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sábado, 26 de septiembre de 2015

Etc.

Héctor Borda Leaño: sus ojos,
sus olvidos, sus recuerdos


Crónica de un emotivo reencuentro con el recordado poeta orureño.



Carlos Decker-Molina

Somos viejos amigos. Nos conocimos en Oruro, por eso fue fácil saludarlo con un verso suyo, un poco descuajeringado, por la vejez de la memoria: “Todavía nuestros huesos no han aprendido a rendirse… ¡Salud! viejo amigo”.
Me miró. Hubo un silencio de segundos y casi a los gritos dijo mi apodo: “¡Chino, hermano! No has cambiado de voz”.
Lo abracé y lloriqueamos recordando el “asedio de tinieblas” cuando vivimos de prestado, aquellos años que se reconocen fácil por su olor a dinamita y por el gusto verde que “ha de bajar por un secreto canal de rutas capilares / cerrando heridas, /amansando la dolorosa gestación de los sueños”.
Yo era un jovencito, con veleidades sindicales, que se enfrentó con la policía política del último crujiente gobierno movimientista para lograr la libertad de un colega que trabajaba en radio San José y le decían el “poeta”. Se la dieron y al cabo, tomamos unos té-con-té en un boliche de mala muerte en homenaje a la libertad y por la pena de los que “están ahí / firmes en la soledad…/ cualquiera los podrá reconocer por la mirada”.
Hoy, Héctor Borda Leaño, a sus 88 años bien cumplidos, arropado por la seguridad social de Suecia, vive en Malmö una vida de abuelo noble con una multitud de recuerdos revoloteando como t’aparancus en su atormentada cabeza.
Sus ojos me hablan con olvidos y recuerdos. Galopan atropelladamente las “constelaciones temporales” que, emergen a la superficie como recuerdo completo o fragmentado. Por eso, cuando escuchó mi voz -intento explicármelo ahora- había millones de neuronas en su cerebro que se habían propuesto esconder viejas sensaciones de alguien que recitó sus versos por las ondas de alguna radio de Oruro. En ese momento, la voz jugó un rol más activo que la persona que lo visitaba.
Nunca fuimos amigos de esos que salen cada viernes de soltero, no. Fuimos y somos amigos de otro modo. Semanas, meses y a veces años sin vernos, pero atentos a las sombras y oscuridades de las noches represoras o a los destellos o luminarias de la vida del exilio.
Un 18 de septiembre me habían dado por muerto tras un enfrentamiento con los militares. Héctor había leído la noticia en La Nación de Buenos Aires con Gato Salazar y otros colegas. “Qué será de los mellizos” había dicho el poeta, recordando a mis hijos, cuando -de pronto- me vio entrar muy orondo y triunfador -a pesar de la derrota- a comer un bife y papas fritas al mismo restaurante donde almorzaban los exiliados bolivianos. El abrazo tuvo la fuerza de la amenaza amigable: “No vuelvas darme este susto pues hermanito”.
Si mi voz se quedó en alguna neurona del cerebro de Héctor, sus versos son los que, sin mucho esfuerzo, anclaron en el mío, por eso la facilidad del recuerdo.

Atento ante la muerte,
drásticamente amortajado un hueso
reseco en sus raíces
enumeras tu pan y las heridas
de tu famoso grito,
de tu rabia inconclusa
y la prédica inmemorial de tu andadura.

Sin duda, Héctor Borda Leaño es el poeta de los mineros, porque esos seres que “nacen, crecen, se reproducen y a veces los matan” al decir de Mary Monje Landívar, están en cada línea de su poesía.
Pero, hay otra veta de la poesía de Héctor y es Oruro, “esa enamorada del gringo y el gitano”, donde la gente no “pregunta de dónde viene el hombre si trae en las manos la crispación dichosa del trabajo”.
En Oruro “tomábamos una copa de singani sin saberlo, cuando apenas sí veníamos del tiempo… y marchábamos por calles interminables de desenfreno y de gozo”.
En Malmö era un día con sol, corría el viento desde la bahía tan cercana a Copenhague y nos obligaba a la bufanda aunque no al abrigo, los lugareños dicen que es primavera. El viento parece de Oruro ¿No?  
Mineros y Oruro son las vetas de tu mineral poético, le dije entonces. Héctor extendió la mano y apoyó la suya sobre la mía, sentí su calor, diría que me cosquilleaba el pasar de su sangre, nos miramos con ojos incrédulos y leí en su mirada el pedido de volver a escuchar mi voz y me decidí a tenderle un trampa a su cerebro con fundido y sin soltar el nudo que se habían hechos nuestras manos, y con la voz a punto de quebrarse, le dije primero a su oído: Te acuerdas hermano…

Cuando nuestros carnavales eran más sucios,
digamos más hediondos
digamos más Suramérica, más Oruro, más magia,
más misterio,
más Wawichu Zaconeta, mas Q’apichón quintanilla
más negro Zabaleta
más Thanta Oso Méndez
más Ángel Salazar
menos ordenanza municipal, menos mascarada del CAN,
menos gringa culona, menos fotografía,
menos turistas, menos cine, menos cocacola
menos vendedores de trampas y agonía… 


Héctor apretó mi mano y volvió a decirme: “Chino, hermano. No has cambiado de voz”. Y, después de una pausa: “ya me estoy volviendo a Oruro. Hijo. ¡Pásame un lápiz y un papel! 

Homenaje

Con el idioma de la rabia



Juan Carlos Salazar
                                                                                                                    
Oculto detrás de sus mostachos entrecanos y sus gruesas gafas culo de botella, Héctor Borda Leaño hablaba con convicción sobre su poesía. “La misión de la poesía es la de servir de portavoz lírico de la revolución. Debe ser el clarín que lance la primera nota antes del primer tiro. Debe estar antes de la revolución y no después de ella…”, dijo al promediar la charla en una de las tantas vísperas de los convulsos años 70.
Sus palabras, como sus versos del ¡Qué joder!, sonaban a consigna de barricada, pero llegaban avaladas por la militancia que le había impuesto “esta oscura tierra”, la Bolivia de “la larga paciencia de sangres contenidas”, como solía definirla.
Bolivia salía de la encrucijada de Ñancahuazú y pretendía tomar el socialismo por asalto. Minero en su juventud, parlamentario de ocasión, poeta de toda la vida, fumador empedernido y animador de todas las tertulias literarias y políticas, Borda Leaño era el “poeta social” por excelencia. Tenía 40 años y toda la pinta de un actor de reparto del cine de oro mexicano de los años 50, con el infaltable pitillo abriéndose paso entre los bigotes.
“El problema de los poetas sociales y de los poetas en general es que en Bolivia nadie lee poesía. Pero, por otra parte, en el campo de la llamada poesía social, no todo lo que se escribe como revolucionario es revolucionario. No por cantar las lacras o las miserias de tu pueblo eres revolucionario. El asunto está en el modo de cantar, para que despiertes en el alma del pueblo un sentimiento de rebeldía”, afirmó.
No era una queja, sino una constatación. Para él no era tan importante el qué sino el cómo. “Muchos de los llamados ‘poetas revolucionarios’ vienen a ser los mejores propagandistas de los intereses reaccionarios, porque muestran a un pueblo vencido, sin esperanzas. La poesía revolucionaria es aquella que, mostrando las miserias del pueblo, lo exalta en la búsqueda de mejores destinos”, agregó.
Inquilino de todas las prisiones políticas de la época, solía decir que había vivido “quemándose las tripas”. La dictadura banzerista lo envió al exilio. En Buenos Aires publicó probablemente la mejor expresión de su “poesía revolucionaria”, En esta oscura tierra, un cuaderno con cuatro poemas ilustrados por el pintor argentino Ricardo Carpani. “Aquí en Bolivia levantamos banderas y cantamos”, resumió en el primer poema.


ALTIplaneando

Aquellos 15 poetas

                    

Una emotiva evocación de un colectivo fundamental en la consolidación y trascendencia de la poesía boliviana de fines del siglo pasado.




Primera fila, parados: Vasco, Benjamín Chávez, Jorge Zabala, NN, Gonzalo Vásquez Méndez, Eduardo Kunstek, Edwin Guzmán, Marcelo Arduz y Jorge Campero.
Segunda fila, sentados: Rubén Vargas, Alberto Guerra, Antonio Terán, Iván Decker.
Tercera fila, abajo, extrema derecha: Fernando “Zeke” Rosso y René Antezana.


