sábado, 1 de agosto de 2015

Lector al sol

Sobre crítica literaria


Una reflexión sobre la situación de la crítica literaria actual en Bolivia, y sobre sus dos ramas claramente identificadas.


Sebastián Antezana

¿De qué hablamos cuando hablamos de crítica literaria en Bolivia? ¿Cuál es su relevancia real, el impacto que tiene en los lectores, el potencial que posee de consagrar y desacralizar discursos y tendencias, proponer cánones y renovarlos?
Más allá de unos cuantos nombres de escritores y estudiosos conocidos que se desenvuelven en un ambiente tradicionalmente reducido y casi anónimo, fatalmente alejado del gran público, ¿quiénes ejercen, desde la práctica y el consumo, esta extraña disciplina?
Ante el desconocimiento que sufre, la poca importancia que generalmente se le da y el interés casi inexistente que provoca en comparación a otras manifestaciones artísticas -porque la crítica literaria es literatura y, por lo tanto, cuando está bien hecha, puede alcanzar el estatus de arte-, habría que empezar diciendo que en Bolivia, inequívocamente, hay una crítica literaria muy viva y muy rica, sobre todo de tipo académica, que merece una mucha mayor atención.
Estos últimos 20 o 25 años hemos logrado conformar una tradición crítica robusta y múltiple, que nos dice mucho sobre nuestra literatura y sobre el país, y que tiene a destacados exponentes como Luis “Cachín” Antezana, Blanca Wiethüchter, Alba María Paz Soldán, Marcelo Villena, Javier Sanjinés, Ana Rebeca Prada, Mónica Velásquez, Leonardo García Pabón, Mauricio Souza, Adolfo Cáceres Romero, Claudia Bowles y varios más. 
Esta tradición, los textos que la marcan y abren, el corpus en que se concreta, tiene algunas características que valdría la pena destacar. Por ejemplo, cuando pienso en nuestros mejores críticos -Cachín Antezana, Marcelo Villena, el combo Blanca Wiethüchter-Alba María Paz Soldán- siento que su trabajo tiende a formar un discurso muy agudo y exigente pero, al mismo tiempo, felizmente descontracturado, alejado de formalismos estrictos y antiliterarios, riguroso e inventivo, a veces informal, a veces humorístico y que alcanza momentos de profunda belleza.
Las tentaciones de San Ricardo, de Marcelo Villena, uno de los libros definitivos de la crítica literaria contemporánea, es un buen ejemplo de esto. Es un libro denso, pleno de referencias intertextuales, y profundamente desafiante, pero es también un libro divertido, sembrado de chistes y guiños internos, a momentos genial, hiperbólico e incluso melancólico. Algo similar sucede con los dos tomos de la muy valiosa Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, de Wiethüchter y Paz Soldán. 
Y a pesar de esto, quizás una de las características más claras de nuestra crítica -su rigurosidad- sea también el elemento que la aleja de la lectura masiva. O, por lo menos, de la lectura no muy especializada. Porque por su propia naturaleza, la crítica literaria académica es, justamente, “académica”, producto directo del estudio y la investigación, resultado de años de lecturas cuidadosas y, por lo tanto, tiene una relación directa con la universidad.
Pese a que puede provocar reacciones adversas o no llamar la atención, es importante decir que el rol de la academia, como instrumento de emancipación y de elaboración de técnicas para abordar distintas disciplinas, es en general importante. Y en el caso de Bolivia, donde contamos con solo una carrera de literatura, ese rol se intensifica porque la universidad se vuelve también una herramienta de construcción y deconstrucción de cánones, un aparato de consagración y puesta en crisis. Así, no es extraño que muchos diálogos -como el literario a nivel crítico- se organicen alrededor de ella y que, por ejemplo, la mayoría de los críticos que menciono hayan salido de sus aulas o enseñen en ellas. 
Por otro lado, quizás más accesible para el lector común por su brevedad y menor complejidad, y por una relación periódica que es capaz de mantener con él, un segundo tipo de crítica, la crítica literaria periodística, es también central a la hora de poner en movimiento la maquinaria literaria -aunque, hay que decirlo, es poco practicada en nuestro medio.
El papel de la crítica literaria periodística es, en esencia, el de vaso comunicante -instancia intermedia entre libros y lectores-, el de un discurso propio que permite a partes iguales la difusión y la rigurosidad, el de un sólido referente de opinión que al mismo tiempo se abre al disenso.
Lastimosamente, en Bolivia la crítica literaria periodística se enfrenta a algunos problemas: la falta de periodistas dedicados a ella, el hecho de que en general se la entiende y valora poco, la mala costumbre de haberla intercambiado por la mención superficial, el elogio simplón o el halago obsecuente. Fuera de eso, son poquísimos -¿tal vez solo dos?, ¿con suerte tres?- los espacios y suplementos de periódicos y revistas que, como cuestión de línea editorial, se dedican a hacer crítica.
Y, pese a ello, instancias como este suplemento y un par más abren algunas puertas necesarias para la continuidad del género. Una continuidad central, por otra parte, para el crecimiento y buena salud de la literatura nacional, porque la crítica literaria periodística, ya sea en forma de reseña o análisis o mensaje de difusión, es una forma de prolongar y profundizar la relación que proponen las obras de literatura, porque hay mucho más en un libro de lo que dicen sus páginas, aunque sus páginas digan mucho.

En cualquiera de sus formas, académica o periodística, o como producto de una mezcla entre ambos discursos, la crítica es sinónimo de diálogo, de vinculación rigurosa y afectiva. La crítica es sinónimo de crisis, de inestabilidad, de apertura. La crítica es sinónimo de movimiento, de gesto que impide la petrificación de los saberes y las tradiciones. La crítica es sinónimo de deconstrucciones y reconstrucciones individuales y generacionales, estéticas y políticas. La crítica es otra forma de pensar libros, y también historias, comunidades y naciones. 

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