jueves, 9 de octubre de 2014

El chicuelo dice

Así era el Industrial Fabril

Esta vez, el “chicuelo” se pone nostálgico al enterarse del cierre de su antiguo colegio, y rememorar las a aventuras de la adolescencia.



Wilmer Urrelo

Un colegio llamado Industrial Fabril. Mi colegio. Es decir, ese que recordaremos años después para bien o para mal. Pasé por muchos (para mal) y conocí de todo: el de los riquillos, el de la clase media que por escuchar a Soda Stereo se creían más decentes que los demás y el de los pobretones, o mejor dicho, el de los… no, el de los pobretones no más, el mío, el último, el que me hizo bachiller.
Ubicado sobre la calle Chuquisaca -retorcida y estrecha, empedrada por esos años- rodeado de caserones de otros siglos, ahí estaba el Industrial Fabril. Y salía así en Fantasmas asesinos (aunque ahí se llamaba Sánchez Cerro): “Está poblado de chicos pobres (más que yo), con los dientes podridos, las cabellos grasientos y todos ellos hechos a los pendejos. Es un colegio mínimo, chiquito…”.
Sí, un patio de cemento picado, algunos cursos rodeándolo, don Napo, el portero, vestido siempre de negro y con una boinita en la cabeza. Ese mismo don Napo que nos vendía los sándwiches llenos de aceite y que vos, Mono, devorabas como si fuera el último alimento del mundo. O yo, que los compraba para dárselos a una perrita que vivía en el colegio, una perrita tipo collie, y que se llamaba Cindy y que era hermosa y de una ternura que sólo los perros pueden emanar (seres humanos abstenerse). La Cindy, que apenas me veía entrar corría a saludarme y a lamerme las manos.
O estaba el Rolito y sus chistes y esa risa contagiosa y el Edson, mi mejor amigo, o el Freddy, también conocido como el Maduro: “Chicos, maduren. ¿No se dan cuenta que vamos a salir bachilleres?”. Me refiero a ese colegio, me refiero a la Cindy y a su corazón de perrita transparente, a don Napo y a sus sándwiches empapados de aceite usado una, dos y cien veces.
El Industrial Fabril, tan distinto a mis otros colegios. Estaba F. y las veces que había caído en la Pando, la comisaría que está en la esquina, y cómo por ser el más antiguo (estaba más de ocho horas detenido) se había convertido en el jilacata del lugar y los lunes por la mañana venía con ropa nueva. “Se las quité a los que llegaron el fin de semana”, nos decía.
Y estaba también el Oso y su descomunal fuerza y su parecido con Lou Ferrigno y estaba también su otro apodo: el Cejudo. Y es que por esos años se puso de moda una canción que se llamaba El cejudo y cuya letra decía más o menos así: “El cejudo soy / el cejudo soy / con mis cejas voy / y así yo soy feliz…”. Qué habrá sido del Oso o del Cejudo, dónde estarás, en qué habrás acabado…
Y estaba también uno al que le decíamos el Bolívar, no porque se apellidara así sino porque era hincha de ese equipo y una temporada tenía el corte de cabello idéntico al de Urruti, un jugador de la época.
¿Y qué será de los profesores? Ahí estaba el profe M. y cómo nos rompía las bolas con eso de llevar un pañuelo todo el tiempo (no de papel, si no los de tela). Era severo y malhumorado y cuando no sabías resolver algún ejercicio de matemáticas, ¡zas!, te daba un palazo. ¿Sabrá el profe M. que aparece en una de mis novelas? ¿Y qué con la profesora E., también conocida como la Garrafita, la mejor profesora de historia del mundo? Me gustaría decirle algún día que me hice un aficionado a la historia gracias a ella, gracias a su paciencia y a su carácter decidido, profe: era pequeñita como una garrafa, sí, pero todo el mundo le tenía respeto. Así era el colegio Industrial Fabril.