Edwin Guzmán Ortiz

El tiempo otorga y despoja. Suma, resta y de tanto multiplicar divide. Mas el tiempo no solo es habérselas con las proporciones, sobre todo es vivencia íntima, es la respiración, el latido, el instante y el deseo, también el extravío, la mirada que viaja al horizonte, la incesante memoria.
Hubo una vez un colectivo bautizado “Movimiento 15 poetas de Bolivia”, que tuvo una  presencia activa en la vida cultural del país, las décadas del 80 y 90 del siglo pasado. Más que un círculo cerrado, fue un espacio de convergencias y afinidades, incluso desde la diferencia que hace posible la complementariedad. Se  asumía el “15” como número cabalístico, clave numerológica en el juego iniciático del desborde creativo, cifra de abiertas genealogías.
Parte medular del Movimiento fueron los poetas Antonio Terán Cabero, Héctor Borda Leaño, Gonzalo Vásquez Méndez, Alberto Guerra Gutiérrez y Roberto Echazú. Algunos, miembros de la segunda generación de Gesta Bárbara.
Se trataba de una troup combativa, exigente en su escritura. En medio de sus afinidades ideológicas manifestaban una identidad propia en su trabajo literario. En ellos se expresaba una pasión sincera por el acontecer histórico del país, y un sentimiento de justicia social extendido a parte de su obra poética. Persecución, cárceles y exilio fueron parte de su condición creativa.
Roberto Echazú escribía: “Santiago Chambi / tiene / un reloj / Santiago Chambi / tiene / un anillo / Santiago / tiene/ pero no tiene / un país”. Antonio Terán confesaba: “Soy las campanas de un domingo rural”. Por su parte, Héctor Borda refiriéndose a los desheredados decía: “Pobres tipos / caminando en plazas, en mercados, / en todos los caminos de esta América hedionda / electrizada y sangrante, / arrastrando las patas con los hijos al hombro, / con la mujer nuevamente preñada / con las hijas preñadas tan temprano / tan temprano con hambre, tan temprano”. Mientras, Gonzalo Vásquez proclamaba “Este país tan solo en su agonía, / tan desnudo en su altura, / tan sufrido en su sueño, / doliéndole el pasado en cada herida”.
Junto a la vena social, su palabra abrazaba lo inmediato entrañable: el eterno femenino, la heredad, la cotidiana costra existencial, lo perdurable forjado de seres y atmósferas. Además de ese espíritu brioso, de ellos heredamos lecturas capitales.
Cómo no recordar el Anabasis de Saint John Perse prodigado por Roberto Echazú, la Poesía vertical de Roberto Juarroz transmitida por el Soldado Terán, o los Poemas de la ciudad y el campo de Luis Luksic, transferidos por Alberto Guerra.
A través suyo se pudo conocer -vía historias y anécdotas- el otro rostro de escritores, artistas y poetas que participaron en la vida cultural del país aquellos 50, 60 y 70. Oscar Cerruto, Pedro Shimose, Edmundo Camargo, Oscar Alfaro, Alcira Cardona, revisitados desde el tamiz de su testimonio, sea por amistad, la obra, de haber compartido diferentes encuentros, trajines de publicación, en fin a partir de esa relación orgánica y vivencial que se tiene desde las letras. 
Ese anecdotario constituye un repositorio exquisito que revela otro perfil de la vida cultural de la época, una suerte de sociología de la literatura desde la informalidad y la escena extrainstitucional, hechos desconocidos que laten en la memoria oral de sus protagonistas.
Otros habitués del Movimiento fueron el Zeke -Fernando- Rosso (Una gota, el horizonte / mi mano, la lejanía), Álvaro Diez Astete de quién recuerdo su monumental antropología del psiquiátrico además de sus memorables versos de Homo Demens. El luminoso Jorge Zabala, descifrando y cifrando universos en su mesa portátil de café, tramando poesía más allá de las palabras. Los infaltables Iván Decker, Jorge Alcoba, con lámpara y fierro propios. Se trataba de otra generación con apetencias plurales y búsquedas personales. Jorge Suárez, Jaime Nisttahuz, Jorge Calvimontes no estuvieron ausentes, a su vez, otros poetas, escritores, trovadores y pintores, con quienes se compartió y conjugó apetencias.
René Antezana, Igor Quiroga, Marcelo Arduz, Jorge Campero, Edwin Guzmán, Eduardo Nogales, Eduardo Kunstek, Rubén Vargas, Adhemar Uyuni, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Benjamín Chávez, Marlene Durán, fue otra tanda de poetas que encuentros más, encuentros menos, estuvieron presentes en el tinglado de los 15.
Aunque existieron afinidades, una atmósfera poética epocal común, incluso temáticas cercanas, cada cual forjó su propia escritura. En realidad, en los 15 no se propuso constituir una matriz preceptiva ni una tendencia estética como en otras latitudes lo hicieron imaginistas, ultraístas o exterioristas. Tampoco se encumbró a un gurú que, paternalmente, batuta en mano, rigiera el talante poético del grupo. Cada cual escribía como sabía y quería -se decía, y eso enriquecía la poesía -en disonante asonancia-  generando afinidades y contrastes.
Surcó ese vasto ciclorama de los fantasmas perennes: el amor, el trascendente cotidiano, mitologías personales, taumaturgias, insurrecciones verbales, místicas de p´ijchu y chakana, sobreescrituras del samsara, los engendros del asombro, la soledad y la muerte. En fin, el eterno poético que en todo tiempo se manifiesta a través de formas distintas.
Borgianos y vallejianos, pazianos y lezamianos, poundianos y pessoanos, gongorianos y rimbaudianos, saenzianos y cerrutianos, líricos y pírricos, herméticos y hermenéuticos, juglares, sibaritas y lívidos libadores, terminaron forjando una comunidad hecha de palabras, proyectos, razones y sin razones. 
Esta experiencia enriqueció mutuamente a poetas y poesía. La diferencia, además de las cosmovisiones poéticas, radicaba en lo generacional, la procedencia, lo que otorgaba un carácter plural a los encuentros. Rompiendo el carácter elitesco, se hicieron publicaciones, se compartió la poesía y el arte en ciudades y provincias. Inolvidables los encuentros en San Lorenzo, Capinota, Yotala de los que emergieron manifiestos contra la infamia que corroía al país.
Lecturas en Portales y quintas de Cochabamba (bajo el guión del Ojo de Vidrio), en interior mina, en plazuelas de pueblitos minimalistas, donde  la gente participaba junto a sus creadores y músicos, compartiendo el pan generoso de la poesía. Intensas noches de bohemia y bonhomía hechas de canto e imaginería. ¡Qué contraste con esa nueva tribu, ascéptica, transida de neón, telerebeldía, shopping y academia: los poetas urbanos!
No estuvo exenta la polémica y debates encontrados por el trance políticos de aquella Bolivia y orbe finiseculares, del arte y sus laberintos, por la ausencia de políticas culturales en el país. Posiciones sobre tendencias, libros y autores, lecturas íntimas de poesía como aquella en Potosí, ritual dionisiaco de por medio, en una madrugada de catacumba, abrevando los cálidos poemas de Jaime Sabines, en la voz conmovida del Soldado Terán.
El Movimiento de los 15 poetas de Bolivia, fue un acelerador de energía poética. Un  tiempo y espacio compartidos. Una convergencia libre de quienes asumieron la poesía como pasión y destino. Poetas que cruzaron su palabra, obsesiones, la indefinible verdad de sus tiempos, prosiguiendo luego su camino. Un espacio de encuentro, de ansiedad expectante, de percepción irregular, un nicho de fe poética. ¿Cómo no recordarlo?



Crónica

Raúl Zurita: el último titán en Bolivia

Uno de los poetas centrales de la poesía en español, el chileno Raúl Zurita, estuvo en el Festival Panza de Oro, realizado en Cochabamba del 17 al 19 de este mes.



