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jueves, 30 de octubre de 2014

Nota de apertura

El Zorro Antonio sale de su madriguera, 20 años después

Esta noche en La Paz se presenta un nuevo número –el primero desde 1994- de la tradicional revista de la Carrera de Literatura de la UMSA.



Martín Zelaya Sánchez

Si se pone “zorro Antonio” en Google, de inmediato salen información y fotos de la saga de películas protagonizada por Antonio Banderas. Qué mal.
Pero con un poco de paciencia -qué bien- se pueden hallar también algunas referencias a la tradición oral boliviana del Zorro Antonio, el Atoj Antoño, un ser mitad hombre, mitad animal; mitad real, mitad sobrenatural, presente en decenas de cuentos y leyendas.
La rica tradición oral boliviana está llena de aparecidos, y la no tan rica tradición escrita -en específico la de revistas y publicaciones literarias- está llena de desapariciones… y a veces también, por suerte, reapariciones. Este es el caso de El Zorro Antonio, revista de la Carrera de Literatura de la UMSA que en su nueva época -la cuarta- vuelve a circulación con su número 11.

J.M. van Kessel escribe:
“Los cuentos del zorro Antonio han sido, durante milenios, enseñanza y tradición en las comunidades andinas. El zorro es un personaje que opera entre cielo y tierra, entre padre y ego. En la comunidad andina, en sus orígenes una comunidad ágrafa, este personaje obscuro juega un papel de alta importancia. Podemos decir que el andino, sea pastor, sea agricultor, recibe y comunica fundamentalmente su cosmovisión, sus conocimientos del medio ambiente natural, su tecnología y su sabiduría mediante el recurso del arte narrativo”.

He ahí la clave: transmitir conocimientos, compartir sabiduría a través del arte de la narración. Quizás de esta manera se explique el nombre y fundamento de esta reconocida aunque tristemente esporádica publicación que -no obstante- vuelve ahora con más bríos y esperanzas de continuidad.
La revista, bellamente diseñada y diagramada, acaba de salir de imprenta y será presentada esta noche, a las 19:00 en la Casa Marcelo Quiroga Santa Cruz, apenas ingresando al barrio de Sopocachi. Antes del vino de honor, hablarán algunos de los miembros del consejo editorial compuesto por Mónica Velásquez, Virginia Ruiz, Omar Rocha, y Ana Rebeca Prada, quienes seguramente recordarán a los muchos que los antecedieron, como Iván Vargas, Jimy Iturri y Juan Carlos Ramiro Quiroga, entre otros.

La oferta
Un extenso y afortunado tributo a Jesús Urzagasti abre la publicación diseñada en tamaño carta y papel ahuesado. Artículos, ensayos, poemas y evocaciones de Ana Rebeca Prada, Sulma Montero, Juan Pablo Piñeiro, Claudio Cinti y Alberto Villalpando, entre otros copan más de un tercio de las 82 páginas. Destacan además en esta sección una reseña de Julio de la Vega a En el país del silencio, recuperada a casi 30 años de haberse publicado en la revista Khana, y un ensayo inédito de Blanca Wiethüchter sobre De la ventana al parque.
Pero no se puede pasar por alto un emotivo texto inédito del maestro chaqueño, Visita intempestiva:

“El hombre estaba soñando, por eso mucho de los que escuchó se esfumó cuando retornó a la vigilia, salvo la figura de un caminante y el acento de su voz. Le dijo como al desgaire:
-Mientras menos tengas, más estarás dando a tu prójimo. Solo así podrás tener. ¿Paradoja? Paradoja o parábola, escúchala: si tu prójimo no tiene nada, tú de veras no tendrás nada. Nadie tendrá nada y el mundo se habrá empobrecido.
Para unos es fácil acumular fortunas, para otros es difícil escapar de la pobreza. En ambos casos, el sufrimiento es un visitante muy asiduo”.


Pasando a otros textos, Gilmar Gonzales rescata uno muy interesante aparecido en el semanario Bandera Roja, de 1926, en el que Abraham Valdez escribe, en un artículo titulado “La crítica en la literatura moderna”:

“La literatura ha experimentado la conmoción desgajadora de nuestro tiempo. Al igual que el antidogmatismo científico y el revolucionarismo político, la estética y con ella el arte, pasó el periodo crítico de la estruendosa ruptura con el pasado. Ingresa al campo abierto de la acción subversiva”.

Luego, Marcia Mogro analiza el universo artístico de Sol Mateo, y escribe: “La foto es el instrumento de registro a partir del cual observa el mundo, elaborando y desarrollando su obsesión, su proyecto poético, como un trabajo constante y consciente, no capricho del momento, no interés en imposiciones ni concesiones de ninguna especie”.

Más adelante, se da paso a la ficción y la poesía, con trabajos de Jaime Taborga, Rubén Vargas, Eugenia Brito y Cé Mendizábal; luego viene la sección de crítica con un interesante ida-y-vuelta entre Juan Carlos Orihuela y Monserrat Fernández, y antes del cierre con una decena de breves reseñas de las más recientes publicaciones del medio, hay campo para la traducción -Las versiones de Roland Barthes, a cargo de Marcelo Villena- y un entretenido diálogo entre Mauricio Souza y Juan Cristóbal MacLean.

“¿Cuál es la relación entre la experiencia -el lugar- y la escritura poética o, siendo consecuentes, de las condiciones de posibilidad de enunciación del mismo lugar? ¿Qué dan ellas a lugar? ¿Me preexiste el lugar y yo soy solo su efectuación o el lugar es, más bien, un latido acorde con mi sangre?”, se interroga MacLean respecto a la construcción de uno de sus poemas.

Esta es, grosso modo, la estructura básica de este renacido Zorro Antonio. Se puede ver que a lo largo del tiempo, con pausas, cambios y relanzamientos, se mantiene la esencia en el estilo de la propuesta, lo que se comprueba en tres características infaltables desde los primeros números: un dossier de homenaje a un literato, un artista plástico o gráfico invitado a ilustrar todo el número (en este caso Rebeca Anais Paz), y una entrevista a profundidad a un escritor o literato que en este número la hace Mauricio Souza, encargado también de la misma labor en la mayoría de los números anteriores.
 
Uno de los dibujos de Rebeca Paz que ilustran la revista.
Historia y destino
En el texto de presentación titulado “El retorno del Zorro”, que no lleva firma, los editores sostienen: “claramente, el primer Zorro Antonio -el de los años 80 y 90- tuvo tres momentos. El primero (1984): el de los números iniciales, en formato de periódico y fuertemente dirigido a lo popular, lo oral, lo visual. El segundo (1986-1989): el de los números tres a seis, que adquirieron el formato más pequeño de la revista y le bajaron un tanto el ímpetu popular, oral y visual sin necesariamente excluirlo, poniendo el énfasis en la letra y la crítica. Y el tercero (1991, 1993, 1994): el de los números siete a diez, en formato de revista de artes y literatura, con publicidad e intento de rigurosa continuidad”.
“Intento de rigurosa continuidad…”, escriben los editores; caro y casi siempre inalcanzable anhelo de los soñadores emprendedores de revistas literarias en el país.
Rodolfo Ortiz, director de La Mariposa Mundial -que por cierto, con más de 15 años y casi dos docenas de números es uno de los más sostenidos proyectos de este tipo-, me comentó hace años en una larga charla dedicada exclusivamente a las revistas literarias (Fondo Negro, La Prensa, 25-6- 2006): “No hay revistas eternas; toda revista literaria lleva en su ser su propia muerte… y es que pocas pueden sostenerse económicamente para seguir viviendo, pues en verdad son un afán quijotesco… a veces sacas algo y ya sabes que está a punto de morir”.
No será -sabemos- el caso de El Zorro Antonio que, nació en 1984, llegó a 1994 para hacer una larga pausa, y resurge en este 2014 (4-4-4, por si interesa a algún cabulero) con intenciones de quedarse.

Una tradición
De todas maneras, Ortiz también da pie al optimismo sobre estos audaces proyectos: “En Bolivia hay una muy buena tradición de revistas, surgen en diversos momentos históricos, crean espacios de convergencias y placeres, pues toda revista tiene su particularidad, el gusto con el que está pensada”.

