domingo, 27 de noviembre de 2016

Parhelio

[El mar de este mundo]


Una reflexión sobre Juan José Saer “reflexionando” sobre Rubén Darío.


 
Estación de Santiago a fines del siglo XIX.
Rodolfo Ortiz


Apenas si había salido de la Gare de Montparnasse
y ya la lluvia borraba todos los bosques
y el estanque de Versailles. Un día gris, enorme,
reunía los edificios de París a medida
que el tren, impalpable, más alto
que los barrios y más alto todavía que el arrabal,
iba siendo una hilera de ventanas fugaces
para un hombre asomado al balcón de un monobloc.
que tosió varias veces mientras lo miraba
cubriéndose los labios con la yema de los dedos. En este
momento él está solo, en la estación de Santiago,
llevando una valija atada con un hilo y un traje oscuro
liviano, que ya ha resultado insuficiente
en Valparaíso e incluso en el vapor: en semejantes
situaciones nos deposita el mar de este mundo.
[…]

Voy a referirme a estos quince versos que abren el poema “Rubén en Santiago” de Juan José Saer, uno de los poemas más extensos y deslumbrantes que escribió. No agrego nada sobrenatural en este apunte. Quizás no haga más que glosar una lectura que cabe en esos huecos que se abren cualquier rato en cualquier lugar de la tierra. Una lectura, al cabo, mirando la escupidera de los días.
El fragmento del poema sugiere el entrevero de tres personajes, diría incluso de un cuarto no menos intrigante. El recurso para referirse a ellos en tercera persona singular genera un efecto de mancha (un cúmulo de manchas son apariencias que se superponen y van dibujando figuras de lo real, pensaba Saer, mirando uno de los últimos cuadros de Van Gogh), un efecto de mancha, entonces, donde la superposición de personajes (y su grumo) nos entrega uno de los encantos escondidos del poema, que es el de la confusión de los puntos de vista sobre un “fondo de cierta inmovilidad general”, como dirá en otro texto, y que resulta, en este caso, de la experiencia de subirse a un tren viajando de espaldas.
Recordemos que para Saer el uso de la tercera persona es la ficción literaria misma, pues es el único punto de vista posible del narrador. Gracias a la tercera persona, nos dice por ejemplo en “El censo de Belén”, “el acontecimiento se vuelve mito, situación ejemplar, y todo transcurre como si fuese la primera vez, en el chapaleo de lo empírico donde domina la incertidumbre universal”. Así entonces, la narración del viaje en tren que arranca del primer verso viene de una voz narrativa en tercera persona que es Pichón Garay, personaje de Saer, si atendemos al título de la versión manuscrita del poema de 1970 que dice “Pichón Garay viaja leyendo una autobiografía de Rubén Darío”.
Martin Prieto cuenta en un artículo sobre el poema que ese mismo viaje también era frecuentado por Saer cuando daba clases de literatura latinoamericana en la Universidad de Rennes, en Bretaña, vislumbre que por tanto le surge cuando realizaba un viaje de espaldas, abandonando París para ir a dar una conferencia universitaria.
Volviendo al poema, entonces, si el narrador del primer verso es Garay, también pudo haber sido Saer o el propio Darío. En 1970, haciendo el mismo recorrido (si seguimos el testimonio de Prieto), Saer preparaba sobre la hora una clase sobre el Modernismo o Rubén Darío, leyendo amigablemente su Autobiografía, acaso el capítulo XIV muchas veces, cuyas frases, algunas, el poema cita, reescribe o interpreta. Pero también habría que añadir que en esos versos esquivos y exactos podemos descubrir al propio Darío mientras vivía en París y pasaba algunas temporadas de verano también en Bretaña, junto a su amigo Ricardo Rojas, en una villa donde los hospedaba un conde ocultista y endemoniado. O bien desembarcando en Valparaíso el 23 de junio de 1886, en condiciones precarias, llegando de Managua con unas cartas de encargo y sin haber publicado ni un libro todavía, quiero decir, mucho antes de ser adorado como un Dios y que “lo pasearan como a una puta decrépita, / de país en país, siempre medio borracho”, como refiere el poema más adelante. Y algo más, en un texto que Saer titula “Me llamo Pichón Garay”, entre los datos biográficos del personaje leemos: “Vivo en París desde hace cinco años (Minerve Hotel, 13 rue des Écoles, 5ème)”, dirección que Saer asume como propia al final de “Poetas y detectives”, en la colección de doce poemas que se publicaron en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, también en 1970, superposición esta última que sin duda refuerza el conflicto, la confusión, el encanto del poema.
El viaje en tren saliendo de la estación de París, entonces, se superpone a otra estación, esta vez en Santiago, donde sorprendemos finalmente a Darío llegando de Valparaíso, luego de visitar “todos los puertos del Pacífico”, según puntualiza, en el vapor alemán que se llamaba Uarda. Darío emerge nítidamente en el poema en tercera persona: “En este / momento él está solo, en la estación de Santiago”. Pero poco antes, tres versos antes, la voz en tercera persona de Garay mira desde el tren a un hombre tosiendo “asomado al balcón de un monobloc” (la tos de Fefé en Pavese que seguramente le sigue a coro): un cuarto hombre suspendido, insignificante, todo un acontecimiento, que también mira la “hilera de ventanas fugaces” del tren, en la inmovilidad de una secuencia cinematográfica propia del caballo de Muybridge o de Bergson, dentro de la cual se lo oye toser varias veces en un instante tan fantasmagórico que su estela se prolonga a la estación de Santiago, donde Darío, suspendido, insignificante, a la par todo un acontecimiento, también está solo.
Definitivamente el viaje que reconstruye el fragmento del poema es una experiencia radical de extrañamiento, donde recién en el onceavo verso vemos a Darío en plenitud, a través de un “él está solo” que da paso a la reescritura (en el poema) del capítulo XIV de su Autobiografía. En ese capítulo escribe Darío:

Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones, mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana. Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos a un lado. […] Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel reducidísimo espacio.


Saer entiende que esta plenitud es un momento de vislumbre negativa, pues el poeta se descubre solo, en una estación que súbitamente queda desierta, donde al segundo pasa a mirarse a sí mismo, sin atributos, en un instante de vacío único, en el que Saer reenfoca el punto biográfico a partir del acontecimiento milagroso en el cual “[m]i valijita y yo quedamos a un lado”; donde el carácter disminuyente del diminutivo no aparece en el poema y se reemplaza por un hilo no menos relevante, pues completa la imagen del contenido rebalsante de la “cantidad inimaginable de rollos de papel”, de los escritos de Darío, donde vislumbramos cierta lealtad por la palabra en las astillas de una pasión rodeada por el fracaso. Tal la plenitud negativa del poema, que carga con la duda, el momento de búsqueda, la posibilidad del surgimiento de una obra a partir de un instante epifánico de despojamiento y fracaso, que se completa, incluyéndonos a todos, en la cavilación final del poema (en primera persona plural) que llega retrocediendo, fragmentaria, intempérica: “en tales / condiciones nos deposita el mar de este mundo”.

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