sábado, 26 de septiembre de 2015

Etc.

Héctor Borda Leaño: sus ojos,
sus olvidos, sus recuerdos


Crónica de un emotivo reencuentro con el recordado poeta orureño.



Carlos Decker-Molina

Somos viejos amigos. Nos conocimos en Oruro, por eso fue fácil saludarlo con un verso suyo, un poco descuajeringado, por la vejez de la memoria: “Todavía nuestros huesos no han aprendido a rendirse… ¡Salud! viejo amigo”.
Me miró. Hubo un silencio de segundos y casi a los gritos dijo mi apodo: “¡Chino, hermano! No has cambiado de voz”.
Lo abracé y lloriqueamos recordando el “asedio de tinieblas” cuando vivimos de prestado, aquellos años que se reconocen fácil por su olor a dinamita y por el gusto verde que “ha de bajar por un secreto canal de rutas capilares / cerrando heridas, /amansando la dolorosa gestación de los sueños”.
Yo era un jovencito, con veleidades sindicales, que se enfrentó con la policía política del último crujiente gobierno movimientista para lograr la libertad de un colega que trabajaba en radio San José y le decían el “poeta”. Se la dieron y al cabo, tomamos unos té-con-té en un boliche de mala muerte en homenaje a la libertad y por la pena de los que “están ahí / firmes en la soledad…/ cualquiera los podrá reconocer por la mirada”.
Hoy, Héctor Borda Leaño, a sus 88 años bien cumplidos, arropado por la seguridad social de Suecia, vive en Malmö una vida de abuelo noble con una multitud de recuerdos revoloteando como t’aparancus en su atormentada cabeza.
Sus ojos me hablan con olvidos y recuerdos. Galopan atropelladamente las “constelaciones temporales” que, emergen a la superficie como recuerdo completo o fragmentado. Por eso, cuando escuchó mi voz -intento explicármelo ahora- había millones de neuronas en su cerebro que se habían propuesto esconder viejas sensaciones de alguien que recitó sus versos por las ondas de alguna radio de Oruro. En ese momento, la voz jugó un rol más activo que la persona que lo visitaba.
Nunca fuimos amigos de esos que salen cada viernes de soltero, no. Fuimos y somos amigos de otro modo. Semanas, meses y a veces años sin vernos, pero atentos a las sombras y oscuridades de las noches represoras o a los destellos o luminarias de la vida del exilio.
Un 18 de septiembre me habían dado por muerto tras un enfrentamiento con los militares. Héctor había leído la noticia en La Nación de Buenos Aires con Gato Salazar y otros colegas. “Qué será de los mellizos” había dicho el poeta, recordando a mis hijos, cuando -de pronto- me vio entrar muy orondo y triunfador -a pesar de la derrota- a comer un bife y papas fritas al mismo restaurante donde almorzaban los exiliados bolivianos. El abrazo tuvo la fuerza de la amenaza amigable: “No vuelvas darme este susto pues hermanito”.
Si mi voz se quedó en alguna neurona del cerebro de Héctor, sus versos son los que, sin mucho esfuerzo, anclaron en el mío, por eso la facilidad del recuerdo.

Atento ante la muerte,
drásticamente amortajado un hueso
reseco en sus raíces
enumeras tu pan y las heridas
de tu famoso grito,
de tu rabia inconclusa
y la prédica inmemorial de tu andadura.

Sin duda, Héctor Borda Leaño es el poeta de los mineros, porque esos seres que “nacen, crecen, se reproducen y a veces los matan” al decir de Mary Monje Landívar, están en cada línea de su poesía.
Pero, hay otra veta de la poesía de Héctor y es Oruro, “esa enamorada del gringo y el gitano”, donde la gente no “pregunta de dónde viene el hombre si trae en las manos la crispación dichosa del trabajo”.
En Oruro “tomábamos una copa de singani sin saberlo, cuando apenas sí veníamos del tiempo… y marchábamos por calles interminables de desenfreno y de gozo”.
En Malmö era un día con sol, corría el viento desde la bahía tan cercana a Copenhague y nos obligaba a la bufanda aunque no al abrigo, los lugareños dicen que es primavera. El viento parece de Oruro ¿No?  
Mineros y Oruro son las vetas de tu mineral poético, le dije entonces. Héctor extendió la mano y apoyó la suya sobre la mía, sentí su calor, diría que me cosquilleaba el pasar de su sangre, nos miramos con ojos incrédulos y leí en su mirada el pedido de volver a escuchar mi voz y me decidí a tenderle un trampa a su cerebro con fundido y sin soltar el nudo que se habían hechos nuestras manos, y con la voz a punto de quebrarse, le dije primero a su oído: Te acuerdas hermano…

Cuando nuestros carnavales eran más sucios,
digamos más hediondos
digamos más Suramérica, más Oruro, más magia,
más misterio,
más Wawichu Zaconeta, mas Q’apichón quintanilla
más negro Zabaleta
más Thanta Oso Méndez
más Ángel Salazar
menos ordenanza municipal, menos mascarada del CAN,
menos gringa culona, menos fotografía,
menos turistas, menos cine, menos cocacola
menos vendedores de trampas y agonía… 


Héctor apretó mi mano y volvió a decirme: “Chino, hermano. No has cambiado de voz”. Y, después de una pausa: “ya me estoy volviendo a Oruro. Hijo. ¡Pásame un lápiz y un papel! 

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