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sábado, 31 de enero de 2015

Nota de apertura

Los “perros hambrientos recuerdos” del Julio

Lecturas, adelantos, intertextos y comentarios en torno a El hombre que amaba a Amy Winehouse.

 
Julio Barriga en su casa en Tarija. (Foto: Edmundo Bejarano)
Martín Zelaya Sánchez

Julio Barriga debe ser el viejo más joven que conozco. Como bien lo cuenta Fernando Barrientos en el prólogo de El hombre que amaba a Amy Winehouse (El Cuervo, 2014), vive hace años sin luz eléctrica, desconectado del mundo, pero a la vez -como los antiguos monjes anacoretas que copiaban libros en los monasterios- está más cultivado y enterado que nadie.
¿Cómo es posible que un casi sesentón que no tiene radio, TV ni computadora esté más al día que la mayoría en cuanto a lecturas y música?
Este libro de memorias –que no autobiografía- lo pinta de cuerpo entero, desde el mozalbete rural hasta el rudo y curtido viejo sabiondo, bohemio incurable y estupendo poeta; un perfecto “hippie jubilado”.
Hace siete años, en una entrevista regada de cervezas en la plaza Abaroa de La Paz, me dijo: “la poesía es cuestión de silencios y soledad (…) yo soy un escritor que no escribe y un vividor que no vive. Un día me di cuenta de algo muy curioso, el tamaño de lo que escribo se adapta a la forma y extensión del papel que encuentro para escribir”.
Así, casi despreocupado, como quien se ceba un mate, recoge algunos tostados sueltos del bolsillo para masticar su ayuno casi perenne y autoimpuesto, el chapaco escribe –como quien no quiere- algunos de los versos más poderosos de la poesía boliviana actual:

“… especialista en decirlo todo / en menos de 30 segundos / temo ser únicamente / el resultado de un desequilibrio / momento cuando destilo / miel o hiel de mi persona…”. (Cuaderno de sombra. El cuervo, 2008)

Vate rematado, Julio –cuenta Barrientos, su editor- se animó a publicar este libro de crónicas porque, como dice, “quiere demostrar que un poeta no es solo un imbécil que no sabe expresarse en prosa”.
Ya en serio, El hombre que amaba a Amy Winehouse es una suerte de bitácora de un largo y accidentado viaje que, aunque todos creen que está por terminar, siempre sorprende con una curva por delante.

“Creo que nunca tenemos cabal conciencia de la muerte –escribe- pues eso nos impediría dar un paso más. En tiempos finales y por un mecanismo, este saber ya no nos parecerá tan terrible sino natural, necesario y, quien sabe, deseable. También albergo la tenue ilusión de un lugar del universo en que todo lo que existió alguna vez, existe para siempre”.

La mayoría de los pasajes parecen escritos mitad en broma, mitad en serio, lo que no impide notar absoluta sinceridad y desgarradoras verdades:

“Mi abuela que me crió y me quiere como a un hijo, me ha confiado en un aparte: ‘a veces se me junta en el pecho todo el dolor de mi vida y casi no puedo soportarlo’. Al solo imaginarlo me he conmovido dolorosamente y desee no vivir muchos años”.

En cuanto al estilo, se aprecia una impronta del lenguaje “culto antiguo” que lejos de quitarle ritmo y verosimilitud, equilibra bien con la frescura, ironía y desfachatez de las anécdotas e historias inherentes al singular bagaje de Barriga.
Expliquémonos. Bien dicen que Tarija es la Andalucía boliviana, y bien dicen que conserva esta región costumbres, pero sobre todo el habla de la colonia. En este libro no hallarán ni un solo arcaísmo, ni una oración o párrafo con lenguaje trasnochado o forzadamente decimonónico, pero sí una agradable cadencia que recuerda a la mejor prosa de inicios del siglo pasado (aunque a veces esta tónica se hace algo repetitiva, hay que decirlo):

“En mi dorada infancia rural del entonces candoroso pueblito de Méndez, por mi calidad de hijo de maestros fui invitado a mucquear a una de las comunidades vecinas…”.

Texto de amor para Amy Winehouse (además todas mis cantantes), un erudito artículo sobre las damas de la canción (rock-blues-soul-pop) remata este libro de 164 páginas. A modo de ensayo y confidencia de un melómano y erudito, es un texto único en su género, tan así que es el único componente de la quinta parte del libro.
La primera parte, la más emotiva y biográfica, es, a modo de un diario de vida retrasado, un compilado de memorias de infancia: vida familiar pobre pero feliz. No faltan los guiños a las experiencias entre sobrenaturales y oníricas que todos tenemos (o creemos recordar) de los primeros años.

“Un tiempo prodigioso y eterno fundamental en mi existencia se inauguró –dice al contar cómo aprendió a leer. No recuerdo cómo esos signos similares a insectos cobraron vida y el gallo entonó kikirikí… el perro ladró gau, gau, gauuu… la vaca hizo muuuuuuu (…) Ahí empieza una carrera deasaforada, una causa eterna contra la realidad tal cual es… y no cesa hasta ahora. Leía hasta los papeles del suelo…”.

La segunda parte es una cartografía de cantinas, tertulias, resacas y otras experiencias espirituosas, extrañamente cortada por tres textos de corte ensayístico e introspectivos: Fiesta solitaria, Mucho rocanrol con la misma camisa y Vida / obra:
En un texto de homenaje al popular Picasso (o Piscazo) –para quienes no saben, Julio vivió varios años en La Paz en los 80-, sostiene: “ahora empezaba a ser el inolvidable de la semana y a su imagen única irrecuperable se superpondrían los errores de la historia y las mentiras de las más crueles formas de la piedad y el olvido y un fantasma exhalado de su ausencia vendría en su nombre cuando lo convoquen nuestros, cada vez más, perros hambrientos recuerdos”.

En la tercera parte se reúnen crónicas de viajes y anecdotarios de encuentros poéticos, con un tono más periodístico que el resto del libro; y la cuarta parte además de volver a algunos relatos de infancia, pero ya desde la perspectiva lejana de la adultez, se remata con un bello texto, quizás el más logrado, llamado Amigos y abismos:

“Pienso, seguro por haberlo leído por ahí, que paradójicamente nadie es más dueño de su existencia que aquél que la arriesga continuamente. Solo serían verdaderas vidas aquellas que están regaladas a la muerte”.


En aquella entrevista de junio de 2008, días antes de la presentación de Cuaderno de sombra, Barriga reflexionó en vos alta: “Ando caminando y hueveando por ahí. Soy un flaneur… ando mucho en bicicleta, y últimamente privilegio bastante el silencio, aunque he sabido ser un rockero de primera. Por lo demás, parece que si no hay muchos momentos de júbilo, o si no duran mucho, tengo que acumular estos minutos para mis horas de desasosiego”. No hay, creo, mejor forma que con estas palabras de resumir de qué va y cuál es el quid de este libro.

Ensayo

Amigos y abismos

Reproducimos una de las crónicas del libro El hombre que amaba a Amy Winehouse, de Julio Barriga, aparecido hace pocas semanas.


Fotografía de Julio Barriga tomada por Edmundo Bejarano.
Julio Barriga

Lector, dame compasión, yo a cambio te daré sinceridad
Orhan Pamuk

En mis noches de insomnio y angustia, he intuido o deducido reflexivamente, a veces por algo que pienso es libre asociación –cuya libertad es absolutamente relativa–  una teoría sobre mi método de realización personal o trabajo poético, que consistiría en arrojarme a un abismo para luego rescatarme.
Desde  muy tiernas edades, he ingerido regularmente alcohol en cantidades que me producen estados de exaltación y luego dolor y angustia, entonces, para no morir, para mantenerme a flote y retornar, necesito escribir o expresar algo sustraído del fondo de mí mismo, que ha quedado al desnudo. Sólo puedo escribir con el cerebro en llamas. Ese es mi riesgoso procedimiento basado en el programa de cierta vanguardia desde el siglo XIX y antes; esta  descarada confesión no es agradable de hacer y seguramente desanimará a potenciales lectores y soy el primero en lamentar que la única vez que estoy en contacto con mi materia poética es en las precitadas condiciones. Para mí, el poeta se hace vidente mediante un largo, intenso y razonado desorden de los sentidos, según le toca comprobar a Rimbaud en una Temporada en el Infierno y legislan los surrealistas radicales, los de verdad, el siglo XX.
Quiero traer a cuento aquello que dice Apollinaire en el enigmático poema “El Músico de Saint Merry”:

Yo no canto a este mundo ni a los demás astros
Canto todas las posibilidades de mí mismo fuera de este mundo y de los astros
Canto la alegría de vagar y el placer de morir errante.