En las páginas de LetraSiete, escribe quincenalmente Omar Rocha -uno de los encargados de la edición de El Zorro Antonio- la columna Cafetín con Gramófono, dedicada precisamente a evocar y reseñar revistas y suplementos literarios bolivianos de fines del siglo XIX y la primera parte del siglo XX.

En la primera entrega de esta serie, Rocha reflexiona:
“Durante finales del siglo XIX y principios del siglo XX, las revistas literarias fueron el medio por el que circularon las más importantes ofrendas literarias, románticas, modernistas y pre vanguardistas que produjeron los bolivianos”.
“La mayoría de los escritores que tuvo alguna obra importante fue parte de una revista o publicó algún folletín. Estas hojas viejas nos dan a conocer textos inéditos, nos dan pautas de los inicios, las preocupaciones, las ideas estéticas y políticas, los debates, etc., de escritores como Ricardo Jaimes Freyre, Manuel José Tovar, Ricardo Bustamante, Josefa Mujía y Carlos Medinaceli, por citar solamente unos cuantos”.
“Las páginas volantes y revistas son un material valioso, no sólo en términos históricos, sino estéticos y literarios; algunas tuvieron una larga vida, otras murieron en su primer número, sin embargo, el impulso se mantiene y pervive hasta nuestros días, cuando somos testigos de la aparición de revistas y “pasquines” virtuales a los que vale la pena prestarles atención”.

Volviendo al porqué del nombre, El zorro Antonio, sabemos que los editores fundadores de la revista quisieron hacerle honor a la tradición andina a la que se refiere Kessel. Pero hay algo más, también inherente a las cosmovisiones originarias: y es que todo lo relacionado a este mito converge en un solo macro concepto interpretable de diferentes maneras: comunicación, transmisión, emisión-difusión, percepción-retroalimentación. ¿Acaso no es esta la razón de ser de una revista literaria?

Escribe Manuel Vargas en su novela Música de zorros:
“Don Zorro, ¿de ande es usted?, ¿de cómo llegó al pueblo?, ¿es cierto que tuvo mujer y tuvo vacas sin contar…? A tanta insistencia, y si estaba tranquilo y bien comido se tapaba las canillas y con los restos de su poncho, se aclaraba la voz, la modulaba que era un contento y comenzaba: “en tiempos de la peste allá en Pueblo Encantado...”. Todo les hacía creer a los muchachos. ¿Cómo mismo llegó al Sur y después al pueblo?, ¿quiénes eran sus padres? Rastreando, curioseando, llegó se llegó a saber más y más. ¿O todo cuando hablaba no eran más que sus puritas, y él mismo se inventó su vida?

“Creemos -auguran y prometen los editores de este Zorro renacido- que es posible continuar la aventura, con la certeza de que ya no podemos seguir postergando la reaparición de un medio que exprese la importancia y pertinencia del trabajo que realizamos en nuestras aulas, en nuestras reuniones de investigación, en el silencio de los procesos de creación, en la diversidad de nuestras miradas críticas…”.

Que así sea y enhorabuena.

Letra sincrónica

Bestias mutantes, extraterrestres y cholitas

Tercera entrega, y final, de una serie de artículos en la que el autor reflexiona sobre nuestra visión de “los otros”. Primero fueron los diablos, luego los fantasmas y ahora los extraterrestres.


Alan Castro Riveros

La memoria del origen
Hay dos teorías vigentes sobre el origen de nuestra especie. La primera dice que una vez un mono se volvió inteligente y listo el pollo. La segunda insinúa que los extraterrestres sabían hacer especies civilizadas con cadenas de ADN y que cualquier rato vendrán a cosechar lo sembrado.
En la primera teoría, una mona aparece dando a luz al primer ser humano en la noche de los tiempos; al final de esos tiempos, sin embargo, no se sabe qué pito tocaba la mona en esa secuela de epopeyas y cruzadas mundiales. Es decir, que del eslabón perdido resulta una historia o sin pies o sin cabeza.
En la segunda teoría, en cambio, los extraterrestres aparecen e intervienen en los dos extremos de la historia: allí donde floreció una especie consciente y al final de los tiempos, donde la humanidad se mira cara a cara con sus creadores. Aunque esta última teoría permite imaginar un principio y un fin, conviene confiar en que los extraterrestres saben intercalar cola y cabeza.
El extraterrestre, como padre, tiene la desventaja de no ser biológico ni natural, lo cual lo hace ver como un científico loco sobrenatural. Por otro lado, no se piensa en el mono como en un padre creador, sino como en un animal inconsciente que hace hijos por gana y gusto de joder. Mientras los seres ondulatorios espaciales habrían creado al ser humano sabiendo cabalmente lo que hacían; la madre mona no tenía idea de que su hijo, el primer hombre en el jardín, buscaría a su padre en el cielo y en la tierra durante milenios.

Se están en silencio  
Los extraterrestres, al asomar su perfil en los dos extremos de la Historia humana, quedan fuera de ella, pero se aparecen en sus fronteras e hitos. Es difícil dar pruebas históricas de su existencia. Sabemos de ellos indirectamente, a través de personas que han sido contactadas. Imaginamos que los restos de antiguas construcciones podrían ser obra de un conocimiento universal que ellos han compartido con nosotros. Puede ser que ciertos fenómenos inexplicables que superan nuestras mediciones y pesajes hayan sido diseñados por los extraterrestres.
En cualquier caso, por lo menos sabemos que a los extraterrestres no les gusta meter bulla ni presentarse públicamente. Si están haciendo algo en la Tierra, lo hacen en silencio. Y si realmente el padre del Hombre está fuera de la Tierra, la humanidad -en miles de años- no ha terminado de enterarse.
En Bolivia, los extraterrestres son tan reservados que hay muy pocos textos que los mencionan. Sin embargo, hay una carta. La historia que cuenta esta carta circula oralmente, pues no se conoce evidencia física de ella, aunque se tiene la certeza de que fue publicada hace 50 años en un periódico de La Paz. Se trata de una carta pública que Jaime Saenz y Jesús Urzagasti escribieron una noche. Tal carta estaba firmada por un tal Diodato Vera, procurador de Lambate. En esta misiva, Diodato informa sobre naves luminosas que entran y salen del Illimani.
La carta tenía algunos detalles finísimos sobre los extraterrestres: un castellano que dejaba mucho que desear, destellos que impedían dormir, ruidos imprevistos y extraños... Sin embargo, lo que más ha quedado en nuestra memoria es la conclusión de esa carta: “No nos hacen daño pero tampoco nos molestan”.
El remate de la historia del procurador de Lambate, en un castellano que también deja mucho que desear, muestra a los extraterrestres como seres que se están / en el silencio del universo -como tal vez hubiesen dicho sus autores. Es significativo que esta carta y su contenido formen parte más de la tradición oral que de la escrita. Además del estilo coloquial de Diodato Vera, la carta pública crea la ilusión de cierta información que se transmite de boca a boca, sin autoridad intermediaria, desde una fuente anónima. Diríamos que el anonimato es una cualidad incanjeable de los posibles padres del Hombre.

Caballeros y cholitas
Los relatos de la tradición oral, por su carácter anónimo y a veces testimonial, se sitúan en ese espacio donde convergen lo convencional, lo histórico y lo fantástico. Es un tejido sin autor visible, un mundo paralelo a la escritura y abierto a múltiples modificaciones (aquello que los filólogos llamarían deturpaciones) que, sin embargo, conservan ciertos detalles comunes que centellean al unísono. Se trata de un imaginario donde todas las historias de todas las tradiciones de todos los lenguajes parecen tejer una sola trama.
Muchas de las historias de la tradición oral boliviana tienen como protagonista a un caballero que, después de seducir a una cholita, se transforma en animal (zorro, serpiente, oso, insecto, etcétera). Este encuentro entre la bestia y el ser humano resuena al lado de la teoría darwiniana, pues resulta que la cholita siempre acaba dando a luz un hijo que deberá civilizarse.
Un ejemplo brillante de este argumento está en la historia de José Joserín, cuya difusión debemos a Blanca Wiethüchter. Esta versión de la leyenda del Jukumari comienza -por supuesto­­- con un caballero que se roba una cholita. De aquel encuentro nacerá José Joserín.
El caballero tiene a la cholita y al niño encerrados en una cueva, los trata como a bestias y sólo trae carne cruda que la cholita no soporta comer, porque “ese caballero también había sido un oso, no había sido ni un hombre humano, nada”. Ese oso será despachado al otro mundo por José Joserín, quien salva a su madre de la bestia.
El detalle más llamativo de este cuento es que el oso (bestia) también es un caballero (autoridad que, a lo largo del relato, se duplicará en la escuela, la ley, la iglesia y la corona). Una vez que José vence a su padre y a todas estas autoridades bestiales, es liberado, conoce a una cholita y debe enfrentarse al Condenado (el marido fantasmal que no deja en paz a la nueva cholita).
A diferencia de las historias que puede desatar la teoría darwiniana del origen, el relato sobre la vida de José Joserín comienza y termina con un conflicto de pareja y en un enfrentamiento con el padre. En un principio, José debe salvar a su joven madre de una bestia. Al final, deberá liberar a la cholita del poder invisible de un fantasma avaro y platudo.