Alex Aillón Valverde

Raúl Zurita llega muy temprano a mARTadero acompañado de Juan Malebrán, poeta y organizador del Panza de Oro.
“!Oh Cochabamba querida, ciudad de mágico encanto!”, entona de memoria. Luego recuerda una canción de Víctor Jara: “A Cochabamba me voy, a Cochabamba señores, cantarán los ruiseñores, a Cochabamba me voy” y sonríe.
“Muy lindo Cochabamba, tengo muchos amigos queridos aquí”, nos dice antes de tomar el taxi que lo llevará a su hotel antes de las primeras entrevistas abiertas de la mañana.
“Yo soy un admirador profundo de la música boliviana. Creo que la música de Bolivia es la más alucinante del mundo. Es una música que viene de lo profundo. No hay algo como la música boliviana”.

Poesía y fronteras
Raúl Zurita no está aquí invitado por ninguna feria de libro, ni por ninguna repartición del Estado o alguna editorial importante o alguna cámara del libro. Raúl Zurita está aquí invitado por la gente de mARTadero y por los jóvenes poetas del Festival Panza de Oro, un festival que intenta la transfronterización de la poesía en un marco de convivencia innovadora e independiente.
“Ojalá la palabra frontera desaparezca algún día. Me entusiasma estar aquí porque somos una misma patria, donde todo debería ser de todos. Al final nuestra patria es el lenguaje”, comenta sentado en el Café Mosquita Muerta, esperando su turno para cerrar el festival con un recital que quedará marcado en la historia de esta ciudad y el país.

Todo con la poesía, nada sin ella
El futuro para Zurita, un poeta que ha sido perseguido y torturado por la dictadura de Pinochet, no existe sin la poesía.
“Sin la poesía no hay ningún salto al futuro. Sin ella no se puede hacer nada. Significaría que se ha perdido la esperanza, toda la capacidad de soñar e imaginar. Si vamos a construir un destino común solo podremos hacerlo desde lo más verdadero. No hay que encerrarse en las palabras. Hay que actuar. Hay que hacer cosas humanas”.

Resistir la virtualidad
Sin embargo, Zurita está consciente del cambio que se está operando en el mundo. La tecnología, las redes sociales, el cambio de sensibilidades, no son ajenos para el autor de Canto a su amor desaparecido.
“Es cierto, es un cambio civilizatorio profundo. La poesía encontrará su forma porque está inscrita en el genoma humano. Pero la poesía como la conocemos irá desapareciendo. La lucha de la humanidad ahora es no dejarnos vencer por la virtualidad. Por eso los encuentros son importantes. Gente que viaja cientos de kilómetros para darse la mano, como en este festival. No hay vuelta atrás, la red está ahí, pero siempre hay la necesidad de encontrarse y esa es la lucha, la lucha por no dejar de sentir y mantener la humanidad de las cosas. Por eso hay que volver a ocupar las plazas públicas, las calles. Hay que resistir la virtualidad”.

Políticos y militares
Consultado sobre qué es la patria, sobre el discurso de los gobiernos, sobre qué es latinoamérica, Zurita es claro. “Todo lo que los militares y los políticos dicen que es la patria, pues eso es exactamente lo que no es”.
Según Zurita, los políticos forman una casta en la que la diferencia de ideas no es nada frente a los intereses que los une. “Los políticos han sido bastante nocivos en nuestro continente, sobre todo en los últimos años. Hay que replantearse la idea de representatividad. Que las bases sean las que decidan sin que eso signifique una dictadura o una tiranía. Los políticos representan cada vez más lo viejo, lo caduco y el doble discurso y, en algunos casos, no en muchos, la grandeza”.

Contra el establishment literario
Zurita un poeta que inició su carrera desde el margen, asediando el establishment literario de su país, mantiene la misma idea al respecto.
“Yo nunca he pertenecido al establishment literario. Vengo porque me gusta Bolivia y porque me genera mucha curiosidad su poesía y los jóvenes que viven un mundo que nos está negado. Su problema (el de los jóvenes) es el egoísmo, su virtud su capacidad de transformación, como el movimiento estudiantil. Rimbaud era un egoísta, pero era un genio”.
“Lo lindo de Zurita, un poeta de su dimensión es que banca a la poesía joven interesante, no a la poesía aburrida, a la poesía que es parte del establishment”, corrobora Fernanda Martínez Varela, poeta chilena que acaba de ganar el premio Roberto Bolaño en su país.

Entonar los últimos cantos de la poesía
“La poesía está sepultada bajo montañas y montañas de poemas yoyistas. Verificar esa sentencia nos puede valer a los poetas ser arrojados del Olimpo. Estamos llamados a entonar los últimos cantos de un arte tremendo que, sin embargo, está desapareciendo tal como lo conocemos. La poesía no va a morir jamás. Pero tal como la entendemos, está en su fase final”.

Zurita lee
Zurita, Premio Pablo Neruda (1988) y Premio Nacional de Literatura de Chile (2000), investido en marzo pasado doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante (España), se sienta en el sillón del patio de mARTadero, a su alrededor no hay más de 40 o 50 personas. Muchos de ellos son viejos luchadores, y la otra mitad, poetas jóvenes y gente que realmente lo admira y admira su obra.
Alguien me comenta que debían haberlo llevado a un lugar más grande, como el Centro Patiño o algo más céntrico, pero eso es justamente de lo que no se trata. Zurita es de los que cree que la poesía nace en los márgenes, en los festivales alternativos, con otros lenguajes, otras sensibilidades, que no es tiempo de las camarillas, de los dictadores poéticos, ni de quien dice qué está bien y quien dice qué no está bien.
Zurita es conocido por abrir y validar otros espacios en Chile. Ha apadrinado a varios de los poetas jóvenes importantes de la nueva poesía de su país. Por eso lo quieren. Por eso lo odian. Por eso es Zurita, el poeta vivo más importante de Chile después de Nicanor Parra, ni más ni menos.
Zurita comienza su lectura en medio de la noche solitaria de Cochabamba. Zurita tiembla, el Parkinson avanza, pero su espíritu sigue firme, sus palabras tienen la potencia de siempre, esa potencia capaz de hacernos derramar lágrimas, esa potencia vital que lo ha hecho uno de los poetas más queridos y admirados de su generación, uno de los últimos llamados a defender la poesía “tal como la conocemos”, esa poesía que quiso cambiar el mundo, que lo cambió, y todo por tan poco, todo por tanto.
Zurita lee y lee uno de los últimos cantores de un “arte en extinción”, quién sabe, lee uno de sus últimos titanes.


Artículo

Emma Villazón, presencia flotante

Más experiencias, recuerdos y razones para evocar a la poeta cruceña tempranamente fallecida.



Jorge Luna Ortuño / Escritor

Parece que en el living una columna crece en verbos que luchan contra tantas
rotaciones. No te detengas,
                           en los pasillos haces aberturas con los dientes. Ya se
              levantará el aire a gallo añejo al que quisiste volver para no volver,
              el gallo de espuelas de plata, las latas de cielo y negrura -
                                                                      Parece.
Emma Villazón. Fragmento del poema “Deslumbre migratorio”

La violencia que emana de la interrupción de una vida nos ha estremecido nuevamente con el fallecimiento de Emma Villazón. La noticia del accidente cerebrovascular que sufrió en el aeropuerto hizo salir del silencio a decenas de amigos y amigas que le dedicaron frases afectuosas y de ánimo en su muro de Facebook.
A lo lejos, ante la falta de información continua, el mejor medio para mantenerse enterado era el portal inventado por Mark Zuckerberg. No sabíamos muy bien por qué escribíamos en el muro de Emma, a sabiendas de que ella se encontraba en estado de coma en un hospital en El Alto.
Muchos no dejamos de escribirle cuando falleció, dos días después, el miércoles 19 de agosto. Aquel día tajante y soleado en Santa Cruz, que no parecía dar señas de una pérdida tal allá en la altura, las publicaciones de posts se multiplicaron.
Imbuidos como estamos en la cultura de la instantaneidad y de la autoexpresión desbordada, llovieron las despedidas públicas, los emoticons en señal de llanto, los recuerdos que volaban entremezclados con viejas fotos que subían algunos más allegados a la poeta, y se sinceraban a la vista de todos, para ser leídos también un poco, o quizá con la vana esperanza de que Emma revisara su correspondencia electrónica desde alguna parte en el aire seco.
Podemos suponer que era una manera de mantenerse conectados con ella y su mundo alrededor. Después de todo ¿qué más se podía hacer ante esa sensación indescriptible que iba y venía como las olas del mar?
Una noche antes, sin saber que Emma se debatía entre la vida y su otra cara desconocida, me puse a ver un documental sobre el escritor colombiano Andrés Caicedo que se quitó la vida con un disparo a los 25 años y grabó así su impronta para la posteridad como escritor maldito.
Al día siguiente mi amiga Cecilia, compinche de Emma en Santiago, me daba la noticia trágica. Al enterarme del resto de lo sucedido no pude evitar que Gustavo Ceratti alumbrara mis reflexiones, recordando cómo debió haber él realizado viajes astrales fuera de su cuerpo durante los más de cuatro años que estuvo en coma antes de retornar y expirar por última vez. No era este, sin embargo, el camino elegido por Emma, que sin mayor vuelta se fue volando como pájaro nostálgico de otros horizontes.