Pero de un modo amplio y general, metafórico, la vida, ¿no es un arrojarse diariamente al mundo y sus circunstancias para luego rescatarse y reconstituirse al fin de la jornada? Y la noche, ¿no es el más perfecto grande y oscuro de los abismos a donde con fatigado terror o júbilo, regularmente nos lanzamos sin saber si volveremos a salir a la orilla de un mañana en la playa de la cama? Recuerdo a Tomás Merton, que versiona un poema chino clásico, Chuang Tzé o algún otro viejo poeta vagando por la montaña sin plan definido, se encuentra con un aduanero que tiene su puesto de control en aquellas soledades. El funcionario es un diletante y le pregunta si no conoce cierto antiguo texto clásico (probablemente nada menos que El Libro de las Transformaciones o I Ching). El poeta le contesta que sí, además podría transcribirle un libro suyo de glosas y comentarios. El hombre va a proporcionarle papel y tinta, alojamiento confortable en un hermoso paisaje, comerán de las truchas que pesca en las corrientes vecinas y astutamente alude a un cántaro de vino excelente que posee, a tiempo de irse, a cambio de la copia le proveerá de unas medidas de arroz. El maestro tendrá el sustento y la vivienda asegurados por unas semanas en un bello lugar y el aduanero es hombre de trato afable. En este punto el texto exalta la grandeza del poeta que posee tesoros de belleza y sabiduría. Pero celebra luego al aduanero, sin cuyo concurso la obra no se conservaría para el futuro. Idealmente hay que ser como el poeta, pero en igual medida hay que ser como ese aduanero aficionado.
En otra versión, para dar un ejemplo, indica que una jarra no es sólo vidrio o metal sino también el espacio vacío que contiene y le da forma. Una ventana no es solamente madera y geometría sino igualmente, el mundo que vemos a través de ella. Así, según el zen, lo lleno se complementa con lo vacío y ninguno de ellos podría existir sin el otro.
Volviendo al principio, en este insensato oficio de tinieblas o extreme sport de despeñarme y rescatarme cada vez desde una más atroz distancia, tengo una pequeña cantidad de amigos que me ayudan a sostenerme a flote impidiendo que me abandone a mi naufragio, me convidan comida, bebida y cosas sanctas y non, me alojan, curan mis heridas y consuelan mis penas, me han obsequiado o prestado libros, dinero, ropa, objetos, que a veces omito devolver, me han permitido devorar sus bibliotecas, me apoyan y alientan en mis extravagantes actividades u opiniones, deploro la inmodestia de mencionarlo pero ejerzo un pequeño socratismo (1), compran mis libros y los leen y difunden sin asco, me tienen paciencia infinita en mis crónicas estupideces, en mis trances de embriaguez sagrada, en mis frecuentes manías depresivas y suicidas e incluso me defienden (de palabra y obra) y justifican con muchas personas, pues soy un zaparrastroso tan poco convencional dedicado con entusiasmo y afán dignos de mejor causa a destruir mi cuerpo y todo cuanto milenios de humanidad han puesto en mi ser, que ando muy mal en boca y criterio del común de la gente bien, crónicamente irritada u ofendida con mi facha, opiniones y/o actitudes. Algunas personas con su sola belleza me ayudan a sobrellevar la existencia, seres que son la poesía viva del mundo…y en definitivo me han salvado de lo peor, la soledad, posibilitándome la vida pues me he alejado sideralmente de la sociedad, la familia y demás tucuymas, habiendo, a causa y efecto de mi metodología, perdido el amor y toda posibilidad de reencontrarlo. A ellos todos les debo mi existencia (actual) tanto como se la debo a mis padres en principio.

Estos amigos y valedores míos, incluyo en el lote muy especialmente a mis hermanas y tías de Salta; están en Tarija y dispersos en las ciudades capitales de Bolivia y aun en dos de la Argentina, no son más de dos o tres personas en cada lugar, a veces los he cambiado o abandonado pues soy un intolerante, a veces los he presentado entre sí y entonces los he perdido, aunque no consigno sus nombres, cada uno de ellos sabe puntualmente a quienes me refiero y escribo esto porque nunca se los he expresado de ningún modo pues me caracteriza una fantástica capacidad para la ingratitud personal. A ellos dedico mi vida, mi obra y mis negligentes esfuerzos, que son uno y  lo mismo pues qué puedo pensar o decir sin esperanza de los que me escuchen, y es con el amado rostro de todos y cada uno de ellos en mí que un día espero bajar a la tumba; o subir al nicho, según sea el caso cómo encare el abismo definitivo.

Veo con alguna alarma que a partir de cierta edad, mis textos inevitablemente acaban por asumir la forma y el contenido del De Profundis, un subgénero autobiográfico, en mi opinión, que obedece al género más amplio y siempre bien nutrido de las Confesiones. No por nada el De Profundis de Quincey y el de Oscar Wilde son textos que me conmueven fuertemente y a los que vuelvo con frecuencia.

En este arrojarse a lo cotidiano, en este caer sin fin de la vida, nos entrecruzamos o chocamos con otras partículas en precipitación, con general indiferencia, a distintas velocidades, algunos parecieran flotar, otros se desploman vertiginosamente, algunos nos tomamos y sostenemos en la caída…y entonces nos imagino trabando cuerpos y miembros extraños, complicadas figuras como los equipos de paracaidismo olímpico.

Pienso, seguro por haberlo leído por allí, que paradójicamente, nadie es más dueño de su existencia que aquél que la arriesga continuamente, sólo serían verdaderas vidas aquellas que están regaladas a la muerte.

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1 A mí la cicuta me la pueden dar con vodka que me la voy a chupar nomás.

Lector al sol

Leer / no leer


De cómo la circunstancia específica de tiempo y lugar, o la coyuntura general -¿caprichoso azar?- priman a la hora de leer (y asumir, aprehender) o dejar de leer ciertos autores o libros.