Por otro lado, aunque la teoría extraterrestre del origen humano sugiere un enfrentamiento al final de los tiempos, el comienzo de la especie humana no parece haber generado ningún conflicto para los extraterrestres. Este malentendido puede degenerar en la idea de que el hombre sería incapaz de modificar su propia especie. En cambio, el silencio de la cholita en la historia de José Joserín, es un silencio potente (una gestación) que, en todo caso, se está.

Presentación

Cuentos para octubre


Para alegría de quienes aman el género de cuento, mañana se lanzará –tras una larga pausa- un nuevo número de la emblemática revista Correveidile. Reproducimos el prólogo –o “ajuste de cuentos”- en el que Manuel Vargas detalla este emprendimiento.



Manuel Vargas

Pequeño recuento
La revista Correveidile comenzó a publicarse a mediados del año 1996, con la intención de continuar con cuatro números al año. El 2006, diez años después, salió únicamente el número 29, al año siguiente el 30, y en dos años más el 31.
Parafraseando a Víctor Paz, nos dijimos: “Correveidile se nos muere”, pero esta frase -un suspiro conformista- ya no era histórica y a nadie le importaba, por lo tanto nada se dijo en los medios de prensa nacional. Hace dos años, con el apoyo de una Fundación, publicamos un número doble: 32-33, con cuentos de la nueva generación de escritores bolivianos. Y dijimos: “ahí muere”.
Sin embargo, no era que “a nadie le importaba”, como siempre nos gusta quejarnos a los bolivianos. Resulta que en la Feria del Libro del año pasado, don Luis Revilla me preguntó: “¿Y cómo es de Correveidile?”. Le dije que “así nomás, sin novedad”. Y este año en la misma Feria me volvió a preguntar: “¿Y cómo es de Correveidile; haremos algo pues...?”. Y supe que la pregunta de hacía un año no era simple formalismo. Correveidile importaba e importa, y por eso usted, lector, tiene en sus manos este nuevo número.

La Paz en nueve cuentos
Así se llama el presente número, el 34. Si el número 31 titulaba “Historias de La Paz”, con autores jóvenes que viven en esta ciudad, este otro, el que usted tiene en sus manos, tiene otra novedad: se trata de autores bolivianos y extranjeros que escribieron cuentos (también hay dos fragmentos de novela) sobre nuestra ciudad y nuestro departamento. Y esta vez no son nuevos autores sino antiguos y al mismo tiempo desconocidos, como usted podrá constatar en el índice o “Los malditos y los bellos”. Y de esta manera, ofrecemos a los lectores y lectoras y aficionados a la narración breve, una nueva parcela en el jardín de la literatura.
Cómo no va a ser novedad que, junto con los autores de Alemania o de Argentina (La Paz de los oscuros años 70) de Chile y de Francia (La Paz en ritmo policial) o de Ucrania, aparezcan antiguallas no sólo de un cronista como Ismael Sotomayor, sino de la primera novela corta del siglo XIX cuyo personaje es Claudina, y a inicios del siglo XX la primera historia de amor de una pareja de homosexuales, y por último las imágenes oníricas de un beniano… En fin, viejas historias rescatadas para homenajear a la Fundación de La Paz, en este octubre del 2014.
Y esto es posible a partir de este gran empujoncito del Gobierno Autónomo Municipal de nuestra ciudad. El cual, para nosotros, es tan significativo, que nos anima a continuar por el mismo camino y con las mismas ganas con que nació Correveidile, hace ya ¡dieciocho años!
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Cuentos y autores bolivianos

El sueño, de Ignacio Callaú Barbery
Erebo, de Pablo Gumiel
Barrabasada del Templa, de Ismael Sotomayor
Claudina, de José S. de Oteiza


Cuentos y autores extranjeros

La historia más vieja del mundo, de Romain Gary (Lituania)
Emilio, de Gudrun Pausewang (Alemania)
Contra todo riesgo, de Matías Marchiori (Argentina)
Morir en La Paz (fragmento inédito), de Bartolomé Leal (Chile)

Safari a La Paz (fragmento), de Gérard de Villiers (Francia)

Artículo

Italo Svevo, la sombra de Joyce

El autor traza una semblanza sobre el autor italiano que –según aventura- surgió y se consolidó de la mano del creador del Ulises.



