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lunes, 13 de febrero de 2017

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Las cimas del relato breve en un libro

Uno de los próximos títulos de la Biblioteca del Bicentenario, será la Antología del cuento boliviano, curada por Manuel Vargas.


Martín Zelaya Sánchez 

Desde Pedro B. Calderón con De cómo un negro pierde la chaveta, hasta La ola de Liliana Colanzi. Desde los Mosaicos bizantinos de Ricardo Jaimes Freyre, hasta Gringo de Maximiliano Barrientos. 120 años de por medio, 12 décadas de aprendizaje, evolución y experimentación que consolidaron a la narrativa boliviana que, hoy en día, goza de uno de sus mayores auges históricos, al menos en cuanto a reconocimiento internacional se refiere.
Todo este amplio panorama se refleja en la selección de textos de la Antología del cuento boliviano de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) -que se presentará en las siguientes semanas-, cuyo índice final fue definido por el antologador, Manuel Vargas y un comité asesor conformado por los reconocidos escritores Adolfo Cárdenas, Edmundo Paz Soldán y Giovanna Rivero.

“El templo de San Pablo, en esta ciudad, era un suntuoso y hermosísimo templo, al que concurría la gente más noble y acaudalada, luciendo a porfía un lujo extremado.
Las bellas criollas, cubiertas con sus pequeñas mantillas de seda, bordadas con oro y piedras preciosas; sus polleras cortas y anchas, dejando ver las zapatillas con hebillas de oro y botones de diamantes, deslumbraban con su riqueza. Los criollos descollaban igualmente, ostentando una riqueza incomparable.
Por aquel año, 1604, era cura de dicho templo don Andrés de Alcova, sacerdote austero y virtuoso, modelo de piedad, y que el único defecto que tenía era ser bastante avaro y codicioso”.

El anterior es un extracto del texto de Calderón, uno de los más antiguos relatos incluidos en el libro. Aunque fue recogido en Tradiciones de Modesto Omiste, editado en 1893, se cree que fue escrito a mediados del siglo XVII. Narra una historia entre picaresca y tradicionalista del Potosí de los primeros años de la Colonia, por aquel entonces, una de las metrópolis más grandes del mundo conocido.
Más de 400 años transcurrieron hasta estos inicios aún del siglo XXI en los que por coincidencias varias: crítica nacional y extranjera, bonanza editorial, premios y posicionamiento en diferentes palestras, la narrativa boliviana: la novela y el cuento en particular, se encuentran en un momento de especial creatividad y reconocimiento de la mano de autores como Edmundo Paz Soldán, Giovanna Rivero, Wilmer Urrelo, Maximiliano Barrientos y Rodrigo Hasbún -entre varios otros- todos, no casualmente, incluidos en esta selección.
Una de las figuras destacadas de esta suerte de boom de nuestra prosa de ficción es la cruceña Liliana Colanzi que a sus 34 años y con solo dos libros de cuentos publicados goza ya de amplio reconocimiento en círculos literarios de Latinoamérica -ganó el año pasado el Premio Aura Estrada de Literatura en México- y Estados Unidos, donde cursó su doctorado en la Universidad de Cornell. Del cuento La Ola, de Colanzi, extremos el siguiente párrafo:

“La Ola regresó durante uno de los inviernos más feroces de la Costa Este. Ese año se suicidaron siete estudiantes  entre  noviembre  y  abril: cuatro se arrojaron a los barrancos desde los puentes de Ithaca, los otros recurrieron al sueño borroso de los fármacos. Era mi segundo año en Cornell y me quedaban todavía otros tres o cuatro, o puede que cinco o seis…”.