Ella ante su muerte
Para una poeta que estaba emergiendo con aires de elegancia y de certeza, el acontecimiento de su partida debió haber sido un acto no carente de poesía. No sabremos cómo percibió ella misma el acto concluyente de su vida, lo cual es preguntarse ¿cómo experimenta cada ser humano su propia muerte? ¿Podremos morir y al mismo tiempo ser testigos de lo que nos pasa al estar muriendo? ¿O será, como escribía Epicuro, en una carta a Meneceo: “cuando tú estás la muerte no está, y cuando ella viene tú ya no estás?”.
Nadie puede dar testimonio de lo que pasa en tal trance -sentenciarán algunos-, pero sería ingenuo asegurarlo puesto que existen testimonios documentados de experiencias entre la vida y la muerte. Son vivencias asombrosas de personas que habían sido dadas por muertas clínicamente, y que repentinamente volvían a la vida con una profunda inhalación, como si fueran empujadas o devueltas desde un hondo abismo que no aceptaba hacerse cargo de su prematura visita.
Es probable que para aumentar nuestra comprensión humana, la poesía pueda hacerse cargo de estos testimonios con una relevancia mucho mayor de lo que lo hace la ciencia médica.
Pero Emma no retornó intempestivamente a la vida, más bien se fue con una velocidad fulminante, como si el día hubiera estado escrito, aunque no correspondiese con la favorable actualidad en la que parecía encontrarse.
Su forma de testimonio fue inversa, por eso se fue pero sin salirse por completo de la vida, siguiendo en ella como una presencia flotante; así lo presentimos desde el instante en que su poesía precursora nos evoca algo que emerge desde las profundidades repetidamente, algo informe que reivindica su derecho de no quedar fijado en moldes líricos, que se mantiene a flote alentado por la resonancia de voces afines, voces de distinta nacionalidad y generación, verdaderos espacios de vibración que se cruzan en un cielo abierto y despejado.

La persona y el encuentro
Habiendo perdido oportunidad de conocerla cuando ella trabajaba en La Hoguera, fue gracias a Facebook que entablamos una brevísima correspondencia, cuando ya hacía de las suyas en Santiago.
Hay que reconocer que Facebook es muy útil para este tipo de encuentros, porque es un portal que te permite escribir a personas con las que no sabes si podrías cruzarte en un espacio o conseguir su teléfono.
Si aceptamos que existe el destino, como un final escrito para todo, cuesta creer que ese destino concebía ya la existencia de Facebook, y de cómo se enmarañarían las formas en que se conocen hoy personas de todas partes del mundo (¿cambiándose sus destinos?) Lo cierto es que gente de distintos rincones se conoce en modos tales que superan las más imaginativas teorías aleatorias. Así que escribí a Emma a la caja postal para saludarla, al tiempo que le pedía me sugiriera alguna página o texto en la web para conocer más de su poética. Sin mucha tardanza me compartió dos links: uno era de la página genteemergente.com, el otro era del blog campodemaniobras.
Semanas después, Emma se conoció en Santiago con mi amiga Cecilia, pues le había contado que Ceci había emigrado a ese país vecino también con el gran aliciente del amor, y que le hacía falta conocer amigos bolivianos. Poco después Emma me escribió feliz, “excelente persona, hasta ya cocinamos juntas”. Ceci me contó después muy alegre que Emma le había hecho pelar chuño hasta que le ardieran los dedos. Reunidas con un picante de pollo gozaron de la atmósfera que presentía se podía dar entre ellas.
Emma llevaba consigo algo especial, estaba tallada en su presencia la calidez de la sombra en un día soleado, era una inmanencia de clima templado y amigable, que se podía percibir sin conocerla demasiado.
En cuanto a lo demás, posiblemente el hecho de que hayamos tenido varios amigos escritores en común, o su confesa cercanía a la obra de Jesús Urzagasti, facilitaron que existiera entre nosotros un hilo invisible de camaradería.
Confieso que no la leí mucho en vida, y que el golpe de su inesperada partida me ha empujado con mayor urgencia a sumergirme en su poesía. Con otra intensidad su partida me despierta el sentido de la urgencia de la vida misma. ¡Basta de pajarear! No se da uno por enterado cualquier día de que vivir es estarse muriendo sin fecha definida.
Felizmente el acto intemporal de la lectura nos conecta con ella para siempre. He acudido a los links que me compartió, lo primero que veo son dos de sus poemas: Deslumbre migratorio y Hacerse cargo. Admiro una escritura tal que alienta la multiplicación de las relaciones sensoriales entrecruzadas. Lo que le escribe a Tarkovski en Desde las lilas es poesía inalámbrica. Me ha sorprendido también la agudeza y el sentido crítico pero cordial del texto que leyó en su participación en la XX Feria Internacional del Libro de La Paz, el motivo de su último retorno. En cierta forma, por su mismo apego a la academia, tenía una faceta de ensayista de la poesía. 
No cabe duda de que Emma era una persona que dejaba mucha huella. Claudia Bowles, notable filóloga que fue su docente, con una lucidez sumada al enorme cariño que le tenía, ha publicado en los periódicos algunas de las palabras más sentidas sobre su partida. Claudia me ha comentado que fue la primera vez que se dejó dominar por lo afectivo para escribir como crítica.
Por otro lado, percibo en Santa Cruz que Emma tenía reputación de crítica severa, al menos dentro de algunos de los círculos de poetas que se reúnen para hacer gimnasia del elogio grupal.
Me contó un amigo que uno de estos poetas en cierta ocasión le pidió a Emma que le escribiera un prólogo a su poemario. Lo curioso no fue que Emma eligiera la sinceridad, dedicándole unas líneas poco entusiastas pero exentas de cualquier tipo de maldad, simplemente como diciéndole: “vamos, que puedes llegar mucho más allá”; lo curioso en verdad fue que este poeta(nga) publicó ese prólogo algo crítico junto a su libro. Esta decisión le granjeó bromas y algunas burlas de parte de sus colegas. No creí que fuera cierto hasta que encontré ese poemario en Lewy Libros. Lo que vi fue un prólogo escueto, de una página, que informa al lector de que se trata de una poesía popular, casi melosa (aunque no use esa palabra), de versos a la Benedetti, y que saluda al autor por su candidez, pero sin ceder a la tentación de la celebración prematura o el elogio gratuito, que es lo primero en que se puede caer por una inexacta forma de concebir lo que es un prólogo, y más aún un libro.
Entre todo me ha quedado la sensación de que Emma fue una mujer muy calmada en su modo de ser, pero en cuanto a la poesía y su escritura era una leona, vigorosa y ágil, algo terca, que se conducía por una ética cercana a la parriseia de los cínicos de la Antigua Grecia, que se puede resumir como “el coraje de decir la verdad”, una entereza para no transar con nada ni con nadie, solo avanzar, aunque sea a lo lejos y despacio, únicamente ayudada por lo que la poesía en sí misma podría abrir o conectar en su inmanencia impersonal.
Finalmente, en mayo de este año, durante los días de la Feria del Libro de Santa Cruz, una noche coincidimos en una mesa larga en un café del Casco Viejo, donde nos habíamos ido en tropa varios amigos después de la presentación del libro de Julio Barriga.
Fue lo más valioso de aquella feria para mí, la posibilidad de encontrarme aquí con Juan Pablo Piñeiro, Fernando Barrientos, con periodistas culturales como Martin Zelaya y Adhemar Manjón, también con Maximiliano Barrientos, y el mismo Julio, y entre las pocas chicas con Emma Villazón, acompañada de Andrés, su pareja.
Aquella noche sentí un benigno aire de La Paz en medio de Santa Cruz, como si se hubiera abierto un portal. En una mesa con tal talento en reposo había que multiplicarse para conversar de uno a uno con la mayoría.
Apenas pude me fui al lado de Emma y la conversación fluyó sin baches. No deseaba en esas circunstancias acaparar su atención, y no pudimos continuar la charla después de que se bajara el telón de esa reunión.
Ese día parecíamos tener la vida entera por delante, creo que hablamos más sobre ideas para el futuro, proyectos que ahora quedaron ahí titilando, vulnerables, pero que quizá tomarán cuerpo cuando tengan la voz, por ahora esperan a que se asiente el revoltijo interno, o que entre el recuerdo y el afecto, como Emma diría, “sepamos hacernos cargo”. Después de los inéditos sonidos que flotan desde aquella noche infinita, la correspondencia entre nosotros y ella continua ahora de manera interestelar.

