domingo, 15 de enero de 2017

Artículo

 Gonzalo Lema y Santiago
Blanco de gira por España



Con la novela Que te vaya como mereces -la más reciente de una saga de cinco libros de narrativa policial protagonizados por Santiago Blanco- el escritor cochabambino Gonzalo Lema acaba de ganar el Premio LH Confidencial, convocado en Barcelona, y, días antes, quedó finalista del prestigioso Premio Nadal. Aprovechamos, entonces, para indagar un poco en la vida de este peculiar personaje que lleva ya casi dos décadas en el imaginario del autor y sus lectores.


Martín Zelaya Sánchez

Gonzalo Lema nació en Tarija pero es de Cochabamba. Ejerció la abogacía, pero su destino lo arrastró pronto a los ámbitos del servicio público. Así, vivió y trabajó un tiempo en La Paz, en la despiadada burocracia de la que aprendió, seguramente, a esquivar y gambetear golpes y zancadillas del día a día… mejor aún que en sus infaltables sábados y domingos de avezado futbolista. Volvió pronto a su Cochabamba de adopción y crecimiento, persistió en las lides de la política -como buen tozudo futbolero que se niega a cambiar de esquema técnico táctico-, y sin dejar nunca de corretear tras un balón (aunque los años pesen), se refugia ahora en el sueño dorado del lector-escritor retirado: el encierro entre libros, teclados y cuadernos de apuntes; envidiable rutina sazonada por la reconfortante tertulia de café y las tardes de fútbol por tv cable.
Hace casi 10 años en una breve entrevista para una apurada página cultural, a raíz de la presentación de El mar, el sol y Marisol, nos filtró algunas de las claves con las que armamos el anterior párrafo, que terminamos de redondear -y esto no es coincidencia- en charlas de café con Cachín Antezana, inmejorable conversador, erudito en cualquier área de las letras y casi todas las artes, pero con una marcada debilidad por los libros (literatura policial, sobre todo), la música (jazz y Leonard Cohen) y el fútbol (la impagable estética que de tarde en tarde regala este deporte). Y claro, infaltable par de Gonzalo, hace ya varios años, de muchas tardes de lunes en una cafetería del centro cochabambino.
Pero, ¿y Santiago Blanco…? ¿De dónde sacamos las pautas para describirlo sin haber leído acaso la mitad de las ya casi 1.000 páginas de sus venturas y desventuras? Cómo no hablar de Gonzalo y Santiago “ahora que es entonces”, y que el experimentado narrador acaba de ganar el Premio LH Confidencial, convocado en Barcelona, con la misma novela, Que te vaya como mereces, con la que hace menos de dos semanas estuvo entre los 6 finalistas del Premio Nadal, el más antiguo de los convocados en España.
¿Y Santiago Blanco…?, decíamos. Este patético pero entrañable personaje de la saga de Lema, nació en Punata pero es de Cochabamba, de la Llajta, ciudad capital. Ejerció por mucho tiempo de investigador de la Policía, y también pasó más de alguna temporada indagando por los alrededores de Plaza Murillo, pero la tierra siempre lo llamó de vuelta. Viejo lobo de mar en los ires y venires del mundillo delictivo, cómo no ser más que especialista en no solo eludir una cachetada tras otra de la vida, sino, y esto es mejor aún, asumir y procesar dignamente más de un buen bofetón (en sentido literal y figurado).
No es muy de tertulia de café -eso sí- ni lo podemos imaginar viendo fútbol de la Champions League en tv cable; acaso tal vez jugando los minutos iniciales de una pichanga de barrio antes de botar medio pulmón y retirarse dignamente a adelantar la cerveza de festejo o consuelo. Más bien es de salteñería, pensión de medio pelo y cuanto bar, chichería y cantina se consideren dignos de tal.
Gonzalo lee, escribe y ve películas; Santiago chupa, sobrevive sus resacas y desamores, y saca tiempo de donde sea para cumplir sus obligaciones de uniformado -primero- y para resolver sus casos rebuscados por vicio y nostalgia -después- ,una vez ya semi-retirado.

El personaje, si los hay
Si Felipe Delgado y las Claudinas son, por antonomasia, los personajes más conocidos y reconocibles, más estudiados y revisitados de la literatura boliviana, no se me ocurre otro que como Santiago Blanco protagonice mayor número de aventuras, páginas, ediciones y reediciones: Un hombre sentimental (cuentos, 1991); Dime contra quién disparo (novela, 2004); Fue por tu amor, María (cuentos, 2010); La reina del café y otros cuentos policiales (2014) y Que te vaya como mereces (¿2017?).

- ¿Cuánto del autor hay en el personaje, cuánto de alter ego o heterónimo? ¿Son amigos o antagonistas? ¿Tiene aún cuerda o le viene ya la hora de jubilarse?
- Santiago Blanco -responde Gonzalo vía correo electrónico- tiene mi misma edad: 57 años. Él se engordó muy pronto, yo sostengo la pelea contra la gordura, que es más difícil que contra la corrupción. Aún voy ganando. Me imagino que vamos a jubilarnos juntos un día antes de morir. Blanco es el ventrílocuo, yo soy su muñeco. Escribo sin censuras cuanto él piensa y siente. Nuestra relación es respetuosa: yo lo explícito y él me regala satisfacciones desde siempre. Yo voy a serle leal toda la vida.