Sebastián Antezana / Escritor

La infancia, la clase media, la masculinidad, la occidentalidad latinoamericana, la culpa.
Variables que se superponen y forman el territorio en el que me muevo, el lugar desde el que entiendo todo. Desde allí, subido a esas atalayas, hago, digo, elijo, rechazo, comparto, niego. Desde allí también escojo ciertos libros que quiero profundamente y entiendo y hago parte de mi vida. Y desde allí también, finalmente, escojo dejar de lado otros libros, no tocarlos o dejarlos a medias, caminos que no se recorren, objetos mudos.
Hay gente que dice que en este mundo de políticas, economías y tecnologías desiguales la literatura está desapareciendo, cuando en realidad -como bien dice Patricio Pron- debería decir que la literatura desaparece todo el tiempo. Si solo puede hacerse, solo puede ser, mediante un pacto de dos partes, escritura y lectura, libro y lector, la mayor parte de la literatura nace muerta o desaparece por nuestra dedicada forma de no leer.
Los libros que no nos llegan o a los que no llegamos nosotros, esas piezas del sistema irremediablemente quebradas, forman una parte central de la literatura y forman también una metáfora, un símil no intencional de nuestro recorrido en el mundo, seres frágiles ellos, los libros, y seres frágiles nosotros, y frágil el sistema literario y frágil la vida, en la que la elección de leer o no este libro, o de leer o no leer aquel, es una decisión de vida o silencio, de pacto o de muerte: ¿qué persona soy al leer este libro? ¿En quién me convierto al leer este otro? ¿Quién dejo irremediablemente de ser al leer un tercero?
Toda civilización contiene una versión de su propia destrucción, el germen de lo que será su eventual ruina. Quizás por eso, toda civilización y toda época siempre se imaginan a sí mismas en decadencia, se miran con lástima y ceden a la nostalgia de imaginar un pasado pretendidamente mejor que en realidad nunca existió, en un juego de autocompasión e impotencia que a veces es enternecedor y otras veces ridículo Desde luego, lo mismo pasa en literatura.
Solo desde el siglo XX, primero el cine, luego la televisión, después el internet, posteriormente los soportes digitales y ahora la crisis de la industria editorial se han constituido en amenaza, némesis y finalmente compañeros de ruta del libro, nunca desplazándolo.
Tanto es esto así -es decir, tan poco amenazantes para el libro son todos estos- que según cifras editoriales del mercado –anglosajón- podemos constatar que nunca se han producido -escrito, editado, publicado y, en algunos casos, vendido- tantos libros como hoy. Por lo que es claro que la visión distópica de la literatura, la vieja cantaleta que anuncia su inminente decadencia y desaparición en cuanto sistema de producción de saberes, no es más que ese reflejo autocompasivo que tienen nuestras sociedades y sistemas culturales.
Y, sin embargo, la buena salud del aparato productor del libro no tiene necesariamente implicaciones en la rama lectora.
Porque más allá de la estadística, la institución cultural y la pedagogía -lo cual es un decir porque no hay un más allá de la cultura y sus instituciones-, cuando quedan dos en escena y se evapora lo demás, cuando se trata de la tortuosa relación entre libro y lector y no existen presiones como las del trabajo crítico o académico, o el peso de la desidia o la publicidad, entonces, ahí, e incluso en todos los casos anteriores, entran en juego de forma decisiva factores que, en mi caso, defino como la infancia, la clase media, la masculinidad, la occidentalidad latinoamericana, la culpa.
Eso porque siempre –siempre- uno lee o deja de leer desde un pasado específico, una posición social y unas condiciones materiales, un género o una posición sobre el género, una condición racial-cultural, y un sentimiento de culpa -¿o de orgullo?- por pertenecer a una generación, un país y una ideología determinados.
Cada libro, cada página que leemos o dejamos de leer, la leemos o la dejamos desde la infancia, el temprano momento que nos constituyó y en el que se instalaron los primeros traumas, los primeros aprendizajes.
La leemos o la dejamos también desde una casa cómoda o un departamento no tan cómodo o un cuarto francamente incómodo, desde el sillón o la calle, la miseria, el dinero u otra de las muchas variantes que hay entre ellos. La leemos o la dejamos desde un rol de género, desde la singularidad, la conversión o la transformación. La leemos o la dejamos desde un horizonte cultural marcado por nuestras determinantes raciales.
Y la leemos o la dejamos, finalmente, con la conciencia de la distancia que hay entre nosotros -que pertenecemos a cierto momento de la historia y a determinadas circunstancias geográficas, y que tenemos una visión política producto de ellas- y lo que el libro cuenta, lo que el libro hace y lo que el libro deja de hacer.
Así, más allá de mis buenas intenciones, restricciones y esfuerzos, leí a Lispector antes de haberla leído, escuchando a mi madre; leí Imágenes paceñas desde el confortable sillón del departamento en Sopocachi; Madame Bovary y Rojo y negro desde mi incómoda hombría adolescente; Un hombre bueno es difícil de encontrar y ¡Absalom, Absalom! desde este presente que algunos califican de postracial; a Basho y Kawabata desde un latinoamericanismo asombrado.
Leí a Sor Juana después de la fe, a Conrad desde el enclaustramiento marítimo, a Perec desde una bolivianidad a veces frustrante, a Le Guin desde el desigual siglo XXI, a Lemebel desde la heterosexualidad, a Fanon desde mi paceñidad intransferible, a Spivak desde el escepticismo académico, a Eltit desde la democracia neoliberal.      
Y dejé de leer a García Márquez desde mi pedantería, a Bioy Casares desde la falta de tiempo y necesidad laboral, a Cortázar desde el desconocimiento ideológico. Y no leí a Lowry desde los excesos juveniles, a Proust desde el ocio burgués, a Storni desde el aburrimiento editorial, a Simone de Beauvoir desde una terca masculinidad, a Zadie Smith desde la sospecha y el más puro prejuicio latinoamericano.  
Y tras años de leer y no leer es claro para mí que la tarea de la literatura no pasa por dejar atrás ni modificar nuestras circunstancias personales ni nuestra época, que su camino tampoco pasa por intentarlo y que la única opción digna que tenemos de estar en el mundo como lectores es potenciar esas circunstancias y esta época, ejerciéndolas, enfatizándolas críticamente mediante esa elección fundamental en que se juega toda la fascinación y la impotencia, todo el sí y el no, el pacto central de la literatura: leer o no leer. 


Letra sincrónica

Micro colectivo

Una ciudad que va de los colectivo a lo mini, pasando por lo micro, cavila el autor en esta crónica sobre el rol del trasporte público en la idiosincrasia urbana paceña.



Alan Castro Riveros

a la Illa sagrada del Ekeko

Del micro al mini
En 1938 llegó un colectivo a La Paz y doce años después se archivaron los ocho vagones del tranvía paceño que llevaba cuarenta años de trajín. Desde entonces continúa el fraccionamiento del transporte masivo.
Primero llegaron treinta colectivos, después centenares de micros y hace veinte años miles de minibuses. El tranvía creó la línea, el colectivo las raíces, el micro las ramas y el mini las hojas de otoño. No hay duda de que fuimos de macro a micro y de micro a mini.
Aunque los micros nos resulten entrañables y los minis angustiantes, ambos son hijos del colectivo, y deberíamos llamarlos micro colectivo y mini colectivo. Incluso es factible hablar del trufi como del auto colectivo, porque la palabra trufi (Taxi de RUta FIja)  suena atrofiada y fifí.
Actualmente, en La Paz, imaginamos al colectivo tal cual vemos pasar su inmortal línea 2 por la Plaza España. Sin embargo, el colectivo no es un mero vehículo motorizado, sino un concepto que se viene tejiendo desde el inicio de la fragmentación del colectivo en La Paz -desmenuzado finalmente el siglo pasado con el reinado del mini, y que comienza ahora su recomposición.
Nadie puede discutir que en La Paz, la palabra bus no suena ni truena. Si algo se llamaba microbús, ahora se llama micro. Si algo se llama minibús, va en camino a llamarse mini. El mini, en todo caso, solo sobrevivirá si recuerda su verdadero nombre de mini colectivo, cuando se le quite ese buzz de la cabeza.
La palabra bus es una onomatopeya anglosajona: el motor suena buzz y sanseacabó. Por tanto, no tiene el alcance de sentido que sugiere el concepto de colectivo. Esto lo sabemos sin necesidad de saberlo y por eso la palabra bus no tiene cabida en nuestro vocabulario cotidiano.
Incluso cuando más nos acercamos a querer llamarle bus a cierto vehículo, se nos ocurre decirle flota -un precioso bolivianismo que suele darle a nuestros andares un aire de aventura marítima o de alfombra mágica, o ambos al unísono.
Por otro lado, si el pumakatari fuese llamado La Paz Bus, carecería de personalidad. La palabra bus en el puma es un gesto de cordialidad a los turistas, quienes tal vez se verían en apuros si nadie en la ciudad sabe qué cosa es un bus y solo conoce el puma, el mini, el micro y la flota.
El pumakatari, si lo pensamos abiertamente, es el hijo prodigioso del micro y del mini. Aunque hay importantes confluencias y marcadas diferencias entre el micro y el mini, habrá que decir que el micro tiene un estilo que resalta en lo exterior, mientras el mini ha montado su identidad alrededor de un lenguaje interior.
El pumakatari toma la personalidad extrovertida y colorida del micro y le añade ciertas leyes internas que toman voz en una persona específicamente contratada para cobrar, mantener el orden y hacer conocer la lengua que reina en ese microcosmos. (Por otro lado, basta ver la disposición de asientos del pumakatari y su llamativo exterior para comprobar este punto.)
La presencia del micro en la ciudad es única, atractiva, casi hipnótica. Sus colores y líneas tienen algo del aguayo y parecen expandirse hacia casas y calles donde florece la nueva arquitectura andina. El niño cargado en aguayo luego paga pasaje universitario en el micro y termina viviendo en un colorido edificio. Todas las guaridas de este pasajero del aguayo brillan con aquellos colores míticos.
En cambio, el estilo del mini está en su interior recargado, en su música chillona y en el lenguaje que allí caldea. Su carácter es el de un adolescente caótico y atrevido. Por otro lado, la cercanía entre personas que hay en el mini hace de tal lugar el mejor para escuchar conversaciones ajenas.
Y ni qué decir de las cuestiones morales, sociales y filosóficas que solo aparecen en el minibús: ¿dónde sentarse?, ¿cuándo levantarse?, ¡cómo salir de allí! El mini ha creado un mundo con propias leyes que se cumplen y transmiten en silencio y según quien esté dentro de su pequeña sociedad.