“... pero cuál es el prado desde donde empieza
a germinar todo — hasta las cejas de
ella, pareces dibujarnos en la tierra; o cuál aire
desorienta las manos que con nuevos ojos
quedan; en qué momento llega el diluvio insondable
de afirmarse entre halcones y recuerdos,
            parecemos hablarte, blancos, desde de las lilas
ignorantes de cada hora ida,
            ignorantes siempre de cada ojo, lluvia — como tus pisadas.


Emma Villazón.

Lector al sol

Apuntes sobre caminar -en La Paz-


¿Qué significa todo el entorno/contexto/circunstancia que rodea el simple y cotidiano acto de caminar? ¿Qué influencia y determinancia individual y social tiene?

  

Sebastián Antezana 

Hace unos días, sin mucho que hacer, caminaba por una simpática carretera que, contorneándolo, prácticamente marca el final del territorio administrativo de la pequeña ciudad en la que vivo. 6 de la tarde, sol todavía alto, bastante humedad, no demasiado calor pero calor… en fin, un buen momento para pasear. Pero, sobre todo, un buen lugar para pasear. Porque esa es una de las características de la ciudad en la que vivo -marcada aquí y allá, entre el cemento y sus pequeños edificios, por lagos, lindas caídas de agua, colinas pintorescas y mucha vegetación y verde por todas partes-, es una ciudad que provoca caminarla.
Y mientras lo hacía, despreocupado y casi liviano, pensaba entre otras cosas, e inevitablemente, en cómo se presenta para esta actividad nuestra alta sede. Y al hacerlo recordaba también todo el rollo de la Internacional Situacionista (IS).
A la cabeza de Guy Debord, los situacionistas fueron un grupo de intelectuales revolucionarios que durante dos décadas, a mediados del siglo pasado -desde los 50 hasta los 70-, se dedicaron a repensar y replantear política y artísticamente situaciones cotidianas de la vida social, con el fin de luchar contra el sistema de clases que, lo sabemos, hoy sigue perfectamente vigente.
Entre los muchos planteamientos de los situacionistas, hay uno que, pese a décadas de postmarxismo, continúa siendo interesante y viene a cuenta de lo que decía al empezar el artículo: la psicogeografía. Es decir, los intentos de procesar, y provocar, las formas en que distintos ambientes geográficos -territorios, ciudades, barrios, incluso calles- inciden en el comportamiento y la imaginación.
Enfrentarse a una ciudad desde un punto de vista psicogeográfico es hacerlo necesariamente con una actitud abierta, dispuesta a no regirse por los mandatos verticales de las grandes avenidas y los manzanos cuadriculados, sin detenerse a descansar solo en los parques o plazas -espacios predestinados, “controlados”, para el ocio-, no diseñando el propio trayecto al andar sino dejando que la ciudad, en su multiplicidad oculta, lo diseñe para uno.
Enfrentarse a una ciudad desde un punto de vista psicogeográfico, entonces, es sobre todo caminarla, atravesar sus diferentes espacios a pie, generando un modo de relacionarse con el espacio y, así, un modo de pensar, una verdadera individualidad, que la posmodernidad -preocupada por los desplazamientos de las grandes masas y las mercancías- tiende a excluir.
En una línea similar a la de Michel de Certeau, quien propone caminar la ciudad libremente, como modo de oponerse al poder político, corporativo e institucional que la construye y ordena, y frente al uso disciplinario del espacio impuesto por personajes como el barón Haussmann -quien a mediados del siglo XIX, y a pedido de Napoleón III, reconstruyó gran parte de París y la transformó en la urbe que hoy es, imponente y militarista y diseñada para el control de masas-, los situacionistas proponen un concepto clave, la “deriva”, un caminar sin rumbo y sin objetivo por las ciudades, como forma de re-experimentar la vida urbana.
Debord define así la deriva: “En la deriva una o más personas, por un cierto periodo de tiempo, abandonan sus relaciones, sus motivaciones usuales para el movimiento y la acción, su actividades laborales y de ocio, y se dejan llevar por los atractivos del terreno en que están y lo que allí encuentran… Pero la deriva incluye, al mismo tiempo, este abandono y su contradicción necesaria: el dominio de las variantes psicogeográficas mediante el conocimiento y cálculo de sus posibilidades”.
Entre los polos del naufragio urbano y el pensamiento político, entonces, la deriva psicogeográfica, el pensar y caminar ciudades abiertos al efecto que sus barrios, calles y accidentes provocan en nosotros es, así, una actividad clásicamente antieconómica, que no tiene más objetivo que el de subvertir la lógica utilitarista de nuestros movimientos urbanos, destinados siempre a la ganancia de capital, la acumulación, el cuidado de reservas y el control ciudadano.
A medias gesto político y performance, la deriva es instrumento útil para repensar las formas en que están diseñadas/construidas/improvisadas/continuamente cambiando las ciudades que habitamos y visitamos. Para replantear las directrices -siempre de orden ideológico- con que se construyen las grandes avenidas y monumentos -marciales, solemnes, casi castrenses-, las plazas que están aquí en lugar de estar allá -y que así conducen nuestros pasos a áreas especialmente diseñadas no para que elijamos hacer un alto, sino para que tengamos que hacer un alto en el camino-, los descampados que, paradójicamente, sirven de lugar de desencuentro en vez de espacio de encuentro, los nudos imposibles al tránsito.
En esa luz, ¿cómo podríamos pensar a La Paz -por nombrar solo una ciudad del país? ¿Es una ciudad que se presta al tránsito a pie? ¿Es un espacio diseñado para el placer, el encuentro, el control, la supervivencia? ¿Cómo nos relacionamos con ese espacio urbano a medias agreste y abigarrado, que ofrece contrastes tan notables en parte por su cercanía con la naturaleza? ¿Qué efecto producen en nosotros sus calles angostas, sus plazas intempestivas e insuficientes, sus subidas inalcanzables, su cemento maltrecho? Y, además, ¿cómo contrarrestarlo? ¿Cómo replantear ese efecto y, así, replantear los discursos políticos y culturales que nos vinculan? ¿Cómo abandonarse a la deriva en La Paz y, así, revolucionar el tejido social que nos contiene?
La IS de Debord es también gestora de otro concepto útil: détournement. Desviación o desvío, détournement es la técnica situacionista mediante la cual un objeto -tradicional pero no exclusivamente artístico- se transforma en una variación –política- de sí mismo que contiene una crítica o un argumento antagónico al propuesto por el original.  
Entender psicogeograficamente La Paz, entonces, implicaría primero un detournament, una desviación consciente, un desvío no físico sino ideológico que nos conduciría a esa deriva situacionista que, a su vez, nos permitiría replantearnos nuestros modos de vida y relacionamiento en el ámbito urbano, como habitantes -y transitantes- de un espacio que nos afectaría en la misma medida en que nosotros lo afectaríamos.
Finalmente, como agentes políticos capaces de incidir, mediante el básico ejercicio de caminar, en los mecanismos y estrategias ciudadanas -fiestas, desfiles, marchas, manifestaciones, calles cerradas, tomadas, etc.- mediante las que el poder nos condiciona.

Por ejemplo, ¿por qué la ciudadanía solo ocupa las calles -física y, por lo tanto, políticamente- en el famoso “Día del peatón”? ¿Por qué solo dejamos la ciudad y salimos al campo -Río Abajo, Lipari, Valencia- en fin de semana? ¿Qué estrategias del mercado nos obligan a visitar sistemáticamente el mismo circuito de barrios, calles, restaurantes, negocios, oficinas? ¿Qué papel jugamos realmente nosotros, los ciudadanos? ¿Cómo tomamos o dejamos que nos tomen quienes dirigen la ciudad y sus claroscuras intenciones? 

