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martes, 28 de febrero de 2017

Etc.

El valor de las palabras


Cuando el poder empieza a cambiar el significado de palabras y términos, es hora de parar los oídos.




Carlos Decker-Molina 

Inicio repasando una noticia: en el mes de enero han subido las ventas de dos libros, y no son ejemplares nuevos. Uno de ellos fue escrito en 1935 y el otro es el emblemático 1984 de George Orwell, que originalmente vio la luz en 1949. La demanda es alta no solo en algunos países europeos sino también en EEUU.
Sinclair Lewis escribió en 1935 It can’t happen here (Eso no puede pasar aquí), una novela política en que se describe el provincialismo de EEUU que surge como fenómeno político luego del crack bursátil de 1929.
Buzz Windrip es uno de los personajes principales, quien en 1936 gana las elecciones presidenciales. No se trata de un líder con carisma o de buena verba; al contrario, suele decir cosas que mueven a la risa o a la estupefacción sobre todo cuando están dirigidas contra el establishment. Esa es la razón del apoyo a Windrip por la llamada “América profunda”: pobre, inculta y llena de temores, sobre todo a los cambios sociales. El político utiliza la bronca de los pobres, la falta de futuro de los incultos que se abroquelan en la iglesia de los cristianos fundamentalistas y une al país a punta de identificar y denostar enemigos exteriores: México y la población judía.
Lewis describe el populismo, en tanto que Orwell desliza a lo largo de sus páginas una tesis sobre el valor de las palabras, y como estas a veces pierden su significado original, desaparecen o son sustituidas por otras. Para entender el fenómeno, bien vale la pena un ejemplo: la palabra refugiado, hoy ha cambiado su significado en relación a hace algunas décadas; igual pasa con inmigrante.
Si hoy pidiese refugio como lo hice en 1976, la Policía y, lamentablemente, alguna prensa me supondría terrorista. El significado de inmigrante varía ahora desde violador hasta ladrón, pasando por vago y mal entretenido. El valor de las palabras es más nítido en el libro de Orwell.
Vuelvo a las similitudes políticas. En la “profecía de Sinclair”, las analogías con EEUU de hoy, producen miedo. El héroe es el periodista Doremus Jessup, la voz de la ciencia, del conocimiento y de la inteligencia, pero muy pocos lo escuchan. Son épocas en que se descree del intelectualismo y en EEUU el populismo es la respuesta fácil para problemas difíciles. En tanto que en el cielo europeo planeaba el fascismo más oscuro.
Ahora es muy importante releer ambos libros y observar con detalle la escritura, el uso de las palabras “nuevas”; sobre todo en el vocabulario de la dictadura de Oceanía. Orwell combatió en la guerra civil española y años después, desilusionado del comunismo, escribió 1984 identificándola con la dictadura de Stalin.
Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad y empieza a resistir al régimen cuando descubre fotos de ciudadanos cuyas historias personales fueron borradas de la historia oficial. Supone que hay una verdad que no es la verdad de la dictadura. Esa manera de pensar (crítica) y su amor por Julia lo convierten automáticamente en disidente.
La dictadura de Oceanía tiene la ambición de ser eterna y para ello necesita construir un idioma. Ello supone eliminar del léxico algunos vocablos peligrosos para hacer más difícil oponerse a la dictadura.
Ludwig Wittgenstein escribió: “Los límites de mi idioma son los límites de mi mundo”. Un sobreviviente del Holocausto, el lingüista Victor Klemperer, escribió un diario en el que estudió el idioma del Tercer Reich. Una de sus grandes reflexione es el devenir de la palabra judío, que antes de los nazis era neutral, sin ninguna connotación, pero que años más tarde era entendida, en ciertos contextos, como desagradable, insalubre, gusano, parásito, etc.
Orwell plantea ese conflicto en su novela 1984 de una manera magistral.

- ¿Cuántos dedos hay aquí?
- Cuatro
- Y si el poder dice que no son cuatro sino cinco. Entonces ¿cuántos hay?

“…Al poder no le interesan los actos realizados; nos importa solo el pensamiento. No solo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos… los reeducamos. Este no es un lugar de martirio…”.

En la actualidad la palabra nacionalismo, al oponerse a globalismo, es la salvadora del conjunto de gentes que se reconocen iguales (¿?), por algunos signos exteriores, en oposición al “otro” que, en ciertos casos, puede ser un indígena, un inmigrante o un refugiado.
Globalismo, mientras tanto, puede interpretarse como la unión de estados nacionales a través del capitalismo o del liberalismo, es decir globalismo implica muchas y a veces diferentes cosas.
Recordemos los asesinatos ordenados por Stalin como una “necesidad”; los fusilamientos revolucionarios a título de “ajusticiamientos”; la “limpieza étnica” de la Yugoslavia de Milosevic, que hacía suponer que la otra etnia era impura.
Pero la más peligrosa de las sustituciones de la actualidad es la de la palabra noticia, convertida en sinónimo de mentira; o de periodista, que siempre nominó a quienes ejercían una profesión digna, y hoy es atributo de alguien deshonesto, tergiversador y antinacional.   
Los periodistas y escritores que trabajamos todos los días con las palabras debemos tener en cuenta el valor que les damos cuando escribimos. Cuando escuchamos el intento de los poderes políticos, económicos o religiosos de cambiar el valor de esas palabras, debemos ser los primeros en descubrir la manipulación.
Está en manos del periodista y del escritor defender la palabra frente a la tergiversación. ¿Acaso hay “alternative facts” cuando dos y dos suman cuatro? No se puede aceptar que el resultado de la suma es cinco solo porque al poder se le ocurre.


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