¿Y se acuerdan cuando hicimos una obra de teatro escrita por mí, muchachos? ¿Se acuerdan cómo nos cagábamos de risa durante los ensayos? Y cómo te cagábamos a vos, Pescadito. La malhadada obrita se titulaba Nido de ratas y los personajes estaban sacados de Bajo la boca del lobo (y parte del argumento también), esa película peruana dirigida por Francisco Lombardi que vi hasta la saciedad (la otra era Gregorio, del Grupo Chaski). Creo que iba así: en un momento dado la revolución maoísta-comunista triunfaba en un país imaginario y todos festejaban en las calles, pero de pronto todo se iba a la mierda: una invasión extraterrestre dominaba el mundo y todo terminaba ahí.
Y mirá, Pescadito, hace unas semanas fui por ahí y me dieron la noticia: “hace tres años que lo cerraron, sólo había 60 alumnos”. El colegio, el colegio Industrial Fabril, aquel que tenía una canción, una copia tierna más bien, de la musiquita de Yellow Submarine, que decía así: “Al pasar por la ciudad / yo canto así / con emoción / viva, viva el Industrial Fabril / Industrial Fabril…”.
Aunque si hablamos de música, en todos esos años sólo conocí a un rockero: Slayer, un gran tipo que venía a clases cuando se acordaba y lo hacía con su perro, un cachorro así de pequeño. Slayer, que ya por las tardes se chupaba solo en su casa hasta quedarse dormido. O qué me dicen del Wafles (no podía decir bafles, decía wafles, de ahí su apodo), el que me enseñó por primera vez a los Iberia y ese temón, la gran canción titulada Marujita Amaru. Así era el Industrial Fabril.
La juventud colegial en los años 90 tenía otros matices, Cindy, ahí estaba este Wafles y su Iberia y estaba también ese país que empezaba a hacerse visible: ahora casi todo el mundo escucha la cumbia boliviana porque se supone que vivimos en otro escenario o porque cruzamos la línea de clase social que nos dividía (es decir, de la Pérez Velasco para abajo), aunque para ser sincero creo que más bien se trata de una atracción antropológica de progresistas con Smartphone, antes que otra cosa. Y si no me creen, pregunten a cualquier clasemediero, pregúntele cuál es su pintor favorito y te responderán “Mamani Mamani”, esto porque se creen cultos y lejos de ser racistas.
En fin, eran otros tiempos, tiempos donde Iberia era música de cholos, es decir mala, tiempos del colegio Industrial Fabril. Tiempos en que un tipo apodado Oso tenía su propia canción, tiempos en que el Pescado era víctima del bullying (ahora se diría así), tiempos en que empezabas a querer ser escritor, tiempos en que el Wafles cantaba Marujita Amaru, tiempos en que queríamos ser maduros y nunca lo logramos, tiempos en que vos, Mono, sin saberlo en ese instante, llegarías a ser un personaje de Fantasmas asesinos, tiempos en que escribir cosas locas y chistosas como Nido de ratas era lo mejor del mundo: una revolución maoísta-comunista triunfa y ese mismo día el planeta tierra es invadido por los extraterrestres.
Era la época en que la Cindy me enseñaba a lengüetazos que los seres humanos son indefendibles, y que es mejor ser perro. La Cindy, quien al verme entrar corría a mi encuentro, ya, ya, tranquila, yo también te quiero un montón, ahorita te compro tu sándwich. Época en que empecé a amar la historia, época de los palazos del profe M., y también la época de empezar a ser la tragicomedia que somos ahora, muchachos, tan viejos, tan responsables, tan correctos, una pantomima, una falsedad: el Bolívar creyéndose Urruti, eso era lo verdadero.
¡Chau, Industrial Fabril!, gracias por el engaño, por la violencia, por las cosas aprendidas en las clases y fuera de ellas, gracias a don Napo y a sus sándwiches llenos de aceite, gracias al Monito por aparecer en Fantasmas asesinos y gracias porque todavía podemos recordarte. Gracias, Maduro, por habernos dicho “Chicos, maduren. ¿No se dan cuenta que vamos a salir bachilleres?”. Gracias porque yo no maduré y escribo cosas como éstas, cosas que a lo mejor no le importan a nadie.

Así era el Industrial Fabril y ahora ya no existe más.

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