Ricard Bellveser

Está generalmente admitido que James Joyce (Dublin, 1882- Zürich, 1941) es el mejor o al menos uno de los mejores escritores del siglo XX, junto a Marcel Proust y Franz Kafka.
Esta condición de “mejor” se considera unida al hecho de ser uno de los más influyentes, pues en el mismo periodo vital del autor irlandés, en lengua inglesa, se dio una gran generación de autores, espléndidos, (Virginia Wollf, Ezra Pound, H.G. Wells, Jack London, Rudyard Kipling…) pero no todos tuvieron esta capacidad de influir en los demás como la que tuvo y aún sigue teniendo Joyce.
Además a la construcción de su extravagante personaje, -y no deja de ser chocante esta contradicción-, le ayudó su vida desastrada, el ser el mayor de diez hermanos,  alcohólico, manirroto y por ello sableador de los amigos, frecuentador de prestamistas, pendenciero a veces, tocador de guitarra, tenor al cantar, sifilítico desde joven, de mayor tuerto y casi ciego, según el psicoanalista Gustave Jung, que trató tanto a él como a su hija Lucía, esquizofrénico controlado, y en general una calamidad, variables de su personalidad que le obligó a irse varias veces de Dublín y de Irlanda para vivir en París, Trieste y Zurich.
Su obra más relevante, Ulysses, la empezó escribir en Pola, una ciudad que hoy pertenece a Croacia, aunque el grueso de la novela la redactó en Trieste como es bien sabido.
Y es aquí donde se cruzan los caminos: en Trieste vivía un -por entonces- adinerado comerciante llamado Aron Ettore Schmitz (Trieste, 1861-Motta, 1928), hijo de padre alemán y madre italiana, por lo que en su casa se hablaban simultáneamente estas dos lenguas, a quien Joyce acabó dando clases de inglés, y por esta relación iniciaron una honda amistad. A Joyce le convenía mucho, porque aparte de ser una persona culta, amable, buen conversador y sensible, era la adecuada para sacarle algún dinero extra.
Aron Ettore, tenía sincera afición por la literatura, era un buen lector, que antes de dedicarse a los negocios, había hecho algunos intentos, todos fracasados bien es verdad, por editar sus escritos, y sólo había sacado una novela, pagada de su propio bolsillo. Lo que publicó en periódicos y revistas de la época, lo hizo bajo el pseudónimo de E. Samegli, y fue con la edición de sus novelas y otros libros de creación cuando adoptó el nombre de Italo Svevo.
Hoy sus novelas Una vita (cuya primera edición pasó inadvertida), Senilitá y sobre todo La conciencia de Zeno, están consideradas como ejemplo de la novelística del siglo XX.
¿Quién le iba a decir a este comerciante, después empleado de banca, que terminaría siendo uno de los autores europeos más respetados y decisivos? Nunca lo supo, ya que murió en un accidente cuando su obra comenzaba a tomar vuelos, gracias a Joyce que la había introducido en Francia y recomendado a los más influyentes críticos parisinos.
Los estudiosos más meticulosos, apuntan que tras sus novelas está la mano de Joyce, el amigo lector, corrector, la persona que le sugería cambios y le proponía mejoras. Nunca sabremos a ciencia cierta si esto es así más allá de especulaciones academicistas, aunque sí conocemos, porque está suficientemente documentado, que en lo literario, Joyce fue su consejero y su lector.
Svevo escribió sus libros y sus artículos periodísticos, cuando acababa de trabajar, por lo que para ello debía invertir muchas horas de su salud, y los asuntos de sus novelas están a medio camino entre Joyce y Kafka, sus temas son los mismos, la soledad del hombre y la imposibilidad de comunicarse con los demás, modelos que tomó del natural ya que cuando fracasaron sus negocios, entró a trabajar como empleado en un banco, de donde sacó la mayor parte de los modelos de sus personajes.
Ahora se acaban de reunir en un volumen[1] los ensayos y escritos periodísticos de Svevo, libro que conjuga además artículos de opinión, notas de dietario, observaciones personales y materiales diversos, que nos dan una imagen extraordinariamente interesante del escritor triestano y nos acercan a su verdadera personalidad.
El volumen está ordenado cronológicamente, desde los artículos de juventud que publicó en el periòdico L’independente en la década de los 80 (1880-1890), hasta algunas conferencias como “Triestinidad de un gran escritor irlandés: James Joyce” (1926), donde desvela secretos de algunas de las fases de la construcción del Ulysses, y otra “Conferencia sobre James Joyce” (1927), que desde una perspectiva analítica, muestra el amplio conocimiento que tenía de la obra joyciana, y proporciona datos de interés, así como compara esta obra con la de Marcel Proust, de modo que considera que el autor francés con su En busca del tiempo perdido había sabido cerrar la literatura europea escrita hasta ese momento, mientras que Joyce con la suya, el Retrato de un artista adolescente o Finengan’s wake había abierto las puertas al panorama del nuevo siglo.
Svevo se nos muestra en estas hojas como un ser enormemente vulnerable, porque da a entender las dificultades que siempre tuvo para publicar, al menos hasta que conoció a Joyce; expresa la energía de su juventud con observaciones nerviosas y a veces no lo bien meditadas que debería, entra en todas las materias desde una reivindicación de los hermanos Gouncourt o un elogio de Wagner, un deslumbrado recorrido por Londres y algunas de sus crónicas como enviado a Inglaterra a la Primera Guerra Mundial, aparte de consideraciones generales sobre escritores y artistas, crítica literaria, un rechinar de dientes respecto a la figura de Napoleón, o reflexiones sobre su propia obra y la escritura, por poner unos ejemplos.
Es claro que aquel Trieste era una pequeña ciudad y por tanto asfixiante, pero al mismo tiempo el enclave donde se estaba pensando la literatura del nuevo siglo, en una situación bien paradójica. Estos Ensayos nos ayudan a caminar por esta geografía, estos años y estas obras que cambiaron el mundo.




[1] Svevo, Italo. Ensayos. Edición y traducción de Caqui Weller. Páginas de Espuma. Madrid, 2014.

Sombras nada más

El ánima de Alejandra


Reseña del recién aparecido poemario de la cruceña Alejandra Barbery



Gabriel Chávez Casazola

Hace 11 años ya que publicó su primer libro, en coautoría con otros dos poetas, Alejandra Barbery Zanutti.  El nombre de esa opera prima delataba cierta prisa, como la que tenemos cuando el verano cruceño nos abraza (lo estoy escribiendo con z deliberadamente) y nos sentamos a una mesa y pedimos al camarero “¡Tres al hilo!”, que así se llamaba precisamente aquel poemario.
Una de las tres miradas, de las tres sensibilidades reunidas en ese libro augural, era la poesía de Alejandra. De allí en adelante pudimos apreciar textos suyos dispersos en su blog Bruja del Aire, en antologías -como la de Breve poesía cruceña con tapas azules-, en revistas y en espacios digitales de aquí y de acullá.
Siempre, su escritura, bajo el signo del fragmento, de la brevedad, de la dispersión, como lo conversamos muchas noches en el “templo del morbo”, como llamaba el cantautor Pekos a su local de la calle Cochabamba, donde nos congregábamos los fieles de ese culto bohemio sin que nadie más que la noche y su complicidad nos convocaran.
Luego, en algún momento, Alejandra -esa maga- se nos perdió en la política y, lo que es peor, en la burocracia. A momentos se lo reproché, otros me temí que ya no tuviera remedio y finalmente, cuando casi me resignaba -nos resignábamos- a tan irreparable pérdida para la poesía y el arte, ella volvió.
Iba a escribir “renació”, pero además de sonar grandilocuente eso sería mentiroso. Alejandra nunca se fue del territorio de la belleza. Era sólo que estaba inxiliada en sí misma, en una búsqueda que era una huida que terminó siendo un reencuentro. Un reencuentro consigo misma, es decir, con el arte; es decir, con la poesía; es decir, con todos nosotros, sus amigos y lectores que acompañamos ahora sí el nacimiento de su primer libro en solitario.
Ánima se llama este libro: una palabra que quiere decir “alma” en lengua latina, ese idioma que tiene, precisamente, un secular trato de almas. Aquí pienso en tantos pasajes y plegarias donde resplandece el alma de los místicos -“Anima mea liquefacta est, quia Deus meus ignis consumens est…”- pero también en el alma deseante de Salomón cuando le canta a la Sulamita, en uno de los más bellos textos eróticos que se hayan escrito y que está, oh paradoja, recogido en la Biblia, y que en un fragmento de su versión latina dice así: “(…) nescivi anima mea conturbavit me propter quadrigas Aminadab / revertere revertere Sulamitis revertere revertere ut intueamur te”.
En otra orilla, nos revela el gran oráculo -es decir, Wikipedia- que en la teoría psicológica de Carl Gustav Jung, la palabra ánima alude a “las imágenes arquetípicas de lo eterno femenino en el inconsciente de un hombre, que forman un vínculo entre la consciencia del yo y el inconsciente colectivo, abriendo potencialmente una vía hacia el sí-mismo”. 
¿Y qué hace la poesía sino eso: abrir un camino hacia nosotros mismos, a partir de ciertas imágenes en las que todos podemos reconocernos, pues pertenecen al yo más íntimo como también a la memoria colectiva?
A su vez, la sabiduría popular hace plural a esta misma palabra y nos habla de las ánimas. Podríamos decir que la poesía es una de ellas: una aparición, un pálido y hermoso espectro capaz de hechizarnos.  
Alejandra es, hace tiempo ya, una hechizada, pero cuando pienso en las apariciones que suceden en su libro veo páginas viudas, páginas que llevan un hondo luto interior, que se nos revela y conduce a mirarnos tal como somos, a sopesar nuestro esqueleto y nuestro interior “tan lleno de vacío”: ese allí, en realidad un aquí, donde reaparece una y otra vez el miedo que siempre es una sombra. Donde hay una bestia, un susurro, un colador, un abismo por donde la vida pasa a menos, los silencios de un nombre, un sonido que estorba y el recuerdo de otro siglo, acaso de un amor y una bandera sin mínimos, sin distancias.
Espectros, todos ellos, que una vez invocados y exorcizados en la lectura, con la lectura de Ánima, dejan lugar a un alivio de luto, que eso es también, colijo, para su autora este libro. Un cerrar una puerta y un abrir otra. 

Deseo vivamente que la habitación a la que ha ingresado Alejandra Barbery en esta nueva etapa de su creación sea luminosa como los cuadros de su heterónima María Zanutti: Sobre la noche, / el siglo. / Sin tiempo, / existe la poesía.

Ojo de Vid

¿Por qué se llama Ucureña?


El autor divulga una investigación de Federico Arispe que devela algunos detalles casi desconocidos de la emblemática población en la que nació la Reforma Agraria.