Patio interior

Más notas


Los músicos románticos alemanes. Schubert, Brahms, pero sobre todo Schumann y su esposa Clara Wieck. 



Juan Cristóbal Mac Lean E.

Cuando procurábamos acercarnos al romanticismo alemán en las letras, llevados originalmente por una indagación sobre la poesía y su modo de comprender el mundo o la vida, inevitablemente lo hacíamos bajo una inescapable fatalidad urdida por la historia y las distancias.
Y, a la hora de dirigir nuestra atención a la música de entonces, fuertemente emparentada en su talante con el aura explícitamente poética que se cernía sobre los escritos que se trazaban, garrapateaban, lo cierto es que tratándose de ella, esa mencionada fatalidad signada por incomprensiones y distancias, levanta por un momento sus velos, inmediatamente se universaliza para cada corazón, para todo oído atento. Pues la música, por su propia naturaleza y cuando es grande, se desprende de sus orígenes, se independiza absolutamente de cualquier arraigo.
¿Pero es así, siempre fue así? No, pues precisamente la música, inicial y esencialmente es y fue más bien, como un lenguaje propio, esencial son e idioma de una tribu, comunidad, región, un acústico pacto común, espiritual vibración de pertenencia -a una tierra, a unas dadas manos, ciertos bailantes pasos.  No en vano se habla de músicas, por ejemplo, “étnicas”. Cuando se entonaba voces y tocaban instrumentos que  acompañaba o asistía la creación de mitos, cuentos o leyendas palabreras. Expresiones, digamos, de un terruño original y determinante, acotadas por el profundo arco cuyo trazo funda y delimita una sonora burbuja propia, de tal forma que fuera de ésta se hace todo inaudible, incomprensible y lo desborda. Sin embargo, pasado el tiempo y en una vasta región que resultó ser “occidente”, la música se universalizó, “objetivó” y trascendió sus orígenes temporales y geográficos.
En cuanto al romanticismo musical alemán, aquí nos interesan Schubert, Schumann, Brahms, visiblemente emparentados con los oleajes, movimientos y corrientes que trabajaban el romanticismo poético o literario.
Y es otra vez más Novalis quien nos permite entrar a ese espacio en el que músicos y poetas comparten un mismo aire. Lo hace al decir las siguientes, inagotables palabras: “La palabra misma de atmósfera (stimmung), indica la naturaleza musical de las cosas que presiden a los movimientos del alma. -La acústica del alma es todavía un dominio oscuro, aunque tal vez muy importante. Vibraciones harmónicas -y des armónicas”.
En cuanto a la palabra alemana stimmung, sin hacernos líos filológicos, anotemos las acepciones que reviste en varios diccionarios: tono, feeling, aire de corazón, atmósfera íntima o flotante, onda cierta, marea o aura, latido íntimo, etc.
Todas esas cosas o parecidas, dice Novalis, hablan en música y esa música está antes del alma aun, a ella misma la preceden. Luego ya también lanza algo muy terrible: “acústica del alma”, dice, reconociendo que todavía se trata de un “dominio oscuro”.
¿Es que la música toca un dominio oscuro o éste es tal porque aún no sabemos bien de qué se trata, cómo opera, cómo habremos de aprehenderlo, si tal cosa fuera dable? Es más probable que sea lo segundo. Y muy pronto habría quien se adentre, decididamente, por tal dominio y arroje grandes luces sobre él: Schopenhauer -pero ya hablaremos de sus grandes páginas dedicadas a la música. Volvamos de momento a los compositores que nos interesan.
De Schubert, dice Adorno (en un capítulo llamado Schubert, recogido en sus Escritos musicales) que no acaba de encuadrarse en el romanticismo. Él es el lírico de sí mismo, sigue Adorno, ¿pero acaso no podría decirse eso, y plenamente, de cualquiera de los citados más arriba?
Lo interesante de la concepción adorniana de lo lírico, en todo caso, es que en él no se trata de la “astilla de una realidad trascendente”, pues “en cuanto arte también lo lírico sigue siendo imagen de lo real, diferente de otras imágenes meramente porque su aparición está ligada con la irrupción de lo real mismo en su posibilidad”. Lo real, pues, desplegándose en la música. Son palabras inusuales, pues estamos habituados a creer que la música poco tiene que ver con la “realidad”. Adorno remata esto diciendo que se trata, en el paisaje schubertiano, de un momento “después de que las grandes formas de la existencia objetiva abdicaran hace mucho tiempo de su derecho autoritario”.
Esta conjunción de la música y lo real, en relación a la lírica, nos deja, por otra parte, a las puertas de uno de los pasajes más estremecedores en la historia de la música, aquel donde la misma música, el amor, la locura y la muerte, se entrelazaron fatalmente en el drama que vivieron, tocando y componiendo, estos grandes personajes de la música: Schumann, Clara Wieck y Brahms.
La historia es larga, tortuosa y llena de bemoles (nunca mejor usada tal palabra). La resumimos muy brevemente. Clara Wieck fue, como todos ellos, una niña prodigio de la música y es de las primeras o la primera mujer compositora de gran nivel. Schumann tenía 18 años cuando la conoció, ella nueve -y ya era una buena intérprete. Más tarde Schumann, asombrado, empezó a ir a la casa Wieck a tomar clases con el padre de Clara; ella, desde muy temprano, mantuvo un diario que no se ha perdido y en el que se puede seguir gran parte de los hechos.
Lo que empieza como un diálogo musical entre ambos pronto se troca en amor. Contra la oposición del padre de Clara, acaban casándose. Tienen varios hijos. Robert Schumann llega a ser bastante conocido, mantiene una publicación de crítica musical. Una tarde de verano, tocan la puerta. Abren a un joven desgreñado y hermoso, que viene, de pura devoción, a rendir homenaje a Schumann, a quien admira tanto. Se ponen a tocar el piano entre los tres, hasta el amanecer del día siguiente. El joven, bastante más joven que los Schumann, es Brahms.
Schumann escribe inmediatamente, en su revista, que ha nacido un nuevo genio de la música. Las visitas de Brahms se repiten. Pero, a todo esto, la locura empieza a hacerse cada vez más evidente en Schumann (para algunos críticos musicales ésta es evidente en muchos de sus compases), que un día acaba tirándose al Rin. Sobrevive, sin embargo y es internado en un sanatorio.
A Clara no la dejan visitarlo sino hasta dos días antes de su muerte, dos años después de su intento de suicidio (1856). Sin Robert, Clara había quedado sola, con sus siete hijos. Es entonces cuando Brahms, mucho menor, empieza a ayudarla, a hacerse cargo de ella y los niños. Pues Brahms, ya ampliamente aclamado, fue de los primeros compositores que empezó a ganar dinero gracias a la música. Ama con locura a Clara, que a su vez, y para poder mantener a sus hijos, va dando conciertos por toda Europa queriendo, sobre todo, tocar a Schumann, hacer que éste sea tan conocido como se merece.
¿Ama Clara a Brahms? A juzgar por lo que nos queda de la correspondencia que mantuvieron entre ambos, es seguro que lo hacía. ¿Consumaron su amor? Es algo que nunca sabremos, aunque la opinión de los entendidos es que nunca lo hicieron. Los conciertos de cada uno, las disputas secretas, los varios años de edad que los separaban, acaban alejándolos. Clara murió en 1892, Brahms en 1897.  Queda la música de todos ellos…


Cafetín con gramófono

Piedra Imán


Una más de las legendarias revistas literarias -ideadas en La Paz-, de fugaz paso; esta vez tres números para el recuerdo.



