sábado, 5 de septiembre de 2015

El último mestizo

Muchas gracias


Extracto del discurso que dio el autor cuando recibió el Premio a la Trayectoria Literaria durante la pasada Feria del Libro de La Paz.



Manuel Vargas 

Sí, muchas gracias. Esto es todo lo que se me ocurre decir en esta ocasión. En un viaje que hizo la antropóloga Verónica Cereceda por comunidades quechuas -Paria, Ventilla, Banderani- entre Oruro y Cochabamba, le ocurrió lo siguiente.
Se acercaba con sus acompañantes a una casa a preguntar por el camino que debían seguir y un campesino desde el fondo del patio apreció diciendo esto mismo: Gracias, muchas gracias. “Venía alzando los brazos como para recibirnos en ellos y era tal su delicadeza toda, que con la ayuda del poncho parecía un pájaro alado”.
¿Gracias de qué?, ¿por qué?, se pregunta Cereceda. ¿Gracias a quién y qué diciendo?, digo yo. No hay una respuesta. Y la antropóloga recordó la filosofía Zen: “cuando como, como; cuando duermo, duermo”. Así nomás debe ser.   
Ahora resulta que me han otorgado un reconocimiento. ¿Quién?, ¿por qué?, ¿de qué? Solo me resta repetir lo mismo. Gracias. Y aprovechar la ocasión para desnudarme un poquito. De pronto me he dado cuenta de que estoy viejo, que no es lo mismo que decir que soy un viejo. Junto conmigo algunos amigos se extrañaron diciendo, “pero tú no te has muerto aún y pareces estar sano, ¿qué ha pasado, por qué te están dando reconocimientos”?
Y bueno, me han pasado tantas cosas, de pronto se me ocurre que puedo hablar de mucho tiempo atrás, y desde siempre. Por algo sería que mis compañeros de escuela me pusieron, premonitoriamente, el sobrenombre de “Abuelo”. De pronto he vivido y he conocido a mucha gente y he viajado por todas partes. Desde Huasacañada hasta Suiza, pasando por Vallegrande y la isla de Cuba y algunos trechitos del África. ¿Por qué? Ahora recién entiendo. Por andar escribiendo. Gracias, letras.
Cuando era niño, a mi madre se le ocurrió mandarme a un Seminario de Tupiza a estudiar para cura. A mí me encantó la idea, pues iba a aprender algunos idiomas, como el latín, y junto con el francés y el castellano, ¡ya iba a hablar tres idiomas! Y seguramente iba a comer cosas ricas, también.
Así que me fui. Y por andar viajando, perdí mi infancia. Hasta pensé que la dejé en un camino entre Santa Cruz y Cochabamba, cuando el bus en que viajaba se despeñó unos cien metros, causando algunos muertos; a mí me correspondieron dos heridas, una detrás de mi cabeza y otra en mi ajayu, aparte de cientos de espinas de caraparí en mi rodilla izquierda.  Pero no, ahí no estaba mi infancia, pues en muchas ocasiones, años después la busqué con mi mirada por ese callejón que hizo el bus La Galgo al rodar hasta la quebrada. Fue solo mi ajayu que se quedó ahí por un tiempo, y de tanto mirar lo recuperé. Seguro, porque no estoy loco.
Entonces, ¿en qué recoveco del tiempo se perdió mi infancia? Tenía que estar en Huasacañada, en Salsipuedes, en alguna estancia o pampa o potrero entre Vallegrande y Paja Colorada. Pues, me dediqué a escribir cuentos a fin de encontrarla. Entonces ya estaba crecidito.
No voy a seguir paso a paso la marcha de mis largos años. A los 22 publiqué mi primer libro. Siguieron otros, años y libros. Últimamente, a instancias de una amiga, me puse a contarlos. Ya desde hace rato se me ocurrió decir que tenía publicados diez libros, luego una docena, por nada más muchos comentaristas y amigos me pusieron la chapa de escritor prolífico, pero no. Bueno, sí, deben ser muchos, pero no tantos. Este año los he recontado, y pasan raspando los veinte títulos.
Paso. El año 1981 dejé Bolivia, contra mi voluntad, para verla desde el otro frente. Fui uno de los pocos exiliados literarios en este país de tradición oral. Ocurrió que al “crítico literario” Luis Arce Gómez y a sus seguidores no les gustó mi cuento, El mal de ojo, publicado en Presencia y fui denunciado por escribir mal, y en contra del honor de la mujer cruceña.
Todas estas anécdotas, dolorosas en su momento, apenas hicieron que tome más en serio mi trabajo de escritor, y buscara en la literatura una explicación para comprender el absurdo del mundo. Me agarré de las palabras de Homero: “Los dioses tejen desventuras para los hombres, para que las generaciones venideras tengan algo que cantar”.
Borges lo dijo de otra manera: “Un escritor o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo”.
Jaime Saenz, el amable, le da otro toque a todo esto: “Hay que tener una fuerza casi sobrehumana para contrarrestar los efectos de una bien organizada y encubierta conspiración. Claro que es el humor uno de los principales componentes de esta fuerza casi sobrehumana. El humor es el conocimiento en el más alto sentido. El que escribe lo que le da la gana, el que no teme a nada ni a nadie, el que no transige, el que escupe sobre las convenciones, sobre los grupos, los cenáculos y peñas está perdido. No tiene perdón. Y como a uno le interesa un comino que lo perdonen o que dejen de perdonarlo, y como ni siquiera los mira de reojo, la cosa se vuelve de lo más chistosa. Pero a mí me da mucha pena que la gente sea así. ¿Será tan difícil ser como lo que se es? ¿Por qué simular? ¿Qué cuesta escribir lo que uno cree y lo que uno siente?”.
Pues, cuesta. Pero vale la pena. Volví a Bolivia. Aquí estoy. Otras cuantas cosas me pasaron. Vengo de una tradición que considera al escritor como un inconforme, un aguafiestas, cuyo poder está siempre lejos del poder. La literatura no es literatura. Los cuentitos no son cuentitos ni un saludo a la bandera.
Soy un hombre de tener, no de poseer. Tengo unas raíces bien puestas: Vallegrande y sus alrededores que llegan hasta Bolpebra y Villamontes. Tengo dos héroes, aún entre los vivos, que me ayudan a ir pasando: Loyola Guzmán, porque está a mil leguas de la política “real” y porque para ella la revolución no es un discurso hueco sino una sencilla vida de consecuencia. Y monseñor Julio Terrazas, o sea mi paisano “el Padre Julio”, me sacó con una sonrisa del pozo de la desesperación y la locura, diciéndome: “cuidado con meterte a la religión”. Y eso en boca de un religioso ya es definitivo.
Es que hubo un tiempo en que estuve muy enfermo. Pero tengo asimismo un hermano, un jodido hermano mayor, que ya se fue: Jesús Urzagasti, compañero de aventuras y mates cuando se dio el caso. Cuando mis nervios me quisieron doblegar, cuando dentro de mí todo estaba negro y el horizonte amenazaba estallar, me dijo: “Hay que ser fuerte. ¿Qué siempre te puede pasar?  A lo mucho te vas a morir”.

Tengo. Tengo palabras y recuerdos antiguos. Tengo cuentos. Gracias, palabras. Cuando tengo que comer, como; cuando tengo que dormir, duermo. 

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