sábado, 12 de septiembre de 2015

Ensayo

Acerca de dos libros
contemporáneos de cuentos


Una lectura interconectada de El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013) de Guadalupe Nettel, y de Leche (Libros del Lince, 2013) de Marina Perezagua.



Aldo Medinaceli 

1. El mundo conectado
Los misterios de la conexión entre humanos y animales son inmensos. Incluso las invisibles conexiones entre personas inspiran cientos de teorías. ¿Qué tanto afecta nuestra energía a los seres -no digamos solamente plantas y mascotas- sino a todos los seres con vida que nos rodean?
No es extraño que las macetas de las casas luzcan espléndidas en las buenas épocas o comiencen a marchitar sus flores cuando la enfermedad llega. Algunas personas conversan con las begonias, visten con atuendos estrafalarios a sus perros. O aseguran que cuando viajan no reconocen a sus gatos al regresar.
El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013) de la escritora mexicana Guadalupe Nettel explora estas conexiones de una manera sutil y arriesgada. Las cinco historias que lo conforman detallan las simetrías que ocurren entre las experiencias de nuestra vida cotidiana y una velada sintomatología expresada mediante los animales, insectos y líquenes que rodean a los personajes.
Peces que traducen emociones veladas bajo profundas capas de evasión. Serpientes míticas/místicas que se debaten entre su simbología oriental (ligada al renacimiento y la renovación) y su sentido católico (traición o símbolo del mal).
Insectos revelando el microcosmos que escondemos, que no por invisible deja de ser un rasgo importante, como el temerle a la luz o preferir los rincones aislados en aulas y autobuses.
En el primer párrafo se brinda la pista inicial para desentrañar los códigos que rigen a la obra: “Se aprende mucho de los animales con los que convivimos... Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos ver”, afirma la narradora ofreciendo uno de los lineamientos que instaura el libro.
Mediante una estructura sólida y calibrada -una vez ingresando en su red de códigos y guiños- este libro nos hace sentir inmersos en un ensayo en cinco partes, con sus respectivos argumentos, ejemplos y conclusiones, hábilmente entretejidos desde la ficción y la estética.
Cada relato ostenta un ritmo temporal estricto y ordenado -como medido por un metrónomo-, amable a su vez con el lector que solamente desea disfrutar de una buena historia.
El mundo que cada cuento genera no es excedido por sus elementos ni estos le quitan protagonismo a los hechos. Son cinco sólidas fábulas con articulaciones, cimientos, ventanas y tomas de aire bien meditadas; en las cuáles la única falla evidente sería la repetición de una fórmula que funciona muy bien.
Leí consecutivamente un relato durante cinco días. Aquella lectura lograba un sueño placentero, sin cabos sueltos y con cierto sabor a magia, a una mitología urbana y decantada, como si diminutos minotauros escenificaran sus roles nocturnos en la psique del lector.
Un fragmento del cuento Guerra en los basureros dice:
“Según el instituto para el cual trabajo en la universidad, el número de insectos comestibles censados en nuestro país asciende a quinientas siete especies.
–¿Ve que no tiene nada de malo comerse a los insectos? –le preguntó Isabel a mi tía quien seguía observándolo todo con actitud reflexiva–. Se lo aseguro, señora. Si empezamos a comerlas, las cucarachas se irán despavoridas”.

Después se establece que algunos insectos habitan la tierra mucho antes que los humanos, y que otros incluso guardan nuestra ascendencia, siendo nuestros abuelos y bisabuelos, siendo esta consensuada antropofagia una manera de recibirlos.
Arturo Borda afirmaba -en su propuesta chamánica- que todos los seres vivos habitan en cada uno de los hombres y mujeres. Llegó a escribir extensos diálogos entre cigarras, camélidos, aves y anfibios, en los que cada uno exponía su íntima correspondencia con su entorno: su función en el mundo. Después amplió esta idea fauno/panteísta a los objetos de las habitaciones; muebles, tazas, telas y pinceles.
El mundo íntimo de cada persona acepta esta empatía con sus objetos más preciados, mascotas de la infancia o libros favoritos. Y el Matrimonio de los peces rojos es uno con oficio y maestría.

2. Asesina y maternal: “Leche”, el líquido seminal de Marina Perezagua
A veces el futuro se muestra esquivo incluso en las mejores visiones. Se esconde, corre atrás del tiempo, huye. Otras veces decide mostrarnos un poco de su reino. Digamos mejor “un” futuro, de manera indeterminada, porque durante los próximos años las cosas van a cambiar. No habrá “el” futuro, ni habrá “el” mundo, sino varios mundos habitando un mismo espacio. No habrá un solo centro ni tampoco existirá un solo tipo de hombre y, hay que decirlo, tampoco un solo tipo de mujer.
Marina Perezagua ha plasmado en la ficción uno de aquellos posibles futuros. Leche (Libros del Lince, 2013) devela algunas de las oscuras y ocultas pulsiones humanas. Las exhibe en un muestrario fantástico y fantasmal, casi exonerándolas a través de la forma, donde la prosa trabaja como un canal de sanación, y descarga de manera dosificada las feroces aberraciones de nuestra propia naturaleza.
La prosa de Leche posee cadencia, tal vez sea su recurso más evidente: la cadencia y el ritmo, aunque al mismo tiempo existe una profunda exploración de la psique del ser humano, de sus deseos velados, y del lado profano de la pasión.
Perezagua describe escenas de una crudeza espeluznante mediante el contraste fondo/forma, con una escritura directa, sutil y limpia. El término “crueldad” no sería el más exacto porque lo que ocurre es la ausencia de melodramatismo. La escena del abuso sexual al niño asiático, en el cuento que le da nombre al libro, es quizá uno de los momentos más fuertes y agresivos por su trasfondo político y humano.
Por otra parte, el relato Homo coitus ocularis inicia así:
“Los registros dicen que solo quedamos dos. Somos las últimas personas. Yo y tú, mujer y hombre, el final de una cadena que decidió colectivamente, por el bien de las demás especies, la extinción voluntaria. (Te desabrocho un botón)”.
El sujeto de la enunciación va en primer orden, como nos enseñaron a no hacer nunca en la escuela: “Yo y tú”, e inmediatamente se refuerza la idea: “Mujer y hombre”, invirtiendo el orden dominante (macho–hembra) durante los últimos siglos. No es casualidad.
Nada en este libro de monstruos y dolores luminosos es casualidad.


* Estas reseñas se publicaron originalmente en la revista literaria Granite & Rainbow


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