lunes, 24 de agosto de 2015

ALTIplaneando

Un poeta en la feria


Crónica de las andanzas y desandanzas en los atestados pasillos y entre los atestados anaqueles de la Feria del Libro.

  

Edwin Guzmán Ortiz

De la diversidad de lectores que es posible imaginar, el poeta forma parte de un espectro peculiar. Para ser más precisos, éste representa un colectivo, verdadera tribu de intereses plurales en apetencias heterogéneas por heteróclitas.
Es innegable que para los poetas un espacio colmado de libros es atractivo, ya que el poeta incurre generalmente en la fatalidad de rematar sus juegos verbales e imaginarias travesías en el puerto de un libro. A su vez, halla en los poemarios de los otros el alimento y el deseo de ese diálogo entrañable que provoca la poesía.
Anhela que el libro, como la Divina comedia, sea El Libro. Pero en realidad el libro en sí da para todo, es un depósito generoso, acrítico y potencialmente presente. Adaptando una sentencia de Borges (“el sabor de la manzana no está en el fruto sino en el contacto del fruto con el paladar”) diría que la obra no está en las páginas sino en el contacto de aquellas con el lector. En el libro caben argucias de toda laya, intereses de todo jaez, y de pronto es el receptáculo de los versos de Pound o el recipiente de un coctail de perogrulladas lanzadas sin reparo al respetable.
Una abierta promiscuidad textual campea en la feria. Libros de autoayuda coexisten con una monumental enciclopedia de Klimt, breviarios de feminismo con el Tratado de ateología de Onfray,  manuales de anatomía con suras coránicos, antologías poéticas escolares con Paul Celán, vademécums de merchandising con ejemplares sobre geopolíticas de la globalización, historiografía con cosmetología, cibertópicos con el cómic pulp, orondos tratados de politología con una silva de nimiedades de moda. En fin, el poeta en medio de ese laberíntico paisaje se abre paso, guiado por sus antenas y su ávida probóscide, en rastreo cenital.
Mientras los temas discurren entre anaqueles y los labios solícitos de la oferta y el público, el poeta husmea lo que considera esencial: la aguja en el pajar, la golondrina que hace verano, las peras del olmo. Aquello que le colme en la lectura, la palabra fulgurante entre las otras. ¿Dónde encontrarla en medio de ese bazar pletórico de entusiasmos y avideces? ¿En medio del comercio cultural e ideológico, de venerables ciencia exactas e inexactas, de promotores institucionales y azafatas del logos?
Búsqueda incesante. En cierto lugar, en algún “entrelibros” menos pensado puede ocurrir el descubrimiento de la obra precisa -más precisa aun por imprevista y sorpresiva. O de pronto, la cita azarosa con aquel autor entrañable, o la revelación inesperada de una línea que se abre hacia un horizonte luminoso.
Cabrá eludir los stands donde un descarnado pragmatismo y el mercado se muestran en su más evidente desnudez. Agazaparse para que la plétora humana impida lo menos posible en la lectura a sotto voce, procurar el encuentro con ese amigo cómplice que nos dé las coordenadas de alguna veta y nos ahorre el vagabundeo improductivo por pasadizos y cubículos. 
De pronto el desdoblamiento, y el poeta se revela etnólogo, filósofo, narrador, cronista, en fin, geólogo, místico, esteta, partisano. Así revuelve literaturas y textos en captura de esa materia conversa. Contrasta autores, peina frases, escruta contratapas, se solaza con lecturas que empezaron en algún índice y rematan en un párrafo, con imágenes que hablan desde algún pedazo de realidad o desde un inflamado imaginario. De este modo, la feria se ensancha, se multiplica, se repoetiza abriendo su vientre secreto a la sintaxis de la inquietud y del periplo a la deriva.
Con mirada estrábica pugna por embarcarse en filosofías hermanas, a través de autores poseídos de poesía: Bachelard, Bataille, Cioran; por escritores afines: Cortázar, Urzagasti, el Toqui Borda. Brincar al suculento ensayo, acaso Steiner, los Javieres, Sanjinés y Medina, Walter Benjamin, Simone Weil, un optar caprichoso desde la lógica del fractal, la libertad de tejer confluencias bajo el leit motiv de la poesía como eje ubicuo de la creación integral.  
El poeta oficia de polizón, de obsesivo inquilino de sus alters. Lo no poético de la poesía también cabe, desplegándose el tráfico de la otredad en baudeleriano paseo por las pasarelas de lo culto. Y se abren las compuertas de esa materia excesiva y pretenciosa que pugna desde la barahúnda de las páginas, donde alternan la seducción y el acoso, la libertad y la compulsión, el deseo y la cesura.
Afuera, siente el poeta que el mundo late. Personajes copiados por los libros en cotidiana medianía, paisajes ante el inminente rigor de la sintaxis, lunas aguardando que una metáfora las reivindique del anonimato reinventándoles el cenit. Las llagas intactas, los semáforos con el mismo ritmo y colores, el mundo a tumbos y la esperanza a cuestas.

Mientras los lectores, libros en mano, mundos en mano, autores en la punta de la lengua -satisfechos/insatisfechos- atraviesan la ciudad en noctámbula travesía, sobrevuela el anhelo de hallar en las obras alguna pequeña verdad, algún recurso que evite el naufragio, algún puente, un horizonte, el placer de la palabra certera, alguna respuesta a esta vieja costumbre de vivir. 

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