sábado, 19 de septiembre de 2015

De arte y artistas

Sobre los libros de arte


Texto que el autor trabajó a propósito de la presentación de un libro sobre la pintura de Gilka Wara Libermann.



Pedro Querejazu Leytón

La presentación de un libro de arte es el resultado de muchas tareas interrelacionadas, entre ellas la de ser autor; es también una transacción y una intermediación entre lo que se quiere y lo que se puede.
Los libros normales están llenos de textos, tienen letras y palabras, pero no son las palabras. La palabra es la palabra, no la escritura. Un libro de arte es una transacción más compleja aún. Es mostrar en láminas lo que no se puede poner en láminas. Una pintura es una pintura, no es una lámina impresa.
Hacer un libro implica una serie encadenada de pequeñas y grandes decisiones hasta llegar al producto final. Mucha gente me considera curador de arte, aunque yo me defino como historiador del arte que, como parte de su desempeño, hace libros de arte.
Antes de iniciar la colección de la que ahora presentamos el tomo dedicado a Gilka Wara Libermann, edité y produje varios otros libros de arte. Pintura boliviana del siglo XX (1989), La Placa (1990), Las misiones jesuíticas de Chiquitos (1995); El dibujo en Bolivia  (1996), Los pintores bolivianos en la Guerra del Chaco, en el libro Chaco trágico, flora doliente y angustia de los hombres (2008).
He editado y producido dos libros de fotografía: La Paz, ciudad de luz, magia y tradición (1991) y Luigi Domenico Gismondi. Un fotógrafo italiano en La Paz (2009), además de colaborar en otros como: Fotografía Max. T. Vargas Arequipa y La Paz (2015).
Durante cuatro años, 2001-2005, trabajé en la Organización Internacional del “Convenio Andrés Bello”, en Bogotá, Colombia, como coordinador del área de Cultura. Como parte del trabajo tuve que realizar muchos viajes y a diversos sitios, y entonces vi con claridad la importancia de los libros de arte, por lo cual reforcé mi intención de seguir produciéndolos.
Los libros son una necesidad, y, como parte de las intermediaciones culturales, son una manera fundamental de construir memoria. Cuando un artista expone su obra, lo común es que a veces se haga un folleto o catálogo, pero la mayoría de las veces no. Como muchos investigadores, he padecido para conseguir datos sobre artistas, sobre sus obras expuestas en tal o cual oportunidad y lugar y, eventualmente, el paradero de las mismas. Por eso he insistido constantemente en que todas las exposiciones individuales y colectivas deben tener catálogos porque en el largo plazo son referentes circunstanciales del quehacer artístico, con los cuales se construye esa memoria.
Durante la experiencia en Andrés Bello pude ver que en países vecinos, hasta los artistas más jóvenes cuentan con libros publicados sobre su obra, no se diga de artistas de larga trayectoria y renombre. ¿Cuántos hay en Bolivia sobre Marina Núñez del Prado, María Luisa Pacheco, Arturo Borda, Cecilio Guzmán de Rojas, por citar los artistas más renombrados y conocidos?
Por eso, al retornar al país, propuse a varias personas y entidades un plan para producir una colección de libros de arte y editar uno por año, referidos preferentemente a los artistas jóvenes.
Así se inició la colección y se publicaron: Guiomar Mesa (2009), Keiko González (2011), editados por la Fundación esART; Yolanda de Aguirre (2012), Arte contemporáneo en Bolivia, 1970-2013. Crítica, ensayos, estudios (2013), y ahora: Gilka Wara Libermann. 1985-2014.

El nuevo libro
Gilka Wara me pidió que le ayudase a producir un libro sobre su obra. Acepté su encargo y empecé la tarea recopilando, revisando y analizando todo el material que ella me entregó, tanto catálogos, revistas, periódicos, como textos referidos a su obra, de autores como Julio de la Vega, Yolanda Bedregal, Armando Godínez, Mario Ríos Gastelú, Elizabeth Salgueiro y otros.
También me entregó archivos con las fotografías de sus obras reunidas en carpetas correspondientes a cada exposición, que hubo que revisar, limpiar y adecuar.
Un artista en el desempeño de su tarea es capaz de hacer mezclas infinitas de colores cuyo resultado son las obras de arte. Al tratarse de un libro de arte, las fotografías son una intermediación trascendental, pues su calidad y resolución son determinantes para lograr un resultado óptimo. Con relación a esto, se sabe que el ojo humano de una persona es capaz de distinguir 30.000 colores y que un ojo entrenado, como el de un o una artista, es capaz de distinguir 70.000 colores. Una fotografía no reproduce esa riquísima variedad de matices y tampoco una imprenta.
Las películas analógicas de fotografía y los sensores digitales registran los colores con base en tres capas o lectores: azul, cyan y verde. La combinación resultante puede ser muy grande y variada, pero nunca tan alta como la del ojo humano. Las imprentas trabajan con cuatro colores: amarillo, rojo, azul y negro, que combinados pueden dar también una amplia gama de matices. En algunos casos las imprentas pueden recurrir a desdoblar las capas de color y añadir otros para multiplicar las variantes en las gamas cromáticas, pero por muy ricas que estas sean, son menores que las de la fotografía y están muy por debajo de las posibilidades de percepción del ser humano.
Por eso es que hablo de transacciones, por las complicaciones implícitas en el proceso de ir adaptando lo ideal dentro de lo posible. Uno quisiera reducir la obra original, con toda su riqueza, y ponerla en una página, pero eso no es posible, además de que con solo reducirla de tamaño ya se estaría haciendo una intervención y una transacción perversa, y ahí entra la fotografía.
En el proceso editorial hay que seleccionar las mejores imágenes de las mejores obras; hay que reunir los textos preexistentes y editarlos, acotarlos, escribir nuevos textos, construir una hoja de vida detallada y precisa y una bibliografía comprobada; en otras palabras, pensar el libro de manera armónica. Eso es lo que he hecho en el caso del libro recién presentado.
Creo que el libro ha quedado bien. Es un buen libro. Sin embargo, nunca dejo de tener claro que es una transacción entre lo deseable y lo posible.
No obstante las limitaciones descritas, un libro de este tipo tiene la gran virtud de mostrar lo que un artista ha hecho. Es como un camino, cuyo tránsito siempre es de doble vía: no se tiene a las obras delante de uno, pero en contraposición se tiene la posibilidad de mirar y ver de manera casi simultánea muchas de ellas reunidas y de poder hacerlo una y otra vez. Por eso los libros son una maravilla y son la construcción de la memoria.


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