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lunes, 20 de febrero de 2017

Crónica

Ciao al amor, Marianne



Esta vez la crónica-ficción de Rodas, además de la infaltable saudade, lleva un inconfundible tono y acento italiano.


Hugo Rodas Morales 







Dos modos de considerar la utopía: por lo que en ella 
parece realizable o como capacidad de desear una 
vida distinta, (…) que nos libere por dentro para 
hacernos capaces de liberarnos por fuera.

“Sobre Fourier”, en Punto y aparte. Italo Calvino


Ya no podrás decirme Marianne, que mis mensajes te resultan conmovedoras palabras provenientes de la isla de la utopía; prolongar esa alergia emocional de finales sin principios de tu último email: “Las cosas, como sea -escribiste, no era necesario más- empiezan y terminan; yo suelto rápido lo que no me gusta, lo que no está claro”.
Que te escribo ahora bajo la influencia de drogas sería inútil negarlo. Me circula la peor, la música, esa que -como Lenin comentaba a Gorki y recalenté para ti- induce a acariciar la vida mundana en vez de golpear a la cabeza de las gentes, como haría una revolución cultural en forma, sin un Mao que la atempere, una que el populismo antiintelectual latinoamericano no, no y no está en condiciones de imaginar… Tangos y milongas, para ser más preciso, dime tú, embebida como estás por origen de esto, si no hay algo más morfinizante.
En esas estaba, cuando te viera como fondo de lo que declarara el protagonista de Tornatore, en La corrispondenza (2016) a su Amy ficticia: “Ni siquiera podemos entender la verdad del amor”. Me recordó, a tantísimos años de vista, la supercomputadora HAL 9000 de Kubrick en su 2001. Odisea del espacio (1968), ocultando su peligrosidad: “Estoy medio loco por tu amor”. Tales alusiones al amor platónico, en la línea de Fourier, mentalmente libre a la vez que básicamente candoroso, me despertaron, en contragolpe, a la realidad.
El amor, claro, no existe sino como deseo de que exista. Eso en el común de los casos y en el nuestro, Marianne. La nuestra es una historia de amor aunque más de una -la Otra, siempre terrible- diga que no, que no bastan Platón ni Fourier si faltas tú; que ando invariablemente distraído por ti y tú variablemente distraída con cualquier otra cosa. Este chau que te parecerá de saludo leyéndome, mientras a mí me siguen lloviendo certezas de esas que no se encuentran buscándolas, es algo más que los pasos, ¿cómo dirías?, “superagradables”, los estremecimientos derivados de ese tatuaje, en la zona esa, que te recordará aquello, Marianne.
Con todo, como insistencia poética mía no está tan mal; flamígera y dulce violencia de estrellas espinosas plantadas como símbolos de una soledad inmensa. ¿Entonces, no amor sino narcisismo lingüístico? ¡Oh, la verdad y la comunicación clara! La comunicación humana -perdóname que te lo refriegue por nosecuantísima vez- se logra entre sobreinterpretaciones distintas del mismo mensaje. Por eso entiendo por qué en medio de mi propia claridad sobre lo no claro, hasta el final, a pesar de decírtelo con la más italiana de mis manos, en gota de desesperación debajo de la barbilla, rompías mi inspirada filípica llorando, porque no nos entendíamos “de verdad”. Pero attenzione Marianne, pon aquí el ojo de la interrogación a eso de tener el objetivo claro: ya no se trataba solo de mí; si acaso leyeras Los amores difíciles, de Calvino lo entenderías a la primera; sabrías que la variedad de “hormiga argentina” es la más difícil de eliminar porque los amores ridículos son los verdaderos. Sabrías.
Es cierto, coloqué acentos y puntos a tus íes, te pinté con colores tan ajenos a los de tu elección -pero, ¿quién te dijo que elegimos, quién?-, tanto que al amarlos gratuitamente, al ponderarlos, obraron más allá de mí. Esas palabras te rehicieron con un equívoco nuevo, con puntas de malentendidos más reales que las que habrás compartido con un amigo, intercambiado con una amiga, concedido a un amante, sacrificado a un amor, Marianne. Por esas incursiones nada superficiales en lo tuyo, un idioma extraño aunque pariente latino, fue gesto y naturaleza no sometida por el miedo a los afectos humanos:

La delicadeza del francés regalado a tu boca:
            ábrela Marianne, pas comme des animaux
como promete la playa de tus días a la noche pensativa de mi pasión,
            pas comme des animaux.
Siempre y jamás que arrastran mis labios por tu costado izquierdo
             pas comme des animaux;
de frente para hablar con tu ombligo y por atrás escuchándote,
   musitando: pas comme des animaux.

¿Más ejemplos de lo que llamaras “nuestra incomunicación”? Recuerda entonces que el giro de una ocurrencia deviniera en 180 grados de atención compartida, cuando viajando en transporte urbano te propusiera observar expresiones de ternura de los padres hacia los niños, mayores a las de las madres -y una hipótesis alternativa que no se me ocurriera, la del “índice proporcionalmente relacionado a la afectividad superior femenina, regulativa del amor cotidiano, respecto a la masculina expresada por excepción”-. Entonces, sin tiempo para pensarlo, para que lo rechazaras Marianne, miramos -¿seguirás diciendo “estadísticamente”?- en la misma dirección, comulgando en un “sí, parece que sí”; metalenguaje de antenas y arrobo sincrónico, que debió parecer al observador común otra prueba de estupidez compartida.
“No hijos, no matrimonio, no vida en pareja” –apuntaste-, mientras te decía: “Sí hijos, sí matrimonios (sic), sí vida emparejada”. Por todo, lo que te sigue pareciendo coincidencia y ha sido de algún modo corrispondenza, queda abierto como pregunta. No diré como en el filme de Tornatore, que “estuvimos juntos incluso cuando la distancia nos separó”; más bien pondré en pasado lo que Cortázar en el metro de Buenos Aires: “Solo nosotros supimos estar distantemente juntos”. No es igual, aunque Cortázar no te cope.
Ahora que ya es de mañana y voy por la nueva línea de buses directos desde la Facultad de Filosofía de la UNAM a la zona cultural ídem, me sucede que todo es menos real que cuando imagino que estás conmigo: si subo al bus, realmente y solo, pienso tan intensamente en ti, como no logro hacerlo imaginando que estás, resultado de lo cual ya no es posible disfrutar nada, de ninguna manera. Ahora tu luna se siente anormalmente cálida, bañada de luz mexicana, ahora que mirando desde el borde final, cuando te escribo ya a punto de saltar, me doy la vuelta para decirte: ciao Marianne, ciao.


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