sábado, 3 de octubre de 2015

Staccato

Rapsodia en azul

Semblanza de George Gershwin, uno de los mayores músicos estadounidenses de inicios del siglo pasado.



Pablo Mendieta Paz 

El 24 de septiembre pasado se recordó un año más del nacimiento de uno de los mayores compositores que ha dado Estados Unidos: George Gershwin.
Cuando en 1890 su padre, Morris Gershovitz, partió acompañado por su esposa de la Rusia natal para establecerse en aquel país, su vida pobre y de muy baja condición, lejos de causarles aflicción o dolor, se veía naturalmente preferible a los “pogrom” (levantamientos asesinos) que día tras día amenazaban a los judíos en Rusia.
Ya plenamente instalados, los Gershovitz tuvieron cuatro hijos: Ira (1896), George (1898), Arthur (1900) y Frances (1906). Con el tiempo, ellos americanizaron su apellido a Gershwin, y todos encontraron en la música su modo de expresión en un medio en el que pronto habrían de adaptarse.
Ira se mostraba como una letrista talentosa que colaboraba estrechamente con George. Por su parte, Frances, cantaba con voz dúctil en modestos escenarios siempre abarrotados de gente. Arthur, experto en valores mobiliarios, igualmente amaba la música y escribía canciones que pegaban en el público.
Ya en esa época, George pasaba mucho de su tiempo escuchando los sonidos de su infancia que, posteriormente, habrían de ser encontrados en su fértil imaginación musical: el claxon de los automóviles, el pitido de las locomotoras, el ruido de las remachadoras, los sones de los organillos, el vocerío de los comerciantes, las melodías de los pianistas de ragtime o de jazz, la música de los negros americanos.
Luego de que su padre, con la ayuda de una amiga neoyorquina, hiciera los mayores esfuerzos en 1910 en comprar un piano para que Ira aprendiera a tocar, Gershwin, influido por su amigo Max Rosenzweig, un violinista prodigio de tan solo ocho años, y por otro amigo que tenía un piano mecánico, se unieron para dar vida a aires populares, sobre todo al ragtime.
Ya con la música que fluía poderosamente por las venas, el futuro compositor se convirtió en alumno de Charles Hambitzer, un excelente pianista que, según Gershwin, fue la primera persona en inculcar en él una gran influencia en su vida musical. Reconocido el talento de Gershwin por Hambitzer, especialmente por el jazz y otras músicas modernas, insistió, sin embargo, en impartirle ante todo una sólida base en música clásica.
Pese a que en 1912 fue inscrito en la High School de Comercio, abandonó sus estudios un año más tarde con el alma entregada a tocar el piano. Dadas sus excelentes cualidades, ejercía como “pianista-demostrador” en diversas salas de espectáculos donde conoció a directores de orquesta de variedades y artistas de music-hall.
La experiencia de codearse con músicos de esa condición se reveló trascendental en su posterior carrera como compositor, ya que de aquella valiosa práctica compuso en 1919 su primera partitura completa para la opereta La, La, Lucila. Luego escribió Escándalos de Jorge White, que estuvo en cartelera desde 1920  hasta 1925. No menores fueron sus populares composiciones Swanee (1919), escrita con su amigo Irving Caesar, así como Somebody Loves Me y I´ll Build a Stairway to Paradise (1922).
Consciente de la carencia de una educación musical absolutamente formal (no conocía el contrapunto y, por tanto, le era imposible escribir fugas, por ejemplo), por aquella época, no obstante, Paul Whiteman -“el rey del jazz”-, lo invitó a escribir una obra sinfónica de ese género.
Fue así que concibió en un viaje con destino a Boston, inspirado por los ritmos de acero del tren, quizás su creación más célebre terminada sólo en diez días: la Rapsodia en blue (1924), orquestada por Ferde Gofré, el arreglista de Whiteman.
Estrenada la obra en el Aeolian Hall de Nueva York, el entusiasmo que suscitó fue de tal grado que Gershwin alcanzó rápida fama mundial  como “el primer autor de jazz sinfónico”, o el debut de “un jazz sofisticado”, en especial por la vitalidad y frescura de sus vibrantes ritmo y armonía.
Técnicamente, en Rapsodia en blue, los introductorios compases dan paso a una vibrante trompeta que anuncia los temas principales. Como en una atmósfera o sensación casual y accidental, de pronto cobra vida el piano, mientras de una u otra forma el primer tema aparece y reaparece como un florecimiento de rítmicos fragmentos de jazz que alcanzan un precioso desenlace en la conocida melodía para saxofón y violonchelos.
La tonalidad de ésta se desenvuelve en un brillante mi mayor que oculta brevísimos pasajes en su tonalidad relativa menor, es decir, en un do sostenido menor por poco imperceptible, como si Gershwin hubiera imaginado esos escuetos recursos armónicos para conferir hacia el final un elocuente e innovador material temático.  
Subyugado por tan espléndida creación, en 1979 Woody Allen utilizó melodías de ella en su filme Manhattan, y algunos años más tarde, en 1984, se interpretó la Rapsodia en blue en la apertura de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. El espectáculo gozó de una cualidad tan vistosa y dotada de singular excelencia que 84 pianistas tocaron la partitura en 84 pianos blancos.
Esta experiencia fue, sin duda, uno de los momentos estelares e indelebles de la música estadounidense. Es oportuno señalar aquí que la música de Gershwin tan “nueva, dramática, emocionante, lírica y rapsódica”, es considerada como parte integrante del patrimonio nacional de Estados Unidos.
El mismo 1924, año del estreno de la Rapsodia, George e Ira, su hermana letrista -como ya se dijo-, obtuvieron un resonante triunfo en Broadway con la comedia musical Lady, Be Good!; amén de que años después, ya plenamente cimentada su música en géneros más populares, compuso las célebres obras de fundamento clásico-jazzístico como Un americano en París (1928), Segunda rapsodia (1931), y luego de sus vacaciones en Cuba, fascinado por los instrumentos latinoamericanos, la Obertura cubana (1932). 
En 1930, Gershwin conoció la novela negra Porgy, de DuBose Heyward. De ella, después de pasar todo un verano en el barrio negro de Charleston estudiando la vida y las canciones de los negros, creó la ópera Porgy and Bess estrenada en Nueva York en 1935. Su aria principal, la deslumbrante melodía Summertime, transportó a esta nueva composición a todo escenario del planeta.

No es todo un descubrimiento advertir que en las melodías de Gershwin se conjugan ingenio, humor, encanto y un sentimiento musical propio de los grandes compositores clásicos. No por nada Arnold Schõnberg, muy distante del jazz y del swing, aseguró que lo que Gershwin había conseguido en ritmo, armonía y melodía no eran uno y otro y otro solamente estilo ni se hallaban unidos a martillazos; estaban fundidos en un molde donde todo un talento los cobijaba.   

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