San Cristóbal
Hasta 1969 San Cristóbal era uno de los catorce santos auxiliadores de la Iglesia Católica. Sin embargo, a partir de febrero de ese año el santo de los camioneros, conductores y solteros fue suprimido del calendario litúrgico junto con otros santos de cuya existencia no había pruebas.
Y es que San Cristóbal -llamado Réprobus antes de ser consagrado por Jesús- era un gigante de fuerza bestial. Cabe recordar que San Cristóbal también es el nombre de uno de los sindicatos originales de colectiveros de La Paz.
Con respecto al santo, Antonio de la Vorágine cuenta en su Áurea Legenda, que Réprobus sirvió a Satanás hasta que un mago le contó que su oscuro amo le tenía miedo a Jesús. Entonces Réprobus fue en búsqueda del Hijo del Hombre y creyó acercarse a él cuando tomó el puesto de un ermitaño que ayudaba a los viajeros a cruzar un turbulento río. Como Réprobus era un gigante, decidió poner a los viajeros en sus hombros y transportarlos de esa forma. En una de esas, un niño le pidió ayuda. Réprobus lo tomó en sus brazos y, al cruzar el río, se asombró del inconcebible peso de ese niño, al que con mucho esfuerzo logró entregar a la otra orilla. Ese niño era Jesús, quien, antes de bautizarlo con el nombre de Christóforos (el que carga a Cristo), le dijo que su excesivo peso se debía a que él llevaba consigo todos los pecados del mundo.
Por su parte, el Sindicato de Colectiveros San Cristóbal ha dado un magnífico regalo a la arquitectura boliviana. Justo en uno de los límites de Miraflores -entre la recta y poblada avenida Saavedra y la sinuosa y silvestre Avenida de los Leones- está la sede de este sindicato. La construcción no es otra cosa que un micro de tres pisos, con las líneas azules, rojas y blancas que caracterizan a los micros de San Cristóbal.
Los colectiveros de tales micros trabajan en un micro más grande; su centro de operaciones es este micro mayor. El genial aporte que este concepto da a la arquitectura tiene potencialidades inmensas. ¿Qué tal sería que los escritores se reunieran en un libro descomunal, los abogados en la cabeza vendada de la Justicia y los comunicadores en una radio de transistores gigante? Pasaría que los escritores se sentirían el giro o la palabra de un libro mayor; los abogados serían las dendritas y núcleos neuronales de un sistema sensible; los comunicadores se moverían como los electrones y fotones de un informe que los incluye y los excede.

El hecho de que la oficina de un micrero esté en un micro mayor perfecciona el sueño del primer colectivo. Allí donde hay pasajeros, conductores, voceros, pero sobre todo un colectivo con entrañas.

Patio interior

¿De qué se trataba esto?

Un ajuste de cuentas antes de voltear la página. MacLean cierra su serie de reflexiones sobre poesía y filosofía y adelanta los senderos sobre los que ya empieza a avanzar.



Juan Cristóbal MacLean E.

Había terminado, la anterior entrega, con un diapasón. Diapasón de Beethoven, pero también diapasón de Kant. O también: terminó un movimiento y vendrá uno nuevo -más o menos de la misma pieza.
Entre movimiento y movimiento, a todo esto, también sería justo que nos demos un descanso -y aprovechemos para  hacer algo de memoria. En efecto: ¿a qué era que le venía todo esto? ¿De qué se trataba? ¿Podríamos recordarlo, por lo menos brevemente?.
Hagámoslo. Y  para hacerlo, nada mejor que citar el primer párrafo de esta averiguación, iniciada hace ya como diez entregas atrás. Dice este primer párrafo:
“El tema de poesía y comprensión se sitúa de entrada en dos niveles. Por una parte, se trata de la comprensión de la poesía misma, de lo que la poesía comprende o es capaz de comprender en cuanto tal poesía o, mejor dicho, en el poema concreto en el que se actualiza y al mismo tiempo se trata, por otra parte, de comprender la poesía misma, de cómo hacerlo y cómo situarse frente al juego de lo comprensible y lo incomprensible que anidan en ella”.
Para entender más cabalmente lo que se pretende encarar aquí, nada mejor que hacerlo con un ejemplo, y un ejemplo, además, de un tipo de poesía que también campeó, y campea desde hace decenios por los campos literarios, con su parte de libertad y su parte de hermetismo. Tomemos estos versos de Un hueco tibio del poeta cochabambino Edmundo Camargo:
“Entre muñones de viento pidiendo su limosna de hojas / y los muebles que ladran las apariciones / me estrellaría en el cemento buscando un hueco tibio / para este miedo ciempiés que me camina / para esta soledad”.
Aquí se comprenden bien esas preguntas que se inquietan, justamente, en torno a la comprensión. ¿Qué se entiende cabalmente por esos versos -y tiene cabida aquí la palabra cabalmente?
Pero, aún más allá del trabajo hermenéutico, aún más allá de las diversas interpretaciones o contra las interpretaciones, hay que oír también una interrogante más de fondo y que se pregunta sobre cómo y porqué la poesía llegó, pudo llegar, en sus casos más extremos (como por ejemplo en cierto Mallarmé), a revestirse de un velo de incomprensión casi sin  concesiones. Y entonces, en el caso de la poesía, también se impone preguntarse: ¿cómo comprender la comprensión?
De aspecto solo aparentemente muy simple, pues, una semejante constelación de interrogantes y los movimientos tendientes a responderlas  nos zarandearon, hasta aquí, de un lado a otro. Primero nos llevaron a asomarnos al enorme, eterno e irresoluble problema que Platón plantea al descreer de artistas y poetas, desacreditarlos -a veces furiosamente, otras concediéndoles su dudoso mucho.
Asomándonos al tema, nos encontramos con que había muchos partidarios de Platón a la hora de descreer de artistas y poetas. Y no eran cualesquiera. Así por ejemplo, nos detuvimos  en la dubitativa aversión que un Tolstoi, un Wittgenstein, le tenían a Shakespeare.  Y resulta que son muchos quienes tenían aversión por los poetas. Aquí por ejemplo, en este descanso que tenemos entre movimiento y movimiento, hemos de soltar un algo venenoso as que teníamos en la manga. Es de Elías Canetti y dice:
“Todas las expresiones despectivas que encuentro sobre la condición de poeta me satisfacen; por breves que sean, como la de Pascal: ‘Poéte et non honnete homme’. Sé muy bien hasta qué punto este juicio es unilateral e injusto; lo es ya en Platón; pero algo en mí dice: ‘vaya, vaya, demonio de poeta ...’ . (…) Pero lo que me conquista totalmente es la riqueza y abundancia de las fantasías que forjan con todo lo que les sucede. En relación con lo que les afecta, piensan casi siempre de un modo equivocado, solo para poder pensar multitud de cosas distintas. ¿Dónde está en eso su gran belleza, su gran poder de fascinación? ¿En la gran profusión de ilusiones o en lo equivocado de éstas? Me resulta difícil decidir”.
Luego, al seguir preguntándonos sobre estas cosas, nuestra atención se desvió hacia Kant. Como más o menos quisimos contarlo, y guiándonos sobre todo por La analítica de lo sublime, resulta que Kant está en el origen, en última instancia, del descalabro del sentido de que, hoy mismo, se nutren desde la poesía hermética hasta el arte plástico “contemporáneo”.
Sin que Kant jamás lo soñase, en la senda que él abrió llegó lo que luego habría de quedar con el nombre de romanticismo, del que aún somos sus herederos y al que, luego de este descanso, habremos de dedicarnos en un par de números.
Pero no dejemos todavía a Kant, o de hacerlo que sea, por lo menos, con esta extraordinaria cita de A. Berman en la que culmina, de alguna manera, todo a lo que nos habíamos querido acercar anteriormente:
“Imagina una poesía poskantiana o incluso kantiana. Parece inconcebible que el curso de la poesía pueda ser dividido en dos por una filosofía, y sin embargo es el caso: Novalis y Schlegel, como por lo demás Hölderlin, Kleist, Coleridge y de Quincey han sido verdaderamente trastornados por el kantismo, que a veces me parece ser la filosofía de los poetas, pero no de la poesía. A la revolución copernicana de la filosofía corresponde una revolución copernicana de la poesía…”.[1]
Los nombres citados en la cita pertenecen todos al romanticismo, ya sea plena o lateralmente. Aparte de los ingleses Coleridge y de Quincey, los otros son alemanes. El romanticismo, o primer romanticismo, es efectivamente sobre todo alemán y no exagera en absoluto Rudiger Safranski al subtitular su libro sobre el romanticismo como Una odisea del espíritu alemán.
Y bien, se preguntará alguien, ¿por qué habríamos de inquietarnos aquí por un movimiento que tuvo lugar hace dos siglos en la lejana Alemania? Es que ocurre, simplemente, que a partir de ahí, de ese primer romanticismo alemán, las letras serían otras para siempre; se descubriría y fundaría la literatura como tal, se trabarían nuevas relaciones entre literatura y filosofía, mientras la poesía pasaría a librarse de cualquier opresiva cadena de sentido.
El arte contemporáneo o las mismas vanguardias, a su vez, también serían tributarias no solo del romanticismo sino del mismo Kant tal como lo aseveran muchos (Lyotard, Greenberg).
Como se ve, no son pocas las razones por las que conviene asomarse a ese romanticismo. Y cerremos esta página con una última cita y otras notas, nuevamente de Beethoven. Las palabras son de E. T. A. Hoffmann, escritas en 1810 y no mencionan a Kant, pero se sabe que Hoffman lo conocía mucho y es inconfundible, aquí, una nueva aparición de lo sublime kantiano:  
“La música instrumental de Beethoven revela ante nosotros el reino de lo poderoso e inconmensurable. Aquí brillantes rayos de luz se disparan a través de la oscuridad de la noche, y nos damos cuenta de gigantescas sombras que oscilan adelante, atrás, moviéndose cada vez más cerca de nosotros y destruyendo, dentro nuestro, cualquier sentimiento que no sea el dolor de un ansia infinita, en la que el deseo, saltando en sonidos de exultación, ya se hunde y desaparece… La música de Beethoven anima la maquinaria de la estupefacción, el miedo, el terror, el dolor”.




