lunes, 24 de agosto de 2015

Sombras nada más

Una enfermedad contagiosa


Texto que el autor leyó durante su reciente participación en el Festival Internacional de Poesía de Medellín.



Gabriel Chávez Casazola 

El Festival Internacional de Poesía de Medellín ha cumplido 25 años este julio pasado, demostrando que con pasión y tenacidad es posible crear y consolidar espacios para la poesía, es decir, para la belleza, aun en las condiciones más adversas.  
El Festival nació en una etapa en que la violencia sacudía a Medellín y a Colombia toda, y sus organizadores, a la cabeza de Fernando Rendón, tuvieron la visión de sembrar poesía en un campo minado. Cinco lustros después, es posible comprobar cómo esta siembra ha dado frutos. Ahora, este es el Festival más importante del mundo por la gran participación del público en las lecturas y la presencia de poetas de los cinco continentes, pero también porque ha abierto una ventana de esperanza a través de la poesía, que al fin y al cabo, antes que ser un género literario, es una forma de mirar y habitar el mundo.
Esta última convicción fue uno de los ejes centrales del texto que preparé para la apertura del Encuentro Mundial de Escuelas y Talleres de Poesía en el Festival de Medellín, donde más allá de compartir experiencias, tocaba también hacerse algunas preguntas. La mía fue si la poesía es una enfermedad contagiosa. Este es el texto que leí en esa ocasión, hace apenas unas semanas:

¿Es la poesía una enfermedad contagiosa? La pregunta no es menor, pues nos remite a la misma razón de ser de los talleres de poesía. No se trata aquí de volver a la vieja cuestión de si se trata de un mal innato o adquirido, sino de interrogarnos sobre si es posible transmitir la poesía, si es posible “enseñar” a escribirla y cómo.
Más cerca de otras artes que de otros géneros literarios (incluso me resisto a considerarla un género), la poesía -música y silencio, por eso tiempo; imagen de imágenes, por eso lienzo; sonido y sentido, voz no pocas veces oracular y arcana- no puede reducirse a un conjunto de técnicas, de formas de leer y de escribir, de construir un texto. Quede eso, con el perdón de mis amigos cuentistas y novelistas, para los talleres de narrativa (y aun ahí con dudas). 
¿Qué es, pues, lo posible en una escuela o un taller de poesía? Hay dos o tres verbos que prefiero a “transmitir” o “enseñar”, que son “suscitar”, “provocar”, y “entusiasmar”.
Suscitar, suscitare, esto es, causar, incitar, promover curiosidad, duda, interés. Incluso algún diccionario afirma que suscitar es agitar. Primero, pues, hay que suscitar interés, curiosidad, duda, agitación por la poesía, que solo se produce leyendo la propia poesía. Después, y poco a poco, ella misma se encarga.
Leer poesía es precisamente suscitar que ocurra. Con solo formar buenos lectores de poesía, lectores agitados, un taller habrá cumplido su tarea.
Pero además, para quienes quieran y puedan dar ese paso más que es el salto a la escritura, la lectura resulta ser, por lo general, una condición previa y un compromiso vital a sostener. Difícilmente hay poeta que no lea poesía, que no dialogue de manera habitual y cotidiana, o especial y profunda, con los otros agitados como él.
Toca también en un taller el provocar, provocare, “llamar para” ese salto a la escritura a quienes dan muestras de llevar dentro el virus o de haberlo suscitado en sus lecturas -y aquí el ojo del “tallerista” (sustantivo que me desagrada) deberá ser una mirada de discernimiento. El talento poético no suele irrumpir, salvo excepciones y además tempranas. No es una transfiguración sino un camino, lenta alquimia.   
Pero como la poesía, antes que un género o un puñado de técnicas, es una forma de mirar el mundo, de habitarlo, la provocación debería ser esa. No provocar tanto a escribir cuanto a mirar de otra manera. Y quien mira de otra manera no sólo nombra de otra manera sino que vive de otra manera. Hay, pues, una ética en la poesía, inextricablemente ligada a su estética. Un taller no puede (o no debería) hacer a un lado esta cuestión esencial.
Pero además, para recorrer el camino de la poesía, para transmutarse en su alquimia, es preciso estar entusiasmado, en el sentido griego del enthousiasmos, llevar un dios dentro, estar poseído de la locura inspirada. Este es otro salto. No se trata, otra vez, de irrupciones, esta vez divinas.  Solo de llevar y regenerar siempre, dentro nuestro, la energía necesaria, único avío, muchas veces, para este recorrido. 
La que entusiasma es la propia poesía, sí, pero el momento del taller no es una clase que un profesor cumple en un liceo o una universidad por una obligación y un salario: es una cita con la profundidad de las cosas. El “tallerista” debe ser un entusiasmado para a su vez poder entusiasmar a otros, apasionarlos, ya que no se puede dar no lo que se posee.
Suscitar las lecturas que susciten, a su vez, la poesía; provocar otra manera de mirar y nombrar las cosas -de escribir una mesa, una memoria, una mirada, una mirabilia-; entusiasmar y estar entusiasmado. Leer, en síntesis, y cuando toque, cantar y contar, decir y aludir.

Menudo programa y, sin embargo, posible. Tal vez todos quienes participamos en este Encuentro de Talleres y Escuelas de Poesía en el Festival de Medellín hayamos vivido, estemos viviendo esta experiencia, en la que encontramos la respuesta a la pregunta de origen: ¿es la poesía una enfermedad contagiosa? Afortunadamente, sí. Y también puede contagiarse, con ella, otra forma de habitar el mundo. Esa es la ética de la esperanza que la poesía lleva dentro suyo, caracola discreta en la que habita toda la fuerza de la voz del mar. 

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