sábado, 15 de agosto de 2015

Ficción

La indiferencia de los patos

El primer capítulo de la primera novela del poeta Benjamín Chávez.



Benjamín Chávez

(Capítulo 1) Para empezar, una despedida
Llegué a Bolivia arrastrando una maleta de aeropuerto con rueditas de plástico y bastón jalador. Las llaves del auto, medio kilo de queso camembert, un miriñaque estropeado, el catálogo de la vajilla perdida de los Romanoff y la réplica de una caja fluxus. Pronto supe que, salvo la discutible excepción del miriñaque, nada de nada me serviría para maldita cosa.
Entré por el Perú, donde me había detenido a conocer el Cusco, y una improvisada fiesta con japonesas y rusos la última noche en el hotel, me dejó con una resaca horrible. Así que atravesé la interminable ribera del Titicaca –que dicen que es bella– sin abrir los ojos.
Sufrí todo un exótico buffet de pesadillas a pleno sol y traté de ahogar mi infortunio en varias botellas de Inka Cola, una bebida amarillenta parecida al pis contenido de una borracha como yo que rodaba en un bus sin baño y al parecer sin frenos, mientras mi cabeza daba tumbos y me despertaba con cada golpe contra el vidrio de la ventana.
En realidad la resaca estaba todavía lejos y tardaría en alcanzarla. La cabeza me dolía con una sensación giratoria de calesita sin aceite, mientras trataba de entender de dónde venía esa espuma blanca que asomaba por la comisura de mis labios cada vez que un nuevo golpe contra la ventana me devolvía a un mundo de espejismos del que yo era parte tan natural como lo es una pelota de colores rebotando en una catedral.
Allí, en el Cusco, asombrada y boquiabierta por la imponente plaza y por las ganas de comer algo, me fui temprano para el hotel, pues debía viajar al día siguiente y quería estar descansada. No sabía entonces que no pegaría un ojo en toda la noche y buena parte del día siguiente, ni que bebería vodka suficiente como para llenar el tanque de combustible del auto y perder toda capacidad de comprensión de las infinitas (por extensas y profundas) cosas que me decía una chinita, quiero decir japonesa, que al menos en ese momento, terminó siendo la mejor amiga de todas mis vidas vividas y por vivir.
Después de haber bebido toda la noche, convirtiendo el lobby del hotel en ruidosa discoteca y posta médica desinfectante para las urgencias de huéspedes acostumbrados al bucear nocturno por líquidos intimidantes, antes que en las pegajosas sábanas, sacamos a flote todos los cuerpos y las miradas, mientras el algún momento, en algún sitio, se había hecho de día y las cosas brillaban con una luz intensa, algo inquieta y arenosa. Fue entonces que salimos al garaje, deslumbrados y urgidos por mi persistencia de marcharme.
– ¡Debo irme! ¡Debo irme!
– El auto– decía mi querida amiga señalándolo con su níveo dedito de eterna comedora de arroz –debe quedarse en garaje. Ga-ra-je-que-dar-se-que-dar-se. Intentaba hacerme comprender.
– Sí, por supuesto. No puedo conducirme ni a mí misma.
– Podemos gastar dinero de viaje. ¿Cuántas copas más podemos tomar con ese dinerou? –Pues, como tres copas por minuto hasta que nos mate la borrachera.
– O hasta que auto acabe al-co-hol. 
– Éste no va para ningún lado con alcohol, no es como nosotras. El auto es a gasolina.
– Pero si dejas mo-tor en marcha amiga, se acaba alcoho-l. 
– Te digo que no es a alcohol, así sea dejándolo encendido por horas de horas, por días incluso, sólo contamina, no se alcoholiza a-mig-a, sólo estropea el green planet y un buen día, o noche, adiós pla-net. Pero no es para tanto, nos pongamos trágicas, que mucho antes de eso, lo que se acabará será el dinero hecho humo de escape sin recorrer ni un kilómetro. O el hígado, sí, eso es, se acabará el hígado y sin rastros de happy hour, barbitúricos milagrosos o cigarrillos que imitan a los de la bella isla de quiu-ba.
– ¡Happy hour! ¡Yeah¡
Lo que sí tendría que haber es un happy tour por delante. Todo un país al final de la ruta, ¿te imaginas? recuerda que voy para Bolivia, aquí sólo me detuve un momento.
– No, no. Ga-ra-j-e.
– Tranquila, ya lo sé, el auto se queda aquí y yo me voy allá. Eso es, separación, distancia, divorcio. Mecánica, digo, estática y pasión, desviación. Estacionamiento y vértigo. Las dos cosas claras, claritas, hasta que todo regrese a la normalidad, es decir, hasta que vuelva yo de mi viajecito a las cumbres andinas.
– ¿Pero por qué irte hoy?
