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lunes, 13 de febrero de 2017

La pelusa que cae del ombligo

Reflexiones sobre arte y política


Incompatibles a priori, inevitables también. Todo depende del modo en que uno se aproxima a este vínculo; memoria y revisión son algunas de las claves, sostiene Rocha.




Omar Rocha Velasco 

¿Existe la posibilidad de convivencia entre obra de arte y política? ¿Qué consecuencias éticas encontramos si respondemos positivamente a esta posibilidad? ¿Qué papel juega la memoria como intento de recuperar el pasado?
Sin duda somos hijos de nuestro tiempo, no podemos escapar de él y el arte responde a este anclaje, aunque, paradójicamente, quiera desprenderse. En otras palabras, el arte da cuenta de un momento particular de la historia, pero también trata de desanudarse de ella, cultiva una tendencia a desprenderse, a ignorar esa sujeción temporal. Ninguna obra de arte puede escapar a la coyuntura del tiempo que la vio nacer, pero si la obra se expresa con el lenguaje de su tiempo, ¿cómo puede perforarlo? El arte se ha ejercido de modos diferentes, aunque siempre con un papel establecido: ser y no ser parte de su tiempo; por eso existe una tensión entre nuevas y tradicionales formas de arte que pugnan por imponerse.
Una de las formas que adquiere el arte para dar cuenta de la “complejidad de nuestro tiempo” está marcada por la sofisticada capacidad de cuestionamiento del orden simbólico-social dominante. Sin embargo, este cuestionamiento, muchas veces, corre el riesgo de clausurar el campo estético, lo que supone un cambio en la concepción kantiana de arte (“placer sin concepto”, “arte desinteresado”) y, por tanto, una herida mortal a una de las dimensiones constitutivas de la época moderna: el arte ligado a la estética. Así, surge una dimensión política del arte que se expresa claramente en las inevitables palabras de Walter Benjamin: “A la estetización de la política que obra el fascismo, el comunismo responde con la politización del arte”. ¿Cómo considerar esta afirmación en un tiempo diferente al del convencimiento de las masas y el contexto de la segunda guerra mundial?
La estetización de la política ahora es de otro modo y a otro precio. Esas masas se han diluido, en realidad la estetización de la política actualmente tiene que ver con visualizar que no existe otra posibilidad que la conjunción de poder y cultura.
Habitamos una época saturada de símbolos, de alegorías comerciales y atiborramiento comunicativo. Exceso de imágenes que apresuradas se suceden en gadgets (celulares, tablets, etc.), en las calles o en las pantallas sin dejar margen a una mínima detención. La comunicación excesiva nos lleva a delirar o a enmudecer. Se trata, por supuesto, de un espacio simbólico enloquecido, de uno que ha perdido el control; no un estilo o una tendencia histórica sino un crecimiento desmedido del tejido visual. En definitiva, nos encontramos con los efectos de una de las mayores transformaciones de nuestro tiempo: la “estetización” del mundo contemporáneo (predominio de la imagen). La estetización política de lo globalizante actúa sobre esas multitudes dispersas y difusas que son las teleaudiencias generadas por los medios de comunicación y que son las verdaderas alternativas a la movilización de masas. En cambio, politizar el arte se ha convertido en sinónimo de “clausura  estética”, “binarismo”, “denuncia fácil” o “panfletería”, ¿será posible encontrar una dimensión en la que arte y política convivan realmente?
Revisar el archivo, implica abarcar otras temporalidades, evidencia el encuentro con diversos pasados y devela formas de futuro. Por eso las construcciones simbólicas que se inscriben dentro del ámbito de la construcción de “otras historias” ponen en disputa formas en las que se vive y se comprende el presente, a su vez, muestran cómo las memorias se hacen cuerpo y se instalan en la sociedad.
La obra de arte en general es hija de su tiempo, pero pelea por sustraerse a él, uno de los efectos de esa tensión es la clausura de la dimensión estética, entendida como una de las aspiraciones del arte moderno. Actualmente la estetización está ligada a las informes audiencias de los mass media, y la politización del arte es descalificada como binaria o poco compleja. Leer o escribir son actos anacrónicos, pues se constituyen en experiencias devaluadas, residuales e inútiles, pero como experiencias platean la incorporación subjetiva de una otredad. Este sentido de contemporaneidad recuperado por Agamben nos sitúa frente a un anacronismo que, ligado al pasado inevitablemente, nos distancia de nuestro propio tiempo. Así surge la memoria, como posibilidad de revisar los archivos que organizan simbólicamente la convivencia social. No se trata de pensar solo a partir del arte relacionado con momentos de violencia extrema (dictaduras), sino de recuperar del “olvidadero” archivos que no son “oficiales” o canonizadores de la cultura. Los ocultamientos se combaten con la memoria; así, escribir “otras historias” es una forma en la convivencia efectiva entre política y arte.

La memoria es una construcción, en ningún momento trata de remitirse a los hechos o acontecimientos reales que quedan almacenados en algún lugar del cerebro u otra localización menos material. La memoria no es un archivo al que se puede recurrir cada vez que se quiera, como pasa cada vez que buscamos algún documento en la computadora, es un constructo enriquecido por la imaginación. No existen [para ella] “hechos reales”, los recuerdos siempre están relacionados con la fantasía o la imaginación. En este sentido, retener las palabras, las imágenes y los gestos (volver a construirlos) es una forma de resistencia; en El malestar de la estética, Ranciere muestra que la política se estructura sobre “lo que se permite ver, escuchar, percibir, nombrar (la división de lo sensible)”, es una división de tiempos, espacios, lo que se muestra y lo que se oculta, lo que se puede ver y lo que no se puede ver, definen el lugar y la posición de la política como forma de experiencia. La política descansa sobre lo que se puede ver y lo que se puede decir, sobre los que tienen la competencia para ver y están calificados para decir. Por eso hay un efecto político en “dar a ver”, en inventar una historia, en recuperar imágenes ocultas, textos o sonidos perdidos. Por tanto, más allá del contenido político de una expresión artística, se trata de organizar un campo de experiencia “sensible”, lo contrario de “ocultar” o hacer poco visible un campo que algunos creen está destinado solo a los guardianes del saber.

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