- Y la otra interrogante obligada, dada su pasión e incondicionalidad con la narrativa policial. ¿Cómo concibe el género…acaso, como no pocos, como el paradigma mismo de la literatura, ya que todo buen escritor sería, a fin de cuentas, un buen investigador?
- Mi primera noticia concreta sobre narrativa policial me la dio Cachín Antezana [¿ven que no es coincidencia?] en la esquina de su casa en 1985: Los mares del sur, de Vásquez Montalbán. De inmediato me prestó una decena de libros con El largo adiós por delante y Un ciego con una pistola, de Chester Himes, por detrás. Solo me hizo una recomendación de maestro: “No me los vas a hacer dormir. Devolvémelos, por favor, cuando termines de leerlos”. Desde entonces me presta absolutamente todos los libros que deseo leer.
De inmediato advertí que la novela policial narra la sociedad desde el sótano, desde el calabozo, desde el mismo “abajo”. A diferencia de la novela tradicional, que narra desde una atalaya, un mirador encajado entre las nubes, la narración se ubica en los fondos pestilentes y descubre y desenmascara la hipocresía, el cadáver de la fortuna mal habida, los trapos sucios de las familias o donde guardan los bates los “niños bien” de la trifulca de 2008 en El Prado de Cochabamba.
Esa percepción nítida me motivó a escribir el cuento Un hombre sentimental, en 1991 y luego El hombre gordo de La Paz y dos más para el primer libro. Con los años llegarían los otros libros.
La narrativa policial se escribe desde el sótano y la narrativa tradicional desde las alturas. Son visiones bien diferentes, pero yo soy feliz mirando la sociedad, mirando nuestro tiempo, desde ambas posibilidades. Presumo de una mirada periférica. 

Gonzalo, acaso uno de nuestros autores más prolíficos: conté 20 libros de narrativa y dos de periodismo; acaso uno de los más galardonados: Premio Nacional de Novela (1998); finalista del Casa de las Américas (1993); Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz (2012) y Premio Nacional de Cultura (2013); ajeno a colectivos, tendencias y booms, se mantiene feliz en el sótano y en la terraza, abajo y arriba; en su proyecto personal, en su perspectiva propia de literatura y vida.
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Las andanzas de Santiago Blanco


¿Quién es Santiago Blanco?, se pregunta Fernando Mayorga en un artículo publicado hace poco. “Un detective punateño, cholo y glotón... -escribe. Un exinvestigador de la Policía, pero sabueso de vocación y con ética de futbolista (aquella de la que hablaba Albert Camus); quien, por suerte, a veces se olvida que es hincha de Wilstermann. Divorciado de Marilú, una falsa rubia con quien estuvo casado por una semana; y enamorado de Soledad, exprostituta que le da silpanchos al fiado y ahora se llama Gladis”.
“Él es el ventrílocuo, yo soy su muñeco”, dice Gonzalo, y admite que se parecen bastante, entre otras cosas, en que tienen la misma edad, en que luchan con suerte dispar contra la gordura, y en que -sin lugar a dudas- colgarán los cachos solo en puertas de colgar los tenis.
Solo en el primer libro de cuentos comparten voz. En el resto, Blanco va librado a los caprichos de un narrador omnisciente, pero qué duda cabe que sus caminos están ya irreparable e indefinidamente entrecruzados.
Veamos algunas escenas de la vida de Santiago. Posibles de imaginar, algunas, en el día a día de Gonzalo. Muchas, definitivamente no.

Borrachera y chaqui
“La cerveza cuajó en mi retina. Pechando a la gente salí a la calle y respiré profundo: el mareo bajó a mis pies y me los enredó. Seguramente la gente observó mis pasos chuecos dirigidos al edificio Quinteros. Subí las gradas y me abracé con amor a uno de los pilares, metí aire, mucho aire, y pude mantenerme en pie. Luego intenté subir las gradas. Era un gran trabajo porque había que hacerlo una por una, y a tientas, pues el edificio, a las diez y media de la noche, parecía la inmensa boca del lobo de los cuentos de los niños. De pronto, en medio camino, me vi frente a un macetero grande y bello que me invitaba a regarlo…
(No me dejes solo, de Un hombre sentimental)

Experimentado sabueso
Requetejuran que ellos nada, angelitos. La primera vez que los vi después del hecho me quedé boquiabierto, sorprendido. Todo indica que fueron ellos, y ellos de lo más tranquilos, sentados en el banco de la plaza como dos palomitas. Al principio pensé que esa tranquilidad era una coartada y que con dos palos se arrepentirían, pero nada: de lo más panchos dicen que no, que querían darse el gusto pero que un cuchillo volador se les adelantó…
(Dime contra quién disparo)

Cholo discriminado
“-No sea contestón, Blanco. Yo siempre he dicho que lo que a usted lo arruina son las ínfulas de su apellido azul: Blanco. Se cree la muerte porque es Blanco. Un apellido de sociedad, ni duda cabe. Tratar a un Blanco no es tratar a un Colque, por decir algo. Los pares de los Blanco son los Quiroga, a ver, vamos a ver. La única desgracia comparable a un Colque, sin embargo, es ser un Blanco pobre…”.
(Dime contra quién disparo)

Filósofo

“Tantos problemas sin resolver verdaderamente. Tanta cosa por uno y otro lado. Blanco se preguntaba si realmente valía la pena, en esta vida, preocuparse por algo. Si dejar de dormir, o de comer, o de darse a la bebida, se justificaba por alguna razón que no fuera el mero gusto de hacerlo o dejar de hacerlo…”.
(Dime contra quién disparo)

Desamorado
“¿Qué había hecho en su vida para llegar a su edad sin alguien que se jugara por él? Porque su relación con Gladis no terminaba de entenderse del todo. Una vieja atracción física de dos jóvenes de entonces, atrapados en la necesidad de sus oficios. Él, un policía asimilado y adjunto a la división de investigaciones. Ella, una muchacha de pueblo convocada por un aviso de periódico que la condujo a la prostitución en la ciudad. Ninguno de los dos había hecho plata. Los dos se habían curtido con la lima de los días…”.

(La luz del sol, de La reina del café)  

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