domingo, 26 de julio de 2015

Libros

Francisco Choquehuanca

Extracto del capítulo “Un final inesperado pero previsible” que aparece en la recién publicada tercera edición del libro Yo fui el orgullo (Plural).


Mariano Baptista Gumucio

(N. de E.) En 1979, Mariano Baptista Gumucio publicó en el diario Última Hora una entrevista que causó mucha polémica, y que no volvió a salir a la luz sino hasta ahora, en la reedición de “Yo fui el orgullo”, un libro ya clásico sobre la vida y pensamiento de Franz Tamayo. Max Escobari, hijo del mejor amigo y confidente de Isaac Tamayo (padre de Franz), hace una controversial revelación.

- Don Max, ¿de qué manera llegó usted a interesarse en el tema de Tamayo? ¿Cuál es su vinculación con Tamayo?
- Bueno el deseo de buscarlo a usted era felicitarlo por la obra que ha escrito sobre Tamayo, levantando hacia la inmortalidad a este hombre que bien merece toda consideración. Mi admiración por Tamayo proviene de mi padre, que era muy amigo, compañero de trabajo también, de don Isaac Tamayo.

- ¿A qué atribuye usted este apego tan grande de don Isaac a Franz?
- Don Isaac era un indianista, al igual que mi padre, que admiraba y tenía mucha esperanza en la superación del indígena. En cambio, los hombres de la época, y de su partido, del partido de don Isaac, eran anti indígenas. Ellos decían que el indio era la causa del retraso de Bolivia, y que había que exterminarlo. Esto nunca le gustó a don Isaac Tamayo. Hubo polémicas. Entonces posiblemente don Isaac Tamayo quería comprobar esto que si el indio no rendía era por la falta de educación, de higiene, la mala vivienda, etc. Pero un indio bien educado en fin, alimentado, con cultura, con ilustración, con buenos profesores, viajes, etc., podría dar grandes resultados. Como que en este momento yo creo, está fomentándose el bachillerato en las provincias con los indígenas. Yo creo que esto es lo justo. Una buena escuela para los indígenas, antes de pasar a la universidad. Eso sería lo ideal (…).

- Volviendo a la vida familiar de don Isaac, él se casó con una dama limeña
- Don Isaac Tamayo era casado con una señora limeña de la aristocracia de allá, gente bien, como que don Isaac también pertenecía a esa casta, gente rica.
(…) Y luego tuvo la desgracia, don Isaac Tamayo, de darse cuenta, o mejor dicho, que su primer descendiente fuera mujer, raquítica, enfermiza que a los 2 o 3 meses murió. La segunda hija igualmente, raquítica, enfermiza, murió también al poco tiempo.
Pensó, don Isaac Tamayo, que la culpa era de él, al haberse casado con una señora de la misma raza, de las mismas costumbres y afines en todo, para tener esa descendencia, que no respondía a sus expectativas. Entonces dijo: “Yo cometí un error, siendo un polo positivo, haberme casado con otro polo positivo, y el resultado fue éste, que no daba chispas”.
El entonces propuso a la señora la separación manifestándole esta impresión de haberse equivocado y no haber coincidido en el matrimonio, por la descendencia. Entonces este hombre, que era indigenista, pensaba que la raza aymara al despertarse con la cultura, con la civilización daría muy buenos resultados y puso en práctica el plan que ya tenía meditado. Resolvió arreglar con la señora, llevarla a Lima, darle comodidad, toda posibilidad de vida y volver aquí, ya con una intención para probar a sus amigos de la Sociedad Geográfica y también a sus enemigos, que eran anti indígenas.
El eligió. Dijo: “Yo debo unirme con una mujer de raza pura, joven, para tener hijos robustos, pero sin complejos de inferioridad de ninguna clase”. Entonces vio a una muchacha de unos 17, o 18 años, allá en una de sus fincas, una garrida muchacha aymara, de amplias caderas, opulentas mamas, de origen muy bueno, descendiente de hilacatas, y dijo “esta será la madre de mis hijos” y con esa intención la hizo llevar a la casa de hacienda. Debió demorar unos meses para la separación de su esposa. Le dijeron entonces que la muchacha antes de ser llevada a la casa de hacienda estaba en matrimonio de prueba, de novia, pero conviviendo con un joven colono, como hacen los indios aymaras, que viven un año y después se casan, con un muchacho casi de su edad, de los que venían a la ciudad como pongos a la casa de los patrones.

- ¿Los jóvenes estaban viviendo juntos?
- Sí, pero fueron obligados a separarse. Al poco tiempo advirtió don Isaac que la muchacha había llegado encinta a la casa de hacienda.

- Vayamos con orden don Max. ¿Qué pasó con el joven colono? ¿Qué se llamaba?
- Apellidaba Choquehuanca. El nombre no lo recuerdo, aunque mi padre lo sabía y me lo dijo. Fue enviado a Yungas, a otra propiedad de don Isaac (…).

- ¿Esto sería más o menos, en 1879, 1880…?
- Sí, cuando nació Franz. La muchacha se quedó entonces en la casa de hacienda con él, y don Isaac no ocultó a nadie su unión con ella. (…)
Al darse cuenta que la muchacha ya había sido embarazada por Choquehuanca, don Isaac, al principio se disgustó. Pero era una situación que él mismo había creado, al romper el matrimonio de prueba. Después no solo aceptó la situación, sino que se alegró mucho, como le relató a mi padre. Pensó: “Esta es la ocasión única que puedo poner a prueba mis ideas, criar un niño que sea 100% indio, con sangre de los constructores de Tiwanaku, pero con las mejores condiciones de educación, higiene, salud, libre de todo complejo. Así probaré a quienes desesperan de la sangre indígena, a qué alturas puede llegar un hijo de esta raza si se le da la oportunidad”.
Don Isaac peleó por la muchacha y la tomó como a su esposa, con todas las consideraciones. Para el nacimiento del chico le llevó médico, matronas, una sirvienta para que la ayudara con los baños. Y desde el nacimiento, llamó a la criatura como hijo suyo, le dio su apellido y el nombre de Francisco…

- Que en realidad sería Francisco Choquehuanca…
- Efectivamente, cosa que nunca se supo…

- ¿Y usted cree don Max, que don Franz tuvo conciencia de esta situación?
- Yo creo que sí, por lo que me contaba uno de los amigos más íntimos que tuvo, y que todavía vive en esta ciudad, don Claudio Zuazo, joven radical como yo, en nuestros tiempos.
En cierta oportunidad estaba Tamayo con (Daniel) Salamanca y Zuazo, y Tamayo, frente a un espejo dijo a Salamanca: “observe usted bien, yo soy un indio aymara puro, como usted es un indio quechua. Mire mis pómulos, mi tamaño, mi conformación. Usted es un quechua civilizado y educado, como yo”.

- Y esta revelación, ¿de dónde la obtuvo, don Max?

- De mi padre. Había una gran amistad íntima entre ellos, aunque mi padre era menor que don Isaac. 

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