lunes, 1 de agosto de 2016

Libros

Reversionar la escritura


Una versión de este texto fue leída por el autor durante la presentación de la reedición de La toma del manuscrito, de Sebastián Antezana.

Mauricio Murillo

Walter Benjamin explica que no sería el mejor elogio de una traducción decir de esta que se lee como un original escrito en la lengua a la que se ha transpuesto. Es decir que un texto traducido cae en su propio hueco si se genera como la impostura del artificio, aparentando manejar un registro del que no sale y al que llega gracias al original.
El tema de la traducción nos atañe importantemente a los lectores desde varios territorios. Podemos consumir libros, leerlos, porque están traducidos. No debemos dudar de la importancia y de la necesidad de leer también malas traducciones, nos construyen como el lector que llegamos a ser y, lastimosamente somos el lector que podemos ser, no el que queremos.
Pero la traducción también es esencial para la literatura como un concepto, como una abstracción, como una experiencia. Haciendo una analogía exagerada, pero no tanto, todo el tiempo traducimos el mundo. Bejamin dirá que la mejor traducción es transparente, no cubre lo que traduce.
Sebastián Antezana retoma esta idea de traducción como concepto y como analogía para elaborar su primera novela, reeditada hace poco por Plural. Parte de ella, inicia desde ella para elaborar la enorme La toma del manuscrito. Desde el Prólogo comprendemos los alcances de la traducción, sobre todo si se la hace parte de la ficción, de la escritura.
Otro concepto importante para esta novela es la parodia, una suerte de traducción. La novela tiene muchos guiños, homenajes, bromas y referencias literarias. Es como un juego de espías, haciendo honor a un género que parodia, al policial. Leer La toma del manuscrito es también un poco jugar, descubrir, encubrir y equivocarse. Por lo general, entendemos parodia como algo negativo, como algo que denigra al original, pero el significado más importante de parodia es cuando se entiende esta como el desplazamiento, entre el homenaje y el juego. Eso también sería traducir si partimos desde lo que encontramos en La toma del manuscrito, una suerte de analogía de la lectura.
Otra característica importante de la novela de Sebastián es la mezcla de registros. Sobre todo el diálogo con la imagen y la palabra escrita. La imagen como un espacio distinto de la cotidianidad, como un territorio especial. Pero también la imagen como metáfora, como concepto, como sinopsis. Con esto continuará, de manera distinta, en su segunda novela, El amor según. La imagen como eso que miramos pero que nos mira, como eso material de lo que se puede escribir.
La toma del manuscrito es una novela que más allá de parodiar libros queridos se basa sobre todo en dos géneros: la novela de aventura y la novela policiaca. Entonces, es también un homenaje a dos géneros populares. Dos géneros que influenciaron en la literatura de dos siglos distintos. Pero son también, y muy importantemente, dos géneros a los que se llega en la adolescencia, que se leen por diversión pura. Así es que La toma del manuscrito es también una carta de amor a la lectura, al acto de leer, me refiero al físico, al estar sentado con el libro en las manos. La experiencia de la lectura y lo que se ama de esa experiencia. Las tardes dedicadas a un libro, no querer parar de leer, eso idílico que se muestra en las películas que le pasa a los niños que se quedan invadidos por la lectura. Pero ese niño es el mismo adulto que lee luego, que no intelectualiza, que se mete en el libro sin medir nada.
No hay que olvidar que esta es la primera novela de Sebastián, es su primer libro. Esto es pasmoso. Recuerdo muy pocos casos en la literatura boliviana de alguien que haya aparecido con un libro tan potente y tan grande. La historia del Premio Nacional de Novela está marcada por altibajos, uno de los picos es, sin duda, La toma del manuscrito.
Esta nueva edición es un proyecto acertado y necesario. No es una reimpresión, el libro tiene cambios sustanciales. Es una nueva versión. Otra vez, años después, en sí misma, en la historia de sus publicaciones, La toma del manuscrito pone en movimiento traducciones y parodias.
Es difícil no tenerle miedo, o por lo menos enojo al cambio, a lo nuevo, pero las versiones no siempre son malas. Esta nueva versión no elimina a la otra, la mejora, la restituye y, además, la acerca a los lectores que ya no pueden conseguir la primera edición. Siempre que hablamos de ediciones corregidas, un amigo querido del mundo de las editoriales reniega, me dice que es una falta de fidelidad con el lector. Lo que ha hecho Sebastián me parece lo contrario, es una expansión de un mundo genial. Lo hermoso e inquietante de la literatura es que esta nunca acaba.


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