[1] La cita, en versión más larga, aparece en una nota a pie de página de El absoluto literario de Nancy y Lacoue-Labarthe en Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires 2012, p. 65.

Artículo

Ausencias en la Biblioteca del Bicentenario


El autor, miembro del Comité Editorial de la BBB, hace un recuento sobre las obras que, pese a sus sugerencias, no quedaron en la colección final al no haber gozado de consenso.

 
Una de las sesiones de la Comisión de Literatura de la BBB. 
Adolfo Cáceres Romero

Como un homenaje a los 200 años de la fundación de la República se creó la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), propiciada por la Vicepresidencia del Estado, a través de su Centro de Investigaciones Sociales (CIS), que tiene la misión de publicar 200 obras seleccionadas por un grupo de 35 asesores (Comité Editorial).
Al margen de esta labor central, hay que decir que lamentablemente se cerró un ciclo de la cultura boliviana del siglo XX, no siempre con lo mejor, como era de desear, pues predominó una mentalidad mestiza y conservadora a la hora de hacer la selección.
Con todo, tal intento es un logro que no debe quedar ahí, sobre todo en procura de rescatar las obras ignoradas para que, con las incluidas y las que vendrán, se pueda hablar de una verdadera biblioteca boliviana.
Si como afirman los coordinadores, la intención del proyecto es: “aportar a la investigación y reflexión de la realidad nacional, bajo la premisa de que tener al alcance lo mejor de la producción intelectual boliviana y sobre Bolivia, permite a las actuales y futuras generaciones encarar con mejores perspectivas su formación educativa y profesional”, primero, debieron haber pensado en un editor general comprometido con la situación actual del país.
El que nombraron carece de cultura literaria, pues pertenece a una élite hispanófila que desde hace varios años maneja los destinos de la Academia Boliviana de la Lengua; de ahí que, no obstante contar entre sus asesores a dos notables indigenistas, como Jürgen Riester y Xavier Albó, no se pensó que el cambio viene con la reivindicación de nuestras culturas originarias.
La voz de los Andes, de los valles y de los llanos está más allá de lo que dicen los antropólogos o estudiosos que escudriñan su alma; entonces, no nos resta sino lamentar la ausencia de obras como Apu Ollantay, Tragedia del fin de Atahuallpa, o Ritos y fábulas de los incas; los jayllis y demás poemas quechuas que nos muestra Jesús Lara, al igual que Leyendas de Bolivia que publicó Antonio Paredes Candia; Manchay Puito y los poemas de Juan Wallparrimachi; El pez de oro, de Gamaliel Churata, que fabula con una serie de mitos andinos.
Lejos de incluirse estos libros, se consignan otros como la obra escogida de José Antonio Arze (tío del editor general), un político sin trayectoria literaria.  Afortunadamente, en mi calidad de miembro del Comité, fui escuchado en mis sugerencias de no tomar en cuenta algunas obras colonialistas, como las Coplas a la muerte de Diego de Almagro, escritas en 1540, por un guerrero conquistador sin genio ni arte poético.
Les dije que era una aberración inaceptable, al igual que la Historia de la literatura boliviana de Enrique Finot, para quien no existía tal literatura, porque sostenía que la raza boliviana: “aún no está formada o más bien carece de unidad”; es más, justificaba las palabras de Pio Baroja, al afirmar “que la América de habla española solo ha producido hasta ahora imitadores más o menos serviles y más o menos felices de los escritores y artistas de Europa”.
Entre las 71 obras de “literatura y arte” deberían estar muchas producidas en el exilio. No sé por qué se empeñaron en no incluir Los fundadores del alba, de Renato Prada, obra que en 1969 ganó el Premio Casa de las Américas de Cuba,
Lamentablemente también eliminaron la obra de Diomedes de Pereyra, que les sugerí teniendo en cuenta que todas las novelas de este escritor se publicaron fuera del país, siendo uno de los autores bolivianos más traducidos.
Por otra parte, parece que los expertos no saben que Edmundo Paz Soldán es el mejor cuentista de Bolivia, y no lo digo solo porque ganó el Premio Juan Rulfo con Dochera, sino porque es autor de varios cuentos magistrales; igualmente desconocen la trayectoria internacional de Giovanna Rivero, Claudio Ferrufino, Rodrigo Hasbún, Germán de la Reza, Wilson Rocha, Norah Zapata…
También eliminaron mis obras de la lista final, como Nueva historia de la literatura boliviana; en esta área se quedaron conformes con los dos volúmenes de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, obra de título engañoso por cuanto no es historia, menos cronológica, sino un conjunto de artículos y ensayos en el que predomina el gusto y criterio del grupo liderado por Blanca Wiethüchter.
Mi reclamo también abogaba por la mejor novela minera de Bolivia: Socavones de angustia, de Fernando Ramírez Velarde; o por Páginas bárbaras, de Jaime Mendoza; o Sequía, de Luciano Durán Boger.
También se echa de menos a autores como Homero Carvalho, sobre todo su notable antología Bolivia, en la que reúne poemas y escritos en prosa de autores bolivianos y extranjeros sobre el país; o María Virginia Estenssoro, H. C. F. Mansilla y Gonzalo Lema.
En las tres áreas de la BBB se advierten grandes lagunas. En ciencias sociales, Saúl Escalera observa que ignoraron una obra universal como El arte de los metales, de Álvaro Alonso Barba; también Historia de la minería en Bolivia, de Hermosa Virreira; Historia de la ciencia en Bolivia, de Condarco Morales; Ciencia en Tihuanaco y el incario, de Ibarra Grasso. Asimismo, Fernando Molina hace notar la ausencia de las obras de Vicente Pazos Kanki.

Desde luego que hay mucho más para tomar en cuenta en esta área, pero veamos qué ocurre en historia y geografía. En vista de nuestro empeño por lograr un puerto soberano en las costas del Pacífico, hay obras claves para el esclarecimiento de las circunstancias del despojo del litoral, en tal sentido propuse reeditar el Diario de campaña del coronel Apodaca; asimismo El derecho de conquista, de Santiago Vaca Guzmán; Historia secreta de la Guerra del Pacífico, de Edgar Oblitas Fernández; Gran traición en la Guerra del Pacífico, de Hugo Roberts Barragán; La Quinta División, de Raúl Murillo y Aliaga; Memorándum sobre el mar, de Valentín Abecia Baldivieso y Valentín Abecia López; luego también quedó fuera La dramática insurgencia de Bolivia, de Charles Arnade. 

Cafetín con gramófono

Los Freyre y su contribución al
nacimiento del modernismo

De cómo Brocha Gorda y su hijo, Ricardo Jaimes Freyre, se constituyeron en esenciales figuras de la cultura y el arte bonaerense a fines del siglo XIX.



