jueves, 9 de octubre de 2014

Las escenas

La importancia de los zapatos

Libros & películas. Una mirada. Una lectura de los pasajes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo.



Aldo Medinaceli

Saber que el protagonista morirá al final no siempre le quita intensidad a la historia. Los músicos se alistan para acompañar al danzante mientras él se viste, minutos antes de la ceremonia. Elige un sombrero, un par de calzados y la montera cubierta con espejos en forma de estrellas.
El nombre del relato es La agonía de rasu ñiti y su autor, José María Arguedas. Se trata de una obra ineludible para comprender las conexiones entre naturaleza, espíritu y ser humano. Además de vislumbrar un mejor entendimiento acerca de las experiencias místicas en rituales de música y danza andinos.
Una atmósfera rural parece apoderarse de cada uno de los personajes, casi subordinados al peso específico de los montes y páramos, acomodados en un espacio geográfico que a momentos pareciera ser el real protagonista. Sin embargo una escena -en apariencia anodina y secundaria- esconde una cadencia sobrenatural, absoluta precisión en cada movimiento y un manejo artístico que sobrepasa cualquier intento por encasillar a esta obra en ismos ideológicos. Se trata de la breve pero hermosa secuencia del danzante vistiendo sus prendas antes de ingresar en un trance que lo llevará hasta la muerte.
Así como el danzante viste su cuerpo, en su habitación cada objeto forma una capa de otro ropaje visual en esta calibrada escenografía. El mundo exterior viste al mundo interior sin que los separe ninguna muralla. El inicio de la historia es ya una descripción casi cinematográfica del espacio principal del cuento:
“Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol, daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme”.
La vestimenta del danzante incluye guantes con tijeras de acero que vuelan por el aire triturando papeles imaginarios. En medio del baile, los chamanes sienten que espantan a las malas energías con cada punta de las afiladas hojas metálicas. Ingresan en un trance que poco tiene que ver con el baile como divertimento, y se acerca más a estados alterados de epilepsia o delirium tremens.
Durante el tiempo de la colonia la Iglesia Católica decidió incluir en este tipo de representaciones la estricta vía cristiana porque eran consideradas prácticas satánicas que abrían un portal al demonio hacia la Tierra. Hace poco, en noviembre de 2010, la UNESCO declaró a la Danza de las Tijeras, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por su compleja red de significados religiosos y estéticos.
Tal como algunas obras literarias han contribuido a fomentar el conocimiento de ciudades o prácticas específicas, este relato de José María Arguedas ha sido el principal promotor del Baile de las Tijeras alrededor del mundo.
La escena en cuestión es bastante simple en apariencia y no dura más de media página. Sin embargo posee aquel enigma de lenguaje que logra hacerla pervivir en la memoria durante mucho tiempo. La imagen acústica permanece intacta en el lector incluso con más fuerza que la vigorosa escena final del baile y la muerte del danzante.
La despedida de su familia y el desenlace son solo una tragedia griega incrustada entre las quebradas de la cordillera occidental. El relato posibilita una inmensa gama de interpretaciones literarias y lingüísticas, pero cada vez que lo recuerdo, es más fuerte la atmósfera de la habitación y la parsimonia del danzante mientras calza, una a una, las prendas que le servirán de mortaja.
Ese momento de quietud y cotidianidad cobra más brillo que el despliegue posterior con el clímax del público observando la ceremonia. La simple elección de cada prenda, los espejos en forma de estrellas, reflejando cada rincón del cuarto soleado, como si se tratase de un cosmos en miniatura con todas las constelaciones tejidas sobre las monteras…
Arguedas logra resumir la tensión y carácter trágico de la danza final con unas cuantas frases bien hilvanadas que por alguna razón poseen más fuerza que las aceleradas hojas de acero moviéndose poseídas por quién sabe qué fuerzas desconocidas.
Al final sabemos que el cuerpo del danzante no se levantará. Pero no morirá del todo, porque el espíritu que lo alimentaba ahora se ha trasladado al cuerpo de su discípulo más joven. Y el narrador de la historia -cada vez más didáctico- nos confía que:
“[La identidad del] danzak depende de quién viva en él: ¿el espíritu de una montaña; de un precipicio cuyo silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y condenados en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador que conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno”.
Recuerdo que una vez alquilé una habitación en la zona de Alto Miraflores en La Paz. Los dueños me aconsejaron colocar un par de tijeras detrás de cada puerta para ahuyentar a los ladrones y a toda clase de espíritus negativos. El propietario -un antiguo comandante de la Policía-, estaba seguro que eso era mejor que utilizar alarmas, dobles cerraduras y ese tipo de cosas; hasta donde sé, siempre le funcionó.
Siguiendo esa antigua costumbre la danza de las tijeras no solamente evitaría el ingreso de invitados malintencionados en las casas, sino que serviría como purificador de toda una comunidad. Así lo hace el personaje inmolado en esta mágica y breve ficción.
La agonía… posee su propia vestimenta, sus propios códigos. José María Arguedas le otorga una fuerza semántica muy fuerte a cada ropaje, al igual que a la forma y vestidura de la misma historia, es decir: al lenguaje con el que está escrita.
Vemos un lenguaje dentro de otro lenguaje, como si se tratase de una traducción entre los hilos de colores y el idioma: un intento por encontrar la gramática de los quipus. Ahí todo funciona como un inmenso vestido que -capa a capa- cubre un cuerpo sumergido del que no conocemos su identidad final.

Esta escena hace que observemos cada acción cotidiana como si se tratase de un sutil ritual, lleno de sentidos y cadencias. Porque dependiendo de la forma en que calcemos nuestra vestimenta más evidente -nuestro mismo cuerpo- dependerá el camino que sigamos en adelante.

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