sábado, 2 de mayo de 2015

Imágenes paganas

La inagotable fuente Castalia


A poco de recordarse 82 años de la muerte de Ricardo Jaimes Freyre, una reflexión sobre su siempre vigente legado.



Antonio Vera

Un cable de la agencia UP del lunes 24 de abril de 1933, dice lo siguiente: “Esta tarde fue encontrado el cadáver del poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre en una bohardilla pobrísima, casi sin muebles. Los médicos que constataron el fallecimiento de Jaimes Freyre aseguran que este personaje debió haber fallecido anoche. Freyre vivía completamente solo y en la mayor pobreza” (recuperado por Mauricio Souza en el volumen Ricardo Jaimes Freyre. Obra poética y narrativa).
El poeta potosino tenía 77 años y aquel solitario domingo por la noche cerró una trayectoria vital intensa, marcada por la errancia, la escritura, la vida intelectual y la política.
Nacido en Tacna, realizó sus estudios escolares en Lima pero muy joven volvió junto a su familia para vivir bajo la sombra protectora de Aniceto Arce. Ricardo, junto a su padre Julio Lucas, y a su madre, Carolina Freyre, que también son escritores, se desempeñan como periodistas y secretarios de la élite conservadora.
En 1896, junto a su padre, Ricardo es enviado a Brasil como representante diplomático. Poco tiempo después deben abandonar la legación y se dirigen a Buenos Aires donde Ricardo conoce a Rubén Darío con quien cultiva una profunda amistad, publican la Revista de América y, de paso, fundan oficialmente el Modernismo latinoamericano.
En Buenos Aires, además, Jaimes Freyre publica su primer libro, Castalia Bárbara, que escribió durante su estancia de dos años en Brasil, y el cual es en gran parte responsable de que los lectores críticos lo ubiquen en el sitio de figura fundacional en la poesía boliviana.
Es más, no haría falta hablar de todo el libro de poemas, sino de la primera parte (de las tres que lo conforman): la famosa serie de trece poemas titulados también Castalia Bárbara (CB), en los cuales el poeta convoca a la mitología nórdica medieval.
Castalia Bárbara no sólo pone en escena el violento combate trascendental de la mitología nórdica, sino que delinea además el terreno para otro enfrentamiento: el que se produce entre el poema y sus lectores críticos.
Y es que esos breves 13 poemas dan lugar a un disturbio discursivo que pone en cuestión las seguridades de la crítica interpretativa y de la historiografía literaria. En otras palabras, este conjunto de poemas irrumpe con la potencia de la novedad en el horizonte de la literatura boliviana y desde el momento mismo de su publicación genera un prolífico y múltiple desconcierto crítico.
La de Jaimes se instaura como una escritura que no deja de reflexionar sobre sí misma, en el sentido de que se cuestiona acerca de la potencia del lenguaje poético para lograr acercarse al ideal de belleza y de verdad en el que cree el poeta. Es más, se trata de una escritura cuyo sentido se anuda necesariamente a la doble constatación en la que se debate: el poema es y no es el espacio de la revelación.
Dice Alain Badiou que el poema tiene el poder de fijar eternamente la desaparición de lo que se presenta. La tradición crítica que piensa la obra de Jaimes, por tanto, se articularía, organizaría sus lecturas, encararía sus métodos al influjo de la certeza, lentamente aprendida, de que el poema es esa experiencia doble de presencia y desaparición, y no un texto que puede ser sometido sin tropezar, sin zozobrar, a las determinaciones analíticas de, por ejemplo, un texto histórico. 

Si “el poema es un pensamiento impensable”, como señala también Badiou, la obra de RJF parece aportar constante e intensamente el desafío irresoluble de hacer pensable su verdad. Y aquello que en algún momento se reprocha como “dificultad”, “inaccesibilidad” o de forma más enfática “falta de sentido” es precisamente el origen de ese impulso crítico que no cesa de leer la obra de Jaimes.

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