Omar Rocha Velasco

El año de la creación de la Revista de América (1884), que fue uno de los momentos iniciales del modernismo, Ricardo Jaimes Freyre era ya un gran animador cultural en Buenos Aires. Trabajaba en el periódico La Nación -muchos escritores modernistas fueron columnistas o cronistas de periódicos, la prensa de gran tiraje en realidad era como un paso obligado, a fines del siglo XIX la irrupción de “lo moderno” está en íntima relación con la prensa-, donde también escribía su padre Julio Lucas Jaimes (Brocha Gorda) e ingresó al Ateneo de Buenos Aires, del cual Brocha Gorda era uno de los fundadores.
Cuando los jóvenes Freyre y Darío fundaron la Revista de América acudieron sin vacilar a la firma de Brocha Gorda que tuvo el lugar importante de “colaborador permanente”; este hecho es significativo porque don Julio Lucas Jaimes representa a los “tradicionalistas” del momento.
Aparentemente se trata de una contradicción porque los principios de la revista inicialmente manifiestan un apego a las bondades de la modernidad, es decir a lo nuevo y novedoso. La irrupción de un conglomerado de objetos y máquinas cambiaron la forma de habitar los espacios de los modernistas, esto fue lo que intentaron reflejar estéticamente, sin embargo este apego no deja de ser problemático, ¿en qué medida, entonces, Brocha Gorda alimenta los horizontes imaginados por Darío y Freyre?
Sin duda el modernismo fue un movimiento explícitamente urbano, el espíritu de época que se va decantando paulatinamente en la revista toma a la ciudad como espacio que posibilita desplegar los mundos posibles u horizontes visibilizados.
Desde el principio en el texto llamado “nuestros propósitos” se habla de Buenos Aires como “la ciudad más grande y práctica de América Latina”. Se trata de una ciudad que se había transformado, había acogido oleadas migrantes que la hacían universal y era pujante materialmente, lo que la hacía “grande”, “práctica”, por otro lado era un lugar desde el cual se podía tener contacto con otras urbes, algo capital para las intenciones de los jóvenes poetas.
Ricardo Jaimes Freyre, en el número uno de la revista, publica un texto llamado “La poesía legendaria”, habla sobre Carlomagno (Karl el Grande) y su leyenda, es un viaje a la Edad Media en el que Freyre ensalza a los los trouvéres que evocan y glorifican al héroe que derrotó a la Media Luna y salvó al mundo cristiano.

“Los trouvéres saben que hay espíritus magníficos que oponen temerosos obstáculos a la realización de las grandes empresas. Saben que el mundo está poblado de seres misteriosos y terribles, que son el ejército de Satán y que acompañan á los paganos en sus luchas contra los soldados de la Cruz; para combatirlos, tienen sus caballeros de hierro el brazo, el corazón y la armadura; tienen talismanes y conjuros; pero aunque la victoria es suya, las pruebas son tremendas. El gigante Ferragús detiene el ejército de Carlos y vence á sus paladines, uno tras otro. Rolando sólo triunfa del mónstruo y lo tiende á sus pies, con la cabeza separada del tronco. El mundo medioeval es una inmensa leyenda. Su espíritu se levantó por encima del humano y fue a buscar en los campos de lo desconocido y lo ultraterrestre la fuente que calmara su sed de ideal” (p.2)

A Freyre le interesa la labor del trovador y la del bardo, el canto, las palabras y la construcción de una gran leyenda, son “los cantores de las gestas heroicas”. No se trata simplemente de una evasión hacia el pasado sin querer asumir los nuevos rumbos modernos, se trata de recuperar el espíritu “modernista” tal y como lo habían imaginado. Asumir que Buenos Aires era la ciudad grande y práctica era relacionarla y situarla con grandes universales, con la voluntad de fundir tiempos a través del arte.
La perspectiva estética de estos jóvenes poetas no se limitaba a enaltecer localías o novedades simplemente por el hecho de ser novedades, el suyo fue un gesto más abarcador: el arte como universal, el Ideal trascendente que puede manifestarse en todas las épocas.
También en el número uno, Brocha Gorda inaugura una serie de colaboraciones sobre los teatros de Buenos Aires, “Los teatros” es una de las dos columnas fijas en la revista, la otra es “Poetas jóvenes de Francia” que escribe Enrique Gómez Carrillo; las demás secciones son variables, poemas, reseñas, crónicas, etc. El teatro que elige Brocha Gorda es “El Casino” y muestra las razones por las que se debería ir a ese lugar:

“Pero no anhelais más que divertiros, borrar una idea fija, una mala impresión del día, sentir la sugestión del vivir juvenil, pensar en las delicias de París, recibir algo como perfumes de tocador, ambiente de cenas, timbre de risas y … ¡Vamos! Id al Casino.” (Brocha Gorda, 1884:19)”.

Desde el principio es un texto adherido, con formas y referencias francesas, lo que le gusta de El Casino es que se trata de un pequeño París, el texto empieza con las siguientes palabras: “hablando a la francesa”, eso ya es una marca, una adhesión clara y contundente.
Otro de los puntos fuertes del artículo es la descripción de mujeres que circulan en El Casino, algunas reales y otras salidas del mundo ficcional que la novela y el teatro regalaron, así salen a desfilar en las palabras del escritor potosino Lise Fleuron, Molly Ray, Morés, La Bianchetti, etc.
Brocha Gorda no se guarda de describir trajes, talles, senos, gargantas, portes, etc. El espacio es propicio para el despliegue de una sensualidad deslumbrante y transgresora: “Tal me parece a mí El Casino, salvo mejor opinión de moralistas y sacerdotes del arte trascendental no alcanzado por el vulgo”.
El pintor de Brocha Gorda se deja desbordar por las formas y se aleja de la mirada aristocrática y la crítica al vulgo -otra de las tensiones que vivieron los modernistas, y que se expresa claramente en este pasaje de Brocha Gorda, es la crítica a la mediocridad de las masas y la necesidad de dirigirse a ellas a través de los medios masivos en los que intervenían, es decir, periódicos y revistas- para dejarse seducir por la belleza del espacio y la sensualidad de las mujeres que lo habitan.
Se ve claramente que en los momentos iniciales del modernismo no todo fue apego a lo moderno y a la pujanza material, se puede percibir tensiones que complejizan el asunto, la ciudad no fue asumida sólo como la luz artificial, comercio o máquina, el papel que cumplieron Freyre padre y Freyre hijo fue fundamental para establecer el contrapunto al embeleso que producía lo moderno.


sábado, 24 de enero de 2015

Entrevista

“Dios, una entelequia de suprema ferocidad”

Eduardo Scott Moreno habla de su más reciente libro, un interesantísimo tratado histórico, crítico, interpretativo de la religión, los mitos y su influencia en el destino de la humanidad.



Martín Zelaya Sánchez

Eduardo Scott Moreno señala: “soy agnóstico en el sentido de que no me parece probable que el ser humano vaya a conocer el universo y sus fenómenos en su totalidad; soy ateo en cuanto a la existencia de un Dios como rector de los destinos del universo en general, y del ser humano en particular. Llámese ese dios Yavéh, Jehová, Zeus, Wotan o Inti”.
En el prólogo de su libro Apuntes agnósticos. Fe dogma y razón, editado el año pasado por Kipus, pero que recién empieza a circular en el país, Augusto Argandoña sostiene: “el lector encontrará la explicación de por qué en el islam lo sunitas matan chiitas y viceversa y encontrará una exposición fundamentada del nacimiento de esta religión, sus variantes, sus herejías y su desarrollo, siendo esta la tónica del similar tratamiento al judaísmo y su otro epígono, el cristianismo”.
Al respecto, el propio Scott, en su dedicatoria, adelanta el summum: “dedico esta obra a esa gran minoría humana que ha decidido razonar en lugar de creer. A aquellos que saben que los seres vivos son más importantes que los dioses; y también a aquellos que han constatado que el Dios que la superstición y el dogma crean, no es otra cosa que una entelequia de suprema ferocidad e intolerancia que justifica la comisión de los peores crímenes contra la humanidad”.
En las más de 500 páginas de este tratado, el también novelista y cuentista indaga, interpreta y expone a profundidad precisamente ésta su propuesta: razón por sobre credo, y para ello se vale de un amplio espectro de temáticas, obras, mitos, parábolas, pasajes bíblicos, e historias de las principales religiones: El mundo y el mito, La canonización, La primera desobediencia, Lapidación y Las trompetas de Jericó son algunos de los capítulos.
Entre tan frondosa oferta, se nos ocurre partir por la de mayor vigencia y actualidad: la intolerancia.

- Hablas de la “entelequia” en nombre de la se cometen los “peores crímenes contra la humanidad”. Esto da pie a que te pida una reflexión sobre los recientes sucesos de Charlie Hebdo, desde la perspectiva de la libertad de expresión, libertad de pensamiento y producción intelectual-literaria, frente a fanatismos religiosos.
- Los lamentables sucesos de asesinato selectivo en la revista Charlie Hebdo son una muestra de cómo el dogma fanático encuentra motivo para eliminar todo lo que es visto como una amenaza. En este caso el humor y el sarcasmo contra creencias que son verdaderamente necias, pues quieren que se comulgue con piedras de molino, y de la forma en que el fanatismo religioso está amenazando a la libertad de pensamiento y de prensa, a los valores humanistas.
Incluso el Papa ha pedido una especie de autocensura en cuanto a las opiniones sobre esa necedad que es el dogma religioso por las consecuencias que puede traer de agresiones y represalias.
O sea que no se puede decir nada por temor, y eso es totalmente inaceptable. Quizá es un resabio inquisitorial de cuando el catolicismo quemaba mujeres acusadas de brujería y perseguía el pensamiento libre; y hay que ver lo que hizo: una catástrofe europea en términos humanísticos que duró 300 años.