Omar Rocha Velasco

A finales de los 90 nació Piedra Imán, rumbosa revista literaria, cuyos responsables fueron nueve hombrecitos sentados y una mujercita sentada -aunque en estricto recuento fueron dos.
No resulta ocioso, para el caso, copiar el nombre de los “hombrecitos sentados -y la mujercita en orden alfabético” tal y como aparecen en los créditos: Walter Chávez, Gilmar Gonzales, Alfonso Murillo, Ricardo Pérez Alcalá, Pablo Pérez, Jaime Taborga, Walter I. Vargas, Rubén Vargas, Alberto Villalpando y Blanca Wiethüchter (en el número dos salió Pablo Pérez y entraron Valeria Catoira y Marco Antonio Miranda; en el número tres salió Walter Chávez). A pesar del entusiasmo solo vieron la luz tres números, uno por año: 1997, 1998 y 1999.
Wiethüchter y Villalpando organizaban en su casa, ubicada en Los Pinos, proverbiales reuniones donde se hablaba de arte, se escuchaba música, se leía, se pasaba clases, se comía y se bebía. Mucha gente apegada a las “artes liberales”, pasó por esa casa tan receptiva, tan cordial, tan de grandes anfitriones… Además de todo lo mencionado, allí también se hacía una revista, por eso tuvo ese aire de cenáculo (en todo lo que de “comer en común” tiene esta palabra), de tribu (en todo lo que de “sensibilidad compartida” tiene esta palabra) y de divertimento (en todo lo que de “composición para un número reducido de instrumentos” tiene esta palabra).
El primer texto de la revista es un fragmento del monólogo de Segismundo en la Vida es sueño: “Es verdad, pues reprimamos / esta fiera condición, esta furia esta ambición / por si alguna vez soñamos. (…) ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, /una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”. Una clara manifestación de sus filiaciones y, al mismo tiempo, una clara posición frente a sus afanes literarios del momento.
Por eso, tampoco resulta ocioso -solamente- copiar las diez razones que los hacedores de esta revista expusieron como fundamento de su hechura:
1. Para salvar el lenguaje de la tribu y/o salvar a la tribu del lenguaje. 2. Para aportar desde la altipampa nuestro granito de arena a la cultura universal, últimamente tan a menos venida.  3. Para demoler constructos. 4. Para ir cerrando espacios de diálogo. 5. en nuestra América mestiza hay, más o menos, 2.317 revistas literarias. ¡Es urgente una más! 6. A manera de hacer algo mientras llega el Anticristo. 7. @#$%^&*@#%@*%.edu. Kjarkas net. 8. Por atracción Magnética. 9. Para salvar a la escritura de la lectura. 10. Para resucitar compadres. 11. Porque Piedra Imán fija, lija y da esplendor. [sic.]
Algunas de las secciones de la revista tomaron su nombre de fragmentos o títulos de obras literarias bolivianas que los responsables consideraban importantes, este gesto dice mucho sobre el camino que emprendieron: “Peregrina paloma imaginaria”, poesía; “Chuapi punchaipi tutayarka”, ensayo; “Llovía a torrentes”, narrativa; “Nevando está”, partitura bonsái o pequeñas composiciones, especialmente para piano; “La lengua de Adán”, entrevistas, libros y autores.
Las otras secciones fueron “El corso infinito”, dividida, a su vez, en dos subsecciones: “El banquete de Platón”, dedicada a recetas originales  (donde destaca, de lejos, el Cus Cus andino), y “Peón ladino”, grandes partidas de ajedrez; “Gallería d’ art” (un tanto imprecisa porque en el primer y segundo números se publicaron dibujos/caricaturas de Ricardo Pérez Alcalá y en el tercer número una muestra de poemas de Erasmo Gutiérrez); “Vuelve Sebastiana”, cine y teatro; “De obstructos y otras construcciones”; y “Vidas y muertes”, homenajes.
La revista fue portadora de poemas, dibujos, pinturas y textos narrativos de los hombrecitos y mujercitas sentados, y también acogió a varios colaboradores que se movían alrededor de la esa generosa mesa.
Lo que dibujaron, escribieron y recogieron contorneó una perspectiva lúdica de la literatura, pero de ninguna manera poco rigurosa, al contrario, fueron muy conscientes de lo que estaban haciendo al adscribirse a una tradición literaria que se no se sentía atraída por los cantos de sirena del siglo XXI que sin nacer ya llevaba pañales -léase oleada post moderna-, ni por la insistencia de tendencias folklorizantes del arte -véase más arriba la séptima razón.

Una de las principales intenciones fue reunirse en torno a una sensibilidad artística preocupada por el valor intrínseco del hecho estético, más allá de los periodos, tiempos y fronteras -así, un poema de Darío convivía perfectamente con la recuperación de un fragmento de la prosa de Abel Alarcón y la reflexión sobre la narrativa de José Lezama Lima. Además la pasaban muy bien, claro. 

sábado, 19 de septiembre de 2015

Nota de apertura

Ricardo Piglia: la conversación (in)interrumpida

El diario de vida más esperado, una película, un premio… y un volumen fundamental de reflexión sobre literatura. Grandes pretextos para hablar de uno de los monstruos de las letras latinoamericanas.



Martín Zelaya Sánchez

Ricardo Piglia vive días muy agitados este septiembre. Pese a que su salud se deteriora día que pasa a raíz de la esclerosis lateral amiotrófica que le detectaron hace algún tiempo, y a que hace varios meses está aislado en su casa de Buenos Aires, en estos días publica, paralelamente en España y Argentina, Los diarios de Emilio Renzi, el primero de tres tomos de su monumental y largamente esperada obra, y por tanto uno de los mayores acontecimientos literarios del año en Hispanoamérica.
Y esto no es todo. Hace un par de semanas fue la premier de 327 cuadernos, un documental sobre esta legendaria bitácora que el maestro argentino lleva desde sus 17 años, mucho antes de que se planteara ser escritor. El filme está dirigido por su entrañable amigo Andrés Di Tella, y ambos se encargaron del guion. Y, por si faltar algo, el 25 de este mes le será entregado -en ausencia, pues no puede viajar a España- el prestigioso Premio Formentor a su trayectoria.
Por lo que cuentan sus allegados, periodistas y escritores amigos, Ricardo ya apenas sale de su cuarto y de su escritorio -en el que, no obstante, no deja de trabajar obsesivamente como toda su vida- pero hasta hace no muchos meses atendía aún una que otra entrevista y aparecía en algunos eventos públicos como el lanzamiento, en mayo pasado, de La forma inicial. Conversaciones en Princeton, uno más de los decisivos aportes ensayísticos del autor de Respiración artificial en el que, al igual que en sus predecesores Crítica y ficción, Formas breves y El último lector, comparte y propone algunas de las más lúcidas y refrescantes reflexiones sobre los modos de concebir, encarar y aprovechar la literatura, los procesos narrativos y, sobre todo, las interpretaciones y categorías de lectura y procesamiento de la palabra escrita.
Para celebrar la publicación de Los diarios de Emilio Renzi (alter ego y personaje recurrente de Ricardo Emilio Piglia Renzi) y el Premio Formentor, y a modo de comentar La forma inicial, solicitamos el aporte de dos escritores bolivianos -Edmundo Paz Soldán y Christian Vera- ambos lectores entusiastas del escritor de 74 años, y que reflexionan brevemente sobre el universo Piglia en general y sobre el libro de conversaciones, respectivamente.

Diario de vida
“La publicación de sus diarios ha generado enorme expectativa; es quizás el libro más esperado de este año. Habrá que ver cómo se compagina el Piglia diarista con el Piglia novelista o ensayista. Así como nos mostró cruces estimulantes entre la crítica y la ficción, es posible que los diarios muestren nuevos territorios para explorar el encuentro entre la no-ficción y la ficción”, comenta Paz Soldán.
En una conversación con Ana Solanes, publicada en La forma inicial bajo el título de “Volver a empezar”, Piglia dice: “los diarios son, casi por definición, inéditos, tienden a ser una escritura privada, sin lectores, y eso define su tono. Aunque se publiquen, conservan siempre ese aire persecutorio y un poco secreto que es la clave del género”.
En otra parte del mismo texto acota, consciente ya de la trascendencia de su dietario en el conjunto de su obra (aunque nunca sabremos si en 2007 cuando se efectuó el coloquio se había “resignado” ya a publicarlos), “escribo un diario desde hace muchos años y cada vez que releo esos cuadernos me doy cuenta de que lo que más ha cambiado en mi vida es mi letra manuscrita. Habría que llamar a un grafólogo -como en los viejos tiempos- y pedirle que descifre esos cambios y me explique su sentido”.
El periodista peruano Juan Carlos Fangacio escribe: “…una de las características mayores de Ricardo Piglia que encontramos en estos diarios es la asombrosa capacidad para mezclar el conocimiento académico riguroso con la cultura popular y con la vida misma”.