La antología
El reglamento de la BBB, parte de los documentos constitutivos del proyecto instaurado a mediados de 2014 y que a fines de ese año arrojó la lista de 200 de los más importantes títulos de la creación intelectual boliviana y sobre Bolivia, en diferentes áreas del conocimiento humano, establece que para dotar a las antologías (42 de las 200 obras) de mayor idoneidad y garantizar calidad y ecuanimidad, los antologadores designados deben contar con el asesoramiento de un cuerpo colegiado de especialistas en el tema específico.
Ello ocurrió en este caso y Vargas, reconocido cuentista vallegrandino, trabajó durante un par de meses en un constante intercambio de ideas, sugerencias y argumentos con Paz Soldán, Cárdenas y Rivero hasta que en febrero del año pasado, según se lee en el “Acta oficial de selección de textos”, aprobaron un índice final con “82 textos de 77 autores bolivianos o afincados en Bolivia, producidos entre fines del siglo XIX e inicios del siglo XXI”.
A partir de este índice, y según establece el citado reglamento, hubo levísimas variaciones. “Después de sumar y restar las cartas y las espadas, hemos reunido a un total de 76 cuentistas y 83 cuentos: siete de los autores van con dos cuentos y el resto con uno. Hasta mediados del siglo XX, solo se consignan cuatro cuentistas mujeres; recién a partir de 1981, con la aparición del Taller del cuento nuevo en Santa Cruz, y de escritoras de otras ciudades, se destacan 11 voces femeninas más. Es decir, 15 mujeres y 61 varones...”, se lee en parte del estudio introductorio de Vargas.
A la par que cronológicamente, el libro está organizado en cinco grandes partes, según las claras tendencias temáticas y de entorno que determinaron a los autores: Tradicionalistas, románticos, modernistas; Realistas, naturalistas, costumbristas; Vanguardistas. La magia, el sueño, la violencia; Entre la tradición y la modernidad: otros espacios, nuevos lenguajes y Los contemporáneos: realismo sucio, fantástico e intimista.

Visión
¿Qué horizonte o perspectiva guio el diseño y concepción de esta antología? La respuesta la da el propio Vargas en un párrafo de su proyecto de trabajo: “Dar a conocer la gran riqueza y diversidad del cuento en Bolivia, tomando en cuenta, en primer lugar, su calidad literaria, su originalidad y su manejo adecuado del lenguaje, abarcando las diversas épocas, escuelas literarias y tendencias y sensibilidades artísticas. Realizar una selección de los mejores cuentos producidos por escritores hombres y mujeres en Bolivia, desde fines del siglo XIX hasta el presente a lo largo y ancho de todo el territorio nacional”.
¿Y qué decir de los textos elegidos? Hay infinidad de aristas y variables a la hora de clasificarlos. Hay relatos clásicos (El pozo), costumbristas (La Misky Simi), urbanos (Cadáveres y Cía) o inscritos en el realismo mágico (La muerte mágica).
Hay autores paceños (René Bascopé Aspiazu), cochabambinos (Adela Zamudio), cruceños (Enrique Kempff), orureños (Rafael Ulises Peláez), chuquisaqueños (Raúl Teixidó), potosinos (Renato Prada), benianos (Homero Carvalho)… en fin, de prácticamente todo el país y, como ya se dijo, de un espectro temporal que abarca varios siglos, aunque, claro, el grueso va desde mediados del siglo XX hasta el último lustro.
En su ensayo Páginas de buena prosa. El cuento y el mundo mutado, Mauricio Murillo escribe: “Pese a que algunos editores y escritores dicen que se venden más novelas y que este es el género que más interesa a los de la industria editorial (tal vez una prueba de ello es que los premios más importantes se otorgan a novelas), el cuento siempre ha sido un género popular, un género que se ha leído con fruición desde todas las clases sociales. Los cuentos siempre se publicaron en formatos masivos. (…) El cuento moderno ha formado parte, desde que se inicia, (pensemos en Poe que tenía que responder a una extensión específica de palabras y que todo el tiempo tuvo que imaginar cómo lograr efecto en el lector) de la cotidianidad de la humanidad”.
 Por la enorme llegada del género a los lectores, porque gran parte de los novelistas e incluso poetas alguna vez escribieron cuentos, y porque se trata de un género tan calificado y trascendental como los otros, pero a la vez, de pronto, más terrenal y accesible, es que la Antología del cuento boliviano fue incluida entre los primeros títulos a editarse en la colección de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.


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