“Los intereses políticos y económicos, sumados a la parafernalia ideológica afirmada y estancada en los instrumentos de dominación, hacen que las iglesias y otras instituciones de la fe, hayan resultado siendo los reductos del fanatismo que rechaza de plano el aprendizaje de la realidad y de la aplicación de medidas con las que los seres humanos podrían hacer un mundo mejor”. (218)

- En la dedicatoria, hablas de la gente que “ha decidido razonar en lugar de creer”. Más allá de tus principios y posturas, es evidente que hay que convivir en la sociedad con una mayoría de gente creyente. ¿Cómo encaras esto? ¿Cuán importante ha sido y es la literatura (lectura y escritura) en ello?
- No creo en el determinismo ni histórico ni religioso; ni en las religiones monoteístas o el marxismo, por ejemplo. Existe una frase de Pascal: “nunca se matan los hombres tan entusiastamente como cuando es a nombre de la religión”.
Esto es natural porque las religiones monoteístas exigen la fe en el dogma, y cuando el dogma se pone encima de la razón, permite al hombre cometer las mayores iniquidades, siempre a nombre de su Dios particular.
En el lado contrario están el arte y la literatura, que nos enseñan a ver el mundo bajo conceptos distintos a los del dogma; la lectura que agranda la mente, que hace comprender otros puntos de vista, que nos presenta otros mundos, otras realidades y otras experiencias. La lectura crítica que nos da entendimiento e información.

- ¿Por qué a un escritor no creyente le apasiona, le desvela tanto el tema de la religión, la fe y el destino de la humanidad?
- El tema de las mitologías y religiones me interesa desde siempre, porque está íntimamente ligado con el ser humano, con la forma en que representa la realidad, la vida y la muerte. Me interesa porque es notable cómo los mitos han impregnado la civilización mundial, y cómo han intercambiado personajes, situaciones y acontecimientos.

“Así que el eclecticismo teológico conformará un monumental baturrillo de dioses y diosas que tomarán y cederán atributos; se metamorfosearán y se harán de adoradores según lo consideren las conveniencias tribales y nacionales, y según lo dicten las guerras y las conquistas”. (63)

- Me parece obvio que -lejos de lo que haría cualquier “activista” religioso- no buscas convencer a nadie de nada, entonces ¿sobre qué es este libro, qué puede esperar la gente de él?
- Apuntes agnósticos. Fe, dogma y razón, es una obra rigurosamente histórica. Todas las citas, incluyendo las bíblicas, están entre comillas y referidas con detalle a la fuente. Hay una bibliografía al final, documentada y precisa. No entra en el tema de si Dios existe o no, eso es metafísica y especulación fácil, y que está tan de moda con las obras de corte místico.
Es historia; historia de los mitos y como unos han influido sobre otros. Cómo la mitología hebrea ha sido influenciada por la sumeria, egipcia, griega y babilonia, entre otras. Cómo se articula esa mitología, y cómo se escriben esos feroces códigos penales de la Edad de Bronce llamados Levítico y Números. Se detalla su influencia sobre el cristianismo y el islamismo y su difusión mundial. El lector interesado en historia puede estar seguro que encontrará una lectura interesante y rigurosa.

“El totalitarismo religioso del monoteísmo desprecia todo lo que excede su orbe metafísico; exige la aniquilación del disenso, de lo distinto y del deseo de libertad. También, y no en menor medida, cargará al ser humano con la culpa de la existencia; con el mea culpa est del pecado que hace imposible la felicidad; con la vergüenza de la sexualidad; con la intolerancia y con el espejismo de una vida en el Más Allá que nadie, nunca, ha visto. Tanto que se dice que las religiones monoteístas son lo mismo: todas están basadas en la culpa innata del ser humano, pero se diferencian en que tienen y celebran distintos feriados”. (508)


Etc.

Sumisión: el islam como tema inaugura 2015


El autor reflexiona acerca de la polémica que abrió Charlie Hebdo y la reciente novela del francés Houllebecq.



Carlos Decker-Molina

Teresa Cremisi, editora de Sumisión (Editorial Frammarion), explicó que el acto público del lanzamiento de la novela de Michel Houellebecq, que estaba previsto para el 7 de enero, se suspendía por la masacre de los periodistas de Charlie Hebdo que, a propósito, en la primera plana de su hasta entonces última edición, publicaba la caricatura del escritor hecha por el dibujante Luz, titulada “Las predicciones del mago Houellebecq”, al que le hacía decir: “en 2015 pierdo mis dientes y en 2022 hago el ramadán”.
Los periodistas especializados que recibieron el ejemplar para reseñas que toda editorial suele enviar semanas antes del lanzamiento público, tienen opiniones diferentes sobre el contenido de la controvertida novela.
¿Se trata acaso de una una distopía o ficción política, o es simple y llanamente una sátira?, personalmente no lo sé porque aún no la he leído, pero es inevitable contar esta historia a propósito del Islam y Europa, que resulta ser el gran tema en el inicio de este año.
Houellebecq es para muchos un provocador ateo, antifeminista, islamófobo, antisemita, racista y un largo etc. “Houellebecq no es solo un escritor que dice cosas asquerosas sino que además las dice asquerosamente”, sostiene más de uno.
He leído algunos puntos de vista sobre Sumisión y una larga entrevista con el autor publicada por The Paris Review para pergeñar este texto.
Conocí a Houellebecq a través de Las partículas elementales (Anagrama), una novela que  provocó polémica y opiniones divididas entre quienes lo acusaban solo de provocador sin darse cuenta que hacía tiempo no había un escritor francés que podía remover conciencias, obligando a pensar. 
En Las partículas…, la crítica se centra en el emblemático Mayo francés (1968) y en una de sus consecuencias: la liberación sexual. Para el autor, la liberación sexual desnaturalizó al hombre, todavía inmaduro, lo que originó posteriormente una profunda desesperación en la psicología del “liberado”. El mismo autor dijo alguna vez: “no hay que temerle a la felicidad, pues no existe”.
Uno de los que ha leído Sumisión es Thomas Steinfeld, jefe de la sección cultural del matutino alemán Süddeutsche Zeitung: “la utopía de Michel Houellebecq es una burla contra los populistas de derecha y los partidos xenófobos que pretenden salvar al continente de la invasión islamita”, sostiene.
Hagamos el esfuerzo intelectual de pensar que el islamismo (como fue el comunismo) no es un movimiento demoníaco sino un movimiento bastante más humano y con un alto grado de efectividad para solucionar los grandes problemas de la sociedad.
El mismo Houellebecq en la entrevista del The Paris Review reconoce: “si nos fijamos cómo actúan los Hermanos Musulmanes, vemos redes regionales, obras de caridad, centros culturales, centros de oración, centros de vacaciones, servicios sanitarios, algo que se asemeja a lo que hizo el Partido Comunista”.
Para Steinfeld “habría sido un acierto presentar el libro como una sátira”. El autor niega que sea una sátira, “tal vez una pequeña parte –dice- satiricé a periodistas y a políticos, pero a mis personajes principales no”.
Houellebecq está más conforme con el calificativo: “ficción política”. Y, “ese es el error”, según el comentarista alemán, porque “hay un desliz en la construcción literaria, pues, al mismo tiempo es una sátira y una distopía. Hace recuerdo al novato que se deja llevar por el impulso de la fantasía”.
Jenny Högström, crítica literaria y traductora sueca, considera que al autor describe un islamismo secularizado y deja clara su preferencia ante el peligro de que el racista Frente Nacional asuma el poder, por lo menos en términos literarios.
Según la sueca el autor capta, con originalidad, el drama actual de la nueva sociedad francesa. El problema según Högström es cómo puede entenderse la obra, y ella misma responde, “depende de quién la lee”.
Coincide con ella Guillaume Erner, periodista del Huffington Post, un periódico online, que dice que Sumisión es como la estatua de Paul MacCarthy en Place Vendôme que a pesar de que unos lo ven como a un árbol de navidad o como un “tampón”, nadie puede negar su existencia.
Los críticos consideran que el libro tendrá éxito global, pero, como aún no hay traducciones (en español sale en el otoño de este año), ya comienzan a surgir los estereotipos y las teorías conspirativas, por eso quizá es bueno tener una idea sobre la trama de la novela.
Sumisión es la sexta novela de Michel Houellebecq y está ambientada en 2022. Ese año Francia esta atemorizada por las graves contradicciones en el seno de su sociedad. Religión, política, Estado, feminismo, todo está cuestionado. Además hay otros problemas más reservados y recónditos que los medios ocultan deliberadamente.
El sistema tapa todo y deja a oscuras a su población. En ese contexto surge un líder de un partido musulmán llamado Mohammed Ben Abbes que, en una segunda vuelta, se enfrenta a la candidata de la extrema derecha Marine Le Pen y la vence con los votos de socialistas y conservadores.
Al otro día, las francesas abandonan la vestimenta occidental y empieza la moda de las túnicas largas sobre sus pantalones. Es más, animadas por las subvenciones del Gobierno dejan sus empleos  lo que produce que la desocupación masculina desaparezca, el crimen se esfuma de aquellos suburbios peligrosos. Es decir la sociedad francesa se islamiza.   
En la entrevista de The Paris Review, Houellbecq admite que su novela tiene un lado temible. “Utilizo las tácticas del miedo”, dice. “Como imaginar que el país queda en manos del islam”, le sugiere Sylvain Bourmeau, a lo que el escritor responde: “en realidad no está claro de quienes tener miedo, si de los “nativistas” (ultra derecha) o de los musulmanes. Eso lo dejo sin resolver”.
Una sociedad democrática regida por principios liberales necesita tener sus provocadores, sean estos caricaturistas o novelistas, porque son los que tensan los límites de las libertades y hacen recuerdo que esas libertades no son obvias si no se someten de cuando a cuando a ser el epicentro del debate.
Nos hacen recuerdo de nuestras responsabilidades ciudadanas lo que no quiere decir que todos estemos de acuerdo con el contenido ideológico de las provocaciones. Porque una cosa es la libertad de expresión y otra el método y el contenido. Probablemente no me guste el contenido ideológico del texto de Houellebecq, no lo sé, o las caricaturas de Charlie Hebdo, pero, ambos actores tienen derecho a expresarse libremente.