 
Víctor Paz Estenssoro firmando el decreto ley de Reforma Agraria en Ucureña.
Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio)

El 2 de agosto de 1953 Ucureña se hizo famosa porque allí se firmó el decreto ley de reforma agraria; y más tarde, José Rojas encabezó allí a parte de los milicianos más aguerridos, que eran los ucureños. Sin embargo, no hay en la toponimia del lugar nada que signifique Ucureña. ¿De dónde viene el nombre?
Además, en ese sitio se gestó el primer sindicato agrario del país, según las apreciaciones del profesor Federico Arispe en su folleto titulado “Ucureña es historia en la liberación del campesinado boliviano” (1993).
El 27 de noviembre de 1936, al calor del Decreto de Sindicalización Obligatoria, el responsable de Asuntos Campesinos del Ministerio de Trabajo, Eduardo Arze-Loureiro, propuso a los campesinos de Cliza que se organizaran en sindicato para arrendar en forma colectiva las extensas tierras del monasterio de Santa Clara, ubicadas en La Loma, Cliza.
El primer Sindicato agrario del país se había constituido el 22 de agosto de ese año en el cantón Huasacalle de dicha provincia y de este modo se consiguió el arrendamiento. El promotor de la fundación fue Arze-Loureiro, pero actualmente no hay la menor mención a él en el Monumento a la Reforma Agraria existente en Ucureña. Por eso rescatamos su memoria.
Eduardo Arze-Loureiro,  del conocido clan Arze-Anaya cochabambino, había recibido la visita de los agricultores de La Loma, quienes querían arrendar las tierras del monasterio pero sufrían las evasivas de las monjitas y el sabotaje de la Sociedad Rural. Nada mejor que acogerse al decreto de sindicalización obligatoria dictado por el Gobierno de David Toro, quien creó el primer Ministerio de Trabajo, a cargo del dirigente gráfico Waldo Álvarez, donde trabajaban José Antonio Arze, su primo Eduardo Arze-Loureiro y otros conspicuos izquierdistas. De este modo nació el primer sindicato agrario, que pudo arrendar las tierras del monasterio como cooperativa.
Tenemos copia del protocolo original de la escritura de arrendamiento donde figura la “Partida de Inscripción Sindical de Trabajadores Agrarios de Cliza”, donde dice lo siguiente:
“Ministerio del Trabajo y Previsión Social.- La Paz-Bolivia. Partida de inscripción del Sindicato de Trabajadores Agrarios de Cliza.- Primero de septiembre de mil novecientos treinta y seis. (…)
Señor Ministro: la clase indígena trabajadora en algunas comarcas de la provincia de Cliza se ha reunido en gran asamblea en el cantón de Huasacalle y organizando su mesa directiva en la forma que hace constar la copia del acta que nos permitimos acompañar, ha resuelto dirigirse a usted para que se sirva aprobar su organización y las siguientes finalidades que determinan nuestras leyes, ofreciendo de nuestra parte someternos respetuosamente a las determinaciones del Gobierno y de los estatutos y reglamentos que rigen esta clase de agrupaciones.
Con este motivo nos suscribimos del señor Ministro a quien nos dirigimos como obsecuentes servidores.- Primitivo Pinto Veisaga, Secretario de Actas.- Víctor Jiménez Ponce, Presidente y Secretario de Gobierno.
Sección campesina.- Decreto.- Sello: Ministerio del Trabajo y Previsión Social.- La Paz-Bolivia, primero de septiembre de mil novecientos treinta y seis.- Tómese nota e inscríbase en el Departamento Sindical así como en la Sección de Trabajo Campesino. Se delega al oficial del Trabajo Campesino camarada Eduardo Arze-Loureiro para que constate y colabore para su mejor organización.- Se declara reconocido el Sindicato sin perjuicio de ejercitar sus derechos que correspondan a las organizaciones campesinas.- Waldo Álvarez.- Ministro del Trabajo y Previsión Social”.

El nombre de ucureña
Eduardo Arze-Loureiro había seguido de cerca los sacrificios de Elizardo Pérez y Avelino Siñani para constituir el primer núcleo escolar indigenista de Warisata el 2 de agosto de 1931, Día del Indio desde el Gobierno del Presidente Busch.
El concepto de núcleo escolar indígena se irradió desde Warisata a varios países del continente, que lo adoptaron. Entretanto, en 1937, Arze-Loureiro instó a fundar otro núcleo indigenista en el valle de Cliza.
Se buscó un sitio en Huasacalle y otros sitios y como nadie quería ceder ningún terreno se recurrió a un sitio y lugar ubicado en La Loma, una casa de hacienda que había pertenecido a una mujer laboriosa del lugar, quien había vivido casi toda su vida en las minas de Ocurí, cantón Chayanta de Potosí.  Ya en la vejez retornó a La Loma y vivió sola sus últimos días. Los vecinos la conocían como Mama Ocureña, por Ocurí, y ese nombre se generalizó en La Loma, Huasacalle, Kochi, Ana Rancho, Lobo Rancho, Sunchupampa, Santa Lucía, Chillijchi y todo el valle.
Mama Ocureña murió trágicamente porque unos ladrones pensaron que tenía dinero y la ahorcaron. A su muerte, dejó una heredad de 400 a 500 m2 donde había una casa en ruinas. Ese terreno abandonado fue utilizado por los comunarios para construir en ayni el núcleo escolar. El profesor Arispe agrega: “Desde aquel momento se llamó y se difundió como Escuela Campesina de Ucureña; la palabra Ucureña se divulgó y se popularizó dentro la comunidad íntegra y en todo el ámbito nacional. Por este hecho la comunidad que era La Loma hoy es conocida con el nombre de Ucureña.
Durante la construcción de la escuela se destacaron los campesinos: Pedro Delgadillo (el Cuncalo); Primitivo Pinto (el Ñato); Desiderio Delgadillo (el Bola Uma) y Demetrio Torrico, quien dirigió la construcción y llevó adelante la organización del Sindicato Agrario, siempre según el profesor Arispe.
Un apunte más: “el límite de la propiedad del monasterio era el camino que une Cliza-Toco al oeste y de allí al este hasta las proximidades del río Sulty, límite interprovincial con Punata y al norte separaba las comunidades Lobo Rancho y Sunchupampa”.

En homenaje al profesor Arispe, reproducimos la nómina de los primeros maestros del Núcleo escolar, que abarcó todo el Valle Alto de Cochabamba hasta Pocona, provincia Carrasco. Los presidía el director Leónidas Calvimontes; profesor de música Pacífico Terán; profesores: Julio Paz, Walter Torrico, Humberto Yapur y Alberto Tardío; jardinero: Mario N.

jueves, 23 de octubre de 2014

Nota de apertura

La literatura boliviana actual mirada desde México


De su reciente visita al país norteamericano, la autora se trajo el libro Mito, utopía y memoria en las literaturas bolivianas, editado por Begoña Pulido Herráez y Carlos Huamán, del que ahora traza un extenso e interesante análisis.