– Ya te lo dije, una amiga me espera. Además, siento que ya no puedo beber ni una gota más. Pero tranquila, todo está bajo control. Me mentí a mí misma.
– Volveré por el auto– me dije a mí misma. Llegaré contenta del tal viajecito, con muchas aventuras para contar y, lo más importante, con una nueva vida por delante. Entonces, llave en mano encenderé el motor, luces, música, me dibujaré una sonrisa seductora con la punta brillante del carmín, pagaré las cuentas y saldré, como en cámara lenta, al ritmo de Another Chance de Tammy Wynette, sabiendo que nada, pero nada, tengo ya que hacer aquí. Aunque en realidad ése era el libreto para ser representado al partir, es decir ahora y no a la vuelta. Necesito esa mi fachada de triunfadora. Pero, lo dicho, ni qué hacer ante la marejada de vodka que anegó los planes y arrastra los vestigios de la razón a la deriva.
Ahora no hay nada que hacer, salvo dejar de escuchar las andanadas de tonterías que esta chinita (japonesa) me dice con esa voz venida del otro lado del mundo, en este garaje donde nuestras risas estallan a cada nuevo sorbo de la botella que ella sostiene con celo de samurai a punto de desenvainar. Entonces abro la cajuela del carro y veo que no está mi maleta. Apoyándonos una a la otra, caminamos hacia las gradas para subir a la habitación por mis cosas. Tras mucha risa y trastabillo, respiro hondo, me concentro y empaco lo mejor que puedo las imprescindibles cosas para poder sobrevivir el ascenso a lo más encumbrado de Los Andes.
Pedro, el ruso de dos metros se ha dormido con sus botas de reno o de alce sobre el tablero del coche (¡vamos, alce las botas! le digo con un par de palmadas, pero él ni se entera) y hay otros compatriotas suyos en claro internacionalismo conversando con algunas japonesas, mientras intentan treparse a la batea de una Ford. Al parecer, toda la barahúnda de la cantina se trasladó al garaje a despedirme o a impedir cualquier movimiento en falso.
Veo uno más, o un par de ellos, no sé si moscovitas o siberianos, moviéndose por entre los autos, haciendo ademanes de empleado de pista de aeropuerto para desviarme de la puerta de salida y evitar que yo saque el auto. Supongo que es eso lo que pretenden ¿quién puede saberlo? si sólo repiten: Prestuplenie i nakazanie. ¡Prestuplenie i nakazanie! ¡Ah y Nazdarovia!, o eso creo.
Todo pudo haber sucedido al revés que en este caso no es el revés sino el derecho, o sea lo apropiado. Me refiero a que si anoche dormía como manda la ley, hoy entraba al garaje muy temprano, duchada, con aire deportivo, las gafas de sol como una faja sobre los ojos, una coleta en el cabello, la gorra de tela y una actitud positiva dispuesta a conducir cuesta arriba disfrutando del paisaje hasta dar fin con la jornada, la música, las llantas o lo que se acabe primero en este intento por llegar a Bolivia, habiendo pasado de largo el bar del hotel y sin  tener idea de la existencia de un grupo de japonesas locas y rusos dipsómanos.
Aseguro las puertas del auto luego de arrastrar a duras penas, con la ayuda de la japonesita amiga mía desde tiempos de la dinastía Tang. Tang-bieng-you-teq-iero, a la tonelada de huesos de Pedro el Grande, y ya estoy lista para despedirme de todos y todas, todas las copas que quedan por tomarse en el mundo. Rodeada de los muchachos rusos y las dignas representantes del imperio nipón, inesperadamente vienen a mi memoria escenas de cine de artes marciales y entreveo un atroz adelanto de las pesadillas que habré de sufrir en el viaje.

Pero sin nadita de violencia, puesto que esto no es ninguna maldita película, entre risas, abrazos, caídas, gritos de protesta ¿o de euforia? (ya dije que no entiendo), brindis, más, risas y más caídas, me despido de todos ellos. –Adiós Igok, adiós Idiot. ¡Cuídate mucho Padrostok! y así paso por todo el grupo y abrazo sus camisetas rojas que en el pecho llevan estampada la palabra “Biesi”, algo que parece un tenedor, Romanoff supongo, y un lazo de rozón. En eso, mi querida Sei Shonagon me dice a guisa de despedida: –Más vod-k-a amig-a? Y yo me escabullo como puedo hacia la calle donde todo gira y gira, aunque mucho más lentamente que hace algunas horas, con lo cual tengo suficiente para poder continuar el viaje o iniciarlo, depende de cómo se miren las cosas, si es que las malditas cosas pudieran estarse quietas por un momento. 

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