La palabra teleférica

Eso chiquitito, soy yo

Conocedor -y devoto- como pocos del imaginario paceño, el autor reflexiona sobre la celebración de las Alasitas, la fiesta de la siembra.


Juan Pablo Piñeiro

El universo es más grande mientras más pequeño es quien lo mira. Intuyo que por eso los insectos tienen una mayor percepción de la inmensidad. Por lo menos eso es lo que dan a entender con su actitud.
De quienes no podemos intuir nada es de los seres microscópicos. Son tan pequeños que ni con la tecnología más avanzada se ha podido identificar en ellos rasgos que nos permitan imaginar su personalidad o por lo menos sus costumbres.
Estoy seguro, sin embargo, que a nadie le sorprendería que sean considerados gigantes desde el punto de vista de otros seres más pequeños aún. Seres a los que solamente podemos alcanzar con la imaginación. Lo inquietante, o quizás lo maravilloso, es que tiene que haber un espacio tan diminuto en el universo, o en los universos, que sea equivalente en tamaño a toda la inmensidad. Desde ese espacio se puede percibir la grandeza del cosmos en su totalidad.
Es cosa seria eso de ser pequeño. No es para cualquiera. No por nada cuando le preguntaron quién era a una mamita que habitaba las orillas del lago, ella respondió con claridad mientras señalaba al piso: “Eso chiquitito, chiquitito, chiquitito que casi no se ve. Esa soy yo”.
Imagínese cómo se verían las estrellas desde el espacio ocupado por la existencia de la señora, quien solamente con pronunciar ese mantra se podía convertir en lo que casi no se ve, en lo que tiene como forma lo que no tiene forma. Si hilamos un poco más fino descubriremos que solo el hecho de mirar las estrellas ensancha el espacio que habitamos. Por eso es muy cuestionable esa idea de mirar el universo, implica de entrada la presunción de que el cosmos está fuera de nosotros.  Cuando existe un objeto, existe un sujeto, aunque ninguno de los dos exista. Por eso la conciencia es un laberinto.
Todo este viene a cuento porque hoy es 24 de enero y una vez más ha llegado a la ciudad nuestra fiesta más misteriosa, las Alasitas. Como muchos yo soy un devoto de esta maravilla. De esta temporada en que se nos recuerda la importancia de lo pequeño, la grandeza de la miniatura y el poder de la fe.
Todo paceño ha sido o es un niño que visita asombrado este reino que aparece en el centro de la ciudad. Seguramente por eso el que entra a la feria de las Alasitas se transforma enseguida en un chiquillo. Un niño que mira con asombro la miniatura y se despoja del peso de vivir en un mundo donde todos quieren ser grandes.
Las Alasitas inauguran un portal onírico que instaura dimensiones insospechadas en nuestra cotidianeidad. Es una fiesta que viene de lejos y cuyo origen está guardado en las brumas del tiempo.
El Ekeko no es Ekeko, es Ekako y el Ekako es también Thunupa. Es la divinidad que ampara nuestro origen, el origen de la luz que engendraron las grandes civilizaciones andinas. Una reminiscencia vedada de aquellos pueblos que encontraron en las estrellas no solamente un espejo sino un patrón para ordenar las cosas en la tierra y permitir que fluya el tiempo, así como fluye el agua.
Lo que nos llega es otra cosa, pero en el fondo queda algo de todo ese misterio. En estos tiempos una fiesta de la abundancia podría ser el ícono del consumismo, pero no lo es.
Lo que el paceño compra en las Alasitas no son bienes, son semillas. Y es que nadie puede negar la dimensión seminal de esta fiesta. Da la impresión de que la lógica de lo agrícola, quizás la única lógica comprobable, trastoca la dimensión de lo mágico. Y entonces para tener un terreno la gente compra un terreno en miniatura, una casa si quiere tener una casa y un título si quiere graduarse de la universidad.
Lo que se compra en verdad son semillas mágicas, elaboradas con dedicación para ser ofrecidas al mediodía de hoy a los seres tutelares del paraje andino. Lo interesante es que la mayoría de la gente compra solamente lo que necesita. Sería extraño ver a alguien que compre 30 edificios con la pretensión de que de la noche a la mañana le llegue la oportunidad de ser dueño de esa cantidad de inmuebles.
Las Alasitas es una fiesta seminal porque la gente compra las semillas que puede plantar. La gente espera que le vaya bien dentro del margen de posibilidades que posee.  Esa es la verdadera abundancia, abundancia con equilibrio. Así, lo que se vende en las Alasitas son semillas y el Ekeko es el responsable de que estas semillas encuentren la tierra adecuada y crezcan.
Por eso hay historias maravillosas en esta fiesta. No son pocas las personas, por ejemplo, que han comprado un auto en miniatura en las Alasitas y ese mismo año han adquirido un auto. Seguramente esto no sorprenderá a casi nadie, y está bien, porque lo verdaderamente sorprendente de los casos a los que me refiero es que el auto comprado muchas veces tiene el mismo número de placa que el auto en miniatura.
Ese es el poder engendrador de las Alasitas. A mí me pasó hace unos años que necesitaba comprar un pasaje para visitar a mi novia y como me dedico a las letras estaba medio difícil la cosa. Y es que además del pasaje necesitaba visa e incluso pasaporte.
Recurrí al Ekeko y compré con fe mi maletita. A los meses estaba viajando en la misma aerolínea de mi pasaje en miniatura con visa y todo. A mí no me sorprendió porque sabía que si viajaba sería por intervención de fuerzas que naturalmente me exceden. Ese es el misterio. Esa es la maravilla. Ese es el Ekeko. Esas son las Alasitas.
Hoy esta fiesta tiene un ingrediente muy especial. Y no me refiero al anuncio de que venderían teleféricos en miniatura (espero que no sea una falsa alarma), sino al retorno de la Illa sagrada. Esa Illa que estuvo confinada por tantos años a la frialdad de un museo europeo. Despojada de sus poderes, la sagrada estatuilla tuvo que resignarse a pasar esta fiesta lejos de sus montañas amadas. Lejos de la gente que la mira con otros ojos.
No por nada en estas Alasitas venderán illas en miniatura y, según dicen, sacarán a pasear la estatuilla por toda la feria. Esa Illa no retorna de Europa, retorna del pasado, para recordarnos que en lo pequeño está el verdadero secreto de todo universo.  Bienvenida a casa, sagrada Illa.