Virginia Ayllón




Cuando viajo a México, inmediatamente recuerdo la sentencia de la protagonista de la novela Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara de la argentina Angélica Gorodischer. Cuando esta investigadora conoce México dice algo como “que ellos desciendan del mono o del oso, yo desciendo de México”.
Y es que México es una especie de patria paralela. Nuestra cotidianidad está llena de México: desde los mariachis bolivianos de las bodas y las serenatas, pasando por la música popular mexicana con muchos fans en estas tierras, sea Bronco o Zoé y, por supuesto Juan Gabriel. Ni qué decir de  las telenovelas que las tenemos, literalmente, hasta en la sopa. Y el cine y los zapatistas y los narcocorridos y la lucha libre, Memín, el Chavo. Y, claro, la literatura.
Nuestro, recalco, nuestro  mundo literario incluye, por lo menos, a Juan Rulfo, Sor Juana y Octavio Paz. Además, no hay posible bohemia literaria sin José Emilio Pacheco, Jaime Sabines, Juan José Tablada, Carlos Monsiváis y otros. A esto podemos sumar a Reyes, Krauze, Bonfil y otros en el ámbito académico. Entonces, decir que México está en nuestra piel parece poco para calificar esta cercanía.
Pero todo indica que esto no sucede del otro lado y para los mexicanos, Bolivia puede ser lo que para un europeo: un país con indígenas, de mucha inestabilidad política, mucho narcotráfico, donde murió el Che y ahora tiene a Evo Morales como Presidente. Es un país extraño.
Esta extrañeza establece interrogantes y puede generar idearios sobre lo que es o debe ser Bolivia. Esta es la sensación que me ha producido la lectura de Mito, utopía y memoria en las literaturas bolivianas, editado por Begoña Pulido Herráez y Carlos Huamán y publicado en 2013 por el Centro de Investigaciones Sobre América Latina y el Caribe de la UNAM. 
Su lectura también me ha generado varias preguntas sobre mi propio país, su literatura y su historia. Varias veces me he quedado frente a un párrafo preguntándome si yo desconozco esa realidad que estaría sucediendo aquí, donde vivo. Por ejemplo, ante la siguiente aseveración: “en la actualidad las letras andinas comienzan a tener una importancia antes desconocida; la inventiva, la imaginación, representación y creatividad provenientes de los Andes empieza a expandirse”, me quedé pensando sobre cuáles podrían ser esas letras andinas que están tomando importancia, y no logré esbozar una verdadera respuesta.
El texto es producto de un seminario sobre literatura andina del siglo XX que tenía por objetivo indagar sobre los mitos de las culturas prehispánicas en la literatura reciente y si su rescate es una forma de imaginario de los movimientos de liberación indígena. Se compone de ocho ensayos reunidos en tres partes: Mito y utopía, Mito y memoria, Poesía y utopía.
La mayoría de los textos refieren a la “insularidad” de la literatura boliviana, desconocida para el resto de Hispanoamérica. Los autores ensayan varias explicaciones para este aislamiento. Por ejemplo, que esta insularidad sea voluntaria o se derivara del encierro geográfico. Que la crítica literaria es “escasa y de poco aliento, salvo honrosas excepciones”. Que la literatura boliviana es desconocida dentro y fuera porque “los estudios críticos para elucidar aspectos particulares de ésta y la producción editorial destinada a la difusión de las obras, son insuficientes”. Que “a pesar de su aparente y problemática insularidad, debe ser revisada en el marco de la literatura latinoamericana”, que la insularidad sería solamente una “manida idea” y el aislamientos una presunción no probada.
A la luz de estas ideas me ha parecido que vivo en un país donde escribimos, criticamos, organizamos encuentros y seminarios, publicamos, y a pesar de ello nuestro trabajo es insuficiente… ¿para quién o para qué? Creo que el asunto trata más bien de las relaciones culturales entre dos espacios: un gran centro cultural y nosotros.
Mi lectura ha dividido estos ensayos en dos grupos, de acuerdo con el enfoque con que trabajan segmentos de la literatura boliviana: los primeros, los que se arman sobre los mitos indígenas que soportarían o estarían en el trasfondo de procesos de liberación en Bolivia. En cambio, los otros privilegian el hecho estético. Entre ambos ubicaría los estudios de Aluvión de fuego de Cerruto, a cargo de María del Carmen Díaz y el del mito del Tío de la Mina, de María Fernanda Sigüenza, ya que ambos son textos muy bien estructurados y, sobre todo, asentados en varias y calificadas fuentes (digamos, Víctor Montoya, René Poppe y Pascal Asbi para el segundo caso).
Bien, las dos formas de crítica literaria a las que acude este libro, corresponden a las que se desarrollan en Bolivia y es también cierto que la primera vertiente, o la apegada al análisis histórico y social ha tenido más espacio en nuestro país. Ello posiblemente suceda (Luis Antezana lo afirma) por el tardío y escaso desarrollo de las ciencias sociales, las que han hecho de la literatura una -o más bien la- fuente de información central para la investigación. Tomemos como ejemplo la antropología urbana que se desenvuelve mucho más tarde que la narrativa y poesía de la ciudad. No es aventurado decir que la ciudad fue explicada antes por la literatura que la sociología o la antropología urbanas. Y como este ejemplo, varios otros.
Fotocomposición: Clara Berríos.
Este peso de lo social en la crítica (pero también en la creación) ha tenido particular incidencia en la narrativa. No es raro que ciertos estudiosos clasifiquen la literatura boliviana en literatura minera, de la Guerra del Chaco,  la guerrilla, de la dictadura, etc.
Este hecho, a su vez, responde a la ligazón de determinados movimientos literarios con la política y particularmente con el proyecto nacionalista que nace desde los albores de la Guerra del Chaco y se asienta en la segunda mitad del siglo XX. Particularmente la narrativa ha sido presa de esta gravitación y la poesía ha mantenido cierta autonomía que, creo, es la base de la fortaleza de la poesía boliviana.
En este panorama, “lo indígena” (antes denominado “el problema del indio”) ha ponderado lo suyo, sin embargo, aún están pendientes los debates sobre lo que designaría la literatura indígena (la escrita por un indígena y entonces quién es o no es indígena, o la escrita desde la visión indígena y cuál sería esta, etc.) lo que trae varios problemas y discusiones sobre la literatura indígena, indigenista (alguien incluso indicó existiera la literatura indígenal o neoindigenista).
En varios de los textos del libro que hoy nos ocupa, por ejemplo, se analiza el cuento Mama Huaco en el primer círculo de Alison Spedding, como representación de una literatura que contiene mitos andinos. Y si bien ninguno de los ensayos califica este cuento como indígena, casi que se puede inferir su adscripción a esta nomenclatura. Este cuento de Alison es parte de una de las vertientes de su narrativa ¿sobre lo indígena? Su celebrada novela Saturnina time on time podría muy bien aceptarse como novela del Pachakuti, del tiempo del retorno; lo que sería “forzar” (para usar un término del texto mexicano sobre este cuento) o más bien reducir esta obra a un requerimiento ideológico que dejaría de lado, por ejemplo, el complejo trabajo de lenguaje de esta novela.
Este requerimiento ideológico es lo que, a su vez, me ha producido extrañeza sobre este texto que en sus dos primeras partes busca y encuentra sendas de los mitos indígenas en la actual literatura boliviana, relacionados, además, con posibles proyectos libertarios en general, y con el actual proceso político boliviano en particular.    
Así, los análisis de los mitos de Túpac Katari, Viracocha, Inkarry y Pachakuti concluyen que sea en biografías (la de Augusto Guzmán sobre Tupaj Katari) o en los cuentos (Adolfo Cáceres, Oscar Cerruto, Oscar Soria, Francisco Cajías, Ricardo Ocampo y Raúl Leytón) “el tema mítico está muy enraizado en la cultura andina y se manifiesta de diferentes maneras en la narrativa más reciente” o que “la literatura boliviana tiene relación con la tradición oral que salvaguarda su pasado (en algunos casos más que en otros)”.
Estas últimas aseveraciones llaman la atención porque el corpus estudiado no es la “narrativa más reciente”, pero sobre todo porque se trata de un acercamiento, no diré forzado, sino más bien muy novedoso, casi inédito en el análisis literario hecho en Bolivia, pero no en el análisis político actual.
Por eso, creo que esta vertiente cierra muy bien en el ensayo “Mitos de Pachakuti en los movimientos sociales contemporáneos en Bolivia” de Jorge Alfonso Pato quien, con base en textos de Pablo Mamani, Eusebio Gironda, Raquel Gutiérrez, Felipe Quispe, Silvia Rivera, Oscar Olivera, Evo Morales y el Taller de Historia Oral Andina (THOA),  analiza el mito de Pachakuti en los movimientos sociales de la última década de los 90 y la primera de los 2000 en Bolivia.
Recordemos, sin embargo, que todos estos autores no son escritores de literatura propiamente dicha. Claro que la escritura de la socióloga Silvia Rivera se asimila al ensayo y es una buena representante de este género, pero no creo poder afirmar lo mismo para Eusebio Gironda, asesor del Presidente Morales. Y Felipe Quispe y Oscar Olivera son dirigentes, el primero indígena y el segundo de movimientos populares y ambos producen textos más bien políticos.
Pero tampoco es raro que se acuda a este tipo de textos para tratar de explicar el devenir político actual en Bolivia, proceso que ha entronizado el texto político al que acuden los denominados movimientos sociales. En cambio, la literatura indígena es la gran ausente de este proceso. Por eso la afirmación de que “en la actualidad las letras andinas comienzan a tener una importancia antes desconocida” refiere al texto político, no al texto literario.
Es cierto también que el texto político se extiende a la educación (como política pública) y allí sí es posible encontrar una clara línea educativa relacionada con los mitos, tal cual lo afirma Carlos Huamán (aunque no estoy segura que este preciso mito forme parte de los textos escolares): “no hay duda de que el Inkarry juega un rol trascendente en la configuración del imaginario social. Tanto en la educación informal como en la formal, es un recurso que impulsa la conservación de la memoria y de la historia de los pueblos andinos”.
En contraposición de estos ensayos, los de la tercera parte del libro, destinado a la poesía, no hacen referencia al mito y siguiendo la metodología planteada por la poeta y crítica literaria Mónica Velásquez se acercan a la poseía de Gustavo Medinaceli, Oscar Cerruto, Pedro Shimose y la propia Velásquez, con claves principalmente estéticas.
Aunque estos textos también refieren la “insularidad” de la literatura boliviana, su acercamiento es menos político y más literario por lo que establecen interesantes líneas de análisis como la de Jorge Aguilera, quien en “Ínsula, exilio y retorno en la poesía boliviana” reflexiona sobre la auto referncialidad de la crítica de poesía en Bolivia ya que poetas leen y critican a poetas: el poeta Cerruto por los poetas Shimose y Velásquez, etc.
Sobre el acercamiento a Gustavo Medinaceli, calificado como el primer poeta surrealista, cabría decir que esta lectura no considera la escritura de la ultraísta Hilda Mundy, anterior a la de Medinaceli.
Como se observa, este libro de acercamiento a la literatura boliviana trabaja con las dos formas de crítica literaria en Bolivia y es un buen espejo de lo que hacemos aquí, además, en un momento político que también necesita establecerse en las letras.
A la vez, es importante indicar que a pesar que los autores estudian los mitos aymaras y quechuas, creo que en México también hay un desconocimiento de que lo que se denomina “indígena” en Bolivia incluye a los pueblos amazónicos, estos sí encerrados en una “insularidad” interna y externa y casualmente combatidos por el actual Gobierno.
De ahí que se ha repuesto el término “aymaracentrismo” para designar la particular actual relación entre pueblos indígenas, los unos en el poder y los otros “al otro lado”. El impacto de esto en la literatura no existe todavía y puede ello comprobar que los pueblos indígenas en el poder han priorizado el texto político (escrito, siempre escrito).
Sobre las artes, antes ya he reflexionado sobre la estética de este proceso político en Bolivia en el que destaca, lamentablemente, la folklorización de los símbolos indígenas, tanto por el poder como por los movimientos sociales que lo soportan. Por supuesto que este es un proceso del lenguaje y de aquí en un tiempo podremos, sin duda, advertir qué ha sucedido en ese ámbito y es de esperar que estudiosos de otros países también nos acompañen en tales reflexiones.