Piglia conversador
Y es tal cual. La forma inicial. Conversaciones en Princeton, es un libro de ensayos, sí, pero no el convencional compendio de escritos pensados y plasmados como libro, sino concebido y realizado como un cúmulo de conversaciones -entrevistas, coloquios universitarios, diálogos casi informales- que Piglia y sus colegas de la academia, periodistas especializados y alumnos sostuvieron en los últimos años en diferentes ocasiones, pero casi siempre en o por intermedio de la universidad de Princeton en la que el autor de Plata quemada se jubiló en 2011 tras una larga carrera de docencia.
Los ejes del libro, cuyo sello distintivo es, claro, la posibilidad de retorno inmediato inherente al diálogo, son los mismos de siempre: narración y ficción -cuándo no en Piglia- pero esta esta vez analizados desde la forma inicial, aquella intuitiva manera de hacer literatura: la narración oral básica, el intercambio de historias... la conversación: “Pero, ¿cómo empezó la historia de la narración? -se pregunta en el texto “Modos de narrar”-. Podemos inferir un comienzo. Imaginar cuál fue el primer relato. La forma inicial, es decir, la prehistoria de los grandes modos de narrar”.
Así, temas como la interrupción, la interpretación, el tono como quid de la narración, la velocidad e intensidad en la escritura/lectura, entre muchos más recorren estas páginas que se leen de un tirón, como disfrutando de una buena novela o relato, pero absorbiendo a la vez información tan lúcida y útil como bien digerida y mediada.
En un breve texto que se presenta en un recuadro adjunto en estas páginas, Edmundo Paz Soldán sostiene: “Piglia ha aportado nuevas lecturas de los clásicos -desde Kafka a Borges, pasando por Philip K. Dick- y en sus lecturas se ha preguntado muchas veces por el lugar del lector. Preguntarse por el lector, sugiere Piglia, es preguntarse por la literatura”.
Y esto está muy claro en “Tiempo de lectura”, la primera de las conversaciones de La forma inicial en la que señala: “Yo he construido una especie de modelo histórico, un poco en broma, con dos posiciones. La primera que podríamos llamar la pose Kafka, es el modelo del lector que se encierra y se aísla y no quiere ser interrumpido”. Y como segundo punto, el argentino identifica algo que cada vez está más presente: “… cuando el modelo es la dispersión, la proliferación de signos. La lectura no es lineal, el que lee se desvía, está en una red, el tiempo está fragmentado y es múltiple”.
Y es que en ficción, en literatura, nadie por muy dotado que sea puede enseñar jamás a escribir, a crear, claro está; pero eso sí, para dominar el arte de leer sirven y mucho todas las herramientas y pistas posibles, y Ricardo Piglia es capaz, como muy pocos, de introducirnos con grandes certezas a este fascinante universo.
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El discurso crítico y el lugar del lector

Edmundo Paz Soldán

El proyecto literario de Piglia consiste en hacer crítica desde la ficción, y en darle un fluir narrativo a su discurso crítico. Esa fluidez con que el escritor argentino trabaja los géneros ha producido resultados sorprendentes: algunas de las mejores páginas de reflexión crítica sobre la relación entre Borges y Arlt en el sistema de la literatura argentina se encuentran en una novela, Respiración artificial.
Piglia lee como leía el gran crítico Eric Auerbach: haciendo que un detalle -la cicatriz de Ulises, digamos- revele todo un período cultural. El título de uno los ensayos de El último lector nos remite a esto: “La linterna de Anna Karenina”. La luz de la linterna se puede tomar como el símbolo del trabajo del crítico: ilumina la oscuridad del texto, encuentra su sentido. Piglia, en esto, es un lector tradicional: no se cree todo ese discurso posmo acerca de que los textos son indecibles, están cargados de contradicciones que hacen imposible descubrir su sentido, si es que lo tienen.
Piglia ha aportado nuevas lecturas de los clásicos -desde Kafka a Borges, pasando por Philip K. Dick- y en sus lecturas se ha preguntado muchas veces por el lugar del lector. Preguntarse por el lector, sugiere Piglia, es preguntarse por la literatura. Si se lee Continuidad de los parques, de Cortázar, es para mostrar cómo este texto sugiere algo muy diferente a lo que sugería Madame Bovary: “no se trata de leer en un libro una vida posible que se pretende alcanzar, sino de leer en un libro la propia historia, la letra del destino”.
Piglia, en la elaboración de su genealogía de lectores, traza conexiones insospechadas y siempre novedosas entre los textos. En sus digresiones siempre se encuentran perlas: “la legendaria indecisión de Hamlet podría ser vista como un efecto de la incertidumbre de la interpretación, de las múltiples posibilidades de sentidos implícitas en el acto de leer”.
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Piglia oral


Christian Vera

En el prólogo a El sonido y la furia puede leerse una anotación: “Escribí este libro y aprendí a leer”, confiesa William Faulkner, y en esa inversión sutil del orden lógico de la frase se define la práctica literaria que reúne de manera inescindible al lector y al escritor. Leer y luego escribir, escribir para volver a leer; de un deseo a otro va toda la literatura y, en algún lugar incierto, asoma la figura del crítico quien “encuentra su vida en el interior de los textos que lee”.
Esta última cita corresponde a La forma inicial (Eterna Cadencia, 2015) de Ricardo Piglia, su nuevo libro sobre conferencias y conversaciones. En él, Piglia, como ya lo hizo en Crítica y ficción (2000), a través de distintas formas de la oralidad nos presenta una serie de “libros”, por decirlo de alguna manera, que jamás escribirá pero que están presentes en las conferencias, diálogos, conversatorios que experimenta como una especie de  performance.  
En “Medios y finales”, un extraño capítulo de La forma inicial, leemos una conversación entre Piglia y sus tres amigos (uno dialoga a través de Skype). Si bien el encuentro es espontáneo, fragmentario y digresivo, se trata de una charla con mucha sustancia literaria, con algo de divagación, pero allí radica parte de su riqueza.
Es un encuentro nocturno, no se lo dice pero hay cierto ambiente de parrilla, de asado. Piglia habla de su testamento y del trámite de jubilación como profesor de Princeton. La charla transcurre, algo melancólica, acerca de los finales en la literatura, la vida, las instituciones. Se habla de los libros, la velocidad de la lectura, las interrupciones, los relatos que inventa el Estado, los circuitos por los cuales fluyen las ideas, Walter Benjamin, la publicidad, la docencia y de mucho más.
Una muestra de esa espontaneidad se da cuando Fermín Rodríguez, amigo de Piglia, le pregunta: “Ricardo, ¿tenés dimensión de tu gestualidad en clases?” Piglia responde: “No, mirá, porque los estudiantes parece que se ríen un poco”.
En “Conversaciones en Princeton” Piglia responde las preguntas de los estudiantes y al hacerlo presenta sus preocupaciones políticas, su experiencia de editor, de lector, algo de lo que afirma sobre Octavio Paz también se le podría decir a él. Con evidente tono magistral, Piglia configura en sus respuestas un ensayo de interpretación histórica y política, un protocolo de lectura para leer sus ficciones. A modo de una autobiografía intelectual expone una serie de hipótesis críticas y teorías de lectura, también realiza una historia literaria, sobre todo de la Argentina.
Mauro Libertella en el artículo “Crítica y conversaciones” precisa que estos capítulos son ejemplos “que funcionan un poco como cara y cruz de una política autoral. Los dos son Piglias orales, desde luego, pero el primero es el paradigma del gran conversador de café, un poco pícaro y un poco torero, un rufián melancólico, que se formó en los bares calientes de la ciudad de Buenos Aires de los años setenta. El otro es el catedrático internacional, el que parece que pensó toda la literatura universal y la jibarizó hasta convertirla en su pequeño panteón portátil”.
Juan José Saer, autor imprescindible en el canon de Piglia, escribe al final del prólogo de La narración-objeto: “La crítica es una forma superior de la lectura, más alerta, más activa, y que, en sus grandes momentos, es capaz de dar páginas magistrales de literatura”. Y esto es lo que logra Piglia (un Piglia oral) no sólo en La forma inicial, también en Crítica y ficción y Formas breves.

 “Encuentra su vida en el interior de los textos que lee”, por este último detalle Piglia es quien es.