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lunes, 20 de febrero de 2017

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Algunas rarezas de las Alasitas y su prensa


El más que probable origen de los periodiquitos alasiteros, una de las grandes tradiciones no solo de la prensa, sino de los escritores paceños.



Virginia Ayllón 

Dado que la feria de las Alasitas se alarga, aprovechemos para exponer algunas ideas sobre esta linda fiesta paceña. Por ejemplo que no hay todavía un enlace entre los dos relatos sobre las Alasitas: el rural de las illas e ispallas, y el urbano del diosecillo eqeqo.
Lo “raro”, sin embargo es que se haya consolidado un sentido proveniente de la literatura.
Me refiero a Leyendas de mi tierra (1929) de Antonio Díaz Villamil, conocido por su novela La niña de sus ojos. Como se sabe, el también historiador Díaz Villamil instauró con esta leyenda una forma de entender la historia de esta fiesta que en tiempos de “lo indígena” suena, al menos contradictoria. Ciertamente, la versión de Díaz Villamil se asienta en la Ordenanza de 1783 de Sebastián Segurola, mediante la cual trasladó la celebración tradicional del eqeqo, de diciembre, al 24 de enero, fiesta de la Virgen Nuestra Señora de La Paz, para festejar la victoria española contra la rebelión indígena liderada por Túpac Katari.
Así puestas las cosas, el eqeqo sería un dios al servicio de los españoles y Segurola quien instauró una fiesta en honor del famoso diosecillo. Si bien todo indica que este dios es parte del panteón andino prehispánico, la imagen que celebramos sería la de Francisco Rojas, suegro de Segurola, esculpida por su encargo. Aún en su versión de eqeqa, no celebramos, por ejemplo a Curaj Mama, madre de los eqeqos, de la tradición kallawaya.
Parece pues que tal como indican algunos en referencia a la Proclama de la Junta Tuitiva o a las Heroínas de la Coronilla, en este caso también la literatura ha prestado lo suyo en la fundación de esta muy paceña fiesta.
Con la prensa miniatura de Alasitas también hay algunas cosas que decir. Por la monumental Biblioteca Boliviana de Gabriel René Moreno sabemos que el 24 de enero de 1846 sería la fecha de publicación del primer periodiquito, del diario paceño La Época, que continuó haciéndolo hasta 1858. Esto quiere decir que los periodiquitos nacieron en la primera depresión de la nueva república de Bolivia, que la asoló entre 1840 y 1880. Este período, considerado por los historiadores como uno de los más caóticos en los ámbitos económico y político tuvo como signo la aparición de tan bolivianos personajes como los dictadorzuelos y caudillos quienes produjeron una retórica y escritura política demagógica y populachera. Entonces, los políticos de la época se decían y se escribían dimes y diretes,  en el formato de folleto que tuvo en ese período un desarrollo sustancial. El debate y la diatriba política devinieron en pasquín, en libelo.
Pero hay que detenerse un poco en La Época, que inicia su publicación el 1 de mayo de 1845, durante la presidencia de Ballivián. El caso es que este diario se imprimía en la Empresa Editora “Imprenta de Vapor El Carmen”, de propiedad del militar argentino Wenceslao Paunero. Juan Ramón Muñoz Cabrera, escritor nacido en Argentina y afincado en Bolivia, con importantes actuaciones políticas durante los gobiernos de Ballivián y Belzu fue su primer director. Entre los redactores resalta la figura del también argentino  Bartolomé Mitre, además de  Donato Muñoz, Casimiro Corral,  Domingo Oro, Mariano Ramallo, Manuel José Cortés, Agustín Aspiazu y Félix Reyes Ortíz.
Además de las razones políticas para la fuerte presencia de argentinos en la escena política de ese tiempo, también habría que incluir el regionalismo paceño antichuquisaqueño de la época, incluso el anticochabambinismo a raíz de la toma del poder por el cochabambino José María de Achá, para tratar de explicar el origen de La Epoquita, que da lugar a la prensa miniatura alasitera.
Con estos curiosos datos, las Alasitas (la urbana) pudieron haber sido un “invento” de Segurola y los periodiquitos de escritores y periodistas argentinos. Parece un dislate tal conclusión, pero no dejan de llamar la atención tales hechos “anecdóticos” que la historia nos habrá de dilucidar.
En cualquier caso, si el primer periodiquito respondió a una casa editorial, luego se fue consolidando el anonimato en el trascurso del tiempo. Las casas editoriales de los diarios nunca han dejado de estar presentes en la Feria de Alasitas con su periodiquito. Es sintomático, sin embargo, que la mayor cantidad de historias de esta miniatura recurran, sobretodo, al periodiquito anónimo. Por eso se sabe, o mejor “se intuye” que Alcira Cardona, Jaime Saenz, Rosendo Villalobos, Humberto Quino o Ernesto Cavour cayeran ante la exquisita tentación de publicar un periodiquito. A mi gusto, lo mejorcito de los periodiquitos es el anonimato porque, en verdad, atenta contra la institución denominada “autor”. Junto a la ironía, el anonimato sería una clave de esta prensa. Pero por su origen, apegado al libelo, bien puede decirse que evidentemente en algunas épocas, la prensa miniatura encarnó la libertad de prensa. No es extraño pues que los amantes de la palabra hayan sumado la publicación miniatura entre sus amores idólatras. Porque casi se puede afirmar que para que alguien se precie de ser paceño habrá de publicar un periodiquito de Alasitas.

“Valerosos Chitis de La Paz, de toda América y del mundo, revelad vuestros proyectos, aprovechad de las circunstancias de nuestra estatura favorables para el espionaje y no miréis con desdén la felicidad de la grandeza de nuestro volumen primorosamente pequeño, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar en todos para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente” (El Torinito. 1997: 10).

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