miércoles, 21 de septiembre de 2016

Comentario

La guerra del papel, un desafío

Reseña de La guerra del papel (3600), de Oswaldo Calatayud, la obra ganadora del Premio Nacional de Novela 2016.
 

 Martín Zelaya Sánchez

Valga para empezar una sinopsis breve, de esas de catálogo de editorial, de La guerra del papel: K, en los años 2033-35, en una ciudad y país inventados para la trama, es un enfermo terminal que mientras va perdiendo poco a poco sus capacidades escribe frenéticamente a Abril, una mujer que apenas conoce y que hace mucho dejó de responderle.
K es un exatleta de élite (y ella también) que vive como conejillo de indias de una corporación médica y laboratorio de medicinas, junto a sus dos hijas adoptadas y con la constante visita de un nuncio que escribe sus cartas a dictado, las lleva a destino, y se hace finalmente cómplice y albacea inseparable. Una novela futurista, que no de ciencia ficción específicamente.
La obra con la que Oswaldo Calatayud ganó el XVII Premio Nacional de Novela que acaba de ser publicado por editorial 3600 es, entre otras cosas, una profunda reflexión sobre la disolución mente-cuerpo -a través de dos constantes (de dos constantes ausencias, mejor dicho): la salud y el deporte-; y también, una novela sobre la soledad total e irremediable y la deshumanización que, ligadas a la imparable tecnificación, parecen signar nuestro futuro como especie.
“Mi cuerpo es un facsímil, casi el de un niño que tiene a los garabatos por bien…”, señala K. “Personalmente, nunca he disimulado mi deseo de reencontrarme con mi cuerpo en el más allá, mientras mi alma desperdicie su tiempo errando así que asá tras la burocracia celestial”, dice, en otro momento, el tullido protagonista.
Por otro lado, “el tema mismo de la novela -bien lo dijo Calatayud en una conversación que tuvimos apenas conoció el fallo- versa sobre la función límite del papel y de la escritura en una sociedad en la que ni los cuerpos ni sus voces sostienen contacto. Por eso traslado la escena al futuro, para plantear una hipótesis cierta: que se acabe el papel, que se acabe la escritura y que muramos en la soledad de nuestros cuerpos tullidos de tecnologías”.
Qué ironía no querer y no poder hacer nada más que escribir y escribir todo el día, frenéticamente, a alguien sin siquiera la certeza de ser leídos, en un momento en el que es un lujo extremo conseguir un simple pliego de papel, un elemento casi en extensión; en un momento en el que, la sociedad alcanzó cumbres en la ciencia médica, pero no es capaz de superar la discriminación económica.
La guerra del papel es una novela compleja, densa, desafiante, una novela que, como bien comenta su autor “exige una relectura, que es mucho pedir en la actualidad en que todo se mira muy de pasada o de reojo”.
Siempre es esencial el cómo, sin denostar el qué pero, reconozcámoslo, no siempre, sobre todo en los días que corren, nos topamos con un libro trabajado con tanto ahínco palabra por palabra. Hay muy buenos libros en los que se nota que los narradores trabajaron hasta el cansancio en la economía de palabras, en decir lo más y mejor posible con pocas palabras, en pocas páginas. La guerra del papel va a contramano y por eso vale la pena incidir en este punto. 
De ahí que en el fallo del jurado se lee “una obra que va a contracorriente con el minimalismo realista que domina el actual panorama literario en Hispanoamérica”. Y es que estamos ante un texto diferente y original, no por ser casi cien por ciento espistolar (que aunque poco frecuente, sí hay algunos casos en Bolivia), sino porque en sus casi 400 páginas, domina una sola voz, la de K, el emisor, el narrador, el protagonista, solo ocasionalmente sustituido por el nuncio en algunos pocos capítulos en los que también escribe cartas a modo de dietario; y también porque prácticamente no hay diálogos ni descripciones inherentes al ámbito específico de la trama (sí las hay, claro, de los recuerdos-delirios de K contados en las decenas de misivas).
Para cerrar, creo que valen unos pocos apuntes concretos que, esperemos, inviten a la lectura:

-          El carácter epistolar refleja, por una parte, cómo el acto de escribir puede ayudar a mantener una cordura mental en medio de la degeneración física y, por otro lado, que aunque sea platónicamente el amor de todas maneras es un logro, una alternativa ante las luchas que de antemano se saben destinadas al fracaso.
-          Hay un subtema crucial en la novela: el salvaje empoderamiento de lo institucional-empresarial (el avance tecnológico y científico) por sobre lo humano individual; esto reflejado en el descorazonado proceder de las multinacionales de la salud y de la tecnología que cambian y manipulan la cotidianidad a su antojo e interés.
-          La figura del nuncio es crucial, aunque no lo aparente: un amanuense, un fiel “patiño” al parecer decorativo y sin poder alguno, pero que eventualmente omitiendo o manipulando instrucciones o dictados, puede determinar el rumbo de las cosas.
-          Abril, como personaje fundamental aunque no tenga casi una línea en toda la obra, aunque no aparezca en primer plano sino solo por referencias, aunque no tenga perfil descripciones ni antecedentes explícitos.
-          Un libro objeto: viñetas, calados, recortes, recuadros, tachaduras y tramados que afortunadamente fueron respetados por la editorial 3600 haciendo honor al diseño conceptual que el autor planificó para su obra.

Un libro difícil, un desafío que, encarado con decisión y seriedad, es una lectura diferente de todas las anteriores ganadoras del máximo concurso literario nacional, de todo lo que estamos acostumbrados.


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