Lector al sol

Lluvia de héroes

En palabras del autor, este es un texto “un poco extraño sobre fútbol y literatura y lo que pienso que son los héroes…”



Sebastián Antezana 

1. Con los héroes, vivos o no, pasa un poco como con los muertos: se hacen montaña sobre nuestras espaldas. ¿Qué decía Urzagasti?: “no hay ser humano que no termine cargando a sus muertos; no puede dejarlos en ninguna parte porque son los héroes de su patria incanjeable, el depurado territorio de la nostalgia, el campo santo que alguna vez nos ha consentido la invulnerabilidad de la pureza”.
Vivos o no, nuestros héroes son presencias que llevamos por todas partes, siempre a cuestas, y que forman sobre nosotros una creciente montaña de cuerpos o a veces también una pesada influencia. Por lo menos eso es así en literatura, en la que -¿qué decía Bloom?- la influencia se concreta como ansiedad.
Otras veces, en otras áreas, como, digamos, en fútbol, los héroes no son necesariamente influencia que se acumula sino los protagonistas de un partido jugado en una cancha infinita, nuestro particular campo santo, el depurado territorio de la nostalgia.
Como regla general, y pese a hacerse montaña sobre nuestras espaldas, en literatura los héroes deben estar lejos. Porque si hay algo clave al momento de la lectura -y más aún al momento de la escritura- es estar solo aunque pendiente de la montaña.
En fútbol, por otro lado, pese a no hacerse montaña sobre nuestras espaldas, pese a correr en una cancha infinita, los héroes deben estar cerca. Porque si hay algo clave al momento del juego -al momento del juego y los jugadores- es estar siempre acompañado.
Entre esos dos extremos, entre la literatura y el fútbol, entre la soledad y la presencia, se debate el animal de la vida.

2. La noción de héroe, sobre todo en su concepción mítica, va mano a mano con la de nostalgia. Pero en literatura los héroes no caen sobre nuestras espaldas después de atravesar el denso filtro de la imaginación o la nostalgia. Llegan criaturas desnudas y plenas, casi intocadas, que se hacen libro a libro, sobre nosotros desprevenidos, primero piedra y luego montaña.
En fútbol, por otro lado, los héroes nos caen encima impregnados de épica, nos llueven distorsionados, falseados, relatados por distintas voces, en distintos tonos y registros, agigantados, solitarios, inalcanzables. ¿Qué decía Tomás Gonzáles?: “la verdad no existe y el mundo es solo música”.
La música heroica de la literatura y el fútbol suena en distintos registros y resuena en distintos paisajes, se hace montaña y cancha infinita, presencia y ausencia. Esa música es una bienvenida, una sinfonía convocatoria que abre las espaldas a una lluvia de héroes que cae y se concreta en acciones pequeñas y gloriosas, hechos cotidianos y míticos que se graban a fuego en nuestra memoria absorta.
La música heroica es también un sistema de signos, un código. ¿Qué decía Passolini?: “el fútbol es un lenguaje y tiene momentos que son puramente poéticos: los momentos de gol”. Así, la música y el lenguaje poético del fútbol, ante los que se eriza y ofrece el animal radiante de la vida, alcanzan el clímax en la tensión literaria del gol, el instante en que desnudez y épica, plenitud y relatos provenientes de distintas voces, se encuentran en la cancha.

3. Una vez fui completamente feliz. Era 1993 y yo tenía 10 años. Estaba en la recta de preferencia, bandeja baja, sector izquierdo, cerca del enrejado que separa las graderías de la pista atlética. Eliminatorias para el mundial de Estados Unidos.
Completamente feliz.
Partido a partido la lluvia de héroes impregnados de épica caía sobre mis espaldas de niño, una lluvia que no se concretaba en pesos ni influencias pero sí en música gloriosa y convocatoria y gol a gol en tensión literaria.
Meses de ansiedad, de aprendizaje sobre la victoria y las derrotas, de vivir al borde del abismo nacional y el campo santo. Y de que, junto a mi papá y mi hermano, viéramos cómo del sistema de signos brotaran algunos nombres que se grabaron en nuestra memoria absorta: Borja, Melgar, Etcheverry, Cristaldo, Trucco, Sánchez, todo aquello. Nuestro panteón particular de héroes, mi patria incanjeable, mi depurado territorio de la nostalgia.
Nunca me he vuelto a sentir así. Sí de forma parecida pero nunca igual. En fútbol, como en literatura, los nacionalismos son una forma de censura.
En 2004, cuando Bolívar ganó la primera final de la Copa Sudamericana, y este 2014, cuando llegó a la semifinal de la Copa Libertadores, ¡qué manera de llover héroes sobre mi espalda! Qué forma que tiene el fútbol de generar un sistema literario, un pedazo de patria que nada tiene que ver con mi país, ese de cadenas de cerros esqueléticos, de selvas negras y planicies, de ríos turbios y violentos como la explosión de una arteria.
Pero ni en 2004 ni en 2014 me he vuelto a sentir así, como cuando en 1993 esos nombres grabados en mi memoria crearon y cercaron un territorio reservado solo para ellos, el de la nostalgia y la invulnerabilidad y la pureza.

4. Una mañana de julio pasado me levanté contento. Jugar con el perro, tomar jugo de papaya, bañarme. El sol de invierno era una bola indescifrable que me sacudía y me avisaba que estaba de vacaciones en La Paz. Intensos días de comunicación, de descanso y lenguaje. Días de fútbol,  días de Mundial.
Pese a ello, algo de intranquilidad, algo que me separaba de la realidad, y solo con los días poder reconocer que ese algo, que esa distancia, era en realidad el espacio de nuestra presencia compartida en aquel momento de sintonía global. ¿Qué decía Pessoa? “Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla”. Entonces comprendí el cristal y por unos momentos fui feliz.

Algo asomaba por el rabillo del ojo, una forma conocida que se acercaba y, pese al indescifrable sol de invierno, me anunciaba con claridad que otra vez se venían la lluvia y la música heroica del fútbol, y que, frente al animal de la vida, no importa si están vivos o muertos, los héroes siempre son una forma de felicidad. 

Patio interior

Bisagra Kant

En esta reflexión de largo aliento sobre arte y pensamiento -media docena de artículos ya, en igual número de meses-, recalamos ahora en Kant.



Juan Cristóbal Mac Lean E.


Y sigamos nuestro hilo, nuestro muy enredado hilo -y que no pretendemos desenredar. Kant, en cambio, detestaba todo enredo, toda falta de claridad, le era imperativo comprender lo que fuera reacio al entendimiento. Y se topó, justamente, con lo que ni respondía al entendimiento ni al concepto -algo a lo que iremos llegando. ¿Y, en todo caso, quienes enredan las cosas, las alejan de la razón o elevan al peligroso lugar de lo sublime?
Pues los artistas; excesivos, en perpetuo desborde de la realidad, no atenidos a la simpleza de lo bello, tal como se da, por ejemplo, en la Naturaleza, preferentemente en primavera. Tanto a Platón como a Kant, certeramente dice Iris Murdoch, les hubieran gustado los empapelados sobrios, los bordados con flores. Seguramente.
Sin embargo, nos parece, a momentos, que Iris Murdoch no hace del todo justicia a Kant. Puede que este señor, protestante de cultura, puritano de costumbres, reacio a dejarse arrebatar, de vida al minuto regular y que nunca salió del pequeño pueblo de Kónisberg, haya en efecto preferido lo bello apaciguado y natural antes que el total descontrol de lo sublime. ¿Pero quién inventó, justamente, el abismal concepto de lo sublime? Ese mismo caballero, ese sereno gigante de la filosofía, de vida modesta y recoleta, en general de buen humor y ocurrente charla.[i]
¿Y por qué es tan importante que ahora atendamos, en medio de esta sostenida meditación sobre la poesía, a lo que decía Emanuel Kant hace ya dos siglos? Hay por lo menos tres razones, aquí, que inevitablemente nos llevan a hacerlo:
La primera, la que inicialmente nos hizo parar las orejas, viene de esa referida sindicación (que aunque perspicaz ignora lo esencial) de Iris Murdoch cuando alista a Kant entre la lista de puritanos que, hasta cierto punto, compartirían el talante del filósofo griego que barrió con artistas y poetas, gente nunca seria y de moral dudosa. Para corroborar el aserto de Murdoch, no hay que ir demasiado lejos. Basta ver este particular párrafo de Lo bello y lo sublime, ese delicioso opúsculo “pre crítico” en el que se redacta un penoso dictamen como este:
“Entre las obras del ingenio y del sentimiento delicado, las poesías épicas de Virgilio y Klopstock, se quedan en lo noble; las de Homero y Milton, caen en lo extravagante. Las metamorfosis de Ovidio, son monstruosas, y los cuentos de hadas de la superstición francesa, son las más lamentables monstruosidades jamás imaginadas”.
¡Cuánta risa nos dan hoy esas palabras! Y, al mismo tiempo, son de mucho cuidado, pues renuevan el platónico seño adusto ante los poetas, anticipan la desgarrada desconfianza de Wittgenstein frente a Shakespeare, abominan de los cuentos de hadas, es decir de algo que hoy llamamos el inconsciente…
¿Cómo este puritano caballero, que nos acaba de ofrecer tan limitado parecer, fue el que abrió semejante e inaudito caudal?
Comoquiera, la segunda razón por la que ahora venimos a dar con Kant se debe a que, de una u otra forma, es él la bisagra, casi obligada y sin la cual tal vez no podríamos pasar al necesario gran desbarajuste del enorme Romanticismo alemán, ese momento en el que la poesía, de pronto, se rehízo del golpe brutal que desde Platón se le había asestado, dejándola, como bien lo dijo M. Zambrano, “aterida y desgarrada”, exilada en los suburbios.
Con los grandes románticos, a un tiempo impensables sin Kant aunque confrontados con él, es ciertamente la Poesía, ya también, donde se juega la verdad y es ella la que va, relampagueántemente desagraviada,  por delante. La poesía es el héroe de la filosofía, dice Novalis. Afirma que la filosofía eleva la poesía al rango de principio. Ella es la teoría de la poesía. Y Schlegel concluye lo siguiente: Si el poeta tiene poco que aprender del filósofo, el filósofo, en cambio, tiene mucho que aprender del poeta. ¡Triunfal retorno de la poesía, que había sido abandonada en los arrabales! Es ella, ya también, la que ahora consuma la toma del poder. ¿Más: cuál poder? Ya veremos. 
Mal que le pesare, fue pues Kant el que inició una onda muy larga y honda, a raudales desbordada de sus manos, a torrentes rebalsada de la gran Tercera Crítica y que atravesó el romanticismo, incluso su fracasada reedición surrealista, y operando, como sin quererlo, una transmutación radical respecto a la atención que se merece el arte. Sólo que eso lo decimos ahora, pues a la hora de la verdad, es posible que ni Kant mismo supiera qué grifo abría.
En efecto, de los 91 parágrafos de los que consta la Crítica del juicio, sólo once (del 43 al 54) tratan del arte. ¡Ínfima parte de ese edificio o aeronave gigantesca de la Tercera Crítica, que a su vez es otra parte, es otro territorio por el que se entrevé un claroscuro en que claudica el entendimiento, el alma es atracada por la impresión inmediata y la fulguración. Pero igual y esencialmente, esa gran Crítica, la tercera, hace de ensambladura de las Críticas anteriores[ii].
La tercera razón dice: la Tercera Crítica, como se suele llamar a la gran Crítica del juicio, pensó y reescribió de una nueva forma lo que hoy llamamos estética, pero también alertó de lo inalcanzable, anticipó el reino de lo-no-comprensible, lo supra sensible que el alma atiende sin saber.
Y es un libro bello de leerse, de sabor raro e incluso un poco exótico a ratos, y al que cuesta cierto trabajo ir entendiendo. Y, otra vez en torno al efecto o el esfuerzo de leer a Kant hoy día, son reveladoras las maliciosas palabras de Gadamer: “Con su carácter concienzudo, retorcido y circunstancial, el estilo de Kant tiene sobre el lector contemporáneo el efecto de un extraño disfraz con aroma a naftalina y a peluca” (en Kant y la época moderna). Animémonos, con todo, a abrir en la siguiente entrega, siquiera de reojo, la Tercera…







[i] Sobre ese carácter ingenioso cercano al buen humor, véase esta joyita que aparece en Lo bello y lo sublime: “No es posible que nuestro pecho se interese delicadamente por todo hombre, ni que toda pena extraña despierte nuestra compasión. De otro modo, el virtuoso estaría, como Heráclito, continuamente deshecho en lágrimas, y con toda su bondad no vendría a ser más que un holgazán tierno”.
[ii]  Para una hermosa explicación de esto, véanse las primeras páginas del Parergon de Derrida (disponible en inglés en Internet),  donde éste lee a su gusto la Crítica del Juicio. En dos palabras, pongámoslo así: la primera Crítica (de la Razón Pura) se había ocupado de lo urdido en el pensamiento, la segunda (de la Razón Práctica)  de lo urdido en los hechos o, abreviando a destajo, la una de la mente, la otra de la naturaleza. ¿Cómo salvar el terrible hiato entre una y otra? Ahí, en esa grieta, para rellenarla o trazar un puente entre ambas, no a la desesperada sino ordenadamente como siempre, viene la gran Crítica del Juicio, donde se descubre el misterio de lo suprasensible sobre lo sensible, el poder de lo sin concepto, el de la finalidad sin fin, es decir la belleza, es decir el arte.