leerlo por segunda vez. Me refiero a eso que no basta enunciar con palabras, ni siquiera con el recuerdo de las ojeras juveniles de Zhamí a sus veintitantos años, inclinada sobre su ejemplar del Orlando de Virginia Woolf. Mismas 201 páginas que abro ahora, apenas veintiséis años después, a una edad “en la que todo hombre sabe que la vida es una derrota aceptada”, a decir del Adriano de Yourcenar -otra lectura de Zhamí que hubiera preferido a Safo, pero aquí y allí, como Woolf anotara: “Al escribir sobre una mujer todo está fuera de lugar (…) el acento no cae donde suele caer con un hombre” (pág. 199).
Como los cerezos de este lado norte de América vuelven a despuntar, doy en creer que una “segunda vez” podría ser un conjuro contra la conocida grisura de la aritmética política local. Después de todo, ya lo expresó René Zavaleta en una de sus famosas síntesis connotadas y durante su exilio mexicano de los 80 del siglo pasado: “En Bolivia la eternidad no dura veinte años”. La última década nos da que pensar sobre la inapelable actualidad de esa sentencia.
En esos mismos años que rememoro, una boliviana criada en “la zona sur” de La Paz y recién llegada de México, dirigía mis pasos hacia alojamientos de la ciudad de El Alto, donde primero preguntaba si tenían ají de fideo, para luego dirigir sus ojos risueños hacia la puerta de alguna callada habitación, a la que ingresábamos con la irrefrenable decisión de tender sobre la humilde cama, tantas horas de lectura como las que desde la noche alcanzan al amanecer. En ese lugar y otros, en bus o tren apuntando a Puno y más allá, en el techo del edificio de Ciencias Políticas cocinado por el sol del mediodía… jamás declinó el espíritu hacia la proximidad de los cuerpos. Se me caían los párpados mientras una cobija o la tela del pantalón vaquero de ella me rozaban como el incienso a ese mundo antiguo para mí desconocido: Animula Vagula Blandula. Cumplíamos así un rito estoico, atendiendo al fuego de la letra y callando el frío, alejados de esa oscura arena mundana del qué dirán, que Jorge Luis Borges llamara el error de vivir en tercera persona.
En una ocasión, dentro de una diminuta lata de té inglesa que se perdía en la palma de mi mano, adonde inesperadamente llegara, vi caracolear una cinta de papel cuya inscripción era el cosmos del que yo debía extraer la clave para nuestra siguiente cita -o no ver a Zhamí jamás mientras tanto. Años después lo recordé, leyendo en Mircea Eliade sobre el arduo procedimiento exigido por los chamanes mexicanos en comparación con la guía suave de los andinos.
El acertijo de aquella ocasión decía: “La encrucijada es el goce del ciempiés”. ¿A qué llave gramática podía yo recurrir, sin internet? Quizá invento que hubo algo barroco moviéndose en las sombras y en algún lugar innominable la poesía andaluza y el ensayo latinoamericano rimaban imágenes de Lezama Lima. Lo cierto es que naufragaba de miedo ante el espejo de mi ignorancia. “También esto son las mujeres” -recuerdo haber reaccionado inútilmente-, “les gustan los puentes frágiles”. De aquella minúscula intuición, a la visión revelada después -“a las tres de la tarde en el segundo puente colgante de Chasquipampa”, esto es, inventando nuevos lugares de encuentro- mediaban abecedarios en arameo.
En mi desconcierto atribuía a un humor hipermenstrual el empujarme hacia el mundo psíquico doliente de Antonin Artaud, o a tentar nuevas (des)gracias como (no) hallar en la iconografía de Cortázar a Marcelo. Y así siguiendo.
“La nefanda época en que vivimos” (Woody Allen), y otros textos de una anónima y efímera librería paceña limitada a Tusquets, señaló búsquedas en las que correspondía oler restos de tabaco en el papel para acceder a la comprensión de “Esto no es una pipa” según Foucault; o aspirar el Perú polarizado de las noticias -apagones nocturnos dixit Sendero Luminoso- antes del realmente vivido en Cusco, que nos proyectara conversando como afantasmadas sombras; o la lectura sin pausa de un nacimiento bastardo elevado al canibalismo amoroso de El perfume, que Süskind publicara en 1985.
En ese camino sin retorno, mirando adolescentes fotografiadas por el pseudoinocente Hamilton y niñas del pseudoperverso Lewis Carroll, Zhamí ejercía una ciencia de la que yo no podía adivinar el siguiente golpe de idea del otro lado del espejo. Fue Alicia la que me sugirió en alguno de esos “no cumpleaños” que no decayera, que para llegar a algún lado había que caminar bastante; pero fue Zhamí quien me enseñó a leer por segunda vez.
En alguna ocasión, quizá una venganza de El derecho y el revés de Camus, me escarneció la noticia de un padre peregrinando por recintos policiales, hospitales y la morgue de La Paz, buscando a la hija que no había vuelto a casa. No sin fuego en los ojos interrogaba los de ella, sospechando con implícita sanción una infantil crueldad femenina; erróneo juez de lo que solo la vida puede ponderar. ¿No había escuchado acaso, “El corazón de la mujer”, de Yeats, que ella misma me leyera?

Él me hizo salir a las tinieblas
y mi pecho descansa sobre el suyo.
¿Qué me importa el cuidado de mi madre,
el hogar donde estuve caliente y protegida?

Nunca la veía mejor que al despertar, teniendo enfrente los ojos de un afiche que ella arrancara para mí del metro de Londres; o cuando la seda del guante con palillos chinos para comer que me obsequiara, fuera menos delicada que la unión de nuestro silencio imaginando las manos a las que se debe esas junturas rectangulares, casi dibujadas, de los bloques de roca inca en Machu Picchu.
Y si suelto ahora la larga cabellera en trenza de Zhamí, recogida de su Orlando, es porque en la declinación de otro invierno parece necesario repetir para ella, que “todo el oro del Perú no puede comprarle el tesoro de una frase bien hecha” (pág. 51); verbigracia, la de Zavaleta de hace tres décadas, sobre un Estado boliviano aparente; la de Marcelo hace medio siglo, en el epígrafe de estas líneas, sobre el origen bonapartista de toda frustración